domingo, 27 de marzo de 2011

MIGUEL ANGEL DE MARCO: LA GUERRA DE LA FRONTERA. LUCHAS ENTRE INDIOS Y BLANCOS 1536-1917




Miguel Ángel De Marco.



Por Guillermo Palombo


El doctor Miguel Ángel De Marco, distinguido historiador, académico y profesor universitario, es autor de esta nutrida obra, que voy a reseñar exclusivamente en sus líneas generales, porque son las que en rigor le imprimen carácter y un sello distintivo propio, En sobrio Prólogo, ha expuesto claramente su madurado propósito de ofrecer "una obra accesible a quienes, sin ser especialistas ni contar con la posibilidad de frecuentar grandes bibliotecas y archivos, quisieran saber más sobre aquella interminable pelea”, mediante una “obra de síntesis que tiende a mostrar, y en lo posible explicar de qué modo y en qué escenarios se combatió desde los días en que Solís puso el pie en tierra oriental para morir en manos de los charrúas, hasta que el último malón en el Noreste arrasó al fortín Yunká”.
Constituye un acierto del autor, recordarnos en páginas finales, que la conclusión de la lucha “del desierto” no se produjo con Roca, sino durante la presidencia de Hipólito Yrigoyen, cuando por decreto del 31 de diciembre de 1917 se dieron por terminadas las acciones militares en el Chaco.
De los veintidós capítulos en que se ha sustanciado el tema, los seis primeros están dedicados a la época colonial (“Los primeros encuentros”, “Comienzan las ataques y contraataques”,“Luchas en la frontera de Buenos Aires”, “Una existencia esforzada y difícil”, “Expediciones hacia el sur y el Chaco”, “Los indios ante la invasión británica”); los tres siguientes se ocupan del período patrio inicial (“Tratativas de paz, en los días de la Revolución,“San Martín y los Indios”,“La tragedia de Salto”), cinco insumen la época de Rosas (“Las fronteras se estremecen”, “La gran campaña al “desierto”, “Acciones de la columna de Juan Manuel de Rosas”, “Calfucurá”, “Indios y Guerras fratricidas”), y otros tantos se refieren a los difíciles años que siguieron a Caseros (“Infortunios y matanzas”,“Los indios guerrean en Cepeda y Pavón”,“Operaciones contra los indios. La guerra del Paraguay”,“Malones y evoluciones en la frontera” y “Fin del poderío de Calfucurá”), en tanto que los tres últimos (“La nueva línea de Adolfo Alsina”, “Roca alcanza el Río Negro” y “Las últimas expediciones”) analizan la resolución definitiva de la cuestión.
En el doctor Miguel Ángel De Marco se conjugan, armoniosa y naturalmente, tres cualidades de infrecuente concurrencia en un historiador profesional: perspicacia y golpe de vista para discernir el episodio documentado de la anécdota, ágil destreza narrativa -adquirida seguramente en su paso por el periodismo, donde la mezquindad del espacio es necesariamente incompatible con el fárrago-, y prosa tersa, limpia, clara.
Para tranquilidad del lector posible, debo resaltar que en las casi seiscientas páginas del texto no hay pretensiones justificativas o reivindicatorias, ni alegatos capciosos, ni espejismos “contrafácticos”. El lector, agradecido, respira aliviado al verse libre de arengas o sermones, declamaciones, agrias requisitorias, encendidas defensas, o enconadas diatribas, que por lo general intoxican rápidamente, a la vez que vician e invalidan muchas producciones que, sin tales exabruptos, podrían llegar a tener algún valor.
Con notable sentido práctico, se ha prescindido no solamente de innecesarias notas bibliográficas y aclaratorias, sino también de una bibliografía final, que hubiera sido forzosamente incompleta, y ha sido suplantada –a mi juicio, con ventaja- por indicaciones bibliográficas sumarias, pero bien seleccionadas, insertas al final de cada capítulo, con la única finalidad de orientar al lector ávido de mayores detalles.
Vista la estructura de la obra, quisiera dejar sentada mi opinión acerca del lugar que le corresponde en la producción existente sobre el tema.
Es sabido que, desde lo cuantitativo, el abordaje de un tema de tal magnitud, como lo es la guerra con el indio -un conflicto de casi cuatro siglos en dos escenarios diversos: el septentrional o chaqueño y el meridional o pampeano- demanda un volumen de al menos 500 páginas.
Mucho se ha publicado al respecto. Para advertirlo, basta recorrer las páginas de la Bibliografía Patagónica (1979) de Nicolás Matijevic y de los dos volúmenes de la guía bibliográfica El indio en la llanura del Plata (2001), del P. Meinrado Hux. Ha transcurrido una década desde la aparición de esta última, y la producción sigue creciente, sin declinar. En su momento, tal vez pudo verse alentada por las novísima disposiciones constitucionales (1994) y legales subsecuentes, sobre los llamados “pueblos originarios”, a cuya sombra se mueven intereses muchas veces decididamente ajenos a la verdad histórica. Pero los resultados no han estado a la altura de las expectativas generadas.
Los estudios que podríamos calificar como “técnicos”, por su respeto a las reglas historiográficas más elementales, arrancan, puede decirse, con el pionero estudio de Vicente G. Quesada sobre “Las fronteras y los indios. Apuntes históricos”, publicado en La Revista de Buenos Aires (1864). Quesada se ocupó brevemente, pero con trazo seguro, de la época colonial y del período patrio. Su trabajo está salpicado con notas al pie de página que citan muchos documentos existentes en el por entonces llamado Archivo General. Señaló un rumbo y un método (el cronológico, que es el primero de todos ellos y, acaso, el más seguro) que nadie, al día de hoy, ha intentado rectificar; lo que significa el espaldarazo de la convalidación a posteriori. Sistematizó la cuestión y marcó los grandes temas, que todos los autores posteriores han seguido sin apartarse de su esquema expositivo.
Tres lustros después, un Estanislao S. Zeballos de 25 años ofrecía su Calvucurá y la dinastía de los Piedra (1879). También con citas al pie de página indicando memorias ministeriales, referencias de testigos presenciales y documentación existente en los legajos del archivo del Ministerio de Guerra. Su periodización de los acontecimientos es difícilmente eludible. Y lo será, en tanto no se encuentre un ordenamiento mejor o más satisfactorio. Sobre su rico archivo documental, tan citado como saqueado, o lo que de él queda, arroja luz Namuncurá y Zeballos, El archivo del cacicazgo de Salinas Grandes, 1870-1880 (2006) de Monseñor Guillermo Durán.
Las dos últimas décadas del siglo XIX y la primera de XX parecen signadas más bien por las memorias de muchos participantes en los sucesos ocurridos, pero ellos no entran en mi clasificación. La segunda década parece estar cubierta por El indio del desierto (1926), de Dionisio Schoo Lastra –antiguo secretario privado del general Roca, libro de cuidada impresión, con cita de documentos del Archivo General de la Nación.
En los años 40, la comisión de homenaje al general Roca reflotó el interés por el tema; se publicaron entonces obras de gran importancia. Pero más interesan ahora dos libros fundamentales, si bien de naturaleza diversa. Uno de ellos, La Conquista del Desierto” (1947), del teniente coronel Juan Carlos Walther, reordenó la cuestión, asépticamente, con las características de una monografía militar, rápidamente convertida en una suerte de manual de cabecera y consulta insustituible. El otro es El fuerte 25 Mayo en la Cruz de Guerra” (1949), de Carlos Grau, modelo de obra erudita, con referencias que exceden ampliamente su título-
Los años 50 vieron surgir los trabajos de otro gran historiador: el doctor Andrés Allende, que desarrolló una importante labor desde el Departamento de Historia de la Universidad de La Plata, Y al respecto, no ha de olvidarse el aporte, producto de la incesante labor de ese gran hacedor que fue Ricardo Levene, desde el Archivo Histórico de la Provincia (una de sus tantas bases de operaciones), promoviendo concursos y congresos, e impulsando la publicación de una conocida serie de monografías sobre la historia de los pueblos. Sería injusto no omitir los nombres de Roberto H. Marfany, Eugenio Monferrán, Juan Jorge Cabodi y Pascual Paesa, entre otros autores.
Alboreaba la década del 70, cuando el coronel Fued Gabriel Nellar reunió una serie de estudios monográficos elaborados por el personal docente de la Dirección de Estudios Históricos del Ejército, a su cargo, en los volúmenes de la Política seguida con el aborigen (1973-1975). Se trata de buenos resúmenes, cuyo eje central fueron sendos fondos documentales propios –dos series, catalogadas como “Guerra con el Indio” y “Fronteras”, respectivamente – y copias de documentación existente en otros archivos.
Importante contribución a la cartografía fueron los dos volúmenes titulados El mapa de las pampas (1975) de Ramiro Martínez Sierra. Al finalizar esa década, y con motivo de cumplirse el centenario de la llamada Conquista del Desierto, la Academia Nacional de la Historia reunió, en un congreso llevado a cabo en 1979, una apreciable cantidad de estudiosos, cuyas comunicaciones fueron publicados en cuatro volúmenes (1982).
Si bien muchos trabajos particulares se han publicado desde entonces, en gran parte producto de investigadores procedentes de los claustros universitarios, ninguno ha logrado el valor de síntesis documentada totalizadora que ofrece Abelardo Levaggi, trabajador infatigable, en Paz en la Frontera. Historia de las relaciones diplomáticas con las comunidades indígenas en la Argentina, siglos XVI-XIX (2000), cuyas páginas constituyen un modelo bastante difícil de superar.
Resultan destacables también, por cierto, en los últimos años, muchos otros trabajos, entre los que merecen especial mención los muy conocidos del P. Meinrado Hux, del Prof. Rinaldo Poggi, del ya citado Monseñor Durán, de Silvia Ratto, y de muchos otros investigadores.
A diez años de aparecido el libro de Levaggi, que ya es un clásico, en la cadena de producciones intelectuales iniciada por Quesada, debe insertarse hoy, como el último eslabón, La Guerra de la Frontera: producto de síntesis de muchas lecturas y cavilaciones, en cuya virtud, el autor ha logrado volver inteligible, para una nueva generación de lectores, un tema difuso en el tiempo y en el espacio.
La Guerra de la Frontera es un libro esclarecedor. Pertenece a la clase de obras que, periódicamente, será necesario volver a redactar, para ajustar el tema al resultado que vayan arrojando nuevas investigaciones. Y dado que, en el caso, el doctor Miguel A. De Marco ha concretado en sus páginas inquietudes planteadas ya en sus años mozos, resulta válido aplicarle la conocida reflexión de Fustel de Coulanges: “Una vida de análisis para una hora de síntesis”. Porque La Guerra de la Frontera, obra de síntesis, es el producto de lecturas de toda una vida.
Ha prestado el autor un señalado servicio al lector, al poner a su disposición, en forma amena, explicaciones que hasta ayer nomás estaban reservadas al reducido círculo de los investigadores.

sábado, 26 de marzo de 2011

LUCIO MORENO QUINTANA

Lucio Moreno Quintana (1955).



Lucio Moreno Quintana y Hans Kelsen.




Por Sandro Olaza Pallero


Lucio Manuel Baltasar Hilarión Moreno Quintana nació en París -en la Embajada argentina- el 31 de agosto de 1898 y falleció en Buenos Aires el 28 de diciembre de 1979, sus restos se encuentran en el Cementerio de la Recoleta. Era hijo del marino y diplomático Hilarión Domingo Moreno Montes de Oca y de Adela Mercedes Quintana Rodríguez. Contrajo matrimonio con Mercedes Maschwitz Barra el 28 de noviembre de 1924 en la Basílica del Socorro (Buenos Aires) y fueron padres de Esteban Moreno Quintana Maschwitz y Lucio Manuel Quintana Maschwitz. [1]

Elementos de Política Internacional.


Abogado y docente en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales y en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires y en distintos colegios nacionales. Accedió a funciones públicas como fiscal y juez en lo civil y comercial en La Plata; abogado de la Procuración del Tesoro; subsecretario del ministerio de Relaciones Exteriores; presidente del Instituto de Derecho de Política Internacional, juez de la Corte Internacional de Justicia. Autor de Inmigración (Buenos Aires, Menéndez, 1920); El sistema internacional americano (Buenos Aires, Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, 1925); La diplomacia de Yrigoyen, La Plata, Edición del autor, 1928; Política económica (Buenos Aires, Librería del Colegio, 1944); Misiones en Londres y Ginebra (Buenos Aires, edición del autor, 1946); “Los actos jurídicos internacionales”, en Anuario Hispano-Luso-Americano de derecho internacional n° 1 (Madrid, 1959, pp. 153-158); Elementos de Política Internacional; Tratado de Derecho Internacional (Buenos Aires, Sudamericana, 3 volúmenes, 1963), “El derecho nacional en función internacional”, en Anuario Hispano-Luso-Americano de derecho internacional n° 2 (Madrid, 1963, pp. 26-35); “El caso Malvinas ante el derecho internacional”, en Historia completa de las Malvinas (Buenos Aires, Oriente, 1966). Moreno Quintana adhirió al gobierno de Juan Domingo Perón.
En la etapa anterior a 1983, si se enumeran los trabajos dedicados al análisis global de la política exterior sólo merecen mencionarse, dos obras: Política exterior argentina 1930-1962 de Alberto Conil Paz y Gustavo Ferrari, publicada en 1964 y, de Chapultepec al Beagle. Política exterior argentina: 1945-1980 de Juan Archivaldo Lanús. Aún cuando se sumaran a este registro las obras de Carlos Alberto Silva, de Lucio Moreno Quintana, de Sergio Bagú o los ensayos de Juan Carlos Puig, seguiría siendo una producción notablemente mezquina para un período de casi medio siglo. [2]
Durante la primera mitad del siglo XX la perspectiva dominante en los ámbitos académicos y políticos estaba referida a:
- Las pérdidas territoriales sufridas por la Argentina durante el período de la independencia (haciendo alusión a la disgregación del Virreinato del Río de la Plata) y por los resultados de los fallos arbitrales.
- La ineficiencia del cuerpo diplomática y
- La erraticidad de la política exterior.
Lucio Moreno Quintana sintetizó esta percepción en la siguiente frase: “¡extraordinaria paradoja de este país argentino que ha ganado todas sus guerras y ha perdido todas sus cuestiones territoriales! Esfuerzo de los unos, incapacidad de los otros. Magnífico ejército, armada valerosa, diplomacia vacilante”. [3]
Moreno Quintana estudió la Primera Guerra Mundial y la posición argentina. Respecto de la guerra submarina decretada por el gobierno germano, las autoridades de nuestro país se limitaron a lamentar que "Su Majestad Imperial haya creído conveniente adoptar medidas tan extremas". La ambigüedad de los pronunciamientos del gobierno radical irritó al secretario de Estado norteamericano Robert Lansing. Para colmo, el gobierno de Hipólito Yrigoyen evitó, no sólo en el caso de la ruptura de Estados Unidos con Alemania, sino en los registrados con cada una de las naciones americanas, la declaración formal de neutralidad, pues, como se dijo, consideró que el estado neutral o de no beligerancia era el estado natural de las naciones, y por ello no era necesario proclamarlo. [4]
El establecimiento de relaciones diplomáticas entre nuestro país y el Reino de Arabia Saudita tuvo su inicio en la Primera Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas que se llevó a cabo en Londres entre el 10 de enero y el 14 de febrero de 1946. El doctor Moreno Quintana participó de ese suceso, y en el ámbito internacional se iniciaba la llamada “Guerra Fría”. La delegación argentina ante la primera Asamblea General de la ONU estuvo presidida por Moreno Quintana, el vicepresidente de la misma era Felipe A. Espil quienes eran secundados por Adolfo S. Scilingo, Santos Muñoz y Ricardo J. Siri. Juan Isaac Cooke era el ministro de Relaciones Exteriores de nuestro país, quien se desempeñó en sus funciones hasta el 4 de Junio de 1946, día en que asumiera la presidencia Juan Domingo Perón. El flamante Presidente designó como canciller a Juan Atilio Bramuglia. La Argentina vio en esta reunión internacional una oportunidad para establecer relaciones diplomáticas con los países árabes recientemente independizados. De esta manera el Dr. Moreno Quintana inició conversaciones con los representantes de Siria, Líbano, Egipto, Irak y Arabia Saudita que concurrían a la reunión de las Naciones Unidas. Al respecto, un memorando preparado por nuestra Cancillería titulado “Relaciones con los estados de la Liga Árabe” establecía:
“I – Los diversos países Árabes, que con posterioridad a la Primera Guerra Europea han ido logrando su independencia, constituyeron para la defensa de sus intereses mutuos la llamada Liga Árabe. En la Conferencia de San Francisco, Siria, Líbano, Irak, Saudi Arabia [sic] y Egipto se consultaban previamente a toda votación importante y luego votaban todos en el sentido indicado por la mayoría, formaban así un grupo que por su número pesaba seriamente en las votaciones. A estos se puede agregar Turquía y el Irán (Persia) que en muchas oportunidades se sumaban a los anteriores. En las Naciones Unidas actúan de la misma forma.
II – La República Argentina ya ha convenido la iniciación de las relaciones diplomáticas con Siria y El Líbano integrantes de la mencionada Liga y por los telegramas recibidos del Señor Subsecretario, Embajador Moreno Quintana, sabemos que ha establecido vínculos de amistad con los jefes de las delegaciones de los otros países en cuestión.
III – De lo expuesto en el punto I. Surge con toda claridad la importancia que revistiría para nuestro país el contar en las Naciones Unidas con el apoyo de la Liga Árabe, uno de cuyos miembros tendría siempre un asiento en el Consejo de Seguridad, actualmente el titular es Egipto. En esta forma sería posible sino anular o por lo menos disminuir la importancia de la oposición que hacia nosotros desarrollan los países del Grupo Ruso.
IV – Aprovechando la presencia del Señor Subsecretario de la Chancillería en Londres se le podría instruir para que dé los pasos necesarios para establecer relaciones diplomáticas con los demás Estados de la Liga Árabe. Buenos Aires, enero 29 de 1946”.
De esta manera nació la idea de establecer relaciones diplomáticas con esos estados. El telegrama 28 que el 31 de enero de 1946 envía el ministro Cooke desde Buenos Aires a la Delegación argentina ante la Primera Asamblea General de Naciones Unidas dice explícitamente: “Siguiendo la misma política que determinó la iniciación de relaciones diplomáticas con Siria y Líbano, este gobierno tiene la intención de establecerlas también con el resto de los países integrantes de la Liga Árabe. No escapa al elevado criterio de V.R. la importancia que revistiría para nuestro país el contar en el seno de las Naciones Unidas con el apoyo de la Liga Árabe. En consecuencia, V.E. que con tanto acierto ha establecido vínculos de amistad con los jefes de las delegaciones de los países árabes, tendrá a bien iniciar las gestiones necesarias para establecer a la brevedad posible las relaciones diplomáticas de la Argentina con Irak, Saudi Arabia y Egipto”.
En cumplimiento de este plan de política exterior, Moreno Quintana informa a chancillería a través de un telegrama enviado el 5 de febrero de 1946 desde Londres: “En cumplimiento de las instrucciones de su telegrama 28, realicé las gestiones con Riaz Bey de Egipto, Al Ayubi de Irak y Emir Faisal de Arabia Saudita. Impresión excelente. Los tres agradecen la buena voluntad del Gobierno Argentino aceptando en principio el establecimiento de relaciones diplomáticas. Refieren sugestión a sus respectivos gobiernos de lo que informarán en breve al suscripto o a la Embajada argentina en caso de mi ausencia”.
El jefe de la delegación saudita era el ministro de Relaciones Exteriores del reino, el Emir Faisal Ibn Abdul Aziz Al Saud, -quien en 1964 se convertiría en yey de su país hasta su muerte en 1975- el 16 de febrero de 1946, se dirigía al embajador Moreno Quintana de la siguiente manera:
“Tengo el agrado de confirmar que como resultado de las conversaciones que he mantenido con vuestra excelencia durante las últimas semanas, mi gobierno se complacerá en fortalecer los vínculos de amistad que ya existen entre nuestros dos países mediante el establecimiento de representaciones diplomáticas directas. En consecuencia, el gobierno del Reino de Arabia Saudita nombrará, en la primera oportunidad, un enviado extraordinario y ministro plenipotenciario ante su excelencia el presidente de la República Argentina y dará la bienvenida al enviado extraordinario y ministro plenipotenciario que el gobierno de la República Argentina quiera recíprocamente designar”.
El Dr. Moreno Quintana respondió en la misma fecha en los siguientes términos: “He recibido con gran satisfacción la nota de vuestra alteza real, de fecha de hoy, por la que confirma la decisión adoptada por su gobierno en el sentido de fortalecer sobre una base más permanente los vínculos de amistad ya existentes entre nuestros dos países por medio del establecimiento de representaciones diplomáticas directas. Me complazco en manifestar que esa es también la decisión adoptada por mi propio gobierno”. De esta manera quedaron establecidas las relaciones diplomáticas bilaterales a través de este Intercambio de notas reversales que tuvo lugar en la ciudad de Londres. [5].
Dijo Moreno Quintana: “Los Estados no tienen una existencia individual y aislada: viven dentro de la comunidad de las naciones que les fija derechos y obligaciones recíprocas. El derecho de libre acción de un Estado muere allí donde nace el derecho de otro Estado”. [6]


Notas:

[2] Torres de Santamarina, Alejandra, “La política exterior argentina y el mundo académico en la mirada del siglo XX”, en Centro Argentino de Estudios Internacionales (http://www.caei.com.ar), p. [1].
[3] Ídem, pp. [2-3].
[4] Moreno Quintana, Lucio M., La diplomacia de Yrigoyen, La Plata, Edición del autor, 1928.
[5] Torres de Santamarina, “La política exterior argentina….”, pp. [7-8].
[6] Tau Anzoátegui, Víctor (Coord.), Antología del pensamiento jurídico argentino (1901-1945), Buenos Aires, Instituto de Investigaciones de Historia del Derecho, 2008, p. 106.

jueves, 17 de marzo de 2011

SÍMBOLOS PROVINCIALES DE SANTIAGO DEL ESTERO








Cruz latina que representa la espada de Santiago Apóstol.
Bandera de la Provincia de Santiago del Estero.
Escudo de la Provincia de Santiago del Estero.




Por Juan Manuel Viaña*



La Cámara de Diputados provincial sancionó el 30 de septiembre de 1985, la Ley 5.535 y su modificación Ley N° 5598 en la cual se crea la bandera, el escudo y la escarapela de la provincia de Santiago del Estero.


La Bandera:

En el Art. 2° inc. 2 de la Ley, dice: determínese las siguientes especificaciones: para representar los colores patrios, en el extremo izquierdo una franja vertical celeste y blanca, esta última la mitad de ancho de la primera, las que se detallan a continuación:
- Para simbolizar la permanente vocación de federalismo, en el centro una franja cuadrada rojo punzó, que de lado medirá el doble de ancho de una las fajas celestes.
- Para representar las raíces indo americanas, en el centro de ésta un sol radiante incaico, color oro, cuyo disco tendrá de diámetro el tercio de uno de los lados.
- Para testimoniar la ascendencia hispana y el fervor cristiano, en el centro del disco solar una cruz latina representada por la espada encarnada de Santiago Apóstol. El ancho de la bandera será el TRIPLE del ancho de una de las fajas celestes.
Cabe aclarar que en las descripciones antedichas, existen erróneas aseveraciones, empezando por la descripción de “... la espada encarnada de Santiago Apóstol…”. Santiago Apóstol, Patrono de nuestra provincia, nunca tuvo una Cruz que lo represente y mucho menos empuñó una espada, sino que esa cruz tal como esta descripta, pertenece a una antigua orden militar española, la Orden de Caballería de Santiago. Esta orden militar, llamada inicialmente Cofradía de Sancte Lacobe surgió en el año 1030 en España con el fin de proteger a los fieles que realizaban su peregrinaje al sepulcro del Apóstol Santiago en Compostela, vigilando los caminos y preservándolos de los asaltantes. La organización definitiva de esta Orden Militar se realizó en el año 1.171 momento en que el arzobispo Don Pedro Gadasteiz entregó en el templo compostelano al primer maestre de la Orden, Don Pedro Fernández de Fuentencalada, la bandera blanca con la “Cruz rojo carmesí en forma de espada y puño de flor de lis” como símbolo de cristiandad, defensora de la fe católica y de la Inmaculada concepción, poniendo como patrono y protector de la orden al Apóstol Santiago, del cual deriva su nombre. La cruz (o lagarto de gules), fue usada en estandartes y en el pecho de los miembros de la Orden, a modo de diferenciarse de las distintas ordenes militares existentes.
En cuanto al uso de una Espada por parte del Santo, esto surgió de la mítica y famosa batalla de Clavijo en 844, en la que según las leyendas, se apareció el Apóstol Santiago montado sobre un corcel blanco, ataviado con blanquísima túnica, armado con una aguda lanza y una brillante espada justiciera, combatiendo y declinando el combate a favor de las tropas cristianas de Ramiro I contra los moros comandados por Abderraman II. Este momento de esplendor ha generado la copiosa iconografía de Santiago Matamoros, sin que por eso se pretenda que una espada represente al Apóstol.


El Escudo:

En cuanto a éste, la Ley establece: “El escudo simboliza la autonomía de este Estado Federal, tiene forma y atributos que se expresan: el broquel estilo normado con los ángulos diestros y siniestros levantados en forma de espiras hacia adentro todo con filete de oro en bordura; el campo del escudo está dividido en tres cuarteles horizontales:
a) el jefe, es azul celeste.
b) el centro, es blanco.
c) la punta azul celeste, simboliza en su conjunto los colores patrios en el corazón del campo central, se adosará en forma cargada o superpuesta, una estrella federal de gules de ocho (8) puntas, que simboliza el federalismo argentino, sobre el sol Indígena y la cruz de Santiago Apóstol, patrono de la provincia tomado de manera idéntica a su inserción en la Bandera Oficial de la Provincia y con igual significado.
En el cuartel inferior o punta, dos ríos caudales en líneas ondeadas color plata, que representan a los ríos Dulce y Salado, que cruzan el territorio provincial, regándolo y brindándole vida, riqueza y fertilidad. Por ordenamiento exterior un ramo de planta de algodón con capullo en la diestra, y un ramo de quebracho colorado florido en la siniestra, formando una corona abierta en sinople y unidos debajo de la punta por un moño rojo punzó con flecos de oro….”.
En la elaboración del escudo provincial se empleó la ciencia heráldica, según la expresión utilizada (con evidentes signos de desconocimiento de esta ciencia), con términos y simbologías que no condicen con las leyes rigurosas de la heráldica, por ejemplo: se habla de color Azul-Celeste, color Blanco, etc., que nada tiene que ver con los colores heráldicos propiamente dichos, los cuales son: Azur (azul), Gules (rojo), Sinople (verde), Sable (negro), Púrpura (morado) y los metales Oro y Plata.
Luego dice que el campo del escudo esta dividido en tres cuarteles, cuando se habla de cuartel se debe entender como escudo cuartelado es decir dividido en cuatro partes. La descripción correcta es escudo terciado en faja, tal como se muestran en las figuras.
En cuanto a los ríos, éstos siempre deben representarse con tres ondas de Azur y ondas de plata.
Todo esto se tendría que haber tenido en cuenta al momento de aprobar un proyecto para la creación de un emblema de tamaña significación para un pueblo, ya que en todo evento, tanto en el orden institucional como en el privado, estará presente esta insignia representando a la provincia. Las autoridades responsables de la creación y aprobación del proyecto aludido, deberían haber consultado a gente especializada en la materia y así poder plasmar con verdadera fidelidad cada uno de los elementos que representan nuestra de cultura santiagueña.
Ante todo lo expuesto, y siguiendo con la identidad histórica santiagueña, nuestra provincia debería usar como insignia representativa el Escudo de Armas otorgado por Felipe II en 1577, siendo la única en el país que recibió de un monarca una real provisión concediendo el escudo de armas, y que dice: “Por la presente hazemos merced a la dicha ciudad de Santiago del Estero, que agora y de aquí en adelante haya y tenga por sus armas conocidas un Escudo y en él un castillo y tres veneras y un río según que aquí va pintado y figurado”, adosándose el Titulo de “Muy Noble Ciudad”. En este escudo están representados con exactitud el origen, el nombre, la ubicación y la calidad de ciudad.


Escudo de armas otorgado por Felipe II a la Muy Noble ciudad de Santiago de Estero (1577).


* Director del Archivo Histórico de Santiago del Estero.


lunes, 14 de marzo de 2011

EL ERMITAÑO DE “BURGESS FARM”


Juan Manuel de Rosas.
A Luis Alén Lascano*




Por Raúl Jorge Lima



Hace hoy 126 años, el 14 de marzo de 1877, moría en Southampton (Inglaterra) don Juan Manuel José Domingo Ortiz de Rozas, próximo a cumplir 84 años.
Hacía un cuarto de siglo que vivía allí. Vencido por Urquiza en la batalla de Caseros, tomó el duro camino del exilio, junto a su hija Manuelita, a su hijo Juan Bautista, a su nuera y a su nieto Juan Manuel.
Embarcados en el “Centaur”, trasbordaron al “Conflict”; después de un largo y accidentado viaje arribaron al puerto de Plymouth, donde las autoridades inglesas recibieron a Rosas con honores de jefe de Estado (lo que motivó una interpelación en el Parlamento inglés).
La familia se estableció en Southampton, primero en el hotel “Windsor” y luego en una gran casa alquilada: “Rockstone Place”, Carlton Crescent. Al tiempo don Juan Manuel quedó solo, ya que Manuelita se casó con Máximo Terrero y se fue a vivir a Londres, su hijo Juan Bautista se fue con su esposa al Brasil y su nieto Juan Manuel quedó pupilo en París. (En Buenos Aires habían quedado su amante Eugenia Castro y los cinco hijos habidos con ella -Nicanora, Angela, Justina, Joaquín y Adrián-, a los que, si bien trató afectuosamente, nunca reconoció).


“Burgess farm”

Casi agotado el escaso dinero que había llevado con él, decidió arrendar una pequeña chacra de 60 hectáreas, “Burgess Farm”, en las cercanías de Southampton, para establecerse en ella y ganarse la vida como agricultor, ya que era extremadamente ducho en las tareas rurales.
La inicua confiscación de sus cuantiosos bienes (y hasta los de sus hijos), obtenidos con duro trabajo antes de ingresar en la función pública (que Urquiza no pudo evitar debido a la segregación de Buenos Aires), lo sumió en la mayor pobreza. Gracias a la generosidad de Urquiza había logrado vender la estancia “San Martín” y parte de la platería de su casa, pero una nueva confiscación puso fin a los pagos que aún debía percibir. Desdeñó la casa principal con techo de paja que se encontraba en ruinas, y con el dinero percibido y su trabajo personal puso en condiciones los pobres “ranchos” que complementaban la granja; encaró una explotación en pequeña escala, modificando el terreno hasta que éste semejó un trocito de pampa argentina en tierra inglesa. Asombraba a los peones con su habilidad para el lazo y las boleadoras, y domaba sus potros.
Los primeros años, la aristocracia rural inglesa se desvivía por invitarlo a cacerías de zorro y carreras de caballo (enlazaba los ciervos por las astas y, una vez que rodó su caballo, salió caminando); las “ladies” admiraban a este maduro general a quien sólo su amigo Lord Palmerston se comparaba en gallardía. Pero, una vez agotados sus escasos fondos, su orgullo no le permitió aceptar más invitaciones que no podía retribuir. A partir de allí sus únicos y muy esporádicos visitantes fueron el cardenal Wiseman, el reverendo Mount (cura párroco), su médico Wibblin y lord Palmerston. También algún viajero argentino, que no podía resistir la tentación de ver a quien tan sobresaliente papel jugara en la historia de la América del Sur (tal la conocida visita de Vicente Quesada y su hijo Ernesto, y antes, en la casa urbana que no pudo mantener, la del célebre poeta Ventura de la Vega, quien elogió calurosamente su cultura literaria).
Trabajaba de sol a sol, y a los ochenta años seguía subiendo a su “oscuro” sin tocar los estribos. En un carretón sin toldo iba al pueblo a buscar las provisiones. Salvo ocasiones especiales, se cubría la cabeza con un viejo sombrero de paja de ala ancha.
De este largo tiempo de anacoreta, queda su copiosa correspondencia con su amiga Josefa Gómez, en Buenos Aires (hoy en el museo de Luján): “No fumo, no tomo rapé, ni vino, ni licor alguno, no hago visitas, no asisto a comidas ni a diversiones...Me afeito cada siete u ocho días para economizar. Mi ropa es la de un hombre común. Mis manos y mi cara son bien quemadas y bien acreditan cuál y cómo es mi trabajo diario incesante. Mi comida es un pedazo de carne asada y mi mate. Nada más”.
También de esta época es su “Diccionario y gramática de la lengua Pampa” (elogiado por Renán) y sus escritos sobre la ley pública, las religiones, y la ciencia médica.
A veces lo visitaba Manuelita con sus dos nietos ingleses, Manuel y Rodrigo, y el sol salía para el viejo solitario. (En el último tiempo, cuando su pobreza fue extrema y debió comer sus últimas gallinas y vender las dos únicas vacas que le quedaban, se acentuó su misantropía y pidió a su yerno que no lo visitaran).
Lo que más placer le producía era revisar sus legajos, cuidadosamente atesorados, ya que a ellos confiaba el juicio de la historia.
Conmueve leer el testamento de este Señor de la Pampa que, antes de entrar en la vida pública contaba sus peones por cientos, su ganado por decenas de miles y sus estancias por leguas (fruto de su trabajo, ya que la herencia paterna la renunció en beneficio de su madre).
En él figuran las cientos de miles de cabezas de ganado que le debía el gobierno de Buenos Aires. En contraste, lega a su amigo Roxas y Patrón la bandera que lo acompañó en la expedición al desierto y la espada con puño de oro que le obsequió la Sala de Representantes, pero aclara que “esa espada está sin la vaina, que he vendido para atender a mis urgentes necesidades”. Sobre su cadáver, dispone: “Será sepultado en el cementerio católico de Southampton hasta que en mi Patria se reconozca y acuerde por el Gobierno la justicia debida a mis servicios”. El 30-9-1989 fueron repatriados sus restos, con todos los honores.


El penúltimo viaje

Por fin, la Visitante que no podemos dejar de atender, toca a su puerta. Manuelita, avisada, llega desde Londres.
"-¿Cómo le va, Tatita? -No sé, niña...”. Y expiró.
En la mañana neblinosa, rumbo al cementerio católico de Southampton, corto es el cortejo y sencillo el féretro. Pero sobre éste luce una bandera argentina y un objeto al que un rayo de sol mortecino arranca un destello dorado: es el corvo glorioso que le legó San Martín.


Juan Manuel de Rosas en su ancianidad.

Manuelita Rosas (por P. Pueyrredón).
 



* El Liberal, Santiago del Estero, 14 de marzo de 2003.

jueves, 3 de marzo de 2011

EL BICENTENARIO DE SARMIENTO

Domingo F. Sarmiento.
Facundo.

 
                                            Juan Facundo Quiroga (por Paredes Romery).

Por Roberto Azaretto*

  

A nivel popular, Sarmiento es la única figura que se acerca en la consideración pública a próceres como San Martín y Belgrano, aunque ha sido borrado de la historia oficial, junto a José Hernández. ¿Fue el Martín Fierro la respuesta al Facundo? Halperín Donghi demuestra más coincidencias que diferencias en el pensamiento de ambos escritores emblemáticos de nuestra literatura.

Borges decía que el Facundo debía ser el libro clave de la Argentina en lugar del Martín Fierro, que exalta “a un gaucho matrero, desertor y asesino”.


Quien escribe esto piensa que se pueden adoptar los dos: uno, escrito por el mejor prosista de habla castellana del siglo XIX, según Miguel de Unamuno; el otro, el gran poema.


En vida, muy joven, suscitó polémicas y odios. Tenía menos de veinte años cuando su pariente, Facundo Quiroga, visitó a Doña Paula Albarracín, su madre, para decirle que lo haría matar en cuanto lo encontrara.


Fue muy insultado, pero no se quedó atrás en los ataques a sus adversarios o enemigos.

Sus bustos fueron manchados con alquitrán aún en épocas recientes, aunque algunos, con el tiempo se arrepintieron, como se lo confesaron al que esto escribe.

No dio importancia a los territorios del sur pero soñó con la reconstitución del antiguo Virreinato del Río de la Plata. Quiso a los Huarpes pero odió a los indios chilenos del sur, coincidiendo con Hernández; algo que a su vez le granjeó el odio de muchos de los hijos de inmigrantes centro-europeos, que nada han tenido que ver con la historia iberoamericana.


Descendía de conquistadores como Juan Eugenio de Mallea, participante de la fundación de Mendoza y de San Juan y casado en matrimonio cristiano con la hija del cacique de Angaco, que se bautizó como Juan Huarpe de Angaco y fuera declarado noble por Felipe II, con tratamiento de “Don” reconociéndosele una gran extensión de tierras. Su hija se bautizó como Teresa Asencio de Mallea.


Su madre pertenecía a una familia antigua y poderosa, pero ya empobrecida; su padre participó de la batalla de Tucumán a las órdenes de Belgrano y en la de Chacabuco en el ejército comandado por San Martín, que lo envió a San Juan a llevar el parte de la victoria.

Sarmiento es uno de esos raros casos de un intelectual que, a la vez, es un hombre de acción No era dubitativo ni pusilánime. Le dolía el país; quería mejorar las condiciones  de vida de la gente; le dolía el atraso, la pobreza, el analfabetismo, por eso enfrentó a todos los que él suponía que retardaban el progreso argentino.

Fue un hombre de grandes pasiones, capaz de enfrentarse a bastonazos o puñetazos en la calle. “He sido un chico de la calle”, dice en Recuerdos de Provincia. Supo vivir la vida, viajó, tuvo amores, hasta confiesa que fue tahúr. Insultó, agravió, fue tratado de loco.


“Era  un genio”, dirá el médico psiquiatra Nerio Rojas, el hermano de Ricardo, que escribiera El profeta de la Pampa, la más completa biografía del sanjuanino. “Era racional. Eso lo salvó de la locura”, sostiene Nerio Rojas. Era un genio que sabía que lo era: “ Soy Sarmiento, que vale más que ser presidente y otros títulos”, vocifera en el Senado nacional.


Sarmiento siempre dijo lo que pensaba y fue muy duro, hasta cruel, lo que hoy llamaríamos “políticamente incorrecto”. Fue contradictorio también. Así como en algunas oportunidades descalificó al gaucho, en otras lo elogió. Repudió al indio salvaje pero escribió páginas magníficas sobre los Huarpes, agricultores y constructores de acequias del Cuyum, loas que culminan en su admiración al huarpe Calíbar, el viejo rastreador de las lagunas de Guanacache.


Sus pasiones fueron la educación, la agricultura, la literatura y la industria; vio en la navegación de los ríos interiores y en el desarrollo de los los ferrocarriles, las maneras de promover el progreso del interior.


Cuando fue Presidente de la Nación, tuvo un gran ministro de Educación en Nicolás Avellaneda; un seguidor en Roca, el presidente de la ley 1.420 de educación primaria, obligatoria, gratuita, estatal y laica, que marcó la diferencia a favor de la Argentina no sólo en nuestra región sino también con los países latinos de Europa. Portugal, España y hasta Italia en 1950 tenían aún tasas de analfabetismo superiores a las argentinas de principios del siglo XX y las nuestras no fueron más bajas en ese momento porque la mayor parte de los inmigrantes europeos eran analfabetos.


Se rieron cuando ascendió a general. Sin embargo fundó el Colegio Militar, la Escuela Naval, contrató la construcción de la primera escuadra blindada, adquirió cañones, ametralladoras y 170 mil fusiles de repetición.


Fundó la Facultad de Ciencias Exactas, creó el primer Observatorio Astronómico en Córdoba, donde gestó la Academia de Ciencias. Le dio nuevas posibilidades laborales al pueblo con las escuelas normales y a la mujer, promoviendo la carrera de maestras.


Todo esto fue una revolución en la sociedad de su época, sumamente prejuiciosa y atada a costumbres anacrónicas, cuando a las hijas ni siquiera se les enseñaban las primeras letras, aun dentro de las clases altas.


Así era; enfrentaba a Mitre pero en las crisis lo consultaba y le reprochaba: “Sea menos porteño y más argentino”. Se definía Sarmiento como “porteño en las provincias y provinciano en Buenos Aires”. Buscó y logró la reconciliación con Urquiza: “Ahora me siento presidente” dijo luego de visitarlo; semanas después el vencedor de Caseros fue vilmente asesinado por López Jordán, quien intentó segregar del país a la Mesopotamia, en el último intento separatista.

Fue duro con algunas provincias como San Luis, La Rioja o Santiago del Estero: “Son las más pobres de la tierra, carecen de ciudades y de hombres de valor; esperan ver el resultado de las luchas para aplaudir al vencedor”, sostuvo.

En cambio de la Mendoza vieja, la criolla, afirmó lo siguiente: “Mendoza era un pueblo eminentemente civilizado, rico en hombres ilustrados y dotado de un espíritu de empresa y mejora que no hay en pueblo alguno de la República Argentina; era la Barcelona del interior. Con las disposiciones que yo le  conozco a ese pueblo, en diez años de un sistema semejante hubiérase vuelto un coloso”.



* Los Andes, Mendoza, 16 de febrero de 2011.

Archivo del blog