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miércoles, 11 de julio de 2012

ROSENDO BRID DEL PAGO DE ARECO. UNA VIDA EN TIEMPOS DE DON JUAN MANUEL DE ROSAS





RAÚL JORGE LIMA, Rosendo Brid del Pago de Areco. Una vida en tiempos de don Juan Manuel de Rosas, Buenos Aires, Lucrecia Editorial, 2012, 239 p.

Puede decirse que las actuales Capital Federal y provincia de Buenos Aires –modernas, ocupadas, apuradas y cosmopolitas- hicieron desaparecer su añeja imagen.
Sin embargo, basta leer las páginas de este libro de Raúl Jorge Lima para que surja el tiempo pasado de  seis décadas del siglo XIX. Pero se necesitan ciertas cualidades para hallarlo: curiosidad, paciencia y, especialmente, amor a las cosas nuestras.
No la pasión ciega que revisa apuradamente, sino la observación tranquila que da forma a lo encontrado. Este libro es obra de esta devoción.
Se la percibe en la delectación con que el autor se introduce en las fuentes para brindarnos una visión de la ciudad y el interior antiguos con sus pueblos y los sucesos, trascendentales o comunes, que tenían lugar en ella. Así, en el transcurso del tiempo, van apareciendo personajes como el protagonista de esta novela histórica, Rosendo Brid, su hermano Manuel Brid, Milagros y Pedro Lavayén, Juan Manuel de Rosas, Juan Felipe Ibarra, Domingo Cullen, Julián Segundo de Agüero, Juan Lavalle, etc.
El libro tiene 35 capítulos y en el primero, Lima nos muestra a los protagonistas en su juventud en el hermoso paisaje de San Antonio de Areco. La discusión de Rosendo Brid con su futuro cuñado Pedro Lavayén, le cambia su vida y lo lleva a trasladarse a los pagos de San Miguel del Monte, donde en una pulpería conoce a un paisano con el cual estaría vinculado varias décadas: Juan Manuel de Rosas.
 No faltan episodios típicos de la época como los duelos criollos, la imagen de la pulpería, las pasiones partidarias, los tejes manejes por conseguir el poder, la lucha por la soberanía y el amor. El autor también nos lleva al Santiago del Estero federal, donde nos describe al caudillo Juan Felipe Ibarra y a la sociedad de esta antigua provincia madre de ciudades.  Trata el polémico caso de Domingo Cullen y una descripción cruda de la ejecución del asesino del hermano del gobernador, Francisco Antonio Ibarra, víctima de una conspiración de Pedro Unzaga, Santiago Herrera y otros.
Rigor histórico y episodios con una belleza literaria caracterizan a los capítulos de este libro. En las páginas finales, Raúl Jorge Lima –como ameno corolario- afirma: “Pedro [Lavayén] nunca dio a la imprenta su manuscrito que, olvidado entre viejos papeles, amarillento por el paso del tiempo, ha retoñado en estas páginas”.

viernes, 9 de diciembre de 2011

UN PERDÓN PARA BORGES (1816)


Juan Francisco Borges.





Por Raúl Jorge Lima*


(Trad. de Voyage en diligence de Buenos-Ayres a Córdoba et le Tucumán, par Antoine Jacque de Moussy.  Imprimerie de Jules Morlent, Place de la Comédie. LeHavre. 1835).
“…Y llegamos a un lugar donde abundaban los vinales, que son árboles con grandes espinas. El mayoral, antes de cruzar el río que en quechua llaman Misquimayú, decidió que pernoctáramos en una posta o posada rústica. Sería la medianoche cuando algo como el aleteo de un pájaro me despertó. Junto a mi catre (cama rudimentaria de tiento) un gaucho o gauderio (jinete trashumante de esos países) me extendía un papel con manchas color carmín. La visión se desvaneció y la atribuí a mi sueño pesado, fruto del cansancio y del charque (tasajo) comido durante el viaje. A la mañana siguiente y de nuevo en camino, nos impresionó vivamente saber que esa noche los cuatro pasajeros habíamos  percibido la misma presencia…”


Muere el año dieciséis y en el campamento del Ejército del Norte el sol bruto de la siesta tucumana se cuela en la carpa de su jefe.
Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano no imagina entonces su sino, rebajado a estatua, a medalla, a láminas escolares.
Entonces es sólo un  general por necesidad, un general cansado, que se acuesta vestido en su catre de campaña,  y se saca las botas que torturan sus tobillos hinchados por la hidropesía. Sus soldados lo respetan; inflexible con la disciplina, al que más exige es a su pobre cuerpo  enfermo.
Acaba de firmar la orden de fusilar al teniente coronel Juan Francisco Borges, y ya partió el chasqui  que la lleva de Tucumán a Santiago del Estero.
           -¡Ah, desgraciado Juan Francisco! Tan soberbio y tan díscolo, mi pariente Juan Francisco…
Cuatro leguas al sudeste de Santiago, en la chacra de Santo Domingo, el prisionero aguarda su destino. Consciente de la gravedad de su situación, demanda la presencia de su confesor, el Padre Ibarsábal.  Y sólo eso pide, que él, caballero cruzado de la Orden de Santiago, no implora clemencia.
El general duda.
El Congreso de las Provincias Unidas de Sud América, que meses antes declaró la independencia y continúa reunido en San Miguel de Tucumán, ordenó sofocar la insurgencia de Borges, quien depuso al teniente de gobernador Gabino Ibáñez, dependiente del gobierno de Tucumán.
Lo sorprendieron en Pitambalá, húsares de Bustos y Lamadrid contra gauchos armados con chuzas ¡vaya hazaña!.
Y él dispuso el fusilamiento del cabecilla. Pero él estudió leyes en Salamanca, no el arte de la guerra; jamás quiso ser  señor de la vida y de la muerte.   
Mientras el chasqui cabalga con la muerte bajo su rastra, duda el general. Borges es su pariente, por el lado de los Bravo de Zamora. Sabe que siempre ha sido víctima de su carácter impulsivo; debió haber escarmentado con el fracaso de la insurrección anterior. No; él, general en jefe, no puede actuar de otra manera, el mal ejemplo podría cundir.   Sin embargo…
La lucha interior en aún más penosa que la del campo de batalla. Por fin, vence la misericordia y el general envía un segundo chasqui a Santiago llevando el perdón para el prisionero.
Pero luego piensa que no debió perdonar, que su afecto por el pariente prevaleció sobre los deseos del Congreso. Su  sentido del deber le reprocha su flaqueza.
            -¡Cómo quisiera no ser señor de la vida y de la muerte!…
Envuelto en transpiración, vencido por el cansancio de la ronda nocturna y las maniobras de la mañana, el general se queda dormido.
Los dos chasquis se encuentran en la posta de Vinará,  sobre el Camino Real,  ya en tierra santiagueña. Uno, repuesto por un par de horas de sueño y unos amargos, se dispone a partir. El otro, recién llegado, ata el cansado reyuno al palenque y pide una sangría, y un catre para tirarse un rato, sólo un rato. Pero el maestro de postas los invita con un costillar  asado, que ya está listo.
Junto al fogón, se reconocen. Los dos son del lado de Las Trancas, en el norte tucumano. Altos y adustos,  ahijados de un hacendado,  el “Payo” Iramain,  nadie duda de que también son sus hijos: los mismos ojos verdosos, felinos, sorprenden en sus rostros morenos, sobre los pómulos aindiados. Alguna vez estuvieron prendados de la misma china, pero ésta prefirió a un pueblero  de Salta, y ellos se sintieron compañeros de desgracia.  Buenos jinetes, son chasquis al servicio del general Belgrano. Parcos como todo gaucho, en el campamento se saludan con algún afecto.   Sin embargo, hoy se torean con un rencor nuevo:
-“Mozo hambreao, había resultao perro cimarrón pa el asao”.
-“¿Y diáhi? Nomás faltaba que le pida permiso pa comer…”
-“Y yo que creíba que sólo le gustaba  la carne e yegua”.
-“Yegua… tu mama”.  
El general sueña, y en su sueño prosigue la lucha interior: fusilamiento o perdón, deber o misericordia, perdón o fusilamiento.
Los dos gauchos danzan ya su extraña coreografía, el brazo izquierdo protegido por el poncho, el derecho empuñando uno el perdón y otro el deber, ante el viejo maestro de postas de Vinará, impotente para separarlos.
El recién llegado se muestra diestro, y además, lo favorece su largo caronero. El otro, en desventaja con su facón corto, empareja la pelea con habilidad increíble. Por fin, éste se estira a fondo y ensarta a su rival en el pecho, hundiendo la hoja entera, hasta el ondulado gavilán de bronce.
El chasqui sigue viaje con la orden de fusilamiento, ante el griterío inútil de la mujer del maestro de postas y la paciencia resignada del viejo.
El otro gaucho queda tendido, la esquela con el perdón atravesada por el cuchillo, bajo las ropas con las que allí mismo será enterrado,  a pocos metros de las casas.
Allá, en el campamento de Tucumán, el general despierta de su corta siesta y de su sueño confuso, un duelo a cuchillo entre gauchos cuyas imágenes no puede retener, porque se esfuman en seguida.
Al llegar la orden, en el otro campamento, el de Santo Domingo, disponen la silla para el reo, al pie del  algarrobo. Alguien menciona la posibilidad de un indulto, o la conveniencia de aguardar una confirmación. El reo exige que no se haga esperar a un caballero cruzado. Suenan los cuatro tiros; por ahora no habrá autonomía para Santiago del Estero.  
La sombra de Borges perseguirá al general los pocos años de vida que le aguardan ¿Qué habrá pasado con ese perdón, de cuyo emisario nunca más supo? Pobre general, tampoco sabrá que los chasquis fueron  marionetas que danzaban  sujetas al hilo de su sueño.
Y  también hoy lo asalta el recuerdo de Borges, también hoy, 20 de junio de 1820, que agoniza en su cama de la casa paterna, en esa Buenos Aires en la que ya no existe el gobierno central,  la provincia tiene tres gobernadores y reina la anarquía.
-Para qué todo el sacrificio. ¡Pobre patria mía...!
Cuentan los paisanos de Río Hondo que, aún después de muchos años, a los viajeros que hacían noche en la posta de Vinará, un roce muy leve o un sonido muy quedo los despertaba, y junto a su cabecera un gaucho pálido suplicaba que leyeran un papel ensangrentado; un gaucho al que creían haber soñado porque en seguida se esfumaba, como aquella siesta en que el general soñó que la hoja del facón entraba entera, hasta el ondulado gavilán de bronce, y no llegó el perdón para Borges.

  * Primer Premio Concurso  El Liberal, Santiago del Estero, 2010.

lunes, 12 de septiembre de 2011

EL VIAJE (AÑO 1840)

Gauchos de Santiago del Estero.

                                                                                          
Tropa de carretas.
                                                                                                 

Juan Felipe Ibarra.


Por Raúl Jorge Lima*



El Capitán se dispone a partir y lleva apuro (por finalizar su viaje lleva apuro).
La revolución contra el caudillo Juan Felipe Ibarra ha fracasado y ahora el Capitán debe emprender este viaje. Muchos fueron los brazos que en el Polvorín lancearon al Coronel Pancho Ibarra, el hermano del caudillo; pero el Capitán asumió, él solo, la responsabilidad por su muerte: que se salven los que quedan, que se libren del fusilamiento, que se libren -sobre todo- del enchalecamiento (el espantoso suplicio del retobo de cuero). 
Ahora el Capitán debe partir... Después de todo, el recorrido, aunque incómodo, será corto (apenas más largo que el  paseo que acostumbra hacer, con su familia, los domingos de invierno, gozando del sol tibio y admirando el rosado de los lapachos en flor).
Invitado a entrar en su  transporte,  el Capitán lo hace, inclinando mucho la cabeza y acomodando el cuerpo para el viaje. Se introduce con aire decidido, sin ceremonias ni adioses: esta vez lleva apuro.
Cuando adivina que todo está listo, imparte al Sargento que lo conducirá, con voz marcial,  la orden de partida (aunque no cree ser oído).  Está en paz con Dios, pero, como le enseñara su madre desde niño -y él continuó haciéndolo siempre, al partir en un viaje o antes de una batalla-, reza un Padre nuestro; esta vez le agrega un Pésame (“perdona que esta vez no me golpee el pecho”).
El caballo arranca al paso.
Con los primeros zangoloteos del viaje, se le da por pensar en su mujer y en sus dos pequeños hijos y una ternura honda deviene en  sollozos. (Se repone enseguida: cuando llegue a destino, nadie encontrará huellas de llanto en su rostro). Ya lo tiene decidido: el mayor será, como él, militar.  El segundo se doctorará en  Córdoba, como el abuelo. 
Por el traqueteo, el Capitán se siente algo mareado; además, lo sofoca el polvo blancuzco de la calle, que se cuela por los intersticios. 
El caballo se pone al trote lento.
La oscuridad y el encierro le impiden ver la edificación chata que rodea a la Plaza Mayor. Curiosamente, lo persigue una idea ¿devolvió al Teniente Goncebat los diez reales que éste le prestó una noche de juego?  El enfadoso movimiento no le permite recordar (parecería que el jinete que lo conduce se complaciera en hacer bailar al pasajero,  pero imposible asomarse y recomendarle más cuidado).  El pensamiento vuelve:  y si no fuera así ¿no debió encomendar que se los pagaran?. Cree haber saldado esa deuda, honestamente cree haberlo hecho, quizá aquella noche en que le tocó una racha buena, en la fonda del andaluz;  le hubiera gustado aclararlo antes del viaje. (Además, si logra distraerse un poco, el viaje se le hará más corto y soportará mejor sus incomodidades).
A pesar del encierro y los tumbos, en la oscuridad cree oír  una voz solitaria vivar su nombre (por fin un “viva” entre tantos “muera”).
El caballo emprende un galope corto. (Las calles de tierra apisonada son tan desparejas que, por momentos, le parece viajar rodando de cabeza).
Ya recuerda con claridad: pagó su deuda al Teniente (hasta recuerda quiénes fueron testigos). Ahora sólo espera que se salven los que quedan, que se libren del fusilamiento, que se libren -sobre todo- del enchalecamiento  (el  espantoso suplicio del retobo de cuero).
El Capitán lleva apuro, por finalizar su viaje lleva apuro.  Intuye que está pasando frente a la Iglesia matriz (le impiden persignarse la postura y el apuro).
A los brincos, rueda y rueda el Capitán (la cabeza entre las rodillas, los brazos muy pegados al cuerpo...) Al llegar a la esquina de la Acequia Real pierde el control de los esfínteres;  la razón, a la media cuadra (sólo entonces comienzan a escucharse, muy apagados, esos gritos como aullidos).
Cuando el Sargento Sofanor Barraza  regresa al cuartel de Ibarra, una vez terminada su vuelta alrededor de la plaza, dos milicianos cortan los tientos de la pelota de cuero que aquel arrastró, botando y rebotando, atada con un lazo a la cincha de su caballo.  En su interior, el Capitán Santiago Herrera, retobado en cuclillas, es un pedazo de carne sanguinolenta, del que acaba de huir la vida, espantada.
El Capitán ya no tiene apuro.
Con el potro de su pueblo ya dócil entre las piernas, el caudillo se alboroza: “Pancho, te estoy vengando” (y el rostro de Don Juan Felipe Ibarra es una esfinge).


* De “Ciudad con duende” (Cuentos de la muy noble ciudad de Santiago del Estero).  Segundo Premio Federal en Letras  (C.F.I., 2001).


martes, 3 de mayo de 2011

LUIS ALÉN LASCANO


Por Raúl Jorge Lima


Luis C. Alén Lascano y Raúl J. Lima.


Algunos cultores de la Historia practican hoy un interesante juego intelectual. Lo llaman “Historia Conjetural”. Por ejemplo: ¿Qué hubiera ocurrido si Cervantes lograba pasar a América, como fue su intención? Posiblemente, el Quijote no existiría. ¿Qué hubiera ocurrido si el afortunado tiro que boleó  el caballo del Gral. José María Paz, caía medio metro antes? La historia del país sería distinta. Hoy seguramente no constituiríamos un Estado federal, si tenemos en cuenta que la Liga Unitaria contaba ya con nueve de las catorce provincias argentinas.

A raíz de la desgraciada desaparición física de esa entrañable persona que fue Luis Alén Lascano, he dado en preguntarme cómo sería nuestra memoria y  nuestra identidad (anverso y reverso de una misma medalla) si Santiago del Estero no hubiera contado con su obra. Nuestra Memoria y nuestra Identidad distarían de ser las mismas.

No existiría ese monumento a la memoria y a la identidad santiagueñas que constituye  la “Historia de Santiago del Estero”; fuente donde abrevaron legiones de alumnos del profesorado de Historia, y todos nuestros profesores y licenciados en Historia.

No hubiera sido reivindicada la figura del caudillo Juan Felipe Ibarra. Contrariamente a lo que ocurría en Salta, La Rioja, Santa Fe, Entre Ríos, que admiraban a Güemes, Quiroga, López y Ramírez, Santiago del Estero denostaba a su caudillo. L.A.L., joven tribuno, miembro de nuestra Honorable Legislatura, comenzó desde su seno la labor tesonera de su reivindicación, contrariando la prédica de Vicente Fidel López, Antonio Zinni, Baltazar Olaechea y Alcorta, Juan Ramón Muñoz, Andrés Figueroa, Carranza, el mismo Alfredo Gargaro (su pariente político). Sin más armas que su denuedo, su verba fogosa y la facundia que lo caracterizaba, embistió lanza en ristre contra los molinos de viento del prejuicio, asaz arraigado en el pueblo por la opinión de tan prestigiosos historiadores.  Sólo Orestes Di Lullo participó de esta reivindicación. Hoy, merced a esa lucha casi solitaria de L.A.L., la figura del caudillo preside el recinto de esa misma Legislatura que integró. Cabe preguntarse ¿hubiera eso sido posible sin el libro fundamental sobre el tema, “Ibarra y el federalismo del Norte”, premiado en 1970 a nivel nacional? Porque convengamos en que se puede simpatizar o no con la figura de Ibarra. Pero su carácter de bastión del federalismo en el Norte es indiscutible.

Otro aporte fundamental de L.A.L.: nos ha liberado de seguir enzarzados en una polémica bizantina. En efecto, hasta la aparición de su “Historia de Santiago del Estero”, continuaba la áspera discusión: el título de fundador de Santiago del Estero ¿le correspondía a Juan Núñez de Prado o a Francisco de Aguirre?  Y “Pradistas” y “Aguirristas” no cedían un palmo en sus pretensiones. Los últimos, confiados en que algún día aparecería el Acta de fundación de la ciudad más antigua de la Argentina. Hoy, ya no existe polémica al respecto. El prestigio de Luis Alén Lascano logró que el investigador Gastón Doucet le enviara su gran hallazgo en el Archivo Nacional de Bolivia (en Sucre), para que apareciera como primicia en su “Historia de Santiago del Estero”. Esos datos también fueron mencionados por L. A. L. en un discurso en el seno de la Academia Nacional de la Historia, siempre citando su fuente, porque fue L.A.L. hombre de una profunda honestidad intelectual. Hoy, sabemos que El Barco y Santiago del Estero es una única e idéntica ciudad, fundada el 29 de junio de 1550 por Juan Núñez de Prado con el nombre de “El Barco”, trasladada en dos oportunidades (ya con el nombre de “El Barco del Nuevo Maestrazgo de Santiago”), y vuelta a trasladar por Francisco de Aguirre el 25 de julio de 1553, con el nombre de “Santiago del Estero”. Un acta del escribano del Cabildo de Santiago del Estero, de 1590, que funde en una sola las actas anteriores, así lo demuestra.

Con ese don de síntesis que lo caracterizaba, L. A. L. dio el veredicto final, inapelable: La fundación de Santiago del Estero no fue un “acto” fundacional, sino que constituyó un “proceso” fundacional. Comenzó en 1543 con la “Gran Entrada” de Diego de Rojas. Continuó en 1550 con Juan Núñez de Prado y la ciudad de El Barco, en sus tres asentamientos. Y culminó el 25 de julio de 1553 con Francisco de Aguirre y la ciudad de Santiago del Estero. Con esto basta para demostrar que la memoria y la identidad de Santiago del Estero no serían las mismas sin la obra de Luis Alén Lascano.

Quedan sin mencionar sus numerosísimos libros, opúsculos, separatas de la Academia Nacional de la Historia y de la Sanmartiniana, artículos en revistas especializadas y en periódicos, etc. etc.  Producción extraordinariamente fecunda, que comenzó a los veinte años con su trabajo sobre “Pueyrredón, el mensajero del destino” y continuó hasta su artículo en recuerdo de la obra de Clementina Rosa Quiainelle, publicado al día siguiente de su fallecimiento.

Algún día deberían compilarse, a la manera de ese libro delicioso que es “Chesterton maestro de ceremonias”, sus  prólogos y presentaciones de libros. De una generosidad proverbial, jamás se negó a uno de estos compromisos, tanto más requeridos por tratarse de personaje tan prestigioso. También sus autorizados consejos, las invitaciones a su audición en la emisora radial de la Universidad Católica, sus direcciones de tesis y su valiosa biblioteca estuvieron siempre a disposición de quien los necesitase, que fueron muchos.

Académico integrante de la Academia Nacional de la Historia, de la Sanmartiniana, de la Argentina de Ciencias de la Comunicación, de la de Ciencias y Artes de San Isidro, del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, del Instituto Güemesiano, son innumerables los Centros de Estudios Históricos del país y del extranjero que tuvieron a honor contarlo como miembro correspondiente en nuestra provincia. Hace pocos años fue miembro cofundador de la Academia de Ciencias y Artes de Santiago del Estero, de la que era Vicepresidente 1ro. a la fecha de su fallecimiento (esta institución acaba de publicar su primer libro, “Sitiales”, en el que L.A.L. traza una notable semblanza del ilustre Pablo Lascano, su pariente de sangre). 

Ante una persona de su valía, es inevitable que -con los años-  sea disputada su posible pertenencia a distintos movimientos, escuelas o grupos. Por eso me interesa destacar aquí su perfil: L.A.L. fue profundamente Católico. Fue hispanista. Un caballero sin tacha, cortés y afable, de prodigiosa memoria. En lo político, radical yrigoyenista. Un hombre del Pensamiento Nacional, simpatizante de Raúl Scalabrini Ortiz, de Arturo Jauretche, de Homero Manzi (de quien nos dejó una biografía inolvidable), consustanciado con los ideales de la agrupación que posiblemente constituyó el exponente más puro  de ese pensamiento nacional: F.O.R.J.A. No tenía 20 años cuando se afilió al Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas. Y también muy joven, se nutrió de la obra de Adolfo Saldías, Manuel Gálvez, Julio y Rodolfo Irazusta, Carlos Ibarguren, José María Rosa, Ernesto Palacio.

L.A.L. fue, en síntesis, un gran señor (una especie que debería ser protegida: está en peligro de extinción). Docente de alma, Profesor por concurso en la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Santiago del Estero, culminó su carrera como Profesor Extraordinario en grado de Consulto de esa Universidad. Sus alumnos, a los que atendió hasta el último día, lloran hoy su partida.

Quienes al pasar por el frente de su casa no oiremos ya el tipeo de su vieja máquina de escribir recordándonos la nobleza de hacer fructificar los talentos recibidos (“aun con gastados instrumentos”, como decía Kipling),  atesoramos su recuerdo y agradecemos al Señor haber tenido el regalo de su amistad.
  



Luis C. Alén Lascano (1970).
Luis C. Alén Lascano.
    

lunes, 14 de marzo de 2011

EL ERMITAÑO DE “BURGESS FARM”


Juan Manuel de Rosas.
A Luis Alén Lascano*




Por Raúl Jorge Lima



Hace hoy 126 años, el 14 de marzo de 1877, moría en Southampton (Inglaterra) don Juan Manuel José Domingo Ortiz de Rozas, próximo a cumplir 84 años.
Hacía un cuarto de siglo que vivía allí. Vencido por Urquiza en la batalla de Caseros, tomó el duro camino del exilio, junto a su hija Manuelita, a su hijo Juan Bautista, a su nuera y a su nieto Juan Manuel.
Embarcados en el “Centaur”, trasbordaron al “Conflict”; después de un largo y accidentado viaje arribaron al puerto de Plymouth, donde las autoridades inglesas recibieron a Rosas con honores de jefe de Estado (lo que motivó una interpelación en el Parlamento inglés).
La familia se estableció en Southampton, primero en el hotel “Windsor” y luego en una gran casa alquilada: “Rockstone Place”, Carlton Crescent. Al tiempo don Juan Manuel quedó solo, ya que Manuelita se casó con Máximo Terrero y se fue a vivir a Londres, su hijo Juan Bautista se fue con su esposa al Brasil y su nieto Juan Manuel quedó pupilo en París. (En Buenos Aires habían quedado su amante Eugenia Castro y los cinco hijos habidos con ella -Nicanora, Angela, Justina, Joaquín y Adrián-, a los que, si bien trató afectuosamente, nunca reconoció).


“Burgess farm”

Casi agotado el escaso dinero que había llevado con él, decidió arrendar una pequeña chacra de 60 hectáreas, “Burgess Farm”, en las cercanías de Southampton, para establecerse en ella y ganarse la vida como agricultor, ya que era extremadamente ducho en las tareas rurales.
La inicua confiscación de sus cuantiosos bienes (y hasta los de sus hijos), obtenidos con duro trabajo antes de ingresar en la función pública (que Urquiza no pudo evitar debido a la segregación de Buenos Aires), lo sumió en la mayor pobreza. Gracias a la generosidad de Urquiza había logrado vender la estancia “San Martín” y parte de la platería de su casa, pero una nueva confiscación puso fin a los pagos que aún debía percibir. Desdeñó la casa principal con techo de paja que se encontraba en ruinas, y con el dinero percibido y su trabajo personal puso en condiciones los pobres “ranchos” que complementaban la granja; encaró una explotación en pequeña escala, modificando el terreno hasta que éste semejó un trocito de pampa argentina en tierra inglesa. Asombraba a los peones con su habilidad para el lazo y las boleadoras, y domaba sus potros.
Los primeros años, la aristocracia rural inglesa se desvivía por invitarlo a cacerías de zorro y carreras de caballo (enlazaba los ciervos por las astas y, una vez que rodó su caballo, salió caminando); las “ladies” admiraban a este maduro general a quien sólo su amigo Lord Palmerston se comparaba en gallardía. Pero, una vez agotados sus escasos fondos, su orgullo no le permitió aceptar más invitaciones que no podía retribuir. A partir de allí sus únicos y muy esporádicos visitantes fueron el cardenal Wiseman, el reverendo Mount (cura párroco), su médico Wibblin y lord Palmerston. También algún viajero argentino, que no podía resistir la tentación de ver a quien tan sobresaliente papel jugara en la historia de la América del Sur (tal la conocida visita de Vicente Quesada y su hijo Ernesto, y antes, en la casa urbana que no pudo mantener, la del célebre poeta Ventura de la Vega, quien elogió calurosamente su cultura literaria).
Trabajaba de sol a sol, y a los ochenta años seguía subiendo a su “oscuro” sin tocar los estribos. En un carretón sin toldo iba al pueblo a buscar las provisiones. Salvo ocasiones especiales, se cubría la cabeza con un viejo sombrero de paja de ala ancha.
De este largo tiempo de anacoreta, queda su copiosa correspondencia con su amiga Josefa Gómez, en Buenos Aires (hoy en el museo de Luján): “No fumo, no tomo rapé, ni vino, ni licor alguno, no hago visitas, no asisto a comidas ni a diversiones...Me afeito cada siete u ocho días para economizar. Mi ropa es la de un hombre común. Mis manos y mi cara son bien quemadas y bien acreditan cuál y cómo es mi trabajo diario incesante. Mi comida es un pedazo de carne asada y mi mate. Nada más”.
También de esta época es su “Diccionario y gramática de la lengua Pampa” (elogiado por Renán) y sus escritos sobre la ley pública, las religiones, y la ciencia médica.
A veces lo visitaba Manuelita con sus dos nietos ingleses, Manuel y Rodrigo, y el sol salía para el viejo solitario. (En el último tiempo, cuando su pobreza fue extrema y debió comer sus últimas gallinas y vender las dos únicas vacas que le quedaban, se acentuó su misantropía y pidió a su yerno que no lo visitaran).
Lo que más placer le producía era revisar sus legajos, cuidadosamente atesorados, ya que a ellos confiaba el juicio de la historia.
Conmueve leer el testamento de este Señor de la Pampa que, antes de entrar en la vida pública contaba sus peones por cientos, su ganado por decenas de miles y sus estancias por leguas (fruto de su trabajo, ya que la herencia paterna la renunció en beneficio de su madre).
En él figuran las cientos de miles de cabezas de ganado que le debía el gobierno de Buenos Aires. En contraste, lega a su amigo Roxas y Patrón la bandera que lo acompañó en la expedición al desierto y la espada con puño de oro que le obsequió la Sala de Representantes, pero aclara que “esa espada está sin la vaina, que he vendido para atender a mis urgentes necesidades”. Sobre su cadáver, dispone: “Será sepultado en el cementerio católico de Southampton hasta que en mi Patria se reconozca y acuerde por el Gobierno la justicia debida a mis servicios”. El 30-9-1989 fueron repatriados sus restos, con todos los honores.


El penúltimo viaje

Por fin, la Visitante que no podemos dejar de atender, toca a su puerta. Manuelita, avisada, llega desde Londres.
"-¿Cómo le va, Tatita? -No sé, niña...”. Y expiró.
En la mañana neblinosa, rumbo al cementerio católico de Southampton, corto es el cortejo y sencillo el féretro. Pero sobre éste luce una bandera argentina y un objeto al que un rayo de sol mortecino arranca un destello dorado: es el corvo glorioso que le legó San Martín.


Juan Manuel de Rosas en su ancianidad.

Manuelita Rosas (por P. Pueyrredón).
 



* El Liberal, Santiago del Estero, 14 de marzo de 2003.

miércoles, 26 de enero de 2011

JOSÉ BENJAMÍN GOROSTIAGA, HACEDOR E INTÉRPRETE DE LA CONSTITUCIÓN

Antigua catedral de Santiago del Estero.


Los constituyentes de 1853 (por Antonio Alice).

José Benjamín Gorostiaga.


Por Raúl Jorge Lima


Curioso destino el suyo. Se ha dicho que la Corte Suprema de Justicia de la Nación, desde el momento en que su misión es interpretar la letra de la Constitución, funciona como una especie de Convención constituyente en sesión continua. A Gorostiaga, integrante de la primera Corte -en la que estuvo veinte años- le tocó interpretar la Constitución de la que fue su principal redactor. Es decir, le tocó interpretarse a sí mismo ¿puede pretenderse intérprete más autorizado? Además, fue diputado nacional por su provincia (1862/1863) en el primer Congreso de la Argentina unificada, por lo que intervino en la redacción de leyes nacionales acordes con la Constitución, tal como dispone el artículo 31 de la Carta Magna.
Nació en la ciudad de Santiago del Estero el 26 de marzo de 1823. Fueron sus padres don Pedro Pablo Gorostiaga Urrejola y doña Bernarda Frías y Araujo, quienes tuvieron nueve hijos. Era nieto del Capitán don Josef Antonio Gorostiaga (vasco, de San Sebastián), que murió en Jujuy luchando contra los indios Tobas, por lo que a su abuela Bernardina Luisa de Urrejola le acordó Carlos III una pensión vitalicia.
A los diez años José Benjamín va a Buenos Aires con su familia, para radicarse allí: nunca volverá a Santiago del Estero. Pero representará a su suelo natal como diputado nacional y como convencional constituyente.
Su familia tuvo que radicarse en Buenos Aires porque su padre fue Tesorero de la Provincia durante los gobiernos de Alcorta y Deheza, y, tras el retorno de Ibarra al poder, en 1832, su situación fue incómoda, a lo que se agregaba su parentesco con los Frías, enemigos de Ibarra. El patricio decide dedicarse a la atención de su estancia en Silípica, pero a pesar del alejamiento de los negocios públicos, se imaginó a Don Pedro Pablo confabulado en una conspiración contra el gobierno y se lo mandó prender, sentenciado a destierro perpetuo y multa. Pagó ésta y cuando se dirigían a Buenos Aires murió el jefe de familia habiendo recorrido tan sólo nueve leguas. (Su bisnieto, Marcelo Lynch Gorostiaga, afirma que no murió en dicho viaje, sino en esta ciudad y en prisión por orden de Ibarra). Su desconsolada familia, luego de unos meses, volvió a dirigirse a Buenos Aires.
Durante los primeros años, madre e hijos vivieron en el pueblo de Ayacucho (ubicado al oeste de la provincia y al que los vinculaban lazos familiares con su fundador). Luego se radicaron en la ciudad de Buenos Aires, para que los hijos iniciaran o prosiguieran sus estudios escolares. Blanca Lorenzo de Noriega -la principal biógrafa de Gorostiaga en nuestro medio-, nos informa en una de sus documentadas publicaciones, que cuando José Benjamín tenía 14 años, el núcleo familiar fue a vivir en una pensión de la calle San Martín, quedando en la estancia de Ayacucho los dos hijos mayores, Domingo Ignacio y Justo Pastor, dedicados a la actividad ganadera.
A los 15 años José Benjamín fue inscripto en el colegio regenteado por la Compañía de Jesús, a cargo de los padres jesuitas Parés y Magendie. Fue allí un estudiante muy destacado. En ese mismo colegio estudiaron: Sáenz Peña, Costa, Escalada, Irigoyen, los Anchorena. En 1841, al expulsar Rosas a los jesuitas, el colegio pasó a llamarse “Colegio Republicano Federal” y en el mismo enseñó Filosofía su destacado ex alumno.
En 1840 terminó Gorostiaga sus estudios preparatorios, e inició su carrera de Leyes en la Universidad de Buenos Aires. También allí fue un estudiante destacado. Se doctoró en Derecho el 10 de abril de 1844. Su tesis versó sobre “Derechos hereditarios de los ascendientes legítimos”. Su padrino de tesis fue don Manuel de Irigoyen.
Ingresó como practicante en la Academia Teórico-Práctica de Jurisprudencia, desempeñándose luego en el Estudio del Dr. Baldomero García. En 1846 el Tribunal de Justicia le expidió su título de abogado.
Entre sus papeles, se encuentra esta anotación: “1846. Me recibí de Abogado y empecé a trabajar con éxito”. Tenía 23 años y era uno de los jóvenes más prometedores de su generación.
Su vida pública comenzó al día siguiente de la batalla de Caseros. Hasta entonces se había limitado a ejercer su profesión de abogado y colaborar en la “Gaceta Mercantil”.
Urquiza -buen catador de talentos- lo designó asesor de gobierno y auditor de guerra y marina.
Víctor Gálvez (seudónimo del historiador Vicente Quesada), en su libro “Memorias de un viejo”, nos recuerda su aspecto físico: “Tenía la barba negra, el cabello ensortijado y compacto, el ojo de mirada ardiente y expresiva, rasgos muy acentuados en su fisonomía que le daba el aspecto de un hombre resuelto; su voz clara y sonora era notable, y como orador gozó de fama. Era afable, pero algo grave; su carácter natural es áspero y tal vez altivo. Es hijo de sus obras; su fortuna y su fama se la debe a sí mismo. Ha tenido reputación de abogado capaz y fue un estudiante famoso desde el colegio de los jesuitas. El Gral. Urquiza le dispensaba gran consideración...gustábale el ambiente apacible del hogar”.
La deferencia del Gral. Urquiza hacia su persona se evidencia no sólo en las designaciones con que lo distinguiera, sino también en su famoso brindis: “Por los ilustres compatriotas cuyos consejos no me abandonaron en difíciles momentos y a los cuales es debido, tal vez, el triunfo de nuestras instituciones: por los Dres. del Carril y Gorostiaga”.


En el Soberano Congreso General Constituyente

Caído Rosas en la batalla de Caseros, el 3 de febrero de 1852, Urquiza -el general vencedor- tenía una verdadera obsesión por que se dictara cuanto antes una constitución nacional, con lo que estas provincias dejarían de constituir una Confederación (con el consiguiente derecho a secesión), para pasar a ser un Estado federal (esto es, una unión indestructible de estados indestructibles).
En 1852 gobernaba la provincia de Santiago del Estero don Manuel Taboada, quien concurrió a la reunión de gobernadores en San Nicolás de los Arroyos.
En dicho Acuerdo se decidió que al Soberano Congreso Gral. Constituyente, que se reuniría en la ciudad de Santa Fe, acudirían dos diputados por cada una de las catorce provincias entonces existentes, autorizados para decidir por sí mismos sobre los temas que se plantearan en la redacción de nuestra ley suprema.
Tan alta responsabilidad recayó sobre el joven abogado, a la temprana edad de 29 años, cuando era ministro de Hacienda de la provincia de Buenos Aires, nombrado por Vicente López, gobernador interino de esa provincia.
El otro diputado por Santiago del Estero fue el presbítero Benjamín Lavaysse, también santiagueño de nacimiento, quien a la sazón estaba a cargo del curato de Tulumba (Córdoba). El Padre Lavaysse se había graduado de doctor en la Universidad Mayor de San Carlos, actual Universidad de Córdoba, y en esa Universidad enseñó Filosofía y Derecho. Siendo sacerdote católico, sostuvo el derecho a la libertad de cultos. Murió de una apoplejía, el 7 de de enero de 1854, en el trayecto de Salta a Jujuy, a los 31 años. Cabe acotar aquí que los progenitores de ambos constituyentes -don Pedro Pablo Gorostiaga y el general José D´Auxion Lavaysse- fueron firmantes del Acta de la Autonomía de Santiago del Estero, en 1820.
Como nota curiosa, puede apuntarse aquí que en ese año de 1852, no existía en la provincia de Santiago del Estero ningún abogado.
En la redacción de nuestra Constitución Nacional en 1853, en Sante Fe (la misma que, con reformas, aún nos rige), fue Gorostiaga el principal redactor y el miembro informante de la Comisión de Negocios Constitucionales.
Su papel en el Congreso fue descollante, interviniendo en los debates en más de cuarenta oportunidades.
De su papel como convencional constituyente dijo Paul Groussac: “...desde el principio al fin domina Gorostiaga la situación parlamentaria. Si fuera lícito admitir que tenga un autor la constitución federal que rige la república, deberá aparecer como tal Gorostiaga y no Alberdi”. Nada más lejos de la modestia que caracterizaba a Gorostiaga, estas rivalidades creadas por los historiadores y que no existieron durante la vida de los protagonistas (por el contrario, fueron amigos y se admiraron mutuamente). Al respecto, Gorostiaga se limitaba a decir: “Nuestra Constitución ha sido vaciada en el molde de la de Estados Unidos”.
Desde la Navidad de 1852 hasta fin de enero de 1853, el joven Gorostiaga no participó de los agasajos con los que eran obsequiados los constituyentes y, encerrado en su habitación en los altos de la alfajorería de Merengo, de Hermenegildo Zuviría, en completa soledad, realiza la ímproba tarea de dar forma al contenido de los debates y redactar el texto constitucional. Ese mes del estío santafecino, pese a las temperaturas superiores a los 40° y el clima húmedo, fue de un rendimiento extraordinario para nuestro jurista, y para la labor constituyente.
Dice el destacado constitucionalista Jorge Reynaldo Vanossi: ¿Dónde consta la obra constitucional de Gorostiaga? Surge del “Anteproyecto”, que es un testimonio irrefutable de su autoría. Son los borradores del esbozo de Gorostiaga, redactado de su puño y letra, que abarcan prácticamente la totalidad de la “parte orgánica” de la Constitución y el “Preámbulo” de la misma. Allí están casi intactos los artículos correspondientes al texto actual en los capítulos referentes a: facultades del Congreso, formación y sanción de las leyes, Poder Ejecutivo, Poder Judicial, y gobiernos de provincia. También son incuestionables las fuentes de su redacción en esas partes: el Proyecto de Alberdi, la Constitución argentina de 1826, la Constitución norteamericana de Filadelfia (1787), y los comentarios de “El Federalista” de Hamilton, Madison y Jay. Tanto Gutiérrez como Gorostiaga conocían el idioma inglés, que el último de ellos utilizaría después para la correlación de las Sentencias de la Suprema Corte norteamericana con la jurisprudencia constitucional argentina de nuestro máximo tribunal”.
El Congreso no llevó un diario de sesiones, sino sólo extractos de las mismas, volcados en el libro de actas. No obstante ello, ninguna duda cabe de que fue Gorostiaga quien tuvo en él el papel más importante, sumado a ello esa tan valiosa redacción final a que hemos hecho referencia. Cabe acotar que, además, era un buen orador.
Y el segundo convencional en importancia fue su amigo Juan María Gutiérrez, quien trabajó sobre todo en la parte dogmática de la Constitución (en la que están Declaraciones, Derechos y Garantías). Gutiérrez llevó al seno del Congreso el ideario de Alberdi sobre tan importantes temas, con quien se carteaba con frecuencia.
Terminada la tarea del Congreso constituyente, Urquiza lo designó ministro de Hacienda, en su gobierno provisorio.
Instaladas ya las autoridades nacionales -Urquiza presidente y Del Carril vicepresidente-Gorostiaga resultó electo diputado nacional al Congreso Federal por su provincia natal, pero en 1854 fue comisionado para la unificación de las monedas con las provincias. También fue ministro plenipotenciario en la celebración de los tratados sobre la libre navegación de los ríos Paraná y Uruguay. Urquiza lo designó ministro del Interior de la Confederación.
Pero Gorostiaga, en octubre de 1854, abandona el gobierno de la Confederación y vuelve a radicarse en Buenos Aires, donde retomará con éxito el ejercicio de su profesión de abogado.
Las causas de su alejamiento del gobierno de la Confederación, nunca fueron aclaradas. Víctor Gálvez lo supone atraído por la fascinación de la gran ciudad. También se especuló con desinteligencias con el ministro de Justicia, Santiago Derqui, quien sucedería a Urquiza en la presidencia de la Confederación. Algún biógrafo atribuyó su renuncia a no haber querido convalidar, al frente del ministerio del Interior, la invasión del General Gerónimo Costa a Buenos Aires (esta última hipótesis es errónea, ya que este hecho ocurrió dos años después, en 1856).
En Buenos Aires, lo tomarán los acontecimientos de 1859: el triunfo de Urquiza en la batalla de Cepeda y su consecuencia, el Pacto de San José de Flores, que darán origen a la primera reforma de nuestra carta magna, en 1860, lográndose así la reincorporación de la provincia de Buenos Aires al seno de la Confederación.
Y Gorostiaga fue constituyente en esa primera reforma de nuestra Constitución. Lo hizo también por Santiago del Estero, en compañía de Antonino Taboada, Modestino Pizarro y Luciano Gorostiaga.
En la siguiente reforma, 1866, otra vez fue convencional, pero no pudo asistir debido a una enfermedad.
Y, experto constitucionalista, en 1870 fue convencional constituyente en la reforma de la Constitución de la provincia de Buenos Aires.
En 1872 ocupó fugazmente la cátedra universitaria en la misma Facultad en la que se había graduado. También fue designado “Académico Honorario” de esa Facultad de Derecho, máximo honor que dispensa dicha Facultad, compartido con Estrada, Tejedor, Mitre, Rawson y Vicente F. López, distinción que recién acepta en 1885, para que no interfiriera con su labor en la Corte Suprema (En 1877 había rechazado la designación de académico, basado en ese escrúpulo).
En 1883 es elegido senador nacional por la Legislatura de su provincia natal, pero esta vez decide continuar en la Corte, por lo que no aceptó la designación.
En la Corte Suprema de Justicia de la Nación
En 1865, cuando tenía 42 años, Mitre lo designó juez de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, el más alto cargo al que puede aspirar un jurista. Reemplazó a Valentín Alsina, que nunca se incorporó, por lo que la Corte de 1862 a 1865 funcionó con cuatro miembros, Salvador Del Carril, Francisco de las Carreras, José Barros Pazos y Francisco Delgado.
En 1868, contrariando su gusto, dejó su sitial para ser ministro de Hacienda de Sarmiento. Renunció en octubre de 1871, y fue designado miembro de la comisión encargada de reformar el Banco de la provincia de Buenos Aires, durante el gobierno de Carlos Casares.
En ese mismo año retornó a la Corte Suprema nacional, designado también por Sarmiento. Permaneció en nuestro más alto Tribunal hasta su jubilación en 1887, y fue, sin discusión, el miembro más esclarecido de la Corte que le tocó integrar, y de la que fue presidente durante diez años (de 1877 a 1887).
También en la cabeza del Poder Judicial de la Nación, su papel fue descollante. Julio Oyhanarte (dos veces ministro de la Corte), en un interesante artículo periodístico, ha dicho que la primera etapa de la Corte, a la que llama de “afianzamiento constitucional”, tiene el liderazgo indiscutido de Gorostiaga.
Se trataba de una Corte que aún no tenía precedentes propios, por lo que con frecuencia debía acudir a los de la Corte Suprema de Estados Unidos, atento a la semejanza de los textos constitucionales. Con la labor de Gorostiaga como ministro de la Corte nacional, sucede como con su labor como convencional constituyente: es necesario inferir su participación. En efecto, los votos emitidos en forma impersonal -salvo caso de disidencias o del agregado de otros fundamentos- no permite individualizarlos, ya que una vez llegado el acuerdo, eran firmados por orden de antigüedad de los ministros.
Empero, Vanossi hace un pormenorizado estudio de los votos, identificando la autoría de Gorostiaga en muchos de ellos, sobre todo a partir de las ideas que defendiera en el seno de la convención constituyente de Santa Fe, Constitución de la que la Corte es, no sólo su intérprete, sino su último intérprete (recordemos que nuestro control de constitucionalidad, semejante al de Estados Unidos, es “judicial” y “difuso” (está a cargo de todos los jueces), pero la Corte tiene la augusta atribución de ser su intérprete definitivo.
Así, en materia de temas de tanta trascendencia como: Derecho de la revolución, privilegios parlamentarios, valor de los actos públicos provinciales, expropiaciones, Poder de policía, principio de legalidad, supremacía del derecho federal, independencia de la justicia provincial y de la justicia nacional, competencia de la justicia federal, extensión del Poder Judicial y límites del control a su cargo, separación de poderes: independencia del Legislativo y Judicial, facultades privativas de los poderes políticos: el juicio de las elecciones, la “cláusula comercial” de la Constitución y sus normas afines, libertad de prensa: delitos de imprenta y su jurisdicción, efectos de las leyes: principio de la irretroactividad, retroactividad: leyes procesales y normas de competencia jurisdiccional, igualdad ante la ley, fueros personales y fueros reales o de causa, invocaciones a la equidad y a la justicia, limitaciones a los derechos individuales, defensa en juicio, las provincias en juicio (diferencias con la Constitución de Estados Unidos), demandas contra la Nación (el Estado nacional en juicio), autonomía de las provincias (principio de no intervención del gobierno federal), poderes militares y de guerra, Estado de sitio, Derecho Internacional y soberanía, nacionalidad y ciudadanía, responsabilidad de los funcionarios públicos, libertad de sufragio, límites provinciales y arbitraje, derecho de Patronato, Procurador General de la Nación, cuestiones procesales, límites de los poderes municipales, prerrogativas e inmunidades de los legisladores, y Banco Nacional.
Con la opinión de Gorostiaga vertida en sus enjundiosos votos, comienza a formarse la “doctrina de la Corte, que origina la jurisprudencia constitucional. Aparecen los primeros “leading case” (la primera vez que la Corte se pronuncia sobre determinado asunto); Fallos éstos que, por su enorme peso moral, inciden decisivamente en futuros fallos de los tribunales nacionales y provinciales, e incluso convencen a veces al Congreso de la conveniencia de ajustar la legislación a esa interpretación.
En 1885 aceptó, como un sacrificio, la candidatura a Presidente de la Nación por la Unión Católica. Ya presidente Juárez Celman, rechaza el ofrecimiento de éste para integrar su gabinete.
Sus únicos viajes fueron: el viaje de Santiago del Estero a Buenos Aires siendo niño, el de Buenos Aires a Santa Fe con Urquiza a bordo del Countess of Landsdale, de Santa Fe a Paraná, y, ya en sus últimos años, sus periódicos traslados a su campo de San Bernardo, en Chivilcoy, provincia de Buenos Aires.
Cuando la crisis de 1880 por la “Cuestión Capital de la República, Gorostiaga intenta evitar el derramamiento de sangre e invita a una reunión en su casa de calle Piedras nº 48, a la que asisten Alberdi, Mitre, Sarmiento, su pariente Félix Frías, y otras personalidades; pero no pueden evitar los encuentros armados de Barracas y Puente Alsina.
Casó en 1871 con doña Luisa Molina, (fue necesario que les dispensaran la consanguinidad, ya que los contrayentes eran primos, por el lado de los Frías), con quien tuvo una hija, María Luisa, casada con Belisario Lynch, de donde provienen los Lynch Gorostiaga. Murió José Benjamín Gorostiaga el 3 de octubre de 1891 a las dos de la tarde, a los sesenta y nueve años, por un “...proceso de arterioesclerosis”; recibió los auxilios religiosos de monseñor Antonio Rasore. Vivía en la entonces calle Cangallo nº 653 de Buenos Aires. Con un emotivo discurso, despidió sus restos -entre otras personalidades- el presidente de la Corte Suprema de Justicia, Dr. Benjamín Victorica, quien lo había sucedido en el cargo. El ejército le rindió honores.
A guisa de colofón, debemos agregar que la provincia de Santiago del Estero ha sido ingrata con su hijo, quizás el más eminente. Pese a algunos reconocimientos oficiales, ha faltado empeño en difundir su figura en las escuelas y en los claustros universitarios. Idéntico reproche puede hacerse al gobierno nacional, si bien en su “pago chico” el hecho es más criticable.
Hacemos votos para que los abogados de nuestra provincia tomen ejemplo de la labor sabia y tesonera de este jurista ejemplar.
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