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domingo, 25 de julio de 2021

UN RETRATO DE MANUELITA ROSAS

  



                              Por Guillermo Palombo


Características del retrato de Manuelita Rosas

La firma J. C. Naón & Cía. S. A. incluyó en su catálogo impreso para el remate realizado en los salones del Hotel de Ventas sito en Guido 1785 (Buenos Aires) desde el 11 al 13 y del 17 al 19 de agosto de 2004, un “Retrato de Manuelita Rosas” (lote 148). Su descripción técnica precisa que trata de una figura al óleo sobre tela, firmada con el monograma  C.M.F. (Fecit), en la parte inferior izquierda de la tela cuyas dimensiones son 0,560 m. de alto y 0,415 m. de ancho. El valor de base de la obra fue estimado entre 6.000 y 10.000 dólares estadounidenses.

El catálogo incluye un comentario firmado por Ángel N. D´Alessio, en el cual se califica al retrato como una “obra inédita”, cuya existencia se desconocía con anterioridad, remitida a la firma martillera “para su estudio y tasación”. Agrega  que como su estado de conservación impedía su “interpretación” fue necesario realizar “profundas tareas de estudio e investigación” encomendándose tareas de limpieza y restauración a un conocido taller de plaza”. El señor D´Alessio nos dice que la imagen de Manuelita luce “los símbolos federales de la época”, y que a ambos lados de su figura están representados “el escudo nacional argentino” y otro escudo “de carácter particular y de homenaje” orlado con laureles que encierran las iniciales “MRyE” junto a la fecha “24 Mayo 1817-40”. De ello,  el comentarista deduce que la figura retratada es Manuelita Rosas y Ezcurra, nacida el 24 de mayo de 1817, que la cifra “40” se refiere al año 1840 como el de realización de la obra, y que su autor es Carlos Morel, puesto que la firma está representada mediante un monograma con letras de su nombre y apellido junto a la “F” fecit, dado que Morel utilizó diversas formas para identificar algunos de sus cuadros y, en este caso, tratándose de “un homenaje tan especial”, empleó “este monograma tan especial”.

Como último detalle se afirma que la tela utilizada lleva un sello al dorso de forma oval de Reeves & Sons-London.

Las referencia indicadas, para el autor de la anotación que he glosado estrechamente, confirman “la certeza del hallazgo”, por lo que concluye expresando que “Estamos en presencia de una importante obra de quien fue cronológicamente nuestro pintor nacional y que representa la figura femenina más apreciada de la sociedad de su época.

 

Los símbolos federales

Los “símbolos federales de la época” que luce el retrato de Manuelita Rosas, referidos por el catálogo, son el moño federal punzó sobre su cabeza y la divisa federal punzó sobre su pecho: se trata de dos símbolos cuya presencia simultánea es incompatible, con el agravante de que el uso de la divisa en el pecho fue vedado a las  mujeres por el propio Rosas.

La divisa federal fue impuesta, primero por un decreto del 22 de septiembre de 1830 y luego, rigurosamente, por otro del 9 de enero de  1832. Y aunque nada dicen ambas disposiciones sobre su uso por las integrantes del sexo femenino, Rosas dispuso que ellas debían llevarla, exclusivamente, en la forma en que fue usada por su esposa, Encarnación Ezcurra, quien “se puso la divisa punzó al lado izquierdo de la cabeza”. Así lo manifestó Rosas a su primo Tomás de Anchorena en carta del 25 de diciembre de 1838, publicada por Ernesto Celesia en su libro Rosas, aportes para su historia, tomo II, Buenos Aires, 1968, pág.454.

Un decreto del gobernador de San Luis, del 9 de noviembre de 1835 ordenó a todos los empleados públicos de la provincia y a los ciudadanos el uso de la divisa federal, y lo recomendó, sin imponerlo, a las señoras de los empleados. Y si bien no se aclara cómo debían llevarla estas últimas, debió serlo en la misma forma que el propio Rosas expresó en la carta que he citado (en forma de moño y al lado izquierdo de la cabeza), porque así lo demuestran en forma concordante todos los testimonios documentales que he visto al respecto, correspondientes al período que va desde 1836 hasta 1852, y nunca en el pecho, modalidad reservada para los hombres.

El Obispo de Buenos Aires,  monseñor Mariano Medrano, en una circular dirigida a los curas vicarios el 6 de septiembre de 1836, publicada por el P. Cayetano Bruno en su Historia de la Iglesia Argentina, tomo X, Buenos Aires, 1975, pág. 37, les recomendó exhortar a sus feligreses para que llevaran constantemente la divisa federal color punzó que tenía ordenada el Gobierno, los hombres “al lado izquierdo sobre el corazón y las mujeres en la cabeza del mismo lado”.

Rosas en carta del 28 de noviembre de 1836 dirigida a Felipe Ibarra, gobernador de Santiago del Estero, a la vez que le anunciaba el envío de cintas punzó con los letreros correspondientes, definiendo como debía ser la divisa federal femenina: “La divisa federal en las señoras debe ser un moño punzo al lado izquierdo de la cabeza con letreros de “Vivan los Federales, Mueran los impíos Unitarios”. Esta es la verdadera divisa en ellas, colocada como queda dicho al lado izquierdo de la cabeza y no en otra parte. Ellas la quieren al pecho, pero no se les debe consentir porque ahí solo se le ve a la que quiere mostrarla. Verdad es que esta divisa en la cabeza es majadera y cara porque se les pierde muchas veces y así es que por eso aún no se ha generalizado, principalmente en las pobres que no les alcanzan sus recursos pero si se las da ellas la usan con la mejor voluntad”. Esta carta fue dada a conocer por José Luis Busaniche en su artículo Muestrario rosista. Los colores nacionales,  aparecido en La Nación, núm. 25.199, Buenos Aires, domingo 31 de agosto de 1941. Y en 1839, Rosas reiteró a Juan Pablo López, gobernador de Santa Fe, la conveniencia de generalizar el uso de la divisa federal “los hombres al pecho en el costado izquierdo y las mujeres al costado izquierdo de la cabeza”.

El jesuita Mariano Berdugo, que estuvo en Buenos Aires hasta 1841, en un informe reservado publicado por el P. Bruno en el tomo X, pág. 38 de su obra citada, recuerda que los mazorqueros vigilaban que no salieran a la calle los hombres sin el cintillo punzó en el sombrero y las mujeres sin “un moño punzó en la cabeza”. El viajero norteamericano Samuel Greene Arnold, que estuvo en Buenos Aires en febrero de 1848 apunta en su libro Viaje por América del Sur 1847-1848, Buenos Aires, 1951, pág. 155, que “las señoras están obligadas a usar una cinta punzó en el cabello cuando salen, pero no adentro de sus casas”.

El español Benito Hortelano que llegó a Buenos Aires en 1849, recuerda en sus Memorias que cito en la edición publicada por Eudeba en 1972, págs.79 y80, que “También las señoras usaban divisa, consistiendo esta en un lazo de cinta punzó al lado izquierdo de la cabeza”. Y finalmente, tampoco lleva la divisa, el retrato de Manuelita Rosas ejecutado por Prilidiano Pueyrredon en 1851 que se exhibe en el Museo Nacional de Bellas Artes.

Por otra parte, al reparar en el texto de la leyenda de la divisa que luce en el pecho la figura femenina del retrato que estamos comentando, advertimos que la misma reza “Viva la Confederación Argentina”, por lo que está evidentemente incompleta y falta el muera a los unitarios que contienen todas las divisas de la época.

La colocación de la divisa en el pecho de Manuelita y la leyenda que luce en ella evidencian un error ignorantemente equivocado que nunca pudo haber cometido un pintor de aquel tiempo, que Manuelita nunca hubiera permitido y que su padre  no hubiera tolerado por contravenir sus expresas indicaciones expuestas en los documentos citados en los párrafos precedentes.

 

El escudo nacional argentino

No alcanzamos a advertir por qué motivo Rosas, detallista al máximo cuando del cumplimiento de normas protocolares se tratara, hubiera autorizado la inclusión en el retrato de su hija de un atributo de la investidura nacional – el escudo, con rayos cuyas curvas difieren con la forma de los que se usaban por entonces – que él ejercía por delegación de las provincias (el  encargo de las relaciones exteriores ante las potencias extranjeras) cuando Manuelita nunca desempeñó funciones oficiales que justificaran la inclusión. Al respecto, vale la pena recordar que ella misma, en carta a su amigo Antonino Reyes, fechada en Hampstead – Londres – el 16 de noviembre  de 1892, publicada por el Archivo General de la Nación en el volumen Manuelita Rosas y Antonino Reyes. El olvidado epistolario  (1889-1897), Buenos Aires, 1998, pág. 92, respondiendo a la pregunta de Reyes de si era cierto que al despedirse el general Oribe de Buenos Aires, precisamente en 1840, lo hizo ella “en carácter oficial”, Manuelita aclaro que era “completamente falsa” esa especie: “Mi finado padre el general Rosas jamás me hizo desempeñar un rol que no debía, o que ridiculizase tanto a mí como a él mismo. Tampoco es cierto que yo tomase parte alguna oficialmente de asuntos públicos o políticos  durante la Administración de mi lamentado padre, cuando, creo, que hice cuanto me fue dado para desempeñarme en los actos privados y sociales con la dignidad que correspondía a nuestra posición”. Y ese concepto lo ratificó en otra posterior carta del 21 de febrero del año siguiente. Y no deja de ser un dato de valor concurrente, la circunstancia de que no se contempló incluir el escudo nacional en el retrato de Manuelita, ejecutado por Prilidiano Pueyrredon en 1851 por encargo y bajo supervisión oficial.

 

El escudo de carácter particular y de homenaje

El otro escudo, que en el catálogo se califica como “de carácter particular y de homenaje”, contiene en su interior las iniciales “M.R. y E.” Y las fechas “24 Mayo 1817-40”. No conocemos retrato femenino alguno de la época en el que se haya insertado la fecha de nacimiento de la dama retratada, detalle que, “prima facie”, parece incompatible con la sempiterna y astuta coquetería femenina, uno de cuyos recursos consiste, precisamente, en el ocultamiento de la edad real. Pero más allá de ello, la inclusión del adefesio perjudica el equilibrio de la composición plástica, que es, de suyo, de factura muy pobre, al punto de resultar incompatible con la obra conocida de Morel. Pero, claro, si tal escudo con esos datos y el monograma de Morel no estuviera presente ¿cómo podría argumentarse que el retrato pertenece a Manuelita y que su autor fue Morel?

 

La palabra de Manuelita Rosas

El retrato de Manuelita (no “inédito”, adjetivo que se reserva exclusivamente para un escrito no publicado, sino desconocido), colocado bajo nuestra observación, carece de elementos de autenticidad de la época. Pero aún cuando esos errores no estuvieran presentes en la obra, tampoco podría tenérsela como un retrato de Manuela, a juzgar por los hechos  documentados que pasamos a relatar. En 1851 un grupo de ciudadanos representados por Baldomero García, Eustaquio José Torres y Juan Manuel de Larrazábal solicitaron a Manuelita  que accediera a dejarse retratar para poder exponer públicamente su retrato. Manuelita les respondió por escrito, el 25 de junio, que nunca antes había permitido ser retratada (“jamás he abrigado la idea de retratarme”), no obstante lo cual solicitaría autorización a su padre para hacerlo. Rosas concedió la autorización, y para supervisar la realización del retrato, que fue encargado a Prilidiano Pueyrredon, y es el que se exhibe actualmente en el Museo Nacional de Bellas Artes, fue constituida una comisión oficial integrada por Juan Nepomuceno Terrero, Luis Dorrego y Gervasio Ortiz de Rozas, quienes se dirigieron a Manuelita por nota fechada el 1° de julio, en la cual, entre otras consideraciones, y refiriéndose  a la necesidad de contar con un retrato de la niña de Palermo expresaban: “Pero, no hay un retrato de Manuelita. Todo el mundo se retrata y sin embargo esa Manuelita Rosas que antes aunque tan imperfectamente hemos bosquejado, jamás ha pensado en ello”, ratificándose, de ese modo, que no existía retrato alguno anterior de Manuelita ejecutado por nadie. Esos documentos oficiales, auténticos, fueron publicados en el libro de Antonio Dellepiane titulado El Testamento de Rosas, Buenos Aires, 1957, págs. 187-188, y evidencian, sin asomo de duda alguna, que Manuelita nunca había sido retratada con anterioridad, porque no tiene valor de tal el dibujo ejecutado por García del Molino en su álbum. Así surge de las propias palabras de la interesada, del aval tácito de su padre y del reconocimiento de sus contemporáneos.

Por su parte, el profesor Adolfo Luis Ribera refiere que el poeta José Mármol, en el número del 6 de octubre de 1851 de La Semana, de Montevideo, comenta los entretelones de este retrato, que iba a constituir el primero de Manuelita (véase Academia Nacional de Bellas ArtesHistoria del Arte en la Argentina, tomo III, Buenos Aires, 1984, pág. 315).

Si los errores de época que contiene el retrato atribuido a Morel son inadmisibles (por ejemplo, la duplicación de la divisa, incluyendo la expresamente prohibida, lo que constituye una torpeza inaceptable para la época y para el personaje retratado) pretender sostener la existencia de un retrato anterior al de Prilidiano Pueyrredon, significaría nada menos que pretender desmentir a la propia Manuelita. Por ello el cuadro bajo análisis no puede ocupar, por derecho propio, lugar alguno en la iconografía de la hija de don Juan Manuel.

[Artículo publicado en El Tradicional. Año 9, N° 61, Buenos Aires, noviembre de 2005, pp. 10-11]

domingo, 10 de noviembre de 2019

El BIGOTE FEDERAL

Mariano Benito Rolón.



Por Guillermo Palombo*

Ventura Robustiano Lynch (1851-1888) uno de los más destacados cultivadores de las tradiciones populares argentinas, autor de una obra publicada en el año 1883, dice refiriéndose al gaucho federal, que en la época de Rosas “la barba ya había entrado en moda, acostumbrándose a rasurarla a la altura de la boca, dejándose también crecer el bigote.  El color del rostro era acentuado, semiachinado, mezcla todavía de la raza blanca y la cobriza, con el labio inferior un poco grueso, como los gauchos anteriores”.
El uso del bigote fue obligatoriamente reglamentario para los oficiales y tropa, de acuerdo a una orden circularizada el 4 de febrero de 1831 a los jefes de los Regimientos de Caballería de Campaña de la provincia de Buenos Aires, que lo eran los coronales Pinedo, Izquierdo, Prudencio Ortiz de Rosas, Espinosa y Narciso del Valle (1).  A esta circular se refiere, unos años después, el coronel Prudencio Ortiz de Rosas, jefe del Regimiento 6 de Milicias de Caballería de Campaña, en una nota suya dirigida al general Manuel Corvalán, edecán del gobernador y capitán general, brigadier Juan Manuel de Rosas, fechada en Buenos Aires el 2 de setiembre de 1839, en la que le informaba: “que antes de marchar a la campaña de Córdoba, contra los amotinados unitarios que en aquella época ocupaban el interior de la República, recibió una orden (circular al ejército de línea y milicia) para que todos usasen bigote y los conservasen mientras durase la actitud hostil en que se encontraba la provincia; y aunque también es cierto que son muy pocos los milicianos que no los usan, ha creído de su deber ordenar nuevamente al Regimiento Nº 6 de su mando, que todos los milicianos usen bigote y los conserven mientras dure la guerra contra los pérfidos salvajes unitarios y sus imbéciles aliados los incendiarios franceses lo que el coronel que firma pone en conocimiento de vuestra señoría para que se digne transmitirlo al superior de su excelencia el excelentísimo señor gobernador, a los fines que estime convenientes”.
Y con motivo de la batalla de Chascomús, librada ese año, Juan Manuel de Rosas premió a Juan Durán, el ejecutor de Pedro Castelli, acordándole el “uso de bigote y barba federal”.
En 1840, Juan de la Cruz Ocampo, un catamarqueño de 20 años que no había prestado servicios a la Federación, fue detenido en Morón, consignándose en su filiación: “Se ha quitado el bigote”, por lo que fue remitido como “salvaje unitario”. (2)
El jesuita Mariano Berdugo, que estuvo en Buenos Aires hasta 1841, dice que los mazorqueros, siguiendo órdenes de Rosas, con látigos y chicotes lograron “que todos los hombres trajesen la cinta punzó en el sombrero, vistiesen chalecos colorados, no se atreviesen a salir con fraques o levitas, usasen poncho y trajesen bigotes”.
Pero quien mejor ha expresado las razones del uso del bigote, como símbolo, en aquella época, ha sido Antonino Reyes, que fuera jefe de la Secretaría Militar de Rosas, quien, años después de Caseros, en una carta dirigida al señor Solano Riestra que vivía en Florida (Uruguay), que no llegó a remitirle y conservó para sí, pero que he encontrado en el Archivo General de la Nación entre los papeles que pertenecieron a la colección formada por Adolfo Saldías, le dice:
“Al leer el diario que usted redacta “El Demócrata”, he visto con pesar, un artículo que lo encabeza con este título: “El bigote del señor Crespo”, y haciéndose eco de la mofa con que “El Nacional” de Buenos Aires echa a vuelo una nota que pasó este soldado de nuestra independencia en épocas difíciles y excepcionales y que se publicó entonces en “La Gaceta” (Mercantil) agrega usted palabras picantes para ridiculizar el proceder de aquel valiente veterano.
“El coronel don Francisco Crespo no quiso ser menos que la gran porción de sus conciudadanos que en reuniones públicas se invitaron y comprometieron a usar bigotes, mientras estuviese en peligro o fuese atacada la independencia de su patria y encontrándose él en la imposibilidad de seguirlos en aquella idea entusiasta quiso sincerarse ante sus compatriotas y creyó conveniente dirigirse al gobernador para ser autorizado a no usarlo y por este medio hacer pública su imposibilidad física para ello.
“No se asombre usted de estas expansiones y hasta exageraciones del patriotismo, que con el fasto de tiempos tormentosos y que todos los pueblos han pasado por ellas con más o menos entusiasmo o frenesí.
“Usted es joven, no ha podido conocer sino por referencias de los que han seguido una interesante propaganda sistemada los acontecimientos de aquella época excepcional, única en estos países, para poder apreciarlos con imparcialidad y valorar los motivos que impulsaban a los hombres a la exaltación.
“Preciso era haber estado en aquel centro borrascoso en que cada uno quería distinguirse en demostrar su decisión y sobresalir con entusiasmo para conocer el verdadero sentimiento popular creciente y venir a convencerse que no era Rosas el maniático que según usted dominaba hasta obligar a observar sus caprichos haciendo que el pueblo adivinase su voluntad para seguir sus locuras como la de los colores, las divisas, las barbas, etc.
“Persuádase usted que no era Rosas, era la opinión, era la exaltación de los espíritus, era el odio a los enemigos aliados al extranjero, lo que hacía a los federales proceder y manifestarse con esas imposiciones para conocer los remisos o indiferentes a la voluntad general; exigían compromisos públicos, declaraciones claras de sus opiniones sin ambages, ni reticencias y el gobernante tenía que respetar y seguir la corriente de esa opinión proclamada en toda la República con la fuerza con que se impone en tales casos en que nunca quiere ser extraviada.
“Era esa la voluntad de las masas; esa era la voluntad general, y Rosas ni nadie podía oponerse a ese torrente de la opinión expresada unánimemente en todas partes, porque así pensaban todos y estaba encarnado en todos los argentinos celosos de la integridad e independencia de su patria, el odio a todo lo que no estaba en armonía con la defensa en que estábamos empeñados.
“Para patentizar esta disposición buscaban todo aquello que más pudiera herir a sus enemigos y que demostrase bien alto la opinión dominante.
“El coronel don Francisco Crespo fue uno de los que con su espada contribuyeron a la libertad de esta Patria peleando contra los imperialistas.
“Lea usted los partes y comunicaciones sobre el combate de Obligado, y allí lo encontrará usted peleando con bravura contra la escuadra anglo-francesa como segundo jefe del general Mansilla en aquel memorable combate en que se peleó con tanta desventaja, en artillería y pericia y que sin embargo no cedió el valor argentino en aquella jornada gloriosa.  Tengo todos esos documentos que se publicaron pero que están olvidados como muchas otras cosas que hacen honor a aquel gobierno, pero que por lo mismo la pasión política los ha cubierto con el polvo del olvido.
“Recordaré aquí un hecho análogo.  El coronel don Fructuoso Rivera al mando de un Regimiento Imperial por el año (en blanco) firma con sus oficiales un compromiso para usar y hacer usar bigotes a todo el regimiento con penas graves al que no lo hiciera, y sin embargo nadie lo acusa de maniático ni de que impusiese su voluntad; con la diferencia que para esta disposición no militaron las causas que hicieron resolver a los argentinos a imponerse voluntariamente esa obligación; el país estaba militarizado y era el sostén del gobernador; no había cuerpos de línea capaces de imponer la voluntad de Rosas.
“Dice pues en conclusión que no hay razón para ridiculizar esa nota; se trataba del respeto a la opinión de las masas cuyas deliberaciones no se pueden ni se deben contrariar en momentos dados sin correr un grave riesgo y que además recae este incidente en una persona que reunía cualidades muy recomendables de carácter, estando además de por medio sus importantes servicios a la patria.
“Creo que he cumplido con mi deber al hacer esta rectificación y dejar correr este hecho como otros muchos que son glosados maliciosamente y sin explicación de las causas que los hayan motivado.  Soy de usted atento servidor.  Antonino Reyes.  Esta carta nunca fue dirigida por haberse pasado el momento oportuno”. (3)
Referencias
(1) A.G.N., Sala X, legajo 24-4-3.
(2) Índice del Archivo del Departamento General de Policía, Tomo II, Buenos Aires, 1860.
(3) A.G.N., Sala VII, legajo 3-3-15, fojas 14 a 17.

* El Resero, Año 4, Nº 35, Noviembre 2005.




jueves, 27 de septiembre de 2018

NUEVO NÚMERO DE UNA PUBLICACIÓN ESPECIALIZADA: REVISTA DE HISTORIA MILITAR





La «Revista de Historia Militar», que dirige el Dr. Isidoro J. Ruiz Moreno, desde su número inicial aparecido en octubre de 2013 ha publicado más de 2.000 páginas, en su formato de revista-libro, en las cuales se han dado a conocer valiosos trabajos y comentarios.
En las 180 páginas de su reciente N° 11 (Buenos Aires 2018) editado por Ediciones Argentinidad (Galería del Sol, Florida 860, local 101, Buenos Aires, teléfono (5411) 4894-0169; mail: ediciones@argentinidad.com), ofrece un importante material de consulta en sus cuatro secciones: Investigaciones, Notas, Documentos y Comentarios Bibliográficos.
La sección Investigaciones incluye tres trabajos:
Guillermo Palombo, en «Apogeo y ocaso de la lanza en la caballería argentina», (páginas 5 a 72) ofrece un panorama completo de la evolución de esta arma en el Río de la Plata, desde principios del siglo XVII  hasta 1930. Con gran acopio de datos, en muchos casos inéditos y provenientes de diversos archivos, brinda precisiones (que incluyen abundantes y específicas referencias al material empleado en sus astas) sobre la lanza usada por los primeros Blandengues, la que San Martín impuso en la caballería, la utilizada en la guerra del Brasil, en la época de Rosas y período siguiente, las empleadas por los aborígenes del norte y del sur argentino,  la metálica de modelo alemán que se impuso al finalizar el siglo XIX, y finalmente la introducción reglamentaria de la de caña colihue en el siglo siguiente.
José Luis Alonso y Juan Manuel Peña, en  «El asedio y ataque a Talcahuano», (páginas 73-101), evidencian cómo después de la batalla de Chacabuco, el puerto y ciudad amurallada de Talcahuano se convirtió en el foco de la resistencia realista en Chile, y como el ejército combinado argentino chileno intentó forzar sus defensas en un ataque frustrado realizado el 6 de diciembre de 1817. La llegada de un fuerte contingente de Lima al mando del general Osorio motivó el levantamiento del sitio, y el repliegue patriota, que sufrió un descalabro  en Cancha Rayada, pero casi enseguida se alzó con el triunfo en Maipú. En septiembre de 1818 los realistas abandonaron Talcahuano dirigiéndose a Lima.
Isidoro J. Ruiz Moreno, en «La campaña fluvial unitaria de 1829» (páginas 103 a 131), valido de  la documentación inédita existente en un legajo del Archivo General de la Nación y  de papeles del Archivo Ruiz Moreno que conserva en su poder, analiza una campaña fluvial realizada en 1829 y no considerada en detalle por los historiadores navales tradicionales, como Ángel J. Carranza y Teodoro Caillet-Bois, y confundida con otra anterior por Héctor R. Ratto,  que contribuyó, por sus consecuencias, a entronizar a Juan Manuel de Rosas en la provincia de Buenos Aires. Se trataba de aliviar el asedio a la Buenos Aires gobernada por Juan Lavalle, por las fuerzas federales de Estanislao López que habían invadido el norte de la provincia. Con elementos de la escuadra  al mando de Brown se intentó llevar la guerra a la provincia de Santa Fe mediante una expedición fluvial para que su caudillo se replegara. Se destaca, en esos sucesos, el combate de San Pedro, a fines de junio de 1829: las fuerzas unitarias de desembarco, 200 hombres al mando del teniente coronel Isaac Thompson, con el objeto de reprimir un grupo de fuerzas formadas por ingleses sublevados que asolaban dicho pueblo bonaerense, enfrentaron la resistencia federal local encabezada por el Comandante del punto, teniente coronel José Ramón Ruiz Moreno. Pero dificultades logísticas motivaron el reembarco y retiro de Thompson. El autor pone de relieve que si bien se logró el objetivo inmediato de que las fuerzas santafesinas se retiraran de la provincia,  quedó Rosas al frente  de las fuerzas federales locales, y como después de las convenciones de Cañuelas y Barracas, Lavalle licenció su ejército y se retiró, dejó vencedor al enemigo, en el caso Rosas, que tuvo campo libre para el acceso al poder.
En la sección Notas, Jorge G. Olarte y Luis A. Raffo, en su contribución «El depósito de prisioneros Las Bruscas» (páginas 135-150), ofrecen noticias del campamento destinado a la concentración de prisioneros realistas, situado al este de la ciudad de Dolores, en paraje denominado Sol de Mayo, a la vera de la ruta 63, propiedad de la familia Rubianes.
La sección Documentos, contiene «Testimonios de Mitre sobre la guerra de la Triple Alianza» (páginas 153-159) por Isidoro Ruiz Moreno. De los manuscritos del Museo de Luján sobre la guerra del Paraguay, no incorporados en recopilaciones recientes, el autor rescata del material reunido por Zeballos para un libro que preparaba y no concluyó, una carta suya y la respuesta de Mitre del 6 de abril de 1896, el borrador de  otra  nota de Zeballos a Mitre,  del 17 de marzo de 1898, y un memorándum o relación que Zeballos redactó el 5 de febrero de 1898 de  lo conversado en una comida realizada el 5 de septiembre de 1891 en casa de Mauricio Peirano, en la que participaron Zeballos, Roca, Mitre, el Dr. Ramón B. Muñiz y el cónsul italiano cav.  Quicco, con interesantísimas revelaciones de Mitre sobre la entrevista de Yataity-Corá, y sobre el ingreso del ejército aliado al territorio paraguayo; manifestaciones que Mitre reconoció como ciertas el 28 de marzo de 1898.
En la sección Comentarios Bibliográficos, se reseñan los libros «Vida de Urquiza», de Isidoro Ruiz Moreno, por Pedro León Cornet (páginas 163-165), valiosa, novedosa y reciente contribución documentada en la cual se resaltan los esfuerzos de Urquiza por la concordia  y la unidad nacional. José Luis Alonso, en páginas 166-168  da noticia de la reedición de las memorias del marino inglés Robert W. Eastwick («A master mariner. Being the life and adventures of captain»), en que dicho capitán mercante llegado a Montevideo con un grupo de comerciantes después de la primera invasión británica de 1806, que fue testigo de la preparación de la expedición a Buenos Aires por el general Whitelocke, y evidencia el desconcierto final de los comerciantes y su retirada y regreso a las Islas Británicas. Cierra el volumen, la cumplida reseña que el Director de la Revista realiza (páginas 169-170) de la tesis doctoral de Ezequiel Abásolo sobre  «El Derecho Penal Militar en la Historia Argentina», obra de singular valía.

lunes, 2 de abril de 2018

PRESENTACIÓN DEL LIBRO "MAIPÚ, UN ABRAZO PARA LA HISTORIA"












El pasado 27 de marzo fue presentado en el Regimiento de Granaderos a Caballo General San Martín el libro "Maipú, un abrazo para la historia". Así, en el marco de las conmemoraciones por el bicentenario de la Batalla de Maipú, el acto fue presidido por el jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas, teniente general (VGM) Bari del Valle Sosa, y el jefe del Ejército, general de brigada Claudio Ernesto Pasqualini. El libro consta de cuatro capítulos con mapas e ilustraciones y presenta los hechos desde el nacimiento del Ejército de los Andes hasta la Batalla de Cancha Rayada. Asimismo, contiene semblanzas de los comandantes que protagonizaron la guerra, la descripción de la Batalla de Maipú, su desenlace y repercusiones. En la presentación, el general de brigada (R) Rafael Barni -coordinador del libro- mencionó que en sus páginas hay "mucho del comportamiento humano" y remarcó la importancia de la historia "que permite comprender la realidad del presente analizando el pasado" Por su parte, el general de brigada (VGM) Diego Soria -ex presidente del Instituto Nacional Sanmartiniano- dijo que se tendrá en las manos un "testimonio de la integración argentino chilena". Los autores argentinos fueron el doctor Guillermo Palombo, el general Diego Soria y el doctor Julio Luqui Lagleyse. A su vez, los autores chilenos fueron el general de división Roberto Arancibia Clavel y el doctor Valentín Ferrada Walker. En los mapas e ilustraciones colaboraron además del doctor Luqui Lagleyse, el coronel (VGM) Alfredo Stahlschmidt -ingeniero militar geógrafo argentino- y el general chileno Marcos López Ardiles.




miércoles, 18 de octubre de 2017

EL CRUCE POR LA LIBERTAD. EJÉRCITO DE LOS ANDES 200 AÑOS















-          
       Palabras pronunciadas por el señor Presidente del Instituto Argentino de Historia Militar, Gral. de brigada (Art. 62) Rafael José Barni, en el Regimiento de Granaderos a Caballo en oportunidad de la presentación del libro El cruce por la libertad. Ejército de los Andes 200 años.

       Señor JEMGE
-          Señores Generales en actividad y retiro

Agradezco la gentileza del señor JEMGE de otorgarme el privilegio de presentar este libro, lo que constituye un honor para mí.
Al igual que con otras actividades que se están llevando a cabo en el corriente año, la motivación principal de escribir este libro fue la de rendir un homenaje a los hombres y mujeres que hacen 200 años dieron todo de sí para que hoy disfrutemos de una nación libre e independiente.
La idea de su confección surgió en el mes de agosto del año pasado, cuando en una charla por mail, el Señor General López Ardiles, presidente de la Academia de Historia Militar de Chile, con quien establecimos una estrecha relación en el 2016 durante el Congreso Internacional de Historia Militar que organizamos en Buenos Aires, me propuso hacer un libro conjunto entre su academia y nuestro Instituto y presentarlo en la ceremonia que se llevaría a cabo, como efectivamente sucedió, el 12 de febrero de este año en el monumento a la batalla de Chacabuco en Chile.
Debo decir que además del interés histórico del señor General, por estar presidiendo una institución similar a la nuestra, él es chozno de un López Ardiles que a órdenes de nuestro Gran Capitán, combatió en Chacabuco.
Comprendiendo no sólo la importancia histórica sino institucional y política que este proyecto tenía, acepté de inmediato y luego pensaría quienes colaborarían en la obra y cómo nos repartiríamos los diferentes capítulos.
Consulté luego con dos miembros de número del Instituto de Historia Militar, en quienes me apoyo frecuentemente por su experiencia, el Señor Grl VGM Diego Soria y el Doctor Guillermo Palombo y por supuesto me dieron su total apoyo.
Habrían pasado 10 días cuando el Grl López Ardiles me informa que se había presentado en Chile un libro escrito por un historiador chileno titulado “De Mendoza a Chacabuco”, de excelente calidad historiográfica aunque de modesta presentación formal. Dicho libro habría sido del agrado del Cte J del Ejército chileno y habría resuelto hacer una edición de calidad y sería el libro que Chile presentaría en ocasión de la ceremonia del bicentenario.
Como un caballero que es el señor General, aunque no me expresó más nada, pero me estaba diciendo, lo siento, no fue mi intención, pero el proyecto conjunto se murió.
Le agradecí e inmediatamente le expresé que no nos podía sorprender Maipú en el 2018 ya que tendríamos un año y medio por delante, cuestión que más tarde aprobaron nuestro JEMGE y el Cte J del ejército chileno y el proyecto está en sus inicios.
De allí surgió la idea de hacer este libro, porque la epopeya de los Andes y su epílogo en Chacabuco, es un bicentenario, de los varios que estamos cumpliendo y seguiremos cumpliendo, demasiado importante para que pase desapercibido en nuestro país.
Las ideas pueden ser muy buenas, pero si no hay manera de gestionarlas, allí quedan como buenas intenciones.
Recibí el apoyo irrestricto y muy entusiasta del ex Secretario del Ejército, Grl Noriega y del Grl Suñer para llevar a cabo esta idea, no sólo en algo fundamental como lo es el apoyo financiero, sino que además el Grl Noriega me puso a disposición toda la apoyatura de la Secretaría para confeccionar el libro y quien  alguna vez se dedicó a esto, debe saber el tremendo esfuerzo de corrección, diagramación y compaginación que hay detrás de un libro.
Quienes trabajaron en su confección?. El señor General Br VGM Diego Soria, que todos conocen muy bien, y es a quien molesto frecuentemente por teléfono para requerir su opinión o consejo en los asuntos del Instituto de Historia Militar. Fue Jefe del Regimiento de Infantería 4 en la guerra de Malvinas, Presidente del Instituto Nacional Sanmartiniano durante varios años y Académico de número de la Academia Nacional de la Historia, sólo para nombrar, entre otros, algunos de sus pergaminos.
El Doctor Guillermo Palombo,  quien es integrante del Instituto desde que el Grl Goyret lo recreara en 1994. Historiador de fuste, muy experimentado y sumamente riguroso y detallista en sus trabajos de investigación. Alguna vez le dije “menos mal que no te tuve de superior, profesor o integrante del tribunal de tesis, porque me hubieras destruido”, usando otras palabras…..El Doctor Palombo es miembro de número del Instituto Nacional Sanmartiniano, también entre otros pergaminos.
Colaboraron con las ilustraciones y los mapas, aspecto fundamental en un libro de historia para hacerlo más ameno, el Doctor Julio Luqui Lagleyze y el Coronel VGM  Alfredo Stahlschmidt.
Los cuatro hacedores del libro forman parte del grupo  de historia militar de la Academia Nacional de la Historia, grupo que dirige el Doctor Miguel Ángel De Marco.
Hasta aquí la génesis de este libro y sus protagonistas, hablemos ahora un poco de su contenido.
Un libro es un borrador que su autor se cansó de corregir y quienes participamos de este libro, no escapamos a esta regla de oro y seguramente cuando recorramos sus páginas seguiremos  encontrando defectos y aspectos a corregir y mejorar, pero en algún momento hay que mandarlo a la imprenta.
Con esto quiero decir que por haber sido parte de este libro, seré poco objetivo en su análisis y serán los lectores los que juzgarán su contenido, pero permítanme expresar mi muy modesta visión de este libro.
Dos cuestiones fundamentales le dan al mismo una personalidad particular, una es de forma y la otra de fondo.
En su diagramación fuimos intercalando ilustraciones para que el lector las relacione con el relato y le permita hacer más fácil volar su imaginación. Asimismo intercalamos mapas para entender con un elemento gráfico lo que se está narrando gráfica y temporalmente.
En mi escaso tiempo dedicado a la Historia Militar, he podido comprobar que esto de los mapas es una falencia reiterada de los historiadores. Extensos relatos de ambientes geográficos y campañas, sin el mapa que permita visualizar lo que se está describiendo.
Quizás sea un defecto mío, por esa necesidad que tenemos los soldados de disponer de la carta claramente pintada, de modo que allí encontrarán los mapas que necesitan para seguir sin inconvenientes el relato.
Cada capítulo responde a una temática diferente, pero además los hemos subdividido en partes separados por un número romano, para cambiar de tema y no hacer tan monótona su lectura.
El segundo aspecto, el de fondo, es el que le pone un sello particular al libro. El mismo está confeccionado fundamentalmente sobre la base de documentos y no de la extensa bibliografía que existe al respecto, aunque en algunos casos ambos aspectos, documentos y bibliografía se confrontan.
Existe una gran diferencia entre un libro que se apoya en citas de otros libros y uno como este que se sustenta en documentos, máxime cuando los mismos son la correspondencia del actor principal, el General San Martín.
Constituye un acierto haber expuesto serialmente la correspondencia privada de San Martín con el Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón y también la intercambiada con Tomás Guido, que era su colaborador en el Ministerio de Guerra. Todo esto publicado en un  tomo por el Instituto Nacional Sanmartiniano bajo el título de “Documentos para la historia del Libertador”.
Allí está la médula del pensamiento de San Martín, sus tribulaciones frente a los desafíos que tuvo que enfrentar a diario.
Leer este libro, será como estar escuchando al Gran Capitán hablando en primera persona y esto es lo que lo hace particularmente atractivo, interesante y con un sello historiográfico diferente a los demás libros sobre el tema.
Los autores nos describen el cuadro de la formación del Ejército de los Andes, el cruce de la cordillera y la batalla de Chacabuco, como un observador que acompañando a nuestro Libertador le permite analizar con mejor perspectiva las luces y las sombras de esta epopeya.
Si declarar la independencia no era soplar y hacer botellas, como le manifestara Godoy Cruz en una carta, tampoco lo era formar un ejército. Pocas veces entre nosotros, alguien hizo tanto con tan poco. San Martín formó un ejército, con lo que pudo y con lo que tenía.
Pese a las tentativas de formar un Estado Mayor, no había gente preparada para integrarlo y hacerlo funcionar como tal. No tenían la experiencia adquirida por San Martín en el servicio de estado mayor en España, de un ejército en campaña, donde las decisiones deben ser rápidas, sin vacilación y con el permanente riesgo de desatar tragedias.
A medida que se avanza en la lectura de los capítulos, se advierte que del texto surge una atmósfera impregnada por la personalidad de San Martín. Está presente en cada medida que toma. Se evidencia su pensamiento íntimo expresado a Pueyrredón y Guido, y así uno comprende que estamos ante quien fue más que un Jefe, porque ejercía sobre sus subordinados mando y autoridad. Por su mando le obedecían, por su autoridad era respetado y admirado.
El libro se detiene rápida pero minuciosamente en las características del vestuario y del equipamiento, del armamento y la munición y uno allí advierte a un comandante práctico que conoce el oficio de la guerra.
La investigación histórica, que no se detiene nunca, refleja en este libro de manera particular lo relativo a las circunstancias y características de la creación de la bandera de los andes, tratando de esclarecer nuevas incógnitas.
En la faz estrictamente operacional, describe su plan estratégico, al cual para entenderlo, primero deberíamos tener en claro lo que es la estrategia, aunque esta terminología no era la usada en la época.
La principal característica de la estrategia y su gran diferencia con la táctica,  es que se mueve en un alto grado de incertidumbre, porque siempre habrá una voluntad inteligente que se opone a la propia y difícilmente podremos saberla, porque esa intención estará en la cabeza del comandante enemigo y la única manera de reducir esa incertidumbre es hacerle hacer al enemigo lo que uno necesita que haga y esta  es para mí la más clara  definición de estrategia. Decía Napoleón “creado el acontecimiento la batalla está ganada”.
El General San Martín, que era un verdadero estratega y también un valeroso táctico, como lo demostró en San Lorenzo y en Chacabuco, concibió un plan para que el Mariscal Marcó del Pont hiciera lo que él necesitaba , dividir sus fuerzas ya que enfrentarlas reunidas hubiera sido una derrota casi segura. Al dividir sus fuerzas en un frente de casi 900 Km lo ponía en una situación de debilidad en todas partes y además mantuvo el secreto de su centro de gravedad, es decir el lugar por donde iría su esfuerzo principal, para que no tenga tiempo de reunir sus fuerzas. Esto fue la esencia de la estrategia de San Martín y lo logró con su plan de invasión y la guerra de zapa.

En lo que a táctica se refiere, constituye otro acierto de este libro, el sintético pero muy prolijo estudio sobre la influencia de la táctica francesa para la infantería y la caballería que se introdujo en España, a modo de ensayo en la última década del siglo XVIII y que influenció en el ejército realista que conducía el Mariscal Marcó del Pont.

Lo que diferencia a la Historia general con la Historia Militar, es que ésta debe necesariamente, terminar con conclusiones, experiencias, enseñanzas y críticas, para que el profesional militar y también el político, comprenda analizando el pasado, la realidad
del presente del pensamiento militar y se prepare mejor para el futuro. Este libro no nos dejará enseñanzas de lo tecnológico porque ya no combatimos con sables ni lanzas ni fusiles a chispa, pero si encontrarán mucho del comportamiento humano, del mando, de las crisis en el combate, de las previsiones logísticas. Dejamos al lector que saque entonces esas conclusiones que es lo que le da razón de ser a la Historia Militar y como dijera Liddell Hart “la historia militar es la base de la educación militar para quienes raramente podrán practicar su oficio”.


Me tocó la tarea de coordinar la confección de este libro y lo único que me resta expresar es mi sincero agradecimiento a quienes trabajaron en el mismo y a quienes me apoyaron incondicionalmente para que hoy tengamos este HOMENAJE hecho libro en nuestras manos.

miércoles, 21 de enero de 2015

EL GRITO SAGRADO. LA LETRA DEL HIMNO NACIONAL ARGENTINO Y LA AUTOCRÍTICA DE DON VICENTE LÓPEZ Y PLANES


El Himno Nacional en la sala de Mariquita Sánchez de Thompson, donde se cantó por primera vez en 1813 (por Pedro Subercasseaux)..



                                                                      Por Guillermo Palombo


A principios de 1813 el himno compuesto por Fray Cayetano Rodríguez, con música de Blas Parera, había envejecido rápidamente ante el ritmo de la revolución que necesitaba una canción patriótica más a tono con el pensar y el sentir del momento.
El 6 de marzo, la Asamblea General Constituyente comisionó al diputado Vicente López para que “trabajara” una canción nacional. López – nacido en Buenos Aires el 3 de mayo de 1784 y autor del “Triunfo Argentino” en el cual narraba la epopeya de las invasiones inglesas – terminó de escribirla el 9 de mayo, sobre una mesita de caoba situada en la segunda habitación de la entrada de su casa de la calle Perú entre Venezuela y Méjico. El 11 de mayo la Asamblea la declaró única “marcha nacional” que debía cantarse en los actos públicos, y así se cantó con música de Parera. 
Es un cántico militante, guerrero, porque la revolución obligó a tomar partido. Había que defender a la Patria, ganar prosélitos y destruir a los enemigos. Sus versos surgen más literarios que poéticos, más sonoros que musicales. La letra, derramada con ímpetu apasionado, grita a los espacios y rompe con estruendo el aire: “¡Oíd, mortales, el grito sagrado!”… Y al conjuro de su voz se pone de pie toda una nación al grito de “¡Libertad, libertad, libertad!”, expresiones iniciales que permiten entrar el oxígeno de una emoción antes que se desate enseguida una tormenta verbal que habla de “venganza”, “guerra”, “furor”, “estandarte sangriento”, “saña tenaz”, “bañados en sangre”, “luto, y llantos, y muerte”, “tigres sedientos de sangre” y “fiero opresor”. Su estilo, que hoy suena anticuado y frío, está moldeado en la horma de la expresión literaria ochocentista.
Si se coteja su copia manuscrita existente en el Archivo General de la Nación (autenticada el 13 de mayo de 1813 por el doctor Bernardo Vélez, secretario del gobernador intendente Miguel de Azcuénaga), con el texto impreso en hojas sueltas estampadas en la Imprenta de los Niños Expósitos, fechadas al día siguiente (14 de mayo), se advierte que el tipógrafo introdujo un error que el corrector no enmendó, pues cambió los “huesos” del Inca en “huecos” de su tumba, y esto último se aceptó oficialmente.
Andando los años, López proyectó modificar la letra del himno. Así lo prueban sendas cartas suyas dirigidas en 1847 a su hijo Vicente Fidel López, por entonces exiliado en Montevideo, cuyos originales se conservan en el Archivo General de la Nación (Sala VII, legajo 21-1-2, documentos números 2339 y 2340) cuyo contenido permite aclarar porqué en una copia del texto del himno realizada en 1843 López reemplazara la palabra “abrieron” (“Ya su trono dignísimo abrieron /las Provincias Unidas del Sud”), por “alzaron” y que en otra copia posterior, que data de 1847 volviera a escribir “abrieron”.
En la primera carta (N° 2339), fechada en Buenos Aires el 18 de octubre de 1847, López dice a su hijo que las hojas impresas en 1813 con la letra del himno escaseaban por lo que él copiaba su texto a mano y le agregaba de su puño y letra la fecha del decreto de la Asamblea:“Te adjunto la copia autógrafa que me pides del himno nacional; […] Los impresos antiguos del himno están ya tan escasos, que me ha costado algún trabajo buscar entre mis papeles el que me ha servido de modelo para escribir la copia que mando, poniendo la fecha del decreto de la Asamblea, que nacionalizó mi composición”. Enseguida manifiesta su propósito: “Te aseguro que no siendo entera satisfacción, cuando tengo que revisar esta obra de mi juventud: quisiera corregir los muchos defectos que le encuentro, y que han pasado inapercibidos, o respetados más bien por el prestigio de que ha gozado esta hija mía desde su nacimiento”. Después refiere cuál era el objeto de las copias que sacaba de su puño y letra: “En esta copia, como en una que otra que he dado a instancias de algunos compatriotas para ponerlas en cuadro, para adornar sus salas, gran papel de marquilla, etc, he quitado apenas una palabra”. Indica qué es lo que palabra ha cambiado: “La de se anida en la segunda estrofa, y en su lugar he puesto reside, hablando de la Grandeza: aquella palabra y su idea son muy humildes para la dignidad del objeto; hubiera querido poner: La Grandeza levanta o dilata sus pechos, etc. pero prefería mudar sólo la palabra que abatía y poner la que ennoblecía la misma idea”. Explica el sentido de una expresión y reconoce que su voz se confunde con ecos de voces lejanas: “Hay otra estrofa que me disgusta sobremanera y es la de – en los fieros tiranos la Envidia –escupió su pestífera hiel- y lo peor es que en esto no fui original, sino que traté de salir del paso, dotando de las composiciones del mismo género que había leído unas frases que me daban el concepto que yo trataba de expresar, pero sin la detención reflexiva que después he tenido para ver que ellas no me daban una pintura seria y noble, coordinada a la altura que había tomado desde el principio, y con que iba a acabar la obra, sino una en que sacrificaba a la pasión de la época aquéllas dotes”. Reconoce que su voz se confunde con ecos de voces ajenas. Y concluye con la más perfecta autocrítica: “Veo en fin otros defectos, que me hacen sentir no poco, cuando de tarde en tarde reviso esta composición, de manera que no extraño la última voluntad de Virgilio mandando quemar su Eneida. Algunas veces me vienen tentaciones de corregir todos los defectos que reconozco, y presentar el himno reformado a la Legislatura. ¿Qué te parece?”.
Por su parte, en la segunda misiva (N° 2340), inmediato complemento de la anterior, López refiere a su hijo que, pese a su disgusto por algunas expresiones, ya no puede modificarlas porque el tiempo las ha convertido en un texto sagrado: “A la carta llevada por Campillo te acompañaba una copia autógrafa del himno nacional: te hablaba de los disgustos que me asaltan al ocuparme de cuando en cuando de esta composición de mi juventud por los defectos que le encuentro, o inapercibidos para los demás , o lo que es más cierto no queridos atender o confesar por el amor que el país profesó a esta obra desde su aparición: te señalo algunos defectos: corrijo uno: pongo resida en lugar de la humildes imagen del verbo se anida. ¿Corregiré los demás? Estoy dudoso, porque la sanción del tiempo no puede alterarse”. Y al parecer no los corrigió.
Vicente López murió el 10 de octubre de 1856 en la misma casa y en la misma habitación en que había nacido. Muchos años después el himno nacional original fue acortado, y hoy solo se canta la primera estrofa y el coro. Las demás, olvidadas, solamente son polvo de palabras arrastrado por un oscuro soplo de emoción.

Fuente:

El Tradicional
http://www.eltradicional.com.ar/contenidos/item/63-el-grito-sagrado    

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