miércoles, 26 de enero de 2011

JOSÉ BENJAMÍN GOROSTIAGA, HACEDOR E INTÉRPRETE DE LA CONSTITUCIÓN

Antigua catedral de Santiago del Estero.


Los constituyentes de 1853 (por Antonio Alice).

José Benjamín Gorostiaga.


Por Raúl Jorge Lima


Curioso destino el suyo. Se ha dicho que la Corte Suprema de Justicia de la Nación, desde el momento en que su misión es interpretar la letra de la Constitución, funciona como una especie de Convención constituyente en sesión continua. A Gorostiaga, integrante de la primera Corte -en la que estuvo veinte años- le tocó interpretar la Constitución de la que fue su principal redactor. Es decir, le tocó interpretarse a sí mismo ¿puede pretenderse intérprete más autorizado? Además, fue diputado nacional por su provincia (1862/1863) en el primer Congreso de la Argentina unificada, por lo que intervino en la redacción de leyes nacionales acordes con la Constitución, tal como dispone el artículo 31 de la Carta Magna.
Nació en la ciudad de Santiago del Estero el 26 de marzo de 1823. Fueron sus padres don Pedro Pablo Gorostiaga Urrejola y doña Bernarda Frías y Araujo, quienes tuvieron nueve hijos. Era nieto del Capitán don Josef Antonio Gorostiaga (vasco, de San Sebastián), que murió en Jujuy luchando contra los indios Tobas, por lo que a su abuela Bernardina Luisa de Urrejola le acordó Carlos III una pensión vitalicia.
A los diez años José Benjamín va a Buenos Aires con su familia, para radicarse allí: nunca volverá a Santiago del Estero. Pero representará a su suelo natal como diputado nacional y como convencional constituyente.
Su familia tuvo que radicarse en Buenos Aires porque su padre fue Tesorero de la Provincia durante los gobiernos de Alcorta y Deheza, y, tras el retorno de Ibarra al poder, en 1832, su situación fue incómoda, a lo que se agregaba su parentesco con los Frías, enemigos de Ibarra. El patricio decide dedicarse a la atención de su estancia en Silípica, pero a pesar del alejamiento de los negocios públicos, se imaginó a Don Pedro Pablo confabulado en una conspiración contra el gobierno y se lo mandó prender, sentenciado a destierro perpetuo y multa. Pagó ésta y cuando se dirigían a Buenos Aires murió el jefe de familia habiendo recorrido tan sólo nueve leguas. (Su bisnieto, Marcelo Lynch Gorostiaga, afirma que no murió en dicho viaje, sino en esta ciudad y en prisión por orden de Ibarra). Su desconsolada familia, luego de unos meses, volvió a dirigirse a Buenos Aires.
Durante los primeros años, madre e hijos vivieron en el pueblo de Ayacucho (ubicado al oeste de la provincia y al que los vinculaban lazos familiares con su fundador). Luego se radicaron en la ciudad de Buenos Aires, para que los hijos iniciaran o prosiguieran sus estudios escolares. Blanca Lorenzo de Noriega -la principal biógrafa de Gorostiaga en nuestro medio-, nos informa en una de sus documentadas publicaciones, que cuando José Benjamín tenía 14 años, el núcleo familiar fue a vivir en una pensión de la calle San Martín, quedando en la estancia de Ayacucho los dos hijos mayores, Domingo Ignacio y Justo Pastor, dedicados a la actividad ganadera.
A los 15 años José Benjamín fue inscripto en el colegio regenteado por la Compañía de Jesús, a cargo de los padres jesuitas Parés y Magendie. Fue allí un estudiante muy destacado. En ese mismo colegio estudiaron: Sáenz Peña, Costa, Escalada, Irigoyen, los Anchorena. En 1841, al expulsar Rosas a los jesuitas, el colegio pasó a llamarse “Colegio Republicano Federal” y en el mismo enseñó Filosofía su destacado ex alumno.
En 1840 terminó Gorostiaga sus estudios preparatorios, e inició su carrera de Leyes en la Universidad de Buenos Aires. También allí fue un estudiante destacado. Se doctoró en Derecho el 10 de abril de 1844. Su tesis versó sobre “Derechos hereditarios de los ascendientes legítimos”. Su padrino de tesis fue don Manuel de Irigoyen.
Ingresó como practicante en la Academia Teórico-Práctica de Jurisprudencia, desempeñándose luego en el Estudio del Dr. Baldomero García. En 1846 el Tribunal de Justicia le expidió su título de abogado.
Entre sus papeles, se encuentra esta anotación: “1846. Me recibí de Abogado y empecé a trabajar con éxito”. Tenía 23 años y era uno de los jóvenes más prometedores de su generación.
Su vida pública comenzó al día siguiente de la batalla de Caseros. Hasta entonces se había limitado a ejercer su profesión de abogado y colaborar en la “Gaceta Mercantil”.
Urquiza -buen catador de talentos- lo designó asesor de gobierno y auditor de guerra y marina.
Víctor Gálvez (seudónimo del historiador Vicente Quesada), en su libro “Memorias de un viejo”, nos recuerda su aspecto físico: “Tenía la barba negra, el cabello ensortijado y compacto, el ojo de mirada ardiente y expresiva, rasgos muy acentuados en su fisonomía que le daba el aspecto de un hombre resuelto; su voz clara y sonora era notable, y como orador gozó de fama. Era afable, pero algo grave; su carácter natural es áspero y tal vez altivo. Es hijo de sus obras; su fortuna y su fama se la debe a sí mismo. Ha tenido reputación de abogado capaz y fue un estudiante famoso desde el colegio de los jesuitas. El Gral. Urquiza le dispensaba gran consideración...gustábale el ambiente apacible del hogar”.
La deferencia del Gral. Urquiza hacia su persona se evidencia no sólo en las designaciones con que lo distinguiera, sino también en su famoso brindis: “Por los ilustres compatriotas cuyos consejos no me abandonaron en difíciles momentos y a los cuales es debido, tal vez, el triunfo de nuestras instituciones: por los Dres. del Carril y Gorostiaga”.


En el Soberano Congreso General Constituyente

Caído Rosas en la batalla de Caseros, el 3 de febrero de 1852, Urquiza -el general vencedor- tenía una verdadera obsesión por que se dictara cuanto antes una constitución nacional, con lo que estas provincias dejarían de constituir una Confederación (con el consiguiente derecho a secesión), para pasar a ser un Estado federal (esto es, una unión indestructible de estados indestructibles).
En 1852 gobernaba la provincia de Santiago del Estero don Manuel Taboada, quien concurrió a la reunión de gobernadores en San Nicolás de los Arroyos.
En dicho Acuerdo se decidió que al Soberano Congreso Gral. Constituyente, que se reuniría en la ciudad de Santa Fe, acudirían dos diputados por cada una de las catorce provincias entonces existentes, autorizados para decidir por sí mismos sobre los temas que se plantearan en la redacción de nuestra ley suprema.
Tan alta responsabilidad recayó sobre el joven abogado, a la temprana edad de 29 años, cuando era ministro de Hacienda de la provincia de Buenos Aires, nombrado por Vicente López, gobernador interino de esa provincia.
El otro diputado por Santiago del Estero fue el presbítero Benjamín Lavaysse, también santiagueño de nacimiento, quien a la sazón estaba a cargo del curato de Tulumba (Córdoba). El Padre Lavaysse se había graduado de doctor en la Universidad Mayor de San Carlos, actual Universidad de Córdoba, y en esa Universidad enseñó Filosofía y Derecho. Siendo sacerdote católico, sostuvo el derecho a la libertad de cultos. Murió de una apoplejía, el 7 de de enero de 1854, en el trayecto de Salta a Jujuy, a los 31 años. Cabe acotar aquí que los progenitores de ambos constituyentes -don Pedro Pablo Gorostiaga y el general José D´Auxion Lavaysse- fueron firmantes del Acta de la Autonomía de Santiago del Estero, en 1820.
Como nota curiosa, puede apuntarse aquí que en ese año de 1852, no existía en la provincia de Santiago del Estero ningún abogado.
En la redacción de nuestra Constitución Nacional en 1853, en Sante Fe (la misma que, con reformas, aún nos rige), fue Gorostiaga el principal redactor y el miembro informante de la Comisión de Negocios Constitucionales.
Su papel en el Congreso fue descollante, interviniendo en los debates en más de cuarenta oportunidades.
De su papel como convencional constituyente dijo Paul Groussac: “...desde el principio al fin domina Gorostiaga la situación parlamentaria. Si fuera lícito admitir que tenga un autor la constitución federal que rige la república, deberá aparecer como tal Gorostiaga y no Alberdi”. Nada más lejos de la modestia que caracterizaba a Gorostiaga, estas rivalidades creadas por los historiadores y que no existieron durante la vida de los protagonistas (por el contrario, fueron amigos y se admiraron mutuamente). Al respecto, Gorostiaga se limitaba a decir: “Nuestra Constitución ha sido vaciada en el molde de la de Estados Unidos”.
Desde la Navidad de 1852 hasta fin de enero de 1853, el joven Gorostiaga no participó de los agasajos con los que eran obsequiados los constituyentes y, encerrado en su habitación en los altos de la alfajorería de Merengo, de Hermenegildo Zuviría, en completa soledad, realiza la ímproba tarea de dar forma al contenido de los debates y redactar el texto constitucional. Ese mes del estío santafecino, pese a las temperaturas superiores a los 40° y el clima húmedo, fue de un rendimiento extraordinario para nuestro jurista, y para la labor constituyente.
Dice el destacado constitucionalista Jorge Reynaldo Vanossi: ¿Dónde consta la obra constitucional de Gorostiaga? Surge del “Anteproyecto”, que es un testimonio irrefutable de su autoría. Son los borradores del esbozo de Gorostiaga, redactado de su puño y letra, que abarcan prácticamente la totalidad de la “parte orgánica” de la Constitución y el “Preámbulo” de la misma. Allí están casi intactos los artículos correspondientes al texto actual en los capítulos referentes a: facultades del Congreso, formación y sanción de las leyes, Poder Ejecutivo, Poder Judicial, y gobiernos de provincia. También son incuestionables las fuentes de su redacción en esas partes: el Proyecto de Alberdi, la Constitución argentina de 1826, la Constitución norteamericana de Filadelfia (1787), y los comentarios de “El Federalista” de Hamilton, Madison y Jay. Tanto Gutiérrez como Gorostiaga conocían el idioma inglés, que el último de ellos utilizaría después para la correlación de las Sentencias de la Suprema Corte norteamericana con la jurisprudencia constitucional argentina de nuestro máximo tribunal”.
El Congreso no llevó un diario de sesiones, sino sólo extractos de las mismas, volcados en el libro de actas. No obstante ello, ninguna duda cabe de que fue Gorostiaga quien tuvo en él el papel más importante, sumado a ello esa tan valiosa redacción final a que hemos hecho referencia. Cabe acotar que, además, era un buen orador.
Y el segundo convencional en importancia fue su amigo Juan María Gutiérrez, quien trabajó sobre todo en la parte dogmática de la Constitución (en la que están Declaraciones, Derechos y Garantías). Gutiérrez llevó al seno del Congreso el ideario de Alberdi sobre tan importantes temas, con quien se carteaba con frecuencia.
Terminada la tarea del Congreso constituyente, Urquiza lo designó ministro de Hacienda, en su gobierno provisorio.
Instaladas ya las autoridades nacionales -Urquiza presidente y Del Carril vicepresidente-Gorostiaga resultó electo diputado nacional al Congreso Federal por su provincia natal, pero en 1854 fue comisionado para la unificación de las monedas con las provincias. También fue ministro plenipotenciario en la celebración de los tratados sobre la libre navegación de los ríos Paraná y Uruguay. Urquiza lo designó ministro del Interior de la Confederación.
Pero Gorostiaga, en octubre de 1854, abandona el gobierno de la Confederación y vuelve a radicarse en Buenos Aires, donde retomará con éxito el ejercicio de su profesión de abogado.
Las causas de su alejamiento del gobierno de la Confederación, nunca fueron aclaradas. Víctor Gálvez lo supone atraído por la fascinación de la gran ciudad. También se especuló con desinteligencias con el ministro de Justicia, Santiago Derqui, quien sucedería a Urquiza en la presidencia de la Confederación. Algún biógrafo atribuyó su renuncia a no haber querido convalidar, al frente del ministerio del Interior, la invasión del General Gerónimo Costa a Buenos Aires (esta última hipótesis es errónea, ya que este hecho ocurrió dos años después, en 1856).
En Buenos Aires, lo tomarán los acontecimientos de 1859: el triunfo de Urquiza en la batalla de Cepeda y su consecuencia, el Pacto de San José de Flores, que darán origen a la primera reforma de nuestra carta magna, en 1860, lográndose así la reincorporación de la provincia de Buenos Aires al seno de la Confederación.
Y Gorostiaga fue constituyente en esa primera reforma de nuestra Constitución. Lo hizo también por Santiago del Estero, en compañía de Antonino Taboada, Modestino Pizarro y Luciano Gorostiaga.
En la siguiente reforma, 1866, otra vez fue convencional, pero no pudo asistir debido a una enfermedad.
Y, experto constitucionalista, en 1870 fue convencional constituyente en la reforma de la Constitución de la provincia de Buenos Aires.
En 1872 ocupó fugazmente la cátedra universitaria en la misma Facultad en la que se había graduado. También fue designado “Académico Honorario” de esa Facultad de Derecho, máximo honor que dispensa dicha Facultad, compartido con Estrada, Tejedor, Mitre, Rawson y Vicente F. López, distinción que recién acepta en 1885, para que no interfiriera con su labor en la Corte Suprema (En 1877 había rechazado la designación de académico, basado en ese escrúpulo).
En 1883 es elegido senador nacional por la Legislatura de su provincia natal, pero esta vez decide continuar en la Corte, por lo que no aceptó la designación.
En la Corte Suprema de Justicia de la Nación
En 1865, cuando tenía 42 años, Mitre lo designó juez de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, el más alto cargo al que puede aspirar un jurista. Reemplazó a Valentín Alsina, que nunca se incorporó, por lo que la Corte de 1862 a 1865 funcionó con cuatro miembros, Salvador Del Carril, Francisco de las Carreras, José Barros Pazos y Francisco Delgado.
En 1868, contrariando su gusto, dejó su sitial para ser ministro de Hacienda de Sarmiento. Renunció en octubre de 1871, y fue designado miembro de la comisión encargada de reformar el Banco de la provincia de Buenos Aires, durante el gobierno de Carlos Casares.
En ese mismo año retornó a la Corte Suprema nacional, designado también por Sarmiento. Permaneció en nuestro más alto Tribunal hasta su jubilación en 1887, y fue, sin discusión, el miembro más esclarecido de la Corte que le tocó integrar, y de la que fue presidente durante diez años (de 1877 a 1887).
También en la cabeza del Poder Judicial de la Nación, su papel fue descollante. Julio Oyhanarte (dos veces ministro de la Corte), en un interesante artículo periodístico, ha dicho que la primera etapa de la Corte, a la que llama de “afianzamiento constitucional”, tiene el liderazgo indiscutido de Gorostiaga.
Se trataba de una Corte que aún no tenía precedentes propios, por lo que con frecuencia debía acudir a los de la Corte Suprema de Estados Unidos, atento a la semejanza de los textos constitucionales. Con la labor de Gorostiaga como ministro de la Corte nacional, sucede como con su labor como convencional constituyente: es necesario inferir su participación. En efecto, los votos emitidos en forma impersonal -salvo caso de disidencias o del agregado de otros fundamentos- no permite individualizarlos, ya que una vez llegado el acuerdo, eran firmados por orden de antigüedad de los ministros.
Empero, Vanossi hace un pormenorizado estudio de los votos, identificando la autoría de Gorostiaga en muchos de ellos, sobre todo a partir de las ideas que defendiera en el seno de la convención constituyente de Santa Fe, Constitución de la que la Corte es, no sólo su intérprete, sino su último intérprete (recordemos que nuestro control de constitucionalidad, semejante al de Estados Unidos, es “judicial” y “difuso” (está a cargo de todos los jueces), pero la Corte tiene la augusta atribución de ser su intérprete definitivo.
Así, en materia de temas de tanta trascendencia como: Derecho de la revolución, privilegios parlamentarios, valor de los actos públicos provinciales, expropiaciones, Poder de policía, principio de legalidad, supremacía del derecho federal, independencia de la justicia provincial y de la justicia nacional, competencia de la justicia federal, extensión del Poder Judicial y límites del control a su cargo, separación de poderes: independencia del Legislativo y Judicial, facultades privativas de los poderes políticos: el juicio de las elecciones, la “cláusula comercial” de la Constitución y sus normas afines, libertad de prensa: delitos de imprenta y su jurisdicción, efectos de las leyes: principio de la irretroactividad, retroactividad: leyes procesales y normas de competencia jurisdiccional, igualdad ante la ley, fueros personales y fueros reales o de causa, invocaciones a la equidad y a la justicia, limitaciones a los derechos individuales, defensa en juicio, las provincias en juicio (diferencias con la Constitución de Estados Unidos), demandas contra la Nación (el Estado nacional en juicio), autonomía de las provincias (principio de no intervención del gobierno federal), poderes militares y de guerra, Estado de sitio, Derecho Internacional y soberanía, nacionalidad y ciudadanía, responsabilidad de los funcionarios públicos, libertad de sufragio, límites provinciales y arbitraje, derecho de Patronato, Procurador General de la Nación, cuestiones procesales, límites de los poderes municipales, prerrogativas e inmunidades de los legisladores, y Banco Nacional.
Con la opinión de Gorostiaga vertida en sus enjundiosos votos, comienza a formarse la “doctrina de la Corte, que origina la jurisprudencia constitucional. Aparecen los primeros “leading case” (la primera vez que la Corte se pronuncia sobre determinado asunto); Fallos éstos que, por su enorme peso moral, inciden decisivamente en futuros fallos de los tribunales nacionales y provinciales, e incluso convencen a veces al Congreso de la conveniencia de ajustar la legislación a esa interpretación.
En 1885 aceptó, como un sacrificio, la candidatura a Presidente de la Nación por la Unión Católica. Ya presidente Juárez Celman, rechaza el ofrecimiento de éste para integrar su gabinete.
Sus únicos viajes fueron: el viaje de Santiago del Estero a Buenos Aires siendo niño, el de Buenos Aires a Santa Fe con Urquiza a bordo del Countess of Landsdale, de Santa Fe a Paraná, y, ya en sus últimos años, sus periódicos traslados a su campo de San Bernardo, en Chivilcoy, provincia de Buenos Aires.
Cuando la crisis de 1880 por la “Cuestión Capital de la República, Gorostiaga intenta evitar el derramamiento de sangre e invita a una reunión en su casa de calle Piedras nº 48, a la que asisten Alberdi, Mitre, Sarmiento, su pariente Félix Frías, y otras personalidades; pero no pueden evitar los encuentros armados de Barracas y Puente Alsina.
Casó en 1871 con doña Luisa Molina, (fue necesario que les dispensaran la consanguinidad, ya que los contrayentes eran primos, por el lado de los Frías), con quien tuvo una hija, María Luisa, casada con Belisario Lynch, de donde provienen los Lynch Gorostiaga. Murió José Benjamín Gorostiaga el 3 de octubre de 1891 a las dos de la tarde, a los sesenta y nueve años, por un “...proceso de arterioesclerosis”; recibió los auxilios religiosos de monseñor Antonio Rasore. Vivía en la entonces calle Cangallo nº 653 de Buenos Aires. Con un emotivo discurso, despidió sus restos -entre otras personalidades- el presidente de la Corte Suprema de Justicia, Dr. Benjamín Victorica, quien lo había sucedido en el cargo. El ejército le rindió honores.
A guisa de colofón, debemos agregar que la provincia de Santiago del Estero ha sido ingrata con su hijo, quizás el más eminente. Pese a algunos reconocimientos oficiales, ha faltado empeño en difundir su figura en las escuelas y en los claustros universitarios. Idéntico reproche puede hacerse al gobierno nacional, si bien en su “pago chico” el hecho es más criticable.
Hacemos votos para que los abogados de nuestra provincia tomen ejemplo de la labor sabia y tesonera de este jurista ejemplar.

viernes, 21 de enero de 2011

LA BATALLA DE LA VUELTA DE OBLIGADO Y LA SUPREMACÍA PORTEÑA

Juan Manuel de Rosas.
Batalla de la Vuelta de Obligado.



Por Roberto Azaretto*



El 20 de febrero de 1845 las fuerzas porteñas al mando del veterano general Mansilla fueron derrotadas en la Vuelta de Obligado, un recodo del Paraná de sólo setecientos metros de ancho.El sitio era el mejor para construir una fortaleza militar que impidiera el acceso de una flota enemiga a los puertos del litoral.
Comparar, como lo hace Pacho O'Donnell, los sucesos de 1845 con la gesta de San Martín y el cruce de los Andes, sólo muestra su escaso conocimiento de historia militar.
El general Mansilla como militar profesional sabía que se trataba de un disparate. Lo sabemos por su propio hijo, el también general y genial escritor Lucio, que dice que sólo el gran amor por su esposa Agustina Rosas (jovencita que se casó a los 19 años con Mansilla que ya sobrepasaba los 52 años) lo llevó al aceptamiento del mando que le ofreció su cuñado, el gobernador de Buenos Aires.
La epopeya de San Martín fue posible por la capacidad profesional de nuestro libertador. Era un gran estratega que sabía los objetivos, los medios para alcanzarlos y contaba con una capacidad operacional excepcional. Por el contrario, Rosas tenía grado militar por la política, casi nunca estuvo en batalla y la campaña al desierto fue un fracaso nacional pues sólo cumplió la parte que le interesó a su provincia, dejando a la región cuyana y a Córdoba con la indiada amenazando las estancias y poblados como antes.
El gobernador de Buenos Aires y encargado de la Confederación Argentina montó un aparato militar para someter a los pueblos del interior a la hegemonía porteña, financiado con las rentas del monopolio portuario porteño. La famosa Ley de Aduanas no tuvo efectos en el interior y los aportes a las provincias fueron mezquinos y muy espaciados.
Nunca se preparó para un conflicto con potencias europeas. Por eso Mansilla sólo tuvo dos semanas para extender tres cadenas sobre el recodo del Paraná, con sesenta cañones de bronce de bajo calibre de los tiempos de las guerras por la independencia y reforzar un sólo batallón del regimiento de Patricios de Buenos Aires y ciento sesenta artilleros con el gauchaje de San Pedro, Ramallo, San Nicolás hasta alcanzar dos mil hombres al mando del Coronel Ramón Rodríguez.
En la tercera década del siglo XIX se perciben en el mundo y sobre todo en Europa los efectos de la revolución industrial en cuanto a una mejora bastante generalizada del nivel de vida de la población, sobre todo en Inglaterra. El obrero industrial logra liberarse de la miserable vida del campesino europeo. En decenas de años la burguesía provoca un crecimiento de la riqueza mayor que todos los ocurridos desde la aparición del hombre hasta entonces, como lo afirma Carlos Marx. Ese progreso requiere la apertura de los mercados y la incorporación del mundo a la producción. La locomotora, el barco a vapor y el telégrafo generan el primer proceso de globalización.
Por eso los contendientes de Obligado llegan con una flota de veintidos barcos de guerra con algún blindaje, calderas a vapor que permiten remontar las corrientes del Paraná y más de cuatrocientos cañones de hierro. A retaguardia de la flota anglofrancesa, comandada por el almirante Sullivan, noventa barcos mercantes repletos de mercaderías, esperan la apertura del río al comercio internacional, de las provincias ribereñas y el Paraguay.
¿Es nacional prohibirle a las provincias que utilicen sus puertos para exportar e importar sus productos? Esta actitud porteña había costado el alejamiento de Artigas y de Pancho Ramírez el caudillo entrerriano que especuló con la creación de una república que comprendiera el Paraguay, Río Grande del Sur, el Uruguay y la Mesopotamia.
Pero más allá de eso, la batalla de la Vuelta de Obligado, fue un derroche del heroísmo de los viejos argentinos, de los que podemos sentirnos orgullosos los que tenemos esa sangre en nuestras venas.
El fuego se desencadenó al amanecer. Los jefes de las baterías, Álvaro Alzogaray, Felipe Palacios, Eduardo Brown, el hijo del almirante y el teniente coronel Juan B. Thorne, que mandaba toda la artillería, pelearon con denuedo expuestos al fuego enemigo. Mansilla es herido de cierta gravedad, pero sigue atento a las operaciones. Thorne lo reemplaza en la primera línea y un cañonazo lo deja sordo de por vida. Muere casi la totalidad de los artilleros. El único buque de guerra, "El Republicano", es quemado por su propio jefe para que no lo tome el enemigo. La flota había sido perdida en Montevideo días antes, al no recibir órdenes de replegarse hacia el Paraná donde era más útil.
Rodríguez, coronel de Patricios, se pone al frente de sus tropas y a la bayoneta calada repelen el desembarco de los efectivos de la flota agresora. Siete horas después, Mansilla da órdenes de repliegue y que los barcos anglo-franceses han roto las cadenas. Se quedarán cuarenta días en zona para las reparaciones. Tuvieron veintiséis muertos, algo más de sesenta heridos. Los efectivos de Mansilla tuvieron doscientos cincuenta muertos y quinientos heridos, casi el 40% del total.
La flota remonta el Paraná donde la navegación es difícil, pues era un río sin obras de dragado ni señalización. Son recibidos con indiferencia en Santa Fe pero con entusiasmo en Corrientes y el Paraguay. Aunque en general los resultados económicos les resultan poco interesantes puesto que han sobreestimado el poder de compra de esas poblaciones.
Al regreso son hostilizados por Mansilla y su segundo Marín Santa Coloma, en San Lorenzo, Quebracho, el Tonelero. Esta vez el veterano general de la independencia adopta una táctica eficaz: no enfrenta a los buques de guerra ya que siempre supo que no contaba con los medios para enfrentarlos a pesar del heroísmo de sus tropas, por eso se dedica a cañonear con éxito a los barcos mercantes. En el Tonelero destruye seis de ellos.
El conflicto se adormece y ahí aparece el mejor Rosas, el político astuto, el hombre de negocios y el diplomático. Sus intereses están vinculados a los ingleses. En su momento negoció el pago de la deuda por territorio, ofreciendo el reconocimiento de la soberanía inglesa en las Malvinas a cambio de la cancelación del empréstito contraído con Barings Brothers en 1824, como lo hicieran en esa época todos los nuevos países independizados de España. Por suerte los ingleses no lo aceptaron.
Si bien el tratado Arana-Southern es firmado en 1847, un año antes se había normalizado la situación. Con Francia se demoró tres años más pero no era importante en esa época su influencia en la región.
Para concluir, el que escribe cree interesante decir que el Almirante Sullivan, en 1883, casi cuarenta años después de los sucesos de Obligado, toma contacto para devolver una bandera que conservaba como trofeo personal. Quería legarla al coronel Ramón Rodríguez, por su bravura y valentía "al frente, en persona, de sus tropas exponiéndose al fuego cruzado de nuestra artillería en defensa de su patria". Si Rodríguez no vivía, pedía que se entregara al Regimiento de Patricios... "si aún existe".
¡Qué contraste con esos generales de Malvinas, lejos del frente, rindiéndose con uniformes planchados y botas lustrosas frente al general Moore, sucio, cansado que venía al frente de sus tropas y afrontando el riesgo del combate! ¡Qué diferencia con los almirantes que promovieron la guerra y luego escondieron los barcos en sus bases y los que abandonaron a su suerte al crucero general Belgrano olvidando que los buques de guerra se construyen para ser hundidos, como lo recordara el almirante inglés que nos venció en esa aventura absurda y que es hija del nacionalismo fascista!


Lucio Norberto Mansilla (por Goulu).


* Los Andes, Mendoza el 23-XI-2010 [www.losandes.com.ar].




jueves, 13 de enero de 2011

EL VIEJO VÉLEZ

Dalmacio Vélez Sásrfield.

Dalmacio Vélez Sársfield (daguerrotipo, 1860).


A mi hijo Raúl “Coco” Lima, estudiante de Abogacía.*




Por Raúl Jorge Lima


El 29 de septiembre de 1869 -hace hoy 135 años-, el Congreso sancionó la ley nacional nº 340, que aprobó el Código Civil argentino, para que entrara a regir el primero de enero de 1871. Lo aprobó “a libro cerrado”, tal era la confianza que le merecía su redactor, Dalmacio Vélez Sársfield.
El Paraguay lo aprobó para sí, en el año 1889.
Alberdi fue el “alma máter” de nuestra organización constitucional. Vélez Sársfield lo fue de nuestra organización legislativa.
Cuando, en 1864, el presidente Mitre le encargó la ciclópea tarea de redactar el anteproyecto de Código Civil (que le llevaría cuatro años), Vélez -nacido en 1801-, ya era “el viejo Vélez”, trozo de historia viviente, respetado como el más grande jurista del país. Su voz cavernosa había adquirido los ecos del bronce a que lo hizo acreedor su obra.
De grave estampa, alto, tosco, narigón, de frente amplia y cejas tupidas, melena rizada y boca burlona, dice Amadeo que “su fealdad era consular como la de Sarmiento; fealdad olímpica que impone a los hombres y a veces seduce a las mujeres”.
Gran orador y hábil polemista, gustaba de la frase mordaz. Cuando se mostraba socarrón e irónico, exageraba su tonada cordobesa, que jamás perdió durante el más de medio siglo que vivió en Buenos Aires.
Gran conocedor del latín, en su estancia de Arrecifes (que heredó de su primera mujer) leía a Virgilio; llegó a traducir y comentar “La Eneida”. Siendo Sarmiento Presidente, en una de sus casi diarias visitas (destinadas más a su hija Aurelia que al gran jurista), le ofrece el Ministerio del Interior, Vélez, de 68 años, acepta, no sin antes hacerlo víctima de una de sus ironías: “¿Viene en busca del latín?”.
Una de estas visitas casi le cuesta la vida a Sarmiento, ya que sufrió un atentado (disparo con proyectiles envenenados con bicloruro de mercurio). Los proyectiles se incrustaron en una pared de la calle Maipú; el trabuco, sobrecargado de pólvora, explotó en la mano del frustrado magnicida y éste perdió el dedo pulgar. Sarmiento, sordo, se enteró del atentado recién al llegar a la casa de Vélez.
En esa gestión ministerial, Vélez decide dar impulso al Telégrafo. Para ello utiliza dinero de la partida presupuestaria destinada a Caminos. La oposición reclama por la malversación y Vélez, leguleyo al fin, responde: “Los telégrafos también son caminos; son los caminos de la palabra”.
Para redactar el anteproyecto del Código Civil, Vélez renunció a su banca de Senador y se recluyó en su quinta de la calle Rivadavia. Su amanuense fue Victorino de la Plaza, futuro presidente. También colaboró su hija Aurelia, el último y gran amor de Sarmiento, a quien acompañó en el momento de su muerte, en Paraguay. Y esa fue toda la ayuda con la que contó.
Tenía experiencia en la materia, ya que había sido coautor -con un emigrado uruguayo, Eduardo Acevedo-, del Código de Comercio, que rigió primero para la entonces segregada provincia de Buenos Aires, y en 1862 fue adoptado para todo el país.
Al pie de muchos artículos del Código Civil, Vélez agrega sus célebres “notas”, en las que hace referencia al contenido o comenta su sentido. En ellas cita autores célebres, de preferencia franceses. Y lo mismo hacía en sus discursos, sin demasiados escrúpulos en la veracidad de la fuente en que se apoyaba. Cuenta Avellaneda (otro Presidente que también se formó en el Estudio Jurídico de Vélez), que una vez un contradictor lo puso a prueba. En un discurso parlamentario, Vélez cita al jurisconsulto Toullier, y se oye una voz áspera que exclama: “Es inexacto, no lo dice Toullier”. Vélez contesta: “Pues si éste no lo dice, lo dice su continuador, Troplong”. La áspera voz vuelve a oírse: “Es inexacto”. Impertérrito, exagerando su tonada cordobesa, Vélez contesta: “Pues si no lo dice Troplong, lo digo yo…”.
Alberdi critica varias disposiciones del Código, sobre todo la exigencia de la tradición para la transmisión del dominio, en lo que Vélez se aparta del derecho francés. Quizá se vengaba de la burla de que lo había hecho objeto Vélez, ya reputado jurista, cuando aquél, diez años menor, publicó en 1837 -siendo aún estudiante-, su “Fragmento Preliminar al Estudio del Derecho”, mamotreto en el que citaba, sin demasiado conocimiento, a Cujaccio. Le envió a Vélez un ejemplar. Como pasaban los días sin acuse de recibo, resolvió visitarlo en su Estudio Jurídico. Vélez no decía nada y el novel autor no se animaba a preguntar. Concluida la visita sin tocarse el tema, Vélez lo acompaña hasta la puerta. Antes de despedirse, toma Vélez un enorme infolio encuadernado en pergamino y le dice: “Alberdi, éste es el Cujaccio, y se lo muestro para que no se sepa que usted lo cita sin conocerlo siquiera por su tamaño…”. (Y pronunciaba “Cuyacio”, alargando mucho la “u”, por su tonada cordobesa). Se ve que la anécdota quedó en el subconsciente de Alberdi, ya que cuando visitó en 1843 la Corte de Casación en París, al observar los retratos de los más grandes jurisconsultos franceses, anota: “El más bello de todos es el Cujaccio, cuyos grandes ojos, nariz pronunciada, color oscuro, expresión de toda la fisonomía, tiene no sé qué cosa que recuerda a nuestro Dr. Vélez Sársfield”.
A Mitre, de quien fue Ministro de Hacienda, lo tenía en menos. Decía que era “el mejor poeta entre los militares y el mejor militar entre los poetas”. Se quejaba de la “absoluta nulidad de don Bartolo” y cuando Pavón dijo: “Batalla ganada, General perdido”.
Habiendo defendido muchos años antes la enfiteusis rivadaviana, aboga por su abolición. Cuando se le echa en cara la contradicción, contesta: “Dichosos los hombres como el señor Senador, que opinan hoy como cuando tenía 15 años. Yo tengo 70 y todavía estoy aprendiendo”.
Quiso entrañablemente a su antigua Universidad de Córdoba. A ella le obsequió el tintero de plata con el que redactó el Código Civil. Sabedora de ese enorme cariño, a esa Universidad donó su hija Aurelia los manuscritos del Código, pese a que su autor había dispuesto que los quemaran, para evitar discusiones por alguna diferencia con la edición oficial.
Su Código Civil es de filiación liberal, con un irrestricto respeto por la autonomía de la voluntad. Las reformas introducidas por la ley 17.711 han cambiado algo esa filosofía, propia de la época en que fue redactado.
Sus principales fuentes fueron el derecho romano-germánico, el castellano modificado por el indiano, el patrio, el “Código Napoleón” de 1804, el “Esboço” de Freitas (en unos mil artículos), el Código chileno redactado por Andrés Bello y el Proyecto de García Goyena para España.
Murió el 30 de marzo de 1875; el presidente Avellaneda despidió sus restos.
¡Viejo Vélez, cordobés ilustre! En tu larga vida, en la que hiciste fructificar tus talentos, sumaste, a la sapiencia de un jurisconsulto romano, la picardía del “Viejo Vizcacha”…


Juan Bautista Alberdi.




* El Liberal, Santiago del Estero, 26 de septiembre de 2004.

miércoles, 5 de enero de 2011

CUANDO CHARLES DARWIN PUBLICÓ EL ORIGEN DE LAS ESPECIES (1859)

Caricatura de Domingo F. Sarmiento cuyo epígrafe dice: "¿A quién se podría haber elegido mejor para demostrar con qué razón ha dicho el ilustre naturalista que el hombre desciende del mono?" (El Mosquito, Buenos Aires, 21 de mayo de 1882).



Thomas Henry Huxley.




Por Vicente Pérez*




Aunque el Origen de las Especies no es el primer libro sobre evolución, en el sentido de que las especies pueden cambiar a través del tiempo, con sus seis ediciones revisadas (1859, 1860, 1861, 1866, 1869 y 1872, John Murray, Londres) y muchísimas reimpresiones, convirtió a Charles Darwin (1809-1882) en uno de los más influyentes pensadores de todos los tiempos y tuvo más de un efecto en la vida del ser humano que cualquiera otra obra no religiosa en la historia de la humanidad (Ghiselin & Goldie 1997).
La idea de la evolución aparece en diversas obras, incluso de la antigüedad. Darwin utilizó la expresión descendencia con modificación, y que más tarde se conocería como evolución. El gran naturalista sólo empleó este último término en El Origen del Hombre (1871) y a partir de la quinta edición de El Origen de las Especies (1869).
Darwin no fue el inventor de la idea de la evolución, formulada, entre otros, por el naturalista francés Jean-Baptiste Lamarck (1744-1829) y por su propio abuelo Erasmus Darwin (1731-1802), pero supo, primero, organizar los argumentos para presentar a la evolución como un hecho, y, luego, proponer a la selección natural, como mecanismo de ella (Milner 1995), que él explicó por analogía con la crianza o cultivo selectivo en la agricultura, con materiales, razonamientos y ejemplos que había recopilado en su largo viaje alrededor del mundo a bordo del H.M.S. Beagle (1831-1836) bajo el mando del capitán Robert Fitz Roy (1805-1865), y después de muchos años de reflexión.
Aunque casi sin discusión se atribuye la paternidad de la teoría de la selección natural a Darwin, más de una vez se han alzado voces que han propuesto que la teoría de la evolución por medio de la selección natural se denomine teoría de Darwin-Wallace (Milner 1995) o teoría de Wallace-Darwin siguiendo un procedimiento nomenclatural como en la ley de Hardy y Weinberg (Josa i Llorca 2008).
Las principales ideas que Darwin plasmaría en El Origen de las Especies las inició en un cuaderno de notas abierto en 1837; en 1842 ya tenía un bosquejo de 13 páginas, y en 1844 había hecho un resumen de 232 páginas, que fueron presentadas a la Linnean Society para su publicación en coautoría (1858) con Alfred Russel Wallace (1823-1913), que había desarrollado la teoría de la selección natural trabajando independientemente. Aunque Darwin se refería siempre a "mi teoría", Wallace, con su modestia y caballerosidad habitual lo apoyaba ("es suya y sólo suya") a partir de la quinta edición (1869).
Wallace llegó a concebir sus concepciones evolucionistas no desde la analogía con la selección artificial de animales domésticos, como Darwin, sino de sus observaciones en la distribución natural de vegetales y animales en el archipiélago de las Molucas (actualmente Malasia), cuyos resultados había comunicado a Darwin.
Temiendo que Wallace tomara la delantera, en trece meses, redactó, con 155.000 palabras lo que hoy conocemos como El Origen de las Especies, proyectado como un resumen de una obra más amplia que nunca concretó (Milner 1995).


EL ORIGEN DE LAS ESPECIES

El Origen de las Especies fue escrito para un público especializado: en su texto se citan 192 autores en los diferentes capítulos con sus descripciones de material biológico, descubrimientos, afirmaciones, opiniones; además, 34 autores en el análisis bibliográfico histórico (21 de ellos no citados en los capítulos) en el Bosquejo Histórico Sobre el Progreso de las Opiniones Sobre el Origen de las Especies Antes de la Publicación de la Primera Edición de esta Obra. En suma, Darwin se basó en una numerosa bibliografía. Y, para facilitar la lectura del texto, solicitó al entomólogo y traductor inglés William Sweetland Dallas (1824-1890) que confeccionara un Glosario que fue incorporado desde la primera edición de la obra.
Constituido en una de las grandes obras clásicas de la ciencia, era un libro denso y difícil en opinión de los mejores amigos de Darwin, tanto que éste, inseguro de que fuera bien recibido por los no especialistas, ofreció cubrir los gastos de su publicación. Sin embargo, la primera edición, de 1250 ejemplares se agotó en las librerías el primer día (24 de noviembre de 1859) y se ha reeditado continuadamente desde entonces (Milner 1995).
Actualmente no es un libro muy leído, excepto por biólogos profesionales. Sin embargo, es mucha la gente que emite opiniones sobre él, la gran mayoría de las veces injustificadas. Es conveniente traer a colación la frase de Huxley (1859a): "Aquellos que quieran juzgar el libro, deben leerlo".
El lenguaje empleado por Darwin en El Origen de las Especies es muy cuidadoso, para no herir susceptibilidades. En la introducción, manifiesta que lo observado por él en la distribución geográfica de los organismos en Sudamérica, asociada a su pasado y presente geológicos, parecían dar luz sobre el origen de las especies; que a las mismas conclusiones sobre el origen de las especies había llegado Wallace en el archipiélago malayo; que los naturalistas pueden llegar a la conclusión de que las especies no han sido independientemente creadas; que es errónea la idea de que cada especie ha sido creada independientemente; que su convencimiento es que las especies no son inmutables; e introduce la idea de que la selección natural ha sido el mecanismo más importante en la modificación de las especies.
A partir de esta presentación, desarrolla sus ideas manteniendo una respetuosa expresión sobre la teoría de la creación (creación independiente, acto especial de creación, creación ordinaria, con un total de 19 menciones), desarrolla el tema de la lucha por la existencia (lucha universal por la vida, rigurosa competencia, con 13 utilizaciones) y la supervivencia de los más aptos (3), para plantear su teoría de la descendencia con modificación (9, que más tarde se denominará evolución [término éste que utiliza 6 veces, pero solamente a partir de la quinta edición (1869), aunque usa evolucionado]), y que se logra mediante la selección natural (50 en total, en el resto del libro; además la trata especialmente: Capítulo IV. Selección natural o la supervivencia de los más aptos, y Capítulo VIL Objeciones diversas a la teoría de la selección natural).
Sus afirmaciones más fuertes serían las de que no es una explicación científica el aceptar que "fue una decisión del Creador construir todos los animales y plantas. En cada una de las grandes clases, según un plan uniforme"; y "que en el futuro...se proyectará mucha luz sobre el origen del hombre..."


REACCIONES A LA PUBLICACIÓN DE EL ORIGEN DE LAS ESPECIES

Se presentan las opiniones generadas por la publicación de la primera edición de El Origen, con párrafos escogidas de ellas, para mostrar cómo fue recibida la obra de Darwin por los científicos y público culto de la época victoriana y personalidades de la sociedad de la época en 1859 y 1860, de acuerdo a la bibliografía de Charles Darwin On-line (2009), por considerarse más útil que analizar las características del siglo que en que vivió el gran naturalista.
Se eligieron las revisiones publicadas en los dos años nombrados, porque por ser inmediatos a la aparición de El Origen, representan las opiniones más espontáneas de los autores. No se incluyeron Higgins (1860), porque realizó comentarios sobre comentarios, y tampoco Bronn (1860), porque el texto está en alemán.
Los datos biográficos de los autores corresponden a los registrados por Smith (1987), Milner (1995), Ghiselin & Pope (1997) e Internet. Los que no se consignan es porque no han sido encontrados.
Quienes publicaron opiniones (1859-1860) sobre la recién aparecida obra de Darwin fueron beatos laicos y eclesiásticos, biólogos, botánicos, economistas, entomólogos, filósofos, fisiólogos, geólogos, paleontólogos y otros personajes cuyos antecedentes no se ha podido establecer, pero que comparten la capacidad de saber exponer sus ideas, guiándose por la reflexión o aferrándose a sus creencias religiosas:
• ; "...y cuando él presenta ante nosotros los resultados de 20 años de investigación y reflexión, debemos prestar atención aun cuando estemos dispuestos en contra" (Huxley 1859a).
Thomas Henry Huxley (1825-1895). Biólogo evolucionista inglés, especializado en Anatomía Comparada y Paleontología. Fue el primer reseñador de El Origen de las Especies (1859) en el London Times. Es recordado principalmente como un combativo defensor de Darwin (se le llamó "el dogo de Darwin").
• ; "La hipótesis del Sr. Darwin sobre el origen de las especies ocupará su lugar entre las teorías establecidas de la ciencia, tendrá sus consecuencias cualesquiera que sean. Si, por otra parte, el Sr. Darwin erró, sea de hecho o en razonamiento, sus seguidores pronto encontrarán los puntos débiles de su doctrina, y su extinción por alguna aproximación más cercana a la verdad ejemplificará su propio principio de la selección natural" (Huxley 1859b).
• ; "La falacia de la teoría del Sr. Darwin sobre el origen de las especies por medio de la selección natural, puede encontrarse en las primeras páginas de su libro, donde examina la diferencia entre los actos voluntarios y deliberados de selección aplicados metódicamente por el hombre en la crianza y desarrollo de las plantas cultivadas y las influencias casuales que pueden afectar animales y plantas en estado natural. El origen de toda la diversidad entre los seres vivos permanece como un misterio tan totalmente inexplicado, como si el libro del Sr. Darwin jamás hubiera sido escrito, porque ninguna teoría sin el soporte de los hechos,...puede ser admitida por la ciencia" (Agassiz 1860).
Louis Agassiz (1807-1873). Nacido en Suiza, emigró a los Estados Unidos en 1846, ingresado como profesor a la Universidad de Harvard en 1847. Geólogo, zoólogo y anatomista comparativo, especialista en peces fósiles. Ridiculizó la teoría darwiniana en el momento de su aparición en 1859, y se negó a reconsiderar su postura hasta el fin de su vida.
• ; "El autor de este libro se esfuerza por establecer, aunque con una teoría diferente y un proceso de razonamiento algo diferente, la misma conclusión a la que llegaron el naturalista francés Lamarck y el autor inglés de los Vestigios de la Creación..., sin ninguna intervención de algún acto de poder creador" (Bowen 1860).
Francis Bowen (1811-1890). Filósofo y economista norteamericano, catedrático de la Universidad de Harvard. Dirigió desde 1843 a 1854 la North American Review, en la que publicó su apreciación sobre El Origen de las Especies.
• ; "En la mente filosófica del Sr. Darwin (hay pocos hombres de ciencia en nuestro país actualmente que pudieran merecer la honorable designación de filósofo) la idea primeramente fue cautelosamente recogida; gradualmente fue desarrollada de una forma sistemática y sometida a una diversidad de pruebas; y cuando su autor se satisfizo de su solidez, la aplicó por varios años durante el tiempo que su débil salud se lo permitió, a la labor de preparación de un trabajo que pudiera contener no sólo una exposición de sus puntos de vista, sino con una completa exposición de la evidencia en las cuales está basada" (Carpenter 1860a).
William Benjamín Carpenter (1813-1885). Fisiólogo y escritor científico inglés. Profesor en la Universidad de Londres. Autor de varios influyentes textos.
• ; "Su atención [de Darwin] estuvo dirigida a la investigación de algunos hechos que le impresionaron en la distribución de los habitantes de Sudamérica, y en las relaciones geológicas de los habitantes del presente, y a las el pasado de ese continente durante el viaje a bordo del H.M.S. Beagle , del cual nos dio tan admirable Diario. Estos hechos le parecieron a él que arrojaban alguna luz sobre el origen de las especies - ese misterio de los misterios, como uno de nuestros más grandes filósofos lo denominado. Pero como es imposible, en la naturaleza de las cosas, obtener algún antecedente como evidencia positiva sobre los más remotos antecesores de la investigación, descartaremos para la presente toda referencia a la interrogante de si (como el Sr. Darwin piensa probable), los hombres y los renacuajos, aves y peces, arañas y caracoles, insectos y ostras, lirios de mar y esponjas, tuvieron un origen común en la matriz del tiempo" (Carpenter 1860b).
• ; "En resumen, la lucha por la existencia es un mito, y su empleo como un medio de mejoramiento es aún más mítico" (Dawson 1860).
John W. Dawson (1820-1899). Geólogo, paleontólogo y pedagogo canadiense fue Rector de la Universidad McGill, en Montreal. Sus publicaciones paleontológicas están inspiradas en sus creencias religiosas, rehusando admitir que el ser humano pueda descender por evolución de ancestros inferiores y afirmando que la especie humana apareció en la Tierra en una época muy reciente.
• ; "Si la notoriedad puede ser una prueba de autoría exitosa, el Sr. Darwin ha tenido su recompensa. Raramente un trabajo reconocidamente científico había atraído hacia él la atención del público tan rápidamente como El Origen de las Especies del Sr. Darwin. Su Teoría desde entonces ha llegado a ser histórica. Ella ha asumido una posición desde la cual concita la atención de todos aquellos que tienen interés en las generalizaciones de la ciencia de la naturaleza. Algunos naturalistas eminentes afirman que es incontrovertible; otros, menos intrépidos, emiten una aprobación limitada. Las Sociedades Reales la discuten en los Clubes. Es recibida con sonrisas en los salones, y desaprobada en las iglesias como 'una segunda edición de los Vestigios de ¡a Creación [publicada en 1844 por Robert Chambers (1802-1883), editor y escritor que defendía la evolución, y que había causado auténtico furor en el público general. En 1860, Los Vestigios habían llegado a la ll° edición)]. Lo menciono aquí, simplemente con el propósito de negar que [Los Vestigios] tengan algo en común que lo que caracteriza esencialmente la obra del Sr. Darwin" (Duns 1860).
• ; "Ningún trabajo científico publicado en este siglo ha excitado más la curiosidad general que el tratado del Sr. Darwin. Ha tenido, por un tiempo, dividido al mundo científico en dos grandes secciones contendientes: una 'darwinita' y otra 'anti-darwinita' [en inglés 'Darwinite y 'anti-Darwinite'] son ahora las insignias de partidos científicos opuestos. Cada lado está debidamente representado. En las más altas jerarquías de la oposición contra Darwin ya han aparecido el Profesor Owen, Mr. Hopkins, Sir. B. Brodie y el Profesor Sedgwick; mientras que el Profesor Huxley, el Profesor Henslow, el Dr. Hooker y Sir Charles Lyell han dado a la nueva teoría un apoyo más o menos decidido. Nos esforzaremos muy cuidadosamente para evitar la parcialidad del partidarismo; y así nuestro objetivo no es ni atacar ni defender, sino simplemente exponer; no tendremos la necesidad de asumir el tono de mezquina hostilidad exhibida en el Edinburgh Review, o convocar desde la teología las asperezas contenidas en elQuarterly" (Fawcett 1860).
Henry Fawcett (1833-1884). Político y economista inglés. A pesar de quedar ciego en 1858, esto no fue impedimento para convertirse en un hombre de estudio. Profesor de Economía en Cambridge (1863).
• ; "...El nuevo libro Sobre el Origen de las Especies por medio de la Selección Natural deja una inquietante impresión, a pesar de sus razonables y cautivantes pasajes. No nos tomó completamente de sorpresa, como a muchos de nuestros con temporáneos...Las investigaciones acerca de la sucesión de las especies en el tiempo y su actual distribución geográfica en la superficie de la Tierra conduce de todos lados y por diversos caminos hacia su origen" (Gray 1869a).
• ; "En su opinión no sólo los individuos de una misma especie son descendientes de un antecesor común, sino que de todas las especies emparentadas también. La afinidad de parentesco, expresión que todos los naturalistas usan figuradamente para expresar semejanza no derivada ni explicada entre especies, tiene un significado literal en el sistema de Darwin, que ellos apenas sospecharon, específicamente el de la herencia" (Gray 1860b).
• ; "Dos hipótesis sobre el origen de la diversidad existente en las plantas y animales que nos rodean dividen muy desigualmente al mundo científico. Uno asume que las actuales especies son primordiales; la otra, que son derivadas. Una, que todas las especies fueron originadas sobrenaturalmente y directamente como tales, y han continuado inalteradas en el orden de la Naturaleza; la otra, que las especies presentes aparecieron en alguna suerte de conexión genealógica con otras especies más antiguas, y que ellas llegaron a ser lo que son ahora en el transcurso del tiempo y en el orden de la Naturaleza...No estamos dispuestos ni preparados para tomar partido por o en contra de la nueva hipótesis...Los dos puntos de vista dividen muy desigualmente al mundo científico; así que los creyentes en 'el divino derecho de las mayorías' no requieren dudar qué partido tomar, por lo menos en el presente" (Gray 1860c).
Asa Gray (1810-1888). Botánico (uno de los principales del siglo XIX) y evolucionista norteamericano. Proporcionó mucha información a Darwin, especialmente en biogeografía. Apoyó las ideas de Darwin, contrariamente a su colega Louis Agassiz, pero permaneció en un devoto teísmo, tratando de reconciliar las teorías de Darwin con la teología cristiana.
• ; "Las interrogantes relacionadas con la naturaleza y orígenes de los fenómenos de la vida, especialmente cuando se extienden al ser humano como un ser intelectual y espiritual, naturalmente se presentan bajo dos distintos aspectos, - primero, en la directa e inmediata relación que puede conducir a la existencia y atributos de un Creador Omnisciente y Sapientísimo Gobernador del Universo, y segundo, en relación con las causas secundarias a las cuales referimos los fenómenos más comunes de la materia orgánica. El primero puede ser llamado aspecto religioso o teológico: el segundo, aspecto científico de tales interrogantes" (Hopkins 1860).
• ; "Nos parece que la más grande objeción que puede ser esgrimida contra la teoría [de Darwin] es su seguridad en causas naturales y posibilidad de efectuar los cambios. Estaríamos más inclinados a referir las modificaciones que las especies de animales o plantas pueden experimentar, a la voluntad directa de Dios, porque parece difícil concebir cómo un ser totalmente ignorante de su propia estructura o condiciones de vida pueda comenzar modificando su estructura, forma o hábitos para adaptarse no sólo él mismo, sino también su descendencia a nuevas formas y condiciones de vida" (Hutton 1860).
• ; "Cada uno de los que han leído el libro del Sr. Darwin, por lo menos ha dado una opinión sobre sus méritos y deméritos; beatos, sean laicos o eclesiásticos, lo desaprueban con una suave indiferencia que suena muy caritativa; los fanáticos lo denuncian con ignorante inventiva; damas y caballeros viejos lo consideran un libro decididamente peligroso, y aún eruditos, que no tenían más barro que arrojar, citan a escritores antiguos para demostrar que su autor no es mejor que el mismísimo simio" (Huxley 1860a).
• ; "No obstante, todavía no hay prueba de que, por selección, las modificaciones que tienen carácter fisiológico en las especies (i.e. cuya descendencia sea incapaz de propagación inter se) hayan sido producidas alguna vez a partir de un tronco común. El Origen de las Especies no es la primera, y no será la última de las grandes interrogantes generadas en la ciencia, lo que demandará una conciliación desde esta generación" (Huxley 1860b).
• ; "No obstante nuestro escepticismo sobre la teoría del Sr. Darwin, El Origen de las Especies por Medio de la Selección Natural" no es un libro que deba ser tratado con ligereza. El autor es bien conocido como un hombre de reputación en ciencia, que ha viajado sobre una gran parte del mundo, observando todo; y no ha ocultado su nombre, como algún avergonzado 'vestigiano', sino que valientemente propone su teoría, y nos dice en qué está basada" (Jardine 1869).
• ; "Su libro es el resultado de veinte años de paciente y constante labor, y los hechos perseverantemente recolectados se presentan de manera atractiva, y en un espíritu de inusual candor. Pero [la teoría] adopta, o al menos sugiere, opiniones sobre los modos de acción del Creador, y sobre los procedimientos de la Providencia, que son repugnantes a los más preciados sentimientos y esperanzas del hombre" (Lowell 1860).
J.A. Lowell. Estadounidense. Invitó a Jean Louis Rodolphe Agassiz a dictar un curso de Zoología en el Lowell Institute, Bostón, Massachusetts. Esto motivó a Agassiz a radicarse en Estados Unidos.
• ; "Para usar las palabras del Sr. Darwin, 'la selección natural está diaria y continuamente escudriñando en todo el mundo cada variación, aun la más leve; rechazando la desfavorable, preservando y agregando toda la que es favorable, trabajando silenciosa e insensiblemente cada vez y donde quiera que la oportunidad ofrece para el perfeccionamiento de cada ser orgánico, en relación a sus condiciones orgánicas e inorgánicas de vida'. No puedo creer en tal doctrina. He llegado a tener la opinión de que la teoría del Sr. Darwin es errónea y que puedo prescindir de cualquiera colisión entre mis inclinaciones y mis convicciones" (Murray 1860).
Andrew Murray (1828-1917). Nació en Sudáfrica, en medio de un ambiente extremadamente religioso. En 1838 se trasladó, con su padre, a Escocia. Posteriormente realizó estudios teológicos en Holanda. Dedicó su vida a predicar y a enseñar la religión. Vivió en el respeto y temor de Dios.
• ; "El origen de las especies es la pregunta de las preguntas en Zoología; el supremo problema que es el más constante de nuestros originales estudiosos, los más lúcidos pensadores zoológicos, y los más exitosos generalizadores nunca la han perdido de vista, al mismo tiempo que la han abordado con la debida reverencia......El presente trabajo está ocupado por argumentos, creencias y especulaciones sobre el origen de las especies, en los cuales, como nos parece, se ha cometido el error fundamental de confundir las cosas, siendo las especies el resultado de una ley o causa secundaria" (Owen 1860). [Sir Richard Owen (1804-1892), una ambiciosa y eminente figura de la ciencia victoriana, escribió esta importante (anónima) revisión de El Origen de las Especies y de otras para la respetada Edinburgh Review, como es bien conocido, Owen vacilaba entre la aceptación o la negación de la evolución, pero estaba convencido de que los mecanismos propuestos por Darwin eran erróneos]. (Owen 1860).
Richard Owen (1804-1892). Zoólogo y paleontólogo inglés, el más prestigioso de la época victoriana. Describió y clasificó los mamíferos fósiles (cuatro volúmenes de la Zoology of the Voyage of H.M.S. Beagle, entre 1838 y 1839).
• ; "¿Por qué cuando la voz de Dios emana de lo inanimado y dice dejemos que esto sea, no es tan fácilmente obedecida aunque esa cosa llegue a constituir un ser por desarrollo fecundo, aunque hubiera surgido de la nada o del polvo?" (Parsons 1860).
• ; "El libro del Sr. C. Darwin sobre la especie, que ha aparecido en Londres hace algunos meses, ha causado en Inglaterra una grande y merecida impresión. Hacía tiempo que no habíamos leído nada tan completo...El Sr. Darwin introduce un hecho importante que es la lucha por la existencia...Y la elección (sic) natural {selección natural) que juega para el perfeccionamiento de las razas salvajes el mismo rol que la elección del criador de ganado para las razas domésticas" (Pictet 1860).
Francois Jules Pictet (1809-1872). Zoólogo y paleontólogo suizo. Entomólogo eminente del siglo XIX. Junto con Alfred Edwin Earon es uno de los primeros especialistas en efemerópteros. En paleontología es autor de Traite élémentaire de Paléontologie, ou Histoire naturelle des animaux fossiles consideres dans leur rapports zoologiques et géologiques (1846).
• ; "Su presente volumen sobre "El Origen de las Especies" es el resultado de muchos años de observación, reflexión y especulación; y claramente es considerada por él como el 'opus sobre el que descansará su futura fama...; es verdad que él lo presenta modestamente como el mero precursor de un volumen mayor..., destinado a suministrar los hechos que apoyen el argumento completo del presente ensayo. [La materia de que trata] es del más profundo interés...para todo el que esté interesado en la historia del hombre y las relaciones de la naturaleza alrededor de él y a la historia y plan de la creación. [Si fallan algunas de las proposiciones que establece el autor] la teoría completa del Sr. Darwin se cae en pedazos. .. Asumiendo que el hombre como selector [en los animales domésticos] puede hacer mucho en un tiempo limitado, el Sr. Darwin argumenta que la Naturaleza, un poder más potente, actuando sobre extensos períodos de tiempo, puede hacer más...No hay límites a su exuberante fantasía [como cuando] indica la aplicación de su sistema a los animales inferiores y hasta el hombre mismo... Tales suposiciones son en su mayoría oprobiosas e injuriosas para la ciencia...El Sr. Darwin escribe como un cristiano, y no dudo que lo sea...No simpatizamos con aquellos que exponen algunos hechos o supuestos hechos de la naturaleza, ... porque creen que contradicen lo que les parece a ellos que es enseñado por la Revelación...El que está tan seguro como él de su propia existencia, que el Dios de la Verdad es también el Dios de la Naturaleza y el Dios de la Revelación, no puede creer como posible que Su voz...pueda discrepar, o engañar a sus criaturas (Wilberforce 1860).
Samuel (Bishop) Wilberforce (1805-1873). Obispo de Oxford, contemporáneo de Darwin.
Principal representante antidarwinista del clero de Inglaterra. Aunque no entendía nada de temas científicos, excepto de matemáticas, de las cuales había hecho estudios, su participación en un debate con Thomas Henry Huxley en la reunión en Oxford en 1860, de la British Association for the Advancement of Science ha pasado a la historia con el carácter de leyenda: el clérigo no científico fue derrotado, ante un auditorio de 700 personas, por el científico, en lo que fue calificado como el gran enfrentamiento entre la religión y la ciencia.
• ; "El Sr. Darwin...cree...que todas las especies (incluido el hombre), pueden haber derivado, cada uno a su turno, de aquellas bajo ellas por el mero 'poder seleccionador de la naturaleza', que se supone ha trabajado continuamente a través de incontables años, rechazando (por inevitable aniquilamiento) a los individuos más débilmente desarrollados y enfermos que en todas partes han existido, y preservando cada pequeña modificación que se presentó de tiempo en tiempo (en la gran "lucha por la vida" que siempre ha ocurrido entre los seres orgánicos, para acudir en beneficio de su poseedor, y transmitido, por la ley de la herencia, a la siguiente generación, incrementándose en la dirección sana hasta que al fin, en el curso de los siglos, las diversas razas han llegado a modificarse tanto en estructura (y que, además, intermitentemente, o como fuera, en camino, de acuerdo a su posición, o avance, en el pedigrí animal), como para haber asumido las diversas formas, pasadas y presentes, que los naturalistas han descrito con el nombre de 'especies'. Los fósiles de cada formación geológica, en su opinión, 'no marcan un nuevo y completo acto de creación, sino sólo una escena ocasional, tomada casi al azar, en un drama de cambio lento" (Wollaston 1860).
Thomas Vernon Wollaston (1822-1878). Entomólogo inglés, autor de Coleóptera Sanctae-Heíenae. London. 256 pp., que trata recolecciones de Darwin.
Y siguieron apareciendo artículos y libros dedicados a la revisión de las ideas de Darwin; y el autor siguió respondiendo a las objeciones, tratando de convencer a los opositores.
La vida posterior de Darwin fue prácticamente dedicada a la defensa de su libro en las sucesivas ediciones, revisadas, corregidas, modificadas, que lo hacen expresar "este volumen completo es un largo argumento" (Capítulo XV. Recapitulación y conclusión).


CONCLUSIONES

- Dificilísimo hubiera sido lograr consenso en un enfrentamiento entre el conocimiento religioso y el conocimiento científico, entre la interpretación literal de la Biblia y los hechos que iban revelando, materiales e interpretación, los adelantos de la ciencia, con excepciones, por supuesto. {El Origen de ¡as Especies "está ocupado por argumentos, creencias y especulaciones" [Owen 1860]; "sugiere opiniones... que son repugnantes a los más preciados sentimientos y esperanzas del hombre" [Lowell 1860]).
Y más aún después de la publicación de El Origen del Hombre (1871). Ya en Origen de las Especies Darwin había adelantado que "en el futuro... se proyectará mucha luz sobre el origen del hombre y sobre su historia" (Capítulo XV).
Darwin cree "que todas las especies (incluido el hombre), pueden haber derivado de aquellos bajo ellos...(Wollaston 1860).
No podía aceptarse un nexo entre el ser humano y el simio. Como recuerda Huxley (1860a), incluso algunos eruditos de la época llegaron a afirmar que el autor no era mejor que el mismísimo simio; en el célebre debate en Oxford (1860), el obispo Wilberforce, para ridiculizar las ideas evolucionistas de Huxley le preguntó a éste si descendía de un simio por parte de abuelo o de abuela; se corrió la noticia, inexacta, de que Huxley había respondido que preferiría ser simio antes que obispo (Milner 1995).
- Estaban enfrentados dos aspectos fundamentales del ser humano: el religioso o teológico y el científico (Hopkins (1860), aunque Darwin no viera " ninguna razón válida para que las opiniones expresadas en este libro ofendan los sentimientos religiosos de nadie" (Capítulo XV).
Darwin elogia al zoólogo inglés George J. Mivart (1827-1900), fervoroso católico, enconado enemigo de las ideas de Darwin y finalmente declarado darwinista (Capítulo VIL Objeciones diversas a la teoría de la selección natural), que aparentemente estaba logrando puntos de acuerdo entre religión y ciencia. La única objeción de Mivart, profesor de la Universidad Católica de St. Mary, era la de que había que agregar la intervención de Dios para infundirle un alma al cuerpo humano evolucionado a partir de un antepasado simioide. En 1900 fue excomulgado.
- El 21 de abril de 1869 se fundó en Londres la Metaphysical Society, con los objetivos de examinar y debatir los diferentes puntos de vista sobre la fe, las creencias, la ciencia, Dios, la moralidad, los milagros, la verdad y las bases de todo tipo de conocimiento. Se reunieron una vez al mes, durante doce años, disolviéndose por no haber logrado ningún objetivo general y perdurable (Milner 1995).
- En realidad, parece que cuando Charles Darwin publicó El Origen de las Especies, creó "un poder activo o divinidad", como lo expresa, brevemente (Capítulo IV).
Así, tal como ha ocurrido en la historia de la humanidad, grupos humanos (en este caso Darwin y Wallace) crean una divinidad (en este caso la selección natural) cuyas directrices emanan de un libro sagrado (en este caso El Origen de ¡as Especies), que es la base de cada religión (en este caso el darwinismo). Y para completar la analogía, siempre la divinidad es mencionada recurrentemente. En este caso la selección natural es nombrada 50 veces.
Y, por supuesto, siempre han existido pugnas entre las religiones, aunque el darwinismo nunca, obviamente, hubiera pretendido ser una religión.
- A pesar del tiempo transcurrido, todavía las ideas de Darwin siguen produciendo ruido. En este año, 2009, "el año de Darwin", en el bicentenario de su nacimiento (1809) y el sesquicentenario de la publicación de El Origen de las Especies (1859) han aparecido en los periódicos ("Cartas al Director") opiniones discordantes con Darwin, no con la intensidad de antes, pero que reflejan la perduración de antiguas ideas.
Charles Darwin, que publicó 17 libros en 21 volúmenes (con un total de 9.000 páginas impresas), más otras 1.000 páginas en artículos científicos, prácticamente pasó a la posteridad por el recuerdo de las polémicas y controversias, mayoritariamente surgidas en torno a su Origen de las Especies, obra que defendió y enmendó a lo largo de toda su vida, hasta que ya no tuvo nada más que decir.
El ser humano posee una religiosidad natural. La causa principal de la reacción prototípicamente religiosa es la inmensidad del universo, ya que aunque el hombre pueda aprender mucho acerca del universo, nunca logrará abarcarlo todo, por lo cual se promoverá en él una respuesta denominada "el sentido del misterio". El espíritu del hombre permanecerá inalterable aunque las religiones cambien en un proceso de adaptación. Esta es la razón de la religión (Ferm 1964).


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Erasmus Darwin.




* Anales Instituto Patagonia (Chile) vol.37 n° 2, Punta Arenas, 2009.

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