sábado, 30 de enero de 2010

LA CIUDAD DE SAN MIGUEL DE TUCUMÁN EN LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XVIII. LA CONSTRUCCIÓN DEL ESPACIO

Carlos III.


Trapiche de elaboración de azúcar (Tucumán, siglo XVIII):


La ciudad de Tucumán (por Felipe Huamán Poma de Ayala, s. XVII).


  Por Romina Zamora




Consideraciones metodológicas




El concepto de ciudad es utilizado en cuanto espacio social. Cada espacio habitado es construido física y simbólicamente por los hombres y sus relaciones. Físicamente en cuanto trazado y construcción; simbólicamente en la medida que el espacio cumpla una función y refleje las condiciones sociales de sus habitantes. La ciudad es un espacio construido por los sujetos sociales, desde adentro y desde afuera de ella misma.
Desde afuera, San Miguel de Tucumán era parte integrante del sistema de relaciones de la colonia, donde la mayoría de las ciudades había sido fundada según la legislación indiana, que hacía de ellas un instrumento de la dominación hispánica desde el punto que aseguraba el control político, promovía el desarrollo económico de la región y era, la ciudad misma, el espacio digno por definición de la sangre más pura y la cultura más alta [1].
Pero además de esas características formales, la ciudad tenía características reales y particulares que la distinguían de las demás: San Miguel de Tucumán a fines de la colonia era una ciudad políticamente subordinada, económicamente dependiente del tráfico comercial y culturalmente híbrida [2], en progresivo aumento de sus funciones como espacio de poder y relación.
Desde dentro, una ciudad es construida por las prácticas cotidianas de sus habitantes, grupos de hombres y mujeres con problemas propios, que levantan paredes y tejen frazadas, que siembran crisantemos y portan espadas [3]; que viven y construyen su verdad, su forma de entender la realidad, y que buscan el reconocimiento de su legitimidad, la aceptación y la validación de su identidad como grupo [4]. San Miguel de Tucumán tuvo en este sentido un amplio juego de tensiones, donde sectores sociales diferentes buscan su reconocimiento en el sistema político, económico, social y cultural que trazaba la colonia y que se modificó progresivamente durante el siglo XVIII.
La ciudad, entonces, funciona como un texto. Es un conjunto de signos que son reflejo de las relaciones sociales, significantes físicos de un significado social. Las relaciones sociales endógenas y exógenas, sus tensiones y contrastes, son las que le dan forma y sentido a la ciudad. El dominio social, la piedra de toque de la formación de una sociedad, a la par de la supremacía de hecho, necesita de la validación de derecho. Esa validación es el reconocimiento del grupo, la legitimidad en el sistema simbólico de la sociedad.






Introducción




El objetivo de este trabajo es comparar la ocupación del espacio mediante el otorgamiento de mercedes por parte del Cabildo y el movimiento de compraventa de solares, en la ciudad de San Miguel de Tucumán en la segunda mitad del siglo XVIII.
La ciudad de San Miguel de Tucumán fue trasladada en 1685 siguiendo la ruta mercantil del Alto Perú que, tras la legalización del puerto de Buenos Aires, va a cobrar fuerte impulso dinamizador no solamente de los polos que une, sino también de toda la región que atraviesa. Tucumán, situada en un estratégico punto articulador, se valoriza en una época de transformaciones económicas, sociales y políticas, profundizadas en el último cuarto del siglo por las reformas borbónicas, el aumento de la actividad mercantil y un marcado movimiento demográfico.
El otorgamiento de mercedes y la compraventa presentan lógicas diferentes, que responden a estrategias diferentes, ya que la merced es una forma de ocupación del espacio bajo la impronta de legitimidad y control social, en tanto en la compraventa conviven y entran en conflicto distintas tendencias de mercantilización de los bienes inmuebles [5] y el problema general del mantenimiento o cambio de las relaciones, los valores y jerarquizaciones sociales existentes [6] en el complejo dominio simbólico y social.
La periodización aplicada es la que se desprende de las fuentes: las mercedes de solares registradas en las Actas Capitulares y las compraventas que se hallan en los Protocolos Notariales [7]; incluidas en un contexto mayor de transformaciones y persistencias seculares, aceleradas hacia fines del período colonial. Se pueden determinar dos grandes períodos:
• 1685-1745: desde el traslado de la ciudad hasta mediados del siglo XVIII, en una época de contracción económica, no se registran mercedes más allá de las realizadas a los vecinos de Ibatín, en sitios de idénticas proporciones a los que poseían en la vieja ciudad y las ventas sólo ocurren excepcionales.
• 1745-1800. En una época de crecimiento económico y social, se otorgan mercedes para posibilitar el poblamiento de la ciudad y la ocupación de su espacio rural circundante, relacionado con la oferta de tierras vacas y despobladas. El movimiento de compraventa aumenta, en relación con la mayor demanda de lugar de asiento en la ciudad y la progresiva partición de los solares en posesión. Este período puede ser subdividido a su vez en dos:
• 1745-1769. El Cabildo otorga solares con bastante holgura, sin mayores restricciones en cuanto a género u origen social de los solicitantes, en tanto las transferencias entre particulares se mantienen a un ritmo sostenido.
• 1769 - 1800. El crecimiento de las transacciones y de las mercedes se multiplica de manera impresionante. El Cabildo desaloja a la jente pleve del centro de la ciudad, destinando esos solares a la parte sana y principal de la sociedad. Los viejos grupos sociales de la ciudad colonial deben dar lugar al nuevo afluente de gente recién llegada, lo que va a generar tensiones y contrastes en una realidad compleja y dinámica.






La ciudad a principios del siglo XVIII. La habitación y las mercedes.




La ciudad evolucionó con el siglo. A principios de 1700, la ciudad había sido recién trasladada y debía ser construida de nuevo, tanto física como simbólicamente.
La ciudad colonial, y San Miguel de Tucumán como tal, formaba parte de una red de dominio, lo que implicaba un poblamiento intencional con una función específica y características no espontáneas:
• era el centro de poder, de articulación y definición de la región que subordinaba
• era la seguridad de la presencia de la cultura europea y de la construcción de una sociedad artificiosa, con caracteres cuidadosamente delimitados y legislados.
Formalmente era la residencia de la elite, blanca de piel y europea de cultura, que bajo ninguna condición estaba dispuesta a resignar su espacio.


San Miguel de Tucumán en el nuevo sitio de La Toma tenía un trazado inicial ideal de nueve cuadras de lado, dos más de las que tenía en Ibatín como previsión a un posterior crecimiento demográfico. La traza urbana estaba medida y legislada punto por punto a partir del Acta de Fundación. La ciudad se construyó de la misma manera, con las mismas medidas y respetando las mismas posiciones que la vieja ciudad en Ibatín. Sólo las cuadras centrales estaban densamente pobladas, y la ciudad no alcanzó a ocupar toda esta dimensión hasta fines del siglo XVIII. Cada manzana se dividió en cuatro solares de prácticamente el mismo tamaño. Éstos se concedieron a los vecinos fundatorios y moradores en el mismo sitio que ocupaban en la traza anterior. Los restantes se reservó el Cabildo para repartirlos “a diferentes personas prefiriendo a los beneméritos” [8]
Se destinaron los mismos lugares para los edificios públicos, excepto el Cabildo que se situó al oeste en la nueva ciudad, mientras que estaba al este en la vieja [9]. Las Casas Capitulares, la Iglesia Matriz, pese al contenido simbólico que debieran de haber tenido, eran humildes edificios que no se terminaron de construir del todo hasta principios del siglo XIX.
Al Poniente de las calles de ronda estaban las tabladas, el lugar de las tropas y el ganado. El Norte y el Sur eran utilizados como lugar de cultivo, principalmente de hortalizas, cereales y citrus. Al Oriente estaba el río, y para mantener el agua limpia se ordenó que se quiten y demuelan los ranchos por aquellas partes.


En 1700, la ciudad era reducida en su población y humilde en su composición.
“...los vecinos, pobres, faltos de servicios, no pueden muchos hacer una casa en la ciudad, la cual por recién mudada... no es más que chozas de paja...” [10]
El Cabildo regulaba anualmente el comercio en la ciudad: determinaba los precios de los artículos y los “sujetos que deben correr con las diez pulperías de quenta de la ciudad”.
Al parecer, la ciudad física se mantuvo más o menos inalterada durante la primera mitad del siglo. El Cabildo prácticamente no otorgó mercedes de solares hasta 1745 y las condiciones de edificación no deben haberse modificado mucho por entonces. Las ventas registradas son muy escasas.





La ciudad en la segunda mitad del siglo XVIII. El crecimiento y el conflicto




Entre 1745 y 1767, las mercedes de solares se otorgaron más o menos libremente, sin restricciones, al menos formales, para cualquier solicitante, en “la misma parte que lo pide y dentro de los linderos que señala” en su pedimento, a condición de que haya de pagar el cargo para los propios, es decir, una cantidad que sería destinada por el Cabildo para la construcción de sus edificios públicos.
El cargo de los solares era de 12 pesos el solar entero, y 6 pesos el medio solar desde los primeros tiempos de merced. No eran costos onerosos para nada: por el precio de medio solar, podía conseguirse en una pulpería una fanega de trigo o tres botellas de aguardiente [11]. Recién en 1797 se revisó esta suma, solicitando una justa tasación y la necesidad de la asistencia de todos los cabildantes para justificar el precio del solar y el mérito y distinción del solicitante [12]
La posibilidad de entregar mercedes de esa manera y a tan bajo precio está en relación con la oferta de tierras vacas y despobladas dentro de los límites de la ciudad, y la necesidad de poblar en correspondencia ese espacio.
La merced real, junto con la apropiación, son las primeras formas de adquisición y de puesta en circulación de terrenos. Las mercedes eran sobre solares enteros, de 1/4 de manzana, que oscilaba entre 81 y 84 varas, o de medio solar, de 1/8, entre 41,5 y 48 varas. Las transferencias de solares tuvieron distintas formas: merced, compra entre particulares y a la Junta de Temporalidades, donación, locación, permuta, herencia.
Cada una de estas categorías jurídicas responde a una dinámica particular. La comercialización de los bienes de los jesuitas expatriados, por ejemplo, tiene una lógica propia, ya que, por un lado y para favorecer su venta, se dispuso un precio muy bajo y la exención del pago de alcabala [13], en tanto por otra parte, los alcaldes de la Junta de Temporalidades y de la Junta Municipal mostraron un comportamiento especial a la hora de entregar los bienes, favoreciendo abiertamente a un grupo social determinado. No fue fácil hacer un inventario de los bienes, ya que cada alcalde entrante denunciaba faltantes en el caudal de los bienes que fueron de los regulares expulsos [14]


A medida que avanzaba el siglo XVIII, se registró un número cada vez mayor de mercedes y de transferencias de bienes inmuebles, estrechamente relacionado no solamente con el crecimiento demográfico de la región, parte de su propio crecimiento vegetativo y la inmigración registrada en este período, sino también con el crecimiento de la importancia de la ciudad como centro económico y como centro de poder. Era cada vez más frecuente la instalación de talleres, de comercios y de tiendas de alquiler dentro de la traza urbana, y la elite terrateniente prefirió cada vez más la residencia en la ciudad. A la vez, muchedumbres de hombres y mujeres vinculadas con el comercio, a la producción artesanal o al sector de servicios se incorporaron a las ciudades. Bascary, a partir de una reinterpretación de los censos, presenta un crecimiento de un poco más del 40% de la población urbana entre 1778 y 1812 [15].
Están registrados otorgamientos a pardos libres, indios, jente natural, jente de servicio e incluso pobres de solemnidad, lo que generó un conflicto al poco tiempo: el espacio del centro de la ciudad, lugar de distinción reservado para la jente de mérito y distinción de la sociedad por derecho que nadie discutía, estaba siendo invadido por jente pleve. La sociedad no era ni armónica ni estable y la lucha de un grupo por el protagonismo, por el reconocimiento de su espacio, de su verdad y legitimidad, debe haberse canalizado por una práctica de diferenciación de los grupos subordinados a los que no deseaba parecerse; lo que significaba a la vez que en realidad estaba más cerca y en un mayor contacto y asimilación de lo le hubiese gustado.
En 1752, un pedimento de merced de solares argüía como razón
“... que en la dacta de solares y otras distribuciones devian ser atendidas las Personas más principales y nobles que así es en la Voluntad de Su Alteza y autos Buen Gobierno...” [16]
En 1754, el Cabildo debió resolver un litigio en el que una de las partes pedía
“... que se le quiten los solares a los pobres y se den a las personas de conveniencia” [17]
En 1755, Doña María Pérez pedía medio solar para ensanchar su propiedad, y “.. haviendolo visto y no ser de razón por ser el dicho 1/2 solar de otras pobres..." se le dan 20 varas del mismo. [18]
El ingreso a las ciudades de la región fue condicionado en 1760. Por despacho del Gobernador, toda persona que entre a la ciudad debía estar de antemano conchabada [19]. La gente ociosa y los reos que se encontraran en la ciudad, debían ser enviados a las minas del Aconquija y Uspallata [20].
Este conflicto llegó a 1767, momento en que se estableció legalmente la contemplación de la jerarquía social a la hora de conceder solares, no sólo por el hecho del derecho de propiedad, sino por el espacio mismo donde los grupos sociales debían asentarse.
"... se presentó un pedimento por Nuestro Procurador General pidiendo se desalogen de los solares que se allan más adentro de la ciudad poblados por jente pleve para hacer merced de ellos a los nobles, y que pueden edificar, por no aver lugar donde darles á estos, pagándoles las mejoras que tubiesen, y dándoles otro sitio para fuera..." [21]
Esta disposición se complementó en 1777, cuando el Cabildo empezó formalmente a tener cuidado
“...en lo sucesibo de no hacer merced de los pocos solares que se encuentran vacos a la jente pleve y de servicio, sino solamente a los vecinos que por derecho le corresponden...” [22]
En 1771, una solicitud había situado el solar requerido “fuera de las cuatro cuadras donde se hallan otras mercedes” [23], las “cinco cuadras perfectas” a las que estaba reducida la ciudad según Concolorcorvo, “aunque no está poblada en correspondencia” [24]




El mercado de tierras




El movimiento de transferencias de propiedades entre particulares mantiene un ritmo sostenido de aumento durante las tres últimas décadas del siglo, superando el volumen en un 1000% a las primeras décadas de la segunda mitad del siglo XVIII.






El precio




La formación del precio para la compraventa es un proceso complejo. Cuando una familia decide desprenderse de un terreno, lo que López de Albornoz llama inestabilidad intergeneracional en su análisis para las propiedades rurales [25], y principalmente cuando se realiza un movimiento de compraventa, puede deberse a una crisis dentro del ciclo de la familia, como la enfermedad, la muerte o el traslado; a necesidades básicas de sustento del grupo familiar; o bien a una estrategia económica que convierte el terreno en una mercancía, en un momento en que la demanda de habitación en la ciudad es cada vez mayor y el solar urbano se valoriza. Es importante también la participación de las ideas como actores en el mercado. [26]


El valor de la vara cuadrada en la ciudad era sumamente variable, aunque siempre muy bajo


vara cuadrada
Precio min. precio max.
1744-1766 $0,0051 $0,0904
1767-1779 $0,0073 $0,1255
1780-1789 $0,0036 $1,0000
1790-1794 $0,0058 $0,5000


*calculado en pesos de a ocho reales.


Un medio solar de 41,5 varas de lado aprox. llega a valer $12, 4 reales, en tanto otro sitio de 30 por 50 varas se paga $1500. En un caso excepcional, se paga $2 por un solar entero [27], que es el precio de una botella de aguardiente. Si el solar tiene árboles frutales, es más valioso: se paga un promedio de $0,05, lo que en un solar entero representa aprox. $344 [28].
De todas maneras, el acto protocolizado ante escribano no es un mecanismo de fijación del precio, sino la operación que comprueba la propiedad, y que, además, tasa un gravamen para el cobro de impuestos, en este caso la alcabala. Por ello es que tal vez el precio real no sea efectivamente el que figura en los papeles.


Sobre el total de las ventas, un 6.4% de los terrenos habían sido recibidos en merced real, un 22% en herencia y un 10% en donación. Además, no todas las ventas fueron de propiedades enteras, aproximadamente un 10% fueron fracciones de terrenos más grandes o incluso habitaciones en la casa edificada.
Para establecer una tendencia sería necesario hacer un estudio de cada caso, porque no todos los vendedores tienen los mismos móviles: Por ejemplo, en la venta de mercedes así como se vende una merced recibida tiempo atrás para pagar un entierro [29] o se venden por fracciones [30], se reciben mercedes que son vendidas inmediatamente [31], cobrando hasta seis veces más su cargo original.
En el caso de las herencias, más de la cuarta parte de las ventas son realizadas por dos o más de los herederos. A veces son hermanos que acuerdan vender el terreno heredado o un grupo familiar que decide sobre la herencia de menores de edad. A la muerte del jefe de familia, una mujer y su hijo venden el retazo de terreno correspondiente a la herencia del hijo [32], y es muy posible que haya sido un recurso extremo, presionado por necesidades de sustento, más que una estrategia para maximizar la posición económica.
Las donaciones, en la mayoría de los casos son realizadas entre parientes cercanos: hermanos/as, sobrinas, primos, hijos/as. Tienen las características de una herencia intervivos, y probablemente muchas hayan sido materializaciones del afecto, tanto como la necesidad de un lugar donde vivir. Es llamativo que algunas donaciones entre padres e hijos hayan sido protocolizadas con su correspondiente gasto de escribano, siendo de un matrimonio a un/a hijo/a, o de un hijo a su madre mientras viva. Seguramente no todas las transferencias de este tipo hayan quedado registradas de esta manera, pero era importante en la medida la propiedad era uno de los elementos que convertían al habitante de la ciudad en vecino, aunque no significaba que todos los propietarios lo sean. Además, en las transacciones se exigía la justificación de la procedencia del terreno, especialmente a partir de 1760. Están protocolizados también los casos en que los tíos donan terrenos a las sobrinas, normalmente como dote.


La dote es una forma particular de transferencia. Que una mujer lleve inmuebles como dote al matrimonio es signo de algún prestigio, además de ser un respaldo importante para su mantenimiento en caso de enviudar. Las ventas de una dote deben ser realizadas conjuntas personas o con el permiso del marido o el poder de la esposa. El precio de estos terrenos figura entre los más caros.
Una mujer que llevó una casa como dote, y que fue rematada por deudas de su marido, tuvo derecho a reclamar a los nuevos dueños la devolución de un par de habitaciones en la casa, y ellos se vieron obligados a aceptar [33].


El grupo familiar que decidía fraccionar un terreno de su morada para su venta tenía también móviles diferentes. Hay casos en que se aclara que la venta se realiza para el sustento, como es más o menos frecuente la parcelación y venta de los grandes solares en propiedad pero no habitados, o retazos vacíos innecesarios de los solares de residencia.


El pago se realiza en efectivo la mayor parte de las veces, aunque se registran casos, excluyendo las veces que el solar mismo se entrega como parte de pago, en que se reciben géneros, cabezas de ganado u otro solar en un sitio de menor valía. Al cura rector de la Iglesia Matriz se le permite el pago con un bien extra: paga su terreno con algo de dinero y un novenario de misas rezadas [34].
El pago en cuotas no es una forma frecuente, y cuando se da es principalmente entre integrantes de la élite local. Probablemente haya sido una forma de solidaridad entablada entre ellos para favorecer el asentamiento de la gente de mérito, aunque esté venida a menos económicamente, mediante la compraventa y para preservar el espacio físico. Es importante también tener en cuenta que muchas veces los vínculos y las redes sociales se establecen con relación a una cercanía física en el espacio.


Las mujeres participaban del mercado de tierras en una importante proporción, pero generalmente eran más las que estaban encargadas de vender que de comprar. Hay casos en que la misma acta notarial registra que la compra la había hecho el marido en venta pública, pero que se anotaba a nombre de la mujer [35].
Las mercedes de solares realizadas a mujeres también son realizadas en una importante proporción, aunque disminuye estrepitosamente la proporción hacia finales de siglo. Entre 1790 y 1800 se otorgaron solares en merced a solamente dos mujeres.




La ampliación del espacio habitado en la ciudad a finales del siglo




El último cuarto del siglo en la ciudad de San Miguel de Tucumán, con su frontera chaqueña pacificada [36] y su movimiento económico progresivamente ampliado, confirió un nuevo ritmo a la ciudad de San Miguel de Tucumán en el universo mercantil de la ruta legal entre el Alto Perú y el Río de la Plata.
Esta orientación atlántica de la economía de Sudamérica a partir de la fundación borbónica del Virreinato del Río de la Plata no tuvo las mismas consecuencias para todas las provincias y gobernaciones del interior [37]. San Miguel de Tucumán obtuvo nueva vida a partir del comercio, gracias a su posición intermedia entre los grandes centros potosino y rioplatense, como abastecedores de insumos y, principalmente, en torno a la producción de carretas y la conducción de tropas.
El conjunto de las transformaciones que tuvieron lugar a finales del siglo XVIII, desembocó en quiebres en todos los ámbitos. Significó una apertura a la sociedad en cuanto la ofensiva mercantilista produjo una ola de movilidad social, tanto de un lugar a otro [38] como de situaciones jerárquicas de reconocimiento. Mientras las familias principales ampliaban su propiedad y consolidaban su espacio, la ciudad debía dar cabida a un afluente de gente que requería un lugar en la misma. La compra de solares y casas por parte de los recién llegados sin aspiraciones nobiliarias, probablemente estaba más relacionada con la oferta de tierras que con otro tipo de variables, y esto hacía que las identidades sociales en la geografía de la ciudad sean más laxas e intangibles, por lo menos hasta finales del siglo XVIII. La jerarquización social que formalmente era organizada a partir de prerrogativas notabiliarias, realmente encontró conflicto en la práctica con los sujetos económicamente encumbrados pero de origen no noble, que dejaba marca en el color no blanco de su piel; y, en el otro extremo, europeos recién llegados, inmigrantes de origen humilde atraídos por las posibilidades económicas que podía ofrecerles el Nuevo Mundo, con la piel tan blanca como vacíos sus bolsillos [39]. Si bien el reconocimiento y la legitimación de una posición social se construye verdaderamente en los usos y costumbres, fue necesario establecer una nueva distinción formal entre los grupos sociales, y personas más o menos distinguidas comenzaron a utilizar el título de don a partir de las dos últimas décadas del siglo.


En el período comprendido entre 1767 y 1800, las mercedes de solares aumentaron los requisitos legales para su otorgamiento [40], que se realizaba “sin perjuicio de terceros que mejor derecho tenga”, vg., personas de mayor mérito y distinción; en presencia de un escribano y con plazo para la edificación.
En realidad existió siempre un tiempo limitado para la construcción en el solar otorgado a riesgo de perder el terreno, pero en este período se recalcó con mayor insistencia, a la vez que los plazos se volvían más flexibles: entre seis meses y tres años,
Los suplicantes debían demostrar calidad y mérito para su solicitud, además de que se habían establecido diferencias en las mercedes para gente natural [41] y para gente de servicio [42]. La necesidad del Cabildo de legislar al respecto demuestra que la ciudad debía resguardar legalmente y a partir del Estado municipal, el poder más cercano, el espacio colonial de legitimidad social, donde la normativa indiana ya no alcanzaba y menos la costumbre respecto a “lo socialmente legítimo” o aceptado, forjada sobre una realidad sustancialmente diferente.
La calidad y mérito se demostraba mediante la exhibición del título de don o de la calidad de vecino. Progresivamente, todos los solicitantes fueron vecinos, dones y hombres, mientras que en el primer período eran frecuentes los pedimentos por parte de mujeres. También era al parecer relevante la condición de “natural de esta ciudad” y la profesión o el oficio.
El hecho que se reservasen los solares a los vecinos, implicaba que el solicitante debía ser ya vecino, por tanto, poseer un solar en la ciudad, o ser hijo/a o cónyuge de un propietario. Los nombres de los propietarios se repiten cada vez con mayor frecuencia en los pedimentos de las Actas Capitulares, muchas veces solicitando terrenos adyacentes a sus propiedades.
En 1798 el Cabildo se quejaba de su conducta al respecto:
“ ...por este Cabildo se hayan estado dando los solares de la ciudad sin que para este acto concurran todos los capitulares según está prebenido por ley, y que tiene noticia de que en este proximo año pasado no sólo sean dado algunos en la trasa y dentro del marco de dicha ciudad, sino también en las tabladas, lo que es contra derecho.” [43]
Durante la última década del siglo, hubo una doble política respecto a la merced de solares: por un lado, en 1794 se redujo la dimensión del solar que había de otorgarse en gracia y merced
“... en los sucesibo no se conseden venta de solares, ni medios solares, sino de quartos solares, para que así se consiga la mejor población de esta ciudad, y el acomodo de más vecinos... ” [44].
En 1797 también se revisó el precio de los solares por considerarlo muy bajo, y puede que haya alcanzado los treinta pesos hacia 1810 [45].
Paralelamente, los cabildantes se dispensaban terrenos a sí mismos y a gente influyente sin mayor control (hay agraciados con dos y hasta cuatro solares de una sola vez) hasta 1798, momento en que se dejaron prácticamente de otorgar mercedes.






Las capellanías y la circulación de bienes inmuebles




Imponer un inmueble en capellanía significaba entregarlo como pago a la Iglesia a cambio del mantenimiento de un hijo o un sobrino que vaya a ordenarse, o a cambio de misas rezadas y otras ceremonias para la salvación de su alma, de sus seres queridos y todas las almas del purgatorio [46]. La imposición en capellanía está más relacionada al símbolo de prestigio y a la circulación de dinero que a la religiosidad, y son muy escasas a mediados de siglo, con un promedio de una registrada cada diez años, haciéndose más frecuentes en las últimas tres décadas. En la década de 1780, el promedio se eleva a una por año. Al mismo tiempo, se aclara la terminología utilizada, separándose la imposición de patrimonio laical, considerado como un adelanto de la herencia, de las capellanías propiamente dichas, como la "hipoteca espiritual y eterna, que el ama continua disfrutando en la otra vida de los intereses espiritualizados en forma de misas, conque ellos desean satisfacer la cuenta de sus deudas ante Dios" [47].


En el caso de los inmuebles urbanos, la capellanía no lo inmoviliza como parte del patrimonio de la familia, porque al entregarlo a la Iglesia la familia pierde control sobre ellos, y son los clérigos presbíteros o los síndicos los encargados de venderlos y ponerlos en circulación [48].


Solamente está registrado que una familia venda un terreno destinado por vía testamentaria a una capellanía, que hace las veces de patrimonio laical, en caso que el chico no quiera ordenarse [49].






La complejidad de las identidades urbanas




En la segunda mitad del siglo XVIII, San Miguel de Tucumán estaba compuesta por “cinco mil vecinos en el plantel urbano de humildes casas, con una plaza en el medio, un cabildo, cuatro conventos en el ejido, alguna escuela de frailes, un comercio precario y como atmósfera moral, los chismes, los bártulos, los cuentos de veinte blancos que saben leer y escribir, entre quinientos que no lo saben, pero que son de algún modo los amos de los indios” [50]


Si bien la ciudad era considerada el lugar de residencia por excelencia de la élite blanca, un alto porcentaje de los habitantes de la San Miguel de Tucumán tardocolonial pertenecía a grupos étnicos que no eran parte de la elite. Si consideramos que la elite tiene blanca la piel y los sectores populares varían desde blancos no pertenecientes a la elite a mestizos, indios, mulatos, zambos o negros; es sustancial que “casi el 68% de los habitantes de la ciudad en 1778 y el 43.4 en 1812 aparecen censados como indios, mestizos, zambos, mulatos o negros, a los que debe agregarse otro 17.2% registrados en esa fecha sin especificación étnica y que probablemente no fueran españoles, al menos reconocidos, ascendiendo, por tanto, los sectores populares en 1812 casi el 60% de los habitantes de la ciudad” [51].


El espacio no siempre se ordena según los parámetros de identidad de los vecinos. Normalmente el centro de la ciudad corresponde a la residencia de la élite y la periferia a los estratos inferiores, pero San Miguel de Tucumán, y hasta 1820 aproximadamente, tenía pocas cuadras: de la plaza, cuatro manzanas a todos los vientos. En este paisaje tan pequeño, la idea de centro-periferia se entrecruza en muy pocas cuadras.
Los espacios de sociabilidad, los lugares donde la gente se relaciona, tiene una estrecha relación con las posibilidades. Los espacios tradicionales de encuentro, como la plaza o la Iglesia, en San Miguel de Tucumán eran lugares peculiares, con características propias. La plaza funcionaba normalmente como mercado, era un lugar de relación e intercambio, principalmente relacionado con el abastecimiento primario de la población. El ella se realizaba la venta de productos "de la tierra", artesanías, carnes y animales. Recién en 1773 comenzó a hacerse una colecta para la construcción de un galpón que sirva de recova para la faena y el expendio de carnes [52]. Hasta entonces, muchos de los animales se mataban en la plaza.
De cualquier manera, la plaza era el centro de la ciudad. A la vuelta estaban los comercios, los cuartos de alquiles, las Iglesias principales y las moradas de los principales vecinos.
Las iglesias ocupaban un lugar importante en la sociabilidad de la colonia. "La vida cotidiana de muchos integrantes de la élite, en particular de las mujeres, estaba marcada por la asistencia a las misas... no había ajuar femenino en el que no existieran alfombritas de iglesia y trajes de misa, puesto que la asistencia a las iglesias constituía una de las actividades sociales individuales y colectivas más importantes para las familias principales" [53]. El Cabildo había prohibido a las mulatas y mestizas, bajo pena de azotes, el llevar a la misa su alfombra [54]. Pero en San Miguel de Tucumán, estos espacios mostraban una serie de peculiaridades:
De los cinco conventos que había en la ciudad a fines de siglo, Nuestro Señor de la Paciencia estaba frente a la calle de ronda y después funcionó como el cementerio de los pobres. Tras la expulsión de los jesuitas, San Francisco se trasladó a lo que había sido el colegio de los regulares expulsos, en la esquina de la plaza, y en su lugar anterior se instaló Santo Domingo. El colegio de los jesuitas era el único edificio que tenía paredes de material, lo que hizo que trasladaran allí a los presos después de que incendiaran la cárcel. Los religiosos enviaron a Buenos Aires el pedido del traslado de los reclusos, que molestaban sus horas de oración con sus improperios y sus gritos durante las rondas de tortura [55].
La Iglesia Matriz, el espacio religioso y social por excelencia, estaba en un estado tan ruinoso que debe haber sido un peligro para la integridad de los fieles, con las paredes rajadas de tal forma que en la grieta juega libremente un cuchillo, los ladrillos desquiciados y quebrados los arcos del techo [56].
Detrás de los conventos funcionaban los cementerios. Como cada muerto significaba un ingreso para la iglesia, eran causa de permanentes disputas entre los presbíteros y los síndicos. Pero a veces los cementerios estaban dañados, como el de La Merced, lo que los convertía en espacios con emanaciones desagradables [57]. Hacia finales de siglo, son cada vez más los testamentos que indican, algunos agregando una cláusula testamentaria para que al cuerpo del finado se lo entierre en la iglesia de Santo Domingo [58].


Las calles eran lugares de encuentro y esparcimiento, principalmente de los sectores populares. Pero también, y precisamente por eso, eran espacios donde el control social se hacía efectivo [59]. El Cabildo prohibió sucesivamente los disfraces por las calles, el juego de pelota y obligó a los hombres, sobre todo de trabajo, a usar pantalones y no pasearse en calzoncillos [60], sobre todo delante de mujeres decentes.


Probablemente casi todos los solares de la ciudad hayan tenido dueño hacia finales del siglo, lo que no significa que todos hayan estado edificados [61]. En 1800, en la lista de vecinos que pueden cercar sus propiedades, se distinguen los solares “que tienen en habitación”, lo que implica que poseían también solares despoblados [62]. Los sitios baldíos eran lugares de encuentro, deseados o no, donde se cometían delitos, amancebamientos y otras inmoralidades, de la misma manera que en los campos de poleares adyacentes y en el río. El Cabildo puso horario a las lavanderas para bajar al río, que debían hacer antes del anochecer [63].
Cuando los presos quemaron la cárcel quemaron también las Salas Capitulares, que estaban integradas en el mismo edificio [64]. Hasta que fue reconstruida, a principios del XIX, los cabildantes sesionaban en la casa de alguno de ellos o en habitaciones alquiladas en una casa para tal fin. Las reuniones políticas del orden público se hacían de esta manera en los espacios privados.
El espacio de los grupos sociales propietarios en algunos casos estaba bien definido: Una familia de la élite vende un solar de todos los que tiene a una parda liberta, al lado del solar de otro pardo liberto [65]; los artesanos, herreros, plateros y carpinteros, son vecinos de los mulatos y los pardos [66]. Hay manzanas muy refinadas, como aquella donde viven Aráoz, Bazán y Posse, y donde don Fermín de Paz y su señora doña Ventura de Figueroa venden el sitio más caro de los registros notariales [67].
Pero esto no significaba una separación sin puntos de encuentro de las jentes de distinta calidad: en el mismo espacio de la casa de una familia de la élite convivían, en el mejor de los casos, una multitud de esclavos y entenados, que a veces igualaban en número a la familia principal [68]. De la misma manera, están registrados como vecinos propietarios notables al lado de mulatas y pardas, que solamente se nombran con el nombre de pila, sin apellido. Al referirse a ellos, más importante que su filiación es su casta: Gabriela mestiza, mulata Juana. Está registrada una parda que ni siquiera tiene nombre: "la linda de San Francisco". Sólo se registra el apellido en caso que haya alcanzado una posición importante: Lorenzo Alderete, pardo liberto, por ejemplo, recibió merced del Cabildo [69].
Una familia podía dejar como herencia un retazo del solar de su morada a una esclava y criada [70], lo que la convertía en propietaria en la ciudad colonial, mas no necesariamente en vecina. También sucede, aunque no está registrado en los Protocolos, que un señor respetable done casi un cuarto de su solar en una zona refinada a una dama desconocida [71] a los grupos notables.


La realidad se mostraba mucho más rica en matices y contrastes que lo que llegaba a contemplar la legislación indiana en cuanto a la conformación social de las ciudades coloniales, en tanto los términos en que se planteaban las relaciones económicas y políticas transformaban aceleradamente las ciudades y la forma de interpretarla. El crecimiento físico y simbólico de una ciudad estaba vinculado directamente con el desarrollo económico y social.






Conclusión




Es posible integrar el crecimiento de la ciudad de San Miguel de Tucumán a fines del siglo XVIII dentro de la tendencia general en América Hispana, respetando sus características particulares, que la diferencian de los grandes centros urbanos capitalinos de la colonia.
La ciudad como espacio vital de los sujetos y de las relaciones, es a la vez imagen y reflejo de las tensiones sociales. La nueva realidad económica y política del mundo colonial en el interior del Río de la Plata camina sin red sobre la cuerda tensada de la legitimidad social, donde los nuevos y los viejos actores se disputan el espacio de reconocimiento filosófico e institucional de su poder.
Las formas de propiedad son representativas de un universo social. El otorgamiento de mercedes por parte del Cabildo era una forma de control social sobre la construcción del espacio físico y simbólico, en la medida en que el dominio espacial es significante simbólico del dominio social. La compraventa de terrenos, convertidos en cierta medida en mercancías, dinamiza la ocupación del espacio y hace visible algunos mecanismos de relaciones muy complejos a la hora de enfrentarse al nuevo afluente de hombres y mujeres que se incorporan al universo urbano, convertido progresivamente en el centro de la red de las relaciones humanas tardocoloniales.






FUENTES




Archivo Histórico de Tucumán (AHT)
AHT. Actas Capitulares
AHT. Protocolos Notariales
AHT. Sección Administrativa
Archivo General de la Nación (AGN) Sala IX
(AGN) Sala IX. Sección Interior
(AGN) Sala IX. Sección Tribunales
(AGN) Sala IX. Sección Justicia
(AGN) Sala IX. Sección Hacienda





BIBLIOGRAFÍA




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Fuente:



http://clio.rediris.es/articulos/tucuman/tucuman.htm

lunes, 25 de enero de 2010

OLAZA

Campesinos guipuzcoanos.
Escudo de armas de Olaza.




Por Sandro Olaza Pallero




Apellido vasco, significa “ferrería antigua” o “fábrica antigua”. Ola: fábrica o ferrería y zar: antiguo. Caballeros de este apellido tuvieron su primitiva casa solar en el lugar de la Villa de Albístur del partido judicial de Tolosa en la provincia de Guipúzcoa.
Caballeros de este linaje con casa en la Villa de Albístur ostentan en su escudo estas armas: En campo de oro con un jabalí de sable corriendo delante de un espino de sinople y seguido de un lebrel pardo con un collar de gules y perfilado de oro.
Los fueros de Guipúzcoa consideraban que todos los guipuzcoanos eran nobles. La nobleza vasca no era la adquirida, esto es, la que sólo se funda en concesiones de los reyes por haber hecho hazañas guerreras o por simple favoritismo. Los guipuzcoanos eran nobles por ley de la sangre, era pues, legítima y no adquirida.
Consistía “en la sucesión directa y limpia de los primeros pobladores, libres y autóctonos del país”. De modo que eran nobles por naturaleza, no por concesión de los monarcas. En Guipúzcoa se tuvo mucho cuidado de conservar la etnia en toda su limpieza. Con este fin se prohibió habitar en Guipúzcoa a los moros, judíos, gitanos, conversos y “agotes”, “para que ni el valor ni el esfuerzo ingénito y natural de los caballeros hijosdalgos de Guipúzcoa se venga a enflaquecer y disminuir con mesura de gente naturalmente tímida y de poco valor”. Los guipuzcoanos todos se consideraban nobles de linaje, con natural nobleza. Los vecinos gozaban de todos los derechos políticos, porque habían probado su nobleza con la procedencia de una de las innumerables casas pobladoras de Guipuzcoa o Vizcaya.
No importaba su posición o estado económico. En este caso no se concedía la hidalguía sino que sólo se la reconocía oficialmente. Los reyes de Castilla reconocieron esta nobleza general de los guipuzcoanos. Escribía Enrique IV: “siendo los naturales originarios y vecinos de esta provincia todos hijosdalgos, debe procederse en las causas con ellos con la atención decente”.
El padre Manuel Larramendi afirmó: “esta nacioncita jamás se ha confundido ni mezclado con ninguna de las naciones que vinieron de afuera, ni de moros, ni de godos, ni de alanos, silingos, ni de romanos, ni de griegos, ni de cartagineses, ni de fenicios, ni de otras gentes. Sabe Guipúzcoa que la sangre de los suyos no tiene que ver con la de esas naciones y que a ninguna de ellas tiene que recurrir en busca de su principio, de su alcurnia y de su genealogía. Sabe que por ninguna de ellas está interrumpida su línea y ascendencia”.En el Índice de nombres topográficos de los países vascongados de España, señalaba Lorenzo Hervás que “del grandioso número de noticias y observaciones expuestos en el presente volumen, se infiere claramente que a la lengua vascuence deben pertenecer los nombres topográficos, o de poblaciones, montes, ríos, etc., de los países vascongados de España; pues sus naturales que hasta ahora usan la dicha lengua, han sido tenaces en conservar sus nombres topográficos, aunque mudados por naciones forasteras, y ninguna de estas se ha establecido en sus países…El lector advertirá que con los nombres topográficos se ponen estas letras a, g, n, v, las cuales sirven para significar las provincias de Álava, Guipúzcoa, Navarra y Vizcaya: por lo que, por mucho de dichas letras conocerán cual sea la provincia a que pertenece cada nombre geográfico”. Aparece Olaza con la letra a, lo que significaría un lugar topográfico con este nombre en la provincia de Álava.
En la declaración hecha por Artal Dorta ante Juan Osores, maestre de Santiago, para recibir en nombre del rey de Aragón las plazas de Ella, Novella y Elche en el reino de Murcia, el 15 de noviembre de 1304, García Gómez de Olaza fue uno de los testigos de este suceso.
El 7 de diciembre de 1500, la reina Isabel la Católica ordenó a Pero Díaz de Madrid, tesorero de la cruzada de los obispados de Calahorra y otros lugares de la provincia de Guipúzcoa, para que abonara a los herederos de Juan de Olaza, difunto, 1000 maravedíes en concepto de limosna por haberse distinguido en hechos militares al servicio de los reyes Católicos en la Reconquista.
En 1551 se originó un pleito entre Martín de Olaza, de Bilbao (Vizcaya) con María López de Isasi y Asensio de Lezama, sobre el alquiler por diez años de unas casas en la calle de la Calzonera.
El padre Pedro Olaza murió en la epidemia que asoló Segovia (España) en 1598, atendió a los enfermos y consoló a los afligidos en el hospital de Santa Catalina.
Lorenzo Olaza fue gobernador militar de las islas Filipinas, se desempeñó junto a la Real Audiencia que retuvo atribuciones en lo político, desde junio de 1632 a junio de 1633.
En 1718, Margarita Dezcallar Lupia Serralta y de Agulló, natural de Palma de Mallorca, inició un expediente de prueba de nobleza para contraer matrimonio con Nicolás de Olaza, caballero de la Orden de Alcántara.




Sandro Olaza Pallero.




Fuentes y bibliografía:


Archivo de la Real Chancillería de Valladolid, Sala de Vizcaya, Pleitos de Vizcaya, “Pleito de Martín de Olaza, de Bilbao –Vizcaya- con María López de Isasi y Asensio de Lezama, sobre alquiler por diez años de unas casas en la calle de la Calzonera”.
Archivo General de Simancas, Cámara de Castilla, Libro 4, “Limosna a los herederos de Juan de Olaza, vecino de Tolosa”.
Archivo Histórico Nacional –Madrid-, Consejo de Órdenes, Expediente de Pruebas de Casamientos de la Orden de Alcántara, “Dezcallar Lupia, Margarita”.
ASIAIN Y CRESPO, Joaquín Rodolfo, La Heráldica Española y Baska, Edición del autor, Buenos Aires, 1984.
BENAVIDES, Antonio, Memoria de don Fernando IV de Castilla. Contiene la colección diplomática que comprueba la crónica, arreglada y anotada por D. Antonio Benavides, Imprenta de José Rodríguez, Madrid, 1860.
COLMENARES, Diego de, Historia de la insigne ciudad de Segovia, y compendio de las historias de Castilla, autor Diego de Colmenares hijo y cura de San Juan de la misma ciudad, y su coronista, Imprenta de Eduardo Báez, editor, Segovia, 1847.
HERVÁS, Lorenzo, Catálogo de las lenguas de las naciones conocidas, y numeración, división, y clave de éstas, según la diversidad de sus idiomas y dialécticas, Imprenta de la Administración del Real Archivo de Beneficencia, Madrid, 1804.
LARRAMENDI, Manuel, Coreografía de la muy noble y muy leal provincia de Guipúzcoa, Madrid, 1754.
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MANS Y SANS, Sinibaldo de, Informe sobre el estado de las Islas Filipinas en 1842, Madrid, 1843.

viernes, 8 de enero de 2010

IMPORTANCIA Y SENTIDO DEL FEDERALISMO EN LOS PRIMEROS GOBIERNOS PATRIOS (1810-1812)

Cabildo de Buenos Aires.




Por Sandro Fabricio Olaza Pallero*




INTRODUCCIÓN


El movimiento revolucionario del 25 de Mayo de 1810 fue uno de los movimientos juntistas que estallaron en Hispanoamérica por el cual la dirigencia criolla tomó las riendas del poder.
Inmediatamente se hizo saber al pueblo que el virrey cesaba en el mando y que el Cabildo se hacía cargo de la autoridad política hasta tanto se designe una Junta que gobernará "hasta que se congreguen los diputados que se convocarán de las provincias interiores para establecer la forma de gobierno más conveniente" (Bando del 23 de mayo de 1810).



PRIMERAS EXPRESIONES DE AUTONOMISMO


El Federalismo es el sistema político por el cual varios estados independientes delegan parte de su soberanía en favor de una autoridad superior.
El 23 de enero de 1825, el Congreso de las Provincias Unidas del Río de la Plata, sanciona la "Ley Fundamental", por la cual las provincias restauran el paco por el que se habían ligado desde el año 1810, y prometían emplear todos sus recursos para afianzar su independencia (art. 1º). Dicho Congreso fue declarado "constituyente" (art. 2º), con la expresa aclaración de que, hasta que se sancionara la Constitución, las provincias se regirían por sus propias instituciones (art. 3º), y que sólo sería competencia del Congreso lo relativo a la independencia, integridad, seguridad, defensa y prosperidad nacional (art. 4º).
Durante el largo período que duró la Reconquista española, entre los siglos VIII y XV, abundaron en las tierras de frontera las concesiones de fueros o privilegios especiales para los habitantes, expuestos a las correrías de los moros y siempre dispuestos para el combate.
Estos fueros determinaban las relaciones con los vasallos y daban lugar a situaciones jurídicas particulares para los pobladores de esas comarcas. Los reinos poseían Cortes en donde estaban representados los distintos estamentos por los respectivos documentos, dichas Cortes ejercían sobre el Rey una fiscalización en cuanto a garantizar la permanencia de los fueros locales. Dice Juan Agustín García: "Los Cabildos fueron una triste parodia de los Consejos castellanos destruidos por Carlos V después de Villalar. Nada tan sorprendente y bello en la historia del derecho como esas instituciones municipales que brotaban con toda espontaneidad en la anarquía feudal de los tiempos medios". En efecto, a mediados del siglo XVI había decaído muy sensiblemente el poderío de los señores y de los municipios en la Península, en proporción a la consolidación del estado nacional bajo la monarquía absoluta.
Cuando el emperador Carlos V abandonó España para acudir a su coronación en Alemania (1521) estallaron en Castilla serios disturbios, la llamada rebelión de los Comuneros, iniciadas en Toledo y Segovia, dirigidas respectivamente por Juan de Padilla y Juan Bravo.
Los comuneros remitieron al rey un mensaje de quejas, la llamada Constitución de Ávila, que el monarca no quiso responder como era debido.
Son destacables los principios contenidos en este petitorio: "Que a las Cortes asistiesen de cada lugar realengo dos procuradores, uno hidalgo y el otro labrador, y que éstos no pudiesen recibir mercedes del rey; que el rey no pudiese poner corregidores, sino escogerlos de las propuestas que de tres en tres años les hiciesen las ciudades, y que los electos habían de ser dos, hidalgo el uno y labrador el otro, para que el gobierno estuviese dividido entre los dos estados...". En nuestra herencia hispánica ha prevalecido siempre la adhesión al pasado y la vigencia de las tradiciones, por lo que se puede afirmar que estos principios autonómicos fueron traspasados a América y constituyen antecedentes fecundos del federalismo. En el siglo XVII con el sistema abusivo de enajenación de los cargos públicos, los Consejos municipales cayeron en manos de estratos cerrados que desvirtuaron en buena medida las funciones capitulares. "Así estaban las cosas -afirma el profesor Rosa- cuando las Indias aparecen en la realidad de España y de allí que el Consejo Supremo de Indias copiara el modelo para su trasplante a las nuevas tierras".
Estos principios de autonomía que llegaron a nuestra tierra en las mismas naves de los conquistadores, serán asimilados por los habitantes de la campaña de Buenos Aires y de las provincias, quienes seguirán a su caudillo cuando sientan avasallados sus derechos autonómicos. Recordemos la Revolución de los Siete Jefes en el año 1780, que consistió en un levantamiento de la comuna en Santa Fe que manifestaba la resolución de los criollos por controlar su propio gobierno local. Estas rebeldías se plasmarían en un vigoroso sentimiento patriótico, al respecto hay que destacar que la Patria se identificaba con la ciudad, manifestándose en la doctrina política del "Común" de los ciudadanos, cuya potestad se situaba encima de la misma autoridad real.



SITUACIÓN PREVIA DE BUENOS AIRES Y LAS PROVINCIAS RESPECTO DE LOS ACONTECIMIENTOS DE MAYO DE 1810


En el año 1617 la Corona otorga rango político a la ciudad de Buenos Aires, transformada en sede de la Gobernación del Río de la Plata.
Desde su fundación, Buenos Aires provocó recelos en otras ciudades del Río de la Plata. En las dos centurias posteriores los hombres de Buenos Aires, que emprendieron la independencia, tuvieron que emplear todo su tacto para ganar a la causa patriota a las intendencias mediterráneas, disgustadas con sobrados motivos contra la capital del Virreinato.
A mediados del siglo XVIII fue alterado el equilibrio social en el Río de la Plata, ocasionando por la expulsión de la Compañía de Jesús y la reestructuración administrativa llevada a cabo por los Borbones. La metrópoli aplicó a sus colonias la misma política económica que regía para la Península y esa idea no fue suprimida con el nuevo cambio de disnatía.
Desde el advenimiento de Felipe V la nueva casa reinante promovió varios cambios con el objetivo de desarrollar el comercio y al industria. "La aristocracia seguía luchando por mantener su preeminencia -afirma Pérez Amuchástegui- pero ya las ambiciones, los intereses y las realizaciones de la burguesía representaban una fuerza demasiado poderosa". Y ha sido también el Río de la Plata objeto de esas reformas del siglo XVIII, que abrieron al tráfico los puertos de América con la declaración del comercio libre, trajo una era de riqueza y progreso al puerto de Buenos Aires, canalizando por él toda una corriente comercial que anteriormente era subsidiaria del puerto de Lima. Desde el siglo XVII se empezaron a manifestar los enfrentamientos entre las regiones interiores y costeras, como también entre criollos y peninsulares.
Corona Baratech, en su "Estudio de la Sociedad en el Río de la Plata" (en "Anuario de Estudios Americanos"), señala expresamente que: "Aunque Buenos Aires en un caso singular en cuanto a su desarrollo en todos los aspectos, en el interior se puede apreciar el mismo fenómeno parejamente. Y en la época del Virrey Vértiz (1778-1783) se denuncia oficialmente el aumento del comercio interior virreinal, hallando en Buenos Aires su puerto natural de salida de sus producciones. En el Paraguay, cuy régimen económico consistía en la simple permuta de sus frutos, el establecimiento de los Reales Estancos de Tabaco trajo la introducción de la moneda en gran escala y con ello, un aumento de consumos y el florecimiento de las empresas comerciales...".




LA PRIMERA JUNTA Y EL ESPÍRITU DE LAS PROVINCIAS


Con el pronunciamiento del 25 de Mayo de 1810, estamos frente a la ruptura de una forma jurídica que unía a estos reinos con España y como consecuencia, un quebrantamiento de las leyes concernientes a la administración política interna.
Porque, una vez rotos los vínculos con la corona, ningún lazo jurídico unía a los pueblos del virreinato de Buenos Aires.
De esta forma -como observa Busaniche- "todo pues, era una situación de hecho". Sabido es que así lo entendió la Junta cuando invitó a los cabildos del interior a enviar sus representantes. "Lo contrario -señala Busaniche- hubiera sido implantar directamente el despotismo y la Junta hubiera carecido de todo poder representativo".
Para la llamada "Generación del 37" -afirma el historiador Pérez Amuchástegui- "el pensamiento de Mayo consistía en obtener la independencia y organizar una nación soberana de contenidos esencialmente democráticos, en que armonizaban los intereses individuales y sociales sobre la base de la libertad, la igualdad y la fraternidad, y con miras a alcanzar el bienestar general a través de un sistema republicano y representativo...". La Primera Junta estuvo desunida desde su comienzo, pronto la figura de Mariano Moreno reunió a su alrededor a todos los demás integrantes, a excepción de Saavedra.
Así resalta una división ideológica en dos grupos: los morenistas, jóvenes radicales que deseaban organizar de inmediato la revolución institucional centralista, dirigida y controlada por Buenos Aires; y los partidarios de Saavedra (también llamados conservadores) que preferían un cambio más gradual, con poderes compartidos con los representantes de las provincias. El escritor Valentín Barrios en su obra "La verdad sobre el libertador General San Martín" sostiene que Moreno, apoyado por varios miembros de tendencia democrática como él y por el clima inicial del movimiento popular, procedió según la nueva tesis, demócrata de los Derechos del Hombre y el Ciudadano que perseguía la instauración de una "república federal" según el ejemplo que ya estaban dando los EE.UU. de Norteamérica, y lo hizo con total energía, a pesar de las renuencias que pronto se manifestaron entre los demás miembros. También sostiene este autor: "Al ser desplazado Moreno del gobierno, el ideal democrático sufrió un total descalabro, empeorado en marzo siguiente, en que fueron también desalojados de la ahora Junta Grande Rodríguez Peña, Azcuénaga y Larrea, de la misma tendencia". Los historiadores porteñistas que han escrito la historia del país con un criterio apasionado, se muestran confundidos en sus afirmaciones. Por empezar, el doctor Moreno conducía a la Junta pero su temperamento era de una biblioteca, ajeno al sentir popular. Tenía virtudes para su puesto de secretario: era trabajador, estudioso y de intachable conducta; pero no para jefe, pues estaba muy alejado de la realidad. El gran historiador español don Salvador de Madariaga, refiriéndose a los idealistas de la Revolución Hispanoamericana, sostuvo: "No se dieron cuenta suficiente de la parte que les tocaba en los defectos del sistema que combatían, parte que hoy sabemos fue considerable. Pocos conocían bien la historia de su propia América; menos quizá la vida y hombres de sus ciudades y campos. Ni vale decir que España los tenía sumidos en la ignorancia, porque no eran ignorantes".
Ese jacobinismo inicial de la Junta está muy lejos, en formas y contenidos, de la postura "liberal" que se atribuye al "pensamiento de Mayo". El 25 de Mayo de 1810 se había resuelto que cada ciudad del interior eligiese representantes que se reunirían en Buenos Aires "para establecer la forma de gobierno que se considere más conveniente".
Valioso documento es la circular del 27 de mayo de 1810, que disponía respecto de los diputados electos "han de irse incorporando a esta Junta conforme y por el orden de su llegada" con el objeto de que los mismos se inculquen "de los graves asuntos que tocan al gobierno". Tratábase de una circular con contenidos federalistas y que atendía a la voluntad general de los pueblos, a efectos de organizar representativamente el Estado de la América del Sur. En octubre comenzaron a llegar los diputados; en diciembre ya habían arribado nueve a la Capital, esperándose otros catorce.
En lo que se refiere a la aceptación de los nuevos sucesos por parte de las provincias y su envío de diputados, a continuación se puede observar:
Córdoba no tuvo una actitud en principio favorable al nuevo gobierno, allí se encontraba Santiago de Liniers -anterior Virrey y héroe de las Invasiones Inglesas- dispuesto a apoyar la autoridad del Virrey Cisneros, para lo cual intentó organizar la contrarrevolución, lo que fracasó y le costó la vida.
La expedición militar mandada por Buenos Aires impuso como intendente interino a Juan Martín de Pueyrredón y los patriotas consolidaron su hegemonía con la resolución de los Cabildos Abiertos de Río Cuarto y Córdoba que reconocieron al de Buenos Aires y designaron como representante al Deán Funes, quien según el maestro González Arzac, era partidario de un "federalismo regionalista", guiado por la subsistencia de las gobernaciones-intendencias.
La Primera Junta solicitó la adhesión al Paraguay y la designación de un diputado. Ante una actitud negativa de esta provincia, la Junta envió una expedición al mando de Belgrano, quien obtuvo un fugas éxito en la batalla de Paraguarí, pero el 19 de enero de 1811 las fuerzas paraguayas triunfaron en Cerro Mbaé, lo que se repitió luego en el combate de Tacuarí. A pesar de esta situación, a la derrota de Belgrano siguió una toma de conciencia por parte del pueblo paraguayo, por la cual se estableció una Junta de Gobierno patriota.
El 27 de junio de 1810 fue designado por la Junta, como comandante de armas de Catamarca (que formaba parte de la Intendencia de Salta), el ciudadano Feliciano de la Mota Botello, quien el 5 de noviembre del mismo año avisó a la Junta haber remitido 150 hombres al ejército del Perú. En Catamarca la Revolución de Mayo fue aceptada inmediatamente después de recibidas las noticias que llegaban mensualmente.
La situación crítica del virrey Cisneros en Buenos Aires, lo obligó a proyectar "establecer la sede de las autoridades en Montevideo y con las fuerzas allí existentes dominar el foco revolucionario".
El cabildo de Montevideo no aceptó los hechos que acaecieron en Buenos Aires, rechazando a la Junta y permaneció fiel al Consejo de Regencia español.
El 11 de junio de 1810 el Cabildo de San Miguel de Tucumán convocó a una reunión a efectos de considerar las noticias llegadas desde la Capital y prudentemente, "atendiendo a que esta ciudad es subalterna", decidieron dar cuenta al gobernador-intendente de Salta, cuyo Cabildo acató al gobierno porteño. El 27 del mismo mes y año el Cabildo de Tucumán presidido por Clemente Zabaleta nombró a Manuel Felipe Molina como diputado ante la Junta.
Santiago del Estero presta acatamiento a la Junta el 29 de junio de 1810, y el 2 de julio elige representante a Juan José Lami. El coronel Borges organiza una fuerza de trescientos voluntarios distribuidos en tres compañías, que se incorpora a la Expedición Auxiliadora que manda Ortiz de Ocampo cuando ella avanza hacia el Alto Perú.
Corrientes desde el primer momento apoya a la Junta y el 22 de junio de 1810 elige como representante a José García de Cossio.
La Junta Gubernativa de Buenos Aires nombra como teniente gobernador de Corrientes al coronel correntino Elías Galván, recibido el 8 de octubre de la tenencia de gobierno.
Entre Ríos apoya a la Junta y José de Urquiza (padre del después general y gobernador Justo José de Urquiza), comandante del partido de Concepción del Uruguay, desde 1804, es nombrado comandante de los partidos de Entre Ríos y bajo la dependencia de la tenencia de gobierno de Santa Fe, por orden de la Junta de Buenos Aires, desde el 5 de septiembre de 1810. El comandante Urquiza había adoptado todas las medidas recomendadas por la Junta, mandando recoger armas y desertores en el partido.
El Cabildo de La Rioja fue uno de los primeros en manifestar su adhesión a la causa de la revolución, no faltando ciudadanos que se distinguieran por su patriotismo. Don José Nicolás Ortiz de Ocampo es designado representante para la Junta Central.
Jujuy reconoce a la Junta el 4 de septiembre de 1810 y nombra representante a Juan Ignacio Gorriti. A pesar de formar aún parte de Salta, Jujuy desempeñó por sí misma una activa función en el período de la independencia, tanto en el gobierno patrio de Buenos Aires, a través de sus representantes del Cabildo, como en la defensa del norte. El Cabildo jujeño favoreció siempre el retorno al gobierno tradicional (anterior a la creación del Virreinato), otorgando mayor autonomía a los cabildos y gobiernos locales.
Santa Fe reconoce la autoridad de la Junta de Buenos Aires y es nombrado como teniente gobernador el santafesino Don Pedro Tomás de Larrechea, hasta que se presentase el coronel Manuel Ruiz, a quien se había conferido el mando. El 9 de julio es elegido diputado Juan Francisco Tarragona. Cabe destacar que el cabildo santafesino fue, como dice Busaniche, "el primero en adherirse al nuevo orden de cosas proclamado y cuando en el mes de octubre pasó Belgrano con su expedición al Paraguay, la ciudad se desprendió de los dos únicos batallones de blandengues que la defendían de los ataques de los indios, dejando desguarecidas sus fronteras... pidió que se nombrara gobernador a un vecino de Santa Fe, y la Junta se negó".
Cuando las noticias de la Revolución llegaron a San Juan, junto con órdenes del gobernador-intendente oponiéndose a su reconocimiento, se convocó a un cabildo abierto donde se leyeron ambos comunicados y que optó por reconocer a la Junta de Buenos Aires el 28 de julio de 1810.
San Juan designa diputado a José Ignacio Fernández Maradona. Hay que recordar que San Juan desde el año 1784 dependía de la Intendencia de Córdoba.
En Chile, el envío del delegado porteño Gregorio Gómez consigue movilizar los ánimos a favor de la Junta, a pesar de la oposición de la Audiencia de Santiago.
En Mendoza, después de vencer la resistencia del comandante de Armas, Faustino Anzay, el 23 de junio se celebra un cabildo abierto que adhiere a la Junta. Se designa diputado de Bernardo Ortiz.
El 14 de junio el cabildo de San Luis reconoce al gobierno porteño y el 28 de junio designa diputado a Marcelino Poblet. También San Luis formaba parte de la intendencia de Córdoba, cuyo gobernador Juan Gutiérrez de la Concha se había opuesto a la Junta, siendo ajusticiado con Liniers en Cabeza de Tigre (26 de agosto).
El 8 de julio de 1810 Misiones se pronuncia por la Junta de Buenos Aires a través de su gobernador Don Tomás de Rocamora, quien fuera fundador de Entre Ríos.
Potosí se opuso a la Revolución, pero el 10 de noviembre se produce una rebelión popular y se forma una Junta adicta al gobierno de Buenos Aires.
El gobernador-intendente de Cochabamba José González Prada se opuso a la Junta de Buenos Aires. El 14 de septiembre una rebelión popular depone a este mandatario y asume el gobierno el coronel don Francisco Rivero.
En cuanto a la Paz, junto con las restantes ciudades del Alto Perú quedó, en un principio, bajo el dominio del partido peninsular.
El virrey del Perú, José Fernando de Abascal dispone el 13 de julio "agregar, por ahora" a su jurisdicción las provincias las provincias altoperuanas del Virreinato del Río de la Plata, para sustraerlas a la autoridad de la Junta de Buenos Aires.
El Alto Perú, por breves intervalos, integraría las Provincias Unidas, para ser perdido definitivamente en 1825, cuando proclama su independencia con el nombre de República Bolívar. Al respecto señala Irazusta: "la escisión de este territorio, que nos correspondía legalmente, fue favorecida por los negligentes rivadavianos del Congreso de 1824, que hicieron abandono de nuestros derechos al territorio comprendido en la antigua presidencia de Charcas, sin exigir compensación alguna, sin tomar ningún recaudo contra ulteriores conflictos de fronteras".
Refiriéndose a la calidad convocante de Buenos Aires, Héctor María Enz ha dicho: "No cabe duda: en la concepción historicista, Buenos Aires es una ciudad-estado, intimante de la historia del país y de los jalones de la nacionalidad. Históricamente, es la entidad política originaria de la República, congregante de las provincias virreinales, que por su voluntad y la de las diputaciones populares constituyeron con rumbo porteño la Nación Argentina".
La organización en nuestro país en torno el sistema federal desde 1810 en el territorio que fuera el antiguo Virreinato del Río de la Plata tuvo un desarrollo muy especial, que en muchas ocasiones no supieron entender los distintos historiadores y constitucionalistas, quienes han querido comprenderla en el caso norteamericano, pues en la época colonial en las aulas universitarias no se enseñaba la Constitución de Virginia ni se usaba como texto "El Federalista" de Hamilton. La Universidad de Córdoba enseñaba el Derecho Natural no mencionándose siquiera el iluminismo, esto a pesar de la expulsión de los Jesuitas, quienes dirigían esa alta casa de estudios. Esto rigió hasta la Reforma Universitaria de 1918, como bien ha dicho el doctor Horacio Sanguinetti respecto de la universidad mediterránea "Córdoba medieval y eclesiástica".
Y surge ahora otro aspecto aun más interesante: la invasión napoleónica a España en 1808 significó la vuelta a la tradición medieval de las Juntas Provinciales autónomas, es decir un federalismo primitivo. Cabe destacar que en la actualidad España, a pesar de ser una monarquía constitucional es un estado casi federal, pues se reconocen en su Constitución las autonomías regionales, proceso histórico que llevó varios siglos. Hispanoamérica heredó esas tradiciones.
Los argentinos tenemos que tener conciencia de que nuestro Derecho provincial -como dicen Rosa y González Arzac- "no se importó de parte alguna ni fue elucubrado por estudiosos de la ciencia constitucional teórica"; fue "un derecho típicamente argentino".
La guerra civil que se produjo en nuestro país de 1810 a 1880 tiene dos causas fundamentales, una fueron los enfrentamientos ideológicos entre "federales" y "unitarios" (o "morenistas" vs. "conservadores"; "directoriales" vs. "federalistas"; "nacionales" vs. "autonomistas"; etc.) y la otra causa son las diferencias y recelos entre Buenos Aires y el interior habidas desde la época colonial. Las protecciones aduaneras del interior, la instauración del caudillismo y el nacimiento de los pactos interprovinciales a partir de 1820, son una consecuencia de la puja entre el librecambismo porteño y el proteccionismo provinciano.
El brigadier Saavedra en su "Memoria" denunciará al doctor Vieytes, Manuel Belgrano, Nicolás Rodríguez Peña y Juan José Castelli de haber sido los primeros autores y propagadores de la falsa calumnia de haber reanudado el presidente de la Junta conversaciones con la infanta Carlota. A estos políticos los calificó Saavedra de "díscolos de Buenos Aires" que no se detenían en faltar a "la evidencia de su conciencia".
"La Revolución -dijo Pérez Amuchástigui- giró bruscamente, y el aplacamiento del jacobinismo produjo, al poco tiempo, el encubrimiento de un sector liberal que, aprovechado de la perplejidad que reinaba en la multitud por el cambio producido, dejó a ésta de lado e inició una política tendiente a cambiar la antigua estructura rioplatense a través de negociaciones conciliatorias más que de acciones definidas... Los diputados del interior, que auspiciaron el cambio, fueron las víctimas propiciatorias de su propia eliminación, en tanto no quedaron ni como ejecutores ni como legisladores, perdieron toda ingerencia en el gobierno para el respaldo de los intereses locales, y terminaron expulsados por una oligarquía centralista y porteña, insensible al sentir provinciano y desdeñosa de sus necesidades".
Es interesante la nota fechada el 20 de julio de 1811, por la Junta Patriota de Asunción, donde comunica a la de Buenos Aires la primera idea de Confederación en el Continente, donde se propone que Paraguay "no sólo tenga amistad, buena armonía y correspondencia con la ciudad de Buenos Aires y demás provincias confederadas sino que también se una con ellas con el objeto de formar una confederación defensiva fundada en principios de justicia, equidad e igualdad".
Desde la capital porteña se enviaron como negociadores al Paraguay a Manuel Belgrano y a Vicente Anastacio Echeverría, quienes suscribieron el tratado de confederación el 12 de octubre de 1811.



1811: REVOLUCIÓN DE CHARRETERAS Y CHIRIPÁ


Con posterioridad a la incorporación de los diputados provincianos (diciembre de 1810), ha crecido en Buenos Aires el disgusto por el gobierno conducido por la gente de las provincias.
La situación militar no es muy favorable, pues se inician las hostilidades con Montevideo, y Elío establece el bloqueo de Buenos Aires.
Para peor, Cornelio Saavedra (jefe respetado por las tropas y el pueblo bonaerense) no domina la Junta, pues ha permitido que el deán Funes conduzca a la misma. La muerte de Moreno -por otro lado- no ha mermado la influencia de su partido, el cual no ha sido desbandado: el 15 de enero del año 1811 -antes de la partida de Moreno- Saavedra escribía a Chiclana que los morenistas conspiraban para su desplazamiento.
Mientras la fuerzas militares adictas a Saavedra están fuera de Buenos Aires con motivo de la guerra, se queda en la ciudad el Regimiento de la Estrella conducido por French y adicto a Moreno.
Tras la muerte del vocal Alberti, el Cabildo propone que se vacante sea llenada por un morenista, Nicolás Rodríguez Peña, quien será apoyado por el regimiento de French con el propósito de usar la fuerza militar en caso de no ser elegido el candidato.
La situación se torna más grave cuando la ciudad se entera de una amenaza de invasión portuguesa en la Banda Oriental, en apoyo al virrey Elío.
Su principal centro de reunión es el denominado Café de Marco, donde se congrega la mayor parte de la juventud porteña y participa en agitadas discusiones -como bien lo señala Juan Manuel Beruti- acerca de "asuntos de buen gobierno, derecho público y felicidad de la patria".
Cuando Mariano Moreno partió a Inglaterra en misión diplomática, sus discípulos no se dieron por vencidos e intentaron una sublevación militar con Domingo French a la cabeza, pero ésta fracasó. Poco después este jefe militar trató de lograr la vuelta de Mariano Moreno pero también esta vez sus objetivos no se cumplieron.
Pero estas intentonas tuvieron sus rendimientos, pues al poco tiempo comienza a funcionar el célebre "Club de Marco", a imitaciones de los clubles jacobinos de París.
Su lugar de reunión, como ya dijimos, era el café más concurrido por la burguesía porteña, cuyo propietario era don Pedro José Marco, adonde concurrían con cintas azules y blancas. El mismo día de su inauguración se produjo un gran escándalo, pues el gobierno envió tropas al mando del comandante Juan Bautista Bustos para reprimir a los revoltosos, quienes fueron detenidos y sometidos a interrogatorios. Poco tiempo después no se hablaba en la ciudad otra cosa que no fuera el escándalo del Café de Marco y las preocupaciones del gobierno.
Luego siguieron con sus reuniones y una de las intervenciones del Club fue el pedido de clemencia a favor de los españoles que estaban internados por decisión del gobierno (marzo de 1811), curiosa actitud de los partidarios de Moreno, quien en su famoso "Plan de Operaciones" no quería misericordia con los peninsulares. La actividad del Club fue muy vasta, se repartían pasquines a toda hora y French llegó a proveer armas a grupos de civiles. El golpe saavedrista del 5 y 6 de abril de 1811 irá a neutralizar al Club. El ambiente estaba enrarecido, en los hechos se notaba la alianza entre los "principales" del Cabildo y los jóvenes morenistas.
Por otra parte la gente de Saavedra tampoco permanece inactiva y tal como describe Ignacio Núñez: "De la ciudad se saltó a los arrabales en la busca de máquinas para ejecutar el movimiento o, como entonces se decía, se apeló a los hombres de poncho y chiripá contra los hombres de capa y casaca... Entonces se dio la señal: al anochecer del día 5 de abril empezaron a reunirse los hombres emponchados y a caballo en los mataderos de Miserere a la voz del alcalde de barrio don Tomás Grigera, cuyo nombre, sólo conocido hasta ese día ocuparon la Plaza Mayor como mil quinientos hombres, pidiendo a gripos la reunión del cuerpo municipal para elevar por su conducto sus reclamaciones al gobierno".
En ese momento, Vieytes y Rodríguez Peña increpan a Cornelio Saavedra por no ordenar a los soldados la represión a los tumultuarios. Nadie sabe quien ha organizado la pueblada, que atemoriza a la clase "decente" y que anonada a los jóvenes morenistas. Mutuas recriminaciones se entrecruzan entre saavedristas y morenistas, cargándose unos a otros la culpa del estallido de la crisis.
Y es que detrás de esta "pueblada" se encuentran Don Tomás Grigera y el abogado Joaquín Campana, personaje popular entre los orilleros y que era un activista que ya antes había tenido protagonismo en los sucesos que condujeron a la destitución del virrey Sobremonte con su indecorosa conducta frente al invasor inglés. Frente a esta situación, los cabildantes temen, como señala Núñez "que el ejemplo que se tenía a la vista hacía prever el mayor peligro de una sublevación en la esclavatura, o en los indios, cuyo número era considerable en el Alto Perú y en las provincias de abajo hasta la Capital...". Tomás Grigera exigirá la presencia de los regidores en el Cabildo, únicamente ante ellos se darán las explicaciones del caso.
Como consecuencia de estos sucesos, Saavedra permanecería en la Junta como Presidente, pero se excluía de ella a los morenistas Vieytes, Azcuénaga, Larrea y Rodríguez Peña. Serían reemplazados por don Joaquín Campana "la figura con gloria del pueblo de las quintas", Juan Alagón y Atanasio Gutiérrez, el cuarto era Chiclana, que no aceptó. La revolución popular de abril se había dirigido contra los morenistas y la clase "decente". Se trató de una reacción espontánea por parte del pueblo, situación que se produciría en muchas ocasiones en la historia de nuestra patria. Desde ese instante, los orilleros y provincianos pasaban a detentar el poder en la Junta.



FINAL DE LA JUNTA PROVINCIANA. EL TRIUNVIRATO


Pese al apoyo popular, la Junta Grande perdió confianza pública debido al desastre militar de Huaqui (20 de junio de 1811). Las noticias vienen deformadas, y "La Gaceta" las distorsiona aún más. Circulan en la capital pasquines donde se acusa a Saavedra de tratos con los portugueses, y se vilipendia a la Junta que, desde la revolución popular de abril de 1811, ha quedado integrada por representantes provincianos.
Uno de los panfletos, en referencia a esta última situación, señala a la población porteña "Todos forasteros os mandan... En esto han venido a parar tus glorias..." Los morenistas vuelven a sus andadas y tienen como objetivo inmediato poner fin a la hegemonía de Saavedra al cual califican de "potosino y borracho" y añadiendo que éste "ha parado el progreso de la revolución".
Desde ese momento, las horas de la Junta están contadas. El 26 de agosto, Saavedra deja la ciudad y se dirige al norte para supervisar la reorganización del ejército patriota. El gobierno queda debilitado, y en intento desesperado la Junta trata de negociar con el realista Elío, para que una sus fuerzas a las de Buenos Aires y rechace la invasión portuguesa. La oposición -apoyado por el Cabildo de Buenos Aires- determinó que se creara el Primer Triunvirato como Poder Ejecutivo e integrado por Feliciano Chiclana, Manuel de Sarratea y Juan José Paso; se designaron tres secretarios, cargos cubiertos por José Julián Pérez, Bernardino Rivadavia (el conductor principal del grupo) y Vicente López y Planes. La anterior Junta Grande se transformó en un cuerpo legislativo y pronto quedó anulada.
En Buenos Aires hubo festejos por el nuevo gobierno y se dispusieron amnistías para los desterrados de las jornadas de abril (la revolución orillera). Saavedra y Campana eran privados de sus cargos y desterrados. Un estatuto elaborado por Rivadavia y puesto en vigencia el 22 de noviembre de 1811, sostenía que el Triunvirato sería la única autoridad hasta que se pudiera convocar a un Congreso Constituyente para planificar un gobierno efectivo para la nueva nación en desarrollo. También fue castigado el jefe del regimiento de Húsares, Martín Rodríguez, por respaldarse en la "chusma".
Los ex ministros de las Juntas se dispersaron por sus provincias y en enero de 1812, tras suspender las Juntas provinciales, el Triunvirato nombra gobernadores-intendentes, medida que es considerada centralista por las provincias. De doce funcionarios designados, nueve eran porteños. Busaniche dijo acerca de este nuevo gobierno: "El Triunvirato señala el comienzo de la oligarquía porteña -son palabras de Aristóbulo del Valle-; el sentimiento local de la ciudad irritado contra la junta de diputados se yergue, y dueño de la fuerza, establece a su turno, el predominio sin contrapeso, la hegemonía de Buenos Aires, sobre todos los pueblos del Río de la Plata".



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Cornelio Saavedra.
Gregorio Funes.




* Revista del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas n° 52, Buenos Aires, Julio-Septiembre 1998, pp. 70-82.