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jueves, 3 de septiembre de 2015

UNA VISITA A ROSAS EN SOUTHAMPTON (FEBRERO DE 1873)

Ernesto y Vicente G. Quesada.



Por Ernesto Quesada*


He recordado, en la edición de jubileo, que había presenciado una entrevista con Rosas a principios de 1873, y de la cual conservaba el apunte juvenil. Por haber desembarcado en Southampton, le fue sugerida a mi padre la idea de hacer una visita a Rosas, quien vivía solitario en su chacra de las afueras a un par de millas de la ciudad, se le insinuó que aquél veía con agrado cuando un compatriota lo visitaba, y el cónsul -que era quien había hecho la indicación- nos acompañó hasta la chacra, pues mi padre resolvió llevarme consigo.
            Debo hacer presente que, a los 20 años del final del gobierno de Rosas, la figura de éste no podía tener sino un simple interés histórico para mi padre, quien jamás fue partidario suyo, si bien no emigró, pues en 1852 tenía apenas 21 años. Mucho después, en una discusión política en el congreso nacional, mi padre, a la sazón diputado por Buenos Aires, tuvo oportunidad –en la sesión de junio 10 de 1878 – de decir: Estamos hoy con la cabeza blanca los que, siendo niños en la época de Rosas, nos reuníamos bajo la hospitalidad de una casa inglesa, en los día del aniversario de la patria, para mantener viva la fe en la esperanza de la caída del tirano…”.  Quizá por ello no gustaba mucho recordar aquella visita, pues alguna vez me dijo que se arrepentía de haber cedido a una especie de curiosidad enfermiza, que se le antojaba casi una falta de respeto para el hombre caído; convenía en que lo visitasen los que habían sido sus amigos o aún sus mismos adversarios, siempre que respetaran su desgracia: pero sostenía que los indiferentes no tenían derecho de ir a molestarlo, como se va a un jardín zoológico a ver las fieras enjauladas! Sea de ello lo que fuere, el hecho mismo de la visita no podía borrarse, pero ni padre ni hijo quisieron después acordarse de él. Para demostrar la consecuencia de mi padre en sus opiniones adversas a Rosas y su época bastará recordar el terrible decreto de abril 23 de 1877 como ministro de gobierno de Buenos Aires, prohibiendo toda demostración a favor de la memoria de aquél, cuyo texto dice así:  “Considerando; que Juan Manuel de Rosas está declarado por la ley reo de lesa patria por la tiranía sangrienta que ejerció sobre el pueblo durante todo el período de su dictadura, violando hasta las leyes de la naturaleza, y por haber hecho traición en muchos casos a la independencia de su patria, sacrificando a su ambición su libertad y sus glorias; que por esos crímenes atroces fue declarado fuera de la ley común, confiscados sus bienes y condenando a la pena ordinaria de muerte, en calidad de aleve; que toda demostración pública a favor de Juan Manuel de rosas y su memoria no puede menos que provocar justos actos de indignación contra tan inaudito tirano y su sistema, que perturbarían el orden público; que hay conveniencias de alta moral política en evitar que la fuerza pública, sostenida para defender las libertades del hombre y de la sociedad, sea puesta al servicio de esas provocaciones, lo que vendría a suceder si llegase la oportunidad de reprimir conflictos por ellas producidos; y, considerando, por último, que es deber de los gobiernos velar porque se mantengan incólumes y puros los sentimientos de amor a la libertad y odios a los tiranos, El Poder Ejecutivo acuerda y decreta: Art. 1°. Queda prohibida toda demostración pública a favor de la memoria del tirano Juan M. de Rosas, cualquiera que sea su forma; Art. 2°. Prohíbense, en consecuencia, como demostración pública, los funerales a que se ha invitado para el día martes en el templo de San Ignacio; Art. 3°. Comuníquese a quienes corresponde, y publíquese en el Registro Oficial. C. Casares, Vicente G. Quesada, R. Varela”. Y al día siguiente, abril 24, todavía dictó otro decreto sobre honras fúnebres a la memoria de la víctimas de tiranía, siendo su texto el siguiente: ”Considerando: que una respetable y numerosa reunión de ciudadanos, de todas las opiniones, ha promovido una demostración pública en honra de la víctimas de la bárbara tiranía de Juan Manuel de Rosas; que es digno de pueblos viriles honrar la memoria de los que cayeron en la lucha contra los tiranos y por la libertad; y que es deber de los gobiernos estimular esas manifestaciones populares que retemplan el espíritu cívico con el recuerdo y la veneración de los patriotas; el Poder Ejecutivo acuerda y decreta: 1°. Asociarse a las honras fúnebres consagradas a los mártires de la libertad, que se celebran en la iglesia metropolitana el día de mañana: 2° Ordenar que en todos los establecimientos públicos de la provincia se mantengan a media asta la bandera nacional; 3°. Ordenar que el batallón provincial se ponga a las órdenes de la inspección general de armas, para formar en la columna que haga los honores fúnebres; 4°. Autorizar a todos los empleados de la administración para que puedan concurrir a esa solemne ceremonia; 5°.  Comuníquese, publíquese e insértese en el Registro Oficial. C. Casares, Vicente G. Quesada, R. Varela”. Año después todavía -en las Memorias de un viejo (B.A. 1888, 3 vols.) con el seudónimo de Víctor Gálvez- describía con lujo de detalles, la vida durante la época de Rosas, especializándose en una escena en la cual el bisabuelo de quién esto escribe, don Joaquín de la Iglesia, fue perseguido por la Mazorca. Y, en sus “Memorias históricas”, obra inédita aún, se ocupa largamente de aquella época, siempre con análogo espíritu… Ahora bien; entre mi padre y yo el vínculo ha sido no sólo de sangre sino de la más absoluta comunidad espiritual; en su testamento dice aquel: “deposito en mi hijo mi más plena confianza, habiéndonos siempre entendido en vida, teniendo comunidad de gustos, ideas y aspiraciones, por lo cual le bendigo especialmente, manifestando mi última voluntad, pues ha sido la gran satisfacción de toda mi vida este ardiente cariño que he tenido y tengo por él, y que él ha tenido y tiene por mí”. De esta manera que, por tradición de familia y por comunicación espiritual con aquél, el autor estaba inclinado a juzgar la época de Rosas con el criterio diametralmente opuesto al del presente libro: sí, a pesar de todo los pesares, su leal convicción histórica lo ha hecho sostener el criterio expuesto, no necesita entonces insistir en que debe ser muy honda dicha convicción para haberse podido sobreponer al atavismo de familia y a la influencia paterna, casi todopoderosa…
            Rosas residía todo el año en su chacra, que tenía un puñado de cuadras y en la que cuidaba animales, viviendo del producto de la modesta explotación granjera; su casa se componía de unos ranchos criollos grandes, con su alero típico; y el aspecto de todo era el de una pequeña estanzuela argentina. La única criada inglesa que le atendía nos introdujo en una pieza, donde tenía estantes atiborrados de papeles y una mesa grande; allí acostumbraba trabajar después de recorrer la chacra a caballo. Era entonces aquel octogenario un hombre todavía hermoso y de aspecto imponente: cultísimo en sus maneras, el ambiente más que modesto de la casa en nada amenguaba su aire de gran señor, heredero de sus mayores. La conversación fue animada e interesantísima,  y, como era de esperar, concluyó por referirse a su largo gobierno. No transcribiré todo el apunte que, a indicación de mi padre, redacté al regresar al hotel en Southampton, pero sí reproduciré una de las manifestaciones más singulares que hizo Rosas y que, entonces y en razón de mi edad, no pude valorar como correspondía, pero que, a medida que aumentan mis años y ahora que me encuentro en la zona ecuánime de la vejez, con la larga y doble experiencia de la vida y del estudio, comienzo a comprender en el profundo significado de aquella especie de confesión, formulada en una época tan avanzada de la vida del famoso dictador, 4 años antes de morir! He aquí el apunte que prefiero no modificar:

            - Señor, le dijo de repente mi padre, celebro muy especialmente esta visita y no desearía retirarme sin pedirle que satisfaga una natural curiosidad respecto de algo que nunca pude explicarme con acierto. Mi pregunta es ésta: desde que Vd. en su largo gobierno, dominó el país por completo, ¿por qué no lo constituyó Vd. cuando eso le hubiera sido tan fácil  y, sea dentro o fuera del territorio, habría podido entonces contemplar satisfecho su obra, con el aplauso de amigos y adversarios…?
- Ah, replicó Rosas, poniéndose súbitamente grave y dejando de sonreír: lo he explicado ya en mi carta a Quiroga… Esa fue mi ambición, pero gasté mi vida y mi energía sin poderla realizar. Subí al gobierno encontrándose el país anarquizado, dividido en  cacicazgos hoscos y hostiles entre sí, desmembrado ya en parte y en otra en vías de desmembrarse, sin política estable en lo internacional, sin organización interna nacional, sin tesoro ni finanzas organizadas, sin hábitos de gobierno, convertido en un verdadero caos, con la subversión más completa en ideas y propósitos, odiándose furiosamente los partidos políticos; un infierno en miniatura. Me di cuenta de que si ello no se lograba modificar de raíz, nuestros gran país se diluiría definitivamente en un serie de republiquetas sin importancia y malográbamos así para siempre, el porvenir; pues demasiado se había ya fraccionado el virreinato colonial! La provincia de Buenos Aires tenía, con todo un sedimento serio de personal de gobierno y de hábitos ordenados; me propuse reorganizar la administración, consolidar la situación económica y, poco a poco, ver que las demás provincias hicieran lo mismo. Si el partido unitario me hubiera dejado respirar no dudo de que, en poco tiempo, habría llegado al país hasta su completa normalización; pero no fue ello posible, porque la conspiración era permanente y en los países limítrofes los emigrados organizaban constantemente invasiones. Fue así como todo mi gobierno se pasó en defenderse de esas conspiraciones, de esas invasiones y de las intervenciones navales extranjeras; eso insumió los recursos y me impidió reducir los caudillos del interior a un papel más normal y tranquilo. Además, los hábitos de anarquía, desarrollado en 20 años de verdadero desquicio gubernamental, no podían modificarse en un día. Era preciso primero gobernar con mano fuerte para garantizar la seguridad de la vida y del trabajo, en la ciudad y en la campaña, estableciendo un régimen de orden y tranquilidad que pudiera permitir la práctica real de la vida republicana. Todas las constituciones que se habían dictado habían obedecido al partido unitario, empeñado – en hacer la felicidad del país a palos; jamás se pudieron poner en práctica. Vivimos sin organización constitucional y el gobierno se ejercía por revoluciones y decretos, o leyes dictadas por las legislaturas; mas todo era, en el fondo, una apariencia, pero no una realidad; quizá una verdadera mentira, pues las elecciones eran nominales, los diputados electos eran designados de antemano, los gobernadores eran los que lograban mostrarse más diestros que los otros e inspiraban mayor confianza a sus partidarios. Era, en el fondo, una arbitrariedad completa. Pronto comprendí, sin embargo, que había emprendido una tarea superior a las fuerzas de un solo hombre; tomé la resolución de dedicar mi vida entera a tal propósito y me convertí en el primer servidor del país, dedicado día y noche a atender el despacho del gobierno, teniendo que estudiar todo personalmente y que resolver todo tan sólo yo, renunciando a las satisfacciones más elementales de la vida, como si fuera un verdadero galeote. He vivido así cerca de 30 años, cargando sólo con la responsabilidad de los actos de gobierno y sin descuidar el menor detalle: vivos están todavía los empleados de mi secretaría,  que se repartían por turnos las 24 horas del día, listos al menor llamado mío, y yo, sin respetar hora ni día, apenas daba a la comida y el sueño el tiempo indispensable, consagrando toda mi existencia al ejercicio del gobierno. Los que me han motejado de tirano y han supuesto que gozaba únicamente de las sensualidades del poder, son unos malvados, pues he vivido a la vista de todos, como en casa de vidrio, y renuncié a todo lo que no fuera el trabajo constante del despacho sempiterno. La honradez más escrupulosa en el manejo de los dineros públicos, la dedicación absoluta al servicio del estado, la energía sin límites para resolver en el acto y asumir la plena responsabilidad de las resoluciones, hizo que el pueblo tuviera confianza en mí, por lo cual pude gobernar tan largo tiempo. Con mi fortuna particular y la de mi esposa, habría podido vivir privadamente con todos los halagos que el dinero puede proporcionar y sin la menor preocupación, preferí renunciar a ello y, deliberadamente, convertirme en el esclavo de mi deber, consagrado al servicio absoluto y desinteresado del país. Si he cometido errores – y no hay hombre que nos lo cometa – sólo yo soy responsable. Pero el reproche de no haber dado al país una constitución me pareció siempre fútil, porque no basta dictar un “cuadernito”, cual decía Quiroga, para que se aplique y resuelva todas las dificultades: es preciso antes preparar al pueblo para ello, creando hábitos de orden y de gobierno, porque una constitución no debe ser el producto de un iluso soñador sino el reflejo exacto de la situación de un país. Siempre repugné a la farsa de las leyes pomposas en el papel y que no podían llevarse a la práctica. La base de un régimen constitucional es el ejercicio del sufragio, y esto requiere no sólo un pueblo consciente y que sepa leer y escribir, sino que tenga la seguridad de que el voto es un derecho y, a la vez, un deber, de modo que cada elector conozca a quien debe elegir: en los mismos Estados Unidos dejó todo ello mucho que desear hasta que yo abandoné el gobierno, como me lo comunicaba mi ministro el general Alvear. De lo contrario, las elecciones de las legislaturas y de los gobiernos son farsas inicuas  y de las que se sirven las camarillas  de entretelones, con escarnio de los demás y de sí mismos, fomentando la corrupción y la villanía, quebrando el carácter y manoseando todo. No se puede poner la carreta delante de los bueyes: es preciso antes amansar a éstos, habituarlos a la coyunda y la picana, para que puedan arrastrar la carreta después. Era preciso, pues, antes que dictar una constitución, arraigar en el pueblo hábitos de gobierno y de vida democrática, lo cual era tarea larga y penosa: cuando me retiré, con motivo de Caseros -porque había con anterioridad preparado todo para ausentarme, encajonando papeles y poniéndome de acuerdo con el ministro inglés- el país se encontraba quizá ya parcialmente preparado para un ensayo constitucional. Y Ud. sabe que, a pesar de ello, todavía se pasó una buena docena de años en la lucha de aspiraciones entre porteños y provincianos, con la segregación de Buenos Aires respecto de la Confederación…
-Entonces, interrumpió mi padre; Ud. estaba fatigado del ejercicio de tan largo gobierno…
 -Ciertamente. No hay hombre que resista a tarea semejante mucho tiempo. Es un honor ser el primer servidor del país, pero es un sacrificio formidable, que no cosecha sino ingratitudes en los contemporáneos y en los que inmediatamente les suceden. Pero tengo la conciencia tranquila de que la posteridad hará justicia a mi esfuerzo, porque sin ese continuado sacrificio mío, aún duraría el estado de anarquía, como todavía se puede hoy observar en otras secciones de América. Por lo demás, siempre he creído que las formas de gobierno son un asunto relativo, pues monarquía o república pueden ser igualmente excelentes o perniciosas, según el estado del país respectivo; ese es exclusivamente el nudo de la cuestión: preparar a un pueblo para que pueda tener determinada forma de gobierno; y, para ello, lo que se requiere son hombres que sean verdaderos servidores de la nación, estadistas de verdad  y no meros oficinistas ramplones, pues,  bajo cualquier constitución si hay tales hombres, el problema está resuelto, mientras que si no los hay cualquier constitución es inútil o peligrosa. Nunca pude comprender ese fetichismo por el texto escrito de una constitución, que no se quiere buscar en la vida práctica  sino en el gabinete de los doctrinarios: si tal constitución no responde a la vida real de un pueblo, será siempre inútil lo que sancione cualquier asamblea o decrete cualquier gobierno. El grito de constitución, prescindiendo del estado del país, es una palabra hueca. Y a trueque de escandalizarlo a Ud., le diré que, para mí, el ideal de gobierno feliz sería el autócrata paternal, inteligente, desinteresado e infatigable, enérgico y resuelto a hacer la felicidad de su pueblo, sin favoritos ni favoritas. Por esto jamás tuve ni unos ni otras: busqué realizar yo sólo el ideal del gobierno paternal, en la época de transición que me tocó gobernar. Pero quien tal responsabilidad asume no tiene siquiera el derecho,  sobre todo si la salud física  como en los acontecimientos le quitan esa responsabilidad, el que era galeote como gobernante respira y vive a sus anchas por vez primera… Es lo que me ha pasado a mí, y me considero ahora feliz en esta chacra y viviendo con la modestia que Ud. ve, ganando a duras penas el sustento con mi propio sudor, ya que mis adversarios me han confiscado mi fortuna hecha antes de entrar en política y la heredada de mi mujer, pretendiendo así reducirme a la miseria y queriendo quizá que repitiera el ejemplo del Belisario romano, que pedía el óbolo a los caminantes! Son mentecatos los que suponen que el ejercicio del poder, considerado así como yo lo practiqué, importa vulgares goces y sensualismos, cuando en realidad no se compone sino de sacrificios y amarguras. He despreciado siempre a los tiranuelos inferiores y a los caudillejos de barrio, escondidos en la sombra: he admirado siempre a los dictadores autócratas que han sido los primeros servidores de sus pueblos. Ese es mi gran título: he querido siempre servir al país, y si he acertado o errado, la posteridad lo  dirá, pero ese fue mi propósito y mía, en absoluto, la responsabilidad por los medios empleados para realizarlo. Otorgar una constitución era asunto secundario: lo principal era preparar al país para ello - ¡y esto es lo que creo haber hecho!
He guardado las  hojas de ese apunte, en sobre cerrado  y durante muchos años, porque tales manifestaciones me produjeron entonces la impresión de ser una singular y cínica confesión de despotismo y, en mi imaginación juvenil, tomaba aquella un tinte desvergonzado, odioso y antipático. Pero confieso que reflexioné sobre ello no poco, cuando, estudiante en la universidad de Berlín, oí al elocuente historiador Treitschke ponderar la figura de Federico el Grande con rasgos parecidos a los empleados por el dictador argentino, en cuanto hacía resaltar su condición de primer servidor de su país y su condición absoluta al manejo del gobierno, a lo que todo sacrificó.  Y eso que pensaba en aquella época, ya remota hoy para mí, se repitió hace relativamente poco cuando, un viaje para Washington como presidente de la delegación argentina al segundo congreso científico panamericano, en Panamá, el ministro estadounidense, Mr. Price, tuvo la deferencia de presentarme al general Goethals, gobernador de la zona norteamericana del canal, y éste, después de mostrarme todas las obras, me explicó cómo administraba la zona a raíz del sucesivo fracaso de todas las formas de gobierno adoptadas por el presidente de EE.UU. o el Congreso: hizo que le acompañara a las horas en que despachaba y me mostró cómo resolvía personalmente todos los asuntos, escuchando en persona a todos, sin traba de leyes, reglamentos, legislaturas o municipalidades, llegando a emplear casi las mismas palabras de Rosas sobre el concepto de ser el primer servidor de sus administrados y de sacrificar al bienestar de éstos todos los halagos de la existencia… Me hizo ello reflexionar bastante, porque el caso Goethals era el de un ciudadano ilustrado y amante de las instituciones constitucionales de su patria, si bien pensaba que la situación social de los 70.000 heterogéneos habitantes de la zona del canal no permitía ensayar ahí las mismas prácticas republicanas de gobierno que en Estados Unidos, siendo menester prepararlos para ellos durante un cierto período, de transición: así como en el caso de Federico de Prusia – porque el amigo de Voltaire fue quizá el príncipe más liberal de su época – creyó éste que sus súbditos aún no estaban suficientemente preparados para otro régimen que el del gobierno personalísimo del rey; y así -justo es reconocerlo- pensó Rosas de los argentinos de su tiempo. Sin duda, hay diferencia grande en los procedimientos empleados por Rosas y los de Federico o Goethals: en los medios, entonces, ha estado el error del gobernante argentino, y esa es la gran responsabilidad que le incumbe y que altivamente reivindicó siempre para sí. Pero ¿pudo acaso emplear medios diferentes? ¿lo permitía quizá el estado del país? ¿no fue, por ventura, obligado a ello por la acción ciega del partido unitario? He aquí los grandes interrogantes que el historiador debe contestar.             


*    Epílogo de La época de Rosas, Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letras, 1923. 

lunes, 22 de julio de 2013

QUESADA Y SU MÉTODO HISTÓRICO-HERMENÉUTICO

Ernesto Quesada.




Por Alberto Buela



Cuando Ernesto Quesada (1858-1934) publica en 1893 su pequeño libro La Decapitación de Acha: El historiador Saldías y el General Pacheco y  continúa luego con una serie de monografías publicadas en los folletines del diario El Tiempo(en junio y julio de 1896); en la revista La Quincena de 1897 y en la Revista Nacional (1896), y en 1898 La Época de Rosas, no pensó que iba a producir el cambio metodológico más significativo en la ciencias del espíritu en esta parte del mundo.
Todos estos trabajos, junto a otros, fueron reunidos en una sola obra titulada La Epoca de Rosas publicada en una primera edición de 1926, que consta de cinco volúmenes: Lamadrid y la liga del norte (1840), el primero; Lavalle y la batalla de Quebracho Herrado, después; Pacheco y la campaña de Cuyo (1841), el tercero; Acha y la batalla de Angaco y el quinto Los Unitarios y la traición a la patria.
Como en el ordenamiento de estos volúmenes se siguió un criterio cronológico, el opúsculo sobre la época de Rosas que presta el título a la obra se encuentra incluido en este último volumen. Y su introducción, que es a todos los tomos, se colocó aquí, al final y no al principio como podría esperarse. Quesada lo explica. El primer volumen en editarse fue el quinto y no el primero. Lo más probable es que el editor haya hecho prevalecer su criterio comercial pensando que se podría vender más y mejor una obra con el título de Rosas que una sobre Lamadrid, Lavalle, Pacheco o Acha. Así comprando el primer volumen quedaban enganchados los futuros compradores de los otros.
Lo cierto es que en la Introducción a la Epoca de Rosas  es en el único lugar donde Quesada habla de los instrumentos teóricos y metodológicos de que se valió para su tarea, que en este caso se desarrolla en el domino histórico.
En un trabajo titulado Historia y Memoria nacional, comunicación al primer Congreso europeo de latinoamericanistas (Salamanca, junio 1996) sosteníamos: “La historia revisionista, como su nombre lo indica, es la que revisa la historia oficial, transformándose en su contrapartida.
Esta corriente se inicia con la reivindicación de la figura de Juan Manuel de Rosas y tiene como antecedentes a Manuel Bilbao y su “Historia de Rosas”(1872) y a Adolfo Saldías con “Historia de la Confederación Argentina”(1892). Pero el revisionismo como corriente historiográfica nace con el trabajo de Ernesto Quesada “La época de Rosas”(1898), que es cuando por primera vez se denunció la necesidad de superar el método lineal-positivista de la historiografía liberal. Tanto Bilbao como Saldías tienen un propósito reivindicatorio, pero su método histórico es el liberal, pues “ninguno de los dos consiguió desaferrarse de la sujeción estricta a la letra escrita”(1), en cambio Quesada establece la diferencia metodológica entre la explicación liberal-positivista y la comprensión histórico -hermenéutica. De modo que el aporte de la corriente revisionista no se agota en lo reivindicativo sino que se extiende a lo metodológico”(2).
En este trabajo buscaremos fundamentar esta afirmación. En primer lugar cabe destacar que la Introducción y los capítulos I y II, fueron escritos entre 1896 y 1897, época temprana en el desarrollo intelectual de Quesada, habida cuenta que hasta entonces solo había trabajado sobre una sola monografía histórica (La decapitación de Acha) y, sí, varios temas de derecho (Sobre quiebras, Unificación de la deuda Argentina, Impuesto a la renta, La cuestión social y la Iglesia, Derecho de gracia), pues su título era de abogado.
La segunda época de Quesada se inaugura con el descubrimiento del controvertido pensador Oswald Spengler(1880-1936) autor de la renombrada, en su época,  Decadencia de Occidente (1918-1922) que como hace notar Horacio Cagni “ Aún no había aparecido el tomo II de la Decadencia cuando el Dr. Ernesto Quesada, antes que en ningún otro lugar del mundo fuera de Alemania, dedicaba el entero año 1921 a la “sociología relativista spengleriana”, cuarenta y cuatro conferencias dictadas en su cátedra de las Universidades de Buenos Aires y La Plata”(3).
 Y a partir de este momento los trabajos sobre el pensador alemán ocupan todo su interés intelectual: La sociología relativista  spengleriana(1921); La nueva doctrina sociológica (1922); La evolución sociológica del derecho según la doctrina spengleriana(1923); La evolución del derecho público según la doctrina spengleriana(1924); Spengler en el movimiento intelectual contemporáneo(1926).
Volviendo a nuestro tema, Ernesto Quesada comienza su Introducción afirmando: “La época más oscura y compleja de la historia argentina es, sin duda, la de Rosas”. El estudio de esta época lo apasiona en razón misma de los obstáculos que hay que vencer: a) avalancha de escritos de todas formas y lugares de parte de los unitarios enemigos de Rosas, y b) y solo la escueta información oficial del gobierno de Rosas.
Su lema es entonces el festina lente que aconsejaban los antepasados. Esto es, “apresurar con calma”, o “presuroso con circunspección”. En una palabra, obrar con máxima prudencia pero actuar rápido.
Y viene acá el meollo de su método: “ publicar fragmentariamente el resultado de la investigación en tal o cual punto o faz de la cuestión (festina), procurando así provocar la rectificación, aclaración o complemento eventual (lente), por parte de cualquiera de los que tengan posibilidad de hacerlo. Sea por conservar vivaces aún los recuerdos de cerca de un siglo entero, sea por poseer papeles o documentos que puedan arrojar vivísima luz sobre lo que parece, a primera vista, inexplicable”.
No es necesario ser un genio para darse cuenta que este método, el festina lente, al exigir la descripción del fenómeno (publicar fragmentariamente el resultado) y  reclamar la verificación intersubjetiva (provocar la rectificación o aclaración) de la investigación realizada, está más cerca del método fenomenológico de Husserl y del historicismo de Dilthey, que del positivismo de Comte o Spencer.
El estudio de la historia deja de tener por objeto formular leyes y preveer el futuro sino que busca comprender las intencionalidades que produjeron los hechos a través de un análisis de los vínculos de significación. Los historiadores a partir de Quesada buscaran hallar “las conexiones intencionales (significativas) teleológicas”, en lograda expresión de Franz Brentano y que incansablemente repitiera Pérez Amuchástegui desde su  cátedra de Introducción a la historia en la Universidad de Buenos Aires.     
Ya no es como en Saldías o Bilbao el método de “sujeción estricta a la letra escrita del documento”, según la sagaz observación del mencionado Amuchástegui.
Quesada le agrega y exige la hermenéutica, la interpretación intersubjetiva del documento, el descubrimiento de la intencionalidad.
Y es sabido que la hemenéutica, la ciencia de la interpretación, tiene por objeto vincular la comprensión y la explicación. En la comprensión se estudia el sentido del fenómeno estudiado y con la explicación se estudia la referencia al contexto.
Así Quesada busca una comprensión, en este caso la época de Rosas, sin perder la referencia, esto es, el contexto de la época. Intenta una representación plena; unir en un solo acto comprensión y explicación; sentido y referencia; intencionalidad y contexto.
Buscando la referencia del fenómeno (la época de Rosas) Quesada comienza por desmitificar las mentiras a designio de Sarmiento quien, “con el soberbio dogmatismo que lo caracterizó y tras el cual ocultaba magistralmente el vacío, a veces profundo, de su educación autodidacta y enemiga de las investigaciones profundas”, popularizó el error de sostener que el federalismo argentino fue implantado artificialmente por espíritu de imitación de Estados Unidos.
Por el contrario la génesis de la federación argentina está en la herencia de la confederación de los reinos españoles, de Castilla, Aragón, Navarra y la región vascongada con su legislación peculiar, sus fueros y sus ayuntamientos más o menos autónomos. Ello es lo que constituyó el régimen de la monarquía histórica.
La idea federativa entendida como la unión de entidades de soberanía limitada, con cabildos autónomos es la idea madre de la federación. Y esto es español por lo cuatro costados.
Y observa Quesada, agudamente: “lo nuevo, lo moderno, fue el nombre, porque federal, federación, confederación. No eran vocablos coloniales”.
El rey a pesar de ser absoluto y representar el poder supremo no absorbió ni centralizó la administración, que por los fueros, quedó en los reinos y en las comunas.
La sociedad colonial del Río de La Plata heredó del español su defensa de la descentralización administrativa que fue la base de los fueros.
El organismo colonial argentino, que no es el del Chile que por su configuración geográfica fue desde siempre una gobernación centralizada como capitanía, gira alrededor de la intendencias (el virreinato tuvo ocho) que tienen influencia regionales, y al calor de los cabildos con influencia local. “La idea federal estaba en la vida colonial por la naturaleza de las cosas”.
En cuanto al sentido del fenómeno (la época de Rosas) Quesada lo encuentra en la acción que durante 25 años de gobierno, deshizo el caudillaje, sofrenó los partidos, nacionalizó el país y cimentó el respeto a la autoridad central.
Conviene recordar que Rosas surge como consecuencia que al regreso de Brasil dos generales –Lavalle y Paz- cometen la acción incalificable de sublevarlo (al ejercito) y hacerlo servir a sus miras políticas. Lavalle toma Buenos Aires y fusila a Dorrego y Paz asalta Córdoba. La indignación fue tan profunda que el país entero se puso de pie. Rosas en Buenos Aires expulsa a Lavalle, López en Santa Fe captura a Paz  y Quiroga en Cuyo destroza a Lamadrid.
Rosas, caudillo como los otros,  comienza paciente y afanosamente a apaciguar primero y a dominar después a los otros caudillos y a acostumbrarlos “al principio de acatamiento de la entidad moral que se llamó Confederación argentina, e imponiéndoles al fin la preeminencia del gobierno nacional” .  La inquebrantable firmeza en medio de un período terrible con invasiones constantes de los unitarios y guerras con naciones más poderosas, sin recursos y luchando con todo género de inconvenientes internos y externos, hicieron que el sentido de su época fuera el de la consolidación nacional.
En este trabajo de hermenéutica histórica que realiza Ernesto Quesada queda por último el juicio valorativo, en este caso del historiador. “El error de Rosas fue creer que el régimen confederado era el ideal porque dejaba así a muchas provincias entregadas a la cuasi barbarie, y expuesta la estabilidad nacional a la inconsistencia. Su  política solo habría podido realizarse con un régimen de federación que imposibilitara a las provincias para considerarse republiquetas y que diera cohesión al país”.  Esto hubiera evitado la segregación de las provincias bolivianas, del Uruguay y del Paraguay. En Rosas está aun vigente el ideario de restauración del viejo Virreinato del Río de La Plata y es por ello que entiende la unidad como Confederación y no como Federación.

Notas:

1.- Pérez Amuchástegui, Antonio: Federalismo e historiografía, Revista de la Escuela de Defensa Nacional N°13, p.21, Buenos Aires (sin fecha, circa 1973).
2.- Publicado luego en el libro Ensayos de Disenso, Ed. Nueva República, Barcelona, 1999, p.163.-
3.- Cagni, Horacio: Miradas cruzadas: Spengler en Iberoamérica, Buenos Aires, edición en Internet, 2003, p. 2.-
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