lunes, 14 de julio de 2014

"EL MATADERO": ESTAMPA DE UN SACRIFICIO RITUAL



                                                 Por Hugo Francisco Bauzá*

En afectuoso recuerdo de Antonio Cornejo Polar

«S'il y a réellement des crises sacrificielles, il faut qu'elles comportent un frein, il faut qu'un mécanisme auto-régulateur intervienne avant que tout soit consumé».

(R. Girard, p. 101)               



Este trabajo apunta a mostrar el vívido cuadro de costumbres de Esteban Echeverría como una suerte de sacrificio ritual, comprensible y hasta necesario -en un marco de pendencieros y matarifes-, y consumado por los bárbaros de la mazorca; se inscribe, en consecuencia, en una exégesis de corte sociológico. Esa lectio no invalida, obviamente, otras aproximaciones a esta estampa singular con marcados toques naturalistas, que es, también, «una protesta que nos honra» (J. M. Gutiérrez, p. 214), y en la que, con nitidez, apreciamos el caso de un escritor que, desplazando el miedo, deja de ser literato para convertirse en autor (Viñas, p. 14).
1. Este relato es «el primero en data entre los cuentos y bocetos descriptivos argentinos» (Battistessa, p. LXIV). A través de las páginas de este croquis o bosquejo (Gutiérrez, p. 210), que no parece haber sido diseñado para la publicación inmediata1, se evoca una historia siniestra ocurrida en el matadero del Alto de la Convalecencia, sito en el actual barrio de Parque Lezama, en la Cuaresma de 1839. Debido a la festividad religiosa se interrumpe la faena de ganado vacuno, lo que provoca angustia y desazón en una población especialmente habituada al espectáculo de la matanza y al consiguiente consumo de carne. A los ojos de esta población, es ésta una «peste» a la que se le añade otra suerte de flagelo bíblico, un diluvio que termina por anegar la zona. La situación límite producida por semejante conjunción de factores requeriría ser neutralizada con un sacrificio ejemplar. Pero, para júbilo de los hambrientos de carne, «la providencia gubernativa» (p. 153) -el Restaurador2- ordena el envío de cincuenta novillos al matadero: vuelve la carne con que aplacar el hambre y con ella vuelve también la sangre con que saciar el furor -forzadamente reprimido- de la facción política gobernante. El ritmo de vértigo con que se procede a la matanza rehabilita el cauce para una violencia previamente contenida y ahora exacerbada, que alcanzará su clímax en la escena de la vejación y muerte del unitario en el matadero, lugar donde -a los ojos de Echeverría- se rubrica el coraje de una sociedad carnicera y se fijan y consolidan sus roles.
Pero hay una muerte anterior que parece prenunciar este episodio climático. La imprudencia -o acaso el azar, la Tyche de los griegos- quiere que, al soltarse un lazo del asta de una de las bestias, la cuerda decapite a una criatura que jugueteaba por el matadero3. Mas luego, por medio de la inserción de otro episodio fortuito -esta vez cómico- la «chusma» olvida el luctuoso incidente del pequeño, al punto de que de él no queda «sino un charco de sangre» (p. 166). Echeverría describe entonces en crescendo dramático -no sin cierta perspectiva racista típica de la Weltanschauung de la época- las labores de la matanza a la par que las acciones grotesco-sarcásticas que caracterizan a los ínfimos grupos sociales habitantes de ese microcosmos4. Concluida la matanza, y cuando los matarifes se disponen a partir, uno de ellos advierte de la llegada de un unitario, «y al oír tan significativa palabra toda aquella chusma se detuvo como herida de una impresión subitánea» (p. 169). El resto del relato -y parte sustancial- narra la vejación y muerte del joven. Aun cuando parece que la canalla no hubiera querido verdaderamente matarlo -sino sólo divertirse (p. 177)-, es su macabro proceder el que provoca, al fin, la muerte del unitario. A modo de conclusión, fiel a su visión dicotómica de civilización y barbarie, añade Echeverría que «en aquel tiempo los carniceros degolladores del Matadero eran los apóstoles que propagaban a verga y puñal la federación rosina [...] con lo que puede verse a las claras que el foco de la Federación estaba en el Matadero» (p. 178). ¿Qué los llevó a cometer ese ultraje?
2. W. H. Hudson (1951), en su afán por comprender la extraña psicología del gaucho, recuerda que Darwin, al ocuparse del gaucho en suVoyage of a Naturalist, ofrece una visión que, si bien muy parcialmente, ayuda en este caso a comprender determinados comportamientos sociales acordes a los de los matones evocados por Echeverría. Refiere al respecto lo siguiente:
«Si un gaucho os cortara el cuello, lo efectuaría como un caballero», y aunque niño, comprendí que el gaucho ejecutaba tal faena como una criatura infernal, regocijándose así con su crueldad, hija del medio guerrero en que actuaba. Escucharía todo lo que su cautivo pudiera decirle para ablandarlo, todas sus plegarias y ruegos, para después responderle: «Ah, amigo (o amiguito, o hermano), tus palabras me traspasan el corazón. Yo te perdonaría, por consideración a tu pobre madre, que te crió con sus pechos, y por tu propio bien. He concebido, en el escaso tiempo que nos tratamos, una gran amistad por ti; pero tu hermoso y blanco cuello es tu ruina. ¿Cómo sería posible que me privara del placer de cortar semejante garganta, tan bien formada, tan suave y tan flexible? ¡Piensa en la vista de la caliente y roja sangre cayendo de esa blanca columna!».

(Op. cit.pp. 147-148)               



Pocas páginas más adelante, Hudson reflexiona sobre las opiniones contradictorias que despierta en él la figura de Rosas. Por un lado se le presenta como «el más grande e interesante de todos los caudillos de Sudamérica» y, por el otro, como el ideólogo de muchos actos criminales. A los «hechos inexplicables» protagonizados por tal figura -como el fusilamiento de Camila O'Gorman y del padre Gutiérrez-, que «para los extranjeros y para los que habían nacido en los últimos tiempos, podían aparecer como el fruto de una vesania», él les encuentra, sin embargo, cierta explicación. Estos hechos son «consecuencia de una peculiaridad sardónica suya», un «primitivo sentido del humor» muy atractivo para los gauchos, entre los que Rosas vivió desde la infancia y «con cuya ayuda alcanzó el poder supremo» (Op. cit., pp. 151-52).
Diversos estudios comparativos y de psicología social respecto del proceder de comunidades bastante diversas investigan la existencia de arquetipos que se presentan como universales y que, para nuestra mirada, pueden resultar patologías. Uno de estos arquetipos lo constituye la conducta violenta -según la entiende R. Girard-, que puede incluir la violación e incluso la muerte5. Por su parte, el helenista irlandés E. R. Dodds refiere que ese proceder violento responde muchas veces al temor de ciertas sociedades de ser víctima «no sólo del miedo a una contaminación peligrosa, sino del sentimiento profundo de un pecado hereditario» (p. 48), que es preciso erradicar de cuajo6. Los vejámenes de la violencia -incluyendo en muchos casos la violencia sexual como forma de posesión del dominador sobre el dominado- se erigen en rito insustituible de iniciación en algunas cofradías. La teleté o «ceremonia iniciática» exige del que pretende ingresar en los arcanos de esas sociedades, un sacrificio violento, en el que se conjugan sexo, sangre, y castigos corporales, llegando en casos hasta la muerte. El sadismo, independientemente del placer que pueda provocar al que lo cometa, es para esas corporaciones marginales la prueba que el victimario ofrece a sus congéneres de hasta dónde puede llegar en un rapto de locura.
En El matadero la vesania, como exteriorización de diferentes patologías -demencia, locura, furia, delirio, exacerbación, paroxismo-, no es otra cosa, para Echeverría, que el síntoma de la enfermedad de un grupo social. Esa enfermedad es el móvil que dinamiza a los matones deEl matadero que, amparados en la brutalidad de su naturaleza y en el poder que les proporciona la daga en la garganta del desarmado, hostigan colectivamente al unitario. Si bien los matarifes han terminado con la faena, aún pervive en ellos el espíritu criminal que dinamiza su oficio: son seres acostumbrados a la matanza y sin ella se hallan insatisfechos. La sed de sangre parece así connatural a ciertos hombres de los descampados, quienes no entienden otra ley que no sea la del cuchillo, siempre presto a ser utilizado. En ese sentido, la hoja afilada, más que un instrumento, es la extensión de su mano, con la que juegan en situaciones límite como la de este momento, cuando el matarife se regodea morbosamente con el filo de su daga, pasándolo sobre la garganta del unitario, mientras el coro exaltado lo incita a que con él le toque el violín, o mejor, «la resbalosa» (p. 170). Las escandalosas carcajadas y los vivas estertóreos con los que la «chusma» -ávida de sangre y violencia- alienta al captor del joven, ponen de manifiesto el placer sardónico que expresan esos marginados sociales, de forma semejante a como se aprecia en la evocación de Darwin transcrita más arriba. El hecho trasciende el placer que pueda experimentar «individualmente» el bárbaro, pues alcanza los ribetes de un placer o diversión colectivos.
3. Una corriente antropológica -representada principalmente por W. Burkert- explica que la inclinación hacia una violencia sádica en ese tipo de hermandad de rufianes se potencia cuando sus individuos se encuentran agrupados. El uso del cuchillo, el derrame de sangre o el reto a muerte funcionan en su código como una forma de hacer ostensible el coraje -rehuir esas faenas les parece cobardía-, y es por eso que el grupo alienta sin descanso para que tales vesanias sean cometidas. La demencia crece y se convierte en paroxismo orgiástico especialmente cuando los vejadores hostigan a un desvalido -se enfurecen contra él- pues su estado de indefensión los irrita en grado sumo. Se trata de una violencia incontrolable que genera más violencia y, cuando se desencadena, la sangre se hace visible por necesidad.
Para los antiguos griegos, a la hybris («soberbia») seguía necesariamente la áte («ceguera u obcecación») tras la cual era forzosa laapháneia («el exterminio del culpable»). En la narración que nos ocupa los roles están invertidos, ya que, a los ojos de los poseídos por esa furia indómita, el culpable es el otro -aunque sea la víctima-, a quien es preciso dar escarmiento para que se restablezca el orden (T. Todorov y M. Detienne han explicado con claridad esas conductas patológicas con referencia al otro, al que hay que eliminar). Conviene, además, tener en cuenta una circunstancia de carácter social: que, en el caso de este relato, el orden del matadero no es otra cosa que una microimagen del estado de cosas que -según Echeverría- rige en la Federación rosista. Así, por ejemplo, el hecho de que en la casilla donde cometen la tropelía esté escrito -significativamente en rojo- «Viva la Federación», «Viva el Restaurador y la heroína doña Encarnación Ezcurra», «Mueran los salvajes unitarios», es todo un símbolo. «Los colores de este cuadro son altos y rojizos; pero no exagerados» -según sostiene Gutiérrez (p. 213)-. La alta saturación de los rojos lleva al máximo su posibilidad cromática, a la vez que remarca la nota sangrienta del relato. Sobre esa base Battistessa define con acierto este boceto como una «violenta sanguina» (p. LXIV). Por lo demás, resulta emblemático que este sacrificio ritual sea perpetrado en una suerte de templo laico -la siniestra casilla- bajo el amparo del nombre de doña Encarnación Ezcurra, celebrada por los bravucones como «patrona del Matadero» (p. 157).
Para el imaginario de esos seres cuyo código es la violencia, el unitario se impone como el inadaptado. En consecuencia, es forzoso exterminarlo, pues no encaja en la sociedad despótica que los gobierna y ante la cual su sola presencia provoca irritación. No trae la divisa federal en el frac, ni el luto de rigor en el sombrero; lleva corbata a la europea y usa la patilla en forma de «u» de los unitarios. A los ojos de esa canalla del arrabal, «el perro unitario» es un «cajetilla» (p. 169) -un hombre «empaquetado» en una apariencia ciudadana-, cuyo atuendo es el símbolo de la despreciable vida civilizada. Su vestimenta pone de manifiesto su no pertenencia a esa sociedad carnicera. Él es el otro, es el diferente, y por esta sola circunstancia -como medida de precaución dictada por el temor a lo desconocido-, a estas sociedades salvajes se les hace preciso eliminarlo. Con el sacrificio se pretende restaurar la armonía de la comunidad, dado que refuerza la unidad social. En ese sentido R. Girard sostiene que «c'est la communauté entière que le sacrifice protège de sa propre violence, c'est la communauté entière qu'il détourne vers des victimes qui lui sont extérieures» (p. 22). Desde esa óptica el sacrificio polariza sobre la víctima -en este caso el unitario- todas las disensiones ínsitas en su seno y a las que es preciso anular; la víctima deviene el phármakos que la sociedad inmola especialmente en época de calamidades, ya que éstas se sienten como la cólera de una deidad.
No importa que los matarifes del relato echeverriano no hubieran pretendido matar al unitario de forma consciente, pues mediante el ultraje en el que se solazan -que es también una suerte de rito- consiguen la muerte del desdichado, esto es, la preservación de la seguridad del grupo y el fortalecimiento del código que lo rige. La vejación se presenta como un rito necesario para que este grupo de matones canalice una serie de insatisfacciones y frustraciones que provocan un estado inarmónico en su habitat natural: la abstinencia cárnica, la inundación y el barro que se escurre por doquier, el ocio forzado e, incluso, la opresión a la que se encuentran sometidos tal vez sin darse cuenta. Hace falta un hecho extraordinario que los saque de la molicie y los devuelva a la acostumbrada barbarie o, en otro lenguaje, que los reinserte en su código de comportamiento. Es menester una víctima propiciatoria que, a través de su sparagmós («despedazamiento») ritual, neutralice el estado larval que los tiene anonadados. ¡Y hete aquí que se presenta el unitario!
4. El unitario es el chivo expiatorio que, en el imaginario de los bárbaros, parece cargar con la culpa de todos los males. La manera como Echeverría describe la vejación, tiene las características de una escena ritual: la víctima es llevada a la sala de la casilla -una parodia de las aras de sacrificio- y arrastrada al banco de los tormentos, en cuyo centro hay una mesa -una suerte de «altar»- donde los sayones ejecutan el sacrificio.
Del otro lado del rito, la víctima propiciatoria, impotente frente a ese trance desparejo, evidencia un acceso violento:
El joven, en efecto, estaba fuera de sí de cólera. Todo su cuerpo parecía estar en convulsión: su pálido y amoratado rostro, su voz, su labio trémulo, mostraban el movimiento convulsivo de su corazón, la agitación de sus nervios. Sus ojos de fuego parecían salirse de la órbita, su negro y lacio cabello se levantaba erizado. Su cuello desnudo y la pechera de su camisa dejaban entrever el latido violento de sus arterias y la respiración anhelante de sus pulmones.

(p. 173)               



La víctima está poseída por la rabia; se halla en estado de insania, presa de delirio. Desde la óptica de la historia de las religiones, parece estar en trance o iniciación: ¡el momento preciso para que los matones la inmolen a los dioses de la Federación! Y la vejación da comienzo atentando contra lo acicalado de su figura: se lo tusa a la federala -para lo cual utilizan las tijeras con que cortan las crines a sus caballos- y se afeitan sus patillas y barba, con lo que la víctima va adquiriendo de pronto un aspecto semejante al de sus verdugos. Más tarde deciden domarlo y, tras ese tormento, ordenan bajar «los calzones a ese mentecato cajetilla, y a nalga pelada» (p. 175) darle verga. La resistencia del joven es tenaz, pero inútil. El joven, boca abajo y con sus piernas amarradas «en ángulo a los cuatro pies de la mesa» (p. 176) está ya preparado para el «rito propiciatorio». La vejación ha llegado a su clímax. Para alcanzar este punto límite, no es necesario consumar la amenaza de la penetración anal del vencido -sí parece serlo usualmente en otras culturas, no en la pampa. Tras ese sometimiento en que las fuerzas y la moral están exhaustas, no le resta a la víctima otra cosa sino la muerte.
El sacrificio ha sido consumado. Los verdugos y quienes han asistido a ese ritual salvaje, tras el anonadamiento inicial, abandonan la casilla del matadero después de haber dado rienda suelta a una violencia contenida que les impedía estar en armonía consigo mismos. El cortejo de sacrificadores sale exultante como sucedía en ciertas procesiones dionisíacas tras haber inmolado a la víctima. A través de la macabra «diversión», se llena el vacío de los espíritus: «"-Pobre diablo: queríamos únicamente divertirnos con él, y tomó la cosa demasiado a lo serio" -exclamó el Juez frunciendo el ceño de tigre» (p. 177). El sparagmós ha cumplido su cometido: ha restablecido el código que debe regir en el Matadero, que no es otro que el de la barbarie de la sociedad malsana que, según Echeverría, los gobierna y de la cual el matadero se erige como emblema.
Me resta referir que, para la cosmovisión del autor, la vejación del unitario es también una suerte de práctica didáctico-moralizante que amonesta respecto de lo que sucede con los librepensadores que se oponen al absolutismo del Restaurador. Operación masacre, de R. Walsh, y otras narraciones afines más contemporáneas, muestran -con algunos cambios de escenario y, naturalmente, de drammatis personae- la vigencia del motivo central expuesto en el relato de Echeverría, dado que, pese a los diversos esfuerzos procívicos, la tensión agónica entre distintos grupos políticos no ha logrado resolverse todavía. El Matadero de Echeverría o el sórdido relato de Walsh que hemos evocado sacan a la luz los aspectos más sombríos de la condición humana -homo homini lupus-. En situaciones extremas (la abstinencia entendida no como ayuno cristiano sino como flagelo impuesto, la inundación sentida como castigo, la plaga del autoritarismo que acucia por doquier o la «peste» física o moral que asfixia a los espíritus libres) estos componentes de nuestro lado oscuro se convierten en una vesania intemporal cuyo alcance es difícil de precisar, pero ante la que no hay que doblegar los brazos.



Bibliografía
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  • Vernant, Jean-Pierre. La mort dans les yeux, París, Hachette, 1985.
  • Viñas, David. Literatura argentina y política. De los jacobinos porteños a la bohemia anarquista, Buenos Aires, Sudamericana, 1995.
 * http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/el-matadero-estampa-de-un-sacrificio-ritual/html/5e5dec2a-5257-11e1-b1fb-00163ebf5e63_2.html#I_0_

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