domingo, 29 de enero de 2012

MANUELITA ROSAS A TRAVÉS DE SU OLVIDADO EPISTOLARIO


Antonino Reyes.
Juan Manuel de Rosas.


Por Guillermo Palombo


La correspondencia de Manuelita Rosas ha despertado siempre el interés de los historiadores. Hace unos años nos sorprendía Lila Nilda Bonastre de Dansey con su trabajo Manuela Rosas de Terrero. Un aspecto ignorado de su espistolario” (Corrientes, 1968).


En el Museo de Luján se conservan 6 cartas de Manuelita dirigidas a su padre, y 115 cartas que, ya señora de Terrero, remitió a su amiga Pepita Gómez. Esas piezas, -además de otras 73 cartas de Juan Manuel de Rosas a la misma destinataria-, fueron salvadas de la inundaciones que afectaron al Museo de Luján del 10 al 13 de octubre de 1967, y después, severamente, a comienzos de los años 80. No obstante, hay copia de esa correspondencia con Josefa Gómez, de 1852 a 1875, en el legajo 2447 de la Sala VII del Archivo General de la Nación, obtenidas por el doctor Ernesto Celesia. Estas cartas fueron utilizadas y dadas a conocer por Carlos Ibarguren en su estudio Manuelita Rosas, en las sucesivas ediciones aparecidas desde 1925.


A esa documentación debe sumarse el voluminoso paquete de 59 cartas que van de marzo de 1889 a marzo de 1897 que Manuela dirigió desde el destierro a su fiel amigo Antonino Reyes, cuyos originales se han extraviado. Fueron comentadas por Raúl Montero Bustamante en su artículo El ocaso de Manuelita Rosas (La Prensa, Buenos Aires, 9 de mayo de 1926), y por Martiniano Leguizamón, primero en Revelaciones de un manojo de cartas (La Nación, Buenos Aires, 6, 8 y 11 de junio de 1926) y después en su libro Papeles de Rosas ( Buenos Aires, 1935). Nuestro Archivo General de la Nación, ha publicado esas 59 cartas de Manuelita a Reyes, junto con otra de éste a aquélla, una de Agustina Rosas de Mansilla al mencionado Reyes y otras dos de Manuelita a Rosario T. de Rodríguez y a Rosario Reyes de Tezanos, respectivamente, con el títuloManuelita Rosas y Antonino Reyes. El olvidado epistolario,1889-1897 (Buenos Aires, 1998). Finalmente, están las que Reyes dirigió a Manuelita, todavía inéditas.


La correspondencia de Manuelita desde el exilio fue incesante: “mi tiempo no es holgado –le escribe a Reyes el 21 de febrero de 1893- y no se debe olvidar que sostengo la correspondencia con mis amigos en Buenos Aires y en varias partes del mundo”. Pero ¿dónde están esas cartas?...


Antonio Dellepiane ha cuestionado la ortografía de las cartas de juventud de Manuelita. Pero, la verdad sea dicha, no se diferencian en mucho de las cartas de vejez de Mariquita Sánchez de Thompson, en la época de Rosas señora de Mendeville, que presumía de sabia y literata. Manuelita tuvo una educación esmerada, de motu proprio. Ella lo ha referido al recordar a su maestro Marcelino Camelino. Y se tiene por cierto que recibió clases del famoso educacionista Salvador Negrotto.


La correspondencia de Manuelita deja traslucir la nostalgia del exilio. En carta a Reyes del 24 de mayo de 1889, al evocar el día de su santo, recuerda emocionada: “Para mí ese día... es de recuerdos tan tristes desde que me faltó mi amado padre ¡Pobre tatita, me festejaba tanto! .. Comíamos en el medio del campo”. Y después de recordar sus visitas a Burguess Farm, finaliza: “¡Oh Reyes¡ Esos amenos días pasaron para no volver más, y para mi son más valiosos sus recuerdos que los que no puedo dejar de conservar de aquel tiempo en mi patria en que me rodeaba tanta bulla, tanta demostración de cariño, en algunos fingido, verdadero en otros”.


Nunca le pasó inadvertido, ni en los días de su alta vejez, el aniversario de Caseros. El 3 de febrero de 1891 le manifiesta a Reyes: “Te escribo en este día, aniversario de tanta fatalidad para nosotros. Quien todo lo dispone, así lo quiso, sigamos sometidos a su divina voluntad”. En siguiente aniversario recordará: “Día inolvidable...”. Y al año subsiguiente: “Día de terribles recuerdos, se cumplen hoy 41 años, ¡ Oh Reyes¡ Y estamos hoy mejor que entonces?".


La nostalgia por el terruño, por los amigos y por los parientes ingratos fue infinita. Al punto que le escribe a Reyes el 18 de julio de 1892: “Ojalá nos fuera dado estar reunidos comunicándonos de viva voz nuestras cuitas ¡ Oh Reyes¡ qué grande sería el placer de estos tus dos amigos [se refiere a ella y a su consorte Máximo Terrero] y estoy cierta el tuyo también, si pudiera realizarse. Pero como nosotros hacen tantos años andamos en la mala, esa felicitad será difícil que entre por nuestras puertas”.


En esa correspondencia del exilio, Manuelita aclara, en palabras que trasuntan dignidad, la verdadera naturaleza del papel que le tocó desempeñar durante el gobierno de su padre: “Mi finado padre el general Rosas jamás me hizo desempeñar un rol que no debía, o que ridiculizase tanto a mí como a él mismo. Tampoco es cierto que yo tomase parte alguna oficialmente de asuntos públicos o políticos durante la administración de mi lamentado padre, cuando, creo, que hice cuanto me fue dado para desempeñarme en los actos privados y sociales con la dignidad que correspondía a nuestra posición" (carta a Reyes del 16 de noviembre de 1892). Y lo ratifica el 21 de febrero de 1893: “jamás desempeñé carácter tal en acto alguno”.


Y terminantes son sus palabras sobre la ejecución de Camila O`Gorman: “Tanto Máximo como yo te aseguramos ser cierto que mi lamentado padre, el general Rosas, escribió a una persona de nuestro país, en Buenos Aires [se refiere a Josefa Gómez] con motivo de ese mismo asunto, expresando terminantemente que a nadie había pedido consejo y agregando que de todos los actos de su administración, buenos o malos, era él exclusivamente responsable” (carta a Reyes del 16 de noviembre de 1892).


Otras cartas, despojadas de la gravedad que revisten las anteriores, aluden a los detalles de su vida cotidiana. El 18 de junio de 1895 escribe: “desde el 1° de junio la casa ha estado llena de huéspedes y yo obligada a cuidar de todo y de todos, como que soy quien todo lo dispone y maneja – esta pobre vieja- seguiré hasta que más no pueda y después será lo que Dios quiera”. Desde Londres, el 17 de febrero de 1890 cuenta su intimidad hogareña y la satisfacción que la causaba el recibo de sus connacionales. “Mi día fijo de recepción es el domingo pero siempre que vienen amigos entre semana y me es posible recibirles lo hago con más particular placer si son mis compatriotas, a quien recibo sin etiqueta y con la urbanidad que tu sabes me es característica ... a más tengo mi lote de visitas en la sala y debo recibirlas”.


Evocando el golpe que le significa la separación de su hijo Manuel, refiere a Reyes el 18 de noviembre de 1890 con poética expresión: “sin él, me quedo como un pájaro sin alas”.


El 21 de mayo de 1890 escribe a su nunca olvidado amigo : “El andar con mi viejo, teniendo que ser quien maneja todo lo requerido en viajes, gastos de hotel, firmar cheques, etc. te probará que estoy muy acostumbrada a las reglas inglesas y que me hago entender en este idioma. Yo misma hago mi elogio a mi buen desempeño".


El 18 de febrero de 1897 en una carta de grave tono, como si hubiese sido escrita bajo un fúnebre presagio, Manuelita se refiere al envío del sable de San Martín al gobierno argentino y a las gestiones para que le fueran devueltos los bienes que le habían sido confiscados a su padre (en la parte correspondiente a los bienes propios que su finada madre, Encarnación Ezcurra, había aportado al matrimonio ). Pero cuando envió esta carta, Antonino Reyes ya había muerto. Pero todavía el 22 de enero Reyes le había escrito por última vez, sin decirle a su amiga nada de su enfermedad. Pocos días después fue sometido a una operación y el 6 de febrero falleció. Manuelita se enteró de su muerte por el Dr. Adolfo Saldías. Y el 4 de marzo escribió a Rosario Reyes de Tezanos, hija del amigo, para darle el pésame: “Máximo y yo hemos perdido a un amigo de ejemplar lealtad, a quien jamás olvidaremos”.


La muerte de Reyes, su fiel corresponsal, desató el lazo que la unía con el pasado y ella, también vieja, enferma y entristecida, dedicada a la atención de su esposo enfermo, se extinguió en Londres el 17 de septiembre de 1898, traspuesto ya el umbral de los 81 años. Había nacido el 24 de mayo de 1817.


Se ha dicho que Manuelita volvió a Buenos Aires en 1886, temporalmente. Nada más inexacto. Nunca regresó a su adorada patria.


Manuela Rosas.

Julio A. Benencia dio a conocer una carta suya dirigida al doctor Adolfo Saldías y fechada en Londres el 2 de abril de 1896, cuyo original se conserva en el Archivo General de la Nación, en la que Manuela manifestó el deseo de que su padre, ella, su marido y sus hijos, reposaran definitivamente en suelo inglés, lejos del solar patrio: “En cuanto a trasladar los restos de mi tan amado padre a Buenos Aires eso jamás tendrá lugar, y mi completa oposición a ello la dejo explícitamente expresada en mi testamento. No, Doctor, sus cenizas reposan muy bien colocadas en el sepulcro y hermoso monumento que el cariño de su hija lo hizo erigir en el cementerio de Southampton; con su fiel hijo Máximo y sus nietos iremos según nos toque el turno, a reunirnos a él. La bóveda está construida para todos” (Manuelita Rosas y los restos de su padre”, en Investigaciones y Ensayos, núm. 17, Buenos Aires, Academia Nacional de la Historia, 1974, págs. 311-312).


Pero el hermoso monumento que Manuelita mandó erigir, es hoy solamente una ruina que apenas se divisa entre la maleza de un cementerio abandonado. Don Juan Manuel ya ha sido repatriado. Allá quedan Manuelita, su marido e hijos. Por eso, ya no se justifica su permanencia en tierra extraña. Es hora que los restos de la niña de Palermo regresen a la tierra de sus mayores, y que en su losa se graben aquellas palabras que ella escribió a Reyes el 26 de julio de 1893,a los 76 años: “Yo Reyes , nací para sufrir por todos y con todos. Mi carácter nunca fue propicio a mi felicidad”. Palabras, tan sinceras como conmovedoras, que la revelan como arquetipo de la mujer argentina.

jueves, 19 de enero de 2012

LOS HERMANOS IRAZUSTA Y EL PUNTAPIÉ INICIAL DEL REVISIONISMO HISTÓRICO



Julio Irazusta.
Rodolfo Irazusta.

Por Julián Otal Landi




El mismo año en que moría Hipólito Yrigoyen, aislado e incomunicado, se firmaba en Londres el Pacto Roca-Runciman, que regulaba el comercio de carnes entre la Argentina y Gran Bretaña con importantes beneficios para este último, mientras que por el lado argentino los grupos invernadores eran los únicos privilegiados del acuerdo. Figuras vinculadas a la ganadería y perjudicados del escandaloso acuerdo como Lisandro de la Torre salieron a la denuncia pública.
             También los Irazusta se veían perjudicados: siendo dueños del Frigorífico Gualeguaychú, se encontrarían en inferior condiciones por los beneficios otorgados a los frigoríficos extranjeros en el suscripto Pacto. En 1934 daría a la luz uno de los libros fundacionales del revisionismo histórico argentino: La Argentina y el imperialismo británico. Los eslabones de una cadena, 1806–1933, escrito por Rodolfo y Julio Irazusta: “La crisis mundial y las revoluciones que conmovieron a la Argentina en las décadas subsiguientes fueron mejor campo de cultivo para la influencia británica que todas las vicisitudes nacionales anteriores, excepto la que siguió a la disolución del gobierno central en 1820. Mientras la mayoría de los gobiernos civilizados, sin tener en cuenta su mayor o menor fuerza, enfrentaban las circunstancias con espíritu renovador, entre nosotros ocurrió al revés. A la conservación del mercado tradicional para nuestras exportaciones, se sacrificó el desarrollo por medio del tratado Roca–Runciman, que prohibió al capital argentino perseguir fines de lucro privado en la industria elaborada de la ganadería, y prometió mayor benevolencia para los capitales británicos (Rodolfo y Julio Irazusta, La Argentina y el imperialismo británico)”.
             El libro en cuestión fue producto de la crisis que acongojaba al país desde la segunda presidencia yrigoyenista, significando definitivamente el detonante que había provocado el mencionado acuerdo argentino–británico. El propio Irazusta confesaba que “hasta 1930 mi interés por la historia patria no había sobrepasado el que puede tener todo joven en trance de formarse una cultura y examinar o enjuiciar la realidad que lo circunda. Había acompañado a Ernesto Palacio, a Juan E. Carulla y a mi hermano Rodolfo Irazusta en una empresa política, lo que comportaba cierta presunción de conocer del pasado nacional, lo preciso para ubicarme en el presente y orientarme hacia el porvenir. Pero no había hecho de la historia un estudio especializado, como el que haría más tarde”.
            De esta forma, la revisión historiográfica se da a partir de la convulsión económica. Hasta entonces, referentes del nacionalismo, como eran los hermanos Irazusta, no se habían planteado la incidencia de Gran Bretaña sobre la historia nacional; es más, tampoco se creían necesaria la revisión hacia la figura de Rosas. En sus Ensayos históricos, Julio Irazusta planteaba su reserva incluso hacia la publicación por los años treinta de la obra del mexicano Carlos Pereyra con su Rosas y Thiers: “...mi hermano Rodolfo propuso que publicáramos el Rosas y Thiers... Ernesto Palacio y yo fuimos de opinión contraria. Recuerdo que me basaba en este criterio: que si bien podíamos ser osados al exhumar textos comprometedores de teoría política, desde que ya teníamos criterio formado sobre las ideas generales de la materia, no convenía desafiar la opinión imperante provocando la discusión sobre Rosas...”
             Finalmente, la crisis del treinta, la decepción uriburista había provocado en Julio Irazusta la necesidad de abordar la problemática de la historia; y el descubrimiento de la obra de Adolfo Saldías fue fundamental para él al momento de entablar la conexión de los intereses británicos en el Plata y la oprobiosa alianza que tuvo con los unitarios. De esta forma, La Argentina y el imperialismo británico, significó en primer medida una denuncia hacia el llamado estatuto legal del coloniaje que sufría el país, además de emprender el puntapié oficial para el cuestionamiento hacia la historia oficial fundada por el mitrismo. Irazusta plantea la problemática y la falta de integración que habían llevado a cabo los intelectuales que le habían dado rienda a la historiografía hegemónica, y su crítica iba dirigida tanto los oficialistas como para los primeros revisionistas surgidos a finales del siglo XIX (Saldías, Quesada) encontrando su origen en el carácter liberal: “La tradición unitaria, aún dueña de la enseñanza oficial, en el afán de estancar el juicio histórico donde lo dejaron sus antepasados, entorpeció el desarrollo nacional en todos sus aspectos, anquilosando su diplomacia, ahogando su economía, puerilizando su arte, haciendo refleja su filosofía, salvo excepciones rarísimas en todos los campos del espíritu nacional. Por su parte la opinión revisionista, se extravió también, añorando restauraciones imposibles, reproduciendo métodos de guerra civil en épocas de profunda paz interna y externa. Y por su tendencia a tomar del gran caudillo, en torno al cual debe racionalmente centrarse la revisión, las recetas de violencia, antes de ductilidad, dificulta el planteo científico del problema, único que puede y debe reconciliar a los argentinos por encima de sus trasnochadas banderías. Entre la servil imitación de un ejemplo histórico y el aprovechamiento de sus enseñanzas en condiciones diversas, hay una enorme diferencia. Lo operable, a inspiración de una buena escuela del interés nacional, cuando las circunstancias han variado, puede consistir en hacer no lo mismo sino a veces lo contrario del maestro.(...)Imposible ofrecer aquí todas las pruebas que voy acumulando en volúmenes sobre la flexibilidad de Rosas para evolucionar ante las vicisitudes de su época. (...)Tomemos su política económica, la más relacionada al problema constitucional argentino, como lo sostengo en mi examen de la suma del poder...de todas las evoluciones lo interesante no son los detalles por sí mismos, sino su adecuación al proceso en cada caso, y la cualidad espiritual de quien los adoptaba...la conducta de Rosas no por ser la de un teórico de la ciencia económica y financiera, sino la de un gobernante responsable, es un modelo en las dos”.
              Cuando el referido libro fundacional salía a luz en 1934 fue bien recibido por el grupo intelectual. En una carta felicitándolo, Ravignani le decía que la obra en cuestión le parecía “muy bien intuida y acertadamente encarada”. En definitiva, lo destacable de La Argentina y el imperialismo británico son diversos factores que estarán presentes a partir de ahí en la bibliografía revisionista:

*La ingerencia de Gran Bretaña dentro de la historia nacional y la suscripta dependencia económica.
*La traición de la oligarquía que anteponía sus intereses frente a los intereses de la patria.
*La figura de los caudillos y particularmente la de Juan Manuel de Rosas, como defensores de la tradición hispánica, la unión de los pueblos ante la prepotencia extranjera, su posición antiliberal y la defensa de la soberanía.
*La obra de los Irazusta concitó el apoyo de jóvenes provenientes de otros sectores políticos, como el caso de Ramón Doll, militante por entonces socialista, que desde Claridad en mayo de 1934, aplaudía la aparición del libro y refiriéndose a la oligarquía manifestaba: “Los autores observan cómo nuestras clases dirigentes a lo largo de la historia y ahora, especialmente, representan al país en su aspecto de mercado, y como la necesidad sentida por esas clases de enriquecer y enriquecerse, han subordinado siempre la autarquía y la soberanía nacional” .
              Es interesante mencionar que la época estuvo signada también por la búsqueda del ser nacional, hecho no desdeñable y que está intrínsecamente vinculado al momento de necesidad de identificación, de explicar necesariamente el pasado y el porvenir. Desde distintos ámbitos y posturas cada uno emprendían esa empresa: así Scalabrini Ortiz postulaba su búsqueda del Espíritu de la tierra en  El hombre que está solo y espera que salía en 1931 y a lo largo de sus reediciones iba a acompañar la evolución política de su autor ; Eduardo Mallea postulaba lo suyo en Historia de una pasión argentina, Ezequiel Martínez Estrada establecía su escéptica y decadente determinismo con Radiografía de la Pampa; el escritor nacionalista Manuel Gálvez, publicaba en 1933 Este pueblo necesita... que planteaba la necesidad histórica de la aparición de un caudillo que lidere y conduzca el pueblo, una idea para nada foránea pues el tipo de paternalismo que efectuaba el caudillo era de tradición hispánica pero venía a la luz a partir de lo que acontecía en Europa: había solo dos caminos que transitar o Moscú o Roma; y para evitar “el horror comunista con sus crímenes, con su satánico poder destructor, con su aniquilamiento del hombre, con su ateísmo militante” es necesario interponer otra fuerza que se le oponga “la mano de hierro del fascismo, violenta, justiciera, salvadora”.

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