lunes, 24 de diciembre de 2012

EMILIO HARDOY: LA ESTIRPE DE UN CONSERVADOR

Emilio Hardoy.



Por José Claudio Escribano                 



En 2007 se cumplen quince años de la muerte de Emilio Hardoy. Nadie como él encarnó en su época el carácter de un político conservador. En las líneas que siguen, preparadas para el prólogo de un libro de homenaje de sus amigos, procuraré describir el perfil de quien se atuvo a una máxima inscripta desde antiguo en Bodleian, la biblioteca de Oxford: Estudia como si fueras a vivir eternamente y vive como si fueras a morir mañana. Hombre de inmensas lecturas, ciudadano de interminables tertulias. Traté a Hardoy, por primera vez, tras la caída del presidente Perón. Era comienzos de 1956. Por aquel entonces, los políticos conservadores se debatían entre, por un lado, continuar una política de rotundo antagonismo hacia el fenómeno peronista de masas añorantes del jefe depuesto, o, por otro, acompañar la prédica de un “conservadorismo popular”, más conciliador con el movimiento político derrotado en campos de batalla militar. Asumía la dirección de esta última línea Vicente Solano Lima, quien terminaría acompañando al doctor Héctor J. Cámpora como vicepresidente de la Nación en el gobierno de corta existencia de 1973. Había para Hardoy algo de excitante, de seducción misteriosa en el rumor de multitudes. Y, en los inacabables monólogos introspectivos del hombre pensante, eso había competido, en los años cuarenta y cincuenta, con la decisión, no menos resuelta, de luchar y poner en riesgo hasta la libertad y la vida por las libertades públicas y los derechos y garantías del individuo agraviados por el régimen que aquellas mismas multitudes prohijaban.          
Nada era ajeno en su corazón a los fenómenos más populares y, sin embargo, estaba en todo tiempo alistado para combatir en nombre y representación -¡ay!- de minorías recalcitrantes. En 1991, poco antes de su muerte, reconoció en un discurso la condición minoritaria del conservadorismo y dijo ilusionarse con la posibilidad de que esa fuerza creciera en el futuro “por poseer principios de respeto, flexibilidad en el trato con sus opositores, creer más en la evolución que en las revoluciones y respetar siempre la seguridad jurídica y los derechos humanos”. Aquella dualidad simultáneamente inclusiva de un interés por lo colectivo y por lo individual completa la fisonomía política esencial de Hardoy y explica, también, que alguna vez expresara: “Donde hay un hombre libre que tenga, además, conciencia de sus obligaciones sociales, hay un conservador”.      

Sentido del deber

Había comenzado temprano la trayectoria política que compartió con el ejercicio de la abogacía y el periodismo, en el que descolló como jefe de Editoriales de La Prensa. Era un joven sin la edad suficiente establecida por la Constitución Nacional, cuando decidió pugnar por una banca en la Cámara de Diputados de la Nación. Resultó elegido, pero tuvo que armarse de paciencia. El cuerpo aplazó la aprobación del diploma hasta que cumplió 25 años, en 1936. El más importante de sus libros se titula Defensa de la responsabilidad. Nombre apropiado para un texto de quien decía que “el rasgo principal del espíritu conservador viene a ser el sentido de la responsabilidad”. Esa percepción del deber antes que de la sensualidad llamada al aplauso y al reconocimiento público le impediría, después de caído Perón, acercarse, con el entusiasmo de otros dirigentes conservadores, al movimiento político privado de su líder. Perón estaba desde 1955 en el exilio -apañado de modo sucesivo por regímenes de derecha variopinta y sin excepciones extrema, desde Stroessner al generalísimo Franco-, pero no por eso sumido en la inacción. En 1957, en Santa Fe, trabé con Hardoy relación diaria. Fue en la convención constituyente convocada por el gobierno del general Pedro Eugenio Aramburu. Se cumplirán en septiembre cincuenta años de ese cuerpo que contó, como el que más dentro de las experiencias legislativas argentinas del siglo XX, con individualidades de alta categoría política. Allí estaban los hermanos Ghioldi, Américo (socialista) y Rodolfo (comunista); Horacio Thedy, Luciano Molinas y Camilo Muniagurria (demócratas progresistas); Alfredo Palacios y Nicolás Repetto (socialistas); José Antonio Allende (demócrata cristiano), y un conjunto de políticos agrupados en lo que por primera vez se denominó “Bloque de Centro”. Entre ellos, además, de Hardoy, Pablo González Bergez, Emilio Jofré, Adolfo Vicchi, Guillermo Belgrano Rawson, Reynaldo Pastor y dos cordobeses de vena desopilante: José Aguirre Cámara y José Antonio Mercado. Recuerdo que una mañana concurrí a la sala que servía de biblioteca ad hoc de la convención. Observé allí cómo Hardoy componía, con llamativa velocidad, sin mirar el teclado de la máquina de escribir frente a la cual estaba sentado, la traducción al español de un texto jurídico en inglés. Luego supe que dominaba aún con más facilidad el alemán, que había aprendido de chico en el colegio Cangallo Schule. La convención de Santa Fe había nacido mal. Por una derivación perversa del sistema de representación proporcional D Hont, la Unión Cívica Radical Intransigente, del doctor Arturo Frondizi, había obtenido 79 bancas, contra 77 de la Unión Cívica Radical del Pueblo, que la había superado, sin embargo, por unos 150.000 votos. El quórum de la convención trastabilló desde la primera sesión. La tarde inaugural, después de impugnar la convocatoria dispuesta por el gobierno de facto, el bloque de la UCRI, presidido por el doctor Oscar Alende, se retiró definitivamente del recinto. A lo largo de veinte sesiones los convencionales manifestaron, como con acierto diría Hardoy más tarde, una verdadera “obsesión por el micrófono”. Tal vez la debilidad verborrágica, sobre la que no exageró nada, haya sido catarsis de la década precedente de silencio y mordazas. Por casi diez años la oposición al peronismo tuvo prohibido el micrófono en las radios. En 1955, después de los bombardeos de junio sobre la Casa Rosada, se hicieron tres excepciones, que fueron interpretadas como síntoma posible de un cambio de rumbo en el gobierno. La ilusión duró poco. Se permitió hablar, con días de diferencia, a los doctores Arturo Frondizi, Luciano Molinas y Vicente Solano Lima. Leyeron sus mensajes, pero con previo conocimiento por parte de las autoridades de los textos preparados. Lo que se había abierto con esperanzados aires de pacificación concluyó, como se sabe, con el discurso amenazante de Perón, del 31 de agosto siguiente, y la advertencia siniestra: “Por cada uno de nosotros que caiga, caerán cinco de ellos”.  
En más de una oportunidad discutimos con Hardoy el curioso destino de aquella convención conformada por tantos hombres valiosos, pero inorgánica y deficiente. Una réplica exacta, acaso, de esa Argentina de todos los días, con recursos humanos individuales de llamativa creatividad, pero en el fondo actores desaprovechados de una sociedad desarticulada, imprevisible. Aquella convención cumplió, después de todo, la misión primaria para la cual había sido convocada, que era elevar el rango jerárquico de la abrogación de las reformas de 1949. Aramburu había anunciado, en un discurso conocido como Proclama de Paraná, del 27 de abril de 1956, que quedaban sin vigencia las controvertidas modificaciones de 1949 a la Constitución Nacional. Por más de un año la Proclama no había tenido otro soporte legal que el de un decreto. Hardoy contribuyó, con la mayoría de sus compañeros de bloque, a asestar el golpe final a la convención de 1957. Esta se prolongó por más de dos meses. Ratificó no sólo la vigencia de la Constitución de 1857/60; sancionó, además, el artículo 14 bis, de derechos sociales, y facultó al Congreso de la Nación a dictar los códigos del Trabajo y Seguridad Social. Si Hardoy estuvo a la cabeza de quienes se retiraron intempestivamente de aquella convención y resultó ser, por añadidura, uno de los protagonistas de la ruptura del Bloque Centro, fue por su acendrada condición conservadora. Por contraste, cuatro convencionales de su bloque optaron, en nombre de consignas liberales, por permanecer en el recinto. Todavía por aquellos años el liberalismo expresaba, en la nomenclatura política argentina, algo menos estrecho que un compromiso dogmático con la libertad de mercados, pero más amplio y más próximo a las tendencias progresistas que se vinculaban en el pasado con Mayo, con Caseros y habían sido defensoras de la República Española. Se quedaron González Bergez (Buenos Aires), Belgrano Rawson (San Luis) y Aguirre Cámara y Mercado (ambos cordobeses). “Nos fuimos de la convención -dijo Hardoy- para no convalidar con nuestra presencia algunos de los proyectos de estatización de la economía, de reforma agraria o de privación para las provincias de sus riquezas naturales que abundaban en la Comisión Reformadora de la convención”. Poco después de que los conservadores abandonaran Santa Fe, la convención se desplomó con el concurso de los radicales que respondían al ex gobernador de Córdoba Amadeo Sabbatini.      


El coraje de pedir perdón    

Emilio Hardoy había nacido en 1911 en la Capital Federal. Por años de afincamiento se sentía vecino de Lomas de Zamora y de Adrogué. El primer Hardoy en llegar a estas tierras había sido un vasco francés. El padre había sido amigo de Hipólito Yrigoyen, a quien el inolvidable “Coco” convocaba en los recuerdos por el apelativo de “El Peludo”. A no ser por las dos veces que fue, siendo muy joven, comisionado municipal de Saladillo y San Martín, Hardoy estuvo apartado de los cargos administrativos. Fue lector voraz, sobre todo de temas históricos y, en particular, del género biográfico, por el que transitó su pluma privilegiada. Abordó, entre otras, las vidas de Adolfo Alsina, Carlos Pellegrini, Rodolfo Moreno -caudillo bonaerense a cuya esfera de atracción perteneció-, Trotski, Palmerston, Spengler, Einstein. “Las auténticas memorias -observó- siempre tienen como sustrato a la acción. Las meditaciones filosóficas, las hipótesis científicas, las ideas puras, no pueden trasvasarse al odre de las memorias, que necesariamente hay que llenar con hechos y conflictos de los que derivó el curso de los acontecimientos: la teoría de Einstein sólo fue historia cuando se convirtió en bomba atómica”.               
Hardoy tenía coraje suficiente para contradecir, sin temor al escándalo o la maledicencia, el hábito complaciente de afirmar, sin reservas, que “el pueblo nunca se equivoca”. “Claro que se equivoca”, afirmaba dentro de la línea argumental en la cual podemos decir que todos, absolutamente todos, nos equivocamos, y caemos en el error innumerables veces, porque la imperfección se atenúa o se agrava con los años según los casos, pero nunca desaparece. Es congénita a la naturaleza humana. Era, pues, el hombre indicado para pedir perdón histórico, en nombre del conservadorismo argentino, por los fraudes electorales cometidos entre 1930 y la revolución de 1943. En 1992, poco antes de su muerte, invitado a participar de un acto en recordación de Marcelo T. de Alvear, se hizo cargo del agravio que había cerrado, en las elecciones nacionales de septiembre de 1937, el paso al poder a quien ya había prestado valiosos servicios a la República, en la década del veinte, como presidente de la Nación. “Ese fraude electoral -reconoció- fue un acto de locura y, más que eso, un crimen político que pagamos allanando el camino al advenimiento de la dictadura totalitaria”. Fue más allá todavía. “La patria -dijo- no perdonará el crimen político de los conservadores ni la dictadura de Perón ni el asalto de los centuriones al poder ni tampoco los errores y fracasos de los gobiernos radicales. Todos tenemos que confesar nuestras culpas”. En El racionalismo en la política, de Michael Oakesshott, se halla un retrato clásico del político conservador. Se diría que fue hecho a medida de Hardoy: “Ser conservador -escribió el pensador británico- es preferir lo familiar a lo desconocido, preferir lo experimentado a lo no experimentado, el hecho al misterio, lo efectivo a lo posible, lo limitado a lo ilimitado, lo cercano a lo distante, lo suficiente a lo excesivo, lo conveniente a lo perfecto, la risa presente a la felicidad utópica”. Lo indignaba oír hablar de una supuesta ideología conservadora. El conservadorismo es pragmatismo puro, reconvenía Hardoy, pragmatismo asentado sobre dos o tres grandes principios fundadores y que actúa con la voluntad de ser factor de equilibrio social, de culto de la tradición, de estímulo a la iniciativa privada y a la creación de riqueza al servicio de la prosperidad general. Lejos estaba, pues, de las ideologías, esas asociaciones de creencias muchas veces fortificadas, se ha hecho notar, en la petulancia de quienes las imaginan.             



Fuente:

http://www.lanacion.com.ar/873183-emilio-hardoy-la-estirpe-de-un-conservador

miércoles, 12 de diciembre de 2012

SEMBLANZA DE DON RODOLFO MORENO

Rodolfo Moreno.





Por Lucio Pérez Calvo y Sebastián María Steverlynck
     

     Pocas figuras del quehacer político nacional han tenido la integridad moral y formación intelectual que tuvo el doctor y catedrático don Rodolfo Moreno, quien fue el último gobernador conservador de la provincia de Buenos Aires, en la década de 1940, partido político otrora poderoso y del que hoy sólo existen unos cuarenta comités en toda la Provincia, incluyendo su histórico bastión del partido bonaerense de Lobos.
     El doctor Rodolfo Moreno nació en Buenos Aires, el 20 de marzo de 1879, y fue bautizado el 4 de octubre de ese año, en la iglesia de San Nicolás de Bari. Fue su padre Rodolfo Moreno Montes de Oca, nacido en Santiago de Chile (aunque argentino por opción), el 26 de mayo de 1852; ingeniero civil por la Universidad de Buenos Aires, ejerció, durante años, como catedrático titular de matemáticas superiores en la facultad de Ingeniería, así como de álgebra y cálculo diferencial e integral en la universidad de La Plata, donde fue decano de dicha facultad.
     Como ingeniero, Moreno Montes de Oca mensuró campos en los antiguos territorios nacionales y realizó importantes obras, como el puente sobre el río Luján que fue reemplazado en 1935 y que llevó su nombre; fue director de los ferrocarriles de la provincia de Buenos Aires, diputado en la Legislatura provincial de 1883 a 1891, presidente de la Cámara de Diputados en 1888, y ministro de Hacienda y de Obras Públicas de la provincia de Buenos Aires, durante la gobernación de Costa. Falleció en Buenos Aires, el 18 de marzo de 1929. 
     Y su madre fue Rosalina da Rocha Miró, nacida en Río de Janeiro, Brasil, el 5 de octubre de 1856 (hija de Joaquín Pedro da Rocha da Cunha, nativo de Río de Janeiro, cónsul general del Brasil en Buenos Aires, y de Rosa Amelia Miró de Freitas, también brasileña), y fallecida en Buenos Aires, el 7 de agosto de 1956. Los padres de Moreno se casaron en la ciudad capital argentina, el 28 de julio de 1877.
     Rodolfo Moreno (hijo) se educó en Buenos Aires y, terminados sus estudios secundarios, egresó como abogado de la facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, en el año 1900, obteniendo ese mismo año el doctorado en jurisprudencia por la misma casa de altos estudios, con una tesis titulada "Proteccionismo industrial" . Ejerció muchos años como profesor de literatura en el colegio Nacional de La Plata, siendo más tarde profesor titular de derecho civil en la facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad Nacional de La Plata, miembro del Consejo Académico y secretario de la misma facultad y profesor titular de derecho penal en la facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. Fue miembro, también, de la Academia de Derecho y Ciencias Sociales, entre otras instituciones académicas de las que formó parte.
     Incorporado al mítico partido Conservador de la provincia de Buenos Aires, tuvo una actividad política brillante, siendo electo diputado nacional por dicha provincia durante cuatro períodos consecutivos; fue ministro de Obras Públicas bonaerense en 1913-1914, ministro de Gobierno en 1914 y 1934, secretario de la Procuración General de la Suprema Corte provincial y representante letrado de la Provincia en la Capital Federal.
     En 1931, fue designado ministro interino de Hacienda, para ser, luego, presidente de la comisión de Reforma Constitucional de la Convención Constituyente de la Provincia (1934), y presidente de la Caja Nacional de Jubilaciones y Pensiones Civiles (1935-1938). Posteriormente, aceptó el cargo diplomático de enviado extraordinario y ministro plenipotenciario en Japón, donde estuvo destinado en 1939-1940, en los comienzos de la Segunda Guerra Mundial.
     Vuelto a la Argentina, fue electo, en 1941, gobernador de la provincia de Buenos Aires, cargo que ejerció hasta 1943, destituido por el golpe militar de ese año. Como gobernador, fue promotor de numerosas obras públicas de importancia; entre ellas, la ejecución de un plan completo de construcciones carcelarias, designando a Roberto Noble, futuro fundador del diario "Clarín", como ministro de Gobierno. 
     Paralelamente a su actividad política, fue un destacado académico y publicista, por cuyas obras fue incorporado como miembro por la Academia de Ciencias Sociales y Políticas de Filadelfia y la Academia de la Historia de Illinois, ambas de los Estados Unidos. Entre sus libros, se encuentran El problema penal, La ley penal argentina, Enfermedades de la política, La ley de seguridad social, El derecho de la mujer, Los tribunales de la costa sud, La cuestión democrática, y El Código Penal y sus antecedentes (7 tomos). 
     Si bien todas sus obras son destacables, merece un capítulo aparte El problema penal , que data de 1933, en la que enumera las problemáticas delictuales de su tiempo, que son de novedosa actualidad, las que emanan, según su criterio, de "los focos de mala vida", explayándose sobre ciertos criterios de los criminales y sus organizaciones, contra quienes, dice, debe existir una defensa constante y enérgica, enumerando entre los elementos tolerados, consentidos o estimulados los "guapos de profesión, los batidores, la trata de blancas y jugadores de oficio".
     En ese mismo libro, traducido a varios idiomas, afirma que, para poder destruir las organizaciones criminales y producir el saneamiento social de sus miembros, es necesario chocar con muchos intereses creados, pero la nobleza y utilidad de su propósito justifica el empleo de toda la energía precisa para atacar el mal en sus raíces: "no se podrá intentar con éxito la defensa completa de la sociedad mientras no se extirpen los focos verdaderos de la enfermedad".
     Otro comentario que resulta de interés lo da sobre los profesionales de la política: "debido a la incultura de malas prácticas, el matón profesional suele jugar un rol importante en los partidos políticos que disputan el predominio electoral; este guapo de comité es un sujeto que no trabaja, no sabe hacerlo, no tiene profesión, y vive acompañando a los caudillos". Personajes que, lamentablemente, siguen existiendo en la actualidad (denominados "punteros") y continúan proyectando fechorías a sus adversarios y gozando de completa inmunidad.
     Otro tipo delictual analizado en su obra es el "batidor", como se denominaba al sujeto que delataba ante funcionarios policiales a sus compañeros de actividades ilegales, así la policía, por medio de sus confidentes, monitoreaba los movimientos de individuos a quienes se sindicaba como peligrosos. Moreno lo reprueba como procedimiento de custodia social, ya que "este contacto fraterno de la policía con los exponentes de mala vida es más probable que pervierta a los primeros que reforme a los segundos".
     Y también se adelanta con la llamada "trata de blancas", hoy denominada prostitución, en cuanto considera que constituyen un peligro social las organizaciones dedicadas a ello, no sólo como una "lacra", sino como una incubadora para toda clase de delitos que siempre se hallan presentes en los episodios de bajo fondo.
     Don Rodolfo Moreno falleció en Buenos Aires, el 20 de noviembre de 1953. Había estado casado con Emilda Flores Levalle, con quien no tuvo hijos.

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