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lunes, 14 de julio de 2014

"EL MATADERO": ESTAMPA DE UN SACRIFICIO RITUAL



                                                 Por Hugo Francisco Bauzá*

En afectuoso recuerdo de Antonio Cornejo Polar

«S'il y a réellement des crises sacrificielles, il faut qu'elles comportent un frein, il faut qu'un mécanisme auto-régulateur intervienne avant que tout soit consumé».

(R. Girard, p. 101)               



Este trabajo apunta a mostrar el vívido cuadro de costumbres de Esteban Echeverría como una suerte de sacrificio ritual, comprensible y hasta necesario -en un marco de pendencieros y matarifes-, y consumado por los bárbaros de la mazorca; se inscribe, en consecuencia, en una exégesis de corte sociológico. Esa lectio no invalida, obviamente, otras aproximaciones a esta estampa singular con marcados toques naturalistas, que es, también, «una protesta que nos honra» (J. M. Gutiérrez, p. 214), y en la que, con nitidez, apreciamos el caso de un escritor que, desplazando el miedo, deja de ser literato para convertirse en autor (Viñas, p. 14).
1. Este relato es «el primero en data entre los cuentos y bocetos descriptivos argentinos» (Battistessa, p. LXIV). A través de las páginas de este croquis o bosquejo (Gutiérrez, p. 210), que no parece haber sido diseñado para la publicación inmediata1, se evoca una historia siniestra ocurrida en el matadero del Alto de la Convalecencia, sito en el actual barrio de Parque Lezama, en la Cuaresma de 1839. Debido a la festividad religiosa se interrumpe la faena de ganado vacuno, lo que provoca angustia y desazón en una población especialmente habituada al espectáculo de la matanza y al consiguiente consumo de carne. A los ojos de esta población, es ésta una «peste» a la que se le añade otra suerte de flagelo bíblico, un diluvio que termina por anegar la zona. La situación límite producida por semejante conjunción de factores requeriría ser neutralizada con un sacrificio ejemplar. Pero, para júbilo de los hambrientos de carne, «la providencia gubernativa» (p. 153) -el Restaurador2- ordena el envío de cincuenta novillos al matadero: vuelve la carne con que aplacar el hambre y con ella vuelve también la sangre con que saciar el furor -forzadamente reprimido- de la facción política gobernante. El ritmo de vértigo con que se procede a la matanza rehabilita el cauce para una violencia previamente contenida y ahora exacerbada, que alcanzará su clímax en la escena de la vejación y muerte del unitario en el matadero, lugar donde -a los ojos de Echeverría- se rubrica el coraje de una sociedad carnicera y se fijan y consolidan sus roles.
Pero hay una muerte anterior que parece prenunciar este episodio climático. La imprudencia -o acaso el azar, la Tyche de los griegos- quiere que, al soltarse un lazo del asta de una de las bestias, la cuerda decapite a una criatura que jugueteaba por el matadero3. Mas luego, por medio de la inserción de otro episodio fortuito -esta vez cómico- la «chusma» olvida el luctuoso incidente del pequeño, al punto de que de él no queda «sino un charco de sangre» (p. 166). Echeverría describe entonces en crescendo dramático -no sin cierta perspectiva racista típica de la Weltanschauung de la época- las labores de la matanza a la par que las acciones grotesco-sarcásticas que caracterizan a los ínfimos grupos sociales habitantes de ese microcosmos4. Concluida la matanza, y cuando los matarifes se disponen a partir, uno de ellos advierte de la llegada de un unitario, «y al oír tan significativa palabra toda aquella chusma se detuvo como herida de una impresión subitánea» (p. 169). El resto del relato -y parte sustancial- narra la vejación y muerte del joven. Aun cuando parece que la canalla no hubiera querido verdaderamente matarlo -sino sólo divertirse (p. 177)-, es su macabro proceder el que provoca, al fin, la muerte del unitario. A modo de conclusión, fiel a su visión dicotómica de civilización y barbarie, añade Echeverría que «en aquel tiempo los carniceros degolladores del Matadero eran los apóstoles que propagaban a verga y puñal la federación rosina [...] con lo que puede verse a las claras que el foco de la Federación estaba en el Matadero» (p. 178). ¿Qué los llevó a cometer ese ultraje?
2. W. H. Hudson (1951), en su afán por comprender la extraña psicología del gaucho, recuerda que Darwin, al ocuparse del gaucho en suVoyage of a Naturalist, ofrece una visión que, si bien muy parcialmente, ayuda en este caso a comprender determinados comportamientos sociales acordes a los de los matones evocados por Echeverría. Refiere al respecto lo siguiente:
«Si un gaucho os cortara el cuello, lo efectuaría como un caballero», y aunque niño, comprendí que el gaucho ejecutaba tal faena como una criatura infernal, regocijándose así con su crueldad, hija del medio guerrero en que actuaba. Escucharía todo lo que su cautivo pudiera decirle para ablandarlo, todas sus plegarias y ruegos, para después responderle: «Ah, amigo (o amiguito, o hermano), tus palabras me traspasan el corazón. Yo te perdonaría, por consideración a tu pobre madre, que te crió con sus pechos, y por tu propio bien. He concebido, en el escaso tiempo que nos tratamos, una gran amistad por ti; pero tu hermoso y blanco cuello es tu ruina. ¿Cómo sería posible que me privara del placer de cortar semejante garganta, tan bien formada, tan suave y tan flexible? ¡Piensa en la vista de la caliente y roja sangre cayendo de esa blanca columna!».

(Op. cit.pp. 147-148)               



Pocas páginas más adelante, Hudson reflexiona sobre las opiniones contradictorias que despierta en él la figura de Rosas. Por un lado se le presenta como «el más grande e interesante de todos los caudillos de Sudamérica» y, por el otro, como el ideólogo de muchos actos criminales. A los «hechos inexplicables» protagonizados por tal figura -como el fusilamiento de Camila O'Gorman y del padre Gutiérrez-, que «para los extranjeros y para los que habían nacido en los últimos tiempos, podían aparecer como el fruto de una vesania», él les encuentra, sin embargo, cierta explicación. Estos hechos son «consecuencia de una peculiaridad sardónica suya», un «primitivo sentido del humor» muy atractivo para los gauchos, entre los que Rosas vivió desde la infancia y «con cuya ayuda alcanzó el poder supremo» (Op. cit., pp. 151-52).
Diversos estudios comparativos y de psicología social respecto del proceder de comunidades bastante diversas investigan la existencia de arquetipos que se presentan como universales y que, para nuestra mirada, pueden resultar patologías. Uno de estos arquetipos lo constituye la conducta violenta -según la entiende R. Girard-, que puede incluir la violación e incluso la muerte5. Por su parte, el helenista irlandés E. R. Dodds refiere que ese proceder violento responde muchas veces al temor de ciertas sociedades de ser víctima «no sólo del miedo a una contaminación peligrosa, sino del sentimiento profundo de un pecado hereditario» (p. 48), que es preciso erradicar de cuajo6. Los vejámenes de la violencia -incluyendo en muchos casos la violencia sexual como forma de posesión del dominador sobre el dominado- se erigen en rito insustituible de iniciación en algunas cofradías. La teleté o «ceremonia iniciática» exige del que pretende ingresar en los arcanos de esas sociedades, un sacrificio violento, en el que se conjugan sexo, sangre, y castigos corporales, llegando en casos hasta la muerte. El sadismo, independientemente del placer que pueda provocar al que lo cometa, es para esas corporaciones marginales la prueba que el victimario ofrece a sus congéneres de hasta dónde puede llegar en un rapto de locura.
En El matadero la vesania, como exteriorización de diferentes patologías -demencia, locura, furia, delirio, exacerbación, paroxismo-, no es otra cosa, para Echeverría, que el síntoma de la enfermedad de un grupo social. Esa enfermedad es el móvil que dinamiza a los matones deEl matadero que, amparados en la brutalidad de su naturaleza y en el poder que les proporciona la daga en la garganta del desarmado, hostigan colectivamente al unitario. Si bien los matarifes han terminado con la faena, aún pervive en ellos el espíritu criminal que dinamiza su oficio: son seres acostumbrados a la matanza y sin ella se hallan insatisfechos. La sed de sangre parece así connatural a ciertos hombres de los descampados, quienes no entienden otra ley que no sea la del cuchillo, siempre presto a ser utilizado. En ese sentido, la hoja afilada, más que un instrumento, es la extensión de su mano, con la que juegan en situaciones límite como la de este momento, cuando el matarife se regodea morbosamente con el filo de su daga, pasándolo sobre la garganta del unitario, mientras el coro exaltado lo incita a que con él le toque el violín, o mejor, «la resbalosa» (p. 170). Las escandalosas carcajadas y los vivas estertóreos con los que la «chusma» -ávida de sangre y violencia- alienta al captor del joven, ponen de manifiesto el placer sardónico que expresan esos marginados sociales, de forma semejante a como se aprecia en la evocación de Darwin transcrita más arriba. El hecho trasciende el placer que pueda experimentar «individualmente» el bárbaro, pues alcanza los ribetes de un placer o diversión colectivos.
3. Una corriente antropológica -representada principalmente por W. Burkert- explica que la inclinación hacia una violencia sádica en ese tipo de hermandad de rufianes se potencia cuando sus individuos se encuentran agrupados. El uso del cuchillo, el derrame de sangre o el reto a muerte funcionan en su código como una forma de hacer ostensible el coraje -rehuir esas faenas les parece cobardía-, y es por eso que el grupo alienta sin descanso para que tales vesanias sean cometidas. La demencia crece y se convierte en paroxismo orgiástico especialmente cuando los vejadores hostigan a un desvalido -se enfurecen contra él- pues su estado de indefensión los irrita en grado sumo. Se trata de una violencia incontrolable que genera más violencia y, cuando se desencadena, la sangre se hace visible por necesidad.
Para los antiguos griegos, a la hybris («soberbia») seguía necesariamente la áte («ceguera u obcecación») tras la cual era forzosa laapháneia («el exterminio del culpable»). En la narración que nos ocupa los roles están invertidos, ya que, a los ojos de los poseídos por esa furia indómita, el culpable es el otro -aunque sea la víctima-, a quien es preciso dar escarmiento para que se restablezca el orden (T. Todorov y M. Detienne han explicado con claridad esas conductas patológicas con referencia al otro, al que hay que eliminar). Conviene, además, tener en cuenta una circunstancia de carácter social: que, en el caso de este relato, el orden del matadero no es otra cosa que una microimagen del estado de cosas que -según Echeverría- rige en la Federación rosista. Así, por ejemplo, el hecho de que en la casilla donde cometen la tropelía esté escrito -significativamente en rojo- «Viva la Federación», «Viva el Restaurador y la heroína doña Encarnación Ezcurra», «Mueran los salvajes unitarios», es todo un símbolo. «Los colores de este cuadro son altos y rojizos; pero no exagerados» -según sostiene Gutiérrez (p. 213)-. La alta saturación de los rojos lleva al máximo su posibilidad cromática, a la vez que remarca la nota sangrienta del relato. Sobre esa base Battistessa define con acierto este boceto como una «violenta sanguina» (p. LXIV). Por lo demás, resulta emblemático que este sacrificio ritual sea perpetrado en una suerte de templo laico -la siniestra casilla- bajo el amparo del nombre de doña Encarnación Ezcurra, celebrada por los bravucones como «patrona del Matadero» (p. 157).
Para el imaginario de esos seres cuyo código es la violencia, el unitario se impone como el inadaptado. En consecuencia, es forzoso exterminarlo, pues no encaja en la sociedad despótica que los gobierna y ante la cual su sola presencia provoca irritación. No trae la divisa federal en el frac, ni el luto de rigor en el sombrero; lleva corbata a la europea y usa la patilla en forma de «u» de los unitarios. A los ojos de esa canalla del arrabal, «el perro unitario» es un «cajetilla» (p. 169) -un hombre «empaquetado» en una apariencia ciudadana-, cuyo atuendo es el símbolo de la despreciable vida civilizada. Su vestimenta pone de manifiesto su no pertenencia a esa sociedad carnicera. Él es el otro, es el diferente, y por esta sola circunstancia -como medida de precaución dictada por el temor a lo desconocido-, a estas sociedades salvajes se les hace preciso eliminarlo. Con el sacrificio se pretende restaurar la armonía de la comunidad, dado que refuerza la unidad social. En ese sentido R. Girard sostiene que «c'est la communauté entière que le sacrifice protège de sa propre violence, c'est la communauté entière qu'il détourne vers des victimes qui lui sont extérieures» (p. 22). Desde esa óptica el sacrificio polariza sobre la víctima -en este caso el unitario- todas las disensiones ínsitas en su seno y a las que es preciso anular; la víctima deviene el phármakos que la sociedad inmola especialmente en época de calamidades, ya que éstas se sienten como la cólera de una deidad.
No importa que los matarifes del relato echeverriano no hubieran pretendido matar al unitario de forma consciente, pues mediante el ultraje en el que se solazan -que es también una suerte de rito- consiguen la muerte del desdichado, esto es, la preservación de la seguridad del grupo y el fortalecimiento del código que lo rige. La vejación se presenta como un rito necesario para que este grupo de matones canalice una serie de insatisfacciones y frustraciones que provocan un estado inarmónico en su habitat natural: la abstinencia cárnica, la inundación y el barro que se escurre por doquier, el ocio forzado e, incluso, la opresión a la que se encuentran sometidos tal vez sin darse cuenta. Hace falta un hecho extraordinario que los saque de la molicie y los devuelva a la acostumbrada barbarie o, en otro lenguaje, que los reinserte en su código de comportamiento. Es menester una víctima propiciatoria que, a través de su sparagmós («despedazamiento») ritual, neutralice el estado larval que los tiene anonadados. ¡Y hete aquí que se presenta el unitario!
4. El unitario es el chivo expiatorio que, en el imaginario de los bárbaros, parece cargar con la culpa de todos los males. La manera como Echeverría describe la vejación, tiene las características de una escena ritual: la víctima es llevada a la sala de la casilla -una parodia de las aras de sacrificio- y arrastrada al banco de los tormentos, en cuyo centro hay una mesa -una suerte de «altar»- donde los sayones ejecutan el sacrificio.
Del otro lado del rito, la víctima propiciatoria, impotente frente a ese trance desparejo, evidencia un acceso violento:
El joven, en efecto, estaba fuera de sí de cólera. Todo su cuerpo parecía estar en convulsión: su pálido y amoratado rostro, su voz, su labio trémulo, mostraban el movimiento convulsivo de su corazón, la agitación de sus nervios. Sus ojos de fuego parecían salirse de la órbita, su negro y lacio cabello se levantaba erizado. Su cuello desnudo y la pechera de su camisa dejaban entrever el latido violento de sus arterias y la respiración anhelante de sus pulmones.

(p. 173)               



La víctima está poseída por la rabia; se halla en estado de insania, presa de delirio. Desde la óptica de la historia de las religiones, parece estar en trance o iniciación: ¡el momento preciso para que los matones la inmolen a los dioses de la Federación! Y la vejación da comienzo atentando contra lo acicalado de su figura: se lo tusa a la federala -para lo cual utilizan las tijeras con que cortan las crines a sus caballos- y se afeitan sus patillas y barba, con lo que la víctima va adquiriendo de pronto un aspecto semejante al de sus verdugos. Más tarde deciden domarlo y, tras ese tormento, ordenan bajar «los calzones a ese mentecato cajetilla, y a nalga pelada» (p. 175) darle verga. La resistencia del joven es tenaz, pero inútil. El joven, boca abajo y con sus piernas amarradas «en ángulo a los cuatro pies de la mesa» (p. 176) está ya preparado para el «rito propiciatorio». La vejación ha llegado a su clímax. Para alcanzar este punto límite, no es necesario consumar la amenaza de la penetración anal del vencido -sí parece serlo usualmente en otras culturas, no en la pampa. Tras ese sometimiento en que las fuerzas y la moral están exhaustas, no le resta a la víctima otra cosa sino la muerte.
El sacrificio ha sido consumado. Los verdugos y quienes han asistido a ese ritual salvaje, tras el anonadamiento inicial, abandonan la casilla del matadero después de haber dado rienda suelta a una violencia contenida que les impedía estar en armonía consigo mismos. El cortejo de sacrificadores sale exultante como sucedía en ciertas procesiones dionisíacas tras haber inmolado a la víctima. A través de la macabra «diversión», se llena el vacío de los espíritus: «"-Pobre diablo: queríamos únicamente divertirnos con él, y tomó la cosa demasiado a lo serio" -exclamó el Juez frunciendo el ceño de tigre» (p. 177). El sparagmós ha cumplido su cometido: ha restablecido el código que debe regir en el Matadero, que no es otro que el de la barbarie de la sociedad malsana que, según Echeverría, los gobierna y de la cual el matadero se erige como emblema.
Me resta referir que, para la cosmovisión del autor, la vejación del unitario es también una suerte de práctica didáctico-moralizante que amonesta respecto de lo que sucede con los librepensadores que se oponen al absolutismo del Restaurador. Operación masacre, de R. Walsh, y otras narraciones afines más contemporáneas, muestran -con algunos cambios de escenario y, naturalmente, de drammatis personae- la vigencia del motivo central expuesto en el relato de Echeverría, dado que, pese a los diversos esfuerzos procívicos, la tensión agónica entre distintos grupos políticos no ha logrado resolverse todavía. El Matadero de Echeverría o el sórdido relato de Walsh que hemos evocado sacan a la luz los aspectos más sombríos de la condición humana -homo homini lupus-. En situaciones extremas (la abstinencia entendida no como ayuno cristiano sino como flagelo impuesto, la inundación sentida como castigo, la plaga del autoritarismo que acucia por doquier o la «peste» física o moral que asfixia a los espíritus libres) estos componentes de nuestro lado oscuro se convierten en una vesania intemporal cuyo alcance es difícil de precisar, pero ante la que no hay que doblegar los brazos.



Bibliografía
  • Arrieta, Rafael A. «E. Echeverría y el romanticismo en el Plata», en Historia de la literatura argentina, (dirigida por R. A. Arrieta), Buenos Aires, Peuser, 1958, II, pp. 19-113.
  • Bermejo Barrera, José Carlos. Introducción a la sociología del mito griego, Madrid, Akal, 1979.
  • Burkert, Walter. Homo Necans. The Anthropology of Ancient Greek Sacrificial, Ritual and Myth, (traducción inglesa de P. Bing),Berkeley, University of California Press, 1983.
  • Casadio, Giovanni. «Préhistoire de l'initiation dionysiaque», en L'initiationMontpellier, Actes du Colloque International de Montpellier 11-14 avril 1991, Montpellier, 1992, vol. 2, pp. 209-213.
  • Detienne, Marcel. Dioniso a cielo abierto, (traducción española de M. Mizraji), Barcelona, Gedisa, 1986.
  • Dodds, Eric Robertson. Los griegos y lo irracional, (traducción española de M. Araujo), Madrid, Alianza, 1980.
  • Echeverría, Esteban. Escritos en prosa, en Obras Completas, (con notas y explicaciones por D. Juan M. Gutiérrez), Buenos Aires, Imprenta y Librerías Mayo, 1874, vol. V.
  • ——. La cautiva - El matadero, (fijación de los textos, prólogo, notas y apéndice documental e iconográfico de Ángel J. Battistessa), Buenos Aires, Peuser, 1964.
  • Girard, René. La Violence et la sacré, París, Grasset, 1972.
  • Hudson, Guillermo Enrique. Allá lejos y hace tiempo, (traducción española de F. Pozzo y C. Rodríguez de Pozzo y «Prólogo» de R. B. Cunninghame Graham), Buenos Aires, Peuser, 1951.
  • Lestrigant, Frank. Le cannibale. Grandeur et décadence, París, Perrin, 1994.
  • Maffesoli, Michel. De la orgía. Una aproximación sociológica, (traducción española de M. Mandianes), Barcelona, Ariel, 1996.
  • Todorov, Tzvetan. Nous et les autres. La réflexion franáaise sur la diversité humaine, París, Seuil, 1989.
  • Vernant, Jean-Pierre. La mort dans les yeux, París, Hachette, 1985.
  • Viñas, David. Literatura argentina y política. De los jacobinos porteños a la bohemia anarquista, Buenos Aires, Sudamericana, 1995.
 * http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/el-matadero-estampa-de-un-sacrificio-ritual/html/5e5dec2a-5257-11e1-b1fb-00163ebf5e63_2.html#I_0_

lunes, 20 de febrero de 2012

EL DOGMA SOCIALISTA

Juan B. Alberdi (por S. Nogy).

Por Esteban Echeverría*


XIII

15. ABNEGACIÓN DE LAS SIMPATÍAS QUE PUEDAN LIGARNOS A LAS DOS GRANDES FACCIONES QUE SE HAN DISPUTADO EL PODERÍO DURANTE LA REVOLUCIÓN           

El último resultado de la fusión doctrinaria, formulada en el precedente párrafo, es una fusión política y social.
Armonía en los intereses, armonía en las opiniones, en las localidades, en los hombres, en el presente, en el pasado de nuestra vida política.
            Para ello una general amnistía para todos los extravíos precedentes; una ley de olvido conteniendo todos los momentos, todos los sucesos, todos los caracteres históricos de la revolución americana.
La revolución de Mayo se dividió al nacer y ha continuado dividida hasta los actuales días; armada de sus dos manos, como la revolución francesa, con la una de ellas ha llevado adelante la conquista de la libertad, en tanto que con la otra, no ha cesado de despedazar su propio seno; doble lucha de anarquía y de independencia, de gloria y de mengua, que ha hecho a la vez feliz y desgraciado el país, que ha ilustrado y empañado nuestra revolución, nuestros hombres y nuestras cosas.   
             La anarquía del presente es hija de la anarquía del pasado: tenemos odios que no son nuestros, antipatías que nosotros hemos heredado. Conviene interrumpir esta sucesión funesta, que hará eterna nuestra anarquía. Que un triple cordón sanitario sea levantado entre ambas generaciones, al través de los rencores que han dividido los tiempos que nos han visto crecer. Es menester llevar la paz a la historia, para radicarla en el presente, que es hijo del pasado, y el porvenir, que es hijo del presente. 
              Facción morenista, facción saavedrista, facción rivadavista, facción rosista, son para nosotros voces sin inteligencia; no conocemos partidos personales; no nos adherimos a los hombres; somos secuaces de principios. No conocemos hombre malo al frente de los principios de progreso y libertad. Para nosotros la revolución es una e indivisible. Los que la han ayudado, son dignos de gloria; los que la han empañado, de desprecio. Olvidamos no obstante las faltas de los unos para no pensar más que en la gloria de los otros.      
               Todos nuestros hombres, todos nuestros momentos, todos nuestros sucesos presentan dos faces: una de gloria, otra de palidez. La juventud se ha colocado cara a cara con la gloria de sus padres y ha dejado sus flaquezas en la noche del olvido.
               Vivamos alerta con los juicios de nuestros padres acerca de nuestros padres. Han estado divididos, y en el calor de la pelea más de una vez se han visto con los ojos del odio, se han pintado con los colores del desprecio. A dar ascenso a sus palabras, todos ellos han sido un puñado de bribones. A creer en lo que vemos, ellos han sido una generación de gigantes; pues que tenemos un mundo salido de sus manos. Ahí están los hechos, ahí están los resultados, ahí está la historia; sobre estos fundamentos incorruptibles debe ser organizada toda reputación, todo título, todo juicio histórico. No tenemos que invocar testimonios sospechosos, tradiciones apasionadas y parciales. Somos la posteridad de nuestros padres; a nosotros compete el juicio de su vida. Nosotros le pronunciaremos en vista del proceso veraz de la historia y de los monumentos. Cada vez, pues, que uno de nuestros padres levante su voz para murmurar de los de su época, implorémosle el silencio. Ellos no son jueces competentes los unos de los     otros.
                Cada libro, cada memoria, cada página salida de su pluma, refiriéndose a los hombres y los hechos de la revolución americana, deben ser leídos por nosotros con la más escrupulosa circunspección, si no queremos exponernos a pagar alguna vez los sinsabores gloriosos de toda una existencia con la moneda amarga de la ingratitud y del olvido.
                 Todos los períodos, todos los hombres, todos los partidos comprendidos en el espacio de la revolución, han hecho bienes y males a la causa del progreso americano. Excusamos, sin legitimar todos estos males; reconocemos y adoptamos todos estos bienes. Ningún periodo, ningún hombre, ningún partido tendrá que acusarnos de haberle desheredado del justo tributo de nuestro reconocimiento.        
                 Todos los argentinos son uno en nuestro corazón, sean cuales fueren su nacimiento, su color, su condición, su escarapela, su edad, su profesión, su clase. Nosotros no conocemos más que una sola facción, la patria más que un solo color, el de Mayo, más que una sola época, los treinta años de revolución republicana. Desde la altura de estos supremos datos, nosotros no sabemos que son unitarios y federales, colorados y celestes, plebeyos y decentes, viejos y jóvenes, porteños y provincianos, año 10 y año 20, año 24 y año 30; divisiones mezquinas que vemos desaparecer como el humo delante de las tres grandes unidades del pueblo, de la bandera, y de la historia de los argentinos. No tenemos más regla para liquidar el valor de los tiempos, de los hombres y de los hechos, que la magnitud de los monumentos que nos han dejado. Es nuestra regla en esto como en todo; a cada época, a cada hombre, a cada suceso, según su capacidad; a cada capacidad, según sus obras.    
                 Hemos visto luchar dos principios, en toda la época de la revolución y permanecer hasta hoy indecisa la victoria. Esto nos ha hecho creer que sus fuerzas son iguales, y que su presencia simultánea en la organización argentina, es de una necesidad y correlación inevitables. Hemos inventariado el caudal respectivo de poder de ambos principios unitario y federativo, y hemos obtenido estos resultados:          

                                         ANTECEDENTES           UNITARIOS

                                                          Coloniales 
    La unidad política. La unidad civil. La unidad judiciaria. La unidad territorial. La unidad financiera. La unidad administrativa. La unidad religiosa. La unidad de idioma. La unidad de origen. La unidad de costumbres.           

                                                     Revolucionarios 
              
La unidad de creencias y principios  republicanos.
            La unidad de formas  representativas.
            La unidad de sacrificios en la guerra de emancipación.      
            La unidad de conducta y de acción en dicha           empresa.
            Los distintos aspectos de unidad interrumpidos; congresos, presidencias, directorios generales que con intermitencias más o menos largas se han dejado ver durante la revolución.                       
             La unidad diplomática, externa o internacional. La unidad de glorias. La unidad de bandera. La unidad de armas. La unidad de reputación exterior.
             La unidad tácita, instintiva, que se revela cada vez que se dice sin pensarlo: República Argentina, territorio argentino, nación argentina, patria argentina, pueblo argentino, familia argentina, y no santiagueña, y no cordobesa, y no porteña. La palabra misma argentino es un antecedente          unitario.

                                     ANTEDECENTES   FEDERATIVOS

             Las diversidades, las rivalidades provinciales, sembradas sistemáticamente por la tiranía colonial y renovadas por la demagogia republicana.          
             Los largos interregnos de aislamiento y de absoluta independencia provincial durante la revolución.         
             Las especialidades provinciales, provenientes del suelo y del clima, de que se siguen otras en el carácter, en los hábitos, en el acento, en los productos de la industria y del suelo.       
             Las distancias enormes y costosas que las separa unas de otras.
             La falta de caminos, de canales; de medios de organizar un sistema regular de comunicación y transporte.           
             Las largas tradiciones municipales.   
             Las habitudes ya adquiridas de legislaciones y gobiernos provinciales.
             La posesión actual de los gobiernos locales en las manos de las provincias.         
             La soberanía parcial que la revolución de Mayo atribuyó a cada una de las provincias y que hasta hoy les ha sido contestada.        
             La imposibilidad de reducir las provincias y sus gobiernos al despojo espontáneo de un depósito, que, conservado un día, no se abandona nunca el poder de la propia dirección, la libertad.     
             Las susceptibilidades, los subsidios del amor propio provincial.
             Los celos eternos por las ventajas de la provincia capital.  
             De donde nosotros hemos debido concluir la necesidad de una total abnegación, no personal, sino política, de toda simpatía que pudiera ligarnos a las tendencias exclusivas de cualquiera de los dos principios que, lejos de pedir la guerra, buscan ya, fatigados de lucha, una fusión armónica, sobre la cual descansen inalterables las libertades de cada provincia, y las prerrogativas de toda la nación: solución inevitable y única que resulta toda de la aplicación a los dos grandes términos del problema argentino, la nación y la provincia; de la fórmula llamada hoy a presidir la política moderna, que consiste, como lo hemos dicho en otra parte, en la armonización de la individualidad con la generalidad, o en otros términos, de la libertad con la asociación.
            Esta solución, no sólo es una demanda visible de la situación normal de las cosas argentinas, sino también una necesidad política y parlamentaria, vista la situación de los espíritus; porque de ningún modo mejor que en la armonía de los dos principios rivales, podrían encontrar una paz legítima y gloriosa los hombres que han estado divididos en los dos partidos Unitario y Federal. 

La forma de periódico que se dio a la primera edición de este escrito, no era la más conveniente para que se difundiera con facilidad y eficacia; y éste es uno de los motivos que nos han impulsado a reimprimirlo en forma de libro. Tenemos mucha fe en las ideas, pero también creemos que su triunfo depende a menudo de los medios que se emplean para propagarlas. La prensa periódica no nos parece entre nosotros tan eficaz como en otros países para la difusión de ideas, porque no puede ser analítica y explicativa, y supone en los lectores alguna instrucción previa sobre las cuestiones que ventila; y porque un periódico se hojea un momento por curiosidad o pasatiempo, y luego se arroja: la prensa periódica poca utilidad ha producido en nuestro país.           
La prensa doctrinaria, la prensa de verdadera educación popular, debe tomar la forma de libro para tener acceso en todo hogar, para atraer la atención a cada instante y ser realmente propagadora. Así quisiéramos que, en vez de muchos periódicos, se escribieran muchos Manuales de Enseñanza sobre aquellos ramos del saber humano cuyo conocimiento importa popularizar entre nosotros. Una Enciclopedia popular, elaborada en mira del desenvolvimiento gradual y armónico de la Democracia en el Plata, llenaría perfectamente las condiciones que nosotros concebimos para la prensa progresista del porvenir en nuestro país. Si quiere Dios que alguna vez volvamos a poner el pie en la tierra natal, no echaremos en olvido este pensamiento: hoy carecemos absolutamente de medios para ponerlo en planta. (Nota de Echeverría)

Esteban Echeverría.

* “El Dogma y sus corolarios constituyen, por eso, la doctrina argentina de la democracia. Es, en efecto, en el hecho, la democracia en el Plata, que el fundador se propuso arraigar en su peculiar carácter, y cuya realización confió en su legado a Alberdi: la que éste enunció en las Bases y la que inscribieron en la Constitución de Santa Fe los hombres de 1853. Para todos los tiempos y para todas las edades, esta doctrina tiene ideas, ideales e inspiración o sugestiones sin fin.” (Salvador M. Dana Montaño).


Bibliografía:

Echeverría, Esteban, Dogma Socialista y otras páginas escritas, Buenos Aires, Ediciones Estrada, 1948.

martes, 9 de junio de 2009

ESTEBAN ECHEVERRÍA

Esteban Echeverría.


Dogma Socialista de la Asociación de Mayo




Por Sandro Olaza Pallero




Esteban Echeverría nació en Buenos Aires el 2 de septiembre de 1805. Fue uno de los más destacados escritores argentinos, romántico y autor de obras clásicas como La cautiva y El matadero.
Era hijo de la porteña María Espinosa y del vizcaíno José Domingo Echeverría. El apellido “Echeverría” o “Echeberría” (casa nueva en vasco) es de linaje antiguo y probó su nobleza en las órdenes de Santiago (1688, 1697, 1699, 1710 y 1778) y Carlos III (1799).
Este apellido es de la ante iglesia de Berritua (Vizcaya). Su escudo de armas es sinople, un castillo de oro de cinco torreones aclarados de gules, con dos lebreles de plata manchados de sable, atados a las aldabas de su puerta y afrontados. Bordura de plata plena.
Muy joven perdió a su padre y fue instruido en las primeras letras por su madre. Comenzó la escuela primaria en San Telmo, pero al poco tiempo quedó también huérfano de su madre, quien falleció en 1822.
Desamparado, comenzó una azarosa vida adolescente, que agravó ciertos problemas cardíacos que lo aquejaban y, con el tiempo lo obligaron a cambiar de vida y asentarse. Ingresó en el recientemente creado Departamento de Estudios Preparatorios de la Universidad de Buenos Aires y en la Escuela de Dibujo de la misma, a la vez que, en 1823, comenzó a trabajar como dependiente en el comercio de otra familia de origen vasco, los Lezica, que ya por entonces tenía representación en países de Europa y América.
A los veinte años, resolvió completar su educación en el viejo continente. Parte desde Buenos Aires el 17 de octubre de 1825, a bordo de La Joven Matilde y, tras un viaje accidentado, recala en el puerto de El Havre, Francia. Años más tarde, en El ángel caído, un poema épico con fuertes influencias de lord Byron y José de Espronceda, Echeverría deja testimonio de esa travesía.
La ausencia de la patria (1825-1830) le fue provechosa. En el comienzo de su viaje, en el trayecto entre el Río de la Plata y Brasil, escribe Peregrinaje de Gualpo.
Instalado en París, en el barrio de Saint-Jacques, desde el 6 de marzo de 1827, estudió ciencias en el Ateneo, dibujo en una academia y economía política y Derecho en La Sorbona. Allí mismo se interesó por las tendencias literarias de la época, y estudió profundamente, logrando una sólida cultura.
Destaca Abel Cháneton -quien lo llamó el caudillo de una generación- que Echeverría ha sido más hermético que ordinario en lo que se refiere a su estada en Francia. “No le gustaba hablar de ello”, dijo su amigo Juan María Gutiérrez. Y lo atribuye a que pasó sus años “tan absorbido por el estudio, que poca razón habría podido dar de las cosas que en la capital de Francia llaman de preferencia la atención de los viajeros”.
La explicación fue trivial, porque las anécdotas y los recuerdos más interesantes para los interlocutores de Echeverría tenían que ser, precisamente, los relacionados con sus estudios. Lo cierto es que de aquellos años de vida europea no nos quedan más que los cuatro renglones de la carta a Félix Frías y “los cuadernos escritos de su puño y letra”, de que habla Gutiérrez en sus noticias biográficas.
Es poca cosa para reconstruir la vida del estudiante argentino en París; pero tal vez alcancen para una etopeya. Echeverría se encontró en París con una minúscula colonia de jóvenes argentinos, becados por el gobierno de Buenos Aires para seguir en Francia sus estudios médicos: Ireneo Portela, Miguel Rivera, José María Fonseca y algún otro.
Con el último de los nombrados anudo nuestro héroe buena relación íntima y cordial, que sobrevivió a los años. En junio de 1830, regresó a Buenos Aires, e introdujo en la zona del Río de la Plata el romanticismo literario.
En 1831, publicó sus primeros versos sueltos en el periódico La Gaceta Mercantil y también los versos de La Profecía del Plata en el periódico El Diario de la Tarde. En 1832, editó en forma de folleto, Elvira o La novia del Plata, considerada la primera obra romántica en lengua castellana. Su primer libro de versos de la literatura argentina fue Los Consuelos (1834). Por estos años, sus reiterados problemas de salud, lo llevaron a pasar un tiempo en la ciudad de Mercedes, actual capital del departamento de Soriano, República Oriental del Uruguay.
Cuando el país se debatía en una lucha ideológica por su organización, un conjunto de jóvenes con nuevas ideas aparecía en el escenario nacional. Jóvenes sin experiencia ni gravitación, su influencia en la Argentina de 1837 debía ser, y efectivamente fue, escasa.
El valor de esta generación fue el de constituir un fermento ideológico destinado a superar la situación política mediante la fusión de las tendencias existentes y la promoción de nuevos principios. Sólo asumieron el papel de generación actuante después de la caída de Juan Manuel de Rosas, por razones de edad y oportunidad, y sus ideas de quince años atrás quedaron plasmadas en la organización constitucional.
Esta generación se formó en un ambiente, mediocre en el aspecto universitario pero en cambio, rico en influencia libresca representativa del movimiento intelectual europeo, cuyas obras empezaron a difundirse ampliamente en Buenos Aires a partir de 1830. Las más variadas expresiones y corrientes ideológicas trataban de ser asimiladas y adaptadas a la realidad nacional. Ejercieron gravitación en aquella juventud
De vuelta en Buenos Aires, participó activamente en el Salón Literario que funcionaba en la trastienda de la librería de Marcos Sastre –en la calle Defensa Entre Moreno y Belgrano-, inaugurado en junio de 1837. La inauguración del Salón de Lectura como se llamó al principio, o Salón Literario como fue finalmente bautizado, tuvo lugar el viernes 23 de agosto a las siete de la tarde.
El programa anticipado prometía discursos del fundador –Sastre- y de dos conspicuos miembros: Gutiérrez y Juan Bautista Alberdi. Ese mismo año se estima que escribió el cuadro de costumbres Apología del Matambre y publicó Rimas, que incluyó su obra poética más reconocida: La Cautiva. En 1838, Rosas ordenó la clausura del Salón Literario, y Echeverría fundó y presidió la "Asociación de la Joven Generación Argentina", luego "Asociación de Mayo", inspirada en las agrupaciones carbonarias italianas, como La Joven Italia de Giuseppe Mazzini.
Fue en esta asociación donde expuso su ideal de recuperar el espíritu de la Revolución de Mayo, redactó y leyó el Credo de esta Asociación, compuesto por quince Palabras Simbólicas, y que servirán de base para la redacción posterior de El Dogma Socialista de 1846. El programa, redactado de prisa, pero madurado en años, de una originalidad cabal en nuestro país, abarcaba entre otras, las siguientes cuestiones capitales: la de prensa; la soberanía del pueblo, el sufragio y la democracia representativa; asiento y distribución del impuesto; banco y papel moneda; crédito público; industria pastoril y agrícola; inmigración; municipalidades y organización de la campaña; policía; ejército de línea y milicia nacional; espíritu de la prensa periodística revolucionaria; bosquejo de nuestra historia militar y parlamentaria; examen crítico y comparativo de todas las constituciones y estatutos, tanto provinciales como nacionales.
Todo ello partiendo siempre de nuestras costumbres y nuestro estado social; determinar primero lo que somos, y, aplicando los principios, buscar lo que debemos ser. “No salir del terreno práctico, no perderse en abstracciones; tener siempre clavado el ojo de la inteligencia en las entrañas de nuestra sociedad”.Presumiblemente, entre 1838 y 1840, mientras residía en la estancia "Los Talas", cerca de Luján, Provincia de Buenos Aires, escribió El matadero, que se publicará póstumamente. Cuando todos celebraban sus versos y querían conocer al autor, “se aísla en el campo, al lado de su hermano...Todo era entregado a la meditación paso momentos deliciosos en estas soledades…Al romper el día hago ensillar mi bruto fogoso, monto y salgo con algunos peones a recorrer el campo”.
En 1839, Echeverría, a pesar de estar de acuerdo con la toma del poder por métodos no violentos, adhiere al fracasado Levantamiento de Dolores contra el gobierno rosista, por el cual se dicta la "Ley del 9 de noviembre de 1839" que, entre otras cosas, identifica a los unitarios como autores de la intentona. A finales de 1840, se autoexilia en la República Oriental del Uruguay.
Primero vivió en Colonia del Sacramento y en 1841 se instaló en Montevideo, donde vivió dedicado a la literatura. Durante ese periodo oriental, escribió A la juventud argentina, un poema revolucionario y redacta, además, Avellaneda, El ángel caído y La guitarra.
Echeverría falleció el 19 de enero de 1851, víctima de una dolencia pulmonar. Fue el más importante poeta del primer período romántico en el Río de la Plata e introductor de este movimiento.
Impuso la temática del indio y del desierto en la manifestación poética y es considerado por muchos teóricos como el autor del primer cuento argentino El matadero, aunque, por carecer de una única unidad temática, una parte de la crítica señala que este escrito, como cuento, no puede considerarse dentro de los cánones tradicionales. Muerto Echeverría, su amigo, el escritor Gutiérrez, recopila y edita todos sus escritos en cinco tomos, aparecidos entre 1870 y 1874, bajo el título Obras Completas.
Entre los unitarios no faltó quien atribuyera el oportunismo político de la Joven Generación a bajos cálculos. Según el doctor Cháneton: “La petulante jactancia del unitario engreído hasta en sus fracasos, no perdonaba a a aquellos muchachos de veinticinco años que, sin perjuicio de mantener su respeto por los que habían creado las escuelas en que se educaron, imputaban a sus desaciertos buena parte de las desgracias del país”.




Bibliografía:


Juan Bautista Alberdi.




CHÁNETON, Abel, Retorno de Echeverría (Obra póstuma), Edit. Ayacucho, Buenos Aires, 1944.
TAU ANZOÁTEGUI, Víctor-MARTIRÉ, Eduardo, Manual de Historia de las Instituciones Argentinas, Emilio J. Perrot, Buenos Aires, 2005.
VILAR Y PASCUAL, Luis, Diccionario histórico, genealógico y heráldico de las familias ilustres de la monarquía española, Imprenta de D. F. Sánchez, Madrid, 1859.

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