martes, 3 de mayo de 2011

LUIS ALÉN LASCANO


Por Raúl Jorge Lima


Luis C. Alén Lascano y Raúl J. Lima.


Algunos cultores de la Historia practican hoy un interesante juego intelectual. Lo llaman “Historia Conjetural”. Por ejemplo: ¿Qué hubiera ocurrido si Cervantes lograba pasar a América, como fue su intención? Posiblemente, el Quijote no existiría. ¿Qué hubiera ocurrido si el afortunado tiro que boleó  el caballo del Gral. José María Paz, caía medio metro antes? La historia del país sería distinta. Hoy seguramente no constituiríamos un Estado federal, si tenemos en cuenta que la Liga Unitaria contaba ya con nueve de las catorce provincias argentinas.

A raíz de la desgraciada desaparición física de esa entrañable persona que fue Luis Alén Lascano, he dado en preguntarme cómo sería nuestra memoria y  nuestra identidad (anverso y reverso de una misma medalla) si Santiago del Estero no hubiera contado con su obra. Nuestra Memoria y nuestra Identidad distarían de ser las mismas.

No existiría ese monumento a la memoria y a la identidad santiagueñas que constituye  la “Historia de Santiago del Estero”; fuente donde abrevaron legiones de alumnos del profesorado de Historia, y todos nuestros profesores y licenciados en Historia.

No hubiera sido reivindicada la figura del caudillo Juan Felipe Ibarra. Contrariamente a lo que ocurría en Salta, La Rioja, Santa Fe, Entre Ríos, que admiraban a Güemes, Quiroga, López y Ramírez, Santiago del Estero denostaba a su caudillo. L.A.L., joven tribuno, miembro de nuestra Honorable Legislatura, comenzó desde su seno la labor tesonera de su reivindicación, contrariando la prédica de Vicente Fidel López, Antonio Zinni, Baltazar Olaechea y Alcorta, Juan Ramón Muñoz, Andrés Figueroa, Carranza, el mismo Alfredo Gargaro (su pariente político). Sin más armas que su denuedo, su verba fogosa y la facundia que lo caracterizaba, embistió lanza en ristre contra los molinos de viento del prejuicio, asaz arraigado en el pueblo por la opinión de tan prestigiosos historiadores.  Sólo Orestes Di Lullo participó de esta reivindicación. Hoy, merced a esa lucha casi solitaria de L.A.L., la figura del caudillo preside el recinto de esa misma Legislatura que integró. Cabe preguntarse ¿hubiera eso sido posible sin el libro fundamental sobre el tema, “Ibarra y el federalismo del Norte”, premiado en 1970 a nivel nacional? Porque convengamos en que se puede simpatizar o no con la figura de Ibarra. Pero su carácter de bastión del federalismo en el Norte es indiscutible.

Otro aporte fundamental de L.A.L.: nos ha liberado de seguir enzarzados en una polémica bizantina. En efecto, hasta la aparición de su “Historia de Santiago del Estero”, continuaba la áspera discusión: el título de fundador de Santiago del Estero ¿le correspondía a Juan Núñez de Prado o a Francisco de Aguirre?  Y “Pradistas” y “Aguirristas” no cedían un palmo en sus pretensiones. Los últimos, confiados en que algún día aparecería el Acta de fundación de la ciudad más antigua de la Argentina. Hoy, ya no existe polémica al respecto. El prestigio de Luis Alén Lascano logró que el investigador Gastón Doucet le enviara su gran hallazgo en el Archivo Nacional de Bolivia (en Sucre), para que apareciera como primicia en su “Historia de Santiago del Estero”. Esos datos también fueron mencionados por L. A. L. en un discurso en el seno de la Academia Nacional de la Historia, siempre citando su fuente, porque fue L.A.L. hombre de una profunda honestidad intelectual. Hoy, sabemos que El Barco y Santiago del Estero es una única e idéntica ciudad, fundada el 29 de junio de 1550 por Juan Núñez de Prado con el nombre de “El Barco”, trasladada en dos oportunidades (ya con el nombre de “El Barco del Nuevo Maestrazgo de Santiago”), y vuelta a trasladar por Francisco de Aguirre el 25 de julio de 1553, con el nombre de “Santiago del Estero”. Un acta del escribano del Cabildo de Santiago del Estero, de 1590, que funde en una sola las actas anteriores, así lo demuestra.

Con ese don de síntesis que lo caracterizaba, L. A. L. dio el veredicto final, inapelable: La fundación de Santiago del Estero no fue un “acto” fundacional, sino que constituyó un “proceso” fundacional. Comenzó en 1543 con la “Gran Entrada” de Diego de Rojas. Continuó en 1550 con Juan Núñez de Prado y la ciudad de El Barco, en sus tres asentamientos. Y culminó el 25 de julio de 1553 con Francisco de Aguirre y la ciudad de Santiago del Estero. Con esto basta para demostrar que la memoria y la identidad de Santiago del Estero no serían las mismas sin la obra de Luis Alén Lascano.

Quedan sin mencionar sus numerosísimos libros, opúsculos, separatas de la Academia Nacional de la Historia y de la Sanmartiniana, artículos en revistas especializadas y en periódicos, etc. etc.  Producción extraordinariamente fecunda, que comenzó a los veinte años con su trabajo sobre “Pueyrredón, el mensajero del destino” y continuó hasta su artículo en recuerdo de la obra de Clementina Rosa Quiainelle, publicado al día siguiente de su fallecimiento.

Algún día deberían compilarse, a la manera de ese libro delicioso que es “Chesterton maestro de ceremonias”, sus  prólogos y presentaciones de libros. De una generosidad proverbial, jamás se negó a uno de estos compromisos, tanto más requeridos por tratarse de personaje tan prestigioso. También sus autorizados consejos, las invitaciones a su audición en la emisora radial de la Universidad Católica, sus direcciones de tesis y su valiosa biblioteca estuvieron siempre a disposición de quien los necesitase, que fueron muchos.

Académico integrante de la Academia Nacional de la Historia, de la Sanmartiniana, de la Argentina de Ciencias de la Comunicación, de la de Ciencias y Artes de San Isidro, del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, del Instituto Güemesiano, son innumerables los Centros de Estudios Históricos del país y del extranjero que tuvieron a honor contarlo como miembro correspondiente en nuestra provincia. Hace pocos años fue miembro cofundador de la Academia de Ciencias y Artes de Santiago del Estero, de la que era Vicepresidente 1ro. a la fecha de su fallecimiento (esta institución acaba de publicar su primer libro, “Sitiales”, en el que L.A.L. traza una notable semblanza del ilustre Pablo Lascano, su pariente de sangre). 

Ante una persona de su valía, es inevitable que -con los años-  sea disputada su posible pertenencia a distintos movimientos, escuelas o grupos. Por eso me interesa destacar aquí su perfil: L.A.L. fue profundamente Católico. Fue hispanista. Un caballero sin tacha, cortés y afable, de prodigiosa memoria. En lo político, radical yrigoyenista. Un hombre del Pensamiento Nacional, simpatizante de Raúl Scalabrini Ortiz, de Arturo Jauretche, de Homero Manzi (de quien nos dejó una biografía inolvidable), consustanciado con los ideales de la agrupación que posiblemente constituyó el exponente más puro  de ese pensamiento nacional: F.O.R.J.A. No tenía 20 años cuando se afilió al Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas. Y también muy joven, se nutrió de la obra de Adolfo Saldías, Manuel Gálvez, Julio y Rodolfo Irazusta, Carlos Ibarguren, José María Rosa, Ernesto Palacio.

L.A.L. fue, en síntesis, un gran señor (una especie que debería ser protegida: está en peligro de extinción). Docente de alma, Profesor por concurso en la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Santiago del Estero, culminó su carrera como Profesor Extraordinario en grado de Consulto de esa Universidad. Sus alumnos, a los que atendió hasta el último día, lloran hoy su partida.

Quienes al pasar por el frente de su casa no oiremos ya el tipeo de su vieja máquina de escribir recordándonos la nobleza de hacer fructificar los talentos recibidos (“aun con gastados instrumentos”, como decía Kipling),  atesoramos su recuerdo y agradecemos al Señor haber tenido el regalo de su amistad.
  



Luis C. Alén Lascano (1970).
Luis C. Alén Lascano.
    

1 comentario:

  1. El Señor y Mama Antula sin duda han recibido a este grande hombre, orgullo de Santiago y la Patria toda.

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