lunes, 30 de mayo de 2011

INDULTO DEL GOBERNADOR ANTONIO OLAGUER Y FELIÚ A DELINCUENTES PARA FORMAR EL CUERPO DE BLANDENGUES DE LA BANDA ORIENTAL (1797)

El gobernador de Montevideo Antonio Olaguer y Feliú en virtud de orden y facultades del virrey Pedro Melo de Portugal y Villena para la formación de un cuerpo de Blandengues de la Banda Oriental “y demás destinos de la campaña”, publicó un indulto a favor “de los contrabandistas, desertores y demás malhechores que andan vagantes huyendo de la justicia por sus delitos”. 
Antonio Olaguer y Feliú.
Gaucho (por E. Marenco).

A este indulto publicado en la villa de San Juan Bautista el 7 de febrero de 1797 se acogió José de Artigas quien era contrabandista de cueros y mandaba una banda de “hombres sueltos”. Para comodidad y seguridad de quienes desearon ampararse a este indulto, se fijaron bandos en lugares apartados de la jurisdicción de Montevideo en que podían presentarse a las autoridades. 
Estos puntos próximos a las zonas en que merodeaban aquellos rebeldes a quienes la autoridad juzgaba dignos de servir bajo sus banderas fueron las estancias del capitán de milicias Francisco Rodríguez y Diego González situadas entre el Yí y el arroyo Cordobés; la de Félix Sáenz, al norte del río Negro y las guardias de Cerro Largo y Santa Tecla a cuyo frente se hallaban los capitanes Agustín de la Rosa y Francisco Lucero. Los voluntarios que allí se presentaran llevando cada uno seis caballos por lo menos, serían enviados al comandante de Maldonado donde se organizaría el cuerpo de Blandengues, a cuyo lugar podía encaminarse directamente quien deseara hacerlo con igual fin. 
En los parajes acostumbrados de la ciudad de Montevideo, en los pueblos, villas y partidos de su jurisdicción, en los lugares que dependían de las ciudades de Colonia y Maldonado, se mandó publicar este bando, cuyas disposiciones ofrecían la posibilidad de que los hacendados y moradores encontraran en esos hombres una garantía y amparo. 
Martín José de Artigas, vecino respetable por su actuación pública y vida austera, obtuvo su retiro en 1796, después de cuarenta y cuatro años de servicio militar “con aplicación y celo”, al decir de Olaguer y Feliú, habiendo sido hasta fines de ese mismo año regidor decano del cabildo de Montevideo. Retirado a vivir en el campo, en las estancias de Casupá y Sauce, hubo de hacer valer su influencia ante Olaguer y Feliú que estaba informado de sus servicios y hombría de bien, para facilitar la incorporación de su hijo al nuevo cuerpo de Blandengues en que sentó plaza el 10 de marzo de 1797. 
Este indulto fue confirmado por Carlos IV en Aranjuez el 12 de mayo de 1797: 

"Enterado el Rey de la formación del cuerpo de Blandengues, que en carta de 7 de enero último n° 243, manifiesta V.E. haber determinado verificar en las fronteras de la Banda del norte del Río de la Plata, concediendo indulto al efecto a variar gentes que infestaban sus vastas campañas, por las utilidades de esta creación, de la que ofrece V.E. dar cuenta instruida verificada que sea; se ha servido S.M. aprobarla". 





Fuente: 

Archivo Artigas, Montevideo, Comisión de Homenaje a José de Artigas, 1952, t. III.

sábado, 21 de mayo de 2011

REVISTA LA FUNDACIÓN CULTURAL N° 48




La escritora, historiadora y docente Lucía Gálvez abre el fuego con el interrogante acerca de si “¿Son humanos los indios?”, título del artículo central del último número de la Revista La Fundación Cultural (LFC), enfocado como “un tema urticante de la conquista de América”. Allí, la autora aborda su investigación señalando que “la mentalidad eurocéntrica vigente consideró a todos los habitantes del Nuevo Mundo étnicamente inferiores”, aunque rescata que “la conquista española tuvo características especiales”, ya que “intentó justificar sus derechos sobre otros pueblos por la necesidad de propagar entre ellos la fe cristiana”.             
A lo largo de su texto, Gálvez relata los pormenores de la llegada y la labor de los jesuitas en tierras americanas, pero sin dejar de lado el análisis de la cuestión principal, recordando por ejemplo que “desde comienzos del Descubrimiento comenzó a discutirse si los aborígenes del Nuevo Mundo eran totalmente humanos, es decir si tenían un alma inmortal y eran por consiguientes capaces de ser evangelizados”, aunque aludiendo también a las implicancias políticas y económica de esta histórica polémica. 
Alberdi vs. Sarmiento.            
Bajo el título “Del delito en la polémica”, la RFC recrea de los fondos de la historia argentina, la intensa enemistad que enfrentara a Juan Bautista Alberdi y a Domingo Faustino Sarmiento, reproduciendo una carta que el tucumano le escribiera al maestro sanjuanino, a doscientos años de sus respectivos nacimientos.           
Siguiendo con la temática histórica, de Martín Miguel Güemes Arruabarrena -historiador, periodista y comunicador social-, se puede leer el artítulo “Suipacha (7 de noviembre de 2010), Día de la Integración Regional de la Patria Vieja”. 
A continuación, un excelente aporte del Dr. Sandro Olaza Pallero, “Santiago Apóstol, Patrón de Santiago del Estero”.            
El Dr. Ramón Leoni Pinto ofrece un extenso e interesante escrito sobre “La junta subordinada en Tucumán”.    
Sin abandonar el perfil histórico del nuevo ejemplar de la RFC, se puede disfrutar de un cuento inédito de Raúl Lima, “La moneda de Ibarra  (1824)”. 
Y para cerrar el excelente número, “Monstruos y bestias en las Crónicas del Nuevo Mundo”, por Juan Francisco Maura, de la Universidad Complutense de Madrid. 

Agora 

En el Espacio Regional de Historia y Ciencias Sociales Agora, la Lic. en Historia Alicia Guevel, escribe sobre “Delito-pecado: amores, transgresiones y reclamos. El legitimun matrimonium, base de una sociedad sana y            ordenada”. 
Completan el Nº 12 “La memoria genealógica y la elite dirigente catamarqueña entre la Revolución y el Centenario”, del Mg. Marcelo Gershani Oviedo; y “Literatura e Historia, pasado y presente: imágenes y representaciones sociales sobre aspectos de la Edad Moderna, de Miguel Ángel Taroncher y Juan Sebastián Bertole.





* El Liberal, Santiago del Estero, 21 de mayo de 2011.

viernes, 13 de mayo de 2011

¿LO HICIERON A PROPÓSITO O LES SALIÓ SIN QUERER? ESTÁ AÚN EN PIE LA PRIMERA ESTACIÓN FERROVIARIA DE LA CIUDAD DE CÓRDOBA

                                                                    



Estación de Córdoba donde se observa que ya no está el galpón central (1928).

Galpón del Ferrocarril Central (fines del siglo XIX). 
Vista de la estación de Córdoba del Ferrocarril Central Argentino a fines del S. XIX. A la izquierda se aprecia el sector que se conserva, el resto fue demolido en distintas épocas. 
Vista de la estación de Córdoba del Ferrocarril Central Argentino (fines del Siglo XIX). A la izquierda se puede apreciar el sector que conserva, el resto fue demolido en distintas épocas.

Por Carlos A. Page





Transitaba por la avenida donde están construyendo la flamante Casa de Gobierno en terrenos del ferrocarril y me sorprendió ver la demolición de un sinnúmero de galpones centenarios que tenía la empresa. Pero más me sorprendió que conservaran aún uno muy importante. Quizás no se percataron, quién sabrá, pero ese viejo galpón fue nada menos que una pequeña parte de la original Estación del Ferrocarril Central Argentino, el primero de Córdoba.                        
            La estación se componía de dos largos galpones unidos por otro por donde estacionaba el tren como vemos en las fotografías de fines del siglo XIX, aunque ya para 1928, la serie de tomas a vuelo de pájaro que se realizan de la ciudad, se observa que se había quitado la techumbre central. Pues el edificio había dejado de funcionar como terminal de pasajeros. Efectivamente, en 1909 el arquitecto británico J.W. Brown diseñó el actual edificio, mientras que el ingeniero R. Kirby tuvo a su cargo la dirección de la obra, que se concluyó en dos etapas, 1919 y 1922, en el que quedó finalmente acabado toda la edificación. El contexto de esta nueva y deslumbrante obra para su tiempo, era que se estaban por cumplir los cuarenta años de libre extensión de tasas e impuestos para la empresa y para continuar con esos privilegios, el Central Argentino simuló en 1902 una venta al The Buenos Aires and Rosario Railway Company Limited y por ley quedó ampliado el plazo, y la nueva empresa comenzó a llamarse General Mitre.
            Pero recordemos el viejo galpón que al menos hasta hoy subsiste, aunque se lo haya recortado en su extensión hace mucho. Lo construyó la empresa de Mr. William Wheelwright, pues fue el contratista de la formidable línea férrea que unía Buenos Aires-Córdoba. El mismo Alberdi escribió una biografía de él y hasta esa avenida llevó alguna vez su nombre. Admirado por la sociedad contemporánea que lo adulaba descaradamente, no era ni técnico ni capitalista, sólo un inteligente representante de los intereses de la           Corona.
         
Ciertamente ni siquiera los empresarios británicos tuvieron mucho para pensar con el emprendimiento, pues ya lo había hecho en 1854 el ingeniero norteamericano Allan Campbell que propuso al presidente Urquiza el estudio completo del trazado ferroviario. Un año tardó en hacerse dichos estudios, que luego los ingleses, con la “habilidad” comercial que los caracteriza, “tomaron” su trabajo, “conversaron” con las autoridades y lo llevaron adelante consiguiendo su concesión.             

       Fue el 18 de mayo de 1870 en que una perpleja muchedumbre cordobesa veía llegar la primera locomotora que traería al mismo empresario. Pero lo cierto que aún adeudaban estaciones de la jerarquía que reclamaban, construyéndose rápidos y precarios edificios de fabricación inglesa armados en el lugar, totalmente revestidos con laminados de zinc acanalados. El proyecto de esta primera estación, escribimos hace años en un estudio sobre las tipologías arquitectónicas del siglo XIX, lo realizó el ingeniero del Ferrocarril E. Harry Woods. Su contexto político fue la presidencia de nada menos que Domingo F. Sarmiento (1868-1874), donde las empresas británicas percibieron fabulosas ganancias, pero dejaron al país con una vinculación directa al sistema portuario que favorecería las exportaciones de la que fue “La granja de Europa”, aunque el costo lo pagaran los argentinos. Pero el emprendimiento de Wheelwright animó al Estado a emprender nuevas obras y en apenas dos décadas Córdoba ya poseía nueve líneas férreas.       
       Este pequeño y simple edificio rectangular que puede no decir nada a la belleza arquitectónica de Córdoba, sin duda tiene significados patrimoniales que van mucho más allá de los valores estéticos. Cuenta una historia que como tal nunca debemos olvidar por más triste que sea.

sábado, 7 de mayo de 2011

EL ARTIGUISMO EN CÓRDOBA

José de Artigas en su ancianidad.
La Liga Federal (1815).



Por Roberto A. Ferrero*


Cardoso y el cabildo cordobés

Artillero artiguista (1815).




El artiguismo, nacido de la justa resistencia de la Banda Oriental a las pretensiones hegemónicas porteñas y de añejas rivalidades de puertos, y puesto a punto en las célebres “Instrucciones del Año XIII”, tuvo largas resonancias en Córdoba. Aparece ya en 1812 por “vía postal”, diremos así; alcanza su expresión más jacobina con Juan Pablo Bulnes en 1815/17; llega al gobierno de la provincia con la magistratura ejemplar del Brigadier Juan Bautista Bustos; y suena aún con ecos nostálgicos en los viejos artiguistas que acompañan al manco Paz en su aventura de 1830 y su gestión posterior.
La primera aparición, como dijimos en 1812, se debe a la actividad del comandante Felipe Santiago Cardoso, amigo y confidente de Artigas, partidario de las doctrinas similares de Mariano Moreno y diputado por Canelones a la Asamblea Constituyente de año siguiente. Artigas, puesto en guardia ya contra el gobierno centralista de Buenos Aires a partir del convenio del 21 de octubre de 1811 (que entregó la Banda Oriental y el Entre Ríos al virrey Francisco Javier de Elío y causó el éxodo del Pueblo Oriental), había comenzado a buscar aliados en las regiones del litoral y el interior que también empezaban ya a sufrir la temprana política hegemónica del Puerto. Despacha así al Paraguay, en diciembre, al capitán Juan Francisco Arias, instituido con el “interesante objeto” de coordinar con los paraguayos el establecimiento de un sistema confederal; al mismo tiempo, escribe al joven caudillo santafesino Mariano Vera en el mismo sentido federalista. En cuanto a Córdoba, las actas capitulares son el respaldo documental irrefutable de que el 16 de noviembre de 1812 el Cabildo toma oficialmente conocimiento de un oficio enviado una semana atrás por Cardoso, al “que sirve acompañar un cuadernito manuscrito titulado Declaración de la Independencia (Libro 45/46, Pág. 527). El dirigente artiguista, que presentará a la Asamblea del Año XIII un proyecto de Constitución Federal, explicaba en ese “cuadernito”, como lo llamaban los cabildantes, la intención emancipadora -tal como surgía del atrevido título de su carátula- que Artigas resumiría en la 1º de sus “Instrucciones”, cuando todavía los más timoratos seguían usando la “máscara de Fernando VII”. En aquella sesión del 16 de noviembre, los miembros del Cabildo trataron también un oficio de la “Sociedad Patriótica” dirigida por Bernardo de Monteagudo, enfilado en el mismo sentido de la independencia inmediata, para la que se buscaba apoyo en los pueblos mediterráneos. A este oficio los prudentes cabildantes contestaron que el cuerpo “reflexionará” sobre “los patrióticos sentimientos que se le manifiestan”, pero a Cardoso se limitaron a acusarle recibo, sin más (idem, pág. 527). Así se archivó por parte de aquel organismo temeroso y conservador la primera expresión formal del pensamiento artiguista llegada a Córdoba.
Pero el ocultamiento de la doctrina federal que ya comenzaba a esbozar el gran caudillo argentino oriental (porque entonces éramos una sola Patria) no podía proseguir por mucho tiempo. Los sucesos de 1815, en los que descollará el comandante Juan Pablo Bulnes y el coronel José Javier Díaz, impedirán que se vuelva a “archivar” el pensamiento artiguista, que como un vendaval arrastraría detrás de sí a las grandes mayorías nacionales del Litoral y buena parte de las provincias mediterráneas.


Bulnes, el artiguista leal

La victoria de Guayabos marcó el predominio absoluto en la Banda Oriental del ideario artiguista, que en los primeros meses de 1815 se expande incontenible por el Litoral y llega a Córdoba en marzo. En este mes, un oficio del Protector y el esfuerzo de los autonomistas cordobeses da por tierra con el gobierno centralista de Ortiz de Ocampo y lo entrega al jefe federal coronel José Javier Díaz.
En sus primeros pasos lo acompaña el comandante de Artillería Juan Pablo Bulnes (1784-1851), joven voluntarioso, apasionado, partidario jacobino de las ideas democráticas y federalistas de Artigas, al que había conocido personalmente semanas antes como enviado de los autonomistas locales. Miembro de una prestigiosa familia de comerciantes cordobeses, casado con una sobrina del Deán Funes, licenciado en filosofía en la Casa de Trejo, patriota de la primera hora, Bulnes había dejado su toga y sus trajines mercantiles para servir a la nación desde las filas de la milicia. Desde allí sirvió al gobernador Díaz con eficacia y lealtad, pero cuando éste flaquea y con diversas argucias, en julio de 1816, niega su auxilio a los artiguistas santafesinos invadidos por el ejército porteño, Bulnes se subleva contra él y parte a Santa Fe con 400 hombres “para hacer cumplir a mi pueblo -dice- el compromiso que tenía con el jefe de los Orientales”. A su regreso, derrota a las tropas de Díaz en Alta Córdoba y durante seis semanas ejerce el derecho de dominio de la situación en nombre de los principios del artiguismo y en aplicación de su propio lema: “El voto de los pueblos no puede demostrarse sino por una voz viva”. Tal era la voz de sus batallones, compuestos de elementos populares del suburbio y la campaña, que con él se incorporan a la política activa, discutiendo su hegemonía a las clases aristocráticas de la ciudad: letrados, comerciantes, estancieros absentistas…
Derrotado poco después por el coronel Sayós -enviado por el Ejército del Norte- es encarcelado, pero logra sublevar desde la prisión a las tropas veteranas de Córdoba en enero de 1817 y nuevamente, junto al Dr. Agustín Urtubey, trata de imponer al cabildo pro-porteño un gobernante federal, como era la voluntad popular desatendida. Sin embargo, amenazado por tropas de línea muy superiores a sus milicias, se ve obligado a refugiarse bajo la sombra amiga del caudillo de Santa fe, don Mariano Vera. Sus fieles seguidores, los artiguistas cordobeses Bautista Bonastre, José María Tello y Pedro Lucías, son fusilados por los centralistas, e Isasa, Moyano y otros dirigentes, quedan prisioneros -bajo amenaza del mismo fin- en manos de Belgrano, que acababa de hacer ajusticiar sin proceso al caudillo artiguista de Santiago del Estero, Juan Francisco Borges.
Fiel al ideario de Artigas, el comandante Juan Pablo Bulnes pasa después a la Banda oriental, donde sirve a las órdenes del Protector con el grado de Capitán y desempeña diversas misiones diplomáticas que él le encarga (embajada ante el dictador Francia). Recién en 1820, cuando la política directorial se hunde en los campos de Cepeda y Artigas es obligado a refugiarse en las selvas guaraníes, Bulnes puede regresar a su patria chica para seguir luchando por los ideales que lo habían hermanado al Protector de los Pueblos Libres.


El artiguismo y la aristocracia territorial de Córdoba

El “Reglamento para fomento de la Campaña, instrumento artiguista de una profunda y original reforma agraria, se había promulgado en septiembre de 1815. Con sus confiscaciones sin indemnización; sus repartos gratuitos de tierras y ganados a los “negros libres, zambos de igual clase, los indios y criollos pobres”; sus limitaciones a la extensión de la propiedad rural, sus prohibiciones de destinarla a la especulación; y su “prevención de que los más infelices serán los mas privilegiados”, el “Reglamento” artiguista había espantado a los latifundistas orientales. A poco de dictado se empezó a aplicar desde arriba por las autoridades, pero fundamentalmente desde abajo por iniciativas de las masas. Los afectados por las expropiaciones lucharon “con chicanas, amenazas, distorsiones, influencias”, dice Lucia Sala de Tourón, pero “a mediados de 1816 las clases propietarias del campo adquirieron plena conciencia de que estaban derrotadas” (Lucia Sala de Tourón y otros: “Artigas y su revolución agraria”, Siglo XXI, México 1978, Págs. 206/207). Fue entonces cuando empezaron a abandonar al Protector y a gestionar la invasión portuguesa. Las noticias de la aplicación del “Reglamento” en la “otra banda” deben haber causado honda inquietud en el grupo de grandes propietarios territoriales que rodeaba a José Javier Díaz. Primer gobernador autonomista de Córdoba y aliado cauteloso del protector, el mismo Díaz, era dueño de los extensos dominios de “Santa Catalina”; José de Isasa poseía vastas posesiones en la “Pampa de San Luis”, en Traslasierra; los Del Corro eran dueños de la Estancia de Macha (departamento de Totoral, el mismo de Díaz); los Allende tenían muchos intereses rurales en el Norte y el Oeste de la provincia; Jerónimo Salguero de Cabrera y Cabrera tenía, proveniente de sus mayores, tierras en “Los Algarrobales” (tras las Sierras Grandes) y en la región de Soto, y posteriormente obtuvo más en la zona suburbana de lo que es hoy “Nueva Córdoba”. En 1809, siendo Sindico Personero de Córdoba había solicitado al Cabildo la represión de “todo vago, garito o mal entretenido” que anduviese suelto por la campaña, proponiendo que se los remitiese a España a servir en el ejército, siendo conducidos “hasta el punto de embarque a expensas del fondo que forme una moderada contribución de los hacendados” (Cit. en Endrek, Emiliano: “El Mestizaje en Córdoba”, Universidad Nacional de Córdoba, Córdoba 1966, pág. 34). Ahora, el gobernador Díaz dictaría un Bando Municipal condenando a servir en las obras públicas por un mes, con cadenas, a los peones que no tuviesen su “papeleta de conchavo”, lo mismo que “al que no tuviese ocupación” (art. 21º) (”Bando de carácter Judicial y municipal”, en el folleto “Homenaje en el 150º aniversario de la muerte del coronel José Javier Díaz”, publicado en 1979 por el Ministerio de Bienestar Social de Córdoba). Estas iniciativas de Díaz y sus amigos ponen de relieve los límites del populismo de la aristocracia federal de Córdoba -progresiva en otros aspectos y por otras razones- y la concepción jerárquica y paternalista de las relaciones sociales que alimentaba, concepción por otra parte común a toda la aristocracia hispano-criolla del interior.
El propio General Paz, hombre de pensamiento liberal en tantos aspectos, en este de las relaciones sociales de producción en la campaña, adoptaría en 1820 la misma actitud represiva y disciplinarista de sus antecesores. En efecto: en sus “Instrucciones” para la policía de campaña dictadas en aquel año por el “Supremo” se institucionalizó la persecución del gauchaje libre. Ellas en su artículo 26, ordenaban a jueces y comisarios “no consentir de modo alguno a gente vaga y ociosa en sus respectivos distritos” la cual debía ser detenida y destinada a las obras publicas. No es de extrañar esta legislación de Paz, ya que aunque él era sólo un ex seminarista, el grupo social que lo apoyaba era el mismo viejo núcleo de propietarios que hacía tres lustros había rodeado al coronel Díaz. En cambio, el general Juan B. Bustos, hijo de un “terrateniente” del Vale de Punilla se había elevado lo suficiente por encima de su clase como para ser tolerante con sus paisanos de la llanura cordobesa. Su “Reglamento de campaña” de 1823 -que rigió durante todo el periodo rosista y la ley contra el cuatrerismo de 1829, sancionadas ambas durante el mandato del héroe de Arequito, castigaban naturalmente el robo de ganado, pero no contenía la menor alusión al “vago”, vale decir: no incriminaba al gaucho en cuanto hombre libre, sino en tanto y en cuando se apoderase de animales ajenos.


Felipe Álvarez y el artiguismo de las campañas

En 1817 el artiguismo urbano de Córdoba, acaudillado por Juan Pablo Bulnes, yacía derrotado y disperso. Pero había otro artiguismo, el artiguismo de las campañas rurales -sobre el que los historiadores no se han dignado fijar su atención-, y ése si seguía resistiendo a la embestida del centralismo porteño.
Dirigían estas montoneras federales dos caudillos surgidos de la entraña misma de la campaña cordobesa; Felipe Álvarez en el Sudeste, en Fraile Muerto (hoy Bell Ville), y José Antonio Guevara en el Noreste. Sobre las regiones que ellos controlaban, era muy claro el Informe elevado por el general Bustos a Belgrano, su superior, a fines de 1817: “El Río II, montonero, a excepción de cuatro o cinco personas. El Río III, montonero, a excepción del comandante Haedo”. “El Segundo”, en el lenguaje de la época, comprendía los actuales departamentos de San Justo y Río II, dominios de Guevara; “el Tercero” era Unión, Marcos Juárez, San Martín y Tercero Arriba actuales, recorridos por Felipe Álvarez, quien se carteaba con Artigas y era un hombre -como escribe Agustín Villaroel- de “una bravura exaltada y terrible en la pelea, sin que le faltara capacidad militar intuitiva”.
En Córdoba el Directorio había instalado el gobierno adicto a un salteño aporteñado, el Dr. Manuel Antonio de Castro, quien no dominaba más que los lindes de la Capital y su geografía inmediata, porque la campaña ardía en un vasto movimiento adicto a Artigas. Las grandes mayorías lo veían como su jefe y libertador. Hasta en Traslasierra, como narra la anécdota de Barrionuevo Imposti, el nombre Artigas tenía un influjo tan poderoso como para hacer acudir a una cita a un celador rural, que creía que iba a incorporarse a sus huestes, cuando en realidad no iba más que a una emboscada para ser despojado de su ropa y cabalgadura…
El Protector daba especial importancia al control de Córdoba y Santiago del Estero, porque estas provincias constituían el lazo de unión con la Salta de Güemes, a quien se trataba de ganar para la causa, y porque -tácticamente- se alzaban como el antemural del “Sistema de los Pueblos Libres” del Litoral, frente al “Ejército del Norte” acantonado en Tucumán.
De allí que Artigas reforzara con milicianos orientales la montonera de Guevara y diera importante participación en sus planes de guerra a las tropas de Álvarez. Al caudillo de Fraile Muerto (Bell Ville) le adjudicó la tarea de impedir las comunicaciones de Buenos Aires con el “Ejército del Norte”  y el “Ejército de los Andes”, cuya venida se temía, mientras el mismo Artigas mantenía ocupados a los portugueses. De su confianza en los esfuerzos de la montonera cordobesa da cuenta su carta al gobernador delegado de Santa Fe, don Manuel L. Aldao, en 1818, en la que decía: “Vencida la división que se apoya en Córdoba, los cordobeses no deben ser indiferentes…”, agregando enseguida: “De Córdoba no dudo, presentándose ocasión tan oportuna”. Desgraciadamente, las circunstancias político-militares impidieron que los autonomistas recuperaran el poder, pero desde 1817 hasta la Sublevación de Arequito las montoneras artiguistas de la campaña cordobesa cumplieron lealmente sus deberes para con el Protector, manteniendo en jaque a las tropas del Directorio destacadas en la provincia.


Bustos, el discípulo postrero

Hartos los pueblos de ser perseguidos por los ejércitos porteños y hartos sus componentes provincianos de que se los obligara a volver sus armas contra sus paisanos en vez de hacerlo contra los españoles, el descontento general contra el Directorio se expresó en la sublevación de la Posta de Arequito el 7 de enero de 1820. Ese día el “Ejército del Norte”, llamado a reprimir a los caudillos del Litoral, se sublevó al mando de Juan Bautista Bustos, José María Paz y Alejandro Heredia y puso fin a una década de centralismo asfixiante.
Bustos y Paz volvieron a Córdoba con sus tropas y erigieron aquí un gobierno federal autónomo. El general Bustos, reconociendo entonces la deuda que todos ellos tenían con el Jefe de los Orientales, le escribe el 16 de febrero explicando su anterior conducta como oficial de las fuerzas represoras, y los motivas de la sublevación de Arequito, al tiempo que le llama el “Washington de Sud América” y proclama que gracias a sus “heroicos esfuerzos debemos exclusivamente haber llegado a este término” (la victoria del federalismo). Infortunadamente, Bustos ignoraba aún que el hombre al que se dirigía ya estaba derrotado. En Tacuarembó, el conde de Figueiras había destrozado el poder artiguista en el Uruguay al vencer al comandante Andrés Latorre en toda la línea. Los esfuerzos de Artigas proseguían en Entre Ríos y Corrientes, pero la traición de Pancho Ramírez los haría inocuos.
Empero, vencido el Protector, sus principios triunfaban en Córdoba a través de Juan Bautista Bustos, el discípulo postrero que trata de llevar a cabo los proyectos de organización federal de Artigas. Éste, que no obstante los infortuitos trata de afirmarse en las victorias de sus lugartenientes del Litoral -quienes en breve lo traicionarán- escribe a su vez a Bustos apoyándose en sus esfuerzos para reunir un Congreso Constituyente federal en Córdoba, que debía ser “el producto de la pluralidad” de los pueblos, y que Rivadavia saboteará.
Bustos, revelando gran habilidad, pudo recomponer la situación política en Córdoba, atrayéndose a una parte antigua del partido funista y a la tendencia del artiguismo que respondía a Juan Pablo Bulnes. La otra corriente, la que respondía a Díaz, a los Allende, al propio hermano de Bulnes, erró el camino conspirando con el Manco Paz contra Bustos para desplazarlo y asumir todo el control de la situación, siendo fácilmente derrotados. Juan Pablo Bulnes, el artiguista leal, en cambio, supo ubicarse con mayor perspicacia. Comprendiendo los nuevos tiempos, admitió el cambio de frente de Bustos y lo reconoció como flamante jefe federal de la provincia, colaborando con él del modo más generoso. Primero como diputado y luego, desde 1827, como Ministro General del Brigadier, vale decir: como su mano derecha, su ministro político.
Caído Bustos en 1830 peleará Bulnes junto a Facundo Quiroga en las batallas que éste pierde contra el General Paz, y a consecuencia de ello se verá obligado a emprender su segundo exilio. Como trece años antes, Santa fe vuelve a cobijar a los federales cordobeses. Bustos fallecerá de sus heridas, al amparo de Estanislao López, y Bulnes recién podrá volver a su provincia al desmoronarse el gobierno de Paz, después del boleo en El Tío, en 1831.


El general Paz y los últimos artiguistas

Por haber servido en su último año al gobierno mitrista del separatista Estado de Buenos Aires, el general Paz ha pasado a la historia como “unitario”. Y sin embargo, no lo era.
El ilustre Manco inició su carrera política a la sombra del partido federal -que era como decir artiguista- en 1820, al sublevar en la Posta de Arequito, al Ejército Directorial del Norte. Después, vuelto a Córdoba como aliado de Bustos, conspiró contra él ayudado por el grueso de los dirigentes de la fracción artiguista de José Javier Díaz que, como dijimos antes, había extraviado su camino (los amigos de Bulnes apoyaban a Bustos). Constituido en jefe de montoneras federales del norte de Córdoba, Paz fue derrotado en 1821 por el mayor Ildefonso Catolis y debió ocultarse en la estancia de su pariente Faustino Allende, para refugiarse luego en Santiago del Estero, amparado por su amigo y camarada, el caudillo federalista Juan Francisco Ibarra.
Años después, al frente de uno de los cuerpos que habían luchado gloriosamente en Ituzaingó, el general Paz invade Córdoba para tomarse revancha contra Bustos. No obstante -y como lo declaró su partidario, el cura Ignacio Castro Barros- el general Paz no se pronunciaba por la forma unitaria de gobierno, sino que se atenía a lo que resolvieran los pueblos reunidos en Congreso. Ocupado el poder de la provincia, se desvinculó de Lavalle y de los consejeros unitarios de éste, rodeándose en Córdoba de todos hombres del antiguo partido artiguista que había seguido a Díaz y a él mismo en 1821: José de Isasa, el hombre que en abril de 1816 había tratado de convencer a Artigas para que concurriese al Congreso de Tucumán, fue su Ministro General; Pedro Juan González es su Jefe de Policía; José Roque Savid, Gaspar del Corro, Narciso Moyano… todos ocupan funciones al lado del Manco. Parecía un “revival” del artiguismo…
Muchos años después, cuando su gobierno de Córdoba y sus victorias resonantes eran un viejo recuerdo, exactamente en 1846, José María Paz debe también exiliarse en Paraguay durante 10 meses. Allí no puede resistir la tentación de visitar al anciano vencedor de Las Piedras y éste entonces le explica: “Yo no hice otra cosa que responder con la guerra a los manejos tenebrosos del Directorio y a la guerra que él me hacía por considerarme enemigo del centralismo, el cual sólo distaba un paso del realismo. Tomando por modelo a los Estados Unidos, yo quería la autonomía de las Provincias, dándole a cada estado su gobierno propio, su Constitución, su bandera, el derecho de elegir sus representantes, sus jueces, y sus gobernantes, entre los ciudadanos naturales de cada Estado. Esto era lo que yo había pretendido para mi Provincia y para las que me habían proclamado su protector. Hacerlo así habría sido darle a cada uno lo suyo. Pero los Pueyrredones y sus acólitos querían hacer de Buenos Aires una nueva Roma imperial, mandando sus procónsules a gobernar a las Provincias militarmente y despojarlas de toda representación política, como lo hicieron rechazando los diputados al Congreso que los pueblos de la Banda Oriental habían nombrado, y poniendo precio a mi cabeza”.
Como dice John Street, ésta fue la declaración mas clara y sucinta de las ideas de Artigas que jamás se haya formulado. Y correspondió al general Paz, quizá con la nostalgia de los viejos tiempos de conspirador federalista, transmitirla al mundo desde aquella chacra de Asunción.


*  Revista Tabaré, Centro de Residentes Uruguayos de Córdoba, Córdoba, 1989.

martes, 3 de mayo de 2011

LUIS ALÉN LASCANO


Por Raúl Jorge Lima


Luis C. Alén Lascano y Raúl J. Lima.


Algunos cultores de la Historia practican hoy un interesante juego intelectual. Lo llaman “Historia Conjetural”. Por ejemplo: ¿Qué hubiera ocurrido si Cervantes lograba pasar a América, como fue su intención? Posiblemente, el Quijote no existiría. ¿Qué hubiera ocurrido si el afortunado tiro que boleó  el caballo del Gral. José María Paz, caía medio metro antes? La historia del país sería distinta. Hoy seguramente no constituiríamos un Estado federal, si tenemos en cuenta que la Liga Unitaria contaba ya con nueve de las catorce provincias argentinas.

A raíz de la desgraciada desaparición física de esa entrañable persona que fue Luis Alén Lascano, he dado en preguntarme cómo sería nuestra memoria y  nuestra identidad (anverso y reverso de una misma medalla) si Santiago del Estero no hubiera contado con su obra. Nuestra Memoria y nuestra Identidad distarían de ser las mismas.

No existiría ese monumento a la memoria y a la identidad santiagueñas que constituye  la “Historia de Santiago del Estero”; fuente donde abrevaron legiones de alumnos del profesorado de Historia, y todos nuestros profesores y licenciados en Historia.

No hubiera sido reivindicada la figura del caudillo Juan Felipe Ibarra. Contrariamente a lo que ocurría en Salta, La Rioja, Santa Fe, Entre Ríos, que admiraban a Güemes, Quiroga, López y Ramírez, Santiago del Estero denostaba a su caudillo. L.A.L., joven tribuno, miembro de nuestra Honorable Legislatura, comenzó desde su seno la labor tesonera de su reivindicación, contrariando la prédica de Vicente Fidel López, Antonio Zinni, Baltazar Olaechea y Alcorta, Juan Ramón Muñoz, Andrés Figueroa, Carranza, el mismo Alfredo Gargaro (su pariente político). Sin más armas que su denuedo, su verba fogosa y la facundia que lo caracterizaba, embistió lanza en ristre contra los molinos de viento del prejuicio, asaz arraigado en el pueblo por la opinión de tan prestigiosos historiadores.  Sólo Orestes Di Lullo participó de esta reivindicación. Hoy, merced a esa lucha casi solitaria de L.A.L., la figura del caudillo preside el recinto de esa misma Legislatura que integró. Cabe preguntarse ¿hubiera eso sido posible sin el libro fundamental sobre el tema, “Ibarra y el federalismo del Norte”, premiado en 1970 a nivel nacional? Porque convengamos en que se puede simpatizar o no con la figura de Ibarra. Pero su carácter de bastión del federalismo en el Norte es indiscutible.

Otro aporte fundamental de L.A.L.: nos ha liberado de seguir enzarzados en una polémica bizantina. En efecto, hasta la aparición de su “Historia de Santiago del Estero”, continuaba la áspera discusión: el título de fundador de Santiago del Estero ¿le correspondía a Juan Núñez de Prado o a Francisco de Aguirre?  Y “Pradistas” y “Aguirristas” no cedían un palmo en sus pretensiones. Los últimos, confiados en que algún día aparecería el Acta de fundación de la ciudad más antigua de la Argentina. Hoy, ya no existe polémica al respecto. El prestigio de Luis Alén Lascano logró que el investigador Gastón Doucet le enviara su gran hallazgo en el Archivo Nacional de Bolivia (en Sucre), para que apareciera como primicia en su “Historia de Santiago del Estero”. Esos datos también fueron mencionados por L. A. L. en un discurso en el seno de la Academia Nacional de la Historia, siempre citando su fuente, porque fue L.A.L. hombre de una profunda honestidad intelectual. Hoy, sabemos que El Barco y Santiago del Estero es una única e idéntica ciudad, fundada el 29 de junio de 1550 por Juan Núñez de Prado con el nombre de “El Barco”, trasladada en dos oportunidades (ya con el nombre de “El Barco del Nuevo Maestrazgo de Santiago”), y vuelta a trasladar por Francisco de Aguirre el 25 de julio de 1553, con el nombre de “Santiago del Estero”. Un acta del escribano del Cabildo de Santiago del Estero, de 1590, que funde en una sola las actas anteriores, así lo demuestra.

Con ese don de síntesis que lo caracterizaba, L. A. L. dio el veredicto final, inapelable: La fundación de Santiago del Estero no fue un “acto” fundacional, sino que constituyó un “proceso” fundacional. Comenzó en 1543 con la “Gran Entrada” de Diego de Rojas. Continuó en 1550 con Juan Núñez de Prado y la ciudad de El Barco, en sus tres asentamientos. Y culminó el 25 de julio de 1553 con Francisco de Aguirre y la ciudad de Santiago del Estero. Con esto basta para demostrar que la memoria y la identidad de Santiago del Estero no serían las mismas sin la obra de Luis Alén Lascano.

Quedan sin mencionar sus numerosísimos libros, opúsculos, separatas de la Academia Nacional de la Historia y de la Sanmartiniana, artículos en revistas especializadas y en periódicos, etc. etc.  Producción extraordinariamente fecunda, que comenzó a los veinte años con su trabajo sobre “Pueyrredón, el mensajero del destino” y continuó hasta su artículo en recuerdo de la obra de Clementina Rosa Quiainelle, publicado al día siguiente de su fallecimiento.

Algún día deberían compilarse, a la manera de ese libro delicioso que es “Chesterton maestro de ceremonias”, sus  prólogos y presentaciones de libros. De una generosidad proverbial, jamás se negó a uno de estos compromisos, tanto más requeridos por tratarse de personaje tan prestigioso. También sus autorizados consejos, las invitaciones a su audición en la emisora radial de la Universidad Católica, sus direcciones de tesis y su valiosa biblioteca estuvieron siempre a disposición de quien los necesitase, que fueron muchos.

Académico integrante de la Academia Nacional de la Historia, de la Sanmartiniana, de la Argentina de Ciencias de la Comunicación, de la de Ciencias y Artes de San Isidro, del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, del Instituto Güemesiano, son innumerables los Centros de Estudios Históricos del país y del extranjero que tuvieron a honor contarlo como miembro correspondiente en nuestra provincia. Hace pocos años fue miembro cofundador de la Academia de Ciencias y Artes de Santiago del Estero, de la que era Vicepresidente 1ro. a la fecha de su fallecimiento (esta institución acaba de publicar su primer libro, “Sitiales”, en el que L.A.L. traza una notable semblanza del ilustre Pablo Lascano, su pariente de sangre). 

Ante una persona de su valía, es inevitable que -con los años-  sea disputada su posible pertenencia a distintos movimientos, escuelas o grupos. Por eso me interesa destacar aquí su perfil: L.A.L. fue profundamente Católico. Fue hispanista. Un caballero sin tacha, cortés y afable, de prodigiosa memoria. En lo político, radical yrigoyenista. Un hombre del Pensamiento Nacional, simpatizante de Raúl Scalabrini Ortiz, de Arturo Jauretche, de Homero Manzi (de quien nos dejó una biografía inolvidable), consustanciado con los ideales de la agrupación que posiblemente constituyó el exponente más puro  de ese pensamiento nacional: F.O.R.J.A. No tenía 20 años cuando se afilió al Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas. Y también muy joven, se nutrió de la obra de Adolfo Saldías, Manuel Gálvez, Julio y Rodolfo Irazusta, Carlos Ibarguren, José María Rosa, Ernesto Palacio.

L.A.L. fue, en síntesis, un gran señor (una especie que debería ser protegida: está en peligro de extinción). Docente de alma, Profesor por concurso en la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Santiago del Estero, culminó su carrera como Profesor Extraordinario en grado de Consulto de esa Universidad. Sus alumnos, a los que atendió hasta el último día, lloran hoy su partida.

Quienes al pasar por el frente de su casa no oiremos ya el tipeo de su vieja máquina de escribir recordándonos la nobleza de hacer fructificar los talentos recibidos (“aun con gastados instrumentos”, como decía Kipling),  atesoramos su recuerdo y agradecemos al Señor haber tenido el regalo de su amistad.
  



Luis C. Alén Lascano (1970).
Luis C. Alén Lascano.
    

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