viernes, 9 de noviembre de 2018

ACTUACIÓN MILITAR DEL BRIGADIER GENERAL TOMÁS DE IRIARTE




Por Roberto Azaretto*

Son muchas los aspectos para referirse a la vida del Brigadier Tomás de Iriarte, pues, como muchos de los hombres que consideramos los padres fundadores de nuestra nación, fue una personalidad polifacética. Hay un Iriarte militar, un historiador, un escritor, un político, un diplomático.
En esta sesión académica nos referiremos a parte de su actuación militar, desde su formación como oficial de artillería.

El Brigadier General Tomás de Iriarte nació en Buenos Aires, en una familia de militares. Lo eran su padre, sus abuelos paterno y materno y sus tíos. En marzo de 1794 y teniendo un año, conoció la vida del cuartel, pues su padre, fue designado jefe de la Fortaleza de Santa Teresa, cercana a la frontera con el virreinato del Brasil, pues se había declarado una nueva guerra entre España y Portugal.

Finalizado el conflicto, el nuevo destino del coronel Iriarte, fue Montevideo, base de la flota española en el Atlántico sur.
A los 10 años  fue enviado a España para educarse y seguir la carrera militar, dos años antes, había partido hacia la península su hermano mayor, con igual propósito. Tomás de Iriarte partió en la flota de cuatro fragatas, que transportaba caudales de plata, acuñada en Potosí, con destino a España En ella viajaba don Diego de Alvear y su familia.

El niño Iriarte, confiado a la tutela del capitán de Fragata Don Diego Alesson, comandante de la fragata Clara, tuvo, acercándose a las costas europeas su primera experiencia de combate, cuando fueron atacados por una escuadrilla naval británico. Los pasajeros de los buques de guerra

tenían que colaborar en la defensa de las embarcaciones y  Tomás de Iriarte, con 10 años de edad,  tuvo la tarea de llevar munición de la Santa Bárbara a las piezas de artillería  En esa fragata, viajaba, Don Diego de Alvear y su hijo Carlos, que se había trasladado de la embarcación donde compartía el viaje con su madre y hermanos; esto salvó la vida del futuro jefe del ejército vendedor en Ituzaingó, porque sólo la Clara no fue hundida.  Luego de una feroz resistencia y estando rodeada por los barcos ingleses, que contaban con más velocidad, capacidad de maniobra y superior artillería el capitán Alesson se rindió.

Junto al resto de los oficiales y pasajeros, Tomás de Iriarte fue embarcado para Inglaterra donde permaneció, con el resto de los apresaos varios meses.
En esta exposición nos referiremos a parte de la carrera militar de Iriarte, por eso, dejaremos de lado los hechos ocurridos hasta su ingreso en el Real Colegio de Artillería, sito, en el Alcázar de Segovia. Aprobado el examen de ingreso, pagado los aranceles correspondientes a los 12 años ingresa un 17 de marzo de1806, el adolescente Iriarte al Colegio fundado el 17 de mayo de 1764 por Carlos III a instancias de Gazzala, que fue su primer  Director.

Cuenta Iriarte que el Colegio estaba muy bien servido y que imperaba un orden que participaba por  la clausura y repartimiento de horas del establecido en un Monasterio de una orden rígida, y del sistema militar,, como que en estas dos profesiones, tan opuestas en su medios y objetos, prosigue Iriarte,  hay sin embargo algunos puntos de contacto, la disciplina, la ciega obediencia.
Los cadetes de primer año debían soportar las bromas pesadas y ritos de iniciación que le infligían los mayores, la presencia de su hermano mayor, le facilitó esos  primeros pasos en la vida militar.
La compañía de cadetes estaba a cargo del Mariscal de Campo don Cevallos y el segundo era el Coronel  Don Ignacio Vázquez y Somosa.

Los tres tenientes eran los capitanes Don Pedro Ferrau, Don Mariano Osorio y Fernando Saravia. También había dos subtenientes y brigadieres y subrigadieres, que eran cadetes del último año. En total los cadetes eran cien y compartían dormitorios a razón de quince cadetes por habitación. El Colegio contaba con un personal de servicio para atender las necesidades de alimentación, limpieza, vestuario, etc.
Además había un cuerpo de profesores que eran también oficiales del ejército. Dos cirujanos, dos capellanes, un maestro de equitación, otro de esgrima y otro de baile.

El plan de estudios se desarrollaba en cuatro años y se egresaba como subteniente de artillería. En el primer año se enseñaba aritmética y álgebra, en el segundo geometría, rectilínea, superficial, sólida y práctica con operaciones sobre el terreno, secciones cónicas, trigonometría plana y aplicación del álgebra a la geometría; en el tercera año cálculo diferencial e integral, física experimental, estática,  hidrostática, dinámica, hidrodinámica, fortificación y  dibujo militar y en el cuarto año artillería con el tratado de Marlo, fortificación y dibujo militar. Los exámenes se celebraban en junio y diciembre.
Las clases accesorias eran en primer año de religión y baile; en segundo de historia, geografía, baile y francés, En tercero esgrima y Francés. En cuarto esgrima y equitación.

Los exámenes finales eran presenciados por miembros de la Corte, incluso por el príncipe de la Paz. Afirma Iriarte “la vida en el colegio era dura, exigente, pero sin duda apta para formar hombres para la guerra”.  A las pocas semanas de ingresar recibió, con su hermano la noticia de la muerte, en Montevideo de su padre. Su madre de 42 años quedaba viuda a cargo de ocho hijos.
Un par de años después, en 1808 la vida de Iriarte como militar se acelera, se produce la invasión francesa y Segovia es ocupada. Los oficiales abandonan el Colegio y, algunos cadetes, huyen, para sumarse a la


resistencia. El joven porteño con algunos compañeros, lo intentan pero no tienen éxito y afrontando algunos incidentes, regresan al Colegio.  El Director resuelve quedarse con los cadetes, por eso, cuando estalla la sublevación popular lo toman como traidor y lo mandan detenido a Valladolid junto con los oficiales. Son tiempos tormentosos, y las turbas confunden a las personas más notorias con los afrancesados. Así fue como algunos de los altos oficiales de la Escuela de Artillería, soportaron situaciones enojosas; recordemos que experiencias similares, sufrió de las turbas el entonces teniente coronel José de San Martín. 

Iriarte con 14 años está sólo, su familia vive en Montevideo,  un tío está en  Génova, su hermano se ha incorporado al ejército de Castilla.
Luego de Bailén los franceses dejan Segovia, pero la llegada de Napoleón da un vuelco a la guerra y lleva al coronel Francisco Datoli, que permaneció en el Colegio,  a iniciar  una sacrificada marcha con los cadetes para sumarse al ejército que creía, estaría defendiendo Madrid.
La marcha fue a pie, sin armas ni animales, por caminos intransitables por las lluvias y las nevadas, sin comida ni descanso, soportando nevadas y teniendo por cama el suelo. Llegaron a la unidad del general San Juan y por fin comieron el rancho que le sirvieron. Así conocieron la vida en campaña, de una unidad que está en guerra.

Enterados que los franceses se aproximaban a Madrid, desviaron el camino y se internaron en Portugal, para, por fin llegar a Andalucía
Iriarte como los otros cadetes a los estudios teóricos, que se siguen cursando, unen, con estos acontecimientos imprevistos, la experiencia de participar en las operaciones militares. Ya no se trata de entrenamientos ni simulacros de combate, ahora participan de una guerra. En Sevilla en 1809 recibirá los despachos de subteniente de artillería, luego de obtener notas sobresalientes.
Escribirá Iriarte, que en Sevilla estudia la artillería con mayor ventaja que en Segovia porque tuvo lecciones prácticas como las visitas a las

fundiciones de cañones y la maestranza, a la fábrica de salitre o a prácticas de construcción de baterías. Como Director General del cuerpo estaba el Mariscal de Campo  Don José María Maturana que había creado en Buenos Aires, la artillería  a caballo para contener los ataques de los indios Pampa, innovación que, también, hizo la fama de Federico II de Prusia, pues con esa novedad, derrotó a los austríacos en la batalla de Rostock Como subteniente, Iriarte se incorpora al regimiento 3 de artillería, acuartelado en Sevilla y inicia una carrera que lo llevará al grado de teniente coronel a los 22 años por su desempeño en numerosas batallas en la guerra contra Napoleón. Será en el sitio de Sevilla donde al mando de catorce baterías con 100 piezas tiene su bautismo de fuego.
Ituzaingó.

Hay dos batallas en las guerras exteriores de nuestro país en  que la artillería tuvo un rol decisivo, una fue en la guerra de la independencia, Maipú, la  otra Ituzaingó en la guerra con el Brasil.
Iriarte no tenía en gran estima las condiciones de Alvear, para comandar el ejército en la guerra con el Imperio del Brasil. Su actuación en España no había sido significativa y la toma de Montevideo era el resultado del bloqueo de Brown de esa ciudad. Pero también, sostiene, que no había otro disponible y le reconoció que convocó a jefes aptos para mandar los regimientos. En el caso de su ascenso a coronel y la oferta de formar y comandar el regimiento de artillería ligera le sorprendió, porque la relación con el general Alvear, se había deteriorado cuando actuó como secretario de la misión a Londres y Washington que encabezara aquél.

“ Usted es el mejor oficial de artillería, por eso le hago este ofrecimiento” le dijo Alvear a Iriarte.
El ejército estaba bien abastecido, de eso se había ocupado Alvear  como ministro de guerra de Rivadavia , presumiendo que comandaría esa fuerza. Según cuenta Iriarte en sus memorias,  tanto su designación como ministro, como luego, como jefe del, llamado, ejército republicano,  fueron resistidos, por varios allegados al presidente. Rivadavia, también dudaba,  porque sospechaba de las relaciones que había establecido con Bolívar en su misión en el Alto Perú y su plan de establecer presidencias vitalicias. Muchos, sospechaban, que Alvear buscaba  el comando, como, una manera de alcanzar el poder, si salía triunfante, en la guerra.

Una parte de las fuerzas estaba en Entre Ríos,  habían pertenecido al llamado ejército de observación. En la Banda Oriental unos dos mil seiscientos hombres formaban la fuerza de caballería de Lavalleja con sus dos jefes de regimiento, Manuel e Ignacio Oribe. Habían vencido en Sarandí a milicias brasileñas, eran efectivos valientes pero sin la disciplina y eficacia de un ejército.
El fue llamado ejército republicano alcanzó los 5.150 hombres, de ellos  3.116 eran de caballería, los infantes alcanzaban a 1500 efectivos y la artillería del regimiento comandado por Iriarte a 500 plazas y contaba con 16 piezas.
Iriarte tuvo que formar su regimiento casi desde cero con reclutas a los que había que disciplinar y evitar el mal de los ejércitos de ese tiempo que era la deserción. Sus segundos eran el comandante de escuadrón Luis Argerich y el Sargento mayor Don Arturo Vázquez.  Para cuidar el parque, contó, con el Teniente Coronel Luis Beltrán, el fraile que estuvo a cargo del arsenal del ejército de los Andes.

Iriarte entrenó primero a sus hombres en maniobras de caballería, había resuelto destinar una parte de sus efectivos a servir las piezas y la otra a proteger a sus artilleros.
Numerosos oficiales que represaban de la campaña por la independencia se incorporaron al ejército. Los jefes de la caballería fueron el Coronel
Federico Brandsen, el coronel José María Paz,, el teniente Coronel Angel Pacheco, el teniente coronel Juan Zufriategui,  el coronel Juan Lavalle, el coronel José Olavarría, el Coronel Nicolás Videla y el comandante Anacleto Medina. Los zapadores  tenían de jefe a al teniente coronel Eduardo Frolé.

En cuanto a la infantería sus jefes eran el comandante Manuel Correa, el coronel Alegre, el coronel Eugenio Garzón y el coronel  Félix Olazábal.
Relata Iriarte que sin la colaboración del teniente Coronel Luis Beltrán, sus problemas hubieran sido muy graves;  ya que el mando e instrucción del regimiento le llevaba todo el tiempo. El tren venido de Buenos Aires era viejo y en el viaje a La Calera, primer asiento del regimiento en el Uruguay, lo había deteriorado casi hasta la destrucción. Beltrán lo refaccionó sólidamente y lo puso en muy buen estado de servicio. Afirma Iriarte “su actividad en el servicio del parque y maestranza nada me dejaba que desear: en muy pocos días, los talleres que estableció, atendían ampliamente a todas las necesidades del ejército”.

En sus memorias  cuenta la relación entre los jefes, la antipatía de Alvear hacia los veteranos del ejército de Los Andes. Asunto del que San Martín tuvo noticias y que lo llevó a escribir, en carta al general Guido, que la antipatía la provocaba  que los oficiales del ejército de los Andes, percibían,  la escasa formación de su comandante. Opinión compartida por Iriarte que estaba en el terreno.
El ejército penetró en territorio  de Río Grande y avanzó en el mismo. Hubo combates con las milicias  de Bentos Manuel.  Al tomarse  conocimiento de la cercanía del ejército del marqués de Barbacena y que este, buscaba, juntarse con el cuerpo del general Brown se buscó evitar ese encuentro. Alvear decidió un repliegue hasta que los jefes de los regimientos reclamaron librar la batalla, además el río Santa María estaba crecido y cruzarlo podía facilitar un ataque de Barbacena.

El Marqués de Barbacena contaba con más efectivos; había equilibrio en caballería y artillería pero su infantería tenía mucho entrenamiento y era superior en números, unos cuatro mil soldados de esa arma frente a los mil quinientos de Alvear.
Escribe Iriarte:”Recibí órdenes de Alvear, trasmitidas por su jefe de estado mayor, el general Soler, de poner a pie la artillería y que evitara avances. Me di cuenta que Alvear no conocía nada de artillería ligera o volante.

Soler quedó a cargo de la infantería; el coronel Deheza era como segundo jefe de estado mayor, quien trasmitía las ordenes de Alvear. Nuestro jefe había leído y admiraba mucho a Napoleón, por eso ordenaba cargas de caballería contra los cuadros de la infantería brasileña. La caballería nuestra dispersó rápidamente a la caballería brasileña, pero tuvieron pérdidas considerables contra la infantería”. En Waterloo se había demostrado que una infantería bien entrenada, combinada, con la artillería, era difícil de derrotar por las cargas de caballería. El que más sufrió esta orden de Alvear fue el regimiento del coronel Paz, su segundo jefe, Besares fue muerto junto a numeroso oficiales y soldados”.
“La infantería brasileña avanzó contra nuestra línea y tuve que repeler con el fuego de mis cañones. Uno de los inconvenientes afrontados fue que un grupo de soldados de Lavalleja que huían luego de una carga fracasada se interpusieron entre mis piezas y las líneas brasileñas. Me vi obligado a un disparo para que se dispersaran y facilitar mis fuegos”. “El fuego de mi regimiento contuvo el avance brasileño, era el momento de adelantar mis piezas y solicité el acompañamiento de nuestra infantería para proteger nuestra operación, pero Soler no se movió y Alvear que estaba cerca tampoco dio orden para que los  infantes avanzaran”.
“Después de muchas horas de combate el ejército brasileño cedió el campo, los jefes de regimiento queríamos perseguirlos pero la orden de Alvear fue ocupar el campo de batalla, esto posibilitó que el enemigo perdiera solo una pieza de artillería en el campo”.

Las Guerras Civiles

Iriarte  estará vinculado a los federales constitucionalistas. Fue jefe de la artillería del gobernador Dorrego y tuvo que exiliarse cuando este gobernador fue derrocado.

Al estallar las hostilidades entre las provincias signatarias del Pacto Federal, con la Liga Unitaria del general Paz, el jefe del ejército de Buenos Aires el general Juan Ramón Balcarce, lo designó jefe de su artillería.
Luego del derrocamiento de Balcarce, del cargo de gobernador de Buenos Aires, volvió a emigrar y participó de los planes para derrocar al gobierno de Juan Manuel de Rosas. Es así como se incorpora a las fuerzas que manda Lavalle. No tiene una posición determinada en ese ejército. Prepara un plan de operaciones que no es tenido en cuenta por Lavalle. Iriarte consideraba que había que atacar por el sur, apoyando la revolución de los libres del sur y otra columna debía operar por el norte de la provincia. Se demoró una decisión y cuando fue autorizado a desembarcar en el Tuyú, ya era tarde, la rebelión de los Hacendados había sido derrotada y sólo, pudo, limitarse a evacuar a los fugitivos.

Reincorporado al ejército de Lavalle participa de la batalla de Sauce Grande, contra el general Pascual Echague y del cruce a Buenos Aires.
Lavalle, formado como oficial de ejército de línea por San Martín, había sido granadero a caballo, y se destacó en las campañas de Chile, Perú y Ecuador.  Luego de su derrota por Estanislao López, se había convencido, que tenía que adoptar modos similares a los caudillos de provincia,  esto se vio tanto en su vestimenta como en la poca disciplina imperante, algo insoportable para un oficial como Iriarte con su formación en una academia militar prestigiosa y amplia experiencia de combate en la guerra contra Napoleón. Por el contrario, Rosas enviará, para combatir a Lavalle y a la Coalición del Norte  del general Aráoz de Lamadrid ejércitos disciplinados.
Una de las principales discrepancias con Lavalle, fue, su retirada de Buenos Aires y sobre todo, la falta de un plan operacional.  Iriarte creía que había que librar batalla y si eso se evitaba, o se producía un contraste, había que replegarse al sur, pero permanecer en la provincia y después sitiar a Rosas en la ciudad, como se había hecho contra el propio Lavalle, una década antes.
No estuvo de acuerdo con el repliegue a Santa Fe, creía que era preferible internarse en Córdoba. En Santa Fe le fue encomendada la toma de la ciudad, operación en la que derrota a Eugenio Garzón, camarada en Ituzaingó y al que le respeta la vida.

Acompaña a Lavalle en Quebracho Herrada y a su retirada por Catamarca y la Rioja.  En esta provincia decide retirarse de los restos del ejército de Lavalle, ya que ve la inutilidad de seguir esa lucha. Cruza a Chile para intentar volver a Montevideo, lo que superando muchas dificultades concreta.
Llega, a la capital uruguaya, cuando se acercan las fuerzas de Oribe a iniciar  el sitio que durará hasta 1851 y colabora con el general Paz, en la fortificación de la ciudad. Paz le confía la artillería y meses después, ante un ataque al perímetro defensivo por parte de Oribe, hace una salida mandando tres mil hombres que a la bayoneta calada, rechazan a los atacantes y los desalojan, incluso, de sus propias avanzadas.

Su último combate será junto a otro camarada de Ituzaingó, el general Ángel Pacheco, también será la última batalla de este oficial de San Martín. Es la batalla de San José de Flores, en la que derrotan, al coronel Hilario Lagos que está sitiando a Buenos Aires. Iriarte seguirá prestando servicios al ejército argentino, en distintos asuntos, de la organización que se requería, para convertirlo, en una fuerza actualizada y propia de un estado que se estaba construyendo.

Iriarte y el Ejército de la Segunda Mitad del Siglo XIX

El brigadier General Iriarte había traducido del francés, para formar a los oficiales del regimiento que comandará, unas “Maniobras de las Baterías de Campaña”,  sus oficiales ya habían sido artilleros pero no tenían instrucción académica. En 1832 propone al brigadier general Enrique Martínez, Inspector general de armas su trabajo ”Instrucción  para el manejo y servicio de la Artillería Ligera”.

En 1852 escribe una Memoria sobre la Línea de Fronteras, sobre los problemas con los indios y el Proyecto de reglamento provisorio para el Campo de Inválidos  de la Confederación Argentina, para cuidar de los heridos y desamparados que han servido a la patria en el ejército.
En 1863 redacta el Reglamento de la Sociedad de Socorros Mutuos y entre 1856 y 1859 junto a Bartolomé Mitre, otro artillero, el Código de Justicia Militar y en 1860  concluye su proyecto de Reglamento para la organización de una Academia Militar.

Su última actuación es como presidente del Consejo de Guerra que juzga a los sublevados en 1874 contra el gobierno constitucional. Uno de ellos es el general Mitre, que ha colaborado con Iriarte en la redacción del Código de Justicia Militar. Iriarte se lo recuerda y le dice “usted sabe bien general la pena que le corresponde”, “la de muerte” le contesta Mitre y el tribunal,  presidido, por Iriarte  lo condena a muerte, pero, el presidente Avellaneda, lo indulta. En 1876 el viejo guerrero fallece en la ciudad en la que naciera, 82 años antes. Así culminó una vida consagrada a su patria, en la que sobraron los sacrificios, la pobreza, el pan del exilio, la soledad, el alejamiento de la familia.
El ejército nacional que se organiza con la unificación del país, el de la segunda mitad del siglo XIX,  es el resultado del trabajo de Iriarte y Mitre ambos artilleros, así como otro artillero, el general Richieri, el ministro de guerra en la segunda presidencia del general Roca, será el artífice del ejército del siglo XX. A ellos se suma Sarmiento con la creación del Colegio Militar en 1869 y que toma en su reglamento muchas de las propuestas de Iriarte y Roca en 1881 cuando termina con las milicias provinciales.

Sabemos que las operaciones militares de estos días no son comparables con las guerras actuales, y para la preparación de los oficiales de esta época poco aportan en lo técnico. Pero el conocimiento de la actuación de estos jefes y oficiales de los tiempos fundadores de la patria dejan lecciones, porque hay valores permanentes que son inherentes a un ejército, como la disciplina, el coraje, el sacrificio, la austeridad, el amor y compromiso por el suelo patrio.
Un ejército es el instrumento armado del estado para su defensa y de ser necesario para el ataque, y lo que lo distingue de una banda armada, de un conjunto de condotieris, son las tradiciones, el respeto a las leyes, la disciplina, la historia de la hazañas del pasado y el culto de sus héroes. Esa es su riqueza y su espíritu y esos ejemplos deben a su vez ser trasmitidos a los que vendrán porque esos valores y tradiciones es lo que vincula al ejército con la sociedad a la que está comprometido a defender.

* Disertación pronunciada en la sesión académica del Instituto Brigadier General Tomás de Iriarte.

jueves, 27 de septiembre de 2018

NUEVO NÚMERO DE UNA PUBLICACIÓN ESPECIALIZADA: REVISTA DE HISTORIA MILITAR





La «Revista de Historia Militar», que dirige el Dr. Isidoro J. Ruiz Moreno, desde su número inicial aparecido en octubre de 2013 ha publicado más de 2.000 páginas, en su formato de revista-libro, en las cuales se han dado a conocer valiosos trabajos y comentarios.
En las 180 páginas de su reciente N° 11 (Buenos Aires 2018) editado por Ediciones Argentinidad (Galería del Sol, Florida 860, local 101, Buenos Aires, teléfono (5411) 4894-0169; mail: ediciones@argentinidad.com), ofrece un importante material de consulta en sus cuatro secciones: Investigaciones, Notas, Documentos y Comentarios Bibliográficos.
La sección Investigaciones incluye tres trabajos:
Guillermo Palombo, en «Apogeo y ocaso de la lanza en la caballería argentina», (páginas 5 a 72) ofrece un panorama completo de la evolución de esta arma en el Río de la Plata, desde principios del siglo XVII  hasta 1930. Con gran acopio de datos, en muchos casos inéditos y provenientes de diversos archivos, brinda precisiones (que incluyen abundantes y específicas referencias al material empleado en sus astas) sobre la lanza usada por los primeros Blandengues, la que San Martín impuso en la caballería, la utilizada en la guerra del Brasil, en la época de Rosas y período siguiente, las empleadas por los aborígenes del norte y del sur argentino,  la metálica de modelo alemán que se impuso al finalizar el siglo XIX, y finalmente la introducción reglamentaria de la de caña colihue en el siglo siguiente.
José Luis Alonso y Juan Manuel Peña, en  «El asedio y ataque a Talcahuano», (páginas 73-101), evidencian cómo después de la batalla de Chacabuco, el puerto y ciudad amurallada de Talcahuano se convirtió en el foco de la resistencia realista en Chile, y como el ejército combinado argentino chileno intentó forzar sus defensas en un ataque frustrado realizado el 6 de diciembre de 1817. La llegada de un fuerte contingente de Lima al mando del general Osorio motivó el levantamiento del sitio, y el repliegue patriota, que sufrió un descalabro  en Cancha Rayada, pero casi enseguida se alzó con el triunfo en Maipú. En septiembre de 1818 los realistas abandonaron Talcahuano dirigiéndose a Lima.
Isidoro J. Ruiz Moreno, en «La campaña fluvial unitaria de 1829» (páginas 103 a 131), valido de  la documentación inédita existente en un legajo del Archivo General de la Nación y  de papeles del Archivo Ruiz Moreno que conserva en su poder, analiza una campaña fluvial realizada en 1829 y no considerada en detalle por los historiadores navales tradicionales, como Ángel J. Carranza y Teodoro Caillet-Bois, y confundida con otra anterior por Héctor R. Ratto,  que contribuyó, por sus consecuencias, a entronizar a Juan Manuel de Rosas en la provincia de Buenos Aires. Se trataba de aliviar el asedio a la Buenos Aires gobernada por Juan Lavalle, por las fuerzas federales de Estanislao López que habían invadido el norte de la provincia. Con elementos de la escuadra  al mando de Brown se intentó llevar la guerra a la provincia de Santa Fe mediante una expedición fluvial para que su caudillo se replegara. Se destaca, en esos sucesos, el combate de San Pedro, a fines de junio de 1829: las fuerzas unitarias de desembarco, 200 hombres al mando del teniente coronel Isaac Thompson, con el objeto de reprimir un grupo de fuerzas formadas por ingleses sublevados que asolaban dicho pueblo bonaerense, enfrentaron la resistencia federal local encabezada por el Comandante del punto, teniente coronel José Ramón Ruiz Moreno. Pero dificultades logísticas motivaron el reembarco y retiro de Thompson. El autor pone de relieve que si bien se logró el objetivo inmediato de que las fuerzas santafesinas se retiraran de la provincia,  quedó Rosas al frente  de las fuerzas federales locales, y como después de las convenciones de Cañuelas y Barracas, Lavalle licenció su ejército y se retiró, dejó vencedor al enemigo, en el caso Rosas, que tuvo campo libre para el acceso al poder.
En la sección Notas, Jorge G. Olarte y Luis A. Raffo, en su contribución «El depósito de prisioneros Las Bruscas» (páginas 135-150), ofrecen noticias del campamento destinado a la concentración de prisioneros realistas, situado al este de la ciudad de Dolores, en paraje denominado Sol de Mayo, a la vera de la ruta 63, propiedad de la familia Rubianes.
La sección Documentos, contiene «Testimonios de Mitre sobre la guerra de la Triple Alianza» (páginas 153-159) por Isidoro Ruiz Moreno. De los manuscritos del Museo de Luján sobre la guerra del Paraguay, no incorporados en recopilaciones recientes, el autor rescata del material reunido por Zeballos para un libro que preparaba y no concluyó, una carta suya y la respuesta de Mitre del 6 de abril de 1896, el borrador de  otra  nota de Zeballos a Mitre,  del 17 de marzo de 1898, y un memorándum o relación que Zeballos redactó el 5 de febrero de 1898 de  lo conversado en una comida realizada el 5 de septiembre de 1891 en casa de Mauricio Peirano, en la que participaron Zeballos, Roca, Mitre, el Dr. Ramón B. Muñiz y el cónsul italiano cav.  Quicco, con interesantísimas revelaciones de Mitre sobre la entrevista de Yataity-Corá, y sobre el ingreso del ejército aliado al territorio paraguayo; manifestaciones que Mitre reconoció como ciertas el 28 de marzo de 1898.
En la sección Comentarios Bibliográficos, se reseñan los libros «Vida de Urquiza», de Isidoro Ruiz Moreno, por Pedro León Cornet (páginas 163-165), valiosa, novedosa y reciente contribución documentada en la cual se resaltan los esfuerzos de Urquiza por la concordia  y la unidad nacional. José Luis Alonso, en páginas 166-168  da noticia de la reedición de las memorias del marino inglés Robert W. Eastwick («A master mariner. Being the life and adventures of captain»), en que dicho capitán mercante llegado a Montevideo con un grupo de comerciantes después de la primera invasión británica de 1806, que fue testigo de la preparación de la expedición a Buenos Aires por el general Whitelocke, y evidencia el desconcierto final de los comerciantes y su retirada y regreso a las Islas Británicas. Cierra el volumen, la cumplida reseña que el Director de la Revista realiza (páginas 169-170) de la tesis doctoral de Ezequiel Abásolo sobre  «El Derecho Penal Militar en la Historia Argentina», obra de singular valía.

lunes, 2 de abril de 2018

PRESENTACIÓN DEL LIBRO "MAIPÚ, UN ABRAZO PARA LA HISTORIA"












El pasado 27 de marzo fue presentado en el Regimiento de Granaderos a Caballo General San Martín el libro "Maipú, un abrazo para la historia". Así, en el marco de las conmemoraciones por el bicentenario de la Batalla de Maipú, el acto fue presidido por el jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas, teniente general (VGM) Bari del Valle Sosa, y el jefe del Ejército, general de brigada Claudio Ernesto Pasqualini. El libro consta de cuatro capítulos con mapas e ilustraciones y presenta los hechos desde el nacimiento del Ejército de los Andes hasta la Batalla de Cancha Rayada. Asimismo, contiene semblanzas de los comandantes que protagonizaron la guerra, la descripción de la Batalla de Maipú, su desenlace y repercusiones. En la presentación, el general de brigada (R) Rafael Barni -coordinador del libro- mencionó que en sus páginas hay "mucho del comportamiento humano" y remarcó la importancia de la historia "que permite comprender la realidad del presente analizando el pasado" Por su parte, el general de brigada (VGM) Diego Soria -ex presidente del Instituto Nacional Sanmartiniano- dijo que se tendrá en las manos un "testimonio de la integración argentino chilena". Los autores argentinos fueron el doctor Guillermo Palombo, el general Diego Soria y el doctor Julio Luqui Lagleyse. A su vez, los autores chilenos fueron el general de división Roberto Arancibia Clavel y el doctor Valentín Ferrada Walker. En los mapas e ilustraciones colaboraron además del doctor Luqui Lagleyse, el coronel (VGM) Alfredo Stahlschmidt -ingeniero militar geógrafo argentino- y el general chileno Marcos López Ardiles.




miércoles, 18 de octubre de 2017

EL CRUCE POR LA LIBERTAD. EJÉRCITO DE LOS ANDES 200 AÑOS















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       Palabras pronunciadas por el señor Presidente del Instituto Argentino de Historia Militar, Gral. de brigada (Art. 62) Rafael José Barni, en el Regimiento de Granaderos a Caballo en oportunidad de la presentación del libro El cruce por la libertad. Ejército de los Andes 200 años.

       Señor JEMGE
-          Señores Generales en actividad y retiro

Agradezco la gentileza del señor JEMGE de otorgarme el privilegio de presentar este libro, lo que constituye un honor para mí.
Al igual que con otras actividades que se están llevando a cabo en el corriente año, la motivación principal de escribir este libro fue la de rendir un homenaje a los hombres y mujeres que hacen 200 años dieron todo de sí para que hoy disfrutemos de una nación libre e independiente.
La idea de su confección surgió en el mes de agosto del año pasado, cuando en una charla por mail, el Señor General López Ardiles, presidente de la Academia de Historia Militar de Chile, con quien establecimos una estrecha relación en el 2016 durante el Congreso Internacional de Historia Militar que organizamos en Buenos Aires, me propuso hacer un libro conjunto entre su academia y nuestro Instituto y presentarlo en la ceremonia que se llevaría a cabo, como efectivamente sucedió, el 12 de febrero de este año en el monumento a la batalla de Chacabuco en Chile.
Debo decir que además del interés histórico del señor General, por estar presidiendo una institución similar a la nuestra, él es chozno de un López Ardiles que a órdenes de nuestro Gran Capitán, combatió en Chacabuco.
Comprendiendo no sólo la importancia histórica sino institucional y política que este proyecto tenía, acepté de inmediato y luego pensaría quienes colaborarían en la obra y cómo nos repartiríamos los diferentes capítulos.
Consulté luego con dos miembros de número del Instituto de Historia Militar, en quienes me apoyo frecuentemente por su experiencia, el Señor Grl VGM Diego Soria y el Doctor Guillermo Palombo y por supuesto me dieron su total apoyo.
Habrían pasado 10 días cuando el Grl López Ardiles me informa que se había presentado en Chile un libro escrito por un historiador chileno titulado “De Mendoza a Chacabuco”, de excelente calidad historiográfica aunque de modesta presentación formal. Dicho libro habría sido del agrado del Cte J del Ejército chileno y habría resuelto hacer una edición de calidad y sería el libro que Chile presentaría en ocasión de la ceremonia del bicentenario.
Como un caballero que es el señor General, aunque no me expresó más nada, pero me estaba diciendo, lo siento, no fue mi intención, pero el proyecto conjunto se murió.
Le agradecí e inmediatamente le expresé que no nos podía sorprender Maipú en el 2018 ya que tendríamos un año y medio por delante, cuestión que más tarde aprobaron nuestro JEMGE y el Cte J del ejército chileno y el proyecto está en sus inicios.
De allí surgió la idea de hacer este libro, porque la epopeya de los Andes y su epílogo en Chacabuco, es un bicentenario, de los varios que estamos cumpliendo y seguiremos cumpliendo, demasiado importante para que pase desapercibido en nuestro país.
Las ideas pueden ser muy buenas, pero si no hay manera de gestionarlas, allí quedan como buenas intenciones.
Recibí el apoyo irrestricto y muy entusiasta del ex Secretario del Ejército, Grl Noriega y del Grl Suñer para llevar a cabo esta idea, no sólo en algo fundamental como lo es el apoyo financiero, sino que además el Grl Noriega me puso a disposición toda la apoyatura de la Secretaría para confeccionar el libro y quien  alguna vez se dedicó a esto, debe saber el tremendo esfuerzo de corrección, diagramación y compaginación que hay detrás de un libro.
Quienes trabajaron en su confección?. El señor General Br VGM Diego Soria, que todos conocen muy bien, y es a quien molesto frecuentemente por teléfono para requerir su opinión o consejo en los asuntos del Instituto de Historia Militar. Fue Jefe del Regimiento de Infantería 4 en la guerra de Malvinas, Presidente del Instituto Nacional Sanmartiniano durante varios años y Académico de número de la Academia Nacional de la Historia, sólo para nombrar, entre otros, algunos de sus pergaminos.
El Doctor Guillermo Palombo,  quien es integrante del Instituto desde que el Grl Goyret lo recreara en 1994. Historiador de fuste, muy experimentado y sumamente riguroso y detallista en sus trabajos de investigación. Alguna vez le dije “menos mal que no te tuve de superior, profesor o integrante del tribunal de tesis, porque me hubieras destruido”, usando otras palabras…..El Doctor Palombo es miembro de número del Instituto Nacional Sanmartiniano, también entre otros pergaminos.
Colaboraron con las ilustraciones y los mapas, aspecto fundamental en un libro de historia para hacerlo más ameno, el Doctor Julio Luqui Lagleyze y el Coronel VGM  Alfredo Stahlschmidt.
Los cuatro hacedores del libro forman parte del grupo  de historia militar de la Academia Nacional de la Historia, grupo que dirige el Doctor Miguel Ángel De Marco.
Hasta aquí la génesis de este libro y sus protagonistas, hablemos ahora un poco de su contenido.
Un libro es un borrador que su autor se cansó de corregir y quienes participamos de este libro, no escapamos a esta regla de oro y seguramente cuando recorramos sus páginas seguiremos  encontrando defectos y aspectos a corregir y mejorar, pero en algún momento hay que mandarlo a la imprenta.
Con esto quiero decir que por haber sido parte de este libro, seré poco objetivo en su análisis y serán los lectores los que juzgarán su contenido, pero permítanme expresar mi muy modesta visión de este libro.
Dos cuestiones fundamentales le dan al mismo una personalidad particular, una es de forma y la otra de fondo.
En su diagramación fuimos intercalando ilustraciones para que el lector las relacione con el relato y le permita hacer más fácil volar su imaginación. Asimismo intercalamos mapas para entender con un elemento gráfico lo que se está narrando gráfica y temporalmente.
En mi escaso tiempo dedicado a la Historia Militar, he podido comprobar que esto de los mapas es una falencia reiterada de los historiadores. Extensos relatos de ambientes geográficos y campañas, sin el mapa que permita visualizar lo que se está describiendo.
Quizás sea un defecto mío, por esa necesidad que tenemos los soldados de disponer de la carta claramente pintada, de modo que allí encontrarán los mapas que necesitan para seguir sin inconvenientes el relato.
Cada capítulo responde a una temática diferente, pero además los hemos subdividido en partes separados por un número romano, para cambiar de tema y no hacer tan monótona su lectura.
El segundo aspecto, el de fondo, es el que le pone un sello particular al libro. El mismo está confeccionado fundamentalmente sobre la base de documentos y no de la extensa bibliografía que existe al respecto, aunque en algunos casos ambos aspectos, documentos y bibliografía se confrontan.
Existe una gran diferencia entre un libro que se apoya en citas de otros libros y uno como este que se sustenta en documentos, máxime cuando los mismos son la correspondencia del actor principal, el General San Martín.
Constituye un acierto haber expuesto serialmente la correspondencia privada de San Martín con el Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón y también la intercambiada con Tomás Guido, que era su colaborador en el Ministerio de Guerra. Todo esto publicado en un  tomo por el Instituto Nacional Sanmartiniano bajo el título de “Documentos para la historia del Libertador”.
Allí está la médula del pensamiento de San Martín, sus tribulaciones frente a los desafíos que tuvo que enfrentar a diario.
Leer este libro, será como estar escuchando al Gran Capitán hablando en primera persona y esto es lo que lo hace particularmente atractivo, interesante y con un sello historiográfico diferente a los demás libros sobre el tema.
Los autores nos describen el cuadro de la formación del Ejército de los Andes, el cruce de la cordillera y la batalla de Chacabuco, como un observador que acompañando a nuestro Libertador le permite analizar con mejor perspectiva las luces y las sombras de esta epopeya.
Si declarar la independencia no era soplar y hacer botellas, como le manifestara Godoy Cruz en una carta, tampoco lo era formar un ejército. Pocas veces entre nosotros, alguien hizo tanto con tan poco. San Martín formó un ejército, con lo que pudo y con lo que tenía.
Pese a las tentativas de formar un Estado Mayor, no había gente preparada para integrarlo y hacerlo funcionar como tal. No tenían la experiencia adquirida por San Martín en el servicio de estado mayor en España, de un ejército en campaña, donde las decisiones deben ser rápidas, sin vacilación y con el permanente riesgo de desatar tragedias.
A medida que se avanza en la lectura de los capítulos, se advierte que del texto surge una atmósfera impregnada por la personalidad de San Martín. Está presente en cada medida que toma. Se evidencia su pensamiento íntimo expresado a Pueyrredón y Guido, y así uno comprende que estamos ante quien fue más que un Jefe, porque ejercía sobre sus subordinados mando y autoridad. Por su mando le obedecían, por su autoridad era respetado y admirado.
El libro se detiene rápida pero minuciosamente en las características del vestuario y del equipamiento, del armamento y la munición y uno allí advierte a un comandante práctico que conoce el oficio de la guerra.
La investigación histórica, que no se detiene nunca, refleja en este libro de manera particular lo relativo a las circunstancias y características de la creación de la bandera de los andes, tratando de esclarecer nuevas incógnitas.
En la faz estrictamente operacional, describe su plan estratégico, al cual para entenderlo, primero deberíamos tener en claro lo que es la estrategia, aunque esta terminología no era la usada en la época.
La principal característica de la estrategia y su gran diferencia con la táctica,  es que se mueve en un alto grado de incertidumbre, porque siempre habrá una voluntad inteligente que se opone a la propia y difícilmente podremos saberla, porque esa intención estará en la cabeza del comandante enemigo y la única manera de reducir esa incertidumbre es hacerle hacer al enemigo lo que uno necesita que haga y esta  es para mí la más clara  definición de estrategia. Decía Napoleón “creado el acontecimiento la batalla está ganada”.
El General San Martín, que era un verdadero estratega y también un valeroso táctico, como lo demostró en San Lorenzo y en Chacabuco, concibió un plan para que el Mariscal Marcó del Pont hiciera lo que él necesitaba , dividir sus fuerzas ya que enfrentarlas reunidas hubiera sido una derrota casi segura. Al dividir sus fuerzas en un frente de casi 900 Km lo ponía en una situación de debilidad en todas partes y además mantuvo el secreto de su centro de gravedad, es decir el lugar por donde iría su esfuerzo principal, para que no tenga tiempo de reunir sus fuerzas. Esto fue la esencia de la estrategia de San Martín y lo logró con su plan de invasión y la guerra de zapa.

En lo que a táctica se refiere, constituye otro acierto de este libro, el sintético pero muy prolijo estudio sobre la influencia de la táctica francesa para la infantería y la caballería que se introdujo en España, a modo de ensayo en la última década del siglo XVIII y que influenció en el ejército realista que conducía el Mariscal Marcó del Pont.

Lo que diferencia a la Historia general con la Historia Militar, es que ésta debe necesariamente, terminar con conclusiones, experiencias, enseñanzas y críticas, para que el profesional militar y también el político, comprenda analizando el pasado, la realidad
del presente del pensamiento militar y se prepare mejor para el futuro. Este libro no nos dejará enseñanzas de lo tecnológico porque ya no combatimos con sables ni lanzas ni fusiles a chispa, pero si encontrarán mucho del comportamiento humano, del mando, de las crisis en el combate, de las previsiones logísticas. Dejamos al lector que saque entonces esas conclusiones que es lo que le da razón de ser a la Historia Militar y como dijera Liddell Hart “la historia militar es la base de la educación militar para quienes raramente podrán practicar su oficio”.


Me tocó la tarea de coordinar la confección de este libro y lo único que me resta expresar es mi sincero agradecimiento a quienes trabajaron en el mismo y a quienes me apoyaron incondicionalmente para que hoy tengamos este HOMENAJE hecho libro en nuestras manos.

sábado, 26 de noviembre de 2016

LA OTRA VUELTA DE OBLIGADO

Lucio Norberto Mansilla.


Por David Rock*



El prestigioso historiador británico David Rock, profesor de la Universidad de California, quiso intervenir en la polémica que en esta misma página sostuvieron Pacho O'Donnell y Luis Alberto Romero sobre la Vuelta de Obligado y la visión oficial del nacionalismo argentino.

Como inglés nativo, no veo la década que siguió a 1840, al decir de Churchill, como nuestra hora más gloriosa o " finest hour". En el colegio, a esa década la llamábamos "los años cuarenta hambrientos", no sólo por la catastrófica hambruna irlandesa, sino por la prolongada recesión económica que perjudicó seriamente las vidas de los obreros británicos. Las presiones económicas internas provocaron varias aventuras imperialistas en el exterior, entre otras, las guerras infames del opio contra el imperio chino y la intervención de 1845 en el Río de la Plata. Sólo cerca de 25 miembros de las tropas francesas e inglesas murieron en el conflicto de la Vuelta de Obligado, un acontecimiento casi olvidado en Francia y Gran Bretaña. Las pérdidas argentinas fueron mucho mayores: posiblemente hubo hasta mil muertos. La "batalla" recuerda los episodios imperialistas típicos en la India o en África, en los cuales por cada muerto europeo perecieron cincuenta nativos. Pacho O'Donnell define el incidente como "una de las mayores epopeyas militares de nuestra historia". Si eso fuera verdad, la República Argentina habría tenido una existencia casi idílica. Ojalá la historia británica hubiera sido la misma. En Gran Bretaña, el lenguaje de O'Donnell se aplicaría a acontecimientos como el primer día de la Batalla del Somme, el 1° de julio de 1916, cuando sesenta mil soldados ingleses cayeron en los primeros treinta minutos del enfrentamiento, ante las ametralladoras alemanas. A pesar de su lenguaje exagerado, el artículo de O'Donnell tiene un cierto contenido analítico. Enfatiza, correctamente, la importancia de los barcos de vapor en el conflicto de 1845. Lord Palmerston veía al río Paraná como un sitio ideal para probar los barcos de vapor como máquinas bélicas. Los constructores de este tipo de buques en Inglaterra querían aumentar su producción si aparecían los mercados compradores. Algunos comerciantes de Liverpool soñaron con convertir al gran río (que creían conectado directamente al río Amazonas, a través de las junglas brasileñas) en un segundo Mississippi. Como señala O'Donnell, algunos comerciantes británicos concibieron el plan de redefinir el mapa político de la región del Plata, reduciendo el territorio de la Confederación Argentina y aumentando el de la República del Uruguay. La batalla de la Vuelta de Obligado resultó una derrota para Rosas, aunque posteriormente él pudo reclamar una victoria estratégica, cuando los británicos abandonaron su acción bélica y volvieron a la diplomacia. Estos evitaron cualquier medida violenta en la construcción de su imperio de negocios en la Argentina. Aunque no discrepo totalmente con O'Donnell, comparto la crítica de Romero de su versión de romanticismo histórico. Nadie debe olvidarse del papel de la demagogia revisionista en la tragedia argentina de los años 70 del siglo pasado. Romero resume bien las opiniones de muchos historiadores distinguidos y confiables. Sin embargo, tanto él como O'Donnell no mencionan varios aspectos de la intervención de 1845 que son cruciales para su mejor comprensión. Bien conocido, por ejemplo, es el largo esfuerzo de Rosas por controlar la Banda Oriental; estos conflictos marcaron la continuación de la competencia entre Buenos Aires y Montevideo para dominar el comercio del Río de la Plata, que había empezado en el período colonial. El conflicto tipificó esta época de la historia latinoamericana después de la independencia. Los caudillos y los Estados-ciudades luchaban por la hegemonía de una manera más parecida a las guerras de la Grecia Antigua o la Italia del Renacimiento que a las luchas nacionales-populares europeas durante las revoluciones de 1848. Ni O'Donnell ni Romero enfrentan los antecedentes de la participación de Francia y Gran Bretaña en el conflicto de 1845. Los franceses estaban concentrados en Montevideo; se opusieron a Rosas porque él les aplicó políticas discriminatorias; pasaron todo el período de Luis Felipe (1830-1848) tratando de derrocarlo. Bien distinto de la invasión de México durante el régimen siguiente de Napoleón III, los orleanistas trabajaron contra Rosas a través de bloqueos y socios locales como el general Juan Galo Lavalle. Los franceses nunca quisieron lanzar una invasión en tierra con tropas europeas, pues temieron que esto resultara un desastre costoso. A diferencia de los franceses, los británicos habían establecido una presencia en ambas bandas del Río de la Plata. Buenos Aires atrajo a los británicos porque ofrecía acceso a mayores mercados y a productos vacunos de exportación. Por su parte, Montevideo tenía un puerto más caudaloso que Buenos Aires, y más cerca del Atlántico; además, sus autoridades solían demostrar más voluntad de cooperar con los comerciantes británicos. En 1845, los comerciantes británicos de Montevideo convencieron a sus socios en Liverpool de montar una campaña bélica contra Rosas. Argumentaron que Montevideo pronto podría convertirse en la base de un nuevo comercio muy apreciable hacia el interior sudamericano, a través del Paraná. Para cumplir este plan, era necesario eliminar la oposición de Rosas. Los propagandistas siempre escondieron su verdadera razón: una acción contra Rosas por un bloqueo a Buenos Aires les daría el monopolio sobre el comercio existente en el Río de la Plata. El conflicto de 1845 significó una lucha entre grupos de políticos y comerciantes en competencia por la hegemonía comercial. Marcó una nueva etapa en la larga pelea entre Buenos Aires y Montevideo por la supremacía en el Río de la Plata. Samuel Lafone merece una mención destacada en los anales del imperialismo victoriano. El lanzó la visión del comercio a vapor entre Montevideo y el alto Paraná; concibió el plan de redefinir las fronteras entre la Argentina y Uruguay a beneficio del segundo; en los años 50, gestó el desarrollo de las islas Malvinas, desde Montevideo. En 1845, Lafone convenció a William Ouseley, el enviado diplomático de Aberdeen, de enviar la expedición naval, junto con los franceses, por el Paraná y emprender el ataque a las tropas rosistas en la Vuelta de Obligado. A pesar de su triunfo militar, los británicos sacaron escaso provecho de su agresiva aventura, porque las oportunidades comerciales de la región del Paraná y del Paraguay fueron casi nulas. Aberdeen había ordenado a su enviado utilizar la fuerza como último resorte y pronto condenó la entrada forzada al Paraná. Rápidamente, la opinión pública inglesa se dio cuenta de que la intervención contra Rosas producía grandes ganancias para los comerciantes de Montevideo, pero provocaba el descenso del comercio británico. La oposición creció a tal punto que a principios de 1846 los británicos abandonaban toda su anterior estrategia. Como ocurrió repetidas veces en el siglo XIX, el imperialismo británico se formó menos como resultado de una política gestada en Londres que por las acciones de los agentes comerciales locales o " men on the spot ", en este caso, Lafone y Ouseley. "No somos ni Argelia ni la India", declaró gallardamente Rosas, cuando las fuerzas británicas se habían retirado. A pesar de su oposición a la intervención, el gobernador aceptó plenamente la idea de una asociación comercial con los europeos. En 1847, el diario pro rosista escrito en inglés en Buenos Aires, The British Packet , publicó un manifiesto sosteniendo que una relación con Gran Bretaña que hoy llamaríamos "imperialismo informal" sería provechosa para ambas partes. El diario llamó a los británicos a enviar obreros y granjeros a Buenos Aires, que se dedicarían al comercio y al sector rural. De haber venido, los británicos hubieran gozado, según el diario, de "todos los beneficios de una colonia sin costo ni responsabilidad". Los rosistas también proponían el tipo de relación con Gran Bretaña que de hecho se materializó hacia fines del siglo XIX. Lo que hoy los revisionistas condenan como "la oligarquía antinacional o entreguista" asociada con los británicos? ¡incluiría a Rosas mismo! Obviamente, lo propuesto por Rosas tuvo el apoyo de los británicos establecidos en Buenos Aires. Ellos peticionaron al Foreign Office que se abandonara la intervención militar y rehusaron el consejo de Ouseley de salir de Buenos Aires. Todos se mantuvieron leales a Rosas y defensores de la soberanía provincial. Conozco a un solo entusiasta de una hipotética conquista militar británica de Buenos Aires. Irónicamente, un irlandés. En 1845-1847, Antonio Fahy, un cura empobrecido y recién llegado, pidió un subsidio del gobierno británico anunciando su voluntad de actuar como un líder colonial, sobre la base de su prestigio dentro de la comunidad irlandesa de Buenos Aires. Una narrativa acertada de los sucesos de 1840 en el Río de la Plata subraya lo anacrónico de la terminología empleada por O'Donnell: "democracia popular", "soberanía nacional" y "nacionalismo", por ejemplo. La batalla de la Vuelta de Obligado fue una masacre de "nativos" típica de su tiempo. Más que un arquetipo del nacionalismo popular, Rosas era un dictador de un Estado-ciudad que, a la vez que supo defender su propio territorio, también deseó siempre una relación cercana y provechosa con los países imperialistas. Como nota Romero, aquellos años pertenecieron a la época prenacional y prenacionalista de la Argentina. Los intelectuales liberales preclaros, como Alberdi y Sarmiento, soñaban con una república consolidada que emulara la pujanza democrática y republicana de Estados Unidos. Pero en aquella época sus proyectos todavía se hallaban muy lejos del imaginario de la masa popular.
*El autor, historiador británico, es especialista en historia política argentina.
Fuente:
La Nación, Buenos Aires, Lunes 06/12/2010
http://www.lanacion.com.ar/1331065-la-otra-vuelta-de-obligado   

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