martes, 9 de junio de 2009

ESTEBAN ECHEVERRÍA

Esteban Echeverría.


Dogma Socialista de la Asociación de Mayo




Por Sandro Olaza Pallero




Esteban Echeverría nació en Buenos Aires el 2 de septiembre de 1805. Fue uno de los más destacados escritores argentinos, romántico y autor de obras clásicas como La cautiva y El matadero.
Era hijo de la porteña María Espinosa y del vizcaíno José Domingo Echeverría. El apellido “Echeverría” o “Echeberría” (casa nueva en vasco) es de linaje antiguo y probó su nobleza en las órdenes de Santiago (1688, 1697, 1699, 1710 y 1778) y Carlos III (1799).
Este apellido es de la ante iglesia de Berritua (Vizcaya). Su escudo de armas es sinople, un castillo de oro de cinco torreones aclarados de gules, con dos lebreles de plata manchados de sable, atados a las aldabas de su puerta y afrontados. Bordura de plata plena.
Muy joven perdió a su padre y fue instruido en las primeras letras por su madre. Comenzó la escuela primaria en San Telmo, pero al poco tiempo quedó también huérfano de su madre, quien falleció en 1822.
Desamparado, comenzó una azarosa vida adolescente, que agravó ciertos problemas cardíacos que lo aquejaban y, con el tiempo lo obligaron a cambiar de vida y asentarse. Ingresó en el recientemente creado Departamento de Estudios Preparatorios de la Universidad de Buenos Aires y en la Escuela de Dibujo de la misma, a la vez que, en 1823, comenzó a trabajar como dependiente en el comercio de otra familia de origen vasco, los Lezica, que ya por entonces tenía representación en países de Europa y América.
A los veinte años, resolvió completar su educación en el viejo continente. Parte desde Buenos Aires el 17 de octubre de 1825, a bordo de La Joven Matilde y, tras un viaje accidentado, recala en el puerto de El Havre, Francia. Años más tarde, en El ángel caído, un poema épico con fuertes influencias de lord Byron y José de Espronceda, Echeverría deja testimonio de esa travesía.
La ausencia de la patria (1825-1830) le fue provechosa. En el comienzo de su viaje, en el trayecto entre el Río de la Plata y Brasil, escribe Peregrinaje de Gualpo.
Instalado en París, en el barrio de Saint-Jacques, desde el 6 de marzo de 1827, estudió ciencias en el Ateneo, dibujo en una academia y economía política y Derecho en La Sorbona. Allí mismo se interesó por las tendencias literarias de la época, y estudió profundamente, logrando una sólida cultura.
Destaca Abel Cháneton -quien lo llamó el caudillo de una generación- que Echeverría ha sido más hermético que ordinario en lo que se refiere a su estada en Francia. “No le gustaba hablar de ello”, dijo su amigo Juan María Gutiérrez. Y lo atribuye a que pasó sus años “tan absorbido por el estudio, que poca razón habría podido dar de las cosas que en la capital de Francia llaman de preferencia la atención de los viajeros”.
La explicación fue trivial, porque las anécdotas y los recuerdos más interesantes para los interlocutores de Echeverría tenían que ser, precisamente, los relacionados con sus estudios. Lo cierto es que de aquellos años de vida europea no nos quedan más que los cuatro renglones de la carta a Félix Frías y “los cuadernos escritos de su puño y letra”, de que habla Gutiérrez en sus noticias biográficas.
Es poca cosa para reconstruir la vida del estudiante argentino en París; pero tal vez alcancen para una etopeya. Echeverría se encontró en París con una minúscula colonia de jóvenes argentinos, becados por el gobierno de Buenos Aires para seguir en Francia sus estudios médicos: Ireneo Portela, Miguel Rivera, José María Fonseca y algún otro.
Con el último de los nombrados anudo nuestro héroe buena relación íntima y cordial, que sobrevivió a los años. En junio de 1830, regresó a Buenos Aires, e introdujo en la zona del Río de la Plata el romanticismo literario.
En 1831, publicó sus primeros versos sueltos en el periódico La Gaceta Mercantil y también los versos de La Profecía del Plata en el periódico El Diario de la Tarde. En 1832, editó en forma de folleto, Elvira o La novia del Plata, considerada la primera obra romántica en lengua castellana. Su primer libro de versos de la literatura argentina fue Los Consuelos (1834). Por estos años, sus reiterados problemas de salud, lo llevaron a pasar un tiempo en la ciudad de Mercedes, actual capital del departamento de Soriano, República Oriental del Uruguay.
Cuando el país se debatía en una lucha ideológica por su organización, un conjunto de jóvenes con nuevas ideas aparecía en el escenario nacional. Jóvenes sin experiencia ni gravitación, su influencia en la Argentina de 1837 debía ser, y efectivamente fue, escasa.
El valor de esta generación fue el de constituir un fermento ideológico destinado a superar la situación política mediante la fusión de las tendencias existentes y la promoción de nuevos principios. Sólo asumieron el papel de generación actuante después de la caída de Juan Manuel de Rosas, por razones de edad y oportunidad, y sus ideas de quince años atrás quedaron plasmadas en la organización constitucional.
Esta generación se formó en un ambiente, mediocre en el aspecto universitario pero en cambio, rico en influencia libresca representativa del movimiento intelectual europeo, cuyas obras empezaron a difundirse ampliamente en Buenos Aires a partir de 1830. Las más variadas expresiones y corrientes ideológicas trataban de ser asimiladas y adaptadas a la realidad nacional. Ejercieron gravitación en aquella juventud
De vuelta en Buenos Aires, participó activamente en el Salón Literario que funcionaba en la trastienda de la librería de Marcos Sastre –en la calle Defensa Entre Moreno y Belgrano-, inaugurado en junio de 1837. La inauguración del Salón de Lectura como se llamó al principio, o Salón Literario como fue finalmente bautizado, tuvo lugar el viernes 23 de agosto a las siete de la tarde.
El programa anticipado prometía discursos del fundador –Sastre- y de dos conspicuos miembros: Gutiérrez y Juan Bautista Alberdi. Ese mismo año se estima que escribió el cuadro de costumbres Apología del Matambre y publicó Rimas, que incluyó su obra poética más reconocida: La Cautiva. En 1838, Rosas ordenó la clausura del Salón Literario, y Echeverría fundó y presidió la "Asociación de la Joven Generación Argentina", luego "Asociación de Mayo", inspirada en las agrupaciones carbonarias italianas, como La Joven Italia de Giuseppe Mazzini.
Fue en esta asociación donde expuso su ideal de recuperar el espíritu de la Revolución de Mayo, redactó y leyó el Credo de esta Asociación, compuesto por quince Palabras Simbólicas, y que servirán de base para la redacción posterior de El Dogma Socialista de 1846. El programa, redactado de prisa, pero madurado en años, de una originalidad cabal en nuestro país, abarcaba entre otras, las siguientes cuestiones capitales: la de prensa; la soberanía del pueblo, el sufragio y la democracia representativa; asiento y distribución del impuesto; banco y papel moneda; crédito público; industria pastoril y agrícola; inmigración; municipalidades y organización de la campaña; policía; ejército de línea y milicia nacional; espíritu de la prensa periodística revolucionaria; bosquejo de nuestra historia militar y parlamentaria; examen crítico y comparativo de todas las constituciones y estatutos, tanto provinciales como nacionales.
Todo ello partiendo siempre de nuestras costumbres y nuestro estado social; determinar primero lo que somos, y, aplicando los principios, buscar lo que debemos ser. “No salir del terreno práctico, no perderse en abstracciones; tener siempre clavado el ojo de la inteligencia en las entrañas de nuestra sociedad”.Presumiblemente, entre 1838 y 1840, mientras residía en la estancia "Los Talas", cerca de Luján, Provincia de Buenos Aires, escribió El matadero, que se publicará póstumamente. Cuando todos celebraban sus versos y querían conocer al autor, “se aísla en el campo, al lado de su hermano...Todo era entregado a la meditación paso momentos deliciosos en estas soledades…Al romper el día hago ensillar mi bruto fogoso, monto y salgo con algunos peones a recorrer el campo”.
En 1839, Echeverría, a pesar de estar de acuerdo con la toma del poder por métodos no violentos, adhiere al fracasado Levantamiento de Dolores contra el gobierno rosista, por el cual se dicta la "Ley del 9 de noviembre de 1839" que, entre otras cosas, identifica a los unitarios como autores de la intentona. A finales de 1840, se autoexilia en la República Oriental del Uruguay.
Primero vivió en Colonia del Sacramento y en 1841 se instaló en Montevideo, donde vivió dedicado a la literatura. Durante ese periodo oriental, escribió A la juventud argentina, un poema revolucionario y redacta, además, Avellaneda, El ángel caído y La guitarra.
Echeverría falleció el 19 de enero de 1851, víctima de una dolencia pulmonar. Fue el más importante poeta del primer período romántico en el Río de la Plata e introductor de este movimiento.
Impuso la temática del indio y del desierto en la manifestación poética y es considerado por muchos teóricos como el autor del primer cuento argentino El matadero, aunque, por carecer de una única unidad temática, una parte de la crítica señala que este escrito, como cuento, no puede considerarse dentro de los cánones tradicionales. Muerto Echeverría, su amigo, el escritor Gutiérrez, recopila y edita todos sus escritos en cinco tomos, aparecidos entre 1870 y 1874, bajo el título Obras Completas.
Entre los unitarios no faltó quien atribuyera el oportunismo político de la Joven Generación a bajos cálculos. Según el doctor Cháneton: “La petulante jactancia del unitario engreído hasta en sus fracasos, no perdonaba a a aquellos muchachos de veinticinco años que, sin perjuicio de mantener su respeto por los que habían creado las escuelas en que se educaron, imputaban a sus desaciertos buena parte de las desgracias del país”.




Bibliografía:


Juan Bautista Alberdi.




CHÁNETON, Abel, Retorno de Echeverría (Obra póstuma), Edit. Ayacucho, Buenos Aires, 1944.
TAU ANZOÁTEGUI, Víctor-MARTIRÉ, Eduardo, Manual de Historia de las Instituciones Argentinas, Emilio J. Perrot, Buenos Aires, 2005.
VILAR Y PASCUAL, Luis, Diccionario histórico, genealógico y heráldico de las familias ilustres de la monarquía española, Imprenta de D. F. Sánchez, Madrid, 1859.

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