sábado, 20 de junio de 2020

ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE EL PROYECTO MONÁRQUICO CONSTITUCIONAL DE MANUEL BELGRANO (EN HOMENAJE A ALBERTO GONZÁLEZ ARZAC)







Sandro Olaza Pallero[1]


“No obstante esos defectos, alentó en nosotros, hasta hace pocos años, la conciencia de un destino, de una misión argentina en el mundo, y el orgullo consiguiente. Ese destino y esa misión eran proclamados por los estadistas, cantados por los poetas, profesados por todo el país. Recuérdese la literatura de los centenarios; evóquense esos años jubilosos de 1910 y 1916, reléase el Canto a la Argentina de Rubén Darío, las Odas seculares de Lugones, los libros de Rojas. Éramos la tierra de promisión, el paraíso de la libertad, la matriz del futuro”.[2]

I.  Algunas noticias sobre Alberto González Arzac

Alberto González Arzac nació el 27 de enero de 1937 en Mar del Plata. Sus padres fueron Rodolfo Aníbal González Arzac y Adelia Viscardi. Falleció en Buenos Aires el 2 de junio de 2014 y sus restos fueron despedidos por el jurista Facundo Biagosch, con quien lo unía una larga y estrecha amistad.
Su militancia política y vocación por el derecho comenzó durante la juventud. Pero, es hacia los años 50 y 60, cuando adquirió cierta notoriedad con su ingreso en el radicalismo intransigente y posteriormente en el justicialismo.
Escribió en Todo es Historia, Línea, Desmemoria, Realidad Económica, Pensamiento y Nación, Polémica, Revista de Derecho Público y Teoría del Estado, Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, entre otras publicaciones. Su nombre apareció junto a numerosos autores como Félix Luna, José María Rosa y Fermín Chávez. Con el seudónimo de Arga fue autor de dibujos sobre personajes de la historia argentina, por ejemplo, Juan Manuel de Rosas, Facundo Quiroga y Pedro de Angelis.
Entre sus obras se pueden destacar: “Pedro II. Abuelo del Código Civil Argentino” (Todo es Historia, 18, Buenos Aires, Octubre 1968); “El banco inglés y la cañonera” (Todo es Historia, 22, Buenos Aires, Febrero 1969); “Vida, pasión y muerte del Artículo 40” (Todo es Historia, 31, Buenos Aires, Noviembre 1969); “Hipólito Yrigoyen. Doctor” (Todo es Historia, 35, Buenos Aires, Marzo 1970); “El Primer Código” (Todo es Historia, 36, Buenos Aires, Abril 1970); “Alberdi: Vida de un ausente” (Todo es Historia, 39, Buenos Aires, Julio 1970); “La Constitución Justicialista de 1949” (Todo es Historia, 41, Buenos Aires, Agosto 1971); “La Constitución de 1949” (Polémica, 77, Buenos Aires, 1971); “La Convención Constituyente de 1957” (Polémica, 94, Buenos Aires, 1972); La Constitución Peronista (1972); La Constitución “justicialista” de 1949 (1973); Abolición de la Esclavitud en el Río de la Plata (1974); Lineamientos Regionales (1974); “La Concepción Justicialista del Estado y sus Roles Económicos” (Pensamiento y Nación, 1, Buenos Aires, 1981); El Papelón de Manuel Quintana (1974); Los radicales (1976); Sampay y la Constitución del futuro (1982); “La Dominación Económica Extranjera en la Argentina” (Pensamiento y Nación, 2, Buenos Aires, Enero-Febrero 1982); “Algo para recordar. El caso del Frigorífico Swift” (Pensamiento y Nación, 3-4, Buenos Aires, Marzo-Junio 1982); “Democracia Mayoritaria” (Nuestro Siglo, 14, Buenos Aires, 1984); Federalismo y Justicialismo (1984); Estructura Social de la Constitución Argentina (1985); El Sistema Bancario en el Derecho Constitucional Argentino (1985); “Las Constituciones Provinciales” (Todo es Historia, 233, Buenos Aires, Octubre 1986); “Sampay y el Artículo 40” (Revista de Derecho Público y Teoría del Estado, 1, Buenos Aires, Agosto 1986); “Ideas de Sampay para la Reformulación del Derecho Civil” (Revista de Derecho Público y Teoría del Estado, 1, Buenos Aires, Agosto 1986); “Derecho Público Provincial: Geografía Constitucional” (Revista de Derecho Público y Teoría del Estado, 5, Buenos Aires, 1990); “Aerolíneas, Entel y la Inspección General de Justicia” (Realidad Económica, 97, Buenos Aires, Noviembre-Diciembre 1990); “El derecho constitucional en la época de Rosas” (Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, 33, Octubre-Diciembre 1993); “Sampay y la Constitución” (Realidad Económica, 126, Buenos Aires, Agosto-Septiembre 1994); “Artigas, caudillo argentino” (Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, 34, Enero-Marzo 1994); “Convenciones Constituyentes” (Nueva Constitución de la República Argentina, 1994); Caudillos y Constituciones (1994); “Evolución constitucional y factores de poder económico internos y externos tras la unificación argentina” (Congreso Nacional de Historia Argentina; celebrado en la ciudad de Buenos Aires del 23 al 25 de noviembre de 1995 bajo la advocación de los 150 años de la Batalla de la Vuelta de Obligado, Buenos Aires, 1995, vol. II); “El Radicalismo y la crisis de 1930. Evolución constitucional y factores de poder económico internos y externos tras la unificación argentina” (Congreso Nacional de Historia Argentina; celebrado en la ciudad de Buenos Aires del 23 al 25 de noviembre de 1995 bajo la advocación de los 150 años de la Batalla de la Vuelta de Obligado, Buenos Aires, 1995, vol. II); “El peronismo (1943-1955). Evolución constitucional y factores de poder económico internos y externos tras la unificación argentina” (Congreso Nacional de Historia Argentina; celebrado en la ciudad de Buenos Aires del 23 al 25 de noviembre de 1995 bajo la advocación de los 150 años de la Batalla de la Vuelta de Obligado, Buenos Aires, 1995, vol. II); “Ya su trono dignísimo abrieron” (Desmemoria, 8, Buenos Aires, Julio-Octubre 1995); “Antigua grandeza del Tucumán” (Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, 42, Enero-Marzo 1996); “La docta Córdoba” (Revista del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, 48, Buenos Aires, Julio-Septiembre 1997); “Autonomía de Jujuy” (Revista del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, 49, Buenos Aires, Octubre-Noviembre 1997); “Evita y la Constitución del 49” (Desmemoria, 15, Buenos Aires, Junio-Septiembre 1997); “El Chaco Gualamba” (Revista del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, 51, Buenos Aires, Abril-Junio 1998); “Homenaje a Pablo Ramella: un intelectual-político” (Desmemoria, 17, Buenos Aires, Enero-Abril 1998); “La formación constitucional argentina” (Todo es Historia, 429, Buenos Aires, Abril 2003); El Gigante de Mayo (2009); Bicentenario de la Revolución de Mayo y la Emancipación Americana (2010); La Constitución justicialista de 1949 (2014) y Dalmacio Vélez Sarsfield (2016).
Participó de varias actividades académicas como el Congreso Nacional de Historia Argentina, celebrado en Buenos Aires del 23 al 25 de noviembre de 1995, bajo la advocación de los 150 años de la Batalla de la Vuelta de Obligado. Entre los historiadores convocados por la comisión organizadora de ese evento se puede mencionar a Luis Alén Lascano, Fernando Barba, Elena Bonura, Fermín Chávez, Clemente I. Dumrauf, Emiliano Endrek, Yorga Salomón, Carlos Segreti, Carlos Tagle Achával, Francisco H. Uzal y Mario Visiconte.
Lejos de un academicismo obsecuente, al igual que tantos juristas de valía, e igualando en su posición personal a su colega y maestro Arturo Enrique Sampay, su pluma tomó la dirección de la crítica y la claridad en la historiografía constitucional. Por ejemplo, al referirse a Juan Bautista Alberdi y su opinión contraria a la codificación afirmó: “Alberdi no estaba de acuerdo con la codificación debido a su filosofía historicista, pero al criticar ese método olvidaba que Gran Bretaña, aunque internamente no adhería al sistema de códigos que en esos momentos tenía difusión mundial, necesitaba códigos comerciales en los nuevos países con que había trabado relaciones económicas, para una mayor garantía de los comerciantes ingleses”.[3]

II.  Introducción

Una de las cuestiones más importantes tratadas en el Congreso de Tucumán, fue el referido a la forma de gobierno y que se tradujo en el proyecto monárquico incaico presentado por Manuel Belgrano. Propuesta de monarquía constitucional o temperada para las Provincias Unidas de Sudamérica apoyado entusiastamente al principio por la mayoría de los diputados con el objetivo de adaptarse a la realidad del país y posibilitar la lucha por la independencia americana. De los congresales que apoyaron el proyecto monárquico de Belgrano, cuatro eran sacerdotes: Manuel Antonio Acevedo, Pedro Ignacio de Castro Barros, José Andrés Pacheco de Melo, y José Ignacio Thames. Mientras que los otros tres eran abogados: Pedro Ignacio de Rivera, José Severo Feliciano Malabia y Mariano Sánchez de Loria. Varios de estos congresales estudiaron derecho en la Universidad de San Francisco Xavier, en Charcas, donde sobresalió el conocimiento de los viejos tratadistas hispano-indianos de Derecho Civil, Canónico, Natural y de Gentes. Como lo ha sostenido Vicente O. Cutolo: “No fue, como generalmente se dice que los doctores de Chuquisaca hubieran bebido en las furtivas lecturas de Rousseau, de Montesquieu, Raynal o Condillac, ni en las Declaraciones de los Derechos del Hombre, sino en aquellos autores que como Antonio Gómez, Diego Covarrubias y Leyva, Solórzano y Pereira, Gaspar de Escalona y Agüero, Jacobo Menochio, proclamaron antes que ellos principios de hondo contenido jurídico, moral y filosófico”.  José Severo Malabia se doctoró en leyes, Pedro Ignacio de Rivera era graduado en cánones (1790) y doctor en leyes (1793) al igual que José Mariano Sánchez de Loria (1798).[4]
También se nota la importancia de la situación abierta por la crisis política de 1810, que reafirmará para el clero rioplatense el rol de portavoz de las ideas del nuevo poder. La idea de que el clero actuara como generador de consenso estuvo presente desde el inicio del proceso revolucionario.[5]
Desde su exilio en Río de Janeiro, Carlos de Alvear en carta a José de San Martín le manifestaba que las intenciones de Fernando VII eran las peores: “Nada hay que esperar de un monarca tan cruel, y hoy no queda otro recurso que vencer o morir, el querer alucinarse de otro modo sería perecer irremisiblemente. De la Inglaterra no se debe esperar ningún auxilio está fuertemente ligada con España”.[6]
La prensa fue el medio primordial de que se dispuso en los primeros gobiernos patrios para la formación de la opinión pública, por lo que su estudio es primordial para determinar en qué grado las ideas filosóficas y políticas fueron adoptadas por una minoría culta y dirigente. También permite apreciar en qué medida se fueron trasvasando a la parte receptiva del cuerpo social para incorporarse a su acervo de opiniones y creencias.[7] Destacaba El Redactor que el Congreso Soberano de las Provincias Unidas del Río de la Plata denominado “esperanza de los pueblos libres” se había instalado en la ciudad de San Miguel del Tucumán el día 24 de marzo de 1816, en medio de “las críticas circunstancias, a que nos han reducido los contrastes e infortunios una guerra obstinada”. Fecha consagrada por “nuestra madre la Iglesia a la memoria del adorable misterio de la Encarnación del Hijo de Dios”. Se hizo necesario publicar “la erección gloriosa de este respetable cuerpo de un modo digno de su representación, y todo se efectuó el 25 siguiente”.[8]
Ya en febrero de 1816, Belgrano estaba considerando la factibilidad de una opción incaica, por lo que sólo faltaba la oportunidad de exponer su nueva propuesta monárquica en el Congreso que se estaba por llevar a cabo en Tucumán. Es oportuno considerar que el momento político era favorable a las ideas belgranianas. Hay que recordar que en Europa se había firmado el 26 de septiembre de 1815 el pacto de la Santa Alianza –integrado por Rusia, Prusia, Austria y posteriormente Francia- que tuvo como objetivo principal impedir que se instaurasen repúblicas bajo las formas de gobiernos liberales, democráticos, parlamentarios y constitucionales.[9]


III.  El recurso al sistema monárquico: ¿una solución a la realidad política?

Toda la América del Sur, excepto las Provincias Unidas del Río de la Plata fueron reconquistadas por los ejércitos de Fernando VII. Al respecto afirma Isidoro Ruiz Moreno: “Las hoy Repúblicas de Venezuela, Colombia, Perú, Bolivia y Chile, estaban de nuevo en su poder luego de vencerse los esfuerzos de sus naturales. Tan solo la causa levantada por Buenos Aires en 1810 se mantenía aún combatiente. Agravando el problema, el reino de Portugal, desde Río de Janeiro, amenazaba con una nueva invasión a la Provincia Oriental, aprovechando las disidencias de Artigas y sus seguidores en el Litoral rioplatense con las autoridades directoriales. Para peor, el Protector de los Pueblos Libres pretendía expandir su oposición a la conducción de la política nacional por el gobierno residente en la Capital (él lo identificaba con “Buenos Aires”), y en febrero de 1816 dirigirá una extensa profesión de fe al gobernador coronel Martín Güemes desde su campamento en Purificación, para aunar esfuerzos”.[11]
En las sesiones del Consejo de Estado español, se trataba la manera de hallar soluciones a la política interna o exterior de la Península y a la grave situación de Hispanoamérica. La diplomacia y gobierno del rey se esforzaban por elevar a España a un plano destacado en la política europea, recuperar su antiguo prestigio y territorios en el Viejo Mundo, mediante el apoyo de otras potencias para mantener el acatamiento a la soberanía real. Pero la realidad reflejada en las sesiones del Consejo de Estado -informes, memorias, resoluciones gubernamentales y otros documentos- demostraba la ineficacia de retornar al Antiguo Régimen.[12]

Debe subrayarse que Álvarez Thomas ha sido tratado por sectores de la historiografía como un gobernante ineficaz, al igual que Antonio González Balcarce, “pero ni uno ni otro supo calmar las pasiones internas, ni solucionar los grandes conflictos provinciales provocados desde el exterior, como por ejemplo, la invasión portuguesa a la Banda Oriental”, como planteó José R. Retamosa.[15]
Álvarez Thomas y González Balcarce fueron criticados por un informe realista anónimo: “Ignacio Álvarez: Ignorante y tímido capaz de entrar en cualquiera negociación que le asegure la existencia. Fue Director y el primero que vendió patentes de corso: tiene un hermano en el Ejército Real del Perú brigadier”; y “Don Antonio Balcarce: Era teniente coronel por el rey, ahora brigadier. Es adusto terco, escaso de luces, y no vive gustoso con la revolución: es uno de los que entraron al principio en el partido portugués siendo Director por cuyo motivo fue depuesto por el Cabildo y Junta de Observación: tiene grandes antecedentes en el asunto de la revolución”.[16]

En la célebre sesión secreta del 6 de julio, fue tratado el problema sobre la forma de gobierno. Belgrano había sido invitado por el Congreso para que expusiese “sobre el estado actual de Europa, ideas que reinaban en ella, concepto que ante las naciones de aquella parte del globo se había formado de la revolución de las Provincias Unidas y esperanzas de obtener su protección”.[17]

Meses después, Belgrano escribía a Bernardino Rivadavia, el 8 de octubre de 1816, describiendo los pormenores de la sesión secreta: “Al día siguiente de mi arribo a ésta, el Congreso me llamó a una sesión secreta y me hizo varias preguntas. Yo hablé, me exalté, lloré e hice llorar a todos al considerar la situación infeliz del país”. Sobre la materia en cuestión, decía que les habló a los congresistas de la monarquía constitucional “con la representación soberana de la casa de los Incas: todos adoptaron la idea”.[19]
Dardo Pérez Guilhou  ha explicado claramente que al discutirse el proyecto en varias sesiones, dieron su consentimiento la totalidad de los miembros del Congreso: “Como conclusión de lo expuesto podemos afirmar que, salvo la excepción indicada [Jaime Zudañes, diputado por La Plata], todos los congresales apoyaron la forma monárquica constitucional de gobierno”.[20] Como se puede ver, en la sesión del 31 de julio, se alzó en pro de la candidatura del Inca la firme voz de Castro Barros, quien pronunció un prolijo razonamiento a favor del gobierno monárquico constitucional por haber sido “el que dio el Señor a su antiguo pueblo, el que Jesucristo instituyó en su Iglesia, el más favorable a la conservación  y progreso de la religión católica y el menos sujeto a los males políticos que afectan ordinariamente a los otros”. Asimismo, “sostuvo las ventajas del [gobierno] hereditario sobre el electivo y las razones políticas que había para llamar a los Incas al trono de sus mayores, despojados de él por la usurpación de los reyes de España”.[21]
Con la irrupción del sistema representativo dentro de él perdía sentido la tradicional dicotomía monarquía/república en la medida que el poder efectivo residía en el cuerpo representativo identificado con la rama legislativa del poder. En el discurso político rioplatense de hombres de acción como José de San Martín, Juan Martín de Pueyrredón –figuras más relevantes de la Logia Lautaro-, o de diplomáticos como Bernardino Rivadavia y José Valentín Gómez, se clamaba por un gobierno vigoroso cercano en espíritu al régimen caído. La representación de la monarquía constitucional llamada “temperada”, siguiendo libremente los principios postulados por Jovellanos, cuyo príncipe monarchique fue definido con perfil rotundo por Hegel, se puede conceptualizar como aquella en donde el monarca es “responsable” ante la nación, según las prescripciones que la constitución establezca. Es decir, donde el poder más que ejecutivo es gubernativo, en tanto poder vigilante y activo, que se supone incesantemente ocupado en el gobierno y conservación del Estado.[22]
Se ha marcado la oposición de San Martín al federalismo, concretamente el de Artigas, visto como un elemento perturbador de la necesaria independencia –tal vez por querer imitar al federalismo estadounidense- y por ser concreción de un localismo que no ayudaría a la organización.[23] Desde Mendoza, San Martín le expresaba a Tomás Godoy Cruz su disconformidad con la federación y que se mudara la capital fuera de Buenos Aires por “las justas quejas de las provincias”. Insistía con su desconfianza hacia la federación y se preguntaba: “¿si en un gobierno constituido, y en un país ilustrado, poblado, artista agricultor y comerciante, se han tocado en la última guerra contra los ingleses (hablo de los americanos del norte) las dificultades de una federación, que será de nosotros que carecemos de aquellas ventajas?”.[24]
Sobre el pensamiento político de San Martín, Bartolomé Mitre sostuvo que a pesar de ser republicano por inclinación y por principio, la monarquía no le era antipática. Desde 1812 se habría inclinado por este sistema “como una solución ya que no como un ideal, por cuanto consideraba difícil, si no imposible el establecimiento de un régimen democrático”. Explicaba que faltaban elementos sociales y materiales “para consolidar una república con un gobierno consistente, y que con un monarca era más fácil radicar el orden, fundar la independencia, asegurar la libertad y conquistar por el hecho aliados poderosos”.[25]
Adolfo Saldías también notó el republicanismo de San Martín: “En cuanto a San Martín, -hoy está fuera de duda- sus ideas se inclinaban a favor de la república. Así lo manifestó expresamente, llamándose con orgullo, ante alguno de sus amigos del Congreso ciudadano republicano”.[26]
Otro crítico al sistema federal fue Bernardo de Monteagudo, quien fundamentaba en 1815, que la insinuada confederación era “absurda y contraria a sus mismos fines, porque lejos de unir los pueblos, que debería ser su objeto, los alejará más unos de otros: es antipolítica, porque ataca el vigor del Estado, que bajo la unidad republicana se conserva en un grado más eminente”. Citaba el ejemplo de la monarquía británica que se había manejado hasta poco tiempo antes bajo una forma verdaderamente federal: “Inglaterra, Escocia e Irlanda que componen aquel Imperio tenían leyes y establecimientos separados, bien que bajo la presidencia de un solo rey”. Todo esto, hasta que se le ocurrió a un gran político “combinar los intereses de los tres pueblos con la reunión del Parlamento, estrechando así los vínculos que han de preservarlos de los peligros de que antes se hallaban amagados”.[27]
Monárquicos y republicanos tenían sus partidarios en Córdoba, sin embargo, serían más numerosos los segundos. A fines de 1815, Ambrosio Funes en una carta a su hermano el deán Gregorio Funes, se refería al republicanismo del diputado electo al Congreso, José Antonio Cabrera: “Cabrerita anda siempre gritando y porfiando por la república democrática. Supongo que en esto piensa Isasa y los suyos, menos un amigo nuestro que está por la monarquía”.[28]
Sobre José Antonio Cabrera decía un informe realista anónimo: “Doctor Cabrera: Cordobés; sujeto de conocimientos y penetrado del desorden revolucionario, pero imprudente en su conducta pública. Atrabiliario”. Mientras que respecto del deán Gregorio Funes mencionaba: “Doctor. Deán de Córdoba de mucho crédito por su literatura, tímido patriota por las circunstancias, pero amigo de la pacificación y sosiego público. Es lisonjero y en sus composiciones plagiario”.[29]
El Congreso de las Provincias Unidas de Sudamérica después de intensas discusiones, finalmente se pronunció por la declaración de la Independencia el 9 de julio de 1816: “invocando el Eterno que preside el Universo, en el nombre y por la autoridad de los Pueblos que representamos, protestando al Cielo, a las naciones y hombres todos del globo la justicia, que regla nuestros votos”. Declaraban los diputados “solemnemente a la faz de la tierra, que es voluntad unánime e indubitable de estas provincias romper los violentos vínculos que las ligaban a los reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despojados, e investirse del alto carácter de una nación libre e independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli”. Aclaraban que de hecho y de derecho quedaban “con amplio, y pleno poder para darse las formas, que exija la justicia, e impere el cúmulo de sus actuales circunstancias”. Las provincias “así lo publican, declaran y ratifican, comprometiéndose por nuestro medio al cumplimiento y sostén de esta su voluntad, bajo el seguro y garantía de sus vidas, haberes y fama”.[30]
Sostiene Gonzalo Segovia que la denominación “Provincias Unidas” es de origen extranjero: “En este debate se refleja el conocimiento que entonces se tenía de algunas experiencias federales o confederales de cierto éxito: Estados Unidos, Suiza, los Países Bajos […] Pero también hay en esta denominación una fuerte connotación geopolítica. El nuevo país se va adecuando, geográficamente, al molde del Virreinato del Río de la Plata”. Advierte Segovia el cambio de este sentido geográfico político adoptado en el Congreso de Tucumán: “que aparentan traducir un cierto americanismo, que puede deberse en parte al proyecto monárquico de los Incas y a las aspiraciones continentales que despertaba la gesta sanmartiniana, en combinación con los ideales bolivarianos de unidad sudamericana”.[31]
Margarita Hualde y Pérez Guilhou hace medio siglo, ya habían advertido que la polémica “monarquía versus república” fue más ficticia que real, y que el periodismo no se polarizó en términos tan antagónicos: “Ningún periódico adhiere a la monarquía absoluta ni piensa en la entronización de un príncipe español. Optan decididamente por la monarquía constitucional El Observador Americano y El Censor (a partir de agosto de 1816)”.[32]
Belgrano manifestó en El Censor que el reconocimiento de la legitimidad de la casa de los Incas, con sede en el Cuzco, era un pensamiento “racional, noble y justo” con el que la patria se aseguraría “la losa del sepulcro de los tiranos”.[33]
El Censor fue un periódico órgano del cabildo de Buenos Aires, creado por una disposición en el Estatuto Provisional de 1815 y dirigido por Antonio José Valdés. Comenzó a aparecer el 15 de agosto de 1815 y desapareció el 6 de febrero de 1819 con el N° 177. En el N° 55, del 12 de septiembre de 1816, incluyó las proclamas de Belgrano y Güemes a favor de la monarquía incaica y comenzó la publicación de la carta del primero lo que motivó la polémica con La Crónica Argentina. Luego, en el N° 56, del 19 de septiembre, terminó la publicación de la carta de Belgrano y anunció que iba a buscar una constitución sujeta a la naturaleza de las circunstancias. En el N° 57, del 26 de septiembre, asumió directamente la defensa de Belgrano y Güemes; y por último en el N° 58, del 3 de octubre, se lanzó con decisión a defender la monarquía con un Inca a la cabeza.[34]  
De Martín Miguel de Güemes decía un informe realista anónimo: “Coronel y gobernador de Salta. Patriota en el concepto de los peruleros y de ideas españolas entre los de Buenos Aires. Muy querido en Salta. No conoce la táctica militar pero es buen guerrillero a la cabeza de los gauchos”.[35]
Fray Cayetano Rodríguez, diputado por Buenos Aires, en una carta fechada a fines de 1815, había fijado su pensamiento respecto del próximo Congreso: “Constituyámonos primero y después pensaremos que forma de gobierno adapta a nuestra situación local, al genio natural de los habitantes, a nuestras relaciones exteriores y al carácter de la potencia a que debemos unirnos, que pueda y deba garantir nuestras resoluciones”.[36]
Rodríguez junto con el deán Funes fueron los redactores del El Redactor del Congreso Nacional, que apareció en Buenos Aires el 1° de mayo de 1816 y concluyó el 28 de enero de 1820, con un total de 52 números. Respecto a la discusión sobre formas de gobierno, El Redactor soslayó un pronunciamiento claro y en el N° 25 del 25 de julio de 1816, destacó que los pueblos debían elegir una postura intermedia que diera lugar a la razón, al juicio y a la prudencia. Prevenía sobre los excesos del gobierno monárquico, que solía caer en un despotismo absoluto, pero a la vez advertía que cuando los pueblos huían indiscriminadamente de esta forma estaban amenazados de caer en el otro extremo desolador de un interregno perpetuo.[37]
Vicente Pazos Silva –o Pazos Kanki, como le gustaba firmar para recordar su origen aimara- era un sacerdote nacido en el Alto Perú, y que volvió de Londres casado y convertido al protestantismo. Afirmaba Mitre, que Pazos Kanki tenía un “carácter excéntrico, de moralidad equívoca, con un juicio desequilibrado y una inteligencia bastante cultivada y activa, nutrida con fuertes lecturas”.[38] Dirigió el periódico La Crónica Argentina, que se editó del 30 de agosto de 1816 al 8 de febrero de 1817. Simpatizante del federalismo y de José de Artigas, llegó incluso a transcribir una carta anónima de un diputado, escrita desde Tucumán donde daba a entender que la idea del Inca estaba debilitada. Con respecto a este tema, en el N° 23, de noviembre de 1816, al mismo tiempo que reiniciaba con inusitada violencia la crítica a la monarquía incaica, sentaba una nueva tesis ideológica contraria a la anterior. Negaba al Congreso y a todas las asambleas de notables, capacidad constituyente, exhortándolos a que se dediquen a gobernar y no a discutir formas de gobierno. Consideraba la propuesta de entronizar a un Inca como una locura, y hacía ver el estado de disolución en que se encontraba esta dinastía indígena. También sostuvo que esta propuesta era de origen español para promover la división entre los americanos.[39]
Manuel Antonio de Castro fue un publicista y jurista fecundo. Según Ricardo Levene: “Sus escritos completos constituyen material para cinco volúmenes, por lo menos, que no creo sea necesario realizar, pues algunos de ellos sólo tienen hoy valor documental”.[40] Según un informe realista anónimo Castro era un talento “y puede sacarse partido de él. Era gobernador de Córdoba”.[41]
Dirigió el periódico El Observador Americano que vio la luz el 19 de agosto de 1816 y el último ejemplar fue el N° 12, del 4 de noviembre del mismo año. Esta publicación se pronunció por una monarquía temperada como la forma de gobierno más conveniente y la única que afianzaría la felicidad de los pueblos americanos. Enfatizaba Castro, que hacía tiempo se hablaba de un gobierno monárquico constitucional, pero desde un año a esa parte y sobre todo en los últimos meses la idea se había generalizado en el sentido de crear una nueva dinastía o llamar a la antigua de los Incas. No se expedía sobre cuál sería la más conveniente de éstas, pero aclaraba que la idea de la monarquía incaica ya circulaba antes de que Belgrano la planteara en el Congreso.[42]
Julio Pinto y Gabriela Rodríguez han sugerido que en el derrotero institucional argentino, luego de la independencia del virreinato “las tendencias institucionales centrífugas superaran ampliamente a las centrípetas, y que el sentimiento de Nación fuera extremadamente débil en la región”. Para estos autores esta es la razón por la que se dieron de forma inicial “los denodados esfuerzos de Manuel Belgrano y de otros hombres de Mayo, quienes, tras la declaración de la Independencia, trataron de influenciar al Congreso de Tucumán –en el que predominaban los diputados altoperuanos- para que asumiera como propia la identidad nacional del período precolombino, que sería representada institucionalmente por la monarquía constitucional incaica”. Expectativa presente en la bandera nacional, cuyo sol era también el símbolo del poderío incaico o en la letra inicial del Himno Nacional, al invocar Vicente López y Planes: “Se conmueve del Inca la tumba y revive en sus huesos el ardor, al ver renovado en sus hijos de la patria el antiguo esplendor”.[43]
Respecto del apoyo de las provincias norteñas a la guerra de la independencia hay que recordar que un oficio del teniente de gobernador de Mendoza, José de Moldes, a la Junta Provisional de las Provincias del Río de la Plata, donde solicitaba se aprobara una escarapela nacional “con alusión al sur, celeste, y las puntas blancas por las manchas que tiene este celaje que ya hemos despejado”. Llama la atención las divisas de graduación propuestas que tenían por base al sol y que “tiene alusión con lo más sagrado que adoraron nuestros abuelos”.[44] 
El diputado porteño Juan José Paso, al declararse la Independencia tuvo a su cargo la lectura del trascendental documento. Y en la discusión sobre la forma de gobierno, Paso se manifestó partidario de la monarquía constitucional como garantía de la unión y freno de los peligros de la anarquía. También se le encomendó redactar una propuesta al Directorio, en el que el Congreso se manifestaba dispuesto a aceptar un protectorado de la casa de Braganza, e incluso proponer la coronación de un infante del Brasil o de cualquier príncipe extranjero. Sin embargo, Pueyrredón la rechazó por indecorosa.[45]
San Martín se refería a varias causas que provocaron la aparición cierta del ideario monárquico. Las sintetizó en carta a Tomás Godoy Cruz, donde valoraba en primer término la necesidad de afianzar la independencia, asimismo anticipaba con sus expresiones la imposibilidad de entendimiento con España. En segundo término, justificaba la monarquía por la presencia de la corona portuguesa que no vería de buen agrado un vecino republicano. Además, subrayaba, que la carencia rioplatense de elementos culturales notables y la exigua población en tan vasto territorio harían imposible prestigiar una república. Se ha dicho también que el liberalismo de San Martín estaba acompañado por un fuerte tinte conservador que propiciaba garantizar la libertad individual y comunitaria por el seguro camino del orden. “En la misma línea –resaltó Pérez Guilhou- estuvieron Belgrano, Güemes, Pueyrredón, Rivadavia y los congresales de Tucumán. Pero nadie dudó que el futuro monarca no recibiría su investidura del derecho divino sino de la ley”.[46]
En otros países hispanoamericanos como México, también se realizaron intentos de establecer monarquías. Como en el caso del proyecto constitucional firmado en Tacubaya el 18 de septiembre de 1821, es decir a nueve días de consumarse la independencia mexicana con motivo de la llegada del Ejército Trigarante encabezado por Agustín de Iturbide. Este Plan de una Constitución para el Imperio Mexicano de autor desconocido, trató de juntar indianidad y modernidad: “Este plan ha sido bosquejado, no solamente después de un estudio profundo de las constituciones antiguas y modernas, sino también consultando con los principios luminosos de los mejores publicistas”. Los publicistas “que han escrito con acierto sobre la materia sin desentenderse y acomodándose a las costumbres, carácter y necesidad de las clases que componen este vasto Imperio, en unísono con el sistema monárquico moderado, que felizmente ha adoptado la Nación; y que se acuerda perfectamente con las opiniones y los intereses de las naciones cultas de Europa”.[47]

IV.  El problema dinástico: buscando al Inca


Sin embargo, el Congreso aceptó que parte del antiguo simbolismo incaico quedara plasmado oficialmente, por ejemplo, cuando dispuso las características que debían distinguir a la banda usada por el Supremo Director de Estado. Así en oficio fechado en Buenos Aires el 26 de febrero de 1818, advertía que “serán peculiares y privativas de ella los dos colores blanco y azul que la distinguen en la forma que hasta ahora se han usado, y en ella se pondrá un sol bordado de oro en la parte que cruza desde el hombro hacia el costado”. En oficio de la misma fecha, el Congreso comunicaba que la bandera nacional de guerra llevará “un sol pintado en medio de ella”.[49]
Poco después de que Manuel Belgrano expusiera ante el Congreso su opinión sobre la monarquía como forma de gobierno, el proyecto fue presentado oficialmente por el diputado catamarqueño Manuel Antonio Acevedo. El proyecto de Acevedo difería del de Belgrano en que en lugar de proponer a un miembro como único heredero directo, planteaba restablecer la dinastía sin indicación de persona. Poco se discutió a quién y cómo se daría la corona, ni en qué posición recíproca vendrían a quedar los indígenas y criollos después de ese repudio tácito a la conquista.[50]
Ha observado Vicente D. Sierra sobre el Congreso y el régimen de gobierno: “Una serie de factores de distinto orden y valor determinó que la cuestión no se resolviera con facilidad, y así, al entrar en el debate de la constitución por dictarse, el tema se complicó con el de la dinastía a la que se habrían de confiar los destinos del nuevo Estado”.[51]

En ese momento crítico, los realistas desde Río de Janeiro, remitían a la corte del rey un informe anónimo sobre las Provincias del Plata. Se comunicaba el 7 de noviembre de 1816, que el Congreso seguía en Tucumán, y “que éste decretó ya la independencia del señor don Fernando VII y de toda la testa coronada; la ha jurado y celebrado mucho, pero no tienen seis mil hombres para sostenerla”. Además, el “citado Congreso se halla discutiendo si convendrá coronar a un descendiente de los Incas”. Así, existía “mucho partido por semejante medida, y los tales Incas tienen ya de indio lo mismo que yo”. El informe no era muy optimista sobre la coronación del Inca: “Veremos lo que sucede, pero estemos seguros que cosa juiciosa no la hemos de ver”.[54]

Sin embargo, podían encontrarse fácilmente descendientes de los Incas, ya blancos, con una posición destacada e influyente, y también vivían vástagos de la dinastía incaica en muy buena situación económica y social. Entre los primeros se puede recordar, por citar sólo a algunos, a los hermanos Carrera -octavos nietos de Bárbola Coya Inca, mujer de Garci Díaz de Castro-; a José Matías Zapiola y a Bonifacia de Lezica, cuñada de Anchorena –octavos nietos de Inés Huaylas Ñusta, mujer de Francisco de Ampuero-. De esta forma, cualquiera de éstos hubiera podido hacer valer su filiación. También subsistía una dilatada sucesión, residente precisamente en Tucumán, de la misma princesa antepasada de los Carrera.[55]
Entre los miembros descendientes de la casa real incaica se encontraban indígenas o mestizos como Juan Bautista Condorcanqui –hermano de José Gabriel Condorcanqui-, quien al debatirse el proyecto monárquico estaba preso en las mazmorras españolas. Después de ser liberado arribó a Buenos Aires en 1822 a la edad de ochenta años. Sus restos se encuentran en el cementerio de la Recoleta y figura como enterrado el 2 de septiembre de 1827 con el nombre de “Juan Bautista Tupamaro”, pero nadie ha podido ubicar su tumba. Los largos años de prisión y sufrimientos fueron relatados en sus Memorias: “A los 80 años de edad y después de 40 de prisión por la causa de la independencia, me hallo transportado de los abismos de la servidumbre a la atmósfera de la libertad, y por un nuevo aliento que me inspira, animado a mostrarme a esta generación, como una víctima del despotismo que ha sobrevivido a sus golpes, para asombro de la humanidad”. Exclamó cuando llegó a América: “Aquí los brazos de mis hermanos ya independientes se extendieron para estrecharme”. Advertía su pertenencia a una familia heroica: “Una familia inocente e ilustre que había mantenido toda la pureza, sencillez y dulzura de nuestros virtuosos padres y antiguos Incas”.[56]  
Sobre la rebelión de Túpac Amaru, es interesante examinar la correspondencia entre José de la Cuadra y Juan Esteban de Anchorena, donde el primero le comentaba al segundo sobre la ayuda inglesa al Inca, -en realidad un poco tarde, pues éste último acababa de ser ejecutado el 18 de mayo de 1781-: “Los más opinan que el destino del inglés será a la costa de Arica, con el fin de auxiliar al rey fingido, y si es así no creo logre ningún favorable partido”.[57]
Un descendiente de la familia real fue Dionisio Inca Yupanqui, diputado suplente por el virreinato del Perú ante las Cortes de Cádiz. Había nacido en el Cuzco y se educó en el Seminario de Nobles de Madrid, llegó a ser coronel de un Regimiento de Dragones. Luchó contra los invasores franceses, teniendo algunas destacadas intervenciones en los debates de las Cortes –como en el tema de la igualdad de representación-, al igual que los diputados Dueñas, Gordillo, Huerta, Laserna, Luján, Mendiola y Mejía, Ostolaza, Parada, y Pérez de Castro. En la sesión del 16 de diciembre de 1810 habló del desconocimiento de España sobre América: “La mayor parte de sus diputados y de la nación apenas tiene noticia de este dilatado continente. Los gobiernos anteriores le han considerado poco, y sólo han procurado asegurar las remesas de este precioso metal, origen de tanta inhumanidad, del que no han sabido aprovecharse”. Inca Yupanqui votó en contra del acuerdo que resolvía que el virrey Fernando de Abascal continuase gobernando, no obstante haberse pedido su inmediata separación “por haber sido predilecto de Godoy”. Su hermano Manuel Inca Yupanqui fue Intendente del Ejército de Napoleón y Gentilhombre del rey.[58]
Otro candidato al cetro inca fue el sacerdote racionero de la catedral de La Plata, Juan Andrés Ximénez de León Manco Cápac. Este personaje fue el primer capellán de las fuerzas armadas argentinas, descendiente legítimo de los emperadores del Perú. Los profundos conocimientos de la región y su influjo sobre los indios hacían valiosa su incorporación al Ejército Auxiliar del Perú, obtenida gracias al gobernador intendente de La Plata. Así lo declaró él mismo en nota al gobierno del 4 de agosto de 1813: “Desde que se instaló felizmente el gobierno de las Provincias Unidas, se dignó S. E. conferirle el título de primer capellán y vicario general del Ejército Auxiliar del Perú […] en cuya virtud despreciando todas las comodidades y perdiendo sus intereses, se puso en peligro de perder la vida, y despreció los honores con que lo habían honrado los reyes de España”. Ximénez de León Manco Cápac debió ser de la más estrecha confianza de los revolucionarios como Juan José Castelli, pues, el representante de la Junta no dudó en apoyar calurosamente sus reclamos de funciones castrenses. Además, el médico inglés Diego Paroissien, al escribir al conocido intrigante Padilla, le transmitió afectuosos recuerdos de su querido “compatriota”. En 1811, se le expidió despacho de capellán castrense del Ejército Libertador, y fue Belgrano quien testimonió laudatoriamente sobre el patriótico comportamiento del canónigo Ximénez de León Manco Cápac. Al retirarse del Alto Perú las tropas argentinas, quedó sin su canonjía y sin su empleo de capellán castrense. Los rastros de este sacerdote se perdieron en 1815, en dos documentos donde mencionó su parte en la distribución de las presas siendo capellán de la flota al mando de Guillermo Brown, y en un reclamo para que se le abonaran los emolumentos por su canonjía en Charcas.[59]

V.  Fracaso del proyecto

No debe causar extrañeza que las ideas monárquicas hayan persistido en el Río de la Plata durante los diez primeros años de la Revolución. Antes de 1810, con la prisión de Fernando VII por los franceses, varios personajes destacados –Manuel Belgrano, Juan José Castelli, Mariano Moreno, Cornelio de Saavedra, Hipólito Vieytes, etc.- pensaron en la regencia de su hermana Carlota de Borbón, esposa del príncipe Juan de Portugal, refugiados ambos en Brasil. El 25 de mayo de 1810, según Moreno, aquellos juraban no reconocer otro soberano que Fernando “el más amado de los monarcas”. Sin embargo, en abril de 1811, Manuel de Sarratea se dirigió a Río de Janeiro “para negociar el coronamiento de la princesa Carlota y la subsiguiente transferencia de la corona del Plata al príncipe don Pedro de Braganza”, pero este plan fracasó. Posteriormente, cuando el rey español fue restablecido en el trono el 11 de diciembre de 1813, el Segundo Triunvirato propuso la paz al general Joaquín de la Pezuela por cesar los motivos de la guerra, enviando a España comisionados “para conciliar nuestros derechos con los que él tiene al reconocimiento de sus vasallos”.
Fernando VII se negó a tratar con “pueblos rebelados”, agregando que “la clemencia es debilidad” y que perecieran todos “si es preciso, y a los que escapen de la muerte, sólo les quede en su alivio ojos para llorar”. Ante esta situación, las gestiones de Bernardino Rivadavia, Belgrano y Sarratea se encaminaron a la proclamación de Carlos IV o a la de su hijo Francisco de Paula. El director Carlos de Alvear, mientras tanto, ofreció a Inglaterra la corona del Plata: “Estas provincias desean pertenecer a la Gran Bretaña, recibir sus leyes, obedecer a su gobierno y vivir bajo su poderoso influjo. Ellas se abandonan sin condición alguna a la generosidad y buena fe del pueblo inglés”.[60] Un informe secreto realista anónimo decía sobre Alvear: “Bien conocido y en el día se cree trabaja a favor de los portugueses”.[61]
El representante Tomas Manuel de Anchorena sostuvo que de acuerdo a la naturaleza del país no se encajaba en la monarquía, basándose en “la mayor resistencia de los llanos a la forma monárquica de gobierno, y por la imposibilidad moral de conformar a unos y otros bajo la misma forma y gobierno que se adoptase para los de las montañas”, por lo que apoyaba la federación.[62] Además, recordaba años después, que cuando se produjo el nombramiento de diputados para el Congreso, el poder conferido a cada uno de ellos era “para que determinasen el lugar en donde deben continuar las sesiones y proceder inmediatamente a fijar la suerte del Estado y formar y dar constitución que deba regirlo”. Pero en las instrucciones “nada se les dice de la forma de gobierno, sino esto solo, y por consiguiente no se excluye, al menos expresamente, el monárquico constitucional”.[63]
La Crónica Argentina polemizó con El Censor sobre las ventajas e inconvenientes de una dinastía incaica en el Plata. Su redactor se quejaba de que traiga a discusión de un problema práctico la opinión de los teóricos, burlándose de su oponente por citar a Gaspar de Real como autoridad en la materia: “Querer en el día enseñar política por Mr. Real como obstinarse en enseñar medicina por Buchan o la filosofía por Losada. Mr. Real tuvo celebridad en su tiempo; pero después de los escritos de un Montesquieu, un Burke, un Price, un Adams y otros muchos, su gloria ha desaparecido”.[64]
La historiografía de la independencia argentina ha manifestado diversas interpretaciones sobre el fracaso del proyecto monárquico de Belgrano, en su mayor parte críticas. Al enfocar Bartolomé Mitre la propuesta presentada por Belgrano, la calificó de extravagante en la forma e impracticable. Subrayaba que “era una idea que estaba en la cabeza de muchos pensadores, y tenía su razón de ser, si no en los hechos, por lo menos en la imaginación, que a veces gobierna a los pueblos más que el juicio”. Esto podría ser más valedero en los países en que la población indígena o mestiza prevalecía y constituía el elemento activo, como en los casos de México o Perú.
La propaganda revolucionaria difundía con entusiasmo “los manes de Manco Capac, de Moctezuma, de Guatimozín, de Atahualpa, de Siripo, de Lautaro, Caupolicán y Rengo, como a los padres y protectores de la raza americana”. De este modo, los Incas especialmente constituían entonces “la mitología de la revolución: su Olimpo había reemplazado al de la antigua Grecia; su sol simbólico, era el fuego sagrado de Prometeo, generador del patriotismo; Manco Capac, el Júpiter americano que fulminaba los rayos de la revolución, y Mama Ocllo, la Minerva indígena que brotaba de la cabeza del padre del nuevo mundo fulgurante de majestad y gloria”.[65]

Este era el punto de partida del Congreso “que debe ser nuestro criterio”, afirmaba Estrada. A todo esto, el “tumultuoso nacimiento de la democracia ponía parar en aquellas almas honestas y leales, y creyeron que extirpar el germen del frenesí popular, el amor de su soberanía, sofocándolo bajo la prepotencia de un rey, una obra patriótica y racional. No veían ni la eterna justicia del principio ni su pureza esencial”. Con respecto a la oposición de los diputados al proyecto de “utopía”, mencionó Estrada: “Sólo uno de los diputados, el Dr. Anchorena, salvó su conciencia de republicano, porque trayendo a recuerdo de sus lecturas de Montesquieu, no encontraba propicio el suelo de las Provincias Unidas, para la ubicación etnográfica de la monarquía. El padre Oro reclamaba solamente una consulta previa a las provincias”.[66]

Adolfo Saldías hacía la siguiente reflexión: “Había además en el seno del Congreso otro grupo, formado por los diputados del Alto Perú, que prohijaba los cándidos proyectos de Belgrano sobre la monarquía de la casa de los Incas; y que contaba, en todo caso, con el apoyo de otros diputados monarquistas”. Pero en el caso de esos proyectos monárquicos “nunca respondieron al ideal político de ninguno de los prohombres de nuestra Revolución, si se exceptúa a Belgrano; sino a las exigencias cada vez mayores de nuestra diplomacia guerrera, que tendía a librarnos del poder militar de España.[67]
Martin V. Lazcano recordó que Francisco de Miranda presentó a Pitt un plan de Gobierno Incaico monárquico constitucional en 1790 y reiterado en 1798. Algunas de sus cláusulas eran: “El Poder Ejecutivo sería delegado a un Inca hereditario, con el título de Emperador”. Una Alta Cámara estaría compuesta “de Senadores o Caciques vitalicios, nombrados por el Inca, y la Cámara de los Comunes escogida, por todos los ciudadanos del Imperio, había de tener atribuciones semejantes a la del Parlamento Inglés”. El Inca designaría “a los ministros del Poder Judicial, cuyos cargos son vitalicios”. Lazcano refirió “que la idea del gobierno incaico resurgió en 1816, patrocinado por el general Belgrano”, teniendo las simpatías de San Martín quien la apoyaría “no a base de un Consejo pluripersonal, sino de uno unipersonal, llamársele Regente del Reino”.[68]
Desde otra visión, Cayetano Bruno, respecto al debate sobre la forma de gobierno, planteaba que la adopción del Inca y del Cuzco como capital, si bien en la actualidad parezca una idea peregrina, no lo era entonces: “Por haber sido la intervención de los eclesiásticos determinante en este punto que, sin embargo no llegó a resolverse, es menester estudiarlo con algún espacio”. Observaba que la cuestión de la monarquía temperada o constitucional “se venía defendiendo desde los comienzos de la revolución; y era lo más valedero entonces, dado el repudio general que la revolución francesa se había granjeado en la vida pública”.[69]
Otra opinión valedera, en este caso, es la de Vicente D. Sierra, quien evaluó muchos factores que contribuyeron al fracaso del proyecto incaico: “No sólo no se produjo el efecto que se esperaba en las masas indígenas del Alto y Bajo Perú; también debe tenerse en cuenta que muchos de los que se plegaron a él lo hicieron más por odio a Buenos Aires que por gusto de la idea”. Sierra resumió un informe muy interesante del presbítero Antonio Sáenz del 1° de febrero de 1817: “Destacó Sáenz que la rivalidad que se produjo denunció hasta qué punto la idea de coronar a un Inca en el Cuzco respondió al propósito de disminuir a Buenos Aires, contra la cual eran grandes las prevenciones de las provincias por estimar arbitraria la forma como administraba las rentas de la aduana”.[70]
Un atento examen de esta cuestión, lo hizo Leoncio Gianello, quien señaló sobre el plan monárquico de Belgrano, los que sostuvieron su realización “bajo el pretexto de que fueron simulaciones, máscaras, para cubrir otros designios reales”. Pero no fue así, dijo este autor: “No hubo tal simulación. Se creyó sinceramente en el Inca, aunque hoy nos sea difícil comprenderlo sin comprender y conocer antes la realidad de aquel momento histórico”. Fracasó porque fue postergado “para adoptar otro plan que se creyó más viable o más conveniente”.[71]
Dardo Pérez Guilhou, se ha referido a las actitudes asumidas por fray Justo Santa María de Oro y Tomás Manuel de Anchorena, negando su republicanismo: “Conocida es la actitud del padre Oro quien, en la sesión del 15 de julio, al ver inclinados los votos de los representantes a adoptar el sistema monárquico constitucional, expuso que para proceder a declarar la forma de gobierno era preciso consultar previamente a los pueblos”. Seguidamente Pérez Guilhou recalca que estas palabras transcriptas en los textos escolares y con las cuales se ha simpatizado “no significan que el padre Oro fuera republicano, ya que él invocaba la necesidad de la consulta sin manifestarse ni a favor de la monarquía ni en contra de ella; más bien pensamos que Oro adoptó tal actitud para debilitar la candidatura del Inca, que en esos momentos contaba con amplia mayoría”.[72]
Sostuvo Félix Luna que la historiografía clásica dejó de lado las dos centurias anteriores a la época patria: “Y lo cierto, es que todo lo que ocurre a partir de 1810 tiene su explicación y su fundamento en los siglos anteriores. Por ejemplo, si los intentos monarquistas carecen de andamiento en la década primera de la emancipación, 1810-1820, es porque la formación social y política del antiguo virreinato carecía de las formas aristocráticas que existían en otras partes del continente, es decir, que ya desde la época colonial esta parte de América estaba preparándose para asumir formas políticas desprovistas de todo sentido aristocratizante, que se van a dar claramente a partir desde 1810, es decir, que a partir de 1810 no es más que una consecuencia muy clara del proceso que se inicia mucho antes, pero inconscientemente nosotros tendemos a ver 1810 como si fuera una neta y drástica separación de una etapa con respecto a la otra, cuando en la realidad los procesos seguían fluyendo cotidianamente”.[73]

VI.  Conclusiones

La situación militar y el retorno al poder de Fernando VII decidido a sofocar a los insurgentes, impulsó al director Gervasio de Posadas a enviar a una misión diplomática ante las cortes europeas, con el objeto de interesarlas por la independencia de la región. El plan contemplaba la coronación de un hijo de Carlos IV, Francisco de Paula, dentro de un proyecto de monarquía constitucional con el nombre de Reino Unido del Río de la Plata. Al fracasar este proyecto, Manuel de Sarratea respaldó la formación de un estado independiente con un príncipe de la casa real española, pero la intransigencia del rey impidió las conversaciones.[74]
El proyecto de Belgrano y otros que le siguieron fracasaron por múltiples e importantes razones. Quizá la más decisiva fue la que invocó Manuel Moreno desde el periódico El Independiente. Después de hacer un estudio sobre nuestra sociedad, arribaba a la conclusión de que en ella no existían nobles ni personas que pudieran entender serlo. Porque la monarquía moderna, como lo destacó Montesquieu, era inseparable de la nobleza de sangre, clase socialmente superior. Decía también que en nuestro país, el estado social era de una medianía general y sólo se pudo formar una pequeña burguesía comercial pero sin grandes fortunas.[75]
Un informe realista anónimo calificaba a Manuel Moreno: “Doctor Don Manuel, oficial mayor de la Secretaría de Estado hermano del difunto Moreno famoso revolucionario. Ha estado en Londres, es enemigo mortal de España: no tiene el talento de su hermano, pero es tan terrorista como él. Afortunadamente no ha tenido empleo capaz de dar rienda a su carácter carnívoro pero por lo bajo hace todo el mal posible: es grande amigo del doctor Agrelo y su consocio en la Crónica Argentina. El director Pueyrredón le teme”.[76] 
Con respecto al proyecto incaico, Jaime Gálvez afirmó: “La restauración de la casa de los Incas a trescientos años de despojados del trono, sonaba a revancha contra España, a más revolucionario que ninguna otra combinación dinástica. Y esto era marchar en las líneas del legitimismo y de las restauraciones, impuestas por la Santa Alianza”. Además, “si se coronaba un príncipe extranjero, éste traería consigo fuerzas militares foráneas para imponer el orden, para terminar con la anarquía y las discordias internas, pero tendrían contra suya a toda la población, como pasó durante las invasiones inglesas”. Por lo que, la monarquía aborigen no tendría ese problema, siendo, en una palabra, “la más política y patriótica de las monarquías”.[77]
Este plan llegó a oídos del gobierno estadounidense, en un informe de C. A. Rodney al Secretario de Estado, del 5 de noviembre de 1818: “El año antepasado, es cierto, una de las gacetas se aventuró a abogar por la restauración de los Incas de Perú, con una monarquía limitada, pero fue mal recibida. Ninguna propuesta para la restauración de poder hereditario de ningún género, en cuanto pude saber, será escuchado seriamente por el pueblo”.[78]
Finalmente, coincidiendo con Abelardo Levaggi, el rechazo final de la solución monárquica, no significó adhesión ciega a ningún sistema republicano en particular. Al contrario, ello generó una revisión crítica de la forma republicana, que afectó también al modelo norteamericano. Por otra parte, no fue obstáculo para que la experiencia política y constitucional de las naciones monárquicas –Inglaterra, España, Francia- fuese aprovechada ampliamente por nuestros constituyentes.[79]

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[1] Abogado y Doctor Área Historia del Derecho (Facultad de Derecho-Universidad de Buenos Aires). Docente de Historia del Derecho (Universidad de Buenos Aires y Universidad del Salvador) y de Principios generales del Derecho Latinoamericano (Ciclo Básico Común-Universidad de Buenos Aires). Investigador del Instituto Ambrosio L. Gioja (Universidad de Buenos Aires)  solazapallero@hotmail.com
[2] Palacio, La Historia Falsificada, p. [41].
[3] González Arzac, “Evolución constitucional y factores de poder económico internos y externos tras la unificación argentina”, p. 39.
[5] Ayrolo, “El clero rioplatense en contextos de secularización”, p. 31.
[6] Carlos de Alvear a José de San Martín. Río de Janeiro, 2 de enero de 1816, en Documentos para la historia del Libertador General San Martín, p. 207.
[7] García Belsunce, “Presencia de la Ilustración en la prensa directorial”, p. 48.
[8] Ravignani, Asambleas constituyentes argentinas 1813-1898, p. [181].
[9] Lozier Almazán, Proyectos monárquicos en el Río de la Plata 1808-1825. Los reyes que no fueron, p. 120.
[10] Manuel Belgrano a Manuel Ascencio Padilla. Tucumán, 23 de octubre de 1816, en Benencia, “Carta de Belgrano al coronel de milicias nacionales D. Manuel Ascencio Padilla”, p. [110]. 
[11] Ruiz Moreno, Campañas militares argentinas, pp. 199-200.
[12] Guerrero Balfagón, “Fernando VII y las provincias del Plata a la luz de los archivos españoles (1814-1816)”, pp. 49-50.
[13] Ávila, “La América hispana y el Río de la Plata en 1816”, pp. 15-28.
[14] Páez de la Torre (h), “Bernabé Aráoz”, p. 55.
[15] Retamosa, “La elección de Pueyrredón como director supremo”, p. 170.
[17] Gianello, Historia del Congreso de Tucumán, p. 252.
[18] Pérez Guilhou, Las ideas monárquicas en el Congreso de Tucumán, pp. [15]-16.
[19] Gianello, Historia del Congreso de Tucumán, p. 254.
[20] Pérez Guilhou, Las ideas monárquicas en el Congreso de Tucumán, p. 24.
[21] Gianello, Historia del Congreso de Tucumán, p. 257.
[22] Salas, Lenguaje, Estado y poder en el Río de la Plata. El discurso de las minorías reflexivas y su re-presentación del fenómeno político-institucional rioplatense (1816-1827), p. [173].
[23] Acevedo, La independencia de Argentina, p. 146.
[24] José de San Martín a Tomás Godoy Cruz. Mendoza, 24 de febrero de 1816, en Documentos para la historia del Libertador General San Martín, p. 239.
[25] Mitre, Historia de San Martín y de la emancipación sudamericana, p. 438.
[26] Saldías, Ensayo sobre la historia de la constitución argentina, p. 65.
[27] Monteagudo, “Federación”, pp. 239-242.     
[28] Bischoff, El general San Martín en Córdoba, p. 78.
[29] Gallardo, Joel Roberts Poinsett agente norteamericano 1810-1814, pp. 292 y 294.
[30] Ravignani, Asambleas constituyentes argentinas 1813-1898, pp. 216-217.
[31] Segovia, “Los nombres de la Nación Argentina”, pp. 440-441.
[32] Hualde de Pérez Guilhou, (con colaboración de Pérez Guilhou), “Ideas políticas en la prensa porteña de 1816”, p. 187.
[33] De Marco (h), “Manuel Belgrano”, pp. 88-89. Palombo-Espinosa, Documentos para la Historia de la Bandera Argentina, p. 27.
[34] Hualde de Pérez Guilhou, (con colaboración de Pérez Guilhou), “Ideas políticas en la prensa porteña de 1816”, pp. 166-167.
[35] Gallardo, Joel Roberts Poinsett agente norteamericano 1810-1814, p. 295.
[36] Frías, “Fray José Cayetano Rodríguez”, p. 444.
[37] Hualde de Pérez Guilhou, (con colaboración de Pérez Guilhou), “Ideas políticas en la prensa porteña de 1816”, pp. 173-174.
[38] Gallardo, “Sobre la heterodoxia después de mayo de 1810”, p. 111.
[39] Hualde de Pérez Guilhou, (con colaboración de Pérez Guilhou), “Ideas políticas en la prensa porteña de 1816”, pp. 178-182.
[40] Levene, “Noticia preliminar”, p [15].
[41] Gallardo, Joel Roberts Poinsett agente norteamericano 1810-1814, p. 292.
[42] Hualde de Pérez Guilhou, (con colaboración de Pérez Guilhou), “Ideas políticas en la prensa porteña de 1816”, pp. 175-177.
[43] Pinto (con colaboración de Gabriela Rodríguez), “La difícil búsqueda de una nueva legitimidad constitucional”, p. 10.
[44] José Moldes a la Junta Provisional de las Provincias del Río de la Plata. Mendoza, 31 de diciembre de 1810, en Palombo-Espinosa, Documentos para la Historia de la Bandera Argentina, p. 27.
[45] De Marco, “Juan José Paso”, p. 417.
[46] José de San Martín a Tomás Godoy Cruz. Mendoza, 24 de mayo de 1816, en Pérez Guilhou, “Pensamiento político y proyectos constitucionales (1810-1880)”, pp. 21-22.
[47] Arenal Fenochio, “Ambigüedad y necesidad del derecho indiano en los orígenes del constitucionalismo mexicano”, pp. 1178-1180.
[48] Discurso de José Manuel Estrada a los alumnos del Colegio Nacional. Buenos Aires, 22 de mayo de 1882, en Estrada, “El patriotismo. Discurso conmemorativo dirigido a los alumnos del Colegio Nacional el 22 de mayo de 1883 con motivo del aniversario de nuestra independencia”, pp. 310-311.
[49] Palombo-Espinosa, Documentos para la Historia de la Bandera Argentina, pp. 179 y 182.
[51] Sierra, Historia de la Argentina, p. 452.
[52] Irazusta, Tomás M. de Anchorena o la emancipación americana a la luz de la circunstancia histórica, p. 28.
[53] Gallardo, Joel Roberts Poinsett agente norteamericano 1810-1814, p. 290.
[54] De Marco, Argentinos y Españoles, p. 29.
[55] Binayán Carmona, “Sobre el plan de coronación del Inca”, p. 70.
[56] Astesano, Juan Bautista de América: El Rey Inca de Manuel Belgrano, pp. [9], 77 y 78.
[57] Carta de José de la Cuadra a Juan Esteban de Anchorena. Jujuy, 24 de julio de 1781, en Ibarguren (h), “La rebelión de Túpac Amaru al través de las cartas de José de la Cuadra a Juan Esteban de Anchorena”, p. 92.
[58] Valle Iberlucea, Los diputados de Buenos Aires en las Cortes de Cádiz y el nuevo sistema de gobierno económico de América, pp. 67, 99 y 119. Astesano, Juan Bautista de América: El Rey Inca de Manuel Belgrano, pp. 94-95.
[59] Etchepareborda, “Un pretendiente al trono de los incas, el padre Juan Andrés Ximénez de León Manco Cápac”, pp. [193]-201. García de Loydi, Los capellanes del Ejército. Ensayo histórico, pp. 52-53.
[60] Demicheli, Origen federal argentino, pp. 44-45.
[61] Gallardo, Joel Roberts Poinsett agente norteamericano 1810-1814, p. 288.
[62] Ravignani, Asambleas constituyentes argentinas 1813-1898, p. 244.
[63] Irazusta, Tomás M. de Anchorena o la emancipación americana a la luz de la circunstancia histórica, pp. 25-26.
[64] La Crónica Argentina, 17 de octubre de 1816, en García Belsunce, “Presencia de la Ilustración en la prensa directorial”, p. 49.
[65] Mitre, Historia de Belgrano y de la independencia argentina, pp. 457-458.
[66] Estrada, “Lecciones sobre la historia de la República Argentina”, pp. 164-165.
[67] Saldías, Ensayo sobre la historia de la constitución argentina, pp. 65 y 70.
[68] Lazcano, Las sociedades secretas, políticas y masónicas en Buenos Aires (Acción desarrollada pro-independencia, unión y organización de la Nación Argentina, y en bien de la humanidad), pp. 61-62.
[69] Bruno, Historia de la Iglesia en la Argentina, p. 73.
[70] Sierra, Historia de la Argentina, p. 452.
[71] Gianello, Historia del Congreso de Tucumán, pp. 274-275.
[72] Pérez Guilhou, Las ideas monárquicas en el Congreso de Tucumán, pp. 18-19.
[73] Luna, Historia para un país maduro, p. 21.
[74] Oyarzábal, “Manuel de Sarratea”, p. 529.
[75] Pérez Guilhou, “Pensamiento político y proyectos constitucionales (1810-1880)”, p. 22.
[76] Gallardo, Joel Roberts Poinsett agente norteamericano 1810-1814, p. 297.
[77] Gálvez, Revisionismo histórico constitucional 1810-1967, pp. 46-47.
[78] Brackenridge, La independencia argentina. Viaje a América del Sur hecho por orden del gobierno americano en los años 1817 y 1818 en la fragata “Congress”, p. 335.
[79] Levaggi, “Espíritu del constitucionalismo argentino de la primera mitad del siglo XIX”, p. 267.

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