sábado, 15 de abril de 2017

LOS CIENTÍFICOS DEL CONICET SE EQUIVOCAN, EL COLOR DE LA BANDERA ES CELESTE Y ESTAS SON LAS PRUEBAS

Bandera de San Francisco antes de ser restaurada.
Recreación de la bandera de San Francisco.



Bandera de la época de Rosas, que flameó en la Vuelta de Obligado.



                                                            Por Juan Pablo Bustos Thames*

En esta semana, y obteniendo una gran repercusión mediática, investigadores del Conicet han afirmado, sin rigor histórico, que la bandera argentina más antigua era de color "azul de ultramar" y no celeste, como se creía.
No podría estar más en desacuerdo. ¿Por qué digo esto? En 2015, publiqué La bandera del Templo de San Francisco: la insignia argentina más antigua. Es la obra más completa sobre el origen de este emblema que se guarda en el Convento de San Francisco, en San Miguel de Tucumán. Mide 1,72 m de alto y 2,90 m de largo. Conserva una proporción de 2:3, habitual en los pabellones de la época. Esta bandera fue donada por el primer gobernador de Tucumán, Bernabé Aráoz, a la Escuela de San Francisco y lleva pintadas, en dorado, estas leyendas: "A la Escuela de San Francisco", "Tucumán 1814", "Donó" y "Don Bernabé Aráoz gobernador".
Su franja superior celeste mide 71 cm de altura; la central blanca, 50 cm; y la inferior celeste, 51 cm. Es decir, la superior tiene unos 20 cm más de alto que las otras dos. La leyenda pintada podría llevarnos a pensar que esta bandera data de 1814. Las enseñas patrias anteriores a 1814, que han llegado a nosotros, son cuatro: la Bandera Nacional de nuestra Libertad Civil, donada por Manuel Belgrano al Cabildo de Jujuy en mayo de 1813, y tres banderas supuestamente enarboladas por el Ejército del Norte durante la batalla de Ayohúma, 14 de noviembre de 1813, que se resguardan: una en Sucre, Bolivia, llamada Bandera de Macha; otra en el Museo Histórico Nacional, reputada como Bandera de Ayohúma; y la última, en el Museo Histórico Provincial Juan Galo Lavalle de Jujuy, que se denomina Estandarte de Ayohúma, traído por el capitán Marcos Estopiñán luego de la derrota.
En 1928, monseñor Pablo Cabrera encontró en el archivo franciscano de Buenos Aires una carta de 1812 del guardián del Convento de San Francisco de Tucumán al provincial de la orden, donde informaba: "Se había hecho una bandera de tafetán celeste y blanco, con sus borlas, y dos cintas de más de cuatro dedos de ancho, una blanca y otra celeste". Es la misma bandera que los científicos del Conicet dicen haber analizado.
Compulsando el Libro de Ingresos (1780-1845, tomo II) del convento de Tucumán, encontré un asiento de fecha 7 de octubre de 1813 que reza: "En la Escuela se ha puesto una bandera de tafetán celeste y blanco con sus borlas de lo mismo y dos cintas de más de cuatro dedos de ancho, una blanca y otra celeste que penden de la lanza; esta es de latas, con su asta de dos varas, y tres cuartas, que la costeó el Gobierno para los paseos de los jueves por la plaza y otras festividades que se hagan por orden del Gobierno".
Es decir que para el 7 de octubre de 1813, más de un mes antes de que tuviera lugar la batalla de Ayohúma, la Escuela de San Francisco ya tenía una bandera "de tafetán celeste y blanco". El tafetán es una tela de lujo, generalmente de seda. La bandera de San Francisco que vi antes de su restauración es de seda. El mismo estudio del Conicet lo confirma.
Expresa el documento que "la costeó el Gobierno para los paseos de los jueves por la plaza y otras festividades que se hagan por orden del Gobierno". La bandera de San Francisco, entonces, fue pagada por el Gobierno y no por los frailes del convento.
Entre 1812 y 1813 Aráoz no era gobernador de la provincia de Tucumán, entidad que recién se creó en 1814. Entonces, la bandera fue costeada por el Cabildo de Tucumán, a instancias del propio Bernabé Aráoz y donada a la antigua Escuela de San Francisco hacia 1812. Sin embargo, se registró su presencia en los libros franciscanos de Tucumán recién en octubre de 1813. Al consignar su origen, los frailes aludieron al Gobierno como referencia al Cabildo. Por eso, hacia 1814 y a fin de inmortalizar quién había sido el gestor de esta donación, Aráoz hizo grabar en la bandera su propio nombre, pero ya en el carácter de flamante gobernador de la recientemente creada provincia de Tucumán. Es muy probable que Aráoz hubiera jurado como gobernador frente a esta misma bandera, a fines de 1814, oportunidad en la cual tal vez hizo pintar la leyenda que vemos hoy.
Todos los jueves se realizaban paseos en la actual Plaza Independencia. Pudieron haber sido desfiles, actos patrióticos o procesiones, donde se sacaba la bandera. También se la prestaba para presidir otros festejos o actos organizados por el Cabildo. Así, Bernabé Aráoz, de un solo tiro, solucionó la falta de bandera en la única escuela de la provincia y en el Cabildo.
Las banderas de seda son robustas y resistentes. La bandera de San Francisco no era una insignia de guerra ni estuvo sometida a las inclemencias del tiempo. Era principalmente un emblema de interiores, que se sacaba a pasear semanalmente. Se han conservado banderas de guerra de la época, de manufactura similar (de seda) en bastante buenas condiciones.
Es poco probable, ante la escasez de materiales para confeccionar banderas celestes y blancas en la época, que la modesta Escuela de San Francisco se hubiera dado el lujo de renovar su bandera escolar todos los años como para tener una en 1812 y otra nueva al año siguiente u otra en 1814. Por lo tanto, se debe tratar de la misma bandera, registrada primero en 1812 y pintada luego en 1814. No se explica de otra manera que una misma bandera fuera compartida entre la escuela y el Cabildo.
Pero hay más: en el Libro de Disposiciones del Convento (período 1748 a 1826), página 8, existe una disposición del 28 de junio de 1814. En ella figura inventariada: "It. Una bandera de tafetán celeste y blanco con sus borlas y dos cintas de más de cuatro dedos de ancho, una blanca y otra celeste que pende de la lanza, esta es de lata con sus astas de dos varas y tres cuartas, que la costeó el Gobierno para los paseos de los jueves por la plaza y otras festividades que se hagan por orden del otro Gobierno".
Es decir, en las tres oportunidades en que la bandera de San Francisco es aludida en los registros franciscanos, en 1812, 1813 y 1814, siempre es descrita como "una bandera de tafetán celeste y blanco". En ningún momento se la menciona como de color azul. Su factura es celeste y lo confirman los documentos de la época. No creo que los frailes de entonces hayan sufrido alguna afección que les impidiera distinguir el azul del celeste, y mucho menos en tres oportunidades sucesivas.
Cuando tuve la oportunidad de ver la bandera, el color uniforme en toda la superficie de las alas superior e inferior era celeste. No se observa ningún tipo de decoloración o de deterioro del azul por el supuesto paso del tiempo. Además, como señala el vexilólogo Francisco Gregoric, conclusión que comparto: "Las banderas azul oscuro no decoloran al celeste. Todas las banderas de la época de Rosas que se conservan siguen siendo azules hoy y las banderas antiguas del siglo XIX que eran celestes se ponen a veces medio verdosas (ésta está medio verdosa). Si esta bandera fue azul originalmente, sería el único caso conocido (y milagroso) de una bandera que se vuelve celeste. O, caso contrario, que me muestren otros ejemplos históricos. Se conservan banderas de Estados Unidos, Francia o de Gran Bretaña antiguas y el azul sigue siendo azul".
En efecto, es claro que el azul no destiñe a celeste. Y es claro también que la bandera de San Francisco fue siempre celeste. Celeste fue el color que vieron los frailes y como se la registró en la historia; y celeste es el color que conserva hasta el día de hoy.
Además, todas las fuentes históricas documentales y gráficas coinciden en que las primeras enseñas patrias eran celestes. La más antigua es el oficio que, el 27 de febrero de 1812, Manuel Belgrano remitió al Primer Triunvirato, donde describe a la primera bandera argentina: "Blanca y celeste, conforme a los colores de la escarapela nacional".
Las primeras banderas eran claramente celestes: tanto la de Macha como la de Ayohúma. En cuanto al Estandarte de Ayohúma, rescatado del campo de batalla por Estopiñán, expresa el profesor Guillermo Brocchini: "De la bandera enarbolada en Rosario, no quedan dudas: Belgrano indicó claramente 'blanca y celeste'. Hay ejemplares de la época (como la bandera de Estopiñán, en Jujuy) en que se utiliza el azul… Las diferencias de color deben atribuirse a la disponibilidad de materiales al confeccionar cada ejemplar. La única referencia al azul es el decreto de Pueyrredón para el pabellón naval, del 7 de marzo de 1818. La razón es puramente práctica: el azul resiste más la inclemencia marina, pero solamente por esta razón (incluso se indica estrellas rodeando el sol y en los dos campos azules)".
En efecto, el estandarte de Estopiñán, contemporáneo de la bandera de San Francisco, era una insignia de combate, fue sometida a las inclemencias del tiempo y aún conserva agujeros de bala. Su color es celeste oscuro y no ha sufrido decoloraciones por el tiempo. ¿Cómo se explica, entonces, que una bandera de combate no se haya deteriorado y que una bandera de interior, de escuela, haya decolorado en forma homogénea y uniforme de azul a un color celeste cielo? Evidentemente, las conclusiones de los investigadores del Conicet no tienen asidero alguno y no revisten el menor análisis ni el más mínimo rigor histórico.
Finalmente, tenemos un documento gráfico irrefutable. Cuando Belgrano se hizo retratar en Londres, el pintor francés que lo inmortalizó incluyó en su cuadro la imagen de un ejército pronto a entrar en batalla. Hoy podemos apreciar que ese mismo ejército enarbola banderas blancas y celestes (no azules). Esta inclusión obedece seguramente a instrucciones del propio Belgrano. Este registro gráfico es categórico para desvirtuar este burdo intento de pretender alterar, sin documentación alguna, un aspecto de nuestra historia, que se encuentra debidamente comprobado.
* Infobae, Buenos Aires, 15/04/2017. 
http://www.infobae.com/opinion/2017/04/15/los-cientificos-del-conicet-se-equivocan-el-color-de-la-bandera-es-celeste-y-estas-son-las-pruebas/

lunes, 9 de enero de 2017

ALAIN ROUQUIÉ: "CUANDO LA HERENCIA DEJE DE SER UN PROBLEMA EL PERONISMO HALLARÁ UN LÍDER"



Por Alain Rouquié



En su último libro, el politólogo francés -experto en la historia argentina- analiza el peronismo, "una democracia hegemónica" con rasgos que hoy encuentra en América Latina, Rusia y Turquía.

París.- Hace 53 años que Alain Rouquié sigue con la paciencia de un benedictino la evolución de la Argentina. Más de medio siglo durante el cual sus análisis, artículos y publicaciones lo consagraron como el mejor especialista francés de nuestro país y de América Latina. Pero no es sólo esa prolongada asiduidad académica la que otorga precisión a su extensa obra. Lo que hace la diferencia es su empecinada objetividad. Esa imparcialidad se vuelve a manifestar en su último libro, Le siècle de Perón (El siglo de Perón), recientemente publicado en Francia por Seuil. En 403 páginas, el actual director de la Maison de l'Amérique Latine en París analiza con distancia histórica la experiencia peronista, sus errores, sus ambigüedades, sus aciertos y leyendas. Siguiendo paso a paso ese fenómeno político singular, Rouquié describe un tipo de régimen al que califica de "democracia hegemónica", que se reduce, esencialmente, a la consulta electoral. La mayor originalidad de Le siècle de Perón reside, sin embargo, en el enfoque globalizador del autor, convencido de que esa "autocracia electiva" que caracteriza la vida política argentina desde hace más de 70 años generó en el siglo XXI numerosas imitaciones, no sólo en América Latina, sino también en Europa e incluso en Asia.
Hace medio siglo que trabaja sobre la Argentina y, sin embargo, sigue sorprendiéndose ante la longevidad, la perennidad del peronismo. Recuerdo que hace varios años me dijo: "En Brasil, ¿quién se acuerda de Getulio Vargas?". Ahora lo repite en su libro.
Así es. En Brasil no existe un partido getulista. En Francia no hay más partido gaullista. En la Argentina, 70 años después sigue existiendo el peronismo, aunque esté dividido. Es único en el mundo. Ese fenómeno merecía ser estudiado. Una razón suplementaria fue el hecho de que aparecieron en América Latina varios regímenes que tenían características comunes con el peronismo. Pensé entonces que, para comprender esos nuevos regímenes, que son una suerte de manifestación de la democracia en un contexto particular, era necesario reflexionar a partir de una experiencia que duró casi un siglo, y que permite distinguir los factores, las condiciones de emergencia y las modalidades de funcionamiento de esos fenómenos.
¿Cuáles son esas características comunes entre el Perón del siglo pasado y esos nuevos líderes del siglo XXI?
La más importante es la de haber nacido de elecciones democráticas y pluralistas y, una vez en el poder, considerar que deben permanecer y tener el monopolio de la representación popular. Para todos ellos, los demás son ilegítimos.
¿Cuáles son los elementos comunes que encuentra entre el peronismo y, por ejemplo, la Rusia de Putin o la Turquía de Erdogan?
Hay elementos comunes en la emergencia de cada uno de esos regímenes, aunque a veces parezcan muy diferentes unos de otros. Me refiero a coyunturas en las cuales grupos sociales importantes son excluidos, rechazados, no representados. Donde se producen crisis económicas graves que afectan sobre todo a esos grupos, pero también a los demás. Y por fin, donde aparece un hombre que puede y que termina representando a esos grupos excluidos, que se apoya en ellos y consigue llegar al poder. En la Argentina era la clase media. La base del poder peronista estaba constituida por los sindicatos estatizados y por el ejército. Si miramos bien, en el caso venezolano también fue el ejército.
Pero no los sindicatos...
No, en Venezuela no fueron los sindicatos, que están en manos del partido socialdemócrata, sino el sector informal: las villas, los sectores que no tienen protección social. Me refiero a esos grupos sociales marginalizados por los dos gobiernos precedentes, que aplicaron recetas más bien liberales de ajuste que habían agravado la situación. Resultó el Caracazo, que fue el momento en que muchos sectores de la sociedad -en particular los militares- entendieron que había que cambiar el sistema.
Y en el caso de Rusia...
Puede parecer raro decir que Vladimir Putin tiene puntos comunes con Perón. Pero Putin fue primer ministro de Boris Yeltsin. Y con Yeltsin los rusos vivían en la miseria. Rusia era humillada por el resto del mundo. No sólo por la conducta de Yeltsin, sino también porque el fin de la Unión Soviética llegó acompañado de una gravísima crisis económica. Un grupo de predadores -los llamados oligarcas- se apoderaron de las empresas y la gente perdió todo. ¿Qué hizo Putin? Reactivó la economía, recuperó el control estatal de los principales recursos y, mediante una política ambiciosa y brutal, devolvió la dignidad internacional a su país y al conjunto de las clases sociales que se beneficiaron con la prosperidad. Porque no basta con llegar al poder diciendo "voy a refundar la república" y permitir a los excluidos, a los pobres, acceder a una vida digna y vivir en un país que funciona. También hay que tener los medios de una buena redistribución. Y para eso es necesaria la prosperidad.
Perón pudo hacerlo en la posguerra.
Exactamente, aunque no duró demasiado, del 47 al 50, más o menos. Cuando Chávez fue elegido en 1998 a la presidencia se presentó como un socialdemócrata, como un defensor de la tercera vía, tipo Blair o Clinton. Nunca habló de socialismo ni de revolución. ¿Por qué? Porque en 1998 el barril de petróleo estaba a menos de diez dólares. Si el petróleo no hubiese aumentado brutalmente, Chávez no habría permanecido tanto tiempo en el poder. Lo mismo sucedió en Rusia, gran productor de petróleo.
Usted señala otro elemento común: la voluntad de permanecer en el poder.
Esos gobiernos, que yo llamo "democracias hegemónicas", son de origen democrático y practican la democracia porque no suprimen el pluralismo. Pero controlan todos los contrapoderes. Y con el argumento de que son gobiernos reparadores, refundadores, consiguen convencer a la gente de que que no pueden ser reemplazados.
Y cuando no se puede conseguir la presidencia vitalicia se opta por la dinastía...
O se utiliza una especie de bricolaje que permite perdurar. Putin pasa la mano a Dimitri Medvedev, que lo reemplaza siendo alternativamente su primer ministro o presidente, y así gobernará quizás hasta 2025. En la Argentina era más bien familiar: Perón, Isabel, los Kirchner. En este último caso, el problema que tuvieron fue la muerte de Néstor. De lo contrario, estarían aún en el poder, pues él tenía una experiencia política que no poseía su esposa. Ese tipo de paso de posta no estaba prevista con Chávez, que había conseguido reformar la Constitución para ser elegido en forma ilimitada. Eso acaba de hacer Daniel Ortega en Nicaragua. No sólo eso, sino que además su mujer, Rosario Murillo, vicepresidenta, puede sucederlo en caso necesario. Y se necesita sólo 35% de los votos para ser elegido.
Usted dice en el libro que conoció a Perón. ¿Cuándo?
Lo conocí en Madrid, no me acuerdo del día, pero fue en enero de 1969, antes de que regresara a la Argentina. Yo pedí la entrevista.
¿Qué recuerdo conserva?
Tengo dos recuerdos. El primero es que me sentía bastante intimidado. Para el joven investigador que yo era, se trataba de un monumento histórico. Yo tenía un pequeño grabador que no conseguía hacer funcionar. Perón me dijo: "Démelo". Pero él era más torpe que yo, las manos le temblaban un poco. Entonces llamó: "Lopecito, vení aquí y arreglale el grabador al señor". Lopecito era López Rega. El segundo recuerdo es que estábamos los dos solos, pero él hablaba como si delante de él hubiese una multitud. Con los brazos abiertos, me hizo un discurso público. Yo le hacía preguntas que evidentemente no le gustaban. Se lo veía molesto. Por último, me hizo un elogio ditirámbico de Benito Mussolini. Estuvimos juntos unas dos horas. Una experiencia formidable que nunca había utilizado hasta ahora.
En su libro es extremadamente duro con las élites liberales argentinas. A su juicio, si éstas hubiesen comprendido el mensaje de Perón cuando llegó al poder y les dijo: "Yo terminaré con el comunismo, nuestro enemigo común", probablemente el fenómeno peronista no se hubiera desarrollado así.
Ése fue el primer error de las clases dirigentes. Pero hubo otro enorme error. La revancha social que nunca tendría que haberse producido. Si querían terminar con el peronismo era necesario que hicieran la política social del peronismo en una democracia. Fueron incapaces.
¿Cree que, con el tiempo, esos demócratas terminaron comprendiendo esos errores?
Creo... (dubitativo). Es verdad que pasaron tantas cosas en ese país desde entonces. El presidente Mauricio Macri no hizo una campaña antiperonista. Es por eso que fue elegido. Incluso fue a inaugurar una estatua de Perón en vísperas de su elección. Alguien como Macri, rodeado de gente que piensa, comprendió que podía ir contra los Kirchner, pero que Perón era intocable. Raúl Alfonsín hizo lo mismo. Nunca hizo antiperonismo. Denunció el pacto sindical-militar, pero el blanco no era Perón. Era la gente que había hecho ese pacto.
Hablemos de Europa. Usted menciona en su libro los peligros que pesan sobre el continente y sugiere que esas "democracias hegemónicas" podrían llegar incluso aquí. ¿Cree que existe también un extravío de las élites políticas europeas?
Hay sin duda cierta ceguera e incomprensión. Es difícil de entender que en Europa, la mayor alianza de democracias del mundo, cada vez que hay elecciones la gente se siente sumergida en la angustia. Están convencidos de que algo terrible sucederá. Lo vimos en Italia, lo vimos en Gran Bretaña. Es evidente que hay un problema. Lo que hay que preguntarse -y constato que las cosas no van en esa dirección- es si esos partidos contestatarios, nacionalistas, xenófobos, no responden a verdaderos problemas, desafíos e interrogantes.
En otras palabras, los partidos tradicionales no consiguen responder a los miedos de la gente.
En Estados Unidos, Hillary Clinton no respondió a los miedos de los electores, incluso en algún momento los insultó, menospreciándolos. Y cuando en Francia, ante el Frente Nacional (FN) tenemos un candidato (el conservador François Fillon) que presenta una plataforma ultraliberal, antiestatista y antisocial, uno se dice que es lo mismo que agitar un paño rojo delante de los electores de extrema derecha. En todo caso, muchos electores que apoyan al FN son iguales que los que votaron por Trump. Hay que darles respuestas. Es imposible tratarlos con desprecio porque son xenófobos, nacionalistas o porque "no comprenden nada". Por otra parte, los países europeos tienen instituciones sólidas. El Brexit no creó una crisis espantosa e incluso aquellos que lo promovieron se sorprendieron del resultado y hasta decidieron renunciar. Las instituciones pueden impedir o al menos canalizar esas corrientes antiinstitucionales y antipolíticas que proponen malas respuestas a cuestiones que no han sido resueltas.
¿Cómo ve el peronismo del siglo XXI?
Ese peronismo fue la familia Kirchner. Ahora, el peronismo está totalmente dividido, lo cual da fuerza a Macri. Cuando Cristina Kirchner dejó el poder tenía una tasa de popularidad muy alta. Después, de golpe, todo se derrumbó con las revelaciones de corrupción. Por otra parte hay un peronismo que trata de liberarse del control mortífero de los Kirchner, trabajando con Macri. ¿Cuánto durará? Ésa es la verdadera cuestión. A partir del momento en que la herencia del liderazgo deje de ser un problema, el peronismo se reunificará y hallará un líder, como siempre lo hizo, creando un serio problema para Macri. Una política de ajuste es siempre dolorosa, sobre todo después de un período en el cual había profusión de subvenciones. La modificación de todas esas anomalías provoca resistencias. En todo caso, creo que Macri es suficientemente hábil como para acompañar esos cambios indispensables con una política social. Pero estoy convencido de que el peronismo está al acecho, como lo ha estado siempre, desde hace casi un siglo.
Biografía
Alain Rouquié nació en Francia en 1939. Desde 2003 es presidente de la Maison de l'Amerique Latine en Francia. Entre sus obras se encuentran Poder militar y sociedad política en la Argentina, ¿Cómo renacen las democracias?, A la sombra de las dictaduras. En su país acaba de publicar Le siècle de Perón (El siglo de Perón).
Por qué lo entrevistamos
Porque sigue desde hace 53 años el derrotero político de la Argentina, y acaba de sumar un nuevo libro a su producción.
Fuente:
La Nación, Buenos Aires, Domingo 08/01/2017

sábado, 26 de noviembre de 2016

LA OTRA VUELTA DE OBLIGADO

Lucio Norberto Mansilla.


Por David Rock*



El prestigioso historiador británico David Rock, profesor de la Universidad de California, quiso intervenir en la polémica que en esta misma página sostuvieron Pacho O'Donnell y Luis Alberto Romero sobre la Vuelta de Obligado y la visión oficial del nacionalismo argentino.

Como inglés nativo, no veo la década que siguió a 1840, al decir de Churchill, como nuestra hora más gloriosa o " finest hour". En el colegio, a esa década la llamábamos "los años cuarenta hambrientos", no sólo por la catastrófica hambruna irlandesa, sino por la prolongada recesión económica que perjudicó seriamente las vidas de los obreros británicos. Las presiones económicas internas provocaron varias aventuras imperialistas en el exterior, entre otras, las guerras infames del opio contra el imperio chino y la intervención de 1845 en el Río de la Plata. Sólo cerca de 25 miembros de las tropas francesas e inglesas murieron en el conflicto de la Vuelta de Obligado, un acontecimiento casi olvidado en Francia y Gran Bretaña. Las pérdidas argentinas fueron mucho mayores: posiblemente hubo hasta mil muertos. La "batalla" recuerda los episodios imperialistas típicos en la India o en África, en los cuales por cada muerto europeo perecieron cincuenta nativos. Pacho O'Donnell define el incidente como "una de las mayores epopeyas militares de nuestra historia". Si eso fuera verdad, la República Argentina habría tenido una existencia casi idílica. Ojalá la historia británica hubiera sido la misma. En Gran Bretaña, el lenguaje de O'Donnell se aplicaría a acontecimientos como el primer día de la Batalla del Somme, el 1° de julio de 1916, cuando sesenta mil soldados ingleses cayeron en los primeros treinta minutos del enfrentamiento, ante las ametralladoras alemanas. A pesar de su lenguaje exagerado, el artículo de O'Donnell tiene un cierto contenido analítico. Enfatiza, correctamente, la importancia de los barcos de vapor en el conflicto de 1845. Lord Palmerston veía al río Paraná como un sitio ideal para probar los barcos de vapor como máquinas bélicas. Los constructores de este tipo de buques en Inglaterra querían aumentar su producción si aparecían los mercados compradores. Algunos comerciantes de Liverpool soñaron con convertir al gran río (que creían conectado directamente al río Amazonas, a través de las junglas brasileñas) en un segundo Mississippi. Como señala O'Donnell, algunos comerciantes británicos concibieron el plan de redefinir el mapa político de la región del Plata, reduciendo el territorio de la Confederación Argentina y aumentando el de la República del Uruguay. La batalla de la Vuelta de Obligado resultó una derrota para Rosas, aunque posteriormente él pudo reclamar una victoria estratégica, cuando los británicos abandonaron su acción bélica y volvieron a la diplomacia. Estos evitaron cualquier medida violenta en la construcción de su imperio de negocios en la Argentina. Aunque no discrepo totalmente con O'Donnell, comparto la crítica de Romero de su versión de romanticismo histórico. Nadie debe olvidarse del papel de la demagogia revisionista en la tragedia argentina de los años 70 del siglo pasado. Romero resume bien las opiniones de muchos historiadores distinguidos y confiables. Sin embargo, tanto él como O'Donnell no mencionan varios aspectos de la intervención de 1845 que son cruciales para su mejor comprensión. Bien conocido, por ejemplo, es el largo esfuerzo de Rosas por controlar la Banda Oriental; estos conflictos marcaron la continuación de la competencia entre Buenos Aires y Montevideo para dominar el comercio del Río de la Plata, que había empezado en el período colonial. El conflicto tipificó esta época de la historia latinoamericana después de la independencia. Los caudillos y los Estados-ciudades luchaban por la hegemonía de una manera más parecida a las guerras de la Grecia Antigua o la Italia del Renacimiento que a las luchas nacionales-populares europeas durante las revoluciones de 1848. Ni O'Donnell ni Romero enfrentan los antecedentes de la participación de Francia y Gran Bretaña en el conflicto de 1845. Los franceses estaban concentrados en Montevideo; se opusieron a Rosas porque él les aplicó políticas discriminatorias; pasaron todo el período de Luis Felipe (1830-1848) tratando de derrocarlo. Bien distinto de la invasión de México durante el régimen siguiente de Napoleón III, los orleanistas trabajaron contra Rosas a través de bloqueos y socios locales como el general Juan Galo Lavalle. Los franceses nunca quisieron lanzar una invasión en tierra con tropas europeas, pues temieron que esto resultara un desastre costoso. A diferencia de los franceses, los británicos habían establecido una presencia en ambas bandas del Río de la Plata. Buenos Aires atrajo a los británicos porque ofrecía acceso a mayores mercados y a productos vacunos de exportación. Por su parte, Montevideo tenía un puerto más caudaloso que Buenos Aires, y más cerca del Atlántico; además, sus autoridades solían demostrar más voluntad de cooperar con los comerciantes británicos. En 1845, los comerciantes británicos de Montevideo convencieron a sus socios en Liverpool de montar una campaña bélica contra Rosas. Argumentaron que Montevideo pronto podría convertirse en la base de un nuevo comercio muy apreciable hacia el interior sudamericano, a través del Paraná. Para cumplir este plan, era necesario eliminar la oposición de Rosas. Los propagandistas siempre escondieron su verdadera razón: una acción contra Rosas por un bloqueo a Buenos Aires les daría el monopolio sobre el comercio existente en el Río de la Plata. El conflicto de 1845 significó una lucha entre grupos de políticos y comerciantes en competencia por la hegemonía comercial. Marcó una nueva etapa en la larga pelea entre Buenos Aires y Montevideo por la supremacía en el Río de la Plata. Samuel Lafone merece una mención destacada en los anales del imperialismo victoriano. El lanzó la visión del comercio a vapor entre Montevideo y el alto Paraná; concibió el plan de redefinir las fronteras entre la Argentina y Uruguay a beneficio del segundo; en los años 50, gestó el desarrollo de las islas Malvinas, desde Montevideo. En 1845, Lafone convenció a William Ouseley, el enviado diplomático de Aberdeen, de enviar la expedición naval, junto con los franceses, por el Paraná y emprender el ataque a las tropas rosistas en la Vuelta de Obligado. A pesar de su triunfo militar, los británicos sacaron escaso provecho de su agresiva aventura, porque las oportunidades comerciales de la región del Paraná y del Paraguay fueron casi nulas. Aberdeen había ordenado a su enviado utilizar la fuerza como último resorte y pronto condenó la entrada forzada al Paraná. Rápidamente, la opinión pública inglesa se dio cuenta de que la intervención contra Rosas producía grandes ganancias para los comerciantes de Montevideo, pero provocaba el descenso del comercio británico. La oposición creció a tal punto que a principios de 1846 los británicos abandonaban toda su anterior estrategia. Como ocurrió repetidas veces en el siglo XIX, el imperialismo británico se formó menos como resultado de una política gestada en Londres que por las acciones de los agentes comerciales locales o " men on the spot ", en este caso, Lafone y Ouseley. "No somos ni Argelia ni la India", declaró gallardamente Rosas, cuando las fuerzas británicas se habían retirado. A pesar de su oposición a la intervención, el gobernador aceptó plenamente la idea de una asociación comercial con los europeos. En 1847, el diario pro rosista escrito en inglés en Buenos Aires, The British Packet , publicó un manifiesto sosteniendo que una relación con Gran Bretaña que hoy llamaríamos "imperialismo informal" sería provechosa para ambas partes. El diario llamó a los británicos a enviar obreros y granjeros a Buenos Aires, que se dedicarían al comercio y al sector rural. De haber venido, los británicos hubieran gozado, según el diario, de "todos los beneficios de una colonia sin costo ni responsabilidad". Los rosistas también proponían el tipo de relación con Gran Bretaña que de hecho se materializó hacia fines del siglo XIX. Lo que hoy los revisionistas condenan como "la oligarquía antinacional o entreguista" asociada con los británicos? ¡incluiría a Rosas mismo! Obviamente, lo propuesto por Rosas tuvo el apoyo de los británicos establecidos en Buenos Aires. Ellos peticionaron al Foreign Office que se abandonara la intervención militar y rehusaron el consejo de Ouseley de salir de Buenos Aires. Todos se mantuvieron leales a Rosas y defensores de la soberanía provincial. Conozco a un solo entusiasta de una hipotética conquista militar británica de Buenos Aires. Irónicamente, un irlandés. En 1845-1847, Antonio Fahy, un cura empobrecido y recién llegado, pidió un subsidio del gobierno británico anunciando su voluntad de actuar como un líder colonial, sobre la base de su prestigio dentro de la comunidad irlandesa de Buenos Aires. Una narrativa acertada de los sucesos de 1840 en el Río de la Plata subraya lo anacrónico de la terminología empleada por O'Donnell: "democracia popular", "soberanía nacional" y "nacionalismo", por ejemplo. La batalla de la Vuelta de Obligado fue una masacre de "nativos" típica de su tiempo. Más que un arquetipo del nacionalismo popular, Rosas era un dictador de un Estado-ciudad que, a la vez que supo defender su propio territorio, también deseó siempre una relación cercana y provechosa con los países imperialistas. Como nota Romero, aquellos años pertenecieron a la época prenacional y prenacionalista de la Argentina. Los intelectuales liberales preclaros, como Alberdi y Sarmiento, soñaban con una república consolidada que emulara la pujanza democrática y republicana de Estados Unidos. Pero en aquella época sus proyectos todavía se hallaban muy lejos del imaginario de la masa popular.
*El autor, historiador británico, es especialista en historia política argentina.
Fuente:
La Nación, Buenos Aires, Lunes 06/12/2010
http://www.lanacion.com.ar/1331065-la-otra-vuelta-de-obligado   

domingo, 6 de noviembre de 2016

CONGRESO INTERNACIONAL DE ABOGACÍA PÚBLICA: "HACIA LA RECUPERACIÓN DE LA CALIDAD INSTITUCIONAL"



CONGRESO INTERNACIONAL DE ABOGACÍA PÚBLICA – PROGRAMA TENTATIVO


FECHA: MIÉRCOLES 23 Y JUEVES 24, DE NOVIEMBRE DE 2016.
LUGAR: HOTEL PANAMERICANO.

TÍTULO:

HACIA LA RECUPERACIÓN
DE LA CALIDAD INSTITUCIONAL
Bicentenario de la Declaración de la Independencia

PROGRAMA:


MIÉRCOLES 23/11/16

08.30 – 10.00 hs.: ACREDITACIONES – PRIMER COFFEE

10.00 – 11.00 hs.: APERTURA

11.00 – 12.00 PRIMER PANEL: MODERNIZACIÓN Y EFICACIA EN LA GESTIÓN ESTATAL
-          Justicia2020
-          Modernización en la gestión administrativa
-          Capacitación técnico-profesional

12.00 hs. – 13.00 hs. SEGUNDO PANEL: FUNCIONES DEL ESTADO EN EL PANORAMA INTERNACIONAL

13.00 a 14.30 hs. ALMUERZO

14.30: REINICIO

14.30 hs. a 16.30 hs. TERCER PANEL: PARTICIPACIÓN CIUDADANA Y ÉTICA PÚBLICA
-          Acceso a la Información y otras técnicas de participación.
-          Transparencia en el sector público. Recupero de activos.

16.30 – 17.00 hs.: SEGUNDO COFFEE

17.00 – 18.00 hs.: “LIVING”: “Los abogados en la construcción del Estado” Dres.  María Sáenz Quesada, Luis Alberto Romero y Sandro Olaza Pallero.

20.30 hs. – CENA

JUEVES 24/11/16

8.30 – 9.30 hs.: TERCER COFFEE

9.30 – 11.00 hs.: CUARTO PANEL: DESARROLLO ECONÓMICO Y SEGURIDAD JURÍDICA
-          Asociación público-privada. El nuevo der. adm como mixtura de derecho público y privado.
-          Tratados bilaterales de inversión extranjera.

11.00 – 13.00 hs.: QUINTO PANEL: NUEVOS ROLES EN LA ABOGACÍA PÚBLICA
-          La abogacía estatal.
-          La Procuración del Tesoro de la Nación y el Cuerpo de Abogados del Estado.

13.00 – 14.30 hs.: ALMUERZO

14.30 – 16.30 hs.: SEXTO PANEL: NUEVOS DESAFÍOS NORMATIVOS
-          Desarrollos en el derecho público local (Provincia de Buenos Aires y CABA)
-          Perspectivas sobre el Derecho Administrativo

16.30 – 17.00 hs.: CUARTO COFFEE

17.00 – 18.00 hs.: SÉPTIMO PANEL: PERIODISMO Y CALIDAD INSTITUCIONAL
-          “Living”: Periodistas-abogados sobre la calidad institucional.

18.00 hs.: CIERRE
-          Discurso de cierre


18.15 – 19.00 hs.: ENTREGA DE CERTIFICADOS

miércoles, 21 de septiembre de 2016

PERONISMO, LA EMULACIÓN DEL FASCISMO


Juan Domingo Perón y Carlos Ibáñez del Campo en el desfile del 9 de julio de 1949.


Benito Mussolini.


El peronismo tuvo, como se sabe, orígenes fascistas. Fascista fue la revolución militar de 1943 de la que emergió a la política nacional. La concepción de Benito Mussolini de que es un movimiento y no un partido lo que está en la esencia del fascismo penetró en las bases teóricas y prácticas sobre las que se asentó el primer gobierno del general Juan Perón. Si no se quisiera menear la política del cachiporrazo, a la que fueron tan adictos los elementos de choque del nacionalismo peronista de los días iniciales, podría invocarse en su defecto el calco existente entre la legislación argentina de entidades gremiales, de 1945, y la famosa Carta del Lavoro (1927), que la precedió en Italia. Los primeros fueron los tiempos del fascismo de derecha, el que se cultivó aquí en medio de la ambigüedad que la prudencia recomendaba frente a los malos augurios bélicos que perseguían como sombra al eje formado entre Berlín y Roma. La subversión y el terrorismo que despuntaron a fines de los años 60 a sangre y fuego con los asesinatos de dirigentes sindicales como Augusto Vandor y José Alonso y del ex presidente militar Pedro E. Aramburu abrieron en la Argentina el turno de un peronismo de nueva generación, travestido en fascismo de izquierda. Uno de sus más enconados enemigos fue el otro fascismo, el de derecha, atrincherado en filas parapoliciales con el nombre de la Triple A. Ninguna de esas expresiones de criminalidad política fue mejor, ni podía serlo, que el respectivo reverso. Los iguales no son distintos: la nota dominante de ambos fascismos locales estuvo en la apelación a la fuerza, no a las ideas o al debate, para doblegar contrincantes o para imponer supremacías. El fascismo nació al cabo de la Primera Guerra Mundial como una extraña facturación de nacionalismo tribal y socialismo antimarxista. Así lo definieron, en la década del 30, intelectuales como Gentile, Primo de Rivera, Mosley, Degüelle y La Rochelle. Mussolini había militado en el Partido Socialista italiano hasta 1914. Rompió por diferencias insalvables entre un partido de tibios y él, que se consideraba "el más tenaz creyente en la guerra". Con ese precedente nació el fascismo. Respuesta siniestra de una Italia decepcionada por haber estado entre los países victoriosos en la guerra de 1914-1918 y haber perdido, sin embargo, en la mesa de negociaciones diplomáticas lo que pedía para estabilizar las fronteras entre los Alpes y el Adriático y consumar la anexión, entre otros territorios, de la Dalmacia que sería parte de la nueva Yugoslavia. Nadie podría decir que la política exterior del peronismo, ni antes ni ahora, ha sido más clara y precisa que aquella de Mussolini. Tampoco ha sido diferente en orden a algunas cuestiones de política interna, como esa comunión de métodos para resolver con intemperancia, y hasta con manipulación desenfadada, las controversias naturales en la marcha de un gobierno. Se puede trazar, en ese sentido, una larga lista de temas de viva actualidad, imputables al ala gobernante del peronismo, en la que nidifican sus más persistentes complejos y arrogancias. Las manifestaciones de prepotencia reiterada del secretario de Comercio, sin que la Presidenta lo ponga en quicio. La falsificación abierta de cifras y estadísticas oficiales. Los ataques constantes a la prensa ajena a los dictados oficialistas. La regulación de los contenidos de los medios de comunicación, cuya genealogía se remonta al decreto 23.408 de la dictadura de 1943 y, de allí, al código mussoliniano sobre radiodifusión, de 1924. Los enfrentamientos con el agro y el dictado de medidas para perjudicarlo. La sobreactuación institucional de los gremios afines a la Casa Rosada. El exagerado culto de la personalidad y la sumisión de legisladores y gobernadores a lo que dispone el poder central. El abuso del poder de policía administrativo. El tendido de redes clientelares a través de favores prebendarios. La persecución de figuras independientes u opositoras a través del aparato de inteligencia del Estado. La exaltación de las corporaciones en detrimento de los partidos políticos. El avasallamiento de poderes independientes, sobre todo el Judicial. El alineamiento con regímenes autoritarios como el de Hugo Chávez. El fascismo luchó, es cierto, contra el marxismo, pero con aun mayor convicción y aptitudes naturales lo hizo contra el liberalismo. Por haber sido profundamente intervencionista y corporativista, postuló que las libertades individuales se deben ejercer sólo dentro de las pautas determinadas por el Estado omnipotente, encarnado en un liderazgo infalible. En el campo de esa interpretación de fenómenos sociales y políticos, no hay lugar para una genuina libertad de prensa, sino para un periodismo genuflexo y complaciente. Por lo que se observa de éste, su funcionamiento deficitario cuesta ingentes sumas al erario. Pero qué importa, si pagan los contribuyentes.
Fuente:
“Editorial”, en La Nación, Buenos Aires, 13 de febrero de 2011.

sábado, 13 de agosto de 2016

A 200 AÑOS DE LA INDEPENDENCIA DE UNA NACIÓN FORJADA DESDE SANTIAGO DEL ESTERO





                                                                                   Por Hebe Luz Ávila


        En mis reflexiones sobre el Bicentenario de 1810, decía en el Suplemento de los 112 años de El Liberal: “Pasó el Bicentenario y no alcanzó nuestra prédica para hacer saber al país que aquí, en Santiago del Estero, nació la patria. Que ésta no surgió de pronto en el cabildo de Buenos Aires, un 25 de mayo de 1810, por decisión de un puñado de criollos y españoles que no sólo no estaban decididos a independizarse de España sino que formaron una Junta provisional Gubernativa “a nombre del Señor Don Fernando VII”. La nación que en este 2010 celebró su Bicentenario no se sintió – porque no se supo- hija y deudora de esta bien llamada Madre de ciudades, primera sede episcopal, donde germinara el primer grano de trigo, y desde donde salieron hombres y bastimentos para la fundación definitiva de aquella otra ciudad, centro de los festejos sobre su Avenida 9 de Julio”.
Sin embargo, ante este otro festejo de un Bicentenario que me parece más trascendente, insisto en ubicarme en este lugar de nacimiento de lo que hoy es nuestro país. Y por eso voy a recordar algunas de las acciones que conforman los cimientos de la futura Nación desde nuestro Santiago del Estero.[1]
Las primeras entradas de los conquistadores españoles – como la de Diego de Rojas en 1543-  van prefigurando el inminente nacimiento, hasta la creación de la primera ciudad que perdure. De allí saldrán luego los fundadores y los recursos para  la creación de otros pueblos y se establecerán las instituciones fundamentales para constituir lo que luego devendrá en  una nueva nación. Y será la Ciudad de Barco la primera de lo que es hoy la República Argentina, fundada el 29 de junio de 1550 por el Capitán Juan Núñez de Prado y asentada definitivamente el 25 de julio de 1553, cuando Francisco de Aguirre la traslade con el nombre de Santiago del Estero.


            Queremos aclarar al respecto que mucho antes, en el año 1536, don Pedro de Mendoza fundó el Real de Buenos Aires, pero se trataba solamente de un real, es decir un fuerte, un reducto, pues no tenía facultades para instaurar una ciudad. Por tal motivo, en 1541 Martínez de Irala mandó a asentar el campamento de Buenos Aires y lo trasladó al Fuerte de la Asunción, instalado por Salazar de Espinoza en 1537 y, en uso de sus facultades,  fundó sobre ese fuerte la ciudad de Nuestra Señora de la Asunción, en territorio que hoy corresponde al vecino país de Paraguay.
Esta primera ciudad de Santiago del Estero es parte muy importante de un plan que el Licenciado La Gasca, gobernante del Perú, le encomendara a Núñez de Prado, pues debía explorar la región del Tucma o Tucumán y “en la parte y sitio que os pareciere más conveniente para poblar, pobléis un pueblo y desde él procuraréis de traer en paz (...) a todos los caciques principales e indios de las dichas provincias y sus comarcas.”2
Para reforzar nuestros argumentos de ciudad origen del país, destaquemos que esta fundación de 1550 contó con todas las prescripciones de la juridicidad hispánica, por lo que inmediatamente quedó constituido el cabildo, se establecieron los habitantes y comenzaron a labrar las primeras huertas.
Considerada con justicia “Madre de ciudades”,  con su epopeya fundadora llevó a cabo el poblamiento y colonización de gran parte del extenso territorio nacional, no solo cubriendo lo que se consideraban espacios vacíos,  sino cumpliendo cabalmente con la misión civilizadora y evangelizadora. Tucumán (1565), Córdoba (1573), Salta (1582), La Rioja (1591), Jujuy (1593), Catamarca (1683) – menos de la mitad de las ciudades fundadas a costas de los primeros santiagueños- son las que hoy permanecen y conforman el fundamento inicial de la patria.
Recordemos brevemente que esta primera ciudad, muy pronto capital de la gobernación del Tucumán,  no solo antecede en varios años a las que hoy subsisten, sino que resulta “la primera entidad política, institucional, religiosa y cultural que tuvo la Argentina actual”3. En Santiago del Estero se fundaron las primeras instituciones que fueron conformando la nación en ciernes:
-      La primera evangelización: Desde la primera entrada de Diego de Rojas en 1543, los dos sacerdotes que componían la expedición  celebran numerosos oficios religiosos. Cuando diez años después se funda  la ciudad definitiva, se establecen   las  primeras órdenes religiosas, con su consiguiente labor misional y educativa. Francisco Solano, el primer santo de América, hizo allí sus milagros, como complemento de su tarea de prédica y de apaciguar los espíritus de nativos y españoles.
-    Una economía que abarca desde la agricultura (el primer grano de trigo que se sembró con éxito en nuestro país fue en esta madre de ciudades en 1556), propiciada por la Acequia Real – a su vez la primera obra hidráulica en territorio patrio4, construida inmediatamente después de la fundación de la ciudad-, hasta la industria y el comercio exterior.5
-     En 1586 se erige la primera escuela del país  a cargo de la Compañía de Jesús, para que pudieran “ser criados los mancebos en ciencia, virtud y letras”  y en 1611 el Colegio Seminario de Ciencias Morales, primera institución de estudios superiores, base de la posterior Universidad de Córdoba.
-      La primera institución política, la Gobernación del Tucumán, Juríes y Diaguitas,  se crea por Cédula Real en 1563, cuya capital es Santiago del Estero (Cuando treinta años después, en 1593, se constituya la Gobernación del Río de la Plata y Paraguay, se completará la geografía política de lo que en el siglo XVI  se perfilaba como la Argentina).
-           El primer Obispado (1570), con su Catedral en esta ciudad, y el primer prelado del país, Francisco de Victoria, que cumpliera una labor clave en el ámbito eclesiástico, educativo y hasta en el político y comercial,  con sus dotes de estadista
-            El primer monumento jurídico, y el más avanzado antecedente de justicia social en nuestro territorio,  con las Ordenanzas del Visitador Francisco de Alfaro, dictadas en Santiago del Estero, en 1612.
-             La primera visión geopolítica, establecida desde este inicial centro político  puede sintetizarse en el poblamiento como expansión y defensa, la conformación de un corredor con centro en el interior (Gobernación del Tucumán), el afianzamiento de la producción y el comercio, y respaldado en estas concreciones, la creación del puerto en Buenos Aires, “el mirador del Tucumán sobre el Atlántico”6.  De esta manera se configura la organización inicial en cuanto a la economía y lo social del territorio a poblar, con centro en las proximidades del actual río Dulce, entonces llamado río del Estero.
Pero al instituirse en 1776 el Virreinato del Río de la Plata con capital en Buenos Aires, se cambia la geopolítica, al poner la centralidad en el puerto junto al Atlántico. Se inicia así el proceso hacia la constitución de un país agro-exportador que fue minando las economías provinciales.
Después vendría el enfrentamiento de unitarios y federales que culminaría en Caseros con el triunfo de porteños contra las provincias, a las que consideraban “los trece ranchos”, desconociendo – hasta nuestros días- todo aquel comienzo de esforzadas concreciones.

El trabajo y el esfuerzo de los primeros “santiagueños” cimentarán la futura Nación

Algo más de tres décadas han pasado desde la fundación de la ciudad de Santiago del Estero, y aparte del descomunal esfuerzo de fundar nuevas ciudades, poblarlas y dotarlas de los recursos y estructuras básicas para su defensa y funcionamiento, la capital del Tucumán  ha ido tomando la envergadura de “un inmenso taller que utilizaba sus recursos materiales para alcanzar un armónico desarrollo agrario-artesanal autosuficiente. De sus bosques se extraían más de 14.000 arrobas de miel y cera para luminarias, y maderas fuertes con los que se construían carretas, muebles y viviendas. Debido a la bondad del clima, su territorio servía para “la invernada de equinos, mulares y ganado de toda clase[7]”, que se traían a sus campos antes de venderse en las ferias de Salta y el Alto Perú. El algodón, considerado “la plata desta tierra” se empleaba en la confección de la ropa destinada para la población virreinal. Sus beneficios superaban los 100.000 pesos plata que incluían las industrias del añil y del tejido.
Sin embargo, cuando llegaron los españoles, la tierra no estaba improductiva. La visión de los campos sembrados de maíz y los algodonales fue la razón por la que Francisco de Aguirre denominara a la ciudad fundada "Santiago del Estero, Tierra de Promisión".
Debido a que los suelos estaban fértiles y protegidos por los bosques, se pudo desarrollar una economía agraria, pero también ganadera y de producción de manufacturas. No era solamente de subsistencia, puesto que, mediante el sistema de encomienda, los españoles conseguían excedentes de producción de los aborígenes, lo que llevó a comerciar con Potosí y a la vez obtener productos importados. Esto permitió que la vida en ese poblado precario, tan `a lo indio´, fuera españolizándose, pues sus chozas de barro y madera de los bosques nativos se iban “vistiendo por dentro con alfombras, tapices, espejos, cuadros e imágenes religiosas, arcones, instrumentos musicales, muebles, platería”.[8]
A este bienestar material se agregan – consecuentemente- las inquietudes culturales, que van desde la instalación de las primeras bibliotecas a partir de 1578, a la presencia  en estas tierras de tres poetas de reconocido prestigio. En efecto, Mateo Rojas de Oquendo llega acompañando al gobernador Ramírez de Velasco, participa de la fundación de La Rioja, en 1591, y es encomendero de indios en Santiago del Estero, donde escribe un poema hoy perdido titulado “El Famatina”, con una “descripción, conquista y allanamiento” de la región.  El otro es Martín del Barco Centenera, que participó como protagonista en la fundación de Jujuy (1561) y vivió un tiempo en Santiago del Estero (1581), cuyo extenso poema Argentina y Conquista del Río de la Plata y Tucumán y otros sucesos del Perú" es el primer antecedente del nombre de nuestro país, que él llama “el argentino reino”. El tercero será Ruy Díaz de Guzmán, considerado el primer escritor, narrador y cronista criollo nacido en el Río de la Plata, que entre 1606 y 1607 fue Tesorero de la Real Hacienda en Santiago del Estero, luego de participar en la fundación de la ciudad de Salta, en 1582. Coincidentemente, su poema que comprende una crónica de la conquista del Paraguay y del Río de la Plata,  se titula también La Argentina.
Por  lo anteriormente dicho, no sería descabellado suponer que también Argentina, el nombre poético de nuestro país, surgiera desde Santiago del Estero, pues serán estos dos últimos libros los que lo determinen.
A partir de 1580, con la fundación de Buenos Aires, los asentamientos hispanos irán conformando un arco entre el Alto Perú y el Río de la Plata. En el primero, Potosí con la explotación de sus minas de plata dominaba la economía de la región; en el último, se comerciaba y se recaudaba de la aduana (y del contrabando, agregamos). Serán las ciudades que permanecen en el medio las que produzcan y desarrollen industrias, lo que hará decir a Mariquita Sánchez de Thompson: “En las provincias había industrias; en Buenos Aires, ninguna.”[9]


Recordemos que los obrajes textiles establecidos por el Obispo Victoria lograron en  muy poco tiempo que su producción fuera una de las principales actividades económicas, tan cuantiosa que el primer cargamento que partió para su exportación al Brasil ocupaba treinta carretas. Llamados también obrajes de paños, pasaron a ser después de la conquista la forma productiva del territorio ocupado, como una variante del sistema de encomiendas, a manera de recompensa que se le otorgaba al conquistador, quien se comprometía a convertir al cristianismo a los aborígenes a su cargo. Allí, "en lugares sombríos, techados de ramas, cercados de muros de adobe, (...) fueron encerrados los indios e indias” dedicados al tejido, hilado y teñido de los paños de algodón. Verdaderas fábricas, que alrededor de 1585 abastecían a la colonia de ropa, calcetas, frazadas, sobrecamas, sombreros, cinchas,  aparejos y hasta trigo y maíz.


La tierra como soporte

            En todo proceso de construcción social de identidad, el territorio constituye una categoría central, en cuanto soporte material y a la vez entorno ambiental. Este marco y a la vez piso de sostén, es asociado a la madre tierra – la Pachamama- en las culturas originarias, al concebirse como un segundo seno que nutre, madre común de sus moradores. A la vez, el paisaje configura, de alguna forma, aspectos básicos de la cultura – recordemos su sentido etimológico de cultivar – local.
Desde un comienzo, los conquistadores debieron adaptarse a las características del territorio y aprender a valerse de la novedad que contenía. Así, muy pronto aprendieron a confeccionarse “zapatos de la tierra”, a valerse de las “ovejas de la tierra”, como llamaban a la llama,  a comercializar en la “moneda de la tierra”, que eran los textiles, confeccionados con el algodón, la “plata desta tierra” y a acostumbrase a convivir con los hijos mestizos que habían engendrado: los “mestizos de la tierra”, o más significativamente los “hijos de la tierra”. Y, literalmente, hicieron sus viviendas de tierra, al adoptar el adobe de los aborígenes, es decir el ladrillo de barro.
La tierra y todo lo que ella implica irá configurando una nueva identidad común, y aunque los primeros españoles sentían la falta de los elementos que conformaban el modo hispánico de vida, muy pronto las generaciones siguientes de mestizos y criollos –  consideraron que naturalmente formaban parte de ella. De esta manera, los nuevos santiagueños, mendocinos, sanjuaninos, tucumanos, cordobeses, santafesinos, bonaerenses,  salteños, correntinos,  riojanos, jujeños, puntanos, - por hacer referencia solo a las ciudades fundadas en los primeros cincuenta años-  sintieron su arraigo definitivo, empezaron a amar su terruño y a tratar de engrandecerlo.
Así lo demuestra la presentación que hiciera ante el cabildo de Córdoba la madre Clara de la Encarnación Tejeda, nieta de aquel infatigable Hernán Mejía Miraval que tratáramos en una nota anterior, y de la india María del Mancho:
“…la madre Clara de la Encarnación monja profesa del convento de monjas de Santa Catalina de Siena de esta ciudad de Córdoba, hija legítima del capitán Tristán de Tejeda, descubridor, conquistador y poblador de esta dicha ciudad, [ …,] parezco ante V. Sa. y digo que para mayor gloria, honra y servicio de Dios Nuestro Señor y de Su Santísima Encarnación y aumento de esta dicha ciudad de donde soy natural y criolla, nacida y criada en ella yo hice renunciación de toda mi herencia y patrimonio paterno y materno al tiempo que profesé para fundar un monasterio de monjas en esta dicha ciudad por la obligación que le tengo por ser como es mi patria y deseando su aumento y que se fuese ilustrando y ennobleciendo en semejantes obras de piedad y religión con que la Divina Magestad fuese más servida y alabada , [ …] y aunque he sido importunada del señor obispo de la provincia del Paraguay y del gobernador de ella y de los cabildos eclesiástico y civil de la ciudad de La Asunción de la dicha provincia para que en ella hiciese la dicha fundación, y me han ofrecido muy grande ayuda de sitio y estancias y ganados y otras comodidades, no he venido en ella por la afición que tengo a esta dicha ciudad por las razones dichas…”[10]

Su abuela había nacido en el territorio que luego fuera Santiago del Estero, su madre era primera generación mestiza y santiagueña por nacimiento. Ella, la madre Clara de la Encarnación pertenecía a la primera generación de cordobeses, ¡Y ya tenía sentimiento de patria, más de dos siglos antes de los Bicentenarios que festejamos!
Esfuerzos por la causa de la Patria
Proverbial fue siempre la prodigalidad de Santiago del Estero y sus habitantes, al punto que el Deán Gregorio Funes, en el mismo año de nuestra independencia, reconocía: “Podría esperarse siempre de la generosidad de sus habitantes, que aunque empobrecidos por las circunstancias calamitosas que atravesaron, podríase en cualquier momento contar con los
santiagueños, porque cuando se trataba de una causa de la Patria solían hacer esfuerzos superiores a su capacidad"[11]
Ya desde las primeras fundaciones llevadas a cabo por la Madre de Ciudades, ésta actuó con generosidad, pues entregó a la construcción de la Nación gran parte de sus habitantes –vidas y esfuerzos-, su producción agrícola y ganadera, alimentos para la caballería, maderas, armas, arados. Este es el caso - entre tantos otros- de la fundación de Córdoba, llevada a cabo por el gobernador de Santiago del Estero don Jerónimo Luis de Cabrera, en 1573, quien acarreó “cuarenta carretas cargadas de basamentos”.
Su ayuda fue constante y no solo se dirigió a las ciudades que fundara  como Madre de ciudades, sino que envió protección a Santa Fe y el fuerte de Sancti Spiritu, y hasta acudió en auxilio al puerto de Buenos ante el ataque de corsarios ingleses.
Durante toda la guerra de la Independencia, Santiago del Estero  fue un gran cuartel a cielo abierto. Si bien no se llevó a cabo ninguna batalla importante en su territorio, los ejércitos de San Martín y Belgrano y todos los que cruzaban por su territorio se abastecían de soldados y encontraban descanso y alimento en las postas, como las de Ambargasta, Ayuncha, Simbolar, Silípica, Manogasta, Jiménez, Vinará y hasta en la misma ciudad de Santiago del Estero. María Mercedes Tenti[12] nos señala que  “Generalmente estas postas estaban instaladas en estancias de propiedad de hacendados acaudalados, que contaban con lugares para alojar a los viajeros, albergar a los animales, y numeroso personal que atendía las tareas del servicio.”
Y por si no bastaran estos antecedentes de su inestimable aporte en la formación de lo que hoy es nuestra Nación, en nuestro ensayo “La identidad nacional comienza a tejerse en Santiago del Estero”, publicado en la RFCSE Nº 60 (pág. 20 a 27), demostramos que las primeras familias instaladas en la ciudad de Santiago del Estero, desde los años iniciales de su fundación, son las que darán origen decisivo a la población y los rasgos definitorios de  la identidad de este país que en estos días está celebrando el Bicentenario de su Independencia.





[1]  Gran parte de este texto está sacado del Ensayo inédito TEJER LA IDENTIDAD: LOS HILOS QUE CONFORMAN LA TRAMA, de Hebe Luz Ávila.
2 Piossek Prebisch, Teresa (2004). POBLAR UN PUEBLO: COMIENZO DEL POBLAMIENTO DE ARGENTINA EN 1550, Tucumán.
3 ALEN LASCANO, LUIS C. (2006). LOS ORÍGENES DE SANTIAGO DEL ESTERO. Santiago del Estero: Marcos Vizoso Ediciones, 7.
4 DÍAZ DE RAED, SARA.La Acequia Real”. En Revista de la Fundación Cultural Santiago del Estero, consultado en http://www.fundacioncultural.org/revista/nota4_08.html  el 10-10-09.
5 El 2 de septiembre se instituye como Día de la Industria en la Argentina, pues ese día, en  1587, parte el primer embarque con productos manufacturados desde Santiago del Estero, enviado por el Obispo Victoria hacia Brasil. El puerto de Buenos Aires fue consecuencia de este hecho significativo.
6 Levillier, Roberto. Citado por Alén Lascano, Luis (2006), 32.
[7] ALÉN LASCANO, Luis C. (2006), 13.
[8] ALÉN LASCANO, Luis C. (2006), 60.
[9] O´DONNELL, Pacho. La historia que no nos contaron EL REY BLANCO, consultado el 18-10-09 en  http://www.odonnell-historia.com.ar/anecdotario/EL%20REY%20BLANCO%20parte%20VIII.htm
[10] Archivo Histórico de Córdoba. Actas capitulares, Libro 6, 31 de marzo de 1622.
[11] Funes, Gregorio: "Ensayo de la Historia Civil del Paraguay, Buenos Aires y Tucumán", Tomo II, Buenos Aires, 1816.

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