martes, 16 de agosto de 2016

CURSO HISTORIA DE LAS INSTITUCIONES HISPÁNICAS E HISPANOAMERICANAS







PROGRAMA DE LA MATERIA



27/8 

I. La Península Ibérica y la España pre Romana.   Dra. Nélida Liparoti

3/9

II. Proceso y etapas de la romanización de España. Dr. Carlos G. Frontera.

10/9

III. La España Visigoda. Desarrollo institucional.  Dr. Carlos G. Frontera

17/9

IV. Caída del Estado Visigodo. Invasión Árabe. Conquista y dominación Árabe.   Dr. Sandro Olaza Pallero

24/9

V. La reconquista en la Alta y Baja Edad Media. Reinos, coronas y Monarquías.   Dra. Nélida Liparoti

1/10

VI. La Corona de Castilla. El Reino de Aragón. Los Reyes Católicos.             Prof. Carlos Pesado Palmieri

8/10

VII. Descubrimiento y ocupación de América. Significado de los Justos Títulos.    Tcnl. Ángel Daniel León

15/10

VIII. El Imperio Español: La casa de Austria. Carlos y Felipe        
Tcnl. VGM, Mag.Lic: Raúl E. Daneri

22/10

IX. Organización institucional Hispanoamericana durante los Siglos XVI y XVII: Las autoridades en España y América; El Derecho Castellano y el Derecho Indiano e Indígena. Creación de las universidades.  La Escolástica Ibérica del Siglo XVI.  Dr. Sandro Olaza Pallero

29/10

X. La guerra de sucesión y el advenimiento de la casa de Borbón a España.  Cambios de la organización institucional en España y  en América.  Prof. Carlos Pesado Palmieri


5/11

XI. Decadencia de la monarquía española. Ocupación francesa (1808-1812)      Dr. Alberto Gelly Cantilo



DÍAS SÁBADOS de 10.00 a 13.00 Hs.


Acredita 30 horas de puntaje para la Ciudad de Buenos Aires de acuerdo con el artículo 17 del Estatuto del Docente. 

En nuestra sede Av.  QUINTANA 161 C.A.B.A. (CENTRO DE OFICIALES DE LAS FUERZAS ARMADAS).


Para mayor información dirigirse a nuestra sede los días miércoles y sábado de 11 a 13 horas o mediante correo electrónico a:

carfrontera@gmail.com  o  leon.bicentenario@gmail.com  

sábado, 13 de agosto de 2016

A 200 AÑOS DE LA INDEPENDENCIA DE UNA NACIÓN FORJADA DESDE SANTIAGO DEL ESTERO





                                                                                   Por Hebe Luz Ávila


        En mis reflexiones sobre el Bicentenario de 1810, decía en el Suplemento de los 112 años de El Liberal: “Pasó el Bicentenario y no alcanzó nuestra prédica para hacer saber al país que aquí, en Santiago del Estero, nació la patria. Que ésta no surgió de pronto en el cabildo de Buenos Aires, un 25 de mayo de 1810, por decisión de un puñado de criollos y españoles que no sólo no estaban decididos a independizarse de España sino que formaron una Junta provisional Gubernativa “a nombre del Señor Don Fernando VII”. La nación que en este 2010 celebró su Bicentenario no se sintió – porque no se supo- hija y deudora de esta bien llamada Madre de ciudades, primera sede episcopal, donde germinara el primer grano de trigo, y desde donde salieron hombres y bastimentos para la fundación definitiva de aquella otra ciudad, centro de los festejos sobre su Avenida 9 de Julio”.
Sin embargo, ante este otro festejo de un Bicentenario que me parece más trascendente, insisto en ubicarme en este lugar de nacimiento de lo que hoy es nuestro país. Y por eso voy a recordar algunas de las acciones que conforman los cimientos de la futura Nación desde nuestro Santiago del Estero.[1]
Las primeras entradas de los conquistadores españoles – como la de Diego de Rojas en 1543-  van prefigurando el inminente nacimiento, hasta la creación de la primera ciudad que perdure. De allí saldrán luego los fundadores y los recursos para  la creación de otros pueblos y se establecerán las instituciones fundamentales para constituir lo que luego devendrá en  una nueva nación. Y será la Ciudad de Barco la primera de lo que es hoy la República Argentina, fundada el 29 de junio de 1550 por el Capitán Juan Núñez de Prado y asentada definitivamente el 25 de julio de 1553, cuando Francisco de Aguirre la traslade con el nombre de Santiago del Estero.


            Queremos aclarar al respecto que mucho antes, en el año 1536, don Pedro de Mendoza fundó el Real de Buenos Aires, pero se trataba solamente de un real, es decir un fuerte, un reducto, pues no tenía facultades para instaurar una ciudad. Por tal motivo, en 1541 Martínez de Irala mandó a asentar el campamento de Buenos Aires y lo trasladó al Fuerte de la Asunción, instalado por Salazar de Espinoza en 1537 y, en uso de sus facultades,  fundó sobre ese fuerte la ciudad de Nuestra Señora de la Asunción, en territorio que hoy corresponde al vecino país de Paraguay.
Esta primera ciudad de Santiago del Estero es parte muy importante de un plan que el Licenciado La Gasca, gobernante del Perú, le encomendara a Núñez de Prado, pues debía explorar la región del Tucma o Tucumán y “en la parte y sitio que os pareciere más conveniente para poblar, pobléis un pueblo y desde él procuraréis de traer en paz (...) a todos los caciques principales e indios de las dichas provincias y sus comarcas.”2
Para reforzar nuestros argumentos de ciudad origen del país, destaquemos que esta fundación de 1550 contó con todas las prescripciones de la juridicidad hispánica, por lo que inmediatamente quedó constituido el cabildo, se establecieron los habitantes y comenzaron a labrar las primeras huertas.
Considerada con justicia “Madre de ciudades”,  con su epopeya fundadora llevó a cabo el poblamiento y colonización de gran parte del extenso territorio nacional, no solo cubriendo lo que se consideraban espacios vacíos,  sino cumpliendo cabalmente con la misión civilizadora y evangelizadora. Tucumán (1565), Córdoba (1573), Salta (1582), La Rioja (1591), Jujuy (1593), Catamarca (1683) – menos de la mitad de las ciudades fundadas a costas de los primeros santiagueños- son las que hoy permanecen y conforman el fundamento inicial de la patria.
Recordemos brevemente que esta primera ciudad, muy pronto capital de la gobernación del Tucumán,  no solo antecede en varios años a las que hoy subsisten, sino que resulta “la primera entidad política, institucional, religiosa y cultural que tuvo la Argentina actual”3. En Santiago del Estero se fundaron las primeras instituciones que fueron conformando la nación en ciernes:
-      La primera evangelización: Desde la primera entrada de Diego de Rojas en 1543, los dos sacerdotes que componían la expedición  celebran numerosos oficios religiosos. Cuando diez años después se funda  la ciudad definitiva, se establecen   las  primeras órdenes religiosas, con su consiguiente labor misional y educativa. Francisco Solano, el primer santo de América, hizo allí sus milagros, como complemento de su tarea de prédica y de apaciguar los espíritus de nativos y españoles.
-    Una economía que abarca desde la agricultura (el primer grano de trigo que se sembró con éxito en nuestro país fue en esta madre de ciudades en 1556), propiciada por la Acequia Real – a su vez la primera obra hidráulica en territorio patrio4, construida inmediatamente después de la fundación de la ciudad-, hasta la industria y el comercio exterior.5
-     En 1586 se erige la primera escuela del país  a cargo de la Compañía de Jesús, para que pudieran “ser criados los mancebos en ciencia, virtud y letras”  y en 1611 el Colegio Seminario de Ciencias Morales, primera institución de estudios superiores, base de la posterior Universidad de Córdoba.
-      La primera institución política, la Gobernación del Tucumán, Juríes y Diaguitas,  se crea por Cédula Real en 1563, cuya capital es Santiago del Estero (Cuando treinta años después, en 1593, se constituya la Gobernación del Río de la Plata y Paraguay, se completará la geografía política de lo que en el siglo XVI  se perfilaba como la Argentina).
-           El primer Obispado (1570), con su Catedral en esta ciudad, y el primer prelado del país, Francisco de Victoria, que cumpliera una labor clave en el ámbito eclesiástico, educativo y hasta en el político y comercial,  con sus dotes de estadista
-            El primer monumento jurídico, y el más avanzado antecedente de justicia social en nuestro territorio,  con las Ordenanzas del Visitador Francisco de Alfaro, dictadas en Santiago del Estero, en 1612.
-             La primera visión geopolítica, establecida desde este inicial centro político  puede sintetizarse en el poblamiento como expansión y defensa, la conformación de un corredor con centro en el interior (Gobernación del Tucumán), el afianzamiento de la producción y el comercio, y respaldado en estas concreciones, la creación del puerto en Buenos Aires, “el mirador del Tucumán sobre el Atlántico”6.  De esta manera se configura la organización inicial en cuanto a la economía y lo social del territorio a poblar, con centro en las proximidades del actual río Dulce, entonces llamado río del Estero.
Pero al instituirse en 1776 el Virreinato del Río de la Plata con capital en Buenos Aires, se cambia la geopolítica, al poner la centralidad en el puerto junto al Atlántico. Se inicia así el proceso hacia la constitución de un país agro-exportador que fue minando las economías provinciales.
Después vendría el enfrentamiento de unitarios y federales que culminaría en Caseros con el triunfo de porteños contra las provincias, a las que consideraban “los trece ranchos”, desconociendo – hasta nuestros días- todo aquel comienzo de esforzadas concreciones.

El trabajo y el esfuerzo de los primeros “santiagueños” cimentarán la futura Nación

Algo más de tres décadas han pasado desde la fundación de la ciudad de Santiago del Estero, y aparte del descomunal esfuerzo de fundar nuevas ciudades, poblarlas y dotarlas de los recursos y estructuras básicas para su defensa y funcionamiento, la capital del Tucumán  ha ido tomando la envergadura de “un inmenso taller que utilizaba sus recursos materiales para alcanzar un armónico desarrollo agrario-artesanal autosuficiente. De sus bosques se extraían más de 14.000 arrobas de miel y cera para luminarias, y maderas fuertes con los que se construían carretas, muebles y viviendas. Debido a la bondad del clima, su territorio servía para “la invernada de equinos, mulares y ganado de toda clase[7]”, que se traían a sus campos antes de venderse en las ferias de Salta y el Alto Perú. El algodón, considerado “la plata desta tierra” se empleaba en la confección de la ropa destinada para la población virreinal. Sus beneficios superaban los 100.000 pesos plata que incluían las industrias del añil y del tejido.
Sin embargo, cuando llegaron los españoles, la tierra no estaba improductiva. La visión de los campos sembrados de maíz y los algodonales fue la razón por la que Francisco de Aguirre denominara a la ciudad fundada "Santiago del Estero, Tierra de Promisión".
Debido a que los suelos estaban fértiles y protegidos por los bosques, se pudo desarrollar una economía agraria, pero también ganadera y de producción de manufacturas. No era solamente de subsistencia, puesto que, mediante el sistema de encomienda, los españoles conseguían excedentes de producción de los aborígenes, lo que llevó a comerciar con Potosí y a la vez obtener productos importados. Esto permitió que la vida en ese poblado precario, tan `a lo indio´, fuera españolizándose, pues sus chozas de barro y madera de los bosques nativos se iban “vistiendo por dentro con alfombras, tapices, espejos, cuadros e imágenes religiosas, arcones, instrumentos musicales, muebles, platería”.[8]
A este bienestar material se agregan – consecuentemente- las inquietudes culturales, que van desde la instalación de las primeras bibliotecas a partir de 1578, a la presencia  en estas tierras de tres poetas de reconocido prestigio. En efecto, Mateo Rojas de Oquendo llega acompañando al gobernador Ramírez de Velasco, participa de la fundación de La Rioja, en 1591, y es encomendero de indios en Santiago del Estero, donde escribe un poema hoy perdido titulado “El Famatina”, con una “descripción, conquista y allanamiento” de la región.  El otro es Martín del Barco Centenera, que participó como protagonista en la fundación de Jujuy (1561) y vivió un tiempo en Santiago del Estero (1581), cuyo extenso poema Argentina y Conquista del Río de la Plata y Tucumán y otros sucesos del Perú" es el primer antecedente del nombre de nuestro país, que él llama “el argentino reino”. El tercero será Ruy Díaz de Guzmán, considerado el primer escritor, narrador y cronista criollo nacido en el Río de la Plata, que entre 1606 y 1607 fue Tesorero de la Real Hacienda en Santiago del Estero, luego de participar en la fundación de la ciudad de Salta, en 1582. Coincidentemente, su poema que comprende una crónica de la conquista del Paraguay y del Río de la Plata,  se titula también La Argentina.
Por  lo anteriormente dicho, no sería descabellado suponer que también Argentina, el nombre poético de nuestro país, surgiera desde Santiago del Estero, pues serán estos dos últimos libros los que lo determinen.
A partir de 1580, con la fundación de Buenos Aires, los asentamientos hispanos irán conformando un arco entre el Alto Perú y el Río de la Plata. En el primero, Potosí con la explotación de sus minas de plata dominaba la economía de la región; en el último, se comerciaba y se recaudaba de la aduana (y del contrabando, agregamos). Serán las ciudades que permanecen en el medio las que produzcan y desarrollen industrias, lo que hará decir a Mariquita Sánchez de Thompson: “En las provincias había industrias; en Buenos Aires, ninguna.”[9]


Recordemos que los obrajes textiles establecidos por el Obispo Victoria lograron en  muy poco tiempo que su producción fuera una de las principales actividades económicas, tan cuantiosa que el primer cargamento que partió para su exportación al Brasil ocupaba treinta carretas. Llamados también obrajes de paños, pasaron a ser después de la conquista la forma productiva del territorio ocupado, como una variante del sistema de encomiendas, a manera de recompensa que se le otorgaba al conquistador, quien se comprometía a convertir al cristianismo a los aborígenes a su cargo. Allí, "en lugares sombríos, techados de ramas, cercados de muros de adobe, (...) fueron encerrados los indios e indias” dedicados al tejido, hilado y teñido de los paños de algodón. Verdaderas fábricas, que alrededor de 1585 abastecían a la colonia de ropa, calcetas, frazadas, sobrecamas, sombreros, cinchas,  aparejos y hasta trigo y maíz.


La tierra como soporte

            En todo proceso de construcción social de identidad, el territorio constituye una categoría central, en cuanto soporte material y a la vez entorno ambiental. Este marco y a la vez piso de sostén, es asociado a la madre tierra – la Pachamama- en las culturas originarias, al concebirse como un segundo seno que nutre, madre común de sus moradores. A la vez, el paisaje configura, de alguna forma, aspectos básicos de la cultura – recordemos su sentido etimológico de cultivar – local.
Desde un comienzo, los conquistadores debieron adaptarse a las características del territorio y aprender a valerse de la novedad que contenía. Así, muy pronto aprendieron a confeccionarse “zapatos de la tierra”, a valerse de las “ovejas de la tierra”, como llamaban a la llama,  a comercializar en la “moneda de la tierra”, que eran los textiles, confeccionados con el algodón, la “plata desta tierra” y a acostumbrase a convivir con los hijos mestizos que habían engendrado: los “mestizos de la tierra”, o más significativamente los “hijos de la tierra”. Y, literalmente, hicieron sus viviendas de tierra, al adoptar el adobe de los aborígenes, es decir el ladrillo de barro.
La tierra y todo lo que ella implica irá configurando una nueva identidad común, y aunque los primeros españoles sentían la falta de los elementos que conformaban el modo hispánico de vida, muy pronto las generaciones siguientes de mestizos y criollos –  consideraron que naturalmente formaban parte de ella. De esta manera, los nuevos santiagueños, mendocinos, sanjuaninos, tucumanos, cordobeses, santafesinos, bonaerenses,  salteños, correntinos,  riojanos, jujeños, puntanos, - por hacer referencia solo a las ciudades fundadas en los primeros cincuenta años-  sintieron su arraigo definitivo, empezaron a amar su terruño y a tratar de engrandecerlo.
Así lo demuestra la presentación que hiciera ante el cabildo de Córdoba la madre Clara de la Encarnación Tejeda, nieta de aquel infatigable Hernán Mejía Miraval que tratáramos en una nota anterior, y de la india María del Mancho:
“…la madre Clara de la Encarnación monja profesa del convento de monjas de Santa Catalina de Siena de esta ciudad de Córdoba, hija legítima del capitán Tristán de Tejeda, descubridor, conquistador y poblador de esta dicha ciudad, [ …,] parezco ante V. Sa. y digo que para mayor gloria, honra y servicio de Dios Nuestro Señor y de Su Santísima Encarnación y aumento de esta dicha ciudad de donde soy natural y criolla, nacida y criada en ella yo hice renunciación de toda mi herencia y patrimonio paterno y materno al tiempo que profesé para fundar un monasterio de monjas en esta dicha ciudad por la obligación que le tengo por ser como es mi patria y deseando su aumento y que se fuese ilustrando y ennobleciendo en semejantes obras de piedad y religión con que la Divina Magestad fuese más servida y alabada , [ …] y aunque he sido importunada del señor obispo de la provincia del Paraguay y del gobernador de ella y de los cabildos eclesiástico y civil de la ciudad de La Asunción de la dicha provincia para que en ella hiciese la dicha fundación, y me han ofrecido muy grande ayuda de sitio y estancias y ganados y otras comodidades, no he venido en ella por la afición que tengo a esta dicha ciudad por las razones dichas…”[10]

Su abuela había nacido en el territorio que luego fuera Santiago del Estero, su madre era primera generación mestiza y santiagueña por nacimiento. Ella, la madre Clara de la Encarnación pertenecía a la primera generación de cordobeses, ¡Y ya tenía sentimiento de patria, más de dos siglos antes de los Bicentenarios que festejamos!
Esfuerzos por la causa de la Patria
Proverbial fue siempre la prodigalidad de Santiago del Estero y sus habitantes, al punto que el Deán Gregorio Funes, en el mismo año de nuestra independencia, reconocía: “Podría esperarse siempre de la generosidad de sus habitantes, que aunque empobrecidos por las circunstancias calamitosas que atravesaron, podríase en cualquier momento contar con los
santiagueños, porque cuando se trataba de una causa de la Patria solían hacer esfuerzos superiores a su capacidad"[11]
Ya desde las primeras fundaciones llevadas a cabo por la Madre de Ciudades, ésta actuó con generosidad, pues entregó a la construcción de la Nación gran parte de sus habitantes –vidas y esfuerzos-, su producción agrícola y ganadera, alimentos para la caballería, maderas, armas, arados. Este es el caso - entre tantos otros- de la fundación de Córdoba, llevada a cabo por el gobernador de Santiago del Estero don Jerónimo Luis de Cabrera, en 1573, quien acarreó “cuarenta carretas cargadas de basamentos”.
Su ayuda fue constante y no solo se dirigió a las ciudades que fundara  como Madre de ciudades, sino que envió protección a Santa Fe y el fuerte de Sancti Spiritu, y hasta acudió en auxilio al puerto de Buenos ante el ataque de corsarios ingleses.
Durante toda la guerra de la Independencia, Santiago del Estero  fue un gran cuartel a cielo abierto. Si bien no se llevó a cabo ninguna batalla importante en su territorio, los ejércitos de San Martín y Belgrano y todos los que cruzaban por su territorio se abastecían de soldados y encontraban descanso y alimento en las postas, como las de Ambargasta, Ayuncha, Simbolar, Silípica, Manogasta, Jiménez, Vinará y hasta en la misma ciudad de Santiago del Estero. María Mercedes Tenti[12] nos señala que  “Generalmente estas postas estaban instaladas en estancias de propiedad de hacendados acaudalados, que contaban con lugares para alojar a los viajeros, albergar a los animales, y numeroso personal que atendía las tareas del servicio.”
Y por si no bastaran estos antecedentes de su inestimable aporte en la formación de lo que hoy es nuestra Nación, en nuestro ensayo “La identidad nacional comienza a tejerse en Santiago del Estero”, publicado en la RFCSE Nº 60 (pág. 20 a 27), demostramos que las primeras familias instaladas en la ciudad de Santiago del Estero, desde los años iniciales de su fundación, son las que darán origen decisivo a la población y los rasgos definitorios de  la identidad de este país que en estos días está celebrando el Bicentenario de su Independencia.





[1]  Gran parte de este texto está sacado del Ensayo inédito TEJER LA IDENTIDAD: LOS HILOS QUE CONFORMAN LA TRAMA, de Hebe Luz Ávila.
2 Piossek Prebisch, Teresa (2004). POBLAR UN PUEBLO: COMIENZO DEL POBLAMIENTO DE ARGENTINA EN 1550, Tucumán.
3 ALEN LASCANO, LUIS C. (2006). LOS ORÍGENES DE SANTIAGO DEL ESTERO. Santiago del Estero: Marcos Vizoso Ediciones, 7.
4 DÍAZ DE RAED, SARA.La Acequia Real”. En Revista de la Fundación Cultural Santiago del Estero, consultado en http://www.fundacioncultural.org/revista/nota4_08.html  el 10-10-09.
5 El 2 de septiembre se instituye como Día de la Industria en la Argentina, pues ese día, en  1587, parte el primer embarque con productos manufacturados desde Santiago del Estero, enviado por el Obispo Victoria hacia Brasil. El puerto de Buenos Aires fue consecuencia de este hecho significativo.
6 Levillier, Roberto. Citado por Alén Lascano, Luis (2006), 32.
[7] ALÉN LASCANO, Luis C. (2006), 13.
[8] ALÉN LASCANO, Luis C. (2006), 60.
[9] O´DONNELL, Pacho. La historia que no nos contaron EL REY BLANCO, consultado el 18-10-09 en  http://www.odonnell-historia.com.ar/anecdotario/EL%20REY%20BLANCO%20parte%20VIII.htm
[10] Archivo Histórico de Córdoba. Actas capitulares, Libro 6, 31 de marzo de 1622.
[11] Funes, Gregorio: "Ensayo de la Historia Civil del Paraguay, Buenos Aires y Tucumán", Tomo II, Buenos Aires, 1816.

jueves, 21 de julio de 2016

JORNADA "DALMACIO VÉLEZ SARSFIELD"






Temas y expositores:

"Dalmacio Vélez Sarsfield" Dr. Sandro Olaza Pallero.

"Codificación" Dr. Facundo Alberto Biagosch.

"Vélez Sarsfield y el Derecho Público" (Dr. Alberto Gelly Cantilo).

"Dalmacio Vélez Sarsfield y el Sistema Romano-Germánico" (Dr. Jorge A. Cellier).

"Dalmacio Vélez Sarsfield pensador político" (Dr. Sergio Núñez y Ruiz-Díaz).

Moderadora: Dra. M. Luz Amadora Rodríguez.

Lugar: Sala Dr. Norberto T. Canale (Corrientes 1455, piso 4).

martes, 12 de julio de 2016

LAS ESTRATEGIAS DEL LIBERTADOR


José de San Martín (por Fidel Roig Matons).



                                                                   Por Roberto Azaretto


En el Congreso que declara la Independencia el 9 de julio de 1816, el protagonismo del General San Martín, sin estar presente en Tucumán, fue decisivo.
Entre los lugares comunes, que se escuchan, sobre hechos y protagonistas de la historia nacional, está el de considerar a San Martín un excelente militar, pero de dudosas condiciones políticas. Sin embargo, su influencia en los acontecimientos que tuvieron lugar ese año fue decisiva y lo muestra como un gran político, capaz de discernir entre las metas y lo accesorio. La Gobernación Intendencia de Cuyo, gobernada por nuestro más importante militar, eligió cinco diputados al Congreso de Tucumán. Por Mendoza eligieron a los doctores Tomás Godoy Cruz y Juan Agustín Maza; por San Juan el doctor Francisco Narciso de Laprida y el fraile Justo Santa María de Oro y, por San Luis, el general Juan Martín de Pueyrredón, que allí residía desde 1812 cuando fue desterrado de Buenos Aires. San Martín mantiene una copiosa correspondencia con los diputados cuyanos, sobre todo con Godoy Cruz, en la que permanentemente reclama que el Congreso sesione con rapidez y declare la independencia y en la que no oculta sus impresiones sobre el estado del país y sus problemas políticos. Una de las cualidades más notables, que contrasta con las actitudes de casi todos sus contemporáneos, es la claridad de sus objetivos: para obtener la independencia era indispensable destruir el poder de la corona española en Lima; todo conflicto, querella, aspiración, debía subordinarse y postergarse en función de ese objetivo. Mientras, desde 1810, otros planteaban rencillas de aldea, discusiones sobre el sistema de gobierno en un país que -como escribía San Martín para calificar como “locura” la idea de la federación- “es un inmenso desierto con algunos poblados escasos de todo”. Era muy difícil la situación de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Entre 1814 y 1815 Fernando VII había recuperado el control de todo su imperio con excepción de lo que hoy es la Argentina, el Paraguay y la Banda Oriental. La toma de Montevideo por Alvear y Brown en 1814 impidió que un ejército de casi catorce mil hombres se dirigiera al Río de la Plata; fue desviado al virreinato de Nueva Granada terminando con la derrota y el exilio de Bolívar. Liberada España de la ocupación Napoleónica, el rey mandó refuerzos a todas partes con jefes, oficiales y tropas veteranas fogueadas en años de guerra europea, muy superiores a los ejércitos del que disponían los virreyes en los primeros años del proceso emancipador y cuyos efectivos, en su mayor parte, eran americanos. En 1816, el virrey del Perú, Joaquín de la Pezuela, marqués de Viluma, planeaba una operación conjunta contra Buenos Aires. Desde el Alto Perú partiría el recién llegado general José de la Serna hacia Tucumán para terminar con el Ejército del Norte. Desde Chile, el general Osorio cruzaría a Mendoza, donde, junto a de La Serna, proveniente de Tucumán, debería derrotar a San Martín y desde allí marcharían a Buenos Aires.

El otro problema era la imprudencia de Artigas que, con las provocaciones de algunas fracciones de su fuerza en Río Grande Do Sul, terminarían por provocar la invasión portuguesa. Artigas no mandó congresales a Tucumán, por eso no estuvieron representadas Entre Ríos, Corrientes, Santa Fe y la Banda Oriental.
San Martín reclamaba la independencia, quería cruzar a Chile en el verano de 1817 y pretendía hacerlo como jefe del ejército de un Estado independiente y no como jefe de una “insurgencia”.
Su plan requería solucionar el problema del gobierno y asegurar la defensa del Norte hasta que, liberado Chile e invadido el Perú por mar, las fuerzas acantonadas en el Norte avanzaran sobre el Alto Perú para atacar a los ejércitos del rey en dos frentes.
En relación con el gobierno, el General San Martín propone como Director Supremo a Juan Martín de Pueyrredón, quien debe competir con el coronel Moldes, respaldado por Salta y Córdoba. El Jefe del Ejército de los Andes detesta a Moldes, y no sólo impide que sea elegido Director sino que logra su expulsión del Congreso.
El otro logro del Gobernador de Cuyo es la designación de Belgrano como nuevo jefe del Ejército Auxiliar del Perú o del Norte. Le dice a Pueyrredón que si bien no tiene las dotes de un Murat o un Bonaparte, es el mejor que ha conocido en esta parte del mundo.
Belgrano había viajado a Europa con Rivadavia en misión diplomática. Estos revolucionarios de 1810 encuentran un continente que abomina de las ideas revolucionarias y que vuelve a las antiguas monarquías. Por otro lado, el rey de Inglaterra no quiere saber nada con los sectores de su país que apoyan la independencia, por eso la flota inglesa no interfiere cuando Fernando VII manda poderosos ejércitos a nuestra América. Es más, está negociando y obteniendo un tratado de comercio con la corona hispana que le asegura el mercado americano. El consejo de los diplomáticos ingleses es que obtengan un acuerdo con el rey español, una cierta autonomía. Por eso Belgrano aconseja una solución monárquica al Congreso.
San Martín, enterado de la Declaración de la Independencia y de las designaciones, por él propuestas, decide encontrarse en Córdoba con Pueyrredón en su viaje a Buenos Aires para hacerse cargo del gobierno.
En Córdoba se acordará el respaldo necesario para poder culminar la organización y equipamiento del Ejército de los Andes. El otro hecho importante fue obtener la promesa del gobernador de Córdoba, que había sido elegido por el Cabildo de esa ciudad, de lealtad al gobierno, cuestión esencial para asegurar las comunicaciones entre Buenos Aires, el Norte y Cuyo. José Javier Díaz, prócer del federalismo, cumplió con su palabra, lo que le trajo problemas con algunos de sus partidarios.
Belgrano intentará una audaz maniobra ofensiva sobre el Alto Perú: destaca en 1817 al tucumano Aráoz de Lamadrid con sólo trescientos cincuenta hombres para incursionar a retaguardia del general De la Serna que estaba tomando Salta. Lamadrid llegará a sitiar Chuquisaca provocando el repliegue del ejército español, que se acelera al llegar las noticias del triunfo de San Martín en Chacabuco.
Belgrano también deberá asegurar el orden en el Norte siguiendo instrucciones del Congreso. Por eso intervendrá en los conflictos de Santiago del Estero, sofocando la sublevación de Juan Francisco Borges en La Rioja y en Córdoba ante los embates artiguistas.
La otra decisión que tuvieron que tomar San Martín y Pueyrredón fue la de no intervenir cuando los portugueses invadieron la Banda Oriental y tomaron Montevideo. En una carta le dice el Libertador al Director Supremo: “Hablando con franqueza” que entre los dos males prefiere a los portugueses porque por lo menos no propalarán “la anarquía”.
Los treinta y tres congresales, entre los que hay diecinueve abogados, cinco militares y nueve sacerdotes y frailes, nos dieron independencia y trataron de dotarnos de instituciones y formar un Estado.
No pudieron imponer esas ideas. Fue un largo proceso que nos llevó setenta años de luchas facciosas y extremadamente sangrientas. Recién en 1853 se logra sancionar la Constitución aceptada por los pueblos, consolidada en 1860 con la reincorporación de Buenos Aires, fruto de la actitud conciliatoria de Urquiza. Y en 1880 se inicia el proceso que lleva, en pocos años, a construir un Estado nacional.
Tan eficaz fue ese Estado nacional que en sólo una generación logró formar una nación moderna en un desierto, dando educación a los nativos y a millones de inmigrantes y pasando en cien años de ser la región más pobre del imperio español, a la más moderna y rica.
En este Bicentenario, recordemos a los que nos dieron patria y el consejo de San Martín que para los “hombres de coraje se hacen las grandes empresas”. Hoy la gran empresa es volver a ser un país que progresa, con instituciones sólidas y transparentes, con inclusión y movilidad social, capaz de insertarse en el mundo y de afrontar los desafíos que el mismo presenta con la revolución tecnológica, las nuevas formas de producción y la necesidad de innovar y reaprender saberes.
El recuerdo de estos muertos, de esos próceres que nos hicieron argentinos, nos plantea el enorme desafío de honrarlos estando a su altura.

Fuente:

Los Andes, Mendoza, 9 de julio de 2016.

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