jueves, 23 de abril de 2026

ESTANISLAO S. ZEBALLOS DECANO DE LA FACULTAD DE DERECHO Y CIENCIAS SOCIALES DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES EN TIEMPOS REFORMISTAS

 



                                                       Sandro Olaza Pallero*

 

 

1.  Introducción

      Estanislao S. Zeballos fue el primer presidente y organizador del Instituto Popular de Conferencias y en el 25° aniversario de su fallecimiento en la sesión del 20 de mayo de 1950 se realizó un homenaje en su honor donde se puede apreciar un resumen de su trayectoria pública. Gregorio Aráoz Alfaro presidente de esta institución destacó que como lo había recordado varias veces Ezequiel P. Paz director de La Prensa y fundador del Instituto, Zeballos no solo asumió la presidencia de su consejo directivo, sino que también redactó sus “Fines” y le imprimió sus características y dinamismo: “Pero su acción en la organización y orientación de nuestro Instituto no fue sino uno de tantos objetivos y de tantas tareas que le preocuparon. Zeballos fue, en efecto, periodista, parlamentario y hombre de Estado, profesor universitario, jurisconsulto, diplomático, hombre que se interesó profundamente en todos los progresos y adelantos de la nación, alcanzando en todas esas esferas de actividad, un altísimo prestigio y una autoridad incontrastable. Fue hasta geógrafo y geólogo, siendo fundador de varias asociaciones científicas. En materia de literatura escribió desde los primeros artículos ligeros en su juventud, hasta las editoriales resonantes de La Prensa que todo el mundo leía, y desde las novelas históricas y geográficas sobre asuntos indígenas, que tanto me interesaron cuando era estudiante, hasta los tratados de diplomacia americana y de crítica constitucional que fueron sus últimos trabajos. La justicia de la historia no ha llegado aún para Estanislao Zeballos”. Aráoz Alfaro mencionó que Zeballos luchó frecuentemente con violencia y era natural que despertara envidias y enemistades. En cincuenta años de vida pública sus adversarios le hicieron críticas sarcásticas en detalles insignificantes. “Pero ocultaban con esas críticas todo lo grande, todo lo importante, todo lo patriótico que hacía”. Agregaba Aráoz Alfaro que: “Cuando a los 70 años de edad, pocos meses antes de su muerte, fue invitado a dar conferencias en Estados Unidos, sólo una inspiración de bien nacional pudo hacerlo aceptar. Estaba seriamente enfermo y los médicos y su familia se oponían tenazmente al viaje. No podía ya desoír honores. Había alcanzado los más grandes a que un hombre de talento pueda aspirar en la cátedra y en el periodismo, en la magistratura, en el derecho, en el Parlamento, en el gobierno y en la diplomacia. Fue, como dijo en Williamstown, por ser un amigo leal de Estados Unidos, a buscar allí una consagración más para el nombre argentino. Tenía la conciencia de que el derecho -el derecho civil, el constitucional y el internacional privado- habían sido dignamente y altamente proclamados en su país”. Aráoz Alfaro recordó que Zeballos fue escuchado en Estados Unidos por un grupo selecto de juristas y luego viajó a Europa y al llegar a Liverpool expiró: “Bien ha dicho Leopoldo Lugones: Como a todo verdadero varón, puede hacérsele el mejor elogio con decir que su último día señaló su último trabajo”. Zeballos al presidir el Instituto Popular de Conferencias pronunció el discurso inaugural el 8 de julio de 1915 y sus posteriores disertaciones fueron “El sentimiento religioso en el arte” (2 de agosto de 1918); “Cuestiones y legislación del trabajo” (27 de junio de 1919); “El Estado frente a la cuestión social” (27 de mayo de 1921); “La International Law Association. Influencia de la República Argentina en los progresos del Derecho Internacional" (27 de octubre de 1921); y “Los valores políticos y sociales del presente” (26 de marzo de 1922) [1].         

      En su conferencia sobre Zeballos, Horacio Rivarola dijo: “Su nombre se abre apresurado paso en el tiempo; alumno del Colegio Nacional de Buenos Aires, pero después de ser instalado; Colegio Nacional, como lo llamó Mitre; Nacional, como aun antes, según documentos oficiales, se designó al que fundó Urquiza en Concepción del Uruguay, nombre que expresó anhelos, en  reacción contra el localismo inmediato; Colegio Nacional, para que sirviera a la nación y no a determinada provincia, para que sus alumnos que provenían de todas partes, pudieran decir que los educó la nación”. Recordaba que Zeballos casi adolescente integró como secretario la Comisión Popular de salubridad presidida por José C. Paz para la defensa contra la fiebre amarilla. Posteriormente se destacó como reportero, investigador de la naturaleza, estudiante de ingeniería, abogado, director de diarios, diputado en tres períodos y tres veces ministro. Zeballos se enorgulleció en la presentación que le hizo el senador Pierantoni en una universidad italiana: “Es un antiguo ministro de relaciones exteriores ascendido a profesor de la Universidad de Buenos Aires”. En la trayectoria de Zeballos rememorada por Rivarola agregaba que fue teniente coronel de guardias nacionales. Miembro del club naval, director de Correos y Telégrafos, ministro diplomático, presidente de la Sociedad Científica y de la Sociedad Rural, del Club del Progreso, del Círculo de Periodistas, miembro correspondiente de numerosas asociaciones extranjeras, poeta, autor de centenares de obras sobre derecho, literatura, ciencias naturales, temas militares, agrícolas, económicos, pedagógicos, históricos, nombres históricos y lingüísticos, de viajes de estudio y autor de proyectos de códigos. Zeballos fue un hombre de la Generación del Ochenta que se sintió con el mandato de transmitir a la posteridad la impresión de paz y orden derivados de la organización constitucional. “Zeballos perteneció a esa generación del 80 y ello explica, así sea parcialmente, que su principal preocupación fueron el bien de la patria”. Fue presidente de la Cámara de Diputados y perito en cuestiones internacionales cuando en 1889 el presidente Miguel Juárez Celman lo convocó para ser ministro de Relaciones Exteriores. En ese puesto dio rápida solución a cuestiones inmediatas pendientes.

      Recordaba Rivarola que en 1906 hubo una diferencia entre los ministros de Hacienda y Marina sobre el aumento del poder naval y la forma de llevarlo a la práctica. El presidente José Figueroa Alcorta no obstante el parecer de sus ministros Manuel Augusto Montes de Oca, Norberto Piñero, Federico Pinedo, Rosendo Fraga, Onofre Betbeder, Miguel Tedín y Exequiel Ramos Mejía convocó a una junta de notables para pedir su opinión. Integraban esa junta José Evaristo Uriburu, Bernardo de Irigoyen, Benjamín Victorica, Antonio Bermejo, Juan José Romero, Estanislao S. Zeballos, Marco Avellaneda, Calixto de la Torre, Guillermo Udaondo y Leopoldo Basavilbaso. Dijo Rivarola: “Fue notable el discurso y el poder de convicción que empleó Zeballos: consta aquél en una edición muy reducida, de la que he podido obtener un ejemplar”. Poco después fue convocado por Figueroa Alcorta para ocupar el ministerio de Relaciones Exteriores por su valía como hombre de Estado. Los últimos meses también desempeñó el ministerio de Instrucción Pública con carácter interino y suscitó envidias y debió alejarse de la función pública. También rehusó el ministerio de Justicia e Instrucción Pública que le ofreció Figueroa Alcorta [2].

 

2.  Zeballos precursor de la Reforma universitaria

      La reforma universitaria fue originada por un malestar de los alumnos en la Universidad de Córdoba a fines de 1917 y desembocó en una huelga a principios de 1918. El presidente Hipólito Yrigoyen dio su apoyo a la Reforma Universitaria y ordenó la intervención de la alta casa de estudios. Los hechos se repitieron en otras universidades argentinas y se extendió por toda Hispanoamérica. Por otra parte, la renovación ideológica y académica llegaba a la Universidad a través del movimiento reformista, que a pesar de sus avatares en el transcurso de un siglo influyó en el sistema actual de las altas casas de estudio. Estas transformaciones en la vida académica se resumían en las palabras de Yrigoyen pronunciadas en la apertura del Congreso en 1919. Mencionaba que el espíritu nuevo que las impulsaba por imperio de la reforma, apenas comenzada produjo un evidente mejoramiento en el régimen de su gobierno, en la organización de sus cuerpos directivos, en la orientación de su docencia y en la técnica de sus métodos de enseñanza “desenvolviéndose dentro de normas liberales y francamente democráticas, cual corresponde a las exigencias renovadoras de la civilización argentina” [3]. Uno de los antecedentes más importantes de la Reforma de 1918 fue el movimiento estudiantil llamado El 13 de Diciembre, que intentó cambiar las estructuras de la Universidad de Buenos Aires. La causa del estallido del conflic­to fue el suicidio del estudiante Roberto A. Sánchez el 12 de diciembre de 1871 [4].

      El 12 de diciembre de 1871 a las dos de la tarde y después de haber sido re­probado por la mesa examinadora, Sánchez se retiró a su casa ubicada en la calle Belgrano al lado de la iglesia Montserrat, se encerró en su cuarto y escribió varias cartas. Se escuchó una detonación y luego un grito desesperado. Las personas de la casa corrieron a la habitación y lo encontraron en el suelo con el cráneo destro­zado. El jefe de la Comisaría 4° remitió el parte a la jefatura de Policía donde expresaba: “Como a las cuatro de la tarde del día anterior el infrascrito tuvo conocimiento de que en la casa de la calle Bel­grano número 323 se había suicidado de un balazo que se pegó en las sienes con el revólver que se remire a V. S., el joven Roberto A. Sánchez, sanjuanino, de 22 años, soltero, estudiante. En vista de lo expuesto, el que firma ordenó al escribiente Villafañe se trasladase inmediatamente al paraje indicado y después de prestarle los auxilios necesarios por medio de los facultativos doctores Silva y Malaver, quienes manifestaron que ya había expirado, se procedió a investigar las causas que habían motivado el referido hecho, y según la exposición de la señora doña Rosa Carril de Mendieta, pariente del suicida y dueña de la casa, resulta que hallándose ella con su familia en las piezas interiores, vieron que Sánchez entraba de la calle para su habitación y que al momento oyeron la detonación de un tiro, razón por la cual corrieron a la pieza de Sánchez y ya lo vieron caído en el suelo y con una herida en la cara; agregó que suponen que al verificar Sánchez dicho acto lo ha hecho por haber salido mal en sus exámenes de segundo año de Derecho, que estudiaba en la Universidad, siendo todo lo que puede manifestar en este incidente” [5].

      Al día siguiente en momentos en que se realizaba el velatorio de Sánchez, sus compañeros convocaron a un mitin instando a emprender la lucha para lograr que se reformara la Universidad de Buenos Aires. Los alumnos Estanislao S. Ze­ballos, Avelino Verón, Juan Carlos Belgrano, Adolfo Lamarque y Luis Sarmiento se entrevistaron con el gobernador Emilio Castro para que se investigaran los hechos y se destituyera a los profesores Ezequiel Pereyra y Aurelio Prado y Rojas, responsables de la reprobación de Sánchez [6]. Entre los estudiantes cursantes del Departamento de Jurisprudencia en 1871 se puede mencionar a Dalmiro Alsina, Faustino Alsina, Octavio Amadeo, Pedro Argerich, Juan Carlos Belgrano, Carlos Bonorino, José María Bustillo, Miguel Cané, José María Cantilo, Ángel P. Carranza, Estanislao Castilla, Juan José Castro, Luis Correa Larguía, Julio Costa, Joaquín Cullen, Wenceslao Escalante, Severo Fernández, Javier Figueroa y Figueroa, Nerestan Fredes Molina, Juan Girondo, Indalecio Gómez, Faustino Jorge, Emilio Lamarca, Adolfo Lamarque, Alberto Larroque, Nicolás Leiva, Lu­cio V. López, Paulino Llambí, Ernesto Madero, Félix Malato, Manuel Mantilla, Mariano Marcó, Cosme Mariño, Teófilo Martínez, Adolfo Massot, Miguel J. Mo­rel, Miguel L. Noguera, José Antonio Olmos, Abel Ortiz, Alberto Palomeque, Ernesto Pellegrini, Ángel Pereyra, Enrique S. Quintana, Ezequiel Ramos Mejía, Francisco Ramos Mejía, Juan M. Rivera, Cornelio Saavedra Zavaleta, Dalmiro Sáenz, Roque Sáenz Peña, Adolfo Saldías, Roberto N. Sánchez, Luis Sarmiento, Miguel Sorondo, Juan Manuel Terán, José Vicente Urdapilleta, Avelino Verón, Ramón Videla Dorna, José Matías Zapiola y Estanislao S. Zeballos. Varios de ellos se destacaron como juristas, docentes y políticos. Otros no terminaron la carrera de Jurisprudencia y siguieron otras profesiones [7].

      El rector Juan María Gutiérrez presentó un interesante proyecto de ley orgánica para todo el sistema de enseñanza, que concebía a la institución como un conjunto de facultades y establecía el sistema de concursos para la adjudicación de las cátedras. Sin embargo, el proyecto no fue tratado, a pesar de que durante aquellos primeros años de la década de 1870, era evidente la necesidad de poner en marcha una reforma del sistema de organización universitaria de la provincia. Los conflictos que estallaron en Medicina y Jurisprudencia eran un reflejo de la problemática. Desde el periódico 13 de Diciembre los estudiantes no se mostraban optimistas con este proyecto de Gutiérrez al que consideraban libe­ral y progresista y que provocaría poderosas resistencias “en aquella parte conservadora de nuestra Legislatura, que ya en diversas épocas ha esgrimido con ardor la espada contra la reforma de la enseñanza”. Los estudiantes en su plan de colaboración proponían la realización de exposiciones sobre las materias y su publicación con el visto bueno de las autoridades [8]. 

 

3.  Zeballos decano interventor en la Facultad de Derecho

 

      La autonomía universitaria ya había sido consagrada por la Ley Avellaneda pero de forma muy limitada y como un tema de gobierno de la Universidad más que como autonomía académica. Por otra parte, las protestas estudiantiles de las Facultades de Derecho y Medicina de la Universidad de Bue­nos Aires entre 1903 y 1906 tuvieron un carácter reivindicatorio. Los reclamos eran contra el sistema de exámenes, por la modificación de los planes de estudio, rechazo de la designación de los profesores titulares según los arbitrarios criterios de la Academia y en oposición al arcaísmo cultural [9]. Aimismo, la ordenanza sobre alumnos regulares y libres ocasionó una queja del Cen­tro de Estudiantes de Derecho al decano Wenceslao Escalante, quien dispuso la clausura de la Facultad en 1907. Esta normativa estableció que en los exámenes anuales los estudiantes de cada asignatura podían ser regulares o libres. Según el artículo 2° los estudiantes regulares tenían que asistir a más de la mitad de las clases dictadas du­rante el año por los profesores titulares y suplentes. También se los consideraba en la misma categoría, a los que, con una asistencia mínima de un veinticinco por ciento de las clases, fueran aprobados en dos pruebas escritas rendidas en julio y octubre. A su vez, los alumnos libres eran los que no cumplían ninguna de las condiciones establecidas en el artículo 2°. Por su parte, en el artículo 15 se dispuso que la ordenanza iba a regir desde el 1° de abril de 1907 [10].

      En ese tiempo el cuerpo de profesores de la Facultad de Derecho estaba impartido por personalidades prestigiosas como Carlos Octavio Bunge, Antonio Dellepiane, Carlos Ibarguren y Estanislao S. Zeballos. De esta forma el horario de la cursada de asignaturas era el siguiente: Lunes, miércoles y viernes de 9 a 10 a. m. Primer año: Filosofía General (Amadeo Gras); se­gundo año: Derecho Romano II parte (Carlos Ibarguren); cuarto año: Derecho Comercial I parte (Juan Carlos Cruz); quinto año: Derecho Procesal I parte (Máximo Castro); sexto año: Internacional Privado (Estanislao S. Zeballos). Lunes, miércoles y viernes de 10 a 11 a. m. Primer año: Derecho Romano I parte (Ernesto Weigel Muñoz); segundo año: Derecho Civil libro I (José Galiano); tercer año: Derecho Civil libro II (Rómulo Etcheverry); cuarto año: Derecho Civil libro III (Juan Ángel Figueroa); quinto año: Filosofía del Derecho I parte (Antonio Dellepiane); sexto año: Filosofía del Derecho (Wenceslao Escalante). Martes, jueves y sábado de 10 a 11 a. m. Primer año: Introducción (Carlos Octavio Bunge); segundo año: Economía Política (Manuel M. de Iriondo); tercer año: Fi­nanzas (Francisco J. Oliver); cuarto año: Derecho Constitucional (Carlos Rodríguez Larreta); quinto año: Derecho Civil libro IV (Baldomero Llerena); sexto año: Derecho Procesal II parte (Francisco Canale). Martes, jueves y sábado de 9 a 10 a. m. Primer año: Revista de la Historia (Emilio Giménez Zapiola); segundo año: Internacional Público (Eduardo L. Bidau); tercer año: Derecho Penal (Os­valdo M. Piñero); cuarto año: Ley de Minas y Rural (Matías Sánchez Sorondo); quinto año: Derecho Administrativo (Adolfo F. Orma). Para los alumnos previos del plan antiguo en la materia Derecho Comercial II parte (Leopoldo Melo) [11].

      El 11 de septiembre de 1918, el presidente Yrigoyen aprobaba la reforma proyectada por el Consejo Superior de la Universidad de Buenos Aires. De esta forma el Consejo Superior estaría integrado por un rector, los decanos de las Facultades y dos delegados que cada una de éstas nombrara. Los Consejos Directivos nombrarían sus miem­bros a propuesta de una asamblea compuesta de todos los profesores titulares y de los estudiantes. El decano duraría tres años en su cargo y podía ser reelec­to con intervalo de un período. También se darían cursos libres, conferencias o lecciones sobre cualquier asignatura correspondiente al plan de estudios de cada Facultad [12]. De acuerdo a las reformas de los estatutos, el 5 de octubre de 1918 se designó a Zeballos para el gobierno de la Facultad de Derecho. El rector Eufemio Uballes facultaba a los delegados designados a organizar y convocar las asambleas electorales. Por la misma fecha se comunicó al decano Adolfo Orma la refor­ma de los estatutos y la designación de Zeballos a fin de que le hiciera entrega del cargo con las formalidades del caso. A continuación, le agradecía sus valiosos servicios prestados a la institución universitaria [13].

      Zeballos cuando recibió su nombramiento como delegado del rector en la Facultad de Derecho, respondió que su reorganización se haría con dificulta­des y lo aceptaba en homenaje a la obra iniciada por el rector: “Convencido de la bondad de las reformas maduradas por el Consejo Universitario y por el Poder Ejecutivo, grato me será presidir cuidadosamente su eficaz implantación en nues­tra Facultad” [14]. El 22 de octubre de 1918 Zeballos comunicaba al rector que en la fecha se había celebrado la asamblea constitutiva de la Facultad de Derecho. Fue la reunión más numerosa de profesores que se hizo en la Facultad con el fin de elegir autoridades. De la asamblea constituyente participaron los profesores titulares Zeballos, Eduardo Prayones, Jesús H. Paz, Alfredo Colmo, Héctor Lafaille, Ernesto Weigel Muñoz, Juan Carlos Cruz y Ramón S. Castillo, entre otros. También los alumnos Rafael Gramajo Machado, Ricardo Etcheve­rry Boneo, Manuel Miranda Naón, Vicente Digiorgio, Vicente Mihura, Erasmo Goti, Abraham Rosenvasser, Elvio P. Rossio Montero, Guillermo Remis, Vicente Rodríguez Rivas, Julio A. Sojo y Raúl de Labougle. De la votación a decano, Zeballos sacó sesenta votos, Carlos Ibarguren cuatro votos, Orma dos votos, Leopoldo Melo dos votos y tres en blanco. Resultaron electos al Consejo Superior, David de Tezanos Pinto y Carlos Alfredo Becú, titulares; y Jaime F. de Nevares y Raymundo Salvat, suplentes. Como consejeros Leopoldo Melo, Tomás Jofré, Alfredo L. Palacios, Colmo, Vicente C. Gallo, Castillo, Carlos F. Melo, Prayones, Hugo Cullen, Enrique Ruiz Guiñazú, Honorio Pueyrredón, Esteban La­madrid, Félix Martín y Herrera y José Oderigo [15]. Zeballos tomó posesión del decanato el 24 de octubre en un acto solemne con la presencia de los consejeros, personal docente y alumnos de la Facultad de De­recho y Ciencias Sociales. Pronunciaron discursos Zeballos, Jesús H. Paz y el alumno Julio A. Sojo. También concurrieron delegados de las Facultades de Medicina, Ciencias Económicas y Agronomía [16]. El 22 de noviembre de 1918, el decano dispuso la entrega de diplomas de honor a Mauricio Julio Beck, Santiago Epanimondas Biggi, Tomás Darío Casares, Alfredo Heidenreich, Walter Jakob y Augusto Rodríguez Larreta. La medalla de oro correspondiente al curso de 1917 fue para el alumno Oscar Ezequiel Carbone [17].

      Varios de los estudiantes que se recibieron en la Facultad de Derecho en 1918 se destacarían en la vida política: Isidoro Aramburú y Leandro Meiners (radicales), José Carlos Predolini Parera (conservador); Alfonso Manuel Corona Martínez (socialista); y Calixto Lassaga (h) (Liga Patriótica Argentina). Docentes como Bonifacio Bidau, Eduardo Juan Bullrich y Graciano Reca. En el mundo de la cultura sobresalieron Bernardo Canal Feijóo, Juan Delibano Chazarreta, Delio Panizza y Agustín de Vedia. También los decanos de las Facultades de Derecho y de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires José Peco y José María Monner Sanz. Los magistrados Eleodoro Ortiz Lobos y José Lorenzo Urdapilleta y el diplomático Eduardo Luis Vivot [18]. Ese mismo año, María Laura López Saavedra, fue la segunda abogada egresa­da de la Universidad de Buenos Aires. Nacida en Buenos Aires en 1891, estudió en el Liceo Nacional de Señoritas de la Capital e ingresó en la Facultad de Derecho el 29 de febrero de 1912. Fue una alumna distinguida y en la solicitud de su diploma de abogada mencionaba “27 años de edad, natural de Buenos Aires, domiciliada en la calle Lautaro 371” [19]. Zeballos fue decano de la Facultad de Derecho entre 1918 y 1919 y en el discurso de inicio del año lectivo sostuvo que la facultad “no debe ya existir rezagada como fuente de satisfacciones utilitarias” para los que ambicionaban títulos profesionales, sino “los que quieran fortificar y regenerar su mentali­dad”. Sería una casa abierta a la intelectualidad argentina “gabinete de investigación, libre pero no licencioso, ni irresponsable de las necesidades y de las aspiraciones comunes”. Como decano enfrentó una situación crítica con agitaciones promovidas por el movimiento reformista. Sin embargo, Zeballos defendió su autoridad y ni la violencia pudo doblegarlo. No tuvo el apoyo del rectorado en confusas situaciones y cesó de facto el 30 de octubre de 1919 [20].

      Según Daniel Antokoletz el decanato de Zeballos fue brillante, pero sufrió amarguras en el contexto del apogeo de la reforma universitaria y algunos de sus dirigentes tenían motivos propios para hostilizarlo. Después de varias incidencias desagradables, Zeballos presentó su renuncia. Un cuarto de siglo antes los estudiantes demostraban mayor interés por las clases de la Facultad, donde se llenaban las aulas de la calle Moreno, a pesar de que la que la reforma universitaria introdujo la asistencia libre. Recordaba Antokoletz las leccio­nes a los estudiantes: “Cómo sería que hasta mis modestas clases de Derecho Internacional Público atraían grandes masas de alumnos que a mí también me prodigaban aplausos, cuando los merecía” [21]. Julio V. González comentó la huelga violenta de los alumnos de la Fa­cultad de Derecho en contra de Zeballos en los meses de septiembre y octubre de 1919. Insistió en que el estatuto universitario no fue muy democrático “por aquello de las clases en que se divide al pueblo: clase de profesores y clase de estudiantes”. Lo rechazó porque es “natural que no podamos seguir estricta­mente la ficción republicana” y “nos llevaría a desahuciar la constitución como reaccionaria” [22]. El dirigente radical Jorge Farías Gómez recordó que cuando era estudiante de De­recho había tirado un tomate que fue a dar en la pechera de Zeballos “quien ha­bía ido a calmar los ánimos de una asamblea estudiantil”. Los alumnos estaban haciendo una huelga en solidaridad con los de Córdoba y junto a Farías Gómez se encontraba el estudiante de ingeniería Astudillo, quien también como el primero sufrió la represión de la policía. Entonces los alumnos se dispersaron y Farías Gómez fue el único que se quedó a enfrentar a los agentes policiales. Fue detenido y después de unos meses fue llamado por el presidente Yrigoyen, quien lo retó en una dependencia de la Casa Rosada por su actitud contra el decano Zeballos: “Yo tenía 18 años y estaba en la Juventud Radical donde siempre me destacaba como un muchacho de primera fila o de esos que van al frente” [23].

 

Notas:

[1] Aráoz Alfaro, Gregorio, “Elogio del doctor don Estanislao Severo Zeballos. Discurso del presidente, doctor Gregorio Aráoz Alfaro”, en Anales del Instituto Popular de Conferencias. Trigésimo quinto ciclo año 1949, Buenos Aires, 1950, t. XXXV, págs. 7-9.

[2] Rivarola, Horacio C., “Elogio del doctor don Estanislao Severo Zeballos en ocasión del vigésimoquinto aniversario de su fallecimiento”, en Anales del Instituto Popular de Conferencias. Trigésimo quinto ciclo año 1949, Buenos Aires, 1950, t. XXXV, págs. 9-10.

[3] “La Reforma Universitaria”, en Documentos de Hipólito Yrigoyen. Apostolado. Obra de Gobierno. Defensa ante la Corte, Buenos Aires, Senado de la Nación-Secretaría Parlamentaria, 1986, pág. 135.

[4] Véase, Guaglianone De Delgado Fito, Manon V., “El 13 de Diciembre”. Los universitarios re­formistas de 1871, Buenos Aires, Edición de la autora, 1976; Ortiz, Tulio, Historia de la Facultad de Derecho, Buenos Aires, Facultad de Derecho-Univer­sidad de Buenos Aires, 2004; y Quiroga, Marcial I., La reforma universitaria de 1874 su centenario. Disertación pronunciada en el Instituto Popular de Conferencias el 9 de agosto de 1974, Buenos Aires, Edición del autor, 1975.

[5] Espinosa, Valentín, Mis cartas a La Prensa 1971-2003, Buenos Aires, Dunken, 2004, págs. 25-26.

[6] Quiroga, La reforma universitaria de 1874…, pág. 20; Guaglianone De Delgado Fito, “El 13 de Diciembre”, pág. 4.

[7] Archivo Histórico de la Universidad de Buenos Aires “Presbítero Antonio Sáenz” (en adelante AH-UBA), Libro de Matrículas de Jurisprudencia 1868-1872, pág. 203 y Libro de Matrículas de Jurispruden­cia 1871, págs. 8-18.

[8] Guaglianone De Delgado Fito, “El 13 de Diciembre”, págs. 30-31. Buchbinder, Pablo, Historia de las Universidades Argentinas, Buenos Aires, Sudamericana, 2010, pág. 55.

[9] Caldelari, María, “Turbulencias y Reforma en la Universidad de Buenos Aires”, en La Ga­ceta Universitaria 1918-1919. Una mirada sobre el movimiento reformista en las universidades nacionales, Buenos Aires, Eudeba, 2008, págs. 34-35.

[10] Véase, “Texto íntegro de la nueva ordenanza sobre alumnos regulares y libres”, en Revista del Centro de Estudiantes de Derecho n° 1, Buenos Aires, Abril de 1907, vol. I, págs. 23-25. 

[11] Véase, “Horario para 1907”, en Revista del Centro de Estudian­tes de Derecho n° 1, Buenos Aires, Abril de 1907, vol. I, págs. 25-26. 

[12] Véase, “Decreto del P. E.”, en Revista de la Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires, t. XLII, 1919, págs. 21-24. 

[13] Véase, “Designación de los delegados que tienen a su cargo el gobierno de las facultades”, en Revista de la Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires, t. XLII, 1919, págs. 25-26. 

[14] Véase, “Notas de comunicación de los nombramientos a los delegados y aceptación de éstos”, en Revista de la Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires, t. XLII, 1919, págs. 26-36.

[15] Véase, “Notas de comunicación…”, págs. 26-36. 

[16] Véase, “Toma de posesión de las nuevas autoridades”, en Revista de la Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires, t. XLII, 1919, págs. 37-40. 

[17] AH-UBA, Caja 209 Derecho 1918. 

[18] AH-UBA, Caja 210 Rectorado 1918. Véase, Cutolo, Vicente Osvaldo, Nuevo Diccionario Biográfico Argentino, Buenos Aires, Elche, 1968-1969, ts. I y II; Cutolo, Vicente Osvaldo, Historia­dores argentinos y americanos, Buenos Aires, Casa Pardo, 1966; Cutolo, Vicente Osvaldo, Novísimo Diccionario Biográfico Argentino (1930-1980), Buenos Aires, Elche, 2004, t. I; y Pereira, Enrique, Dic­cionario Biográfico Nacional Unión Cívica Radical, Buenos Aires, Fundación Instituto de Pensamiento y Formación Moisés Lebensohn, 2012, 4 ts.

[19] Legajo de alumna de María Laura López Saavedra-Facultad de Derecho y Ciencias Sociales 1912. AH-UBA, FD-A-01-083.

[20] Véase, Scotti, Luciana B., “Estanislao S. Zeballos: maestro de la escuela argentina de De­recho Internacional Privado en la Universidad de Buenos Aires”, en Ortiz, Tulio (coordinador), Facultad de Derecho y Ciencias Sociales. Enseñanzas de su historia, Buenos Aires, Departamento de Publica­ciones de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, 2015, págs. 151-176. 

[21] Antokoletz, Daniel, Páginas vividas, Buenos Aires, El Universitario, 1945, pág. 113.

[22] González, Julio V., La Reforma Universitaria, Buenos Aires, Sagitario, 1927, t. II, pág. 25.

[23] Véase, Farías Gómez, Jorge, “La Sucesión de Yrigoyen”, en Todo es Historia n° 121, Bue­nos Aires, Junio de 1977, págs. 93-95. 


* en Revista de Derecho, Historia y Letras “Estanislao S. Zeballos” n° 1, Buenos Aires, Septiembre 2022. ISSN 3008-9700.

domingo, 25 de julio de 2021

UN RETRATO DE MANUELITA ROSAS

  



                              Por Guillermo Palombo


Características del retrato de Manuelita Rosas

La firma J. C. Naón & Cía. S. A. incluyó en su catálogo impreso para el remate realizado en los salones del Hotel de Ventas sito en Guido 1785 (Buenos Aires) desde el 11 al 13 y del 17 al 19 de agosto de 2004, un “Retrato de Manuelita Rosas” (lote 148). Su descripción técnica precisa que trata de una figura al óleo sobre tela, firmada con el monograma  C.M.F. (Fecit), en la parte inferior izquierda de la tela cuyas dimensiones son 0,560 m. de alto y 0,415 m. de ancho. El valor de base de la obra fue estimado entre 6.000 y 10.000 dólares estadounidenses.

El catálogo incluye un comentario firmado por Ángel N. D´Alessio, en el cual se califica al retrato como una “obra inédita”, cuya existencia se desconocía con anterioridad, remitida a la firma martillera “para su estudio y tasación”. Agrega  que como su estado de conservación impedía su “interpretación” fue necesario realizar “profundas tareas de estudio e investigación” encomendándose tareas de limpieza y restauración a un conocido taller de plaza”. El señor D´Alessio nos dice que la imagen de Manuelita luce “los símbolos federales de la época”, y que a ambos lados de su figura están representados “el escudo nacional argentino” y otro escudo “de carácter particular y de homenaje” orlado con laureles que encierran las iniciales “MRyE” junto a la fecha “24 Mayo 1817-40”. De ello,  el comentarista deduce que la figura retratada es Manuelita Rosas y Ezcurra, nacida el 24 de mayo de 1817, que la cifra “40” se refiere al año 1840 como el de realización de la obra, y que su autor es Carlos Morel, puesto que la firma está representada mediante un monograma con letras de su nombre y apellido junto a la “F” fecit, dado que Morel utilizó diversas formas para identificar algunos de sus cuadros y, en este caso, tratándose de “un homenaje tan especial”, empleó “este monograma tan especial”.

Como último detalle se afirma que la tela utilizada lleva un sello al dorso de forma oval de Reeves & Sons-London.

Las referencia indicadas, para el autor de la anotación que he glosado estrechamente, confirman “la certeza del hallazgo”, por lo que concluye expresando que “Estamos en presencia de una importante obra de quien fue cronológicamente nuestro pintor nacional y que representa la figura femenina más apreciada de la sociedad de su época.

 

Los símbolos federales

Los “símbolos federales de la época” que luce el retrato de Manuelita Rosas, referidos por el catálogo, son el moño federal punzó sobre su cabeza y la divisa federal punzó sobre su pecho: se trata de dos símbolos cuya presencia simultánea es incompatible, con el agravante de que el uso de la divisa en el pecho fue vedado a las  mujeres por el propio Rosas.

La divisa federal fue impuesta, primero por un decreto del 22 de septiembre de 1830 y luego, rigurosamente, por otro del 9 de enero de  1832. Y aunque nada dicen ambas disposiciones sobre su uso por las integrantes del sexo femenino, Rosas dispuso que ellas debían llevarla, exclusivamente, en la forma en que fue usada por su esposa, Encarnación Ezcurra, quien “se puso la divisa punzó al lado izquierdo de la cabeza”. Así lo manifestó Rosas a su primo Tomás de Anchorena en carta del 25 de diciembre de 1838, publicada por Ernesto Celesia en su libro Rosas, aportes para su historia, tomo II, Buenos Aires, 1968, pág.454.

Un decreto del gobernador de San Luis, del 9 de noviembre de 1835 ordenó a todos los empleados públicos de la provincia y a los ciudadanos el uso de la divisa federal, y lo recomendó, sin imponerlo, a las señoras de los empleados. Y si bien no se aclara cómo debían llevarla estas últimas, debió serlo en la misma forma que el propio Rosas expresó en la carta que he citado (en forma de moño y al lado izquierdo de la cabeza), porque así lo demuestran en forma concordante todos los testimonios documentales que he visto al respecto, correspondientes al período que va desde 1836 hasta 1852, y nunca en el pecho, modalidad reservada para los hombres.

El Obispo de Buenos Aires,  monseñor Mariano Medrano, en una circular dirigida a los curas vicarios el 6 de septiembre de 1836, publicada por el P. Cayetano Bruno en su Historia de la Iglesia Argentina, tomo X, Buenos Aires, 1975, pág. 37, les recomendó exhortar a sus feligreses para que llevaran constantemente la divisa federal color punzó que tenía ordenada el Gobierno, los hombres “al lado izquierdo sobre el corazón y las mujeres en la cabeza del mismo lado”.

Rosas en carta del 28 de noviembre de 1836 dirigida a Felipe Ibarra, gobernador de Santiago del Estero, a la vez que le anunciaba el envío de cintas punzó con los letreros correspondientes, definiendo como debía ser la divisa federal femenina: “La divisa federal en las señoras debe ser un moño punzo al lado izquierdo de la cabeza con letreros de “Vivan los Federales, Mueran los impíos Unitarios”. Esta es la verdadera divisa en ellas, colocada como queda dicho al lado izquierdo de la cabeza y no en otra parte. Ellas la quieren al pecho, pero no se les debe consentir porque ahí solo se le ve a la que quiere mostrarla. Verdad es que esta divisa en la cabeza es majadera y cara porque se les pierde muchas veces y así es que por eso aún no se ha generalizado, principalmente en las pobres que no les alcanzan sus recursos pero si se las da ellas la usan con la mejor voluntad”. Esta carta fue dada a conocer por José Luis Busaniche en su artículo Muestrario rosista. Los colores nacionales,  aparecido en La Nación, núm. 25.199, Buenos Aires, domingo 31 de agosto de 1941. Y en 1839, Rosas reiteró a Juan Pablo López, gobernador de Santa Fe, la conveniencia de generalizar el uso de la divisa federal “los hombres al pecho en el costado izquierdo y las mujeres al costado izquierdo de la cabeza”.

El jesuita Mariano Berdugo, que estuvo en Buenos Aires hasta 1841, en un informe reservado publicado por el P. Bruno en el tomo X, pág. 38 de su obra citada, recuerda que los mazorqueros vigilaban que no salieran a la calle los hombres sin el cintillo punzó en el sombrero y las mujeres sin “un moño punzó en la cabeza”. El viajero norteamericano Samuel Greene Arnold, que estuvo en Buenos Aires en febrero de 1848 apunta en su libro Viaje por América del Sur 1847-1848, Buenos Aires, 1951, pág. 155, que “las señoras están obligadas a usar una cinta punzó en el cabello cuando salen, pero no adentro de sus casas”.

El español Benito Hortelano que llegó a Buenos Aires en 1849, recuerda en sus Memorias que cito en la edición publicada por Eudeba en 1972, págs.79 y80, que “También las señoras usaban divisa, consistiendo esta en un lazo de cinta punzó al lado izquierdo de la cabeza”. Y finalmente, tampoco lleva la divisa, el retrato de Manuelita Rosas ejecutado por Prilidiano Pueyrredon en 1851 que se exhibe en el Museo Nacional de Bellas Artes.

Por otra parte, al reparar en el texto de la leyenda de la divisa que luce en el pecho la figura femenina del retrato que estamos comentando, advertimos que la misma reza “Viva la Confederación Argentina”, por lo que está evidentemente incompleta y falta el muera a los unitarios que contienen todas las divisas de la época.

La colocación de la divisa en el pecho de Manuelita y la leyenda que luce en ella evidencian un error ignorantemente equivocado que nunca pudo haber cometido un pintor de aquel tiempo, que Manuelita nunca hubiera permitido y que su padre  no hubiera tolerado por contravenir sus expresas indicaciones expuestas en los documentos citados en los párrafos precedentes.

 

El escudo nacional argentino

No alcanzamos a advertir por qué motivo Rosas, detallista al máximo cuando del cumplimiento de normas protocolares se tratara, hubiera autorizado la inclusión en el retrato de su hija de un atributo de la investidura nacional – el escudo, con rayos cuyas curvas difieren con la forma de los que se usaban por entonces – que él ejercía por delegación de las provincias (el  encargo de las relaciones exteriores ante las potencias extranjeras) cuando Manuelita nunca desempeñó funciones oficiales que justificaran la inclusión. Al respecto, vale la pena recordar que ella misma, en carta a su amigo Antonino Reyes, fechada en Hampstead – Londres – el 16 de noviembre  de 1892, publicada por el Archivo General de la Nación en el volumen Manuelita Rosas y Antonino Reyes. El olvidado epistolario  (1889-1897), Buenos Aires, 1998, pág. 92, respondiendo a la pregunta de Reyes de si era cierto que al despedirse el general Oribe de Buenos Aires, precisamente en 1840, lo hizo ella “en carácter oficial”, Manuelita aclaro que era “completamente falsa” esa especie: “Mi finado padre el general Rosas jamás me hizo desempeñar un rol que no debía, o que ridiculizase tanto a mí como a él mismo. Tampoco es cierto que yo tomase parte alguna oficialmente de asuntos públicos o políticos  durante la Administración de mi lamentado padre, cuando, creo, que hice cuanto me fue dado para desempeñarme en los actos privados y sociales con la dignidad que correspondía a nuestra posición”. Y ese concepto lo ratificó en otra posterior carta del 21 de febrero del año siguiente. Y no deja de ser un dato de valor concurrente, la circunstancia de que no se contempló incluir el escudo nacional en el retrato de Manuelita, ejecutado por Prilidiano Pueyrredon en 1851 por encargo y bajo supervisión oficial.

 

El escudo de carácter particular y de homenaje

El otro escudo, que en el catálogo se califica como “de carácter particular y de homenaje”, contiene en su interior las iniciales “M.R. y E.” Y las fechas “24 Mayo 1817-40”. No conocemos retrato femenino alguno de la época en el que se haya insertado la fecha de nacimiento de la dama retratada, detalle que, “prima facie”, parece incompatible con la sempiterna y astuta coquetería femenina, uno de cuyos recursos consiste, precisamente, en el ocultamiento de la edad real. Pero más allá de ello, la inclusión del adefesio perjudica el equilibrio de la composición plástica, que es, de suyo, de factura muy pobre, al punto de resultar incompatible con la obra conocida de Morel. Pero, claro, si tal escudo con esos datos y el monograma de Morel no estuviera presente ¿cómo podría argumentarse que el retrato pertenece a Manuelita y que su autor fue Morel?

 

La palabra de Manuelita Rosas

El retrato de Manuelita (no “inédito”, adjetivo que se reserva exclusivamente para un escrito no publicado, sino desconocido), colocado bajo nuestra observación, carece de elementos de autenticidad de la época. Pero aún cuando esos errores no estuvieran presentes en la obra, tampoco podría tenérsela como un retrato de Manuela, a juzgar por los hechos  documentados que pasamos a relatar. En 1851 un grupo de ciudadanos representados por Baldomero García, Eustaquio José Torres y Juan Manuel de Larrazábal solicitaron a Manuelita  que accediera a dejarse retratar para poder exponer públicamente su retrato. Manuelita les respondió por escrito, el 25 de junio, que nunca antes había permitido ser retratada (“jamás he abrigado la idea de retratarme”), no obstante lo cual solicitaría autorización a su padre para hacerlo. Rosas concedió la autorización, y para supervisar la realización del retrato, que fue encargado a Prilidiano Pueyrredon, y es el que se exhibe actualmente en el Museo Nacional de Bellas Artes, fue constituida una comisión oficial integrada por Juan Nepomuceno Terrero, Luis Dorrego y Gervasio Ortiz de Rozas, quienes se dirigieron a Manuelita por nota fechada el 1° de julio, en la cual, entre otras consideraciones, y refiriéndose  a la necesidad de contar con un retrato de la niña de Palermo expresaban: “Pero, no hay un retrato de Manuelita. Todo el mundo se retrata y sin embargo esa Manuelita Rosas que antes aunque tan imperfectamente hemos bosquejado, jamás ha pensado en ello”, ratificándose, de ese modo, que no existía retrato alguno anterior de Manuelita ejecutado por nadie. Esos documentos oficiales, auténticos, fueron publicados en el libro de Antonio Dellepiane titulado El Testamento de Rosas, Buenos Aires, 1957, págs. 187-188, y evidencian, sin asomo de duda alguna, que Manuelita nunca había sido retratada con anterioridad, porque no tiene valor de tal el dibujo ejecutado por García del Molino en su álbum. Así surge de las propias palabras de la interesada, del aval tácito de su padre y del reconocimiento de sus contemporáneos.

Por su parte, el profesor Adolfo Luis Ribera refiere que el poeta José Mármol, en el número del 6 de octubre de 1851 de La Semana, de Montevideo, comenta los entretelones de este retrato, que iba a constituir el primero de Manuelita (véase Academia Nacional de Bellas ArtesHistoria del Arte en la Argentina, tomo III, Buenos Aires, 1984, pág. 315).

Si los errores de época que contiene el retrato atribuido a Morel son inadmisibles (por ejemplo, la duplicación de la divisa, incluyendo la expresamente prohibida, lo que constituye una torpeza inaceptable para la época y para el personaje retratado) pretender sostener la existencia de un retrato anterior al de Prilidiano Pueyrredon, significaría nada menos que pretender desmentir a la propia Manuelita. Por ello el cuadro bajo análisis no puede ocupar, por derecho propio, lugar alguno en la iconografía de la hija de don Juan Manuel.

[Artículo publicado en El Tradicional. Año 9, N° 61, Buenos Aires, noviembre de 2005, pp. 10-11]

sábado, 21 de diciembre de 2019

GALEANO SE BATIÓ CON ISAAC ROJAS PARA LAVAR EL AGRAVIO A FRONDIZI















En el mediodía del 4 de julio de 1959, en un campo de la localidad bonaerense de Pilar cruzaron cuatro disparos de pistolas, sin dar en el blanco, el entonces diputado nacional de la Unión Cívica Radical Intransigente (UCRI) por Misiones, Roberto A. Galeano y el ex vicepresidente de facto, contralmirante Isaac Francisco Rojas.       
La policía bonaerense había intentado impedir el lance porque lo prohíben las leyes y, aunque lo sabía el país, llegó muy tarde al lugar elegido por los duelistas, tan tarde que los periodistas le ganaron por lejos y estuvieron a tiempo para presenciar el cruce con pistolas. Por la prohibición legal, las actas del duelo se fecharon en la localidad uruguaya de Colonia y fueron publicadas en los diarios. Los dos primeros disparos no dieron en el blanco y, en la segunda vuelta, la pistola de Rojas falló y Galeano erró el tiro.
Ilesos los contrincantes, los padrinos plantearon la reconciliación pero Rojas se negó rotundamente “ni conciliación ni reconciliación”, dijo.           
El duelo se originó porque Rojas había tenido expresiones agraviantes contra el presidente Arturo Frondizi, por el pacto que había sellado con Juan Domingo Perón para que los peronistas con su voto permitieran el triunfo de la UCRI en las elecciones del 58. “Por eso mi padre envió desde Posadas un telegrama, diciéndole a Rojas que carecía de autoridad moral para hablar de Frondizi, porque el marino había sido un lacayo de Perón y de su esposa, entonces Rojas se sintió agraviado y le mandó los padrinos”, recordó el actual diputado por el MAP Jorge Galeano, hijo del ex legislador frondicista.
“Rojas era peronista y obsecuente, a punto tal que en la frustrada revolución de junio del 55 Perón habría dicho ‘yo sabía que el petizo no me podía fallar en impedir el golpe’, aunque después fue el más antiperonista”, agregó Jorge Galeano.   
Galeano padre, el “Ñato”, de profesión escribano y ahora postrado por una enfermedad, pasó por la política con mucha vehemencia, a punto tal que por la política fue desafiado tres veces para batirse a duelo: por Rojas, Rawson Paz y Francisco Manrique. Fue constituyente en 1957, diputado nacional en el 59, reelecto en 1960 y en 1963. Militó en la Unión Democrática, después en la UCR y, con la escisión radical, se quedó con la UCRI, para recalar finalmente en el justicialismo. Su hijo explica que fue bien recibido en el PJ porque lo respetaban “sobre todo los sindicalistas le reconocían el valor de haber enfrentado a Rojas, por entonces el hombre más poderoso del país”. Su hermano, el coronel Alfonso Manuel Galeano, estuvo como interventor militar en Misiones.  
El duelo Galeano-Rojas hizo historia y, para muchos, pese a estar reñido con las creencias religiosas del país, fue uno de los actos donde la ética jugó un papel decisivo en el campo de la política, tan defenestrada en los últimos años.        

Experto en lances caballerescos        

El primero que retó a duelo a Roberto Galeano fue Francisco “Paco” Manrique, por entonces oficial de la Marina y después ministro de Bienestar Social devenido en dirigente político. Por opinar de política, Galeano le recordó que, como marino, no podía formular declaraciones en otro campo que no fuera el militar y le planteó una cuestión de privilegio. Manrique se sintió agraviado y le envió los padrinos. Corría el año 1958 y, aunque el lance se pactó, no se realizó. Manrique pidió la baja, fundó Correo de la Tarde e incursionó en la política.      
Jorge Galeano recordó que Manrique se encontró con su padre en Eldorado muchos años después, lo abrazó y le dijo “gracias a usted yo me hice político”.              
El otro cruce fue en 1959 con el general Rawson Paz, a quien Galeano insultó por haber comandado la asonada militar contra el gobierno de Frondizi. Rawson Paz le envió los padrinos, pero como Galeano había perdido su condición de “caballero” por haber insultado y golpeado al almirante Rojas luego del combate con pistolas, el desafío no prosperó. La suspensión tiene que ver con el código de honor San Malato, para las lides de caballería y prohíbe a quien se bate agraviar después públicamente al contrincante.  
Jorge Galeano justificó la reacción de su padre en la negativa de Rojas de aceptar la reconciliación planteada después del duelo “mi padre dijo que no tenía problemas pero Rojas no quiso hacerlo y entonces fue que le dijo petizo y negro de…”.     
“Pasado el tiempo, mi padre me confesó que el duelo es una cuestión grave y difícil, en el caso de Rojas, tuvo la opción de elegir armas por ser el agraviado y se inclinó por la pistola, considerando que era de contextura pequeña”, dijo Galeano. También, que por la rígida disciplina de la época, la decisión de un padre era sagrada y se respetaba “además yo tenía once años, y lo que me impactó fue la posibilidad de que la Iglesia lo excomulgara”.


El Territorio, Misiones, Domingo 11 de julio de 2004.

domingo, 10 de noviembre de 2019

El BIGOTE FEDERAL

Mariano Benito Rolón.



Por Guillermo Palombo*

Ventura Robustiano Lynch (1851-1888) uno de los más destacados cultivadores de las tradiciones populares argentinas, autor de una obra publicada en el año 1883, dice refiriéndose al gaucho federal, que en la época de Rosas “la barba ya había entrado en moda, acostumbrándose a rasurarla a la altura de la boca, dejándose también crecer el bigote.  El color del rostro era acentuado, semiachinado, mezcla todavía de la raza blanca y la cobriza, con el labio inferior un poco grueso, como los gauchos anteriores”.
El uso del bigote fue obligatoriamente reglamentario para los oficiales y tropa, de acuerdo a una orden circularizada el 4 de febrero de 1831 a los jefes de los Regimientos de Caballería de Campaña de la provincia de Buenos Aires, que lo eran los coronales Pinedo, Izquierdo, Prudencio Ortiz de Rosas, Espinosa y Narciso del Valle (1).  A esta circular se refiere, unos años después, el coronel Prudencio Ortiz de Rosas, jefe del Regimiento 6 de Milicias de Caballería de Campaña, en una nota suya dirigida al general Manuel Corvalán, edecán del gobernador y capitán general, brigadier Juan Manuel de Rosas, fechada en Buenos Aires el 2 de setiembre de 1839, en la que le informaba: “que antes de marchar a la campaña de Córdoba, contra los amotinados unitarios que en aquella época ocupaban el interior de la República, recibió una orden (circular al ejército de línea y milicia) para que todos usasen bigote y los conservasen mientras durase la actitud hostil en que se encontraba la provincia; y aunque también es cierto que son muy pocos los milicianos que no los usan, ha creído de su deber ordenar nuevamente al Regimiento Nº 6 de su mando, que todos los milicianos usen bigote y los conserven mientras dure la guerra contra los pérfidos salvajes unitarios y sus imbéciles aliados los incendiarios franceses lo que el coronel que firma pone en conocimiento de vuestra señoría para que se digne transmitirlo al superior de su excelencia el excelentísimo señor gobernador, a los fines que estime convenientes”.
Y con motivo de la batalla de Chascomús, librada ese año, Juan Manuel de Rosas premió a Juan Durán, el ejecutor de Pedro Castelli, acordándole el “uso de bigote y barba federal”.
En 1840, Juan de la Cruz Ocampo, un catamarqueño de 20 años que no había prestado servicios a la Federación, fue detenido en Morón, consignándose en su filiación: “Se ha quitado el bigote”, por lo que fue remitido como “salvaje unitario”. (2)
El jesuita Mariano Berdugo, que estuvo en Buenos Aires hasta 1841, dice que los mazorqueros, siguiendo órdenes de Rosas, con látigos y chicotes lograron “que todos los hombres trajesen la cinta punzó en el sombrero, vistiesen chalecos colorados, no se atreviesen a salir con fraques o levitas, usasen poncho y trajesen bigotes”.
Pero quien mejor ha expresado las razones del uso del bigote, como símbolo, en aquella época, ha sido Antonino Reyes, que fuera jefe de la Secretaría Militar de Rosas, quien, años después de Caseros, en una carta dirigida al señor Solano Riestra que vivía en Florida (Uruguay), que no llegó a remitirle y conservó para sí, pero que he encontrado en el Archivo General de la Nación entre los papeles que pertenecieron a la colección formada por Adolfo Saldías, le dice:
“Al leer el diario que usted redacta “El Demócrata”, he visto con pesar, un artículo que lo encabeza con este título: “El bigote del señor Crespo”, y haciéndose eco de la mofa con que “El Nacional” de Buenos Aires echa a vuelo una nota que pasó este soldado de nuestra independencia en épocas difíciles y excepcionales y que se publicó entonces en “La Gaceta” (Mercantil) agrega usted palabras picantes para ridiculizar el proceder de aquel valiente veterano.
“El coronel don Francisco Crespo no quiso ser menos que la gran porción de sus conciudadanos que en reuniones públicas se invitaron y comprometieron a usar bigotes, mientras estuviese en peligro o fuese atacada la independencia de su patria y encontrándose él en la imposibilidad de seguirlos en aquella idea entusiasta quiso sincerarse ante sus compatriotas y creyó conveniente dirigirse al gobernador para ser autorizado a no usarlo y por este medio hacer pública su imposibilidad física para ello.
“No se asombre usted de estas expansiones y hasta exageraciones del patriotismo, que con el fasto de tiempos tormentosos y que todos los pueblos han pasado por ellas con más o menos entusiasmo o frenesí.
“Usted es joven, no ha podido conocer sino por referencias de los que han seguido una interesante propaganda sistemada los acontecimientos de aquella época excepcional, única en estos países, para poder apreciarlos con imparcialidad y valorar los motivos que impulsaban a los hombres a la exaltación.
“Preciso era haber estado en aquel centro borrascoso en que cada uno quería distinguirse en demostrar su decisión y sobresalir con entusiasmo para conocer el verdadero sentimiento popular creciente y venir a convencerse que no era Rosas el maniático que según usted dominaba hasta obligar a observar sus caprichos haciendo que el pueblo adivinase su voluntad para seguir sus locuras como la de los colores, las divisas, las barbas, etc.
“Persuádase usted que no era Rosas, era la opinión, era la exaltación de los espíritus, era el odio a los enemigos aliados al extranjero, lo que hacía a los federales proceder y manifestarse con esas imposiciones para conocer los remisos o indiferentes a la voluntad general; exigían compromisos públicos, declaraciones claras de sus opiniones sin ambages, ni reticencias y el gobernante tenía que respetar y seguir la corriente de esa opinión proclamada en toda la República con la fuerza con que se impone en tales casos en que nunca quiere ser extraviada.
“Era esa la voluntad de las masas; esa era la voluntad general, y Rosas ni nadie podía oponerse a ese torrente de la opinión expresada unánimemente en todas partes, porque así pensaban todos y estaba encarnado en todos los argentinos celosos de la integridad e independencia de su patria, el odio a todo lo que no estaba en armonía con la defensa en que estábamos empeñados.
“Para patentizar esta disposición buscaban todo aquello que más pudiera herir a sus enemigos y que demostrase bien alto la opinión dominante.
“El coronel don Francisco Crespo fue uno de los que con su espada contribuyeron a la libertad de esta Patria peleando contra los imperialistas.
“Lea usted los partes y comunicaciones sobre el combate de Obligado, y allí lo encontrará usted peleando con bravura contra la escuadra anglo-francesa como segundo jefe del general Mansilla en aquel memorable combate en que se peleó con tanta desventaja, en artillería y pericia y que sin embargo no cedió el valor argentino en aquella jornada gloriosa.  Tengo todos esos documentos que se publicaron pero que están olvidados como muchas otras cosas que hacen honor a aquel gobierno, pero que por lo mismo la pasión política los ha cubierto con el polvo del olvido.
“Recordaré aquí un hecho análogo.  El coronel don Fructuoso Rivera al mando de un Regimiento Imperial por el año (en blanco) firma con sus oficiales un compromiso para usar y hacer usar bigotes a todo el regimiento con penas graves al que no lo hiciera, y sin embargo nadie lo acusa de maniático ni de que impusiese su voluntad; con la diferencia que para esta disposición no militaron las causas que hicieron resolver a los argentinos a imponerse voluntariamente esa obligación; el país estaba militarizado y era el sostén del gobernador; no había cuerpos de línea capaces de imponer la voluntad de Rosas.
“Dice pues en conclusión que no hay razón para ridiculizar esa nota; se trataba del respeto a la opinión de las masas cuyas deliberaciones no se pueden ni se deben contrariar en momentos dados sin correr un grave riesgo y que además recae este incidente en una persona que reunía cualidades muy recomendables de carácter, estando además de por medio sus importantes servicios a la patria.
“Creo que he cumplido con mi deber al hacer esta rectificación y dejar correr este hecho como otros muchos que son glosados maliciosamente y sin explicación de las causas que los hayan motivado.  Soy de usted atento servidor.  Antonino Reyes.  Esta carta nunca fue dirigida por haberse pasado el momento oportuno”. (3)
Referencias
(1) A.G.N., Sala X, legajo 24-4-3.
(2) Índice del Archivo del Departamento General de Policía, Tomo II, Buenos Aires, 1860.
(3) A.G.N., Sala VII, legajo 3-3-15, fojas 14 a 17.

* El Resero, Año 4, Nº 35, Noviembre 2005.




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