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miércoles, 2 de julio de 2014

RECORDANDO AL "PEPE"

José María Rosa (Córdoba, 1951).



Por Francisco José Pestanha*


(Prólogo al Libro "OBRAS SELECTAS" de José María Rosa. Compiladora Ana Jaramillo. Próxima aparición. Editorial EDUNLA)


La resultante de los antagonismos y convulsiones que naturalmente acontecen en el devenir histórico de los pueblos, no suele manifestarse únicamente a través de cambios institucionales o modificaciones en las orientaciones políticas y geopolíticas de una comunidad o Estado determinado. Acostumbra, además, inmiscuirse en otros campos como la cultura y las ciencias; en especial en aquellas cuyo objetivo es el abordaje de la sociedad en alguno de sus aspectos. Tal es el caso de la derivación de las disputas entre unitarios y federales durante las primeras décadas del siglo XIX (aunque en rigor de verdad, algunos unitarios no fueron del todo unitarios; y ciertos federales, lo fueron tampoco).

Así las cosas, bien vale señalar que las contiendas de Caseros (1852) primero y luego de Pavón (1861) marcaron a fuego el transcurrir de una Argentina que visiblemente, y a partir del pensar y el obrar de una facción triunfante impregnada de una doctrina importada acríticamente —el iluminismo—  y de un liberalismo que se presentaba como “el motor conceptual del progreso”, imprimió al Estado surgente una cosmovisión que presuponía un modo específico de concebir e interpretar la historia y la ciencia histórica.

El triunfo de la entente heterogénea que enfrentó sucesivamente a Juan Manuel de Rosas y luego a Justo José de Urquiza, condujo inmediatamente hacia la consolidación de Bartolomé Mitre al frente de un Estado centralista, cuya matriz económica se fundó en el protagonismo de una oligarquía de base terrateniente, exclusiva beneficiaria de las pingües mercedes obtenidas de la renta de la tierra y cuya garantía principal estaba anudada a los términos de un intercambio determinado, casi exclusivamente, por el Imperio inglés. La impronta fundacional impulsó un Estado que aspiraba a constituirse en el motor de la modernidad, lamentablemente condicionado por una falsa antítesis —Civilización vs. Barbarie— donde lo bárbaro representaba “lo propio” y lo civilizado, “lo ajeno”.

        Conscientes de la importancia que el relato histórico posee en la construcción de rasgos identitarios comunes y dueños absolutos del poder político, los vencedores de las guerras civiles, conducidos por un estadista de dotes singulares, fueron concibiendo e integrando con científicos, intelectuales, y ensayistas una superestructura simbólica funcional al proyecto modernizador triunfante. En forma paralela, a través de las instituciones educativas y académicas del país fue puesto en circulación un relato histórico acompañado por un “olimpo” de próceres a la medida de un modelo de Estado que se proponía —entre otros desafíos— repoblar el país a partir de la idea fuerza “gobernar es poblar”, rudimento que a la vez convocaría a nuestras costas millares de extranjeros empapados del “espíritu de la modernidad y del progreso”.

Si bien el régimen fundado hábilmente por el mitrismo pudo gozar de algunas décadas de estabilidad, ya a fines del mismo siglo XIX comenzaron a manifestarse las primeras expresiones críticas al orden instituido. Algunas surgieron de los mismos inmigrantes que, junto a sus valijas cargadas de esperanzas, trajeron nociones e ideas que venían a cuestionar el régimen capitalista emergido a partir de la revolución burguesa. En consecuencia, antes de concluir la centuria, comenzaron a brotar instancias de organización obrera bajo doctrinas anarquistas, socialistas, clasistas y, desde estas corrientes, fuertes impugnaciones al orden establecido.

Pero a la vez, desde lo más recóndito de la diáspora federal de los sectores criollos, de los contingentes desplazados por el orden oligárquico, comenzó a germinar un movimiento que —aunque contradictorio e inconexo— apelaría a estrategias insurreccionales y que, ya bajo la conducción de Hipólito Yrigoyen, obtendría en 1912 una reforma electoral de consecuencias impredecibles, para el régimen imperante.

El siglo XX encuentra a nuestro país inmerso en una serie de contradicciones dentro del mismo orden instituido y, además, nutrido de los antagonismos generados por los cuestionamientos mencionados, a los que se le irá adosando una creciente prédica anticolonialista que intentará desnudar los lazos ocultos que sujetaban a la Argentina a un régimen de dependencia consentida con la metrópoli inglesa. Además, una profunda reacción antipositivista pondrá en cuestión los basamentos conceptuales e ideológicos sobre los que se sustentaba el régimen instituido y se irá generando una nueva escuela histórica a partir de profundas impugnaciones al relato difundido masivamente.

José María “Pepe” Rosa formó parte de una generación de la cual emergieron persistentes y perspicaces objeciones a dicho régimen: la historia fue el rudimento batallador elegido por este criollo nacido el 20 de agosto de 1906. Nieto del Dr. José María Rosa, ministro de Hacienda del general Julio A. Roca en su segunda presidencia, Pepe se recibió muy joven de abogado, profesión que lo llevó a desempeñarse como juez de instrucción de la provincia de Santa Fe. Ya en 1933 editó su primer libro, “Más allá del Código”, obra a partir de la cual describe sus vivencias como magistrado y donde, además, formula soslayadas criticas al orden normativo y judicial de la época.

Tres años después publica “Interpretación religiosa de la Historia”, texto recogido luego en su tesis doctoral y que recibe numerosas críticas por parte de los intelectuales alineados en el positivismo. Con respecto a este texto señalamos que, según el autor, las posiciones encuadradas en el materialismo histórico creyeron encontrar en la economía el espíritu de la sociedad, así como muchos etnógrafos creían haberlo encontrado en las razas. Para Pepe, este espíritu había que rastrearlo en la historia de las religiones; allí se encontraba el lenguaje ignorado en el que se escribió la historia: “La Nación es siempre un culto religioso. Un culto supone la dirección del misticismo social hacia un objeto, una idea o un hombre”[1].

La caída de Hipólito Yrigoyen, la crisis del 30, la prédica anticolonialista de legendarios autores, la reacción antipositivista y, fundamentalmente, el Pacto Roca-Runciman que pone al desnudo el régimen asimétrico en el que se encontraba nuestro país respecto a la Gran Bretaña, son hitos que van marcando un derrotero intelectual y que lo encuentran militando en el Partido Demócrata Progresista (estructura política comprometida con el orden instituido) hacia las filas del campo nacional. Junto a otros prestigiosos pensadores, 1938, funda el Instituto de Estudios Federalistas, el cual comienza a constituirse en un centro de producción historiográfica como crítica a las corrientes oficializadas institucionalmente. Ya para 1943, su orientación nacional quedará plasmada en el libro “Defensa y pérdida de nuestra independencia económica”.

Las posiciones asumidas por Rosa le causan permanentes conflictos con la intelligentzia santafesina y lo llevan a radicarse en Buenos Aires. Durante la década correspondiente al primer peronismo publica legendarios textos: “Artigas, prócer de la nacionalidad”, “Nos los representantes del pueblo”, La Misión García ante Lord Strangford”, “El cóndor ciego”, entre otros.

La “Revolución libertadora” que desplazó ilegítimamente al peronismo del gobierno, lo priva de sus cátedras y lo encarcela por dar refugio a John W. Cooke. Una vez liberado, apoya el levantamiento del general Valle en junio de 1956. Fracasado el intento y perseguido por la tiranía, huye a Uruguay para luego radicarse en España, donde ejerce el periodismo y da conferencias. Respecto al exilio, sostuvo Pepe: “Me he dado cuenta ahora lo que es el exilio. Es una sensación de ausencia definitiva, de muerte, de no ser nada, de estar olvidado”[2].  De su correspondencia de la época surge nítidamente el espíritu de un hombre que “[…] no podía estar ausente de las circunstancias de su país. Dedica hojas enteras, a veces hasta los márgenes, a especular sobre la situación política argentina. También se intuyen los miedos de este memorioso: ‘Me choca que se me haya olvidado así. Nunca mencionan mis libros’"[3], le confiesa a su entrañable amigo y discípulo Fermín Chávez.

Vuelto al país en 1958, prosigue con su enorme producción: “El pronunciamiento de Urquiza” (1960), “El revisionismo responde” (1964), “Rivadavia y el imperialismo financiero” (1964), “La guerra del Paraguay y las montoneras argentinas” (1965), “Rosas nuestro contemporáneo” (1979), “El fetiche de nuestra Constitución” (1984), “Análisis histórico de la dependencia argentina”.

En forma paralela, sus aportes a la resistencia peronista lo hacen respetado y querido por las bases peronistas y sus obras son difundidas de manera extraordinaria dentro del movimiento. El 17 de noviembre de 1972 acompaña a Juan Domingo Perón en su regreso definitivo, integrando el chárter que lo trajo de vuelta al país. Durante la presidencia peronista es designado embajador en Paraguay en reconocimiento por su contribución a la relación entre ambos Estados. Fallecido Perón —y a raíz de profundas diferencias con el canciller Vignes— es destinado a prestar servicios en Grecia.

En 1976 regresa a la Argentina y el bravío Pepe comienza a dirigir la revista “Línea” (“la voz de los que no tienen voz”). La publicación se constituye en una verdadera tribuna de resistencia del pensamiento nacional contra la dictadura, y Rosa debe enfrentar el secuestro de las publicaciones, allanamientos y procesos en su contra. Los chacales no se atrevieron a desaparecerlo. Así como Pepe se había jugado la vida con Valle en el legendario levantamiento, sigue poniéndose en la línea de fuego mientras algunos dirigentes políticos actúan con una prudencia a veces rayana con la complicidad. Cuenta Alberto González Arzac, su abogado: “…íbamos a las audiencias como quien va a la guerra, [lo recibía] un juez del Proceso que presentaba en todas sus paredes fotos de él codeándose con almirantes, generales y brigadieres. …Y, ¿cuál era la reacción de Don Pepe? …no perdía el humor y decía ‘El gobierno del Partido Militar’ …A mí me corría frío por la espalda y él ni se inmutaba… todavía desaparecían personas… y ¡Don Pepe, con ese par de pelotas que tenía, manifestándose allí de esa manera!”[4].

Su vida se apaga el 2 de julio de 1991. Al decir de Enrique Manson, su discípulo y biógrafo hasta el fin de sus días: “el Maestro continuó entregándose en cuerpo y alma a la causa de la felicidad del pueblo y la independencia de la Patria. Así, ya viejo, no vaciló en los aciagos días del llamado Proceso en dirigir una revista de oposición, cuya lectura esperaban regularmente muchos que luchaban contra el desaliento que imponía el discurso único y la certeza de las mazmorras ocultas”[5].

Desde el punto de vista filosófico, el historicismo de Rosa lo llevó a compartir la idea de que un acontecimiento del pasado puede ser, desde el punto de vista histórico, más actual y más trascendente que uno del presente. Para dar cuenta del historicismo en el que abrevó Pepe, puede coincidirse con el  filósofo Saúl Taborda en que para Rosa “…la vida de un pueblo es una realidad tejida de historia y de cultura. La cultura acusa las direcciones espirituales al destino particular. La elabora todo individuo tocado de la conciencia de la vida y del mundo y es, por eso mismo, personal e intransferible. Personal e intransferible por más que sus productos necesiten verterse en la comunidad para aspirar la vigencia en el soporte que les asegura la perpetuidad con que el creador de valores supera existencialmente con ellos la finitud de sus días. La historia se refiere a la voluntad de ser inherente a toda comunidad política. Se expresa en hechos —en los hechos históricos, conviene recalcarlo—, pues es en ellos donde se exterioriza la dirección que ella asume y la continuidad que es su esencia”[6]. En forma coincidente, Ana Jaramillo sostendrá que “la verdadera historia es historia contemporánea”[7].

A partir de esta perspectiva, Rosa se inmiscuyó de lleno en los temas nacionales, hecho que, entre otros grandes temas, lo llevó a indagar profundamente en el período rosista. Los historiadores clásicos de tradición liberal —según su criterio— habían indagado este proceso con anteojeras eurocéntricas. Para Pepe, la historia en manos de escritores europeizantes había sido guionada sobre los acontecimientos operados en el Viejo Mundo y, aplicación analógica mediante, ubicaba a tal o cual personaje en el campo reaccionario o en el progresista, sin darse cuenta de que más allá de las influencias exteriores, la historia de cada comunidad posee su propio flujo y reflujo.

Pepe Rosa asigna a Rosas una sensibilidad territorial que, a su criterio, compuso un tipo de estadista siempre alerta y celoso de las fronteras de su Patria. Todo el gobierno de Rosas resultó, de esta forma, una adecuación  constante de la política a la estrategia. No inventó enemigos: sus enemigos fueron los naturales. Para Pepe, Rosas representó un tipo de jefatura política adaptada a la naturaleza, al terreno del país, a las fuerzas reales que operaban sobre la Patria. En ese sentido, hablando de las cualidades estratégicas de Rosas, Pepe coincide con Raúl Scalabrini Ortiz en que: “Rosas usa los mismos métodos británicos: soborna, corrompe, atrae, ultima y extingue en una política incansablemente dirigida a la unidad, a la fuerza, al bienestar de la Nación. Rosas tiene enfrente al político británico más cínico y más diestro. Tiene enfrente a Lord Palmerston. Pero todo lo que imagina, planea y arguye  Palmerston es anulado y contrarrestado por Rosas. Por eso, este hombre que reunió lo que había disgregado la diplomacia británica; que procuró reaglutinar los fragmentos dispersos del viejo Virreinato, que desunidos eran presa fácil para la diplomacia británica; este hombre, a quien jamás la diplomacia británica pudo vencer ni doblegar, en la historia oficial, que enaltece solamente a los agentes británicos disfrazados de gobernadores y presidentes argentinos, pasa como un tirano sanguinario y egoísta. La reconstrucción de la historia documental de las luchas francas y de las luchas encubiertas e invisibles que Rosas debió sostener con la diplomacia británica para defender al país, será uno de los puntos de apoyo más firmes para toda acción futura”[8].

Otra de sus grandes obsesiones fue la figura de Francisco Solano López. Para analizar su postura bien vale recurrir al prólogo de la primera edición de “La guerra del Paraguay y las montoneras argentinas”. Plantea allí Pepe que la guerra del Paraguay fue un epílogo: “… el final de un drama cuyo primer acto está en Caseros en el año 1852, el segundo en Cepeda en el 59 con sus ribetes de comedia por el pacto de San José de Flores el 11 de noviembre de ese año, el tercero en Pavón en 1861 y las ‘expediciones punitivas’ al interior, el cuarto en la invasión brasileña y mitrista del Estado Oriental con la epopeya de la heroica Paysandú, y el quinto y desenlace en la larga agonía de Paraguay entre 1865 y 1870 y la guerra de montoneras en la Argentina de 1866 a 1868. El ocaso de la nacionalidad podría llamarse, con reminiscencias wagnerianas, a esa tragedia de veinte años, que descuajó la América española y le quitó la posibilidad de integrarse en una nación; por lo menos durante un largo siglo que aún no hemos transcurrido. Fue la última tentativa de una gran causa empezada por Artigas en las horas iniciales de la Revolución, continuada por San Martín y Bolívar al cristalizarse la independencia, restaurada por la habilidad y férrea energía de Rosas en los años del sistema americano, y que tendría en Francisco Solano López su adalid postrero. Causa de la Federación de los Pueblos Libres contra la oligarquía directorial, de una masa nacionalista que busca su unidad, y su razón de ser frente a minorías extranjerizantes que ganaban con mantener a América débil y dividida; de la propia determinación oponiéndose a la injerencia foránea; de la patria contra la antipatria, en fin, que la historiografía colonial que padecemos deforma para que los pueblos hispanos no despierten del impuesto letargo. Causa tan vieja como América. Narrarla es escribir la historia de nuestra tierra, es separar a los grandes americanos de las pequeñas figuras de las antologías escolares”[9].

Con respecto de la obra de nuestro querido maestro, bien vale citar una referencia de un autor que si bien no compartió gran parte de las posiciones de Rosa, ponderó muy favorablemente su labor. Para Félix Luna: “…no puede invalidarse el saldo general de la obra de Rosa, nutrida de una honda pasión nacional y estructurada con seductora coherencia. Es el último ‘revisionista puro’… Rosa ha cumplido con su rol de vocero de la antítesis indispensable: aquella que debía enfrentar la tesis liberal ya indefendible. Su obra significa una apertura hacia una nueva conciencia histórica del país, mantenida a través de una firme consecuencia ideológica”[10].

Conocí personalmente al Pepe en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, en una conferencia vinculada al plebiscito convocado con motivo del conflicto sobre el canal de Beagle durante la gestión de Raúl Alfonsín. Posteriormente concurrí a algunas de sus conferencias. Desde hace casi una década conozco a sus hijos y nietos —en especial a Eduardo—, quienes me consta, no solamente realizan aún patrióticos esfuerzos para reivindicar la obra de su antecesor, sino que ellos mismos constituyen un ejemplo de compromiso con las cuestiones del país.

El presente volumen incluye cuatro obras: “Defensa y pérdida de nuestra independencia económica” (1954), “Rivadavia y el imperialismo financiero” (1964), “Rosas, nuestro contemporáneo” (1970) y “Análisis histórico de la dependencia argentina” (1974).

Pero antes de concluir cabe enfatizar que la obra de José María Rosa no se limita a los textos publicados ni tampoco a los citados en este prólogo. Se extiende a más de una treintena de libros entre los que se incluyen sus ya épicos tomos de Historia Argentina y una infinidad de artículos y conferencias que aún hoy, a pesar del ostensible ocultamiento de su producción, siguen enriqueciendo a nuevas generaciones de argentinos.





* Profesor Titular del Seminario de Pensamiento Nacional y Latinoamericano de la Universidad Nacional de Lanús.
[1] Rosa, José María: “Interpretación religiosa de la Historia”. Buenos Aires, Editorial El Ateneo, 1936.
[2] Bordón, Juan Manuel: “Recuerdos de José María Rosa, a cien años de su nacimiento”. Diario Clarín, 21/08/06. Referencias a cartas de J. M. Rosa a Fermín  Chávez.
[3] Bordón, Juan Manuel: “Recuerdos de José María Rosa”; ibídem.
[4]Manson, Enrique: http://institutonacionalmanueldorrego.com/index.php/biografias/item/183-biografias-jose-maria-pepe-rosa-por-enrique-manson
[5] Manson, Enrique: "José María Rosa - El historiador del pueblo". Editorial Ciccus, 2008.
[6] Taborda, Saúl: “La argentinidad preexistente”. Editorial Docencia. Segunda Edición. 1994.
[7] Jaramillo, Ana: La verdadera historia es historia contemporánea”. www.nomeolvidesorg.com.ar

[8] Citado por Enrique Bares en “Scalabrini Ortiz. El hombre que estuvo solo” de “Política Británica en el Río de la Plata, pág. 11.
[9] Rosa, José María: La guerra del Paraguay y las montoneras argentinas”. Buenos AiresHyspamérica1985.
[10] Luna, Félix: “El último revisionista”. Diario Clarín: sección literaria. Jueves 30 de octubre de 1969; pág. 6.

viernes, 22 de febrero de 2013

UN MATRERO CONSAGRADO A LA HISTORIA. BREVE RESEÑA SOBRE LA VIDA Y OBRA DE FERMÍN CHÁVEZ




Fermín Chávez.




                               Por Francisco José Pestanha*

“En verdad, la Nación y todo proyecto nacional, en el mundo de la periferia siempre fueron objetos de campañas destinadas a mantener el dominio o a conquistarlo. Los argentinos sabemos bien como funcionó el famoso dilema Civilización o Barbarie blandido como verdad científica. Hoy aquel primer termino de la vieja disyuntiva ha sido reemplazado por modernización, eficientismo, o poder tecnológico, contra el que no se puede” (Fermín Chávez).
                                                                                                                                

Su infancia     

Benito Enrique Chávez (Fermín) nació un 13 de julio de 1924 en El Pueblito, un caserío situado a 24 kilómetros de la localidad de Nogoyá, provincia de Entre Ríos. Hijo de Gregoria Urbana Giménez oriunda de Paysandú y de Eleuterio Chávez; el pequeño transcurrirá sus primeros años en un medio rural que nunca olvidará y que, probablemente, contribuyó a forjar en él una sencillez admirable.
Su padre fue agricultor hasta que a mediados de 1920 abandonó la actividad. Son tiempos de la crisis de un modelo agro exportador cuyos primeros indicios comenzaron a manifestarse en la periferia. Los pequeños y medianos agricultores se constituirán en las primeras víctimas de un crack internacional que hará tambalear al “granero del mundo”. A consecuencia de ello, don Eleuterio, deberá alternar su tiempo entre el oficio de peluquero y de fabricante de escobas de palma. Durante un breve lapso administrará un pequeño boliche de campo en el paraje de Crucesitas.

Desde muy niño sorprenderá a Fermín el cuño yrigoyenista de su progenitor quien militará activamente en el partido centenario hasta 1951. Según su propia confesión lo deslumbrará además esa misteriosa relación que se estableció entre el Peludo y el criollaje. Nuestro maestro interpretará años después que para muchos criollos, Yrigoyen, representó la reencarnación de la figura del caudillo y el resurgimiento de la estirpe federal. Sus primeros recuerdos políticos se remontan a la campaña de 1928, donde recuerda que su padre lo hacía subir a una mesita junto al camino que cruzaba delante de la casa para que les gritara a los del otro bando: “¡Viva Yrigoyen! ¡Yrigoyen presidente! ¡Melo, Gallo que             revienten!”[1].

            En los comicios de  1952 don Eleuterio votará por primera vez a Juan Perón.
 Desde niño recibirá la tradición López Jordanista de su abuela Martiniana, quien había contraído nupcias con Santiago Moreira un criollo que, integrando las tropas de Ricardo López Jordán, cayó prisionero en la batalla de Don Gonzalo el 9 de diciembre de 1873. En aquella legendaria contienda que constituirá un hito en la derrota de los federales, una columna del ejército nacional al mando de Juan Andrés Gelly y Obes a fin de dar cuenta de “gauchos de Jordán”, recurrirá a fusiles de repetición y asimismo, a una nueva arma: la ametralladora. El hijo de Moreira, Santiago Pantaleón, según reconoce el mismo Chávez, tuvo sobre él muchísima influencia debido a sus relatos históricos, además, la palabra de la abuela Martiniana “era palabra santa” en la intimidad familiar[2].

Su formación 

Una vez por semana llegaba al pueblito la revista Caras y Caretas publicación que alimentó las lecturas infanto juveniles de Fermín. Los Chávez no tenían radio, pero cada tanto, podían escucharla en la casa de su tía Vitalia López.
Su educación inicial estará marcada por las contradicciones entre el “relato oficial” de la historia que fue adquiriendo en la Escuela Provincial Nº 14 y las narraciones que circulaban dentro de su ámbito familiar. Mientras en la escuela Justo José de Urquiza aparecía como el inmenso prócer provincial con proyección nacional, en su casa, el verdadero “héroe” será Ricardo López Jordán.
La caída del caudillo radical en setiembre de 1930 será vivida por los Chávez como un verdadero drama; la crisis económica, los obligará a radicarse temporalmente en la ciudad de Nogoyá. Cohabitarán un tiempo en casa de su tía Rosa Moreira, y de regreso a El Pueblito, Fermín volverá a estudiar en la escuela 14. Recién conocerá la “gran ciudad” Paraná en 1936 oportunidad en que junto a sus padres, visitarán a su hermana mayor María Petrona.
A instancias de fray Reginaldo de la Cruz Saldaña (hombre de la Iglesia al que le estará eternamente agradecido) Chávez proseguirá sus estudios en la ciudad de Córdoba en un colegio apostólico dominico orientado hacia las vocaciones sacerdotales. En cierta conversación nuestro maestro relatará que aquella oportunidad fue única, ya que en Nogoyá no había escuela nacional, y la de Victoria, estaba reservada sólo para las familias acomodadas. Concluido el ciclo secundario en la ciudad mediterránea viajará a Buenos aires a estudiar filosofía como novicio al convento de Santo Domingo, para posteriormente, partir hacia Cuzco con la intención de perfeccionarse en teología en un colegio internacional dominico.
Su estadía en la ciudad de Buenos Aires entre 1939 y 1942 será determinante en su posterior accionar intelectual y político, ya que coincidirá con el “cenit” de los cursos de cultura católica. El principal de la orden –el Padre Páez– enseñará en dichos cursos junto a Leonardo Castellani, Alberto Molas Terán, y César E. Pico. De esta forma Fermín se acercará al nacionalismo en una época donde el clima de la guerra influía nítidamente en la política local. En 1941 publicará su primer poema en Crisol un diario nacionalista argentino dirigido por Enrique P. Osés.
Tres años habían transcurrido de su estadía en el Perú cuando los acontecimientos del 17 de octubre de 1945 lo sorprendieron como a otros tantos, anoticiándose de lo ocurrido en su patria por radio. Fermín retornará al país recién en octubre de 1946 para, inmediatamente, incorporarse a la actividad cultural, intelectual y política. Su primer sustento económico lo obtendrá gracias a los buenos oficios de su amigo José María Fernández Unsain quién lo recomendará para la redacción diario Tribuna, un periódico de orientación nacionalista donde escribirán entre otros Gilberto Gomes Ferrán, Luis Soler Cañas y el mismísimo Jorge Massetti. En aquellos tiempos publicará en la revista Tacuara un poema en homenaje a Darwin Passaponti asesinado al anochecer del 17 de octubre de 1945.
Con relación a sus principales influencias intelectuales Chávez sostuvo en más de una oportunidad que la obra de Santo Tomás de Aquino y las enseñanzas de Jacques Maritain y de Réginald Garrigou-Lagrange marcaron a fuego sus primeras reflexiones. Pero además, hará especial hincapié en el influjo que sobre él ejercieron autores nacionales como Ramón Doll, Ernesto Palacio, la prédica del  periódico Crisol y en especial, los artículos de Osés. No obstante ello, en ciertas entrevistas, ha confesado ascendentes tempranos en Leopoldo Lugones y en Leopoldo Marechal entrelazados con fascinantes lecturas de Federico García Lorca, Pablo Neruda y Miguel Hernández.
El maestro entrerriano relatará además que en aquellos tiempos, previos al peronismo, el único integrante de FORJA cuya labor intelectual conocía era Raúl Scalabrini Ortiz, ya que nacionalistas y forjistas, transitaban senderos paralelos. Mientras el nacionalismo ganaba la calle, los forjistas concentraban sus actividades hacia el campo de lo cultural y lo conceptual, aunque con el tiempo, las filiales de orientación yrigoyenista se irán multiplicando, obteniendo significativa presencia a principios de la década de 1940 en algunas provincias y localidades. Fermín admitió, además, la existencia en aquella época de una versión nacionalista elitista de orientación maurrasiana surgida durante el gobierno de Marcelo T. de Alvear.
Entre 1926 y 1929 se producirá el nacimiento del periódico Nueva República y luego Liga Republicana en los que escribirán figuras como Ernesto Palacio, Roberto de Laferrére, Federico Ibarguren, Juan E. Carulla, Julio Irazusta, César E. Pico, Daniel Videla Dorna, entre otros, cuyos textos integrarán en la época los tiempos de lectura de Fermín junto con los clásicos grecolatinos. 
Al advertir el fracaso político de Uriburu algunos nacionalistas asumirán un antiimperialismo militante que los llevará a colaborar con las investigaciones realizadas por Lisandro de la Torre sobre la cuestión de las carnes –e inclusive– acompañarán la acción del radicalismo conspirativo durante la década infame. Aquel nacionalismo surgido a principios de siglo comenzará a evolucionar hacia 1935, surgiendo de allí una corriente popular.
Respecto a la relación entre el nacionalismo y Juan Perón, Fermín admitirá que varias de sus figuras “convergerán al peronismo, así como otras se opondrán: no quieren a Perón, y al rechazarlo a él rechazan al movimiento popular. Estos nacionalistas ven a Perón como un caudillo excesivamente pragmatista o para decirlo con las palabras que se utilizaron, no sólo desde el nacionalismo sino también desde el lado liberal como un oportunista que sabe hacerse cargo del momento histórico y que va adelante”[3]. Entre los nacionalistas que comprenderán al peronismo, Fermín destacará a Alberto Baldrich.
Para Chávez el nacionalismo argentino irá evolucionando desde una matriz originaria ciertamente elitista e influida por la obra de Maurras hacia una versión de nítida orientación popular. Trascurrido el año 1935, atestiguará el maestro, la gran acción del nacionalismo se expresará a través de publicaciones y periódicos que golpearán sistemáticamente al gobierno de Justo, textos en los que aparecerán ideas como la de justicia social. Ya iniciada la década de 1940, las tres banderas del justicialismo estarán prácticamente expresadas en el manifiesto que José Luis Torres redactará para el general Juan B. Molina en 1942[4].
Durante el primer peronismo, siendo ya agente estatal en salud pública a instancias de Ramón Carrillo, Chávez será destinado a la oficina de prensa de la GGT donde colaborará con el órgano oficial de la central obrera. En 1950, conocerá a Eva Perón al integrarse a una peña de jóvenes escritores y poetas que se reunían todos los viernes en la sede del Hogar de la Empleada. Con Evita, compartirán también cenas e interminables tertulias en la residencia de Agüero y Alvear donde luego se trasladó la peña. Asimismo por esos años, contraerá matrimonio con Antonia Simó. De dicha relación nacerán dos hijos, Fermín (fallecido en un trágico accidente aéreo) y Simón, talentoso músico, fotógrafo y realizador. Además colaborará con la Dirección General de Cultura dirigida por aquel entonces por  José María Castiñeira de Dios.

Obra y militancia

Su primer libro de poesía Como una antigua queja será impreso en los talleres de la CGT merced al papel cedido por la Federación de Trabajadores del Papel, Cartón, Químicos y afines, y el segundo libro, Dos elogios dos comentarios, editado por la peña Eva Perón. En 1952, luego del fallecimiento de la jefa espiritual del peronismo, estrenará Un árbol para subir al Cielo fantasía para niños de su autoría dirigida por Lola Membrives. Entre 1953 y 1957 se desempeñará como redactor de la revista Dinámica Social.
Acontecida la revolución “Libertadora” y ya proscripto, su respuesta será inmediata; publicará su extraordinaria obra Civilización y Barbarie. El liberalismo y el mayismo en la Cultura Argentina, participando activamente al mismo tiempo en numerosas publicaciones clandestinas como De frente, El populista, y Norte.
En 1958, será designado por Juan Domingo Perón como miembro suplente del comando táctico creado para comunicar y difundir la orden de voto a Frondizi –pero al negarse a votarlo– será separado inmediatamente del cargo. En 1963 recaerá sobre su persona el rol de delegado interventor del Partido Justicialista de Santiago del Estero, y en 1964, la Fundación Scalabrini Ortiz publicará su obra Poemas de fusilados y proscriptos.
Entre 1973 y 1974, dictará Historia Argentina en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, y como periodista y columnista publicará, sus artículos en Crítica, Panorama, La Prensa, El Hogar, Crisis y Megafón.
Según Enrique Manson, la “ojeriza” de José López Rega lo excluyó de integrar la comitiva en el primer retorno de Perón. No ocurrirá lo mismo con el segundo y definitivo. Fermín respecto al viaje de regreso relatará que, debido a su buena orientación en el aire, notó inmediatamente que el avión cambiaba su rumbo para aterrizar definitivamente en Morón[5].
En 1990 recibirá el Premio Consagración Nacional por parte de la Secretaría de Cultura de la Nación, en 1991 dictará la materia Historia del Pensamiento Argentino en la Universidad de La Plata –y entre 1996 y 1998– Historia Social y Económica en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Lomas de Zamora. El 2 de octubre de 2003, a instancias de tantos compañeros como Arnaldo Goenaga, será declarado Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires por Ley Nº 1090/2003.
Fermín publicó más de 46 libros además de continuar la obra de su maestro y amigo José María Rosa con la colaboración de Juan Cantoni, Jorge Sulé, y Enrique Manson. Alguno de sus libros más destacados aparte de los ya mencionados: Vida y muerte de López Jordán (1957); José Hernández, periodista, político y poeta (1959); Historia del país de los argentinos (1967); Perón y el peronismo en la historia contemporánea vol. I (1975); Historicismo e iluminismo en la cultura argentina (1977); La recuperación de la conciencia nacional (1983); Perón y el justicialismo (1985); Porque esto tiene otra llave. De Wittgenstein a Vico (1994); La conciencia nacional (1996); Alpargatas y libros volúmenes. I y II (2003/2004). Además, editará numerosas obras de poesía sosteniendo desde siempre una profunda valoración de lo gauchesco como emergente de la autentica cultura popular. En este sentido publicó en 2004 Historia y antología de la poesía gauchesca un extraordinario trabajo de setecientas páginas donde reunió la obra de más de ochenta poetas de la gauchesca y nutrida producción gauchipolítica.

Fermín y la Historia

Desde el punto de vista historiográfico la concepción filosófica que inspiró a  Fermín Chávez fue el historicismo cuyo supuesto esencial radica en que, “...para estudiar cualquier ser colectivo sea que se considere o no a éste como un organismo, es indispensable conocer todos los elementos que lo forman y sus modos de funcionar, con resultados varios en su vida anterior y su vida presente[6].
En tal contexto, Chávez batallará incansablemente contra el recorte del relato histórico que acompañó al proceso de conformación del Estado nacional después de Pavón. Para Fermín el rescate integral e integrado de episodios y protagonistas obliterados en el relato  institucionalizado y su puesta en valor, resultará fundamental para superar ese verdadero desprecio por nuestro pasado que emergió durante el siglo de las luces (Aufklärung), período histórico donde se sobrestimó la capacidad de la razón humana (que para muchos filósofos de la época era siempre idéntica a sí misma, igual en todos los hombres y en todos los tiempos) –y donde lo racional– en palabras de Fermín debía sustituir a lo real en tanto este último, era juzgado como producto absurdo de la historia. 
Cabe señalar que para los historicistas como Fermín la redención del “ser histórico” no perseguía fines meramente académicos –sino muy por el contrario– objetivos “político culturales vitales en cuanto “lo pasado” es constitutivo de “lo presente” y determinante de “lo futuro”[7].
En ese orden de ideas, para el entrerriano y otros revisionistas, a mediados del siglo XIX, se consolidó en el poder del país una elite que se propuso “civilizar” por la fuerza a la barbarie nativa. Civilizar, en palabras de Arturo Jauretche, no solamente significó desnacionalizar mediante la importación acrítica de ideas, conceptos, valores y productos culturales, sino también cercenar la historia para acomodarla al proyecto político, cultural y económico triunfante.
El civilizar implicó, entre otros dispositivos, la importación a libro cerrado de la doctrina iluminista que para Fermín no sólo generó en el país un prejuicio moral y cultural respecto a nuestras raíces indo-hispánicas, sino que además, a partir de su influencia, empezó a germinarse una dicotomía donde lo bárbaro resultó paradójicamente lo propio y lo civilizado lo ajeno. La idea de barbarie empezará a cobrar para nuestro maestro un sentido peyorativo hacia adentro, trastornando los supuestos culturales “hasta el punto de hacerle creer a los nativos que nuestra propia civilización consistía en la silla inglesa y en la levita”. El iluminismo en nuestra región presupuso así una concepción naturalista y universalista de la sociedad “bajo la cual habría de sucumbir el ethos de nuestro pueblo y nuestra propia (…) germinación espiritual[8].
La oposición Civilización o Barbarie selló de esta forma una fuerte impronta fundacional en la formación del Estado argentino; dicotomía que por antinatural  –ya que los civilizados no eran tan civilizados ni los bárbaros, tan bárbaros– determinó la formación de una superestructura opresiva y alienante, que implicaba perturbar nuestro propio proceso de conformación nacional a partir de la negación u ocultamiento de elementos sustanciales de nuestro pasado.
Para el autor este fenómeno de índole sociológico, al consolidarse en el tiempo mediante su incorporación acrítica en los distintos estamentos del sistema educativo, fue transformándose en una deformación de índole ontológica, ya que ciertos preceptos y perjuicios se fueron expandiendo por vastos sectores de la sociedad. Por eso Fermín insistía que las crisis argentinas son primero ontológicas, después éticas, políticas, epistemológicas, y recién por último, económicas. En síntesis: una de las principales líneas de investigación de nuestro maestro se orientó hacia el análisis de los mecanismos de coloniaje cultural y sus consecuencias, entre ellas, la disociación entre las elites “ilustradas” y el pueblo.
Chávez reconocerá que contra tal opresión alienante, surgirá desde el llano, una matriz resistente que se expresó esencialmente a través de la cultura popular y particularmente a través la poesía gauchesca. Luego devendrá una corriente de pensamiento nacional a la cual adscribirá. Fermín comprenderá como pocos que ese primer peronismo, germinará luego de una profunda revolución cultural impulsada por la llamada generación décima, progenie que reaccionó aguda e incansablemente contra el coloniaje y que se propuso la búsqueda de un sentido y destino colectivo. Se afirma en tal sentido que: “la revolución estética y el nacionalismo cultural se expresarán a través de una innumerable cantidad de artistas y autores, en todos los campos del quehacer estético-cultural”[9]. La importancia de lo cultural en la construcción de la autoconciencia nacional será vital en la obra del entrerriano.
Otro de los aportes sustanciales de nuestro maestro fue la valoración crítica de los aportes conceptuales de las distintas vertientes del nacionalismo argentino a la conformación de la doctrina nacional, popular y humanista que nutrió al peronismo. El abordaje que Fermín realiza de la producción teórica del nacionalismo y su evolución hacia un nacionalismo popular de cuño humanista, son imprescindibles no solamente para comprender al primer peronismo sino a aquella etapa de la historia argentina.
Para finalizar cabe reseñar que sus legados historiográficos fueron descollantes. No solamente los ampliamente difundidos respecto al Chacho Peñaloza y a López Jordán, sino los publicados respecto a José Hernández, Juan Manuel de Rosas y a distintos protagonistas de nuestra historia y de nuestra cultura. Su libro Vida y Muerte de  López Jordán constituye un antes y un después en la historiografía entrerriana, y las consecuencias de aquel texto, aún resultan admirables.
Perón, Evita y el peronismo tuvieron en Fermín Chávez a su máximo historiador.  Como enseña Alberto González Arzac: “…sobre ellos también dio a conocer numerosas obras, formando parte del Instituto Nacional que lleva el nombre del ex presidente de la Nación, a quien conoció conversando con fray Pedro Errecart el 20 de junio de 1943, en la vereda de la calle Victoria (ahora Hipólito Yrigoyen) al 300 de la ciudad de Buenos Aires; poco después, publicó en Nogoyá un artículo sobre Perón y el Derecho de Gentes, y en Buenos Aires: Perón y la humanización del capital. Esa adhesión política, cuando aún Perón no había accedido a la Presidencia, quedó confirmada a través del trato frecuente y afectivo que poco después recibió de Evita (con quien colaboró); ella hizo editar cuidadosamente los versos de Chávez titulados Dos elogios y dos comentarios (1950). En años de exilio, Juan Domingo Perón distinguió a Chávez remitiéndole cartas personales que atesoró en su nutrido epistolario e invitándolo a acompañarlo en el vuelo de retorno a la Argentina”[10].
 Admitiendo haber recibido influjos de autores como Johann Gottfried Herder, filósofo y escritor alemán que lo llevaron a publicar Herder el alemán matrero y de la Scienza nuova de Giambattista Vico en obras como Porque esto tiene otra llave. De Wittgenstein a Vico, la influencia del historicismo en la corriente nacional será reconocida por el autor quien en numerosas oportunidades nos desafió  recuperar la vertiente historicista en la Argentina.
Afortunadamente ese deseo comenzó a materializarse a partir del impulso de la Rectora de nuestra Universidad, Doctora Ana Jaramillo, quien acaba de publicar una obra: “El Historicismo de Nápoles al Río de la Plata” editado por  La Universidad Nacional de Lanús, texto que seguramente como aquellos clásicos de Fermín, desafiará a las nuevas generaciones a reencontrarse con una matriz vital para encarar un adecuado proceso de autoconocimiento.
          

*Texto incluido en la obra “Fermín Chávez; epistemología de la periferia” compiladora  ANA JARAMILLO. Ediciones Universidad Nacional de Lanús. 2013.





[1] Chávez, Fermín: “Entrevistas varias”. Repositorio documental Fermín Chávez.
[2] Chávez, Fermín: “Entrevistas varias”. Repositorio documental Fermín Chávez.
[3] Chávez, Fermín: “Entrevistas varias”. Repositorio documental Fermín Chávez.
[4] Ibídem.
[5] Chávez, Fermín: “Entrevistas varias”. Repositorio documental Fermín Chávez.
[6] Escalante, Wenceslao: citado por Fermín Chávez: “La conciencia nacional; Historia de su eclipse y recuperación”. Editorial Pueblo Entero. Año 1996.
[7] Pestanha, Francisco: “Las manos de Fermín”. En http://www.nomeolvidesorg.com.ar/nota0283.html
[8] Chávez Fermín: “Historicismo e iluminismo en la cultura argentina”. Centro Editor de América Latina. Año 1982.
[9] Wally, Juan W.: “Generación de 1940: Grandeza y Frustración”. Editorial Dunken.
[10] González Arzac, Alberto: “Recordando a Fermín Chávez”. En www.nomeolviodesorg.com.ar

sábado, 10 de noviembre de 2012

MALVINAS: LA GUERRA Y LA POST GUERRA: LA DESMALVINIZACIÓN

José Hernández.



Por Francisco José Pestanha*



       Deseo expresar ante todo un profundo agradecimiento embajador Carlos Piñeiro Iñiguez por la invitación cursada, al veterano de guerra César Trejo y congratularme además con las autoridades del Instituto del Servicio Exterior de la Nación (ISEN), por incorporar a este ciclo la cuestión Malvinas.

Constituye un especial privilegio para quien les habla la oportunidad de dirigirme a las mujeres y a los hombres sobre quienes -en un futuro no muy lejano- recaerá la responsabilidad de establecer las bases, construir las relaciones, diseñar las estrategias y determinar los fundamentos de una Argentina, que en pocas décadas, se consolidará como estado “bicontinental” antártico-americano, y  cuya superficie marítima abarcará más del 50 por ciento de su territorio. Asimismo manifiesto públicamente el regocijo que me provoca  compartir ambas jornadas con futuros diplomáticos de otros países iberoamericanos -quienes anhelo- acompañen esta aspiración argentina, ya que la transformación geopolítica de nuestro país redundará en beneficio de la región en su conjunto.
    
Reflexionaremos en ambos encuentros sobre algunos aspectos vinculados a lo que denominamos “Causa Malvinas”, tópico medular si los hay en materia de relaciones exteriores para nuestro país. Ambas disertaciones estarán acompañadas con la proyección del documental “Malvinas: Viajes del Bicentenario”, producido por la Comisión de Familiares de Caídos en Malvinas, y dirigido por el prestigioso documentalista Julio Cardoso.
      
A modo de advertencia preliminar, corresponde precisarles que todas y cada una de las reflexiones de las que daré cuenta a continuación, se enmarcan en una modalidad epistemológica que autores como el escritor y pensador argentino Fermín Chávez han denominado como “Pensamiento Nacional”, modalidad que a su saber constituye toda una “epistemología de la periferia” y que ya posee más de 150 años de tradición en nuestro país.

Hago mención a tal circunstancia, ya que bajo ningún concepto aspiro a que mis expresiones sean entendidas como emanadas desde un  “Olimpo de objetividad”. Tal hecho para nosotros constituye un “imposible teórico” en virtud de que, en cierto sentido, todos los seres humanos de alguna forma somos  “prisioneros de nuestra propia subjetividad”. Mientras mi propia subjetividad está en juego al dirigirme a ustedes, intentaré que la honestidad se constituya en norte de mis reflexiones y mis afirmaciones.
          
Como he sostenido en alguna oportunidad, la modalidad del pensar a la que adherimos nos enseña, entre otras tantas cuestiones, que “los pueblos que han sido sujetos a total o parcialmente a improntas coloniales, suelen generar en forma natural sus propios modos o mecanismos de resistencia entre los cuales podemos encontrar:

I)       La cultura popular.

II)      La puesta en práctica de modalidades epistemológicas alternativas como el caso propio del “Pensamiento Nacional”.

III)  Las causas con un nítido sentido unitivo o causas unitivas o  nacionales, las que por su contenido identitario,  por su poder convocante o, por su significación histórica, contribuyen a la autoafirmación con respecto a un otro.

En este último tópico incluimos la causa Malvinas que hoy nos convoca.
        
En orden a lo expresado precedentemente, las conclusiones, que expondré a continuación reflejan el producto de arduas jornadas de labor reflexiva, y constituyen una de las tantas miradas que recaen sobre el conflicto acontecido en 1982. No pretendo entonces presentar aquí “verdades absolutas” sino dar cuenta de algunos aspectos que componen una particular visión sobre la guerra y la post guerra y sus consecuencias. Quedará para cada uno de ustedes, de acuerdo a su sano criterio, el desafío de procesar lo que aquí se relate, y en su caso, extraer alguna conclusión al respecto. 
       
Como me han señalado los responsables académicos del Instituto, en el marco de este seminario se han tratado aspectos históricos, jurídicos y diplomáticos vinculados a la cuestión Malvinas. Por tal motivo me limitaré a referenciar aquellos hitos de las relaciones argentino-británicas que para nosotros acreditan fehacientemente que el Reino Unido de la Gran Bretaña, por diferentes razones históricas políticas, económicas y geopolíticas, ha demostrado poseer “intereses permanentes en la región”, y que tales intereses, se han ido  exteriorizado durante un considerable lapso de tiempo a través acciones de índole militar unas veces, y otras, mediante sutiles acciones diplomáticas y operaciones de índole económico y financiero. Legendarios textos de Raúl Scalabrini Ortiz, Julio y Rodolfo Irazusta, José Luis Muñoz Azpiri y José Luis Torres, se instituyen en referencias bibliográficas necesarias, y los de Enrique Oliva, José Luis Muñoz Azpiri (h) entre otros tantos, nos entregan visiones actuales para reforzar tal hipótesis.

Constituyen para nosotros datos históricos plenamente acreditados que cuanto menos a partir del año 1765, los británicos comenzaron a incursionar en la región sur continental, y que en el marco de tales irrupciones, se incluyeron estudios geológicos, cartográficos, biológicos, antropológicos, etc., es decir una verdadera labor de “inteligencia”.

Es otro dato indubitable que en 1833 ocuparon por la fuerza el archipiélago y que además, las acciones militares de los ingleses no se circunscribieron a aquel episodio ni a esa particular región del país, sino que tal ocupación estuvo precedida –en lo que constituye nuestra actual geografía- por dos intervenciones militares (invasiones) en 1806 y 1807, y posteriormente, entre 1845 y 1850, junto a los franceses en un bloqueo que intentó violentar nuestra soberanía a través de una ilegítima incursión nuestros ríos interiores.

Entre otros hitos para comprender integralmente la magnitud de tales relaciones, podemos enunciar el pacto suscripto con la Baring Brothers en 1824, la consolidación a partir de 1860 del Reino Unido como principal comparador de materias primas argentinas (estableciéndose así un sistema semicolonial), circunstancia ratificada en medio de la crisis de 1930 a partir de la suscripción 1833 del ignominioso pacto Roca Runciman. Presupongo que ustedes, todos profesionales, conocen estas circunstancias con precisión por cuanto me limito aquí sólo a lo mencionarlas.  

Tomando en consideración lo expuesto nos inclinamos a sostener que toda la historia de las relaciones bilaterales entre ambas naciones se operó en un marco de alternancia entre operaciones de inteligencia, conflictos militares y acuerdos diplomáticos y económico-financieros, dejando especialmente la incógnita para futuros historiadores y por qué no para futuros diplomáticos, el abordaje de las circunstancias que fundamentaron la suscripción de los tratados de Madrid y Londres de 1989 y 1990 y sus efectivas consecuencias en el posterior devenir del país. El estudio de tales acuerdos, es probable, pueda despejarles algunas  dudas respecto a las circunstancias por las que atravesó el país durante la década 1999-2001. Eso sí, les anticipo que deberán sortear bastantes escollos, algunos vinculados al secreto de Estado.
         
Mediante esta apretadísima síntesis, he intentado dar cuenta de que, para a nuestro modo de observar los acontecimientos históricos, las relaciones bilaterales entre ambos estados se extienden hacia el pasado como un proceso que merece abordarse en su integridad, y que, tales relaciones, pueden perfectamente caracterizarse como “desiguales” en razón de haberse instituido entre una potencia que  otrora constituyó un poderoso imperio y un país considerado “periférico”. A esta altura sólo la necedad puede negar el hecho concreto y específico de la existencia de un orden internacional caracterizado por relaciones desiguales del poder, circunstancia perfectamente aplicable a nuestra relación con los británicos.
        
          A partir de las consideraciones precedentes e involucrándonos específicamente en la cuestión que atañe a estos encuentros, sostenemos como primera conclusión que bajo ningún concepto  el acontecimiento bélico operado a mediados de 1982  puede ser abordado y analizado por fuera de la historia de las relaciones desiguales de poder existentes entre Gran Bretaña y la Argentina. El conflicto armado constituye un episodio más en la historia de las relaciones entre ambos estados. Les aclaro que recurro al concepto de desigualdad para dar cuenta de que las mismas nunca fueron encuadradas en un marco de reciprocidad mutua, y menos aún de igualdad.

Para el Pensamiento Nacional la cuestión Malvinas constituye un aspecto central y en ese orden de ideas, bien vale recordar aquella advertencia formulada por José Hernández en un artículo publicado en El Río de la Plata en el mes de noviembre de 1869. Pertinente resulta enunciar que, si bien Hernández es conocido popularmente como el “poeta” autor del “Martín Fierro”, nos encontramos ciertamente ante un “hombre político” que dedicó parte sustancial de su existencia a la lucha,  participando activamente en acciones que abarcan desde su integración a las huestes del caudillo entrerriano Ricardo López Jordán, hasta su desempeño como Ministro de Hacienda en la Provincia de Corrientes y como legislador en la Provincia de Buenos Aires.
     
A tal fin, voy a tomarme la licencia de leer textualmente un fragmento de ese artículo, rogándoles presten especial atención a los dos últimos párrafos del mismo.
     
Opinaba en aquel tiempo Hernández:

“… Se concibe y se explica fácilmente ese sentimiento profundo y celoso de los pueblos por la integridad de su territorio, y que la usurpación de un solo palmo de tierra inquiete su existencia futura, como si se nos arrebatara un pedazo de nuestra carne. La usurpación no sólo es el quebrantamiento de un derecho civil y político; es también la conculcación de una ley natural.

Los  pueblos necesitan del territorio con que han nacido a la vida política, como se necesita del aire para libre expansión de nuestros pulmones. Absorberle un pedazo de su territorio, es arrebatarle un derecho, y esa injusticia envuelve un doble atentado, porque no sólo es el despojo de una propiedad, sino que es también la amenaza de una nueva usurpación. El precedente de injusticia es siempre el temor de la injusticia, pues si la conformidad o la indiferencia del pueblo agraviado consolida la conquista de la fuerza, ¿quién le defenderá mañana contra una nueva tentativa de despojo, o de usurpación?
            El pueblo comprende o siente esas verdades, y su inquietud es la intranquilidad de todos los pueblos que la historia señala como víctimas de iguales atentados. Allí donde ha habido un desconocimiento de la integridad territorial, hemos presenciado siempre los esfuerzos del pueblo damnificado por llegar a la reconquista del territorio usurpado…”
     
Si bien los párrafos que acabo de leer en su versión original aparecen incluso en un artículo periodístico, el texto constituye una de las primeras reclamaciones de carácter político vinculadas a la usurpación británica de nuestras Islas, y digo político, ya que emana de la pluma de un hombre que, como ya indicamos, consagró su vida a ese quehacer. 

Habiéndoles advertido que la cuestión Malvinas ya en tiempos de Hernández era objeto del pensar de uno de nuestros autores más distinguidos, analizaré, desde esta particular perspectiva, alguna de las circunstancias más atrayentes de la posguerra de 1982.
     
Especial interés revista para el Pensamiento Nacional la aparición, a partir del cese de hostilidades operado el 14 de junio de 1982, de un componente que parte de la literatura política ha denominado “desmalvinización”. Cuando nos referimos a la desmalvinización, hacemos alusión  a un dispositivo que, como enseña Gustavo Cangiano,  estuvo orientado a deshistorizar la guerra “…hasta degradarla al nivel de un capricho de un puñado de oficiales, a quienes se presentó movidos por una enfermiza sed de poder y de gloria”. Para este autor, deliberadamente “se desligó el conflicto de una reivindicación nacional histórica de 150 años contra una de las potencias coloniales más crueles y agresivas de los últimos 3 siglos”.

Algunos autores atribuyen al intelectual francés Alain Rouquié la conceptualización de tal dispositivo a partir de opiniones y recomendaciones vertidas por este autor en una entrevista efectuada por Osvaldo Soriano para la revista Humor, creo, en su edición número 101 de marzo de 1983. Allí el entrevistado sostuvo:
“Quienes no quieren que las Fuerzas Armadas vuelvan al poder, tienen que dedicarse a ‘desmalvinizar’ la vida argentina. Eso es muy importante: desmalvinizar. Porque para los militares las Malvinas serán siempre la oportunidad de recordar su existencia, su función y, un día, de rehabilitarse. Intentarán hacer olvidar la ‘guerra sucia’ contra la subversión y harán saber que ellos tuvieron una función evidente y manifiesta que es la defensa de la soberanía nacional [...] Malvinizar la política argentina agregará otra bomba de tiempo en la casa Rosada”.


No obstante lo erróneo del diagnóstico de Rouquie, ya que concentró la cuestión Malvinas en lo castrense, ignorando la causa que persigue el pueblo en su conjunto, es de nuestra opinión que tal dispositivo (el de desmalvinización) fue concebido y puesto en marcha, inclusive días antes del cese de hostilidades, e impulsado ex profeso por la conducción cívico-militar y por las elites comprometidas con el régimen dictatorial de entonces.

Cuando enuncio el término elites, hago referencia aquella superestructura político-cultural, académica y mediática, enquistada en el poder de entonces, que intentó -por diversas razones y desde diferentes perspectivas ideológicas y conceptuales- deshistorizar,  obliterar y descontextualizar  toda referencia o  apelación al conflicto que no fuera funcional a esa estrategia desmalvinizadora. Lo expuesto no implica que en la concepción de este dispositivo haya existido alguna posible “participación” externa, pero nos inclinamos a pensar que el mismo encontró fundamento inicial en una reacción interna inducida por aquellos sectores económico-financieros que aspiraban al restablecimiento de status quo anterior al 2 de abril.  
       
En alguna oportunidad sostuve que la desmalvinización  no comenzó con las ideas de Rouquié. Las condiciones en las que regresaron nuestros soldados al continente dan cuenta de que este dispositivo fue puesto en marcha inmediatamente después del cese de las hostilidades y tal vez concebido e inducido tiempo antes. La idea de "desmalvinizar" giraba ya en las mentes del poder, y la opinión de un "prestigioso" intelectual europeo sólo sirvió para reforzar cierta argumental.
       
Si bien la desmalvinización constituyó un dispositivo emanado  desde la superestructura, su éxito relativo contó ciertamente con la apoyatura de algunos factores de índole sociológicos que nos comprenden e identifican como sociedad. Es evidente que nuestra comunidad no posee un “ethos” guerrero, y que la guerra en los términos en los que se produjo la de 1982, guardaba cierta relación de ajenidad con nosotros constituyendo, tanto sus circunstancias como sus consecuencias, hechos altamente traumáticos. Además la inédita ferocidad de la dictadura y necesidad de eyectarla del poder pusieron en segundo plano la cuestión reivindicativa y en primer plano la lucha por la recuperación institucional.   

Se coincida o no con aquellas postras que emplean  categorías de la psicología individual proyectándolas a las entidades sociales, es cierto que el sentido común nos indica que el dispositivo desmalvinizador en vez de contribuir con un adecuado procesamiento de la convulsión traumática generada por la guerra, ha dejado huellas profundamente negativas, ya que a través de una contradictoria apelación al olvido ha tendido un manto de opacidad sobre procesos y acontecimientos sociales altamente significativos para nuestro país, obstaculizando así un adecuado tránsito reconstructivo. En virtud del poco tiempo que resta, si a alguno de ustedes les interesa profundizar sobre este aspecto,  pueden fácilmente buscar en internet un texto que publiqué hace unos años bajo el titulo ¿Otra mirada sobre Malvinas?
       
La  desmalvinización constituyó, entonces, un dispositivo ejercido desde el poder con el objetivo de deshistorizar la guerra por las Malvinas eliminando del relato y del análisis todo vestigio del acontecimiento bélico que pudiera contribuir a fortalecer la causa histórica que representa nuestra reivindicación por las Islas.
      
Cabe ahora interrogarse respecto a ¿cuáles podrían constituir las razones para que este dispositivo fuera considerado y luego puesto en marcha?
       
I.- En primer lugar la derrota en el campo militar, a mi criterio, representó una razón de fundamento para ocultar lo acontecido en las Islas. La herida producida por el fracaso, sumada a la decadencia manifiesta por la que transitaba el régimen tirano de entonces, constituyeron per se las razones de peso para desmalvinizar. En cierto sentido la derrota militar fue una gran derrota política. 
       
II.- La necesidad de impulsar lenta y sistemáticamente el restablecimiento de las relaciones bilaterales entre ambos estados para luego sentar las bases para determinar las condiciones reales y efectivas del cese de hostilidades.
       
III.- La necesidad de restablecer el sistema de intereses económicos y financieros de los británicos en la región.
       
IV.- La necesidad de neutralizar un espíritu y la  conciencia nacional que había podido expresarse a partir del 2 de abril.

V.- La necesidad de impedir la rehabilitación de las fuerzas armadas tal lo recomendado por Rouquié.

Estas, entre otras, pueden haber sido las razones que impulsaron este dispositivo, que en términos generales constituyó lo que podríamos definir como un discurso hegemónico.

       




-Los discursos sobre Malvinas-
          



El dispositivo  desmalvinizador  presupuso, obviamente  la construcción de un  discurso que, con el tiempo y reconozco, con matices, fue instituyéndose como hegemónico. Un discurso que, al deshistorizar, obliteró y descontextualizó acontecimientos y componentes altamente significativos  para nuestra historia, para nuestro presente y para nuestro futuro.

A través del discurso desmalvinizador se denostó desde la oportunidad hasta el método utilizado para intentar recuperar lo que por derecho nos pertenece, negando todo intersticio para intentar recuperar siquiera aquellos aspectos significativos y prominentes del conflicto entre los que se encuentran valerosas intervenciones de nuestros soldados y episodios de una épica notoria. El discurso desmalvinizador en cierto sentido pretendía y aún pretende una clausura sobre el tema.
        
La construcción de un discurso hegemónico desmalvinizador estuvo sustentado en una dicotomía muy presente en la historia argentina “civilización y barbarie”, donde la inversión “los bárbaros somos nosotros y los civilizados los otros” implicó un menoscabo integral a lo propio. En el caso particular de la guerra de Malvinas se llegó a extremos en donde desde algunos medios y sectores intelectuales locales se festejó la derrota como una contribución de la “civilización” para con la “barbarie”.
    
El discurso desmalvinizador se asentó entre otros aspectos en:  

I) La deshistorización del conflicto por Malvinas y el ocultamiento de la existencia de relaciones bilaterales desiguales entre ambos estados.

II) El desconocimiento del protagonismo de nuestros soldados a partir de su victimización.

III) La negación de acontecimientos épicos protagonizados por nuestras tropas, la negación de la condición de héroes de nuestros caídos, y de aquellos combatientes que en el conflicto adoptaron conductas extraordinarias.
 
IV) El desconocimiento a pertinaz reclamación y labor de los familiares y la falta de apoyo para sus actividades, entre las que se encuentran la realización de más de 20 viajes, la inauguración del monumento ahora erigido en Darwin y cientos de actividades y conferencias negadas por la gran prensa.

V)   La asimilación de la “causa Malvinas” a la Dictadura.

Podría continuar con la enumeración pero el breve tiempo que me resta me impide enunciar otros componentes del discurso desmalvinizador, y además, profundizar sobre cada uno de ellos. En tal sentido aclaro que la enumeración realizada no es taxativa, y que cada uno de los puntos merece un tratamiento y atención especial.

El Pensamiento Nacional al hacer especial hincapié en el rol que desempeña la cultura en la configuración de estrategias de resistencia que los pueblos periféricos motorizan para trazar su propio itinerario, pone especial énfasis en la respuesta popular. Si bien, como señalamos anteriormente a partir del cese de las hostilidades y desde “arriba hacia abajo”, fue impulsándose un dispositivo desmalvinizador que en uno de sus aspectos se configuró como discurso hegemónico, desde “abajo hacia arriba” a la vez fue germinando un discurso contra-hegemónico malvinizador, que hoy comienza a impulsar un cambio de paradigma en la reflexión sobre la cuestión Malvinas, y que además se ve reflejado en acciones políticas y diplomáticas concretas. 

El acompañamiento de la Presidenta de la Nación a los Familiares con motivo de la inauguración del Monumento de Darwin, las pertinentes y persistentes reclamaciones argentinas, la inclusión del reclamo en la agenda regional, la referencia en los discursos a la palabra héroe, dan cuenta de una transformación que viene operándose. No de arriba hacia abajo, sino de abajo hacia arriba.
             
            Lo realmente significativo, mis estimados y estimadas, es que este contra-discurso, provino del propio pueblo, quien a través del tiempo fue homenajeando a sus héroes mediante la construcción de monumentos, imposición de sus nombres a las calles, plazas, escuelas, adoratorios. Como enseña Rodolfo Kusch; “cuando un pueblo crea sus adoratorios, traza en cierto modo en el ídolo, en la piedra, en el llano o en el cerro su itinerario interior”. Uno podría agregar que cuando el pueblo crea sus adoratorios, también va trazando su futuro.

Nuestros estudios y observaciones advierten que la causa Malvinas y sus protagonistas constituyen tal vez el mayor objeto de recuerdo y homenaje en el país. Desde el poblado más pequeño, hasta la ciudad más numerosa encontramos cada vez más  homenajes no solamente a los caídos, sino a la causa en sí misma y es a partir de este fenómeno que un cambio está operándose en la superestructura.
        
En el marco de ese reconocimiento debemos mencionar especialmente la persistente actitud de: 

-     Las diferentes agrupaciones de veteranos de guerra y su lucha permanente por la dignidad moral material y por el reconocimiento histórico.

-     La actividad desarrollada por los Familiares de Caídos en Malvinas.
          
Las primeras, es decir, las agrupaciones, orientaron su lucha inicial hacia la conquista de la dignidad material y humana del veterano. Concluida esa etapa comenzó un segundo proceso tendiente hacia la recuperación del sentido histórico por el que fueron a la guerra, y van por su reconocimiento histórico protagonizando una verdadera batalla cultural.
  
      Los segundos, es decir los familiares, encararon su batallar a fin de obtener el reconocimiento histórico de sus hijos y a través del sentido de su sacrificio.
           
Si bien ese discurso contra-hegemónico comenzó en el campo de la acción concreta a partir de las reclamaciones, nos encontramos en una etapa donde su construcción (del discurso) se está materializando a partir de la elaboración de documentales, muestras, libros, conferencias, obras de teatro como la que proyectaremos en este marco y que revela este cambio en las estrategias

Para dar cuenta de esta evolución en las estrategias y para profundizar algunos aspectos de lo aquí tratado, en el próximo encuentro proyectaremos “Malvinas, Viajes del Bicentenario”, un claro ejemplo de construcción de un discurso contra–hegemónico vinculado a la causa Malvinas. En ese marco les pido una relectura de los dos últimos párrafos del artículo de Hernández que ya advertía en esa época el rol de lo popular en la reclamación por Malinas.




* Conferencia pronunciada en el Instituto del Servicio Exterior de la Nación el 19 de Setiembre de 2011.
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