lunes, 17 de agosto de 2009

MANUEL ORIBE, PRÓCER DE LA INDEPENDENCIA Y CAUDILLO DEL FEDERALISMO

Los Treinta y Tres Orientales (por J. M. Blanes).


Escudo de armas de Oribe.




Por Sandro Olaza Pallero






El apellido Oribe es vasco y también aparece escrito como Orive. Su origen es de Álava y proviene del punto denominado Sopeña por encontrarse debajo de una gran peña, en el condado de Ayala, alzándose su casa solar cerca del lugar del Sojo, que hoy pertenece al Ayuntamiento de Ayala y partido judicial de Amurrio (Álava).
Según fray Pedro de Murga, el primer Oribe u Orive sería un caballero godo que desembarcó en Santoña en el siglo V: “Aviendo aquel caballero godo pedido a los naturales de aquella tierra de Sopeña, puesto y sitio donde pudiese poblar, y aviendoselo negado; y tomando el con los suyos las armas contra ellos, oprimidos y forzados vinieron a hacer de la necesidad virtud, y digeron, Oribi: que en nuestro vulgar idioma es lo mismo que: tomad dos: o escoged dos suelos, los que para poblar quisiereis. Por manera que de aver los naturales dicho al poblador de la antigua y nobilísima casa: Oribi: se llamó Orive”.
A pesar de todo sólo nos da noticias exactas desde finales del siglo XIV, en tiempos de las luchas entre Enrique de Trástamara y Pedro I el Cruel a quien siguieron en la contienda y tras su derrota se vieron muy desfavorecidos al igual que los Salazar de San Pelayo. En esos momentos era señor de la torre de Oribe, Lope Ortiz de Oribe, casado con Ospina de Mariaca, descendiente de Ortún Sanz de Salcedo, señor de Ayala, por su hijo bastardo Pedro Ospina de Mariaca.
Hija de ambos será María Ortiz de Oribe, casada con Don Diego de Salazar (hijo mayor de Juan López de Salazar de San Pelayo). Sería a raíz de esta unión por lo que se unirían los apellidos y las armas de los Salazar y los Orive así como lo señoríos burgaleses de San Pelayo y Ayega a los de Orive en el Sojo.
Manuel Oribe nació el 26 de agosto de 1792, hijo del capitán Francisco Oribe y de María Francisca Viana, hija del gobernador de Montevideo, José Joaquín de Viana. Oribe se alistó en las filas independentistas como voluntario al iniciarse la gesta emancipadora.
Su bautismo de fuego fue en la batalla de Cerrito, el 31 de diciembre de 1812, durante el sitio de Montevideo, hecho de armas que concluyó en un triunfo patriota. Participó luego al lado del general José Artigas en la resistencia de los orientales contra la invasión portuguesa de 1816.
A fines del año 1817, caído ya Montevideo en poder de los portugueses, Oribe, engañado por las promesas de ayuda de Juan Martín de Pueyrredón, abandonó la lucha y pasó a Buenos Aires junto con su hermano Ignacio y el coronel Rufino Bauzá, llevándose dos batallones: el de Libertos y uno de Artillería. Francisco Bauzá, hijo de Rufino Bauzá, en su Historia de la dominación española en el Uruguay, afirma que ante la insistencia de Artigas en nombrar a su favorito, Fructuoso Rivera, como comandante militar al sur del río Negro para hacer frente a la invasión, Bauzá y Oribe se habrían manifestado en contra.
En Buenos Aires, según se sabe por la compulsa de la papelería de la época, desde 1819, Oribe, junto a Santiago Vázquez y otros orientales residentes allí, opuestos por igual a la ocupación portuguesa como a Artigas, integró la Sociedad de los Caballeros Orientales, la cual esperó al menos hasta el Congreso Cisplatino de 1821 para emprender el retorno a la Provincia Cisplatina y comenzar sus trabajos para acabar con el dominio portugués.
Entretanto, tras la derrota definitiva de Artigas (e incluso antes de ella) otro sector de la clase dirigente oriental se había adherido a los invasores, entre ellos se encontraba Fructuoso Rivera. Este sector será el único que esté representado en el Congreso Cisplatino de 1821.
La ocupación de la Provincia Cisplatina por parte de las tropas portuguesas había traído como consecuencia adicional la división de los sectores dirigentes, que desde entonces se alinearon en dos grupos, por el momento escasamente diferenciados en composición social, y separados por la aceptación o no de aquella presencia militar: el grupo montevideano, pro portugués, llamado Club del Barón, por su proximidad al comandante Carlos Federico Lecor, Barón de la Laguna, y el grupo de exiliados porteños, donde se alineaba Oribe, y partidario de la reincorporación a las Provincias Unidas del Río de la Plata, tal como quería Artigas.
En 1821 Oribe retornó a Montevideo y el día en que se produjo el conflicto entre los portugueses, realistas fieles y los partidarios del Imperio del Brasil que venía de proclamar a Pedro I como emperador, tomó partido por los portugueses, mientras sus compañeros se movían en el sentido de involucrar a algunas de las Provincias Unidas del Río de la Plata en el sostenimiento de su causa. Oribe recibió el cargo de sargento mayor en las fuerzas del general Alvaro Da Costa, el cual continuaba dueño de Montevideo, mientras que Lecor, vuelto al lado brasilero, dominó la campaña desde su cuartel en Canelones, para lo cual contó con el apoyo de Rivera en marzo de 1820.
Da Costa, sin medios para resistir por mucho tiempo, embarcó para Lisboa con sus tropas en febrero de 1824, abandonando completamente a su suerte al grupo de los Caballeros Orientales que se había aferrado a sus armas como posibilidad para triunfar. Oribe y sus partidarios, sabedores de lo que les esperaba si caían en manos de Lecor, abandonaron Montevideo, regresando a Buenos Aires para un segundo exilio. El último día de febrero de 1824, Lecor y Rivera entraron en Montevideo y emplazaron al Cabildo a jurar fidelidad al emperador Pedro I de Brasil.
Nuevamente el grupo disperso hubo de reunirse en Buenos Aires, más exactamente en un saladero del partido porteño de Barracas, del que era administrador el oriental Pedro Trápani. Allí, y tras las fuertes medidas represivas de los brasileños contra los partidarios del movimiento de 1822 y 1823, que llegaron incluso a las confiscaciones de ganados y bienes de estancieros de Buenos Aires como Juan Manuel de Rosas, quien apoyó la gesta libertadora oriental.
Es posible que de estos hechos surja la relación entre Oribe y Rosas. La consigna por la que convocaban a los patriotas era clara; recuperar, según el ideario artiguista, la Banda Oriental para las Provincias Unidas del Río de La Plata, de ahí que los panfletos revolucionarios reclamaban a los criollos con el lema Argentinos Orientales, a fin de que se sumaran a la cruzada.
El 19 de abril de 1825 se produjo el ingreso a la Provincia Cisplatina por parte de un pequeño grupo comandado por Juan Antonio Lavalleja y Manuel Oribe, al que se conocería como los Treinta y Tres Orientales. Poco más tarde casi todo el pueblo se sumaría a las huestes libertadoras que juraron sacar de la Banda Oriental al invasor extranjero. Oribe llegará frente a Montevideo con fuerzas a su mando y pondrá sitio a la ciudad a la cual liberará desalojando a las tropas brasileñas. Fue promovido a teniente coronel el 19 de setiembre de 1825 y se encontró en la batalla de Sarandí el 12 de octubre por lo que fue ascendido a coronel tras la victoria oriental. Meses más tarde, el 9 de febrero de 1826, Oribe obtuvo una completa victoria sobre la fuerte columna brasileña en el llamado combate del Cerro. También estuvo presente el 20 de febrero de 1827 en la victoria de las armas argentino-orientales sobre los brasileños en Ituzaingó.
A pesar de estar fuertemente identificado con el grupo que rodeaba a Juan Antonio Lavalleja, el 14 de agosto de 1832, durante la primera administración de Fructuoso Rivera fue designado coronel mayor, y el 9 de octubre de 1833 fue nombrado ministro de Guerra y Marina. Ascendido a brigadier general el 24 de febrero de 1835, Rivera patrocinó la candidatura de Oribe para sucederlo en el gobierno, quien fue elegido el 1° de marzo de 1835 como segundo presidente constitucional.
La historiografía revisionista ha criticado a Rivera y su primera presidencia como ejemplos de ineficacia administrativa, contrastándola con la solvencia de Oribe desde 1835. En realidad, se trataba no sólo de dos personajes notoriamente distintos en lo personal y en los modos de mando, sino de dos situaciones distintas del país. En 1835, vencido el plazo por el cual la Convención Preliminar de Paz establecía el ingreso de fuerzas argentinas o brasileras al país en caso de hallar estos gobiernos algún peligro en la situación política del Uruguay, era momento de echar a andar el estado y poner en plena vigencia la Constitución de 1830.
Así transcurrió la primera presidencia de Oribe, en la cual desde un principio no se quiso dejar ningún asunto administrativo por no resolver. Desde la elaboración del Gran Libro de Deudas de 1835 (primer esbozo de la contabilidad del estado uruguayo), pasando por la creación de un sistema de jubilaciones y pensiones en ese mismo año, a la fundación de la Universidad de la República en 1838, su gobierno fue el primero que proyectó la autogestión de las clases dirigentes de Uruguay, sin apoyarse en ningún poder externo.
En julio de 1836 Rivera, agraviado por las resultancias a que arribó una comisión nombrada para examinar las cuentas de su período de gobierno y también destituido del cargo de comandante de la campaña, recurrió a la revolución, siendo derrotado el 19 de septiembre de ese año en Carpintería (Durazno), refugiándose poco después en Brasil, donde se vinculó a la revolución de los farrapos de la República Riograndense, a la que se habían adherido algunos de sus ex compañeros de armas del ejército portugués, como Bento Gonçalves da Silva.
Volvió a intentarlo Rivera al año siguiente reforzado con tropas riograndenses, y consiguió derrotar a Oribe el 22 de octubre de 1837, en Yucutujá (Salto). Tiempo después, Rivera es derrotado en el Yí, pero su triunfo en Palmar, el 15 de junio de 1838, le hizo recuperar el poder. Por otro lado, el bloqueo impuesto por una flota francesa a Buenos Aires, gobernada por su aliado en este conflicto, el caudillo Juan Manuel de Rosas, dejó incomunicado al presidente Oribe. Presionado desde el río y sitiado en la capital, Oribe presentó su dimisión el 24 de octubre de 1838, dejando sentada su protesta y legitimidad del cargo que le obligaban a renunciar.
Se trasladó a Buenos Aires, donde el Restaurador lo recibió como presidente legal del Uruguay, y utilizó su experiencia militar incorporándolo al ejército que comandaba, por entonces en lucha contra los unitarios. Oribe combatió a la Coalición del Norte, formada por las provincias de Tucumán, Salta, La Rioja, Catamarca y Jujuy entre 1840 y 1841.
Combatió contra el general Juan Lavalle, venciéndolo en la batalla de Quebracho Herrado el 28 de noviembre de 1840, y otra vez en la batalla de Famaillá, el 17 de setiembre de 1841. Tomó prisionero al gobernador de Tucumán, doctor Marco Avellaneda, al que hizo degollar y exhibir su cabeza en una pica en la plaza pública de Tucumán. De aquí en adelante, la oposición unitaria y sus aliados colorados del Uruguay insistieron cada vez más en la imagen del Oribe degollador y asesino, al igual que la de Rosas. La literatura de opositores políticos a éste último como las Tablas de Sangre escritas por José Rivera Indarte, crearon la imagen de la exclusividad de la violencia por los federales y los blancos.
Tras vencer al gobernador de la provincia de Santa Fe, Juan Pablo López, se trasladó a Entre Ríos. Allí, al frente de un poderoso ejército, el 6 de diciembre de 1842 derrotó en batalla de Arroyo Grande al ejército de Rivera que, en guerra contra Rosas desde marzo de 1839, había invadido territorio entrerriano.
Rivera en derrota repasó el Uruguay frente a Salto, retornando apresuradamente a Montevideo donde sólo pudo entregar el mando en el presidente del Senado, Joaquín Suárez, y salir nuevamente a campaña para recomponer su ejército deshecho.
Mientras Oribe avanzaba sobre Montevideo, los colorados organizaron el ejército de la Defensa, comandado por el general José María Paz y el uruguay Melchor Pacheco y Obes. A él se unieron grupos de las colectividades francesa, española e italiana que formaron “legiones” que numéricamente superaron en conjunto a los propios efectivos orientales con los que contaban los colorados. Entre estas legiones figuraba el italiano José Garibaldi.
El 16 de febrero de 1843 Oribe inició el sitio a Montevideo. Sería este el tercero de los sitios en que él participara, y el más largo de todos, ya que duraría ocho años y medio, hasta el 8 de octubre de 1851.
Luego organizó nuevamente su gobierno, como si nada hubiera ocurrido desde el 24 de octubre de 1838. Designó su gabinete, hubo una legislatura y se sancionaron varias normas.
Así dio comienzo el Gobierno del Cerrito, denominado de esta forma por estar instalado el cuartel general de Oribe en el Cerrito de la Victoria, donde 30 años antes hubiera iniciado su carrera de las armas y estableciendo la capital provisional de Uruguay en la ciudad de Restauración (actualmente el barrio montevideano de Villa Unión), fue en esta población que por primera vez se rindió oficialmente homenaje a José Gervasio Artigas, al serle dado el nombre del prócer federal a la principal avenida de Restauración. Dicho nombre le fue dado en vida del prócer (1849) y entre los primeros actos de la administración del triunfante Joaquín Suárez figura el de eliminar tal denominación.
El gobierno del Cerrito controló la totalidad del país hasta 1851, exceptuando Montevideo y Colonia del Sacramento. Tuvo su puerto de ultramar alternativo en la rada del Buceo, al este de Montevideo, y aplicó la Constitución de 1830 como base de su orden jurídico. Algunas figuras destacadas de aquella administración fueron Bernardo Prudencio Berro, Cándido Juanicó, Juan Francisco Giró, Atanasio Cruz Aguirre, Carlos Villademoros, etc.
Otro gran tema fue la propuesta de la reunificación de la Argentina que realizó Rosas en 1845, con la reincorporación del Uruguay a las Provincias Unidas del Río de la Plata, anulando las imposiciones de la Convención Preliminar de Paz, inspirada por Lod Ponsonby. Oribe no quiso resolver este tema y lo remitió para su tratamiento a una comisión parlamentaria que no llegó a nada.
Sea como fuere, hacia 1850 la causa federal de Oribe y Rosas parecía destinada a prevalecer. La revolución de 1848 en Francia, que había derribado a la monarquía de Luis Felipe, había dejado a la intemperie al gobierno de la Defensa –o Nueva Troya-, sostenido por aquella.
Montevideo no aceptó el ofrecimiento del presidente Luis Napoleón Bonaparte de enviar para socorrer a la plaza sitiada a los presos políticos de la represión de las Jornadas de Julio, diciendo por boca de Manuel Herrera y Obes: “¿Qué sería de nosotros si vienen los comunistas?”.
En 1850, el enviado de Luis Napoleón, Lepredour, suscribió una convención de paz con Felipe Arana, canciller de Rosas. Un año antes lo había hecho Southern, representante de Gran Bretaña. El gobierno de la Defensa, con las horas contadas, se apresuró a involucrar su última carta: el Imperio de Brasil y el gobernador entrerriano Justo José de Urquiza.
Brasil veía con rechazo el triunfo de Rosas y Oribe en el Plata, y ya desde 1848 este último hubo de rechazar varias incursiones brasileñas en la frontera norte, dedicadas al cuatrerismo hacia Río Grande do Sul. Urquiza, en cambio, buscaba una salida más directa para su hacienda para sus compradores del exterior, sin pasar por la aduana de Buenos Aires, que Rosas controlaba y cuyas rentas no socializó nunca durante sus casi 20 años de gobierno, fue tentado por Herrera y Obes quien le ofreció el puerto de Montevideo para tales efectos.
Los hechos se precipitaron después de agosto de 1851, cuando Urquiza se pronunció contra Rosas. Poco después penetraba en territorio uruguayo, marchando hacia el Cerrito para quitar de en medio a Oribe, su antiguo compañero de armas. Éste ordenó a sus comandantes que detuvieran al entrerriano, pero sus órdenes fueron extrañamente desobedecidas. En poco tiempo, Urquiza con el apoyo imperial se ubicó delante de Montevideo, conminando a Oribe a rendirse, lo que éste hizo, abandonado de todos.
En su cuartel del Pantanoso, cerca del pueblo de Las Piedras, donde se iniciara la gloria de Artigas, se conviene la honrosa capitulación de Oribe. Las bases propuestas por éste son aceptadas por Urquiza, con pocas modificaciones, y adicionadas con una cláusula especial (la 7°) para el ilustre vencido: "De conformidad a lo dispuesto en el artículo anterior, el general don Manuel Oribe podrá disponer libremente de su persona”.
El 10 de octubre de 1851, termina en el Pantanoso la discusión de las bases modificadas, inmediatamente remitidas a Oribe en su cuartel del Paso del Molino. Oribe contesta afirmativamente el día 11.
La Guerra Grande ha terminado en territorio oriental. El tratado contempla la situación de los uruguayos que estuvieron con su jefe; es decir, la casi totalidad de la población.
Según José María Rosa reconoce su causa como de “la independencia nacional y la fuerza legítima de su gobierno; es decir, significa una condena para los hombres de la Defensa, pues no puede haber dos ideas de independencia ni dos gobiernos legítimos”.En Brasil se consolida la monarquía, vencidos totalmente, después de la Ley de Sangre y la aplicación de la leva, los brotes “socialista” y republicano. Se estabiliza la unión sagrada y se afianza el régimen esclavista. Brasil es, y lo será por mucho tiempo, el país rector de América del Sur: su influencia es poderosa en Montevideo (sobre todo después de la revolución colorada de César Díaz en 1853).
Por entonces, Oribe estaba en los tramos finales de su existencia. El 12 de noviembre de 1857 falleció en el Paso del Molino, casi al final de la hoy llamada calle Uruguayana. Durante su velatorio, la bandera de los Treinta y Tres Orientales, fue sostenida por quien había sido el abanderado de la expedición e incondicional partidario suyo, Juan Spikerman. Se le decretaron honores oficiales y recibió sepultura en el cementerio del Paso del Molino, siendo posteriormente trasladado a la Iglesia de San Agustín ( fundada por él en recordatorio de su esposa Agustina Contucci), en el barrio de La Unión (nombre que tras 1852 se dio a la villa de la Restauración, contigua a su campamento militar del Cerrito).
Oribe se había casado con su sobrina, Agustina Contucci, el 8 de febrero de 1829, teniendo 4 hijos de su matrimonio. Años atrás, en 1816, la actriz Trinidad Guevara había tenido con él una hija, Carolina, que fue apadrinada por Gabriel Antonio Pereira.
Manuel Oribe fue uno de los más grandes hombres públicos del Río de la Plata y de más tardía reivindicación, sobre todo por la leyenda de crueldad acuñada durante la Guerra Grande. Aún en 1919, el destacado líder colorado José Batlle y Ordóñez escribía que “ser colorado es odiar la tradición de Rosas y Oribe”, y su prensa aludía siempre al Partido Nacional como el “partido oribista”. En el centenario de su muerte (1957) los miembros colorados del Consejo Nacional de Gobierno se negaron a ponerse de pie para homenajearlo. También desde filas propias hubo actitudes comparables: el diario conservador del Partido Nacional, El Plata pasó por alto la conmemoración de aquel aniversario, sin mencionarlo siquiera. Se justificaba porque su fundador era de origen colorado y firmemente reaccionario, Juan Andrés Ramírez. El gran reivindicador de la figura del héroe oriental fue Luis Alberto de Herrera, quien a través de sus trabajos históricos, de solidez incomparable, dejó sentada la figura de Oribe en sitial de honor.




Bibliografía:


BAUZÁ, Francisco, Historia de la dominación española en el Uruguay, Ministerio de Instrucción Pública y Previsión Social, Montevideo, 1965.
MURGA, Pedro de, Árbol y genealógica descendencia de las Casas de Ayala y Murga, Junta de Cultura de la Diputación de Vizcaya, Bilbao, 1922.
ORIBE, Aquiles, Brigadier General D. Manuel Oribe: Estudio científico acerca de su personalidad, Barreiro y Ramos impresores, Montevideo, 1912, 2 volúmenes.
ROSA, José María, La Caída de Rosas, Plus Ultra, Buenos Aires, 1968.




Manuel Oribe.

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