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sábado, 27 de febrero de 2016

UNIÓN CÍVICA RADICAL-MANIFIESTO DEL COMITÉ DE LA PROVINCIA DE BUENOS AIRES (1897)

Hipólito Yrigoyen en su juventud.




Buenos Aires, setiembre 29 de 1897.


Al señor Presidente del Comité Nacional de la Unión Cívica Radical, doctor Bernardo de Irigoyen.

El Comité de la Provincia ha tomado en consideración la nota del señor Presidente, adjuntando copia de las resoluciones de la Convención Nacional y de ese Comité, referentes a la política sancionada de coalición de nuestros Partidos con otras agrupaciones, y pasa a exponer los fundamentos en cuya virtud no le es dable adherirse a esa política.
Sin duda alguna, es éste uno de los momentos más solemnes y más graves de la vida de nuestro partido, puesto que se ha resuelto modificar la ley fundamental de su existencia.
[…] El poder, a pesar de ser uno de los medios más eficaces para hacer práctico un programa, no es el fin a que pueda aspirar un partido de principios, ni el único resorte que pueda manejar para influir directamente en los destinos del país. El Partido Radical es prueba elocuente de esta afirmación, el despertamiento del espíritu público y los procedimientos democráticos aplicados en su seno, no sólo seguir imperturbable el camino que recorriera con honor, en horas más difíciles y a costa de mayores sacrificios.
Encarrilar dos partidos que han revelado distintas tendencias y que manifiestan tener propósitos distintos, es no sólo una transgresión a su fe política, sino también neutralizar dos fuerzas que rechazan, acercar elementos para producir entre ellos la anarquía, inutilizar la capacidad política de cada uno y esterilizar sus iniciativas extraviando el criterio público.
La transformación social y política de la República debe comenzar por efectuarse en los partidos, aumentando sus fuerzas con el ejemplo constante de la firmeza indeclinable de su conducta y de su patriotismo abnegado.
Los servicios que no son prestados al país entero no pueden ser ambicionados por colectividades que aspiran a perpetuarse en la gratitud nacional. Sólo los partidos que no tienen más objetivo que el éxito aplauden a benefactores que los acercan al poder a costa de sus propios ideales.
Cuando se abriga fe en la causa por la que se ha combatido se salva, ante todo, la pureza del principio, en la convicción de que horas propicias le darán la victoria; porque
los pueblos que llevan en su seno un porvenir grandioso avanzan siempre en las conquistas de sus verdaderos anhelos.
Y es en nombre de estos anhelos institucionales que en una buena hora suprema nuestro Ejército y nuestra Armada, solidarizados en la causa y en el sentimiento nacional, acudieron a una de las protestas más gloriosas que registra la historia cívica de nuestra Patria. Y es también en nombre de esos principios democráticos, que han llegado a constituir en la educación de nuestro país una verdadera aspiración nacional, que surgió y se agigantó el Partido Radical a medida que su acción inspiraba confianza pública en la rectitud de sus procederes, y cuya inspiración salvó en un momento supremo el decoro argentino comprometido, resistiendo el acuerdo que esterilizó aquel gran sacrificio.
¿Y bien? ¿Podemos nosotros tronchar esa obra nacional que pertenece a la Historia, a la memoria de los que han caído y a las generaciones presentes y del porvenir? ¡Jamás!, porque ello importaría un atentado a tan sagradas tradiciones y porque estamos plenamente convencidos de que la anormalidad e inestabilidad política de la República son debidas a la falta de partidos orgánicos con creencias fundamentales y propósitos definidos, y por lo tanto creemos que no puede esperarse ningún bien público, si para ello ha de requerirse la destrucción del Partido Radical, que es el único que tiene impreso ese carácter.
[…] Saludan al señor presidente con toda consideración.

H. Yrigoyen, Marcelo T. de Alvear, José de Apellániz, Tomás A. Le Breton,
Ángel Gallardo, Eufemio Uballes, Ángel T. de Alvear, Leonardo Pereyra,
Eduardo Bullrich, Julio Moreno, Francisco Ayerza, José León Ocampo,
José Gregorio Berdier, Juan Martín de la Serna, Manuel A. Ocampo,
Manuel Durañona, Cornelio Baca, Emiliano Reynoso, Norberto J. Casco,
Mariano H. Alfonso, Felipe G. Senillosa, Manuel de la Fuente y otros.


Fuente:

Botana, Natalio y Gallo, Ezequiel, De la República posible a la República verdadera (1880-1910), Buenos Aires, Emecé, 2007.

domingo, 31 de mayo de 2015

GABRIEL DEL MAZO (1898-1969)

Gabriel del Mazo.






“Para alcanzar claramente la verdad se requiere centrar el problema de la historia de la Nación argentina en la historia del pueblo argentino. Se requiere examinar la contienda del pueblo por defender la integridad de su cuerpo y la armonía de su alma, contra todas las fuerzas de opresión o contrarias a su índole: épica pelea de ascensos y descensos, subterránea o aflorante, de lo histórico y lo anti-histórico” (Gabriel del Mazo).

                                                                                                 Por Sandro Olaza Pallero


El ingeniero Gabriel del Mazo fue un distinguido miembro de la Unión Cívica Radical, nació en Buenos Aires el 4 de noviembre de 1898 y falleció en la misma ciudad el 9 de marzo de 1969.
Atraído desde muy joven por la militancia universitaria, fue conformando el movimiento estudiantil FUA (Federación Universitaria Argentina), siendo su fundador y presidente entre 1919 y 1922. Tuvo dos encuentros con Hipólito Yrigoyen, el primero fue el día de la fundación de la FUA, el 11 de abril de 1918, y el otro poco tiempo después: “[Dijo textualmente] que su gobierno pertenecía al espíritu nuevo; que se identificaba con las justas aspiraciones de los estudiantes, y que la Universidad argentina debía nivelarse con el estado de conciencia alcanzado por la República”.[1]
Había sido uno de los impulsores de la Reforma universitaria de 1918, de singular trascendencia en la educación superior y a la cual se refirió Arturo Andrés Roig: “Es lugar común creer que la Reforma universitaria comenzó en Córdoba con la explosión del 18. Se olvida de este modo un importantísimo movimiento que llevó a la elaboración  y experimentación de nuevos métodos de enseñanza y que tuvo sus inicios en la Universidad Nacional de La Plata, antes de aquel año”.[2]
Sobre la Reforma universitaria y el radicalismo, del Mazo decía: “El acceso del ciudadano a la vida nacional, traído por el radicalismo, como el acceso del estudiante a la vida de las universidades, traído por la Reforma Universitaria, son dos índices de un mismo fenómeno, dos formas de un mismo proceso de alumbramiento civil de la conciencia nacional, de una misma lucha por la integración orgánica de la nacionalidad. El vasallaje social impuesto por las oligarquías políticas dueñas del poder y de la riqueza habían consumido nuestro aliento vital, del mismo modo que en el orden educativo, el régimen de tutela mental que ejercieron sofocaba el porvenir argentino en los retoños del espíritu naciente”.[3]
Cuatro décadas después de la Reforma, los estudiantes de la FUA se dirigían a del Mazo en un petitorio reproducido por el diario La Prensa: “La convención nacional de centros adheridos a la Federación Universitaria Argentina enviaron una carta abierta al ingeniero Gabriel del Mazo en su carácter de ex presidente de aquella institución en la que lo exhortan a leer el manifiesto universitario de 1918 que guarda en su poder. Esas páginas amarillas –dice el documento- le dirán qué lejos está de aquellos planteos: allí se hablaba de la unidad de los pueblos, de la lucha antiimperialista y de la creación de una genuina cultura nacional. Cómo conjugar con ello y con tantas declaraciones y con tantas declaraciones y resoluciones de congresos por usted compilados: el caso DINIE, petróleo, CADE, y ahora la enajenación de nuestra cultura nacional. Difícil –se añade- y por qué no decirlo, imposible conjugación: pero el viejo maestro no ha hablado. ¿Qué pasa? ¿Cuarenta años de vida se borran o la juventud debe dar de baja a otro guía? Los reformistas de todo el país reunidos en esta convención nacional de centros esperan su palabra, la retirada nada soluciona porque ella es sinónimo de debilidad, y ésta ha estado ausente siempre de nuestro ideario, pero cuando se llega a una posición de gobierno después de varios años de lucha, hay que dar todos los días la batalla por aquellos postulados que aunque amarillos en el papel, siguen configurando el gran programa de los pueblos de esta América oprimida. Esperamos su palabra; si tenemos que darlo de baja, lo haremos con profundo dolor por ser un trozo humano de la Reforma que queda en el camino, pero si seguidamente contando con un maestro, ocho universidades nacionales lo rodearán con una fuerza juvenil que supera en mucho a la de 1918. Si así no fuese le rogamos que nos devuelva el manifiesto; miles de manos de todo el país tomarán la bandera que usted deja caer. Maestro, cuarenta generaciones lo escuchan”.[4] Del Mazo apoyó a Arturo Frondizi, de quien fue ministro de Defensa en 1958 y embajador en el Uruguay. Cabe destacar que el estudiantado universitario después de apoyar a Frondizi entró en conflicto con su gobierno. Frondizi se consustanciaba con el respeto de autonomía a la reforma universitaria plasmado en su campaña. Además, el presidente había firmado un decreto que le concedía a la Universidad de Buenos Aires los terrenos destinados a construir la futura Ciudad Universitaria. Juan Sebastián Califa menciona el origen del conflicto entre los estudiantes y el gobierno desarrollista: “No obstante, el monopolio de las universidades públicas para la emisión de títulos habilitantes que tal proyecto contemplaba se convertiría en un grave escollo en las relaciones con el gobierno que trocaría el signo positivo que hasta aquí estas ostentaban por otro negativo. Cuando el presidente haga público a fines de agosto de 1958 su deseo de que también las universidades privadas puedan otorgar esos títulos se desatarían las más vivas polémicas”.[5]
Del Mazo hizo sus primeras armas en la docencia universitaria en la Universidad Nacional de La Plata, donde enseñó dibujo, entre otras asignaturas. Entre 1929 y 1930 fue decano de la Facultad de Química Industrial y Agrícola de la Universidad del Litoral. Fue vicepresidente de la Universidad de La Plata de 1943 a 1945.
Publicó entre otros libros: El pensamiento escrito de Yrigoyen (Buenos Aires, edición del autor, 1945); Reforma universitaria y cultura nacional (Buenos Aires, Raigal, 1950); e Historia y doctrina del radicalismo (Buenos Aires, Raigal, 1951).
En su obra El pensamiento escrito de Yrigoyen compiló escritos y discursos de Hipólito Yrigoyen, dividido en cuatro partes. La primera parte tiene cuatro capítulos: I (El Régimen); II (La Unión Cívica Radical); III (La reparación y sus fuerzas morales); y IV (La demanda fundamental y previa). Mientras que la segunda parte incluye tres capítulos: I (Principios políticos generales); II (Reivindicaciones sociales de orden social: A) Tierra, B) Petróleo, C) Dominio Ferroviario, D) Cosechas, E) Alimentos, F) Legislación Social); y III (Síntesis nacional). La tercera parte titulada “La Unión Cívica Radical y la función argentina en el mundo, comprende” dos capítulos: I (Escenario general); y II (América). La cuarta parte tiene tres capítulos: I (Página inmortal); II (Último memorial a la Corte Suprema de la Nación); y III (En la hora suprema).
Del Mazo en su prólogo “Significación argentina de Yrigoyen”, aludía a la importancia del rol del caudillo radical en la vida política de Argentina: “El drama del surgir de nuestro Pueblo, está en la lucha entre emancipación y vasallaje, entre americanidad y coloniaje, entre lo nacional y lo antinacional, entre autonomía y oligarquía, entre la Nación y la encomienda”. Por esa causa el pueblo argentino hizo suyo a Yrigoyen, protagonista culminante en la formación de la nacionalidad: “Sin la comprensión de Yrigoyen no se entiende el último medio siglo de la vida nacional, ni es posible tampoco alcanzar inteligencia de nuestra historia toda”.[6]
Luego analizó el proceso emancipador desde 1810, criticando al centralismo porteño y elogiando la obra de los caudillos y gauchos federales: “Correlativamente a la descomposición del orden virreinal, herido de muerte por la fecunda embestida del año XX, crepita en sangrienta hornalla la guerra civil, de donde se sacan candentes formas crudas y primeras del verdadero orden constituyente del nuevo Estado. Sus jefes se federan: una Patria sin Europa: Igualdad. Cada jefe lo es por voluntad de los suyos. ¡Qué se le va a hacer!: una lanza, un voto. Y éste es así montaraz, el comenzar del genuino elegir y legislar, causa de las causas nacionales. Mientras los gobiernos no hacen partícipe de la revolución al pueblo que pelea para sostenerlos en los campos de batalla, la guerra gaucha si vincula al hombre con el destino de la Nación”.[7]
Respecto a la lucha del radicalismo contra el orden conservador, decía del Mazo: “En oposición al régimen, se iba levantando sillar por sillar y sobre todos los contrastes la Unión Cívica Radical, la Nación misma en su unidad de Pueblo. Por eso su nombre de radical. Su programa es tan amplio como el gran pensamiento que cien años atrás congregó a los argentinos para su independencia. Pedir otros programas, sería lo mismo que pretender el ejercicio de instituciones que no se han fundado o la aplicación de una constitución que no se ha hecho. La Unión Cívica no es una composición de lugar para tomar asiento en los gobiernos, ya que el gobierno es sólo una realidad tangible”. Es en cambio, la religión cívica de la Nación, comprendida por el sentimiento argentino, como el mandato de su nativa solidaridad nacional. Es, a la vez, una solemne convocatoria y una meditación superior”.[8]
Sobre el origen del radicalismo y su enlace con el federalismo, del Mazo hacía esta interesante reflexión: “La Unión Cívica Radical nacida en 1891, se enlaza históricamente con la tradición del federalismo popular vencido por la oligarquía; y surge del movimiento que definieron Alem, del Valle y el joven Hipólito Yrigoyen en 1877 contra la conciliación y después de la revolución del 90 contra los que entraron en acuerdo con el oficialismo prefiriendo el gobierno al Pueblo. El radicalismo que no pacta, consensa las fuerzas de la reivindicación nacional representativa. Desde entonces lo histórico está en la historia de esta corriente radical, que es la del pueblo en la instauración de su personalidad. No ha de buscarse el proceso histórico de la Nación en las figuraciones y desfiguraciones de los gobernantes o tendencias personeras del régimen, variantes de una misma ignominia, ni en el mecánico automatismo de las simulaciones públicas que les fue característico, sino en las vicisitudes de la Unión Cívica Radical, en sus sacrificio, en su lucha”.[9]
Amplia documentación de Yrigoyen reunió del Mazo en esta obra, recopilando también el famoso Memorial a la Corte Suprema que envió el caudillo a sus juzgadores desde su injusta prisión en la Isla Martín García, el 24 de agosto de 1931: “La suposición de tener que volver a las tragedias del pasado, significaría el retroceso más triste, desconsolador y menguando de las idealidades tan justas y sublimemente sentidas y experimentadas. De modo que no hay otra solución reparadora que la que surge del mandato de las leyes supremas que rigen la Nación”.[10]
Cabe agregar que del Mazo fue también miembro fundador de FORJA (Fuerza Orientadora Radical de la Joven Argentina) en junio de 1935, donde desempeñó una gran actividad junto a otros jóvenes líderes e intelectuales: Luis Dellepiane, Atilio García Mellid, Arturo Jauretche, Homero Manzi y otros. En la declaración fundacional decían sus miembros: “Somos una Argentina colonial, queremos ser una Argentina libre. La Asamblea Constituyente de la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina, considerando: 1. Que el proceso histórico argentino en particular y el sudamericano en general revelan la existencia de una lucha permanente del pueblo en procura de la soberanía popular, para la realización de los fines emancipadores de la Revolución Americana, contra las oligarquías como agentes de los imperialismos políticos, económicos y culturales, que se oponen al total cumplimiento de los destinos de América. 2. Que la Unión Cívica Radical ha sido, desde su origen, el instrumento continuador de esa lucha por el imperio de la soberanía popular y la realización de sus fines emancipadores. 3. Que el actual recrudecimiento de los obstáculos puestos al ejercicio de la voluntad popular corresponde a una mayor agravación de la realidad colonial, económica y cultural del país: Declara: Que la tarea de la nueva emancipación sólo puede realizarse por la acción de los pueblos; Que corresponde a la Unión Cívica Radical ser el instrumento de esa tarea, consumando hasta su totalidad la obra truncada por la desaparición de Hipólito Yrigoyen”.[11]






[1] Gabriel del Mazo, La primera presidencia de Yrigoyen, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1983, cit. en Germán López, El pensamiento del radicalismo, Buenos Aires, El Ateneo, 2009, p. 83.
[2] Arturo Andrés Roig, La Universidad hacia la Democracia. Bases doctrinarias e históricas para la constitución de una pedagogía participativa, Mendoza, Universidad Nacional de Cuyo, 1998, p. 20.
[3] Gabriel del Mazo, Reforma universitaria y cultura nacional, Buenos Aires, Raigal, 1951, cit. en López, El pensamiento…, pp. 83-84.
[4] La Prensa, Buenos Aires, 11 de septiembre de 1958.
[5] Juan Sebastián Califa, Reforma y revolución. La radicalización política del movimiento estudiantil de la UBA 1943-1966, Buenos Aires, EUDEBA, 2014, p. 148.
[6] Gabriel del Mazo, El pensamiento escrito de Yrigoyen, Buenos Aires, edición del autor, 1945, p. 8.
[7] Ídem, pp. 9-10.
[8] Ídem, pp. 20-21.
[9] Ídem, pp. 18-19.
[10] Ídem, pp. 172-173.
[11] López, El pensamiento…, pp. 123-124.

viernes, 22 de noviembre de 2013

HIPÓLITO YRIGOYEN (1852-1933) PROTECTOR DE LOS BIENES DE LA PATRIA


Hipólito Yrigoyen.




                                                                                                     Por Hebe Clementi


Cualquier biografía lleva la impronta insalvable de depender de su biógrafo, tanto o casi, como la autobiografía. Y carga también con el peso de la historia circundante, tanto más en el caso de personajes que han accedido a una figuración social. En el caso de la propuesta de una sumaria biografía de Yrigoyen, estas cuestiones prevalecen desde el vamos y se insertan en una suerte de inseguridad que quizá sea la causa de que las biografías de Hipólito Yrigoyen resulten tan escasas. Por lo mismo se pondera tanto la primera biografía sustancial y abarcativa que aparece sobre Yrigoyen en 1938 de la pluma de Manuel Gálvez, quien aporta un verdadero documento de época, emprendimiento que no ha vuelto a repetirse en esa magnitud. La razón sigue siendo la misma: subsiste la escoria del enfrentamiento con la fuerza omnímoda de los poderosos que fueron sus antecesores y enemigos que, hasta la llegada de Yrigoyen al gobierno, habían configurado los destinos y rumbos del país. Llegado el caso de intentar esta biografía lo cierto es que la multitud de factores adversos conspiran todavía hoy con el diseño inicial. Basta recordar para el caso que la noticia de su muerte en el diario La Prensa está dada en estas líneas: “Ha fallecido el ex comisario de la ciudad de Buenos Aires, que fue dos veces presidente”. Conste que no lo incluimos para culpa de nadie sino para insertar mojones que ayuden a la reflexión de que es casi imposible biografiar a Hipólito Yrigoyen dadas su modalidad reservadísima y su críptica expresión oral, aunque se reconoce la cordialidad de su trato con los más cercanos, sin por ello cancelar la reserva. Sobre su vida privada se sabe bien poco, salvo su adhesión a lecturas filosóficas que fundamentaban su accionar republicano. En nuestra documentación sobre su trayectoria como gobernante está presente la compulsa de los debates parlamentarios y las definiciones que llevan su marca, verdadera escuela de decisiones de buen gobierno. Un fiel radical, el profesor Sobral, un auténtico apóstol del yrigoyenismo de la transcripción fidelísima, ha incluido estos escritos en una cuidadosa serie documental, donde queda a la luz la integridad de Yrigoyen a lo largo de los años de gobierno, cuando un solo periódico, La Epoca, es el vocero del accionar presidencial, mientras los opositores de diverso signo tienen enorme difusión mediática. Ese material parlamentario, explicativo y decisorio a la par, configura un verdadero tránsito a través de la gestión oficial de Yrigoyen. El capítulo final de esta indagación es el famoso quinto memorial a la Corte, último texto que escribe Yrigoyen preso en la isla Martín García, donde es deportado luego de la Revolución de 1930, en el cual recapitula los cargos que se le imputan y defiende su inocencia con tensión dramática y expresiva. Un verdadero colofón de su accionar de vida. De origen modesto, nace en Balvanera en 1852, sobrino de un notorio adalid de la primera oposición política al núcleo bien calificado como Régimen. Estudia abogacía, enseña Filosofía en escuelas secundarias y milita desde muy temprano en una construcción política distinta al cabo de hechos decisivos que alteran el paisaje político del país, como fueron el mitin del Frontón y los sucesos del 90. Alcanza así una nutrida cohorte de adherentes con los que inicia su trayectoria proselitista, que conducirá a la creación del partido radical, consagrado institucionalmente en 1892, cuatro años antes que el preexistente socialismo, constituido en 1896. El crecimiento de esta parcela política se verá concertado por la adhesión de algunas figuras relevantes del pensamiento de entonces, con inclusión de personalidades provinciales. En esta gestión preliminar va sobresaliendo el perfil y la personalidad de Yrigoyen a través de alternativas relacionadas con diferencias de sentidos que él se encarga de propiciar con elocuencia y sistema, que todos le reconocerán en poco tiempo más. Así se lo verá en las contiendas electorales, en la resolución de diferentes políticas en provincias, en el acuerdo con problemas sindicales, y luego del triunfo electoral que lo lleva a la presidencia de la Nación vendrán las decisiones parlamentarias más complejas, en relación con la Primera Guerra Mundial y la no inclusión del país como beligerante, opción resistida por la presión de los dueños del poder y del dinero, exponentes de sectores que aunque han perdido la cúpula del poder siguen representando fuertes intereses estrechamente vinculados con el comercio ultramarino y a la gran producción cerealera y de carnes, imperiosamente necesitada por Gran Bretaña a raíz de la guerra. Esa misma situación crítica lo llevará a decisiones de envergadura frente a los grandes Estados participantes en la Sociedad de las Naciones y a las respectivas tratativas de paz. Al conocer la decisión de que serían los cuatro países más importante los responsables de las medidas cruciales, Yrigoyen ordenará a su predilecto Marcelo T. de Alvear –representante nuestro ante dicho organismo– el retiro inmediato, ante la consternación de todos. Su punto de vista, defendiendo la igualdad, era sin embargo el más justo y más correspondiente a la creación misma de ese concierto-cúpula de naciones. Hubo otros temas también vinculados con la guerra, que fueron objeto de discusiones y comentarios sin fin. Como la decisión de no entrar en guerra como nación beligerante y conciliar con Alemania los costos de algunas pérdidas de naves argentinas mediante importantes resarcimientos, lo cual probaba la inteligencia de no acceder a presiones y por otra parte beneficiar nuestra flota. Explicar la serenidad en la ruta educativa y social trazada desde el gobierno lleva a la doctrina generada en el krausismo y asumida por el yrigoyenismo, tal como la enseñara Yrigoyen en sus clases de filosofía o la impartiera a sus seguidores en las prácticas políticas. El bien común, la espiritualidad, el raciocinio y una creencia férrea en la libertad individual aplicada al accionar humano son constantes que iluminan la actividad política y garantizan las ventajas de la educación para todos, sin excluir a la mujer. Al parecer, Yrigoyen llevaba consigo como libro de cabecera una síntesis de las premisas krausistas, que impregnaron al radicalismo doctrinario, como primer acceso a la democracia totalizadora y legítima. Era la hora de la espiritualidad, que contrasta con la hora que anuncia el poeta Leopoldo Lugones hacia 1924 en Lima, con motivo del centenario de la batalla de Ayacucho: La hora de la espada ha llegado, que se traduce en la denostación de la democracia política y la elección de la fuerza militar, el orden y la sumisión a una idea patriótica: “…pacifismo, colectivismo, democracia, son sinónimos de la misma vacante que el destino ofrece al jefe predestinado. Considero mejor a los militares que a los políticos y deseo con imparcialidad el gobierno de los mejores”. Eran las mismas bases seguidas por la Logia San Martín, organización secreta y paralela a la jerarquía del ejército, que comenzó su actividad tomando el control de la Comisión Directiva del Círculo Militar y desde allí presionó sobre el Ministerio de Guerra del gobierno de Yrigoyen, procurando desplazar a los oficiales que tuvieran actividad política en el gobierno. Hipólito Yrigoyen no se deja influenciar por manifestaciones revisionistas de un pasado real o ficticio, pero pasado. Lo inspira la construcción de una sociedad republicana, sin excluidos y con libertades, que pueda mantener los frutos y principios de una trayectoria liberadora y atenta a la justicia. Yrigoyen está alerta y en su mensaje-discurso del 7 de diciembre de 1929, al Senado de la Nación, señala su vigilia en la protección de los bienes de la Patria: “El país ha acumulado más experiencia sobre el manejo desordenado e imprevisor de las riquezas naturales que forman parte del patrimonio del Estado. Baste recordar lo acontecido con la tierra pública, cuya historia desastrosa mantiene una acusación ilevantable sobre los gobiernos del pasado y que fuera enajenada a precios viles, sin plan ni concierto, sustrayéndola a sus convenientes destinos económicos para hacerla servir de base a los extraordinarios enriquecimientos privados que se obtuvieron a expensas de la fortuna nacional, para sentir la aspiración fervorosa y el propósito inquebrantable de que no sea igualmente malograda la segunda gran riqueza con que los mandatos de la Divina Providencia han querido favorecer a nuestra tierra privilegiada”. Palabras cuya actualidad no necesitamos recalcar. La reclamación es específica, se trata de que el Senado sancione proyectos ya aceptados por la Cámara de Diputados respecto “al dominio y explotación exclusiva por el Estado de los yacimientos de petróleo e hidrocarburos fluidos, existentes en el territorio de la Nación”. Fue Yrigoyen quien encomendó al general Mosconi la tarea de organizar la explotación del petróleo en Comodoro Rivadavia...y de paso, recordemos que se dijo y se probó en fuentes documentales, que el golpe que derrocó a Yrigoyen en 1930 tuvo olor a petróleo... La multitud que acompañó los restos a su muerte fue testimonio inusitado de la buena memoria de un pueblo ante un líder querido, y la historia serena y bien documentada ratifica su mesura y su estro político en el camino de la reparación de errores y la provisión de medidas adecuadas. El respeto al otro y la mesura fueron también atributos sin mengua. La reivindicación integral todavía sigue siendo cuestión de limpieza de intenciones y desbrozamiento de acusaciones ilegítimas. La estatua tardía que mira sobre la Av. Córdoba de espaldas a Tribunales, está lejos de ser la estatua y el lugar que le corresponde.
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