martes, 29 de noviembre de 2011

EL REVISIONISMO: ITINERARIOS DE CUATRO DÉCADAS

Julio Irazusta (por Hermenegildo Sabat).



                                        Por Alejandro Cattaruzza

“Hacia 1922 nadie presentía el revisionismo”

       Jorge Luis Borges formulaba esta observación en una nota referida a su poema “Rosas”, incluido en Fervor de Buenos Aires. El comentario, realizado en la segunda mitad de los años sesenta, no puede naturalmente ser tomado por bueno sin más; sin embargo,  permite volver a poner en discusión algunos argumentos acerca del  revisionismo histórico.[1]

Carlos Ibarguren dando un discurso.
     
Emilio Ravignani.

La reconsideración que proponemos no remite sólo a las  opiniones sobre los “orígenes” de  la corriente, sino que tiene relación con modos diferentes de concebir el  problema general del revisionismo. Este término, es sabido, ha sido utilizado para definir realidades muy diversas. Para Halperin Donghi se trató de una "empresa a la vez historiográfica y política", cuyos primeros momentos pueden ubicarse en la década abierta en 1930 y que hacia 1984 todavía demostraba un “vigor al parecer inagotable”. Diana Quattrocchi parece preferir una perspectiva que lo vincula a la instalación del debate sobre Rosas en la sociedad argentina, que fecha en los tiempos de la llegada del radicalismo al gobierno; ya en los años treinta, el revisionismo terminaría constituyendo una contrahistoria. De acuerdo con los planteos de Carlos Rama, en cambio, se trató de un fenómeno latinoamericano, cuya característica central fue haber sido el resultado de la aplicación de un enfoque nacionalista al estudio del pasado. Hacia 1974, a su vez, Ángel Rama  lo concebía  como una de las “expresiones de las subculturas dominadas”, mientras que ese mismo año, Leonardo Paso, historiador oficial del Partido Comunista argentino, sostenía que el revisionismo rosista era una  “gran expresión de nuestra oligarquía ganadera y latifundista”[2].

       Al problema de los varios sentidos que se han otorgado al término, se añade la pregunta acerca de qué es aquello que distingue una versión revisionista del pasado argentino de una que no lo es.  La exaltación de los gobiernos de Rosas no basta, dado que a lo largo de los años sesenta los hombres de la llamada "izquierda nacional", que se autoproclamaban miembros del revisionismo socialista y a quienes Halperin Donghi ubica entro los neorrevisionistas,  tendían a preferir  a los caudillos del interior, llegando a proclamar que el "rosismo" y el "mitrismo" eran "dos alas del mismo partido”. Por otra parte, tampoco los revisionistas más clásicos imaginaban de manera homogénea las características de los gobiernos de Rosas: para Ibarguren, se trataba de un “dictador” que había dominado para bien al gauchaje, garantizando el orden social en beneficio de las clases propietarias,  mientras que José María Rosa, a principios de los años cuarenta, lo proponía como el ejecutor de una benéfica reforma agraria en favor de quienes trabajaban la tierra.[3]

         Sin aspiración de cerrar estas cuestiones y mucho menos de esbozar una “definición” del revisionismo, debemos señalar que el criterio que aquí empleamos, notoriamente tradicional,  es el de considerarlo un grupo de intelectuales que procuró intervenir en la amplia zona de encuentro entre el mundo cultural, incluyendo en él a las instituciones historiográficas, y la política. En ese intento, el revisionismo se dio unas herramientas muy similares a las construidas, ya desde el Centenario y con mayor claridad desde los primeros años de posguerra,  por otros grupos culturales y asociaciones historiográficas: creó una institución reconocible y una revista, contó con editoriales vinculadas, celebró reuniones y conferencias, tomó posición ante decisiones de las autoridades. Sus elencos, como los del resto de los movimientos e instituciones,  podían variar, pero eran en conjunto reconocidos  como grupo  por los demás actores de los campos en que actuaban[4]. Otra alternativa conceptual supondría la construcción de un modelo con el cual confrontar la visión de algún historiador para decidir si es pertinente ubicarlo en el casillero del revisionismo; ese camino no solo conspira contra la posibilidad de percibir cambios dentro de la corriente, sino que favorece la organización de unanimidades artificiales.[5]

      Plantear una perspectiva que se centre en el revisionismo como grupo intelectual significa asumir la opción por examinar, fundamentalmente, las acciones que llevó adelante  para instalarse como un nuevo actor entre las instituciones dedicadas a la historia, a la actividad cultural en general, y  por trazar lazos con el estado. Todas estas actividades eran desarrolladas en función de esa otra gran tarea que se asignaba el revisionismo: cambiar la que, sostenían, era la versión dominante del pasado argentino por otra, no sólo más “verdadera”, sino más adecuada a los intereses nacionales, convirtiéndose en una nueva historia oficial.

       Tales acciones no eran, desde ya, independientes de los argumentos que planteaba el revisionismo, pero tampoco se reducían a ellos[6]. Sobre esos argumentos, José Carlos Chiaramonte ha insistido en que dos de los más conocidos habían sido propuestos con anterioridad a los años treinta, destacando tanto la existencia de reclamos de revisión de una historia que se entendía “de familia”, a cargo de varios estudiosos del pasado en los años del Centenario, como el inicio de la reconsideración del papel del federalismo en el proceso de organización nacional por parte de miembros de la “nueva escuela” Histórica, en particular, por Emilio Ravignani.[7]

        Efectivamente, uno de los reclamos de los historiadores de comienzos del siglo XX al enfrentarse con la tradición historiográfica heredada fue el de la necesidad de su revisión. El título de un artículo que Rómulo Carbia publicaba en 1918 era, por ejemplo, “La revisión de nuestro pasado”, y allí  confiaba tal cometido a una “nueva escuela histórica” que, rigurosa en la aplicación de las reglas del método, veía en disputa con una historiografía poblada de “héroes de discutible autenticidad [....], personajones lanzados a la circulación sin más escudo que el cariño de una prole extendida e influyente”[8].  En lo que hace a la reconsideración favorable del federalismo y de la acción de Rosas, Emilio Ravignani sostenía hacia 1927, en su balance sobre “Los estudios históricos en la Republica Argentina”, que la política unitaria había sido “un mal contra la democracia”, y que “el ejercicio de los principios federales produjo la organización”. Era  la política rosista, sostenía Ravignani, la que  había puesto los cimientos de la organización nacional. [9]

       La opinión que subraya  la ausencia de novedad se apoya, así, en datos certeros, que por otra parte habían sido ya reconocidos por algunos revisionistas. Así, Julio Irazusta sostenía hacia 1953, en la advertencia a la Primera Parte del Tomo I de la Vida política de Juan Manuel de Rosas a través de su correspondencia, refiriéndose a los Documentos para la historia argentina, compilados por Ravignani:

“La  [...] compilación del Dr. Ravignani es una de las más admirables que se han hecho en nuestro país. Lo que no tiene nada de extraño, dada la maestría que el autor exhibió en esa clase de trabajos y la osadía intelectual con que encaró la historia de Rosas, por puro espíritu científico, mucho antes que nuestra generación pusiera en marcha lo que se ha dado en llamar el revisionismo histórico” [10]

Pocos años más tarde, Irazusta sostuvo que a principios de siglo “Ingenieros, Rojas y Lugones dieron nuevo impulso al movimiento revisionista”, aunque luego volvía a diferenciar ese movimiento del “nacimiento de una escuela específicamente llamada 'revisionista". A la  hora de inventarse una genealogía, los revisionistas  solían filiarse con Quesada y aún con Saldías, con cuya obra J. M. Rosa, por ejemplo, insistía en hacer comenzar la historia del grupo[11].

          Tampoco la fórmula que, entre 1938 y 1939,  Ernesto Palacio utilizó, y que circularía luego con gran éxito, la de la historia oficial y falsificada,  era estrictamente novedosa.  En 1934,  Rodolfo Ghioldi denunciaba en Soviet, revista del Partido Comunista,  “la espesa red de falsificación que aprisiona a la histo­ria argen­tina”; Álvaro Yunque haría lo propio en 1937, desde las páginas de Claridad, acusando a "los falsificadores de la historia”[12]

      Así,  no sólo otros historiadores, incluyendo a miembros de la “nueva escuela”,  habían reclamado con mucha anterioridad a los años treinta la revisión de las visiones disponibles del pasado nacional, sino que otros grupos culturales habían acuñado piezas del que luego sería el arsenal del revisionismo; algunos revisionistas, a su vez,  admitían estas circunstancias. Sin embargo, ese reconocimiento parcial pasó desapercibido en la coyuntura de la Segunda Guerra Mundial, y fue la imagen de una “historia oficial” monolítica, que constituyó parte de la vulgata revisionista, la que persistió. De esta manera, la evocación o el “olvido” de los anticipos vuelven a transformarse en operaciones que el revisionismo desarrollaba para inventar su combate imaginario y posicionarse en él.

         Desde otras perspectivas, Diana Quattrocchi ha planteado que al momento de la inauguración de la república radical tuvo lugar un “movimiento de contramemoria” en el que aparecieron, dispersos, elementos que se articularán para constituir una “contrahistoria” orgánica luego de 1934[13]. La asociación que la autora realiza entre yrigoyenismo y rosismo parece poco verosímil, si se atiende al complejo problema del pensamiento radical: entre los escasos motivos ideológicos compartidos por el radicalismo que llegaba al poder en 1916, no se contaba la exaltación de Rosas. Hubo dirigentes, no todos yrigoyenistas, que se inclinaban a echar una mirada favorable al régimen caído en Caseros, y algunos formarían más adelante en el revisionismo. Ellos debían convivir, sin embargo, con muchos más que se inscribían en la tradición opuesta. Hacia fines de los años veinte, y durante buena parte de los treinta, los gobiernos rosistas constituyeron un efectivo punto de referencia, utilizado mucho más a menudo por la oposición para el cotejo denigratorio con las presidencias de Yrigoyen que por el propio radicalismo, que en palabras del viejo militante  Alfredo Acosta, trazaba de este modo las líneas histórica que, creía, se enfrentaban: “Brilla en la  UCR la límpida mirada de Moreno. ilumina [a la oligarquía] el felino fulgor de las pupilas de Facundo. El espíritu renovador de Rivadavia está en aquella. El espíritu colonial de Rosas impulsa a la otra”. E. Tradatti reclama la filiación con un panteón similar, sosteniendo que la esencia del radicalismo “arranca de los orígenes mismos de nuestra nacionalidad. entroncando con la corriente que encabezan Moreno y Monteagudo y continúan Echeverría y Rivadavia “[14].

       Tampoco en franjas del partido más claramente alineadas con Yrigoyen el rosismo parecía abrirse paso con facilidad. En 1933, el Ateneo Radical Bernardino Rivadavia celebraba un acto para reivindicar el “radicalismo americanista de Yrigoyen”; uno de los militantes evocaba en su discurso  las rebeliones radicales de esos años, destacando que una de ellas se había producido en Entre Ríos, “cuna  y madre de la gloria libertadora de 1852”, que había terminado con el gobierno de Rosas. Un año más tarde,  Arturo Jauretche instalaba su  poema gauchesco El Paso de los Libres, que se refería a una de las insurrecciones  en la que había participado, en una línea claramente antirrosista desde el título  mismo, y admitía que su prologuista, Borges, lo inscribiera en la tradición de Hernández y de Ascasubi. Las razones de esa adscripción no eran sólo formales: se trataba de tres conspiradores. Ascasubi, es sabido, había sido combatiente contra Rosas.  De esta manera, si bien que puede admitirse que ya desde los años veinte, y quizás antes, el “tema” de Rosas estaba incorporado a la cultura argentina, es menos sencillo de probar que ello fuera fruto o  haya devenido en una contramemoria, que tal contramemoria encontrara un correlato preciso en la producción de los intelectuales yrigoyenistas, y que ella haya significado el “nacimiento” del revisionismo[15]

Retornando, entonces, a la cita con que se abre este apartado, podemos preguntarnos qué revisionismo era el que Borges sostenía no haber podido presentir en 1922. Parece evidente que no se trata del que Carbia reclamaba en 1918, ni de la visión favorable a Rosas que Ravignani, en 1927, ofrecía en una revista en la que compartía el Consejo Directivo  con Ibarguren y con Borges mismo. El revisionismo que en 1969 Borges decía no haber previsto era el que, en la segunda mitad de la década de 1930, salió a buscar su lugar como grupo en el mundo cultural argentino.

“Pero ¿qué éramos nosotros en realidad?”(Los años treinta)[16]
       Hacia  1930, Carlos Ibar­guren publicaba y vendía con notable éxito su  Juan Manuel de Rosas Su vida, su drama, su tiempo; cuatro años más tarde, Julio y Rodolfo Irazusta presentaban Argentina y el imperialismo británico, un estudio en el que el tramo dedicado a la historia era breve, pero que ofrecía algunas de los enfoques que los revi­sionistas harían suyos;  ese  mismo año se organizaba la Comisión por la Repa­tria­ción de los Restos de Rosas. En 1936, a su vez, Julio Irazusta publicaba, con el sello de la editorial Tor, su Ensayo sobre Rosas; las insti­tuciones revisio­nistas que serían las más duraderas se fundaron dos años después: el Instituto Juan Manuel de Rosas de Inves­tiga­ciones Históricas fue creado así en 1938, subsu­miendo a un grupo santafecino similar. Poco después lanzaba su  Revista.

Una vez fundado el Instituto, resultó sencillo identificar a sus miembros más notorios: Manuel Gálvez, Ramón Doll, los hermanos Irazusta, Ernesto Palacio,  Ricardo Font Escurra, entre otros. Menos simple es, en cambio, detectar los rasgos comunes que presentaban sus interpretaciones: la reivindicación de los gobiernos de Rosas era compartida, aunque como señalamos eran varias las imágenes de Rosas que se proponían.  Y si bien los planteos que hacían del gobernador de Buenos Aires un defensor de la soberanía y un forjador de la unidad nacional estaban muy extendidas, el propio Instituto, en el primer número de su Revista, reconocía en un artículo de Ramón Doll la existencia de lo que llamaba una “derecha rosista” y una “izquierda rosista”, e intentaba tomar distancia de ambas:

“Nadie puede asegurar que Rosas corporice tal o cual sistema político. La derecha rosista puede decir que Rosas es el argumento para la instalación de un gobierno fuerte; sin embargo podría contestársele que el argumento extraído de las mismas afirmaciones interesadas de los enemigos de Rosas puede tener su misma inconsistencia y además su misma falta de probanzas. La izquierda rosista puede afirmar que Rosas es una encarnación del sistema democrático, jefe de las masas federales y taumaturgo demagógico de la negrada y el gauchaje; ¿qué valdría todo esto, si efectivamente es cierto, para informar un credo político con el ejemplo de aquel César?”[17]

En una línea argumental similar, Manuel Gálvez sostenía en 1940, en el prólogo de la Vida de Don Juan Manuel de Rosas: “considero gravemente equivocada la actitud del antirrosismo que, con el fin de perjudicar a Rosas, pretende vincularlo con las actuales dictaduras europeas. En igual error han incurrido algunos rosistas - que a la vez son nacionalistas y simpatizantes de Alemania-, los cuales más tienen de políticos que de historiadores”[18].

     Ambas citas remiten a la dificultad del intento revisionista: sin abandonar el afán de instalarse en el terreno de los historiadores, los revisionistas registraban la posibilidad de utilización más plenamente política de sus planteos, y si en ocasiones la asumían y la alentaban, en  otras tantas se inclinaban a imponer una suerte de distancia académica con ella. Compartiendo, como lo hacían al menos declamatoriamente, las concepciones que los demás historiadores proponían acerca de cómo debía desarrollarse la reconstrucción del pasado, y compartiendo además la idea de que la investigación y la enseñanza de la historia tenían una “función social” que era la afirmación de la nacionalidad, los revisionistas mantenían una posición inestable entre aquellos dos polos, el de la producción historiográfica y el de la política. Sólo lentamente se apropiaron de una fórmula que, planteada por Ernesto Palacio hacia 1939,  permitía aplazar ese conflicto: lo que estaba en entredicho, pasaron a sostener, era el sentido de una tradición que pudiera llamarse nacional[19].

        Pero también las instituciones de la historia profesional, en su recepción de la prédica revisionista, revelaban lo incierto de la situación. Ricardo Zorraquín Becú, por ejemplo,  asumía la cuestión del revisionismo en un artículo publicado en el Anuario 1940 de la Sociedad de Historia Argentina;  sus opiniones partían del reconocimiento de ciertas coincidencias:

"El cultivo y la enseñanza de la historia deben conside­rarse un acicate enérgico en la formación de una concien­cia nacional. Es claro que esta no ha de obtenerse mediante la enseñanza actualmente impartida entre nosotros, que no tiende a fijar una individualidad nacional sino a la exaltación de un sentimiento vagamente humanitario y cosmopolita, incubado en el positivismo liberal. La historia oficial oculta hechos y modifica circunstancias, y llega a tales extremos su dogmatismo que no admite la libre investigación ni la interpretación heterodoxa de los acontecimientos. [...]Es contra esas imposiciones de la historia oficial que surge, en parte, la propaganda rosista."

Luego de esta exposición de las razones del revisionismo, Zorraquín Becú subrayaba "el carácter un tanto secundario o subordinado que se asigna a la investigación propiamen­te dicha" en la práctica de sus historiadores, para agregar más adelante: "el peligro que entraña cultivar las disciplinas históri­cas con un prejuicio partidista [es] que inevitablemente ha de desnaturalizar su objetivo primario: la investigación de la verdad. Ello, sin embargo constituye un pecado común a gran parte de nuestra producción".[20] Los planteos  de Zorraquín, por otra parte, vuelven a poner en evidencia que el enlace entre las dimensiones científicas y patrióticas de la profesión de historiador era considerada natural; como Levene o Palacio, el autor no percibía siquiera que hacer de la práctica de la historia un “acicate enérgico en la formación de una concien­cia nacional” era atribuirle una tarea política que no se alineaba fácilmente con aquel otro “objetivo primario”, la investigación.

      Pero, como señalamos,  el revisionismo acostumbraba rechazar la crítica acerca de la supuesta subordinación de su tarea científica a motivos partidistas. También en 1940, Héctor  Llambías proclamaba que "sobre los hechos mismos quedan pocos puntos por esclarecer". Al mismo tiempo, el autor sostenía que "se podría pensar que la revi­sión pretende servir a otra tendencia política, la antiliberal y tradi­cionalista. Sin embargo, es fácil comprobar que la rehabilita­ción de Rosas se produce como consecuencia de trabajos objetivos, de simple investi­gación". La conclusión era contundente: "la causa de Rosas está científi­camente ganada"[21].  Parece evidente, entonces, que cuando menos en la versión de Llambías la objetividad volvía a convertirse en la clave de la producción de un discurso científico sobre el pasado, que permitiría alcanzar un conocimiento verdadero. Así, dispuestos a librar una batalla cultural, los revisionistas decían conseguir triunfos científicos.

          Mientras planteaba sus frentes de polémica, que como hemos indicado en el capítulo anterior, fueron asumidos inicialmente por el resto de las instituciones historiográficas sin demasiado escándalo, el revisionismo diseñaba un adversario. El ejemplo de la Historia de la Nación Argentina dirigida por Levene, cuyos primeros tomos aparecieron en 1936 y que fue convertida por el revisionismo en el monumento de la que llamaba la historia oficial, es evidente. Los elencos convocados incluían a miembros de muchas asociaciones, los planteos  sobre algunos asuntos eran abiertamente contradictorios y hasta la misma concepción de la obra impedía por extensión y fragmentación la existencia de un lector de conjunto. Mientras construía  un adversario homogéneo, el revisionismo se daba unidad a sí mismo; así,  la invención y difusión de la imagen que planteaba la existencia de  una lucha entre la “historia oficial”, un bloque sin fisuras, y sus impugnadores, otro conjunto que se pretendía uniforme, fue quizás el  triunfo más importante del primer revisionismo.

        A su vez, al menos hasta los años finales de la década de 1930,  ni el rosismo ni las relaciones con el nacionalismo acarrearon consecuen­cias serias, en lo que hace a su participación en el campo intelectual, para los revisionistas más conocidos. Esta circunstancia no indicaba obligatoriamente una cercanía ideológica entre quienes devendrían revisionistas y otros grupos culturales, sino que confirmaba que  ni el nacionalismo ni el rosismo eran causa de repudio, cuando menos en un comienzo.

       Ernesto Palacio y Julio Irazusta escribieron en Sur, la revista de Victoria Ocampo, luego transformada por el nacionalismo en el paradigma de los sectores intelectuales sometidos al imperialismo. La trayectoria de Victoria Ocampo, que en 1934 viajaba a Italia invitada por las instituciones culturales fascistas, también puede tomarse como ejemplo de lo confuso del panorama[22]. Irazusta participó, junto a Palacio y a Ramón Doll, del “Primer debate de Sur”, celebrado en 1936, y publicó en la revista hasta 1938, avanzada ya la Guerra de España; su libro Actores  y espectadores  fue publicado en 1937 por la editorial. Palacio traducía, por esas fechas, los libros de André Gide que editaba Sur. Manuel Gálvez, por su parte,  continuaba obteniendo grandes éxitos de ventas, y era tratado con deferencia por hombres como Roberto Giusti. Carlos Ibarguren, que no formó en el Instituto Rosas, era presiente de la Academia Argentina de Letras, e integró la delegación argentina a la reunión de los Pen Clubs cele­brada en Buenos Aires en 1936, junto al propio Gálvez; su libro sobre Rosas había recibido el Premio Nacional de Literatura en 1930. En  la década anterior, Ibarguren  sido profesor de Historia Argentina en la Facultad de Filosofía y Letras y desde 1924 era miembro de la Junta de Historia y Numismática. Ibarguren denunciaría mucho después una conjura del poder contra el nacionalismo, que habría tenido lugar en los mismos años en que él se desempeñaba como presidente de la Comisión Nacional de Cultura, en la segunda mitad de la década de 1930[23]. Los revisionistas, en tanto,  mantenían su estima por el sistema de consagra­ción oficial de los gobiernos herederos del golpe de estado del 6 de setiembre: Julio Irazus­ta, por ejemplo,  fue distinguido en 1937 con el Premio Municipal de Literatura, que  no dudó en recibir.

         Poco antes de la fundación del Instituto Rosas, entonces, los futuros miembros del revisionismo disponían de múltiples instrumentos de legitimación en el campo intelectual: participación previa, reconocimiento de las  instituciones,  premios otorgados y recibidos, apellidos prestigiosos, relaciones con el poder, éxitos de venta. Esos mecanismos funcionaron, al menos, hasta  el  comienzo de la Segunda Guerra Mundial, sin que las críticas, que existieron, los afectaran. Si se atiende a estas circunstancias, queda fuertemente cuestionada la interpretación que hacía del revisionismo un movimiento intelectual disruptivo y nacido en los márgenes de la cultura argentina, o un frente de jóvenes rebeldes; alguno de ellos había sido sí parte del grupo de  jóvenes  vanguardistas, pero a comienzos de los años veinte. Quince años más tarde, muchos de ellos ocupaban lugares relativamente cómodos en el universo de los intelectuales. El revisionismo, por el contrario,  se organizó en torno de uno de los núcleos de la cultura admitida, que  desde hacía tiempo exhibía una muy clara vocación conservadora. La toleran­cia del mundo cultu­ral demuestra que él no se hallaba articulado alrededor de un único eje liberal-democrático, con un programa preciso que lo obligara a repudiar a quienes plantearan  una reivindicación nacionalista de Rosas. Sin hallarse en los márgenes del universo de la cultura, el revisionismo tuvo una posición más débil en las instituciones de la historia profesional, que de todas maneras no los excluían del todo[24].

          El revisionismo, por otra parte, sostenía relaciones con el mundo de la política, tanto con el estado como con los partidos. En 1938, en ocasión del centenario de la defensa de la isla Martín García, el Instituto Rosas organizó una ceremonia a la que concurrieron representaciones de los Ministerios de Marina y de Ejército, de la Presidencia y de la Gobernación de Buenos Aires, así como delegaciones del Círculo Militar y del Centro Naval. Un año más tarde, la Revista  convertía en un “verdadero acontecimiento pedagógico”  la aprobación, por parte de las autoridades educativas de la Provincia de Buenos Aires, de una guía  didáctica que indicaba que Rosas había impuesto orden interno, defendido la soberanía y consumado, de hecho, la unidad nacional [25].

      Pequeñas, a pesar de la exageración revisionista, victorias que, durante la gobernación de Fresco, se sucedían con alguna frecuencia. Así, por ejemplo, Justiniano de la Fuente, funcionario provincial, en un discurso pronunciado luego de una “caravana de la argentinidad” que tuvo lugar en La Plata en 1939,  lograba organizar un panteón en el que figuraban Moreno y los revolucionarios de Mayo, San Martín, Rivadavia, Sarmiento, y también  Juan Manuel de Rosas[26]. En el nivel nacional, en esos mismos años, hombres del nacionalismo cercanos a los revisionistas ocupaban también algunos cargos importantes: Octavio S. Pico, miembro del  grupo de La Nueva República, y luego de la católica Criterio, ministro de Uriburu, fue designado Presidente del Consejo Nacional de Educación por Justo. A comienzos de los años cuarenta, el Secretario de ese  Consejo era Alfonso de Laferrere, también antiguo integrante de La Nueva República y  jefe de la Liga Republicana, hacia  1929. De todas maneras, el nacionalismo se fue apropiando de la figura de Rosas sólo lentamente; en los primeros años de la década, gustaban en cambio hablar de tres etapas libertadoras: Mayo, Caseros y Setiembre. Haciendo evidentes las cercanías con una tradición que era también “liberal”, veían en su adversario Yrigoyen a Rosas, y convertían a Uriburu en el Lavalle de la hora, cuando no en San Martín. [27]

           Si bien los contactos más firmes del revisionismo se daban indudablemente con las formaciones nacionalistas, el sistema de relaciones del grupo incluía agrupaciones  radicales, no sólo yrigoyenistas, sino también a hombres de la UCR Antipersonalista  y del llamado alvearismo, que llegaron a participar de las instituciones revisionistas. De la existencia de esta red que excedía al nacionalismo tradicional y a FORJA puede dar cuenta el derrotero político de Julio lrazusta, quien hacia 1937 se incorporaría a las filas de la Unión Cívica Radical. Esta experiencia, aunque breve, le permitió compartir la trinchera política con Emilio Ravignani.[28]

       El análisis de la empresa revisionista permite, de este modo, proponer algunas consideraciones más amplias. Los varios frentes en que el revisionismo se lanzó a actuar  –el de las instituciones de historiográficas, el de la cultura, el de la política- no eran, en la segunda mitad de los años treinta, mundos ordenados en los que prolijos adversarios chocaban alrededor de un enfrentamiento central. Hemos señalado ya que no era éste el modo en que la historiografía funcionaba; tampoco lo hacían así los demás escenarios en los que el revisionismo intervino. Las tradiciones ideológicas y los bloques políticos no estaban tan claramente definidos como se ha supuesto con frecuencia; abundaban en él las zonas grises, los cambios veloces de posición, las incertidumbres. La imagen heredada  planteaba un ajustad alineamiento entre tradiciones, visiones del pasado y formaciones políticas: al liberalismo, conservador o democrático, le correspondería la “historia oficial”, al nacionalismo, de elite o populista, el revisionismo. Radicales alvearistas, conservadores progresistas, la izquierda en conjunto, formarían en el primer bando, mientras que forjistas y nacionalistas en el segundo. Este esquema resulta insuficiente y no logra dar cuenta de demasiadas circunstancias: el llamado liberalismo toleraba a los rosistas, la izquierda comunista entendía en 1934 que Rosas, San Martín y Alberdi eran merecedores de la misma condena, los futuros forjistas se filiaban con Urquiza[29]. Es, por el contrario, una radical heterogeneidad lo que caracteriza al debate político y cultural de los años treinta; sólo a comienzos de los años cuarenta, aquellas correspondencias comienzan a estabilizarse.

           Una interpretación que abandonara la pretensión de descubrir alineamientos firmes podría, quizás, explicar episodios que desde otra perspectiva parecen extravagantes. José María Rosa, por ejemplo,  escribía a Faustino Infante, diputado por Santa Fe, hacia 1941: “Usted, señor diputado, habló de Rosas en el Congreso. La incomprensión ambiente o la tergiversación interesada no supo apreciar en todo su valor ese gesto de patriotismo. Pero sepa Ud. y sepan quienes siembran un confusionismo que preferimos suponer inconsciente a inconfesable, que muchos argentinos de toda la republica estamos con Ud”. El diputado, que había defendido las acciones revisionistas en una sesión del Congreso dedicada al debate sobre las llamadas actividades antiargentinas, comenzaba su intervención señalando que hablaba a título personal, y no en representación de su bloque: Infante, miembro de la Junta Filial Rosario de la Academia Nacional de la Historia,  era diputado por la Unión Cívica Radical Antipersonalista.[30]

“Era en Octubre, y parecía Mayo!”(1945-1955)[31]
    La irrupción del peronismo provocó un reordenamiento de gran profundidad en los ambientes político-culturales argentinos. Los partidos sufrieron casi en su totalidad, entre 1945 y 1947, y aún después, un proceso de quiebre alrededor de la cuestión del apoyo o la resistencia al nuevo fenómeno: es un dato conocido el de los dirigentes conservadores, socialistas, comunistas, radicales, nacionalistas que adhirieron al peronismo, así como el de aquellos que se constituyeron en opositores firmas. Entre  los  intelectuales, al menos entre aquellos que luego gozarían de mayor prestigio, las dificultades del peronismo para conseguir adhesiones han sido señaladas en muchas ocasiones; sin embargo, también ellos se dividieron por aquellos años.

Instalado en el cruce de la historiografía, la política y la cultura, el revisionismo no escapó al impacto de la nueva situación[32] .  El Instituto Rosas se vio sacudido, hacia 1950,  por  un conflicto interno que acabó con el alejamiento de Julio lrazusta, quien mucho tiempo después explicará el disenso en términos de hombres afectos al gobierno enfrenados con los opositores.[33]

        El análisis de las relaciones entre el primer peronismo y el revisionismo, y el de la más amplia cuestión de las imágenes peronistas del pasado reclama, dado el estado de la investigación[34], volver a poner en claro el conjunto de preguntas que desean responderse. Si se trata de saber si existieron revisionistas que apoyaron al peronismo de mediados de los años cuarenta, o peronistas que adoptaran la lectura revisionista  sobre el pasado nacional, está fuera de toda duda que la respuesta es afirmativa. Entre otras circunstancias,  Quattrocchi ha destacado el caso de un grupo de diputados encabezados por John W Cooke, que era de todas maneras era minoritario[35]. Ernesto Palacio, a su vez, fue diputado oficialista, al igual que Joaquín Díaz de Vivar, revisionista aunque proveniente del radicalismo oficial. Vicente Sierra también se sumó también al peronismo.

     Pero existieron, simultáneamente,  revisionistas que se instalaron en la oposición, como Julio Irazusta, y debe además tenerse en cuenta que otros historiadores, como José Torre Revelo –miembro de la “nueva escuela” desde los primeros tiempos-, Ricardo Piccirilli –académico desde 1945-, o Leoncio Gianello –académico desde 1949- se aproximaron al nuevo movimiento y fueron funcionarios en distintas áreas. Gianello expresaría opiniones elogiosas hacia la política educativa del gobierno peronista en su estudio sobre la enseñanza de la disciplina en el país, y Torre Revello, en 1951, fue nombrado presidente de la Comisión Nacional de Museos y Monumentos Históricos. El propio Ricardo Levene, se ha sugerido, tuvo una relación apacible con el peronismo, al menos hasta 1952, cuando se sancionaron los decretos que reglamentaron la ley de reorganización de las Academias. Un caso difícil de encuadrar si se utilizan los modelos tradicionales es el de Diego Luis Molinari: hombre principal de la “nueva escuela”, que miraba con simpatía al federalismo, yrigoyenista y luego peronista[36].

          La universidad, donde se había producido cesantías y renuncias en los primeros años del peronismo, no fue el escenario de un masivo desembarco revisionista en las áreas dedicadas a los estudios históricos. Una mirada a otras instituciones que, ya en las décadas anteriores, se dedicaban a actividades relacionadas con la historia, sugiere una marcada continuidad entre una y otra etapa. El Museo Mitre, por ejemplo, recibía un subsidio especial en 1948 y ese mismo año ponía en marcha su revista; el Instituto Rosas no se benefició con tales atenciones. En  1951, el Senador nacional Juan de Lázaro, peronista,  con trayectoria en la estructura de la historia universitaria desde fines de los años treinta, lograba en un discurso pronunciado en el Museo asociar a Mitre con su movimiento: “el espíritu de Mitre”, decía, “sobrevive porque encarnó ideales argentinos que son eternos”, para agregar luego que “el secreto de su genio”  está “en su alma encendida de fe, poseída de la creencia en el dogma de la victoria última de la justicia [...], de la justicia social como síntesis de la libertad, la verdad y la belleza” [37]. Antonio Castro, subsecretario peronista de Cultura, presidente de la Comisión Nacional de Cultura, ex-director del Museo del Palacio San José y luego del Museo Histórico Sarmiento, destacaba en un folleto oficial de distribución gratuita fechado en 1954  que Urquiza y Sarmiento, dos “paladines argentinos” , se habían reencontrado en ocasión del “glorioso aniversario de la batalla de Caseros”.  En octubre de 1947, el Poder Ejecutvio lo había designado miembro de la comisión encargada de los trabajos preparatorioas para erigir un monumento a Sarmiento en San Juan. La publicación de aquel folleto se instalaba, explícitamente, en la senda que el Segundo Plan Quinquenal indicaba en su apartado Cultura Histórica, que promovía “la divulgacióny difusión de las obras de carácter histórico que concurran a consolidar la unidad espiritual del pueblo argentino” [38]

       Los revisionistas que pasaron a apoyar al peronismo se hallaron, de este modo, con que buena parte de la dirigencia y de los funcionarios del movimiento se inscribía en otra tradición. No sólo lo hacía el senador de Lázaro, historiador, o Castro, director de museos, sino que Miguel Tanco, radical yrigoyenista jujeño, ajeno a cualquier forma de actividad hsitoriográfica había declarado en la campaña electoral de 1946 que, siendo “liberal e individualista”, no podía compartir la “sórdida desconfianza” que ante el capital extranjero manifestaban “los xenófobos, que sueñan con el retorno a la vuelta de Obligado y con las chuzas de tacuara”[39].

    Es posible, entonces, retornar a la cuestión del  lugar que la reivindicación de Rosas tenía en el conjunto de principios “doctrinarios”, en la acción estatal, e incluso en el imaginario peronista.  A pesar de la prédica de parte de la oposición, en especial del Partido Socialista, que insistía en hacer de Perón un Rosas actualizado a través de libros y caricaturas[40], sobre la existencia de tal lugar no hay nuevas evidencias empíricas que resulten convincentes; hechos conocidos desde hace tiempo recuperan así su dimensión. El caso de los nombres impuestos a los ferrocarriles nacionalizados es uno de ellos: el gobierno decide lo que a ojos revisionistas debe haber resultado casi una provocación. Los nombres más destacados de la tradición llamada liberal era ubicados junto a los del “padre de la Patria” y Belgrano, un indiscutido. En los manuales escolares no se detecta, a su vez,  indicio alguno de inclinación al rosismo; la referencia es en cambio siempre sanmartiniana[41]. Es probable que el propio Ernesto Palacio advirtiera la situación, ya que en 1954 publicaba un manual para escuela secundaria, poco después de presentar su Historia de la Argentina, la primera versión orgánica del proceso histórico argentino desde la llegada de los españoles.  Tampoco la imagen del trabajador, en la propaganda peronista, apeló al repertorio revisionista, aunque se permitía referencias gauchescas y hasta evocaciones de los conquistadores[42]. La “declaración de la independencia económica” en Tucumán y la celebración el Año del Libertador se alinean también en el mismo sentido, así como la que al parecer fue una definición tajante de Evita ante Eduardo Colom, en ocasión de una campaña rosista impulsada por su diario La Época: “vos no podés hacer esa campaña que hiciste anti-urquicista, porque el peronismo es urquicista, y no vale la pena dividirlo o hacer la división de revisionismo histórico con los que están con Rosas o contra Rosas; seamos todos peronistas; estén todos unidos, pero no traigan cosas viejas”[43]. A Leopoldo Marechal, por su parte, “Octubre” le parecía “Mayo”: en un poema que comenzaba, precisamente,  con una evocación del “pueblo de Mayo”, que “ganara un día su libertad al filo del acero”, el antiguo vanguardista devenido peronista encontraba una continuidad entre aquellas multitudes y las de las jornadas de 1945.[44]

      En lo que hace al revisionismo, el otro extremo de esta relación, ha señalado Julio Stortini luego de un examen de la Revista y el Boletín:  “en el caso de haber habido una peronización del Instituto ésta no se reflejó en sus publicaciones”. Agrega el autor que “en ocasiones propicias como las campañas contra la celebración del Pronunciamiento de Urquiza, de Caseros o en oportunidad de que Perón entregara al Paraguay los trofeos de la guerra de la Triple Alianza, no hubo alusiones expresas favorables al gobierno o intentos de trazar una continuidad entre Rosas y Perón”[45].

     El cuadro indica, así, que el rosismo no formaba parte del conjunto de posiciones oficiales compartidas por el peronismo, proclive en cambio a instalarse en una tradición más clásica, y que la adhesión del revisionismo al peronismo fue parcial y distante; simultáneamente, el peronismo albergó a historiadores que provenían de grupos diversos. Parece entonces excesiva la opinión que hace del primer peronismo el “domicilio” del revisionismo, así como la que sostiene que el revisionismo “termina por teñirse de peronismo”, al menos hasta 1955.[46]   Es que aquí, como en muchas otras áreas,  el primer peronismo se permitía admitir la colaboración de individuos que exhibían distintos perfiles ideológicos, y trayectorias previas que los vinculaban a múltiples circuitos intelectuales, mientras fuera claro el apoyo a la gestión presidencial; en este sentido, lo que importaba era el presente. Palacio no había sido diputado en virtud de su revisionismo, ni Juan de Lázaro había ocupado su banca de senador gracias a su mitrismo. Rodolfo Puiggrós, antiguo miembro del Partido Comunista sumado a quienes respaldaban al gobierno sin resignar su condición de marxista, por ejemplo, expresaba esa actitud en el prólogo a la segunda edición de Rosas el Pequeño, aparecida en 1953. Allí, el autor plantea dos líneas de crítica a quienes califica de “rosistas militantes":

 “1.Su creencia en que los gérmenes de un capitalismo nacional en la esfera rural [...] pudieran ser los orígenes de un desarrollo autónomo del capitalismo argentino prescindiendo del mercado mundial, de la existencia del imperialismo y del progreso alcanzado por las naciones más adelantadas de la época. Esta es pura utopía [...].2.- Su desconocimiento del doble papel que el imperialismo cumple a pesar de sí mismo: si por una parte oprime, deforma y exprime a los países poco desarrollados [...] por la otra se va en la necesidad de trasplantar su técnica, incorporar sus capitales, crear clase obrera, estimular el capitalismo nacional, gestar los elementos opositores que conducen a la liberación económica de los pueblos explotados por los monopolios. Estas fuerzas [...] se desenvolvieron progresivamente desde la caída de Rosas hasta nuestra época de revolución nacional emancipadora, y son los pilares de esta revolución.”

   Luego de señalar estas áreas de discusión con el revisionismo -que por otra parte no son secundarias, y que en la obra se despliegan sobre los planteos de Scalabrini Ortiz, Ibarguren e lrazusta, entre otros autores-, Puiggrós hará explícita aquella actitud que privilegiaba, en el ejercicio de reconocer aliados, la adhesión al gobierno antes que la coincidencia en las interpretaciones del pasado: “Estas divergencias [...] no impiden que afirmemos nuestra solidaridad con los admiradores -al igual que con los detractores- de Juan Manuel de Rosas que asumen hoy una actitud clara y consecuentemente antiimperialista Somos sus amigos y sus aliados en la revolución nacional emancipadora, del mismo modo que nos sentimos totalmente en contra de aquellos antirrosistas que [...] forman en las filas de la contrarrevolución [...] ”[47]. El criterio estrictamente político era el que se imponía

       Halperin Donghi, opositor, integrante de los grupos intelectuales que habían estado fuera de la universidad, volvía a anudar la historia y la política a poco de caído el peronismo. A la hora del balance de la historiografía argentina, que veía atravesada por una crisis iniciada antes de 1945,  sostenía Halperin Dongui que en “la tentativa de crear una cultura y una historiografía consagradas a la mayor gloria del régimen, el peronismo había hallado apoyos entre los revisionistas”, sumando “además una suerte de tropa de reserva entra ciertos estudiosos adictos a la neutralidad erudita que había sido la consigna de la Nueva Escuela Histórica” [48].


“Ya todo el mundo (casi todo) era rosista [...]” (1955-1973)[49]
      En noviembre de 1955, un militante anónimo de la que pronto se llamaría resistencia peronista copiaba a mano un reportaje a Perón publicado en Paraguay, en un esfuerzo por difundirlo; el documento terminaba con una exhortación: “Haga copia de estas declaraciones de Perón y divúlguelas entre la clase trabajadora”.  Firmaba el texto “Martín Miguel de Guemes, Jefe Espiritual de los Milicianos de Perón”.  Ni Rosas, ni un caudillo favorito de los revisionistas, sino un líder militar de tropas gauchas durante la guerra de independencia, admitido en el panteón tradicional.

       Sin embargo, poco más tarde, en 1957, tenía lugar la “conversión” pública del propio Perón al revisionismo, en el texto titulado Los vendepatria; allí, el ex presidente asumía toda la dimensión de la batalla cultural que estaba en marcha, concediendo que la filiación que los golpistas de 1955 planteaban con la “línea Mayo-Caseros” era efectivamente cierta, e inscribiendo al peronismo en otra tradición, que encontraba en Rosas uno de sus centros. Así, la adscripción a esa imagen del pasado era funcional al objetivo de Perón: distinguirse aún más de sus enemigos, dotando de un sentido histórico al combate presente. Hacia noviembre de 1963, el “Comando Rosario” del Movimiento de la Juventud Peronista publicó un breve folleto titulado Nosotros y Sarmiento, en el que se explicaba la voladura de varios bustos de Sarmiento apelando a citas de autores revisionistas y hasta del propio Juan Bautista Alberdi. Aquellos militantes enlazaban sus luchas del día con la reconsideración de la historia argentina, recurriendo a los razonamientos que, mucho antes, habían hecho circular los revisionistas[50].

        Estos acontecimientos, de rango tan diferente, pueden ser el sostén de una versión sumaria de los procesos más relevantes para la historia del revisionismo entre 1955 y 1975. Aquella lectura del pasado que un grupo reducido de intelectuales había propuesto a fines de los años treinta se transformaba en la interpretación “oficial” que de la historia nacional realizaba un movimiento de masas, y en ese tránsito lograba, en general por fuera del aparato estatal, alcanzar una difusión imprevista, aunque anhelada desde hacía tiempo. Algunos historiadores revisionistas, desde ya, continuaron una producción monográfica con aspiraciones de erudición. Pero el hecho crucial para el revisionismo en este período, que fue la difusión de varios de sus planteos en amplios sectores no sólo vinculados a la cultura letrada, tuvo como condición de posibilidad un proceso desplegado en la arena política y social: la apropiación peronista de ese relato, que esta vez no dejó lugar para el disenso. El combate social y político se libraba también en el plano de la imaginación de pasados que venían a legitimar, según se entendía, las posiciones presentes. 

          Varios de los fragmentos del repertorio revisionista - la recusación de la tradición política "liberal"; la denuncia de un complot contra los destinos nacionales, que se atribuía al imperialismo aunque se hubiera iniciado a comienzos del siglo XIX; más adelante la impugnación a aquello que se llamó cada vez más frecuentemente en los círculos universitarios modelo agroexportador -, se integraron a la mirada que sobre el mundo lanzaba el peronismo, que a su vez reencontraba sus impulsos más populares y jacobinos en el paso al llano y a la proscripción. El peronismo ensayaba así segunda versión de una operación que a pesar de ser imaginaria tenía efectos muy reales, y que ya había intentado desde el poder. Ella consistía en entramar su propio pasado con la historia de la nación desde el momento fundacional, pero esta vez proponiendo una genealogía que lo emparentaba con los que veía como los perseguidos,  los derrotados. En esta visión, ellos se alzaban una y otra vez para proseguir un combate más que secular, que era el de la nación entera, contra las minorías del privilegio que usurpaban el gobierno aliadas a alguna potencia extranjera. La imagen tenía, entre otras, la facultad de reforzar la instalación en el lugar que casi todo el peronismo elegía ocupar por entonces: el de la mayoría desplazada de un poder que legítimamente la correspondía.

        El encuentro no dejaba de provocar disidencias en las filas del revisionismo. Por una parte, algunos miembros del grupo, y los auditorios que les eran fieles, tenían con el peronismo una relación compleja y otros más eran sus opositores; por otra, existían revisionistas que preferían consolidar los aspectos estrictamente historiográficos de su empresa, como Julio Irazusta, que finalmente sería incorporado a la Academia en 1971. Un año antes, había sido designado Presidente del Instituto Rosas, que estaba reorganizándose desde 1968[51].

     Las diferencias entre una estrategia que se quería académica y una de divulgación no dejaban de ser advertidas por los revisionistas, y ellas se traducían en tipos de publicaciones diferentes.  A mediados de 1958, se lanzaba el número 17 de la Revista, con un formato clásico: investigaciones, comentarios bibliográficos, reproducción de documentos. La estructura se repitió hasta  fines de 1962, cuando aparecía el número 23. Entre 1968 y 1971, a su vez, se entregaron 10 números del Boletín; el último de la serie anterior había entrado en circulación en julio de 1955. [52] En la “Re presentación” que abría la primera entrega del Boletín se sostenía que “la victoria de la revisión histórica es un hecho por demás evidente: resta sólo la ´escalada´ final [...] que instaure oficialmente lo que es una convicción argentina. Y nosotros venimos a cumplir la misión  [...]”.  El editorial continuaba con esta aclaración: “De allí el nuevo ritmo que tendrá esta segunda época: diríamos –guardando los debidos respetos- que hemos perdido un  poco, historiográficamente hablando, el empaque y la seriedad de los tiempos apostólicos”.  El revisionismo nuevamente se daba una “misión” y un instrumento, que sabía tan alejado de las publicaciones historiográficas clásicas: “no tendrán cabida aquí ensayos de nivel rigurosamente científico –tarea que acampará en la Revista semestral del Instituto [...]- pues estas páginas serán Historia a través de trazos breves, rudos, definidos, actualísimos [...]”[53].  Debe reconocerse que desde el punto de vista de las características materiales del Boletín, el objetivo fue cumplido.
 
     En cuanto a las disidencias de índole política, José María Rosa explicaba hacia 1978 los sucesivos conflictos en el Instituto Rosas y  su cierre momentáneo en función de los debates en torno al peronismo:

“Era la década del sesenta [...]. Me resultaba difícil armonizar a los peronistas y antiperonistas que militaban [en el Instituto]. A cada momento se recibían renuncias de viejos socios porque algún entusiasta había vivado a Perón en un acto público. El rosismo se había hecha popular, y se inclinaba naturalmente al peronismo, y eso no gustaba a los nacionalistas de viejo cuño firmes en su antiperonismo, sobre todo después que cayó Perón [...]. Los rosistas antiperonistas no acudían a las conferencias para no encontrarse con los peronistas. Y éstos no tenían interés en oír a oradores que no les hablaran de Perón además de Rosas. Acabé por cerrarlo, prácticamente [...]”[54]



       La vieja conexión nacionalista, por otra parte,  actuaba también, y ella estuvo por detrás de las aproximaciones de algunos integrantes del grupo al estado en tiempos de la dictadura de Onganía. Es posible que, por caminos sinuosos, esa cercanía estuviera lejanamente relacionada con la organización de las llamadas cátedras nacionales en la universidad, que se convertirían finalmente en uno de los frentes de lucha contra el gobierno militar y sobre las cuales quedan pendientes estudios detallados. Como desde el momento de su creación, las instituciones revisionistas no se resignaban a abandonar sus empeños en construir  lazos con el estado; tal como se decía en  el Boletín, el revisionismo anhelaba ser la otra “historia oficial”.

      Las iniciativas del grupo incluyeron también empresas mucho menos orgánicas respecto de la única institución revisionista tradicional, el Instituto, pero probablemente más efectivas en la tarea de difusión. Se trataba de editoriales como Theoría, Sudestada, Peña Lillo, Pampa y Cielo, en los años setenta Dictio, y a su izquierda, Coyoacán y Octubre, estas últimas vinculadas a las organizaciones partidarias que, bajo distintas denominaciones, conformaron la llamada izquierda nacional. Muchas de estas editoriales apelaban a una estrategia de difusión que en los años veinte habían empleado con éxito grupos de la izquierda, corno el cercano a Claridad, y que ya en los treinta había ensayado el nacionalismo: la venta en quioscos de ediciones baratas, algunas conformando colecciones periódicas como La Siringa, de Peña Lillo, que publicaba trabajos de Jorge A. Ramos, Arturo Jauretche, Fermín Chávez, Eduardo Astesano, J. M. Rosa y llegaba a reeditar La historia falsificada de Palacio.

      Varias de las obras de los revisionistas, tanto de los "históricos" como de los recienvenidos, alcanzaron importantes cifras de ventas. La Historia Argentina de J. M. Rosa (publicada en sus primeros ocho volúmenes entre 1963 y 1969), y los trabajos de Juan José Hernández Arregui, quien intentaba una reflexión  más filosófica, integrada no obstante al complejo revisionista, resultan buenos ejemplos de esta circunstancia. En 1963, ¿Qué es el ser nacional?, publicado por Hernández Arregui tres años después del también difundido trabajo La formación de la conciencia nacional, era incluido por la revista Primera Plana en su lista de "best-sellers", tal como señala Terán[55].  Estos éxitos del revisionismo formaban parte de un mucho más general proceso de ampliación -y probable modificación- de los públicos lectores interesados en los temas históricos y políticos. En torno a este punto ha sostenido el propio Terán que estos fenómenos "no involucraban solamente a la elite intelectual, sino que se dilataban hasta legitimar el aserto de que entonces se constituye un nuevo público, y que en ese proceso iban a oficiar un papel central aparatos culturales tales como las nuevas editoriales, y especialmente EUDEBA”[56]. En la expansión de estos nuevos públicos, y en la tarea de hacer llegar su voz a ellos, quizás estos otros libros, no la Revista del Instituto y ni siquiera el Boletín, hayan sido una herramienta notoriamente eficaz.

        La mención de los éxitos de ventas no explica, sin embargo, la apropiación de las visiones revisionistas por  parte de los públicos; en esa apropiación, la clave se halló en el peronismo. Allí no solo se verificaba la  evocada conversión del propio Perón al revisionismo -acontecimiento que, en virtud de tipo de movimiento del que se trataba, era de un peso decisivo-, sino que el aparato sindical y partidario incrementaba una adhesión que se tornaba estridente. En el nivel de los rituales, la conmemoración del combate de la Vuelta de Obligado, que los revisionistas iniciales habían realizado ya desde los años treinta invitando a representantes del gobierno, se transformaba en actos claramente políticos con la participación activa de grupos peronistas[57]. En la misma línea,  se imponían los nombres de los caudillos a  locales y agrupaciones,  e inclusive algunas sedes del interior del Instituto Rosas se establecían en locales gremiales. La “memoria larga” del peronismo, en los años sesenta, hacía de Rosas un jefe antiimperialista que conducía las fuerzas "nacionales", integradas por el gauchaje y los demás grupos populares, los ganaderos saladeristas ligados a la producción y los militares, incluso los antiguos unitarios que, abandonando la actitud facciosa, optaban por la Nación, agredida por potencias extranjeras. La facilidad con que esta construcción podía “traducirse” al siglo XX, y más precisamente al frente que el peronismo suponía constituir en sí mismo, es evidente[58].

        La expansión del revisionismo aparece así entramada con la suerte de los dispersos y muchas veces contradictorios emprendimientos político-culturales del heterogéneo bloque peronista. Es probable que esa relación influyera  en la recepción  del revisionismo por parte del mundo cultural argentino en los años sesenta, dado que para buena parte de quienes lo habitaban el problema central era, precisamente, el del peronismo: de acuerdo con Terán “la relectura del peronismo conllevará una revisión de la doctrina y la tradición del liberalismo, que ya no será considerado como un escalón dentro del progreso argentino, sino como una etapa de la dependencia nacional”; así,  “el revisionismo histórico va a teñir la cultura de izquierda en estos años”[59].

        Es que no solo el revisionismo estaba sufriendo cambios, sino que también los demás  grupos se veían afectados por transformaciones de cierta profundidad. En el campo del nacionalismo,  varios sectores se ubicaban en un “atlantismo” más cercano a Franco que a José Antonio, retornando una línea conservadora que nunca habla olvidado por completo, mientras que otros iniciaban una deriva hacia posiciones radicalizadas, que ocasionalmente terminarían en alianzas con grupos de izquierda y del peronismo, y aún en la lucha armada Parte de la izquierda iniciaba su mencionada reinterpretación de este movimiento,  impulsada por la tenaz adhesión popular puesta pronto de manifiesto, pero también por los ecos de procesos políticos y sociales internacionales: las luchas de la descolonización; la experiencia china; la muerte de Stalin, el breve ensayo de apertura y Hungría; Cuba, que obligaba a repensar, una vez más, los temas del antimperialismo y de las relaciones entre el nacionalismo y el socialismo[60].

      Estos interlocutores en trance de modificar sus posiciones sostenían diálogos relativamente novedosos, que se expresan con claridad, por ejemplo, en algunas de las respuestas que José  María Rosa daba a los lectores desde el semanario peronista Mayoría. Allí, un '”joven comunista”, no importa si real o imaginario dado que lo que cuenta es la respuesta de Rosa,  sostenía: "'Los revisionistas me han convencido de la defensa del país hecha por Rosas; no creo en la leyenda de su tiranía sangrienta.  Pero no puedo compartir la política derechista y retrógrada de Rosas". Luego de desestimar el uso de estos calificativos, Rosa responde:

“[...]. lo cierto es que su gobierno [el de Rosas] puede llamarse 'socialista' (de aquel socialismo social de 1848, tan diferente al individualismo usurpador del nombre). La Confederación Argentina de  Rosas, con su sufragio universal, igualdad de clases, fuerte nacionalismo y equitativa distribución de la riqueza era tenida corno una verdadera y sólida república 'socialista' adelantada al tiempo y nacida lejos de Europa”

La conclusión de Rosa era tajante: “Rosas fue socialista, progresista y demócrata”.[61] Si puede dudarse de la opinión del autor, el texto parece constituir en cambio un testimonio cabal del tono y de los asuntos de aquellos diálogos.

          En ese clima cultural, el revisionismo en sus varias versiones encontraba nuevos interlocutores, nuevos adversarios con quienes debatir, e incluso nuevos -y en ocasiones incómodos- compañeros de ruta. Entre ellos se contaban los llamados revisionistas socialistas, que como hemos indicado tenían con el revisionismo tradicional una relación ambivalente: si por una parte decían valorar su crítica de la historia “oficial”, por otra indicaban que se trataba de una versión también centrada en los intereses porteños. Jorge Abelardo Ramos fue quizás la figura más notoria entre quienes, desde la “izquierda nacional”, se dedicaron al estudio de la historia argentina, pero el conjunto incluía a Blas Alberti y a  Alfredo Terzaga entre otros; ya luego de 1973, Norberto Galasso presentaba su biografía de Manuel Ugarte, publicada por EUDEBA; Ugarte había sido convertido en uno de los “próceres” en estos ambientes: socialista, latinoamericanista, y embajador del peronismo. Estas líneas, bosquejada por la izquierda trosquista que había apoyado críticamente a los primeros gobiernos peronistas, conocieron en los años sesenta una amplia acogida entre militantes y activistas, y no sólo en los dedicados por completo al combate político: Ernesto Laclau era dirigente de las agrupaciones de la izquierda nacional en los años sesenta, mientras se dedicaba las tareas académicas en la universidad.[62]

          Entre los integrantes de las instituciones universitarias dedicadas a la historia, hasta 1966 la situación del revisionismo fue curiosa: si bien lograba "imponer" algunos centros de discusión, se hallaba casi absolutamente excluido de ellas. En esos ámbitos, se había producido luego de 1955 la aparición de un grupo que, nucleado alrededor de la cátedra de Historia Social dirigida por José Luis Romero y de algunos centros del interior, se proponía una renovación de la  práctica de la disciplina y de la agenda de problemas de los que los historiadores argentinos debían hacerse cargo; es corriente la opinión que indica que las redes y la biblioteca que esos grupos construían iban desde los Annales braudelianos hasta el marxismo británico, sin excluir corrientes de la sociología  norteamericana[63]. En la universidad, los herederos de la “nueva escuela”, mejor instalados y dedicados a la historia política de viejo tipo, no parecía un interlocutor interesante para la los historiadores de la renovación. Tampoco lo era el revisionismo, que insistía en sus temas y enfoques tradicionales

            Las constelaciones de referencias europeas que estos grupos exhibían, y la historia que practicaban, ponen de manifiesto la distancia que los separaba. Julio lrazusta publicaba en 1955 bajo el título Las dificultades de la historia científica un libro dedicado a la crítica de la obra Rosas, de Ernesto Celesia.  lrazusta señala como deficiencias de la obra la ausencia de actualización bibliográfica, la manipulación de documentos, y la falta  de lógica interna en algunos argumentos: todo ella quiebra, a juicio de lrazusta, la "objetividad", y resulta un "método" impropio de la historia científica. Si nada puede objetarse a la pertinencia de aquellas críticas, es posible en cambio suponer que un texto sobre la historia científica y su método podían, en 1955, exceder largamente estas temas, que el autor, por otra parte, analizaba con el apoyo ocasional de algunas citas de Croce. Trece años después, hacia 1968, José María Rosa  y sostenía que se trataba de “reconstruir críticamente los hechos históricos con el método objetivo de Ranke”[64]. El revisionismo hacía de este modo evidente cuánto compartía con el adversario que había construido, cuyas evoluciones en cuantos a temas tratados y cánones  para el ejercicio de la disciplina eran casi inexistentes; el propio Rosas de Celesia es una prueba de ello.

     La vuelta del peronismo al gobierno en 1973, en el contexto de una movilización social muy intensa y con actores políticos cuya radicalización era una nota importante, encontró a muchos de los revisionistas con inserción en aquel movimiento, y a su visión del pasado nacional transformada en una interpretación muy extendida. Acerca de los destinos del revisionismo luego de aquellas fechas, sólo es posible realizar observaciones muy provisorias, y señalar cuestiones sobre las que puede ser útil intentar investigaciones en regla.  Algunos integrantes de la corriente llegaron a la universidad; en la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires se registran los casos de Fermín Chávez y Rodolfo Ortega Peña, ambos miembros del Instituto Rosas hacia 1970, cuyas trayectorias quedaron, como otras, sujetas a los avatares de la lucha interna del peronismo. Ortega Peña sería asesinado en 1974 en el marco de esa disputa. Durante los años de la dictadura militar, los revisionistas que habían elegido una tarea más académica lograron alguna presencia en la estructura de investigación, y también ocuparon ciertas cátedras universitarias. Hacia 1989, el gobierno de Menem cumplía una de las más viejas reivindicaciones revisionistas, al repatriar los restos de Rosas; un Instituto Rosas reorganizado, a su vez, era convertido en una dependencia estatal, en el ámbito de la Secretaría de Cultura, en 1997. En 2000, durante la presidencia de De la Rúa, ese decreto de nacionalización era derogado, y el trámite se encuentra en sede judicial. Desde la recuperación democrática de 1983, con continuidad cambiante, el Instituto publicaba su Revista.

      A comienzos del nuevo siglo, entonces, al situación del revisionismo puede parecer paradójica. El anhelado reconocimiento estatal llegaba finalmente, pero tan atado  a los cambios de coyuntura política que no puede suponérselo estable. En aquella otra actividad, la estrictamente historiográfica, tampoco la situación es clara; historiadores que forman en el Instituto Rosas tienen inserción en el sistema de Investigación, y sus publicaciones se mantienen, aunque otros sectores de la historiografía argentina, preocupados por problemas históricos diferentes y con itinerarios académicos y políticos muy diversos de los del revisionismo, no sostienen con él diálogo alguno. En la historia universitaria, por ejemplo, el revisionismo es más un objeto de estudio que un interlocutor o un polemista.

       En  los balances que el revisionismo realizó solía insistir en que la batalla por Rosas estaba ganada desde el punto de vista de los “hechos”; más adelante, en los sesenta, planteaba estar satisfecho de la aceptación de sus argumentos por parte de grupos amplios, cuando estimaba que “casi todos eran rosistas”. Quedaba sí pendiente la transformación en una nueva “historia oficial”.  Desde ya, no es del todo legítimo cotejar el programa que se dibuja por detrás de estos diagnósticos con una situación que, como señalamos, no sólo es incierta, sino cambiante. Pero él puede utilizarse como guía para realizar algunas observaciones. El revisionismo no parece hoy un actor de importancia en los debates político-culturales argentinos; cierto es, no obstante, que tampoco puede identificarse otro grupo de historiadores que sí lo sea. Algunos de sus planteos, sin embargo, parecen constituir un conjunto de certezas, algo vagas pero firmes, tanto en sectores del cuerpo docente secundario, como en franjas considerables de la opinión pública: no tanto los centrados en la reivindicación de los gobiernos rosistas como los referidos a la historia “falsificada”, imagen que si bien no era una creación original del revisionismo sí fue difundida masivamente por él.  La convicción de que existe una versión del pasado deformada por intereses políticos, que el poder utilizar para ocultar la historia “verdadera” cuyo conocimiento serviría para ver con mayor claridad nuestros problemas está, en estos tiempos, muy extendida. Una vez más, entonces, es posible preguntarse cómo la política vuelve a influir en los destinos de una disciplina que, en los últimos veinte años, creyó poder constituir un espacio ajena a ella.

    



            





[1] El comentario parece responder a un momento cultural peculiar, signado entre otros rasgos por la expansión de la interpretación revisionista del pasado entre grupos sociales amplios. Quizás hasta se trate de una respuesta oblicua a la nota que, en julio de 1968, había sido publicada en el primer número del reaparecido Boletín del Instituto Juan Manuel de Rosas de Investigaciones Históricas, referido a El tamaño de mi esperanza; en la tapa se anticipaba el título del artículo, casi una provocación: ”¿Borges rosista?”. La cita, en Borges, Jorge Luis, Obras Completas, Bs.As., Emecé, 1974, p. 52, que recoge la edición 1969 de Fervor de Buenos Aires. La nota de Borges, de todas maneras,  no es sencilla de fechar: en  Poemas 1932-1958, Emecé, 1962,  reimpresión de la primera edición de 1954, no figura. Tampoco en las Obras Completas que Emecé publicó en 1979.
[2] Cfr. respectivamente Halperin Donghi, Tulio, El revisionismo histórico argentino, Bs.As., Siglo XXI, 1971, p. 7, y del mismo autor “El revisionismo histórico argentino como visión decadentista de la historia nacional”, de 1984, recogido en Ensayos de historiografía, Bs.As., El Cielo por Asalto, 1996, p.107; Quattrocchi-Woisson, Diana: “Historia y contra-historia en la Argentina. 1916-1930”, en Cuadernos de Historia Regional, Luján, UNLuján,  número 9. agosto 1987, y Los males de la memoria. Historia y política en la Argentina, Bs.As., Emecé, 1995, en particular el Capítulo 2; Rama, Carlos: Nacionalismo e historiografía en América Latina, Madrid, Tecnos, 1981, pp. 14 y 15; y Rama, Ángel, “La narrativa en el conflicto de las culturas", escrito en 1974 y publicado en Rouquié, Alain (comp.), Argentina. hoy; Bs.As., Siglo XXI, 1982, en particular,  pp. 255 y siguientes. La cita de Paso, Leonardo, en Corrientes historiográficas, Bs.As., Ediciones Centro de Estudios, 1974, p. 47.

[3] Como expresión de las visiones del pasado de un sector importante de la izquierda nacional, puede verse  la obra colectiva llamada El revisionismo  histórico socialista, Bs.As., Octubre, 1974, que, con prólogo de Blas Alberti,  recoge artículos de miembros de esta corriente; en particular, el que firmado por M. Cruz Tamayo (en realidad A. Terzaga), se titula precisamente “Mitrismo y rosismo: dos alas del mismo partido”. La opinión de Carlos Ibarguren puede consultarse en Juan Manuel de Rosas. Su  vida, su tiempo, su drama, Bs.As., La Facultad, 1933 [edición definitiva, y la de José María Rosa en  Defensa y pérdida de nuestra independencia económica, Bs.As., Huemul, 1974 (la obra había aparecido en forma de artículos, en 1941-1942), parágrafo titulado 'La tierra para el que la trabaja'.



[4] Un criterio similar ha sido por  Gramuglio, María Teresa, “Posiciones, transformaciones y debates en la literatura”, en  Cattaruzza, Alejandro (director): Crisis económica, avance del estado e incertidumbre política,  tomo VII de la Nueva Historia Argentina, Bs.As., Sudamericana, 2001.
[5] Sabemos que, de todos modos, el planteo efectuado no logra dar cuenta de algunos casos particulares; uno de ellos, es el de los mencionados revisionistas socialistas, que no fueron vistos con beneplácito por los "fundadores". Otro, el de Rodolfo Puiggrós,  que no sólo no abjuró de las críticas lanzadas a la política rosista a comienzos de los años cuarenta, sino que tampoco compartía los juicios revisionistas referidos a la colonia y a la revolución de 1810 en el Río de la Plata. En ambos casos, sin embargo, tanto los hombres que debatían con ellos como buena parte de la bibliografía posterior los adscribió al revisionismo.

[6] Pueden recordarse aquí los planteos de Michel de Certau acerca de la necesidad de entender “el libro o el artículo  de historia” como “resultado y síntoma del funcionamiento de un grupo”, y como “producto de un lugar” institucional y social. Cfr. de Cerau, Michel, La escritura de la historia, México,Universidad Iberoamericana, 1985, p.81.
[7] Ver Chiaramonte. José Carlos: “En torno a los orígenes del revisionismo histórico argentino”, en Frega, Ana y Ariadna Islas, Nuevas miradas en torno al artiguismo, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, 2001, en particular pp. 33, 39 y ss., y 45 y ss.
[8]Cfr. Carbia. Rómulo, “La revisión de nuestro pasado”, en Cuaderno 5 del Colegio Novecentista, de abril de 1918, p.  70. Hemos citado este trabajo en el capítulo anterior.
[9] A fines de los años veinte, Ravignani solía sostener puntos de vista similares con frecuencia. La cita en Ravignani, Emilio, “Los estudios históricos en la Republica Argentina Síntesis,  Bs.As., año  I, número 1, junio de 1927, p.62.  Sugerimos sobre estos tema la consulta de Buchbinder, Pablo: “Emilio Ravignani: la historia, la nación y las provincias”, en Devoto, Fernando (compilador): La historiografía argentina en el siglo XX (I), Bs.As., CEAL,  1993,  y  Chiaramonte, José Carlos y Buchbinder, Pablo: Provincias, caudillos, nación y la historiografía constitucionalista argentina 1853-1930, Documento de Trabajo del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. E.Ravignani”, Bs.As. 1991
[10] Cfr. Irazusta, Julio,  Vida política de Juan Manuel de Rosas a través de su correspondencia, Tomo I, Primera Parte, p. III de la Advertencia a la Segunda Edición, Bs. As., Albatros, 1953.
[11] Ver  lrazusta, Julio, Las dificultades de la historia científica, Bs.As., Alpe, 1955, pp. 144 y 148;  Rosa, José María,   Historia del revisionismo y otros ensayos, Bs.As., Merlín, 1968, pp. 23 y ss. y del mismo Rosa El revisionismo responde. Bs.As., Pampa y Cielo, 1964  que reúne artículos escritos entre 1950 y 1960,  pp. 187 y ss. .Uno de los primeros autores que intentó un estudio sistemático de la corriente, Clifton Kroeber, en Rosas y la revisión de la historia argentina, Bs.As., Fondo Editor Argentino, 1964, propuso también que Saldías y Quesada constituyeron una “primera generación revisionista”.
[12] Cfr., respectivamente, Ghioldi, Rodolfo, “ J. B. Al­berdi”, en Soviet, Bs.As., agosto de 1934, sin número de pagina, y  Yunque, Álvaro: “Echeverría en 1837. Contribución a la historia de la lucha de clases en la Argentina”, en Claridad, año XV, número 313, mayo 1937, sin número de página

[13]Ver  Quattrocchi-Woisson, Los males de la memoria, citado, p. 71
[14] La cita de Acosta figura en Hechos e Ideas, Bs.As., número 7, enero de 1936, p.225; la de Tradatti, en el mismo número, p. 252.  Hemos abordado estas cuestiones en Historia y política en los años treinta. Comentarios en torno al caso radical. Bs.As., Biblos, 1991. Nos permitimos remitir también a nuestro capítulo titulado “Descifrando pasados: debates y representaciones de la historia nacional”, en Alejandro Cattaruzza (director): Crisis económica, avance del estado e incertidumbre política,  citado.
[15] Ver [Ateneo Radical Bernardino Rivadavia], La política americanista de Yrigoyen, Bs.As., 1933, p. 23. El prólogo de Borges a El Paso de los Libres, puede consultarse en la edición que publicara originalmente La Boina Blanca.
[16] Se trata de una frase de Ernesto Palacio, en La historia  falsificada, p.31 de la edición que en 1960 publicó Peña Lillo. La versión original es de 1939.
[17] Cfr. Revista del Instituto J. M. de Rosas de Investigaciones Históricas, Bs.As., año 1, número 1, 1939, p. 48. En un sentido similar se pronunciaba Ricardo Font Ezcurra,  en “La Historia instrumento político”, aparecido en el número 4 de la revista, diciembre de 1939. En adelante, citada como Revista del Instituto Rosas.
[18] Cfr. Gálvez, Manuel,  Vida de Don -Juan Manuel de Rosas, Bs.As., Tor, 1940,  p. 15.

[19] Los planteos de Palacio pueden consultarse en La historia falsificada, Bs.As., Peña Lillo, 1960,  en particular pp. 30 y ss. Sobre la enseñanza de la historia, ver pp. 38 y ss. y  48 y ss. La versión original fue publicada en la Revista del Instituto Rosas.
[20].Cfr. Anuario 1940, citado, pp. 110 a 119
[21]Cfr. Revista del Instituto Rosas,  número 5, julio 1940,  pp. 3 y 4.
[22] Ver Gramuglio, María Teresa, “Posiciones, transformaciones y debates en la literatura”, en  Cattaruzza, Alejandro (director): Crisis económica, avance del estado e incertidumbre política,  citado, p. 365.

[23] Ver Ibarguren, Carlos, La historia que he vivido, Bs.As., Dictio, 1977, p. 625. La primera edición de la obra es de 1955.
[24] Sobre esta cuestión, remitimos al capítulo anterior.
[25]Revista del Instituto Rosas, número 1,  1939, p. 150 y 151. Agradezco la información sobre esta nota, así como otros datos, a Carolina Apecetche.

[26]En [HONORABLE SENADO DE BUENOS AIRES], Día de la Tradición y Monumento al Gaucho. Antecedentes legislativos, La Plata, 1948, p. 12 . En el último capítulo de este libro se hace referencia nuevamente a este discurso, aunque en función de otros problemas.
[27] Ver Finchelstein, Federico, “Fascismo, nacionalismo y concepción de la historia. El mito de Uriburu y la memoria del primer golpe de Estado argentino”, en Reflejos, Universidad Hebrea de Jerusalem, 2002, p. 121.
[28] Cfr. lrazusta, Julio, Memorias. Historia de un historiador a la fuerza,  Buenos Aires, Eca, 1975, p. 231 a 238.  
[29] Hemos examinado estas cuestiones en “Descifrando pasados”, citado.
[30] Cfr. Revista del Instituto Rosas, número 7, 1941, pp. 181 y 182.
[31] Se trata de un verso del poema Al 17 de Octubre, de Leopoldo Marechal, en sus Obras Completas, Bs.As., Perfil, 1998, p. 504. El poema se compuso entre 1945 y 1950, y figura en la Antología Poética de la Revolución Justicialista, que con prólogo de Antonio Monti, publicó la  Librería Perlado Editores, Bs.As.,  1954, pp107 y 108.
[32] Sugerimos, de la última producción referida a estos puntos, la consulta de Altamirano, Carlos, “Ideologías políticas y debate cívico”, y Sigal, Silvia, “Intelectuales y peronismo”, ambos en Torre, Juan Carlos (dir.), Los años peronistas (1943-1955),Tomo 8 de la Nueva Historia Argentina, Bs. As., Sudamericana, 2002.
[33] Ver lrazusta, Julio,  De la crítica literaria a la historia, a través de la política, [Discurso pronunciado al incorporarse a la Academia Nacional de la Historia], Buenos Aires, Academia Nacional de la Historia, 1971. Se trata de una separata del Boletín de la ANH, vol. XLIV.
[34] Buena parte de la bibliografía que hemos citado para el revisionismo asume la cuestión; también han aportado argumentos, en ocasiones indirectos, Ciria, Alberto, Política y cultura popular: la Argentina peronista, Bs.As., de la Flor, 1983;  Svampa, Maristella, El dilema argentina: civilización y barbarie, Bs.As., El Cielo por Asalto, 1994; Plotkin, Mariano,  “Rituales políticos, imágenes y carisma: la celebración del 17 de octubre y el imaginario peronista 1945-1951”, en Torre, Juan Carlos (comp..), El 17 de Octubre de 1945, Bs. As., Ariel, 1995, y Mañana es San Perón. Propaganda, rituales políticos y educación en el régimen peronista (1946-1955), y Quattrocchi’Woisson, Los males de la memoria, citado, entre otros.
[35] Ver Quattrocchi-Woisson, Los males de la memoria, citado, p. 302
[36] Ver Gianello, Leoncio, La enseñanza de historia en la Argentina, México, Instituto Panamericano de Geografía e Historia, 1951, p. 122.. Acerca de la actuación de  Levene,  consultar Rodríguez, Martha, “Cultura y educación bajo el primer peronismo. El derrotero académico-institucional de R. Levene”, en Pagano, Nora y Rodríguez, Martha (comp.), La historiografía rioplatense en la posguerra, Bs.As., La Colmena, 2001. Sobre Molinari, véase Pagano, Nora, “Olvidar y recordar una historia de vida. El caso de D.L. Molinari”, en la misma obra.
[37] Pude consultarse sobre la situación en la universidad Buchbinder, Pablo, Historia de la Facultad de Filosofía y Letras, Bs.As., Eudeba, 1997, p. 161 y 166 y ss. y Mangone, Carlos y Warley, Jorge, Universidad y peronismo, Bs.As., CEAL,  1984. Las mención del subsidio, en  Revista del  Museo Mitre, Subsecretaría de Cultura-Comisión Nacional de Museos y Monumentos Históricos,  número 1, 1948, pp. 118 y 119; las citas de De Lázaro, en la misma publicación, número 4, 1951, p. 109. Las cursivas son del original. Marian Plotkin ha citado una intervención del diputado peronista Oscar Albrieu que, en 1946, sostenía que el peronismo habría sido morenista en 1810, sarmientino en 1860 e yrigoyenista en 1916.  Ver Plotkin, Mariano,  “Rituales políticos, imágenes y carisma: la celebración del 17 de octubre y el imaginario peronista 1945-1951”, en Torre, Juan Carlos (comp..), El 17 de Octubre de 1945, Bs. As., Ariel, 1995, p. 184, nota 22
[38] Cfr. Castro, Antonio, Sarmiento y Urquiza. Dos caracteres opuestos, unidos por el amor a la Patria, Bs.As., Ministerio de Educación-Comision Nacional de Museos y Monumentos Históricos, 1954, p. 7. La cita del Plan Quinquenal, en la misma obra. Los datos sobre el monumento a Sarmiento, en Personalidades de la Argentina , Bs.As., Veritas,1948,  p. 203
[39] La cita, en el diario Democracia, del 18 de enero de 1946, p. 3
[40] Ver Gené, Marcela, Un mundo feliz. Representaciones de los trabajadores en la propaganda del primer peronismo (1946-1955), Tesis presentada en la Universidad de San Andrés, Bs. As., 2001, en particular, pp. 112 y ss. Puede consultarse también la versión que, con el mismo título, fue publicada como Documento de Trabajo número 24 por la misma universidad. Un ejemplo en Ginzo, José A., Qué es, qué pretende, qué oculta el llamado revisionismo histórico, conferencia de 1951 publicada en 1952 en Bs.As. por Pensamiento Libre.
[41] Plotkin y Ciria han señalado esta situación en las obras citadas.
[42] Ver Gené, Marcela, Un mundo feliz. Representaciones de los trabajadores en la propaganda del primer peronismo (1946-1955), citado,  pp. 113 y 114.
[43] La cita en Plotkin, Mariano, Mañana es San Perón, citado,  p.328.  Véase también Sicilia, Juan José, De hadas y duendes. El mundo encantado de Mundo Peronista, ponencia presentada en las Primeras Jornadas de Historia de Revistas y Publicaciones Periódicas, Escuela de Historia, Universidad Nacional de Rosario, 2001.

[44]Se trata del poema con que abrimos este apartado.
[45]Ver Stortini, Julio, La producción historiográfica revisionista durante el primer peronismo: el Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, ponencia presentada en las Jornadas Interescuelas-Departamentos de Historia, Universidad Nacional de Salta, 2001, pp. 13 y 14.

[46] Ambos planteos son efectuados por Diana Quattrocchi, en Los males de la memoria, citado, pp. 283 y 287. Toda la Tercera Parte de la obra está dedicada a estos temas.
[47] Cfr. Puiggrós, Rodolfo,  Rosas, el pequeño; Buenos Aires, 1953; pp. 10 y 11. Hemos analizado esta intervención de Puiggrós en Cattaruzza, Alejandro, “Una empresa cultural del primer peronismo: la revista Hechos e Ideas (1947-1955)”, en Revista Complutense de Historia de América, Madrid, número 19, 1993.

[48]Cf. Halperin Donghi, T,: “La historiografía argentina en la hora de la libertad", en Sur, número 237, nov.-dic. 1955, pp. 114 y 115.

[49] Se trata de declaraciones de José María Rosa en una entrevista celebrada en 1978, haciendo referencia a los años sesenta. Cfr.. Hernández, Pablo J.: Conversaciones con José María Rosa,. Buenos Aires, Colihue-Hachette, 1978, p. 150.

[50] La citada “cadena” de la resistencia, así como el folleto mencionado, se encuentran en nuestro archivo. Los planteos de Perón pueden verse en Los vendepatrias: las pruebas de una traición, publicado en Caracas. Sobre estas dimensiones de las luchas políticas por el control de imágenes del pasado, para otros casos, ver Burke, Peter, Formas de historia cultural, Madrid, Alianza, 2000,  capítulo 5 y en particular p. 79, en la que se menciona un atentado del IRA, llevado adelante en 1966, contra una columna en homenaje a Nelson. Consultar también  Baczko, Bronislaw, Los imaginarios sociales. Memorias y esperanzas colectivas, Bs.As., Nueva Visión, 1991, pp. 153 y ss.  Datos sobre este y otros agrupamientos juveniles del peronismo en la exhaustiva recopilación de Baschetti, Roberto, Docuemtnos de la Resistencia Peronista 1955-1970, Bs.As., Puntosur,  1988, p.33

[51] Ver Boletín  del Instituto Rosas, Segunda Época, número 9,  mayo-setiembre de 1970, p. 22
[52] Ver Ramallo, Jorge  M.: La revista del Instituto Rosas (1939-1961). Noticia. índice y textos, Bs. As., Fundación Nuestra Historia, 1984, página 5.
[53] Cfr. Boletín del Instituto Rosas, Segunda Época, número 1, p. 3, julio 1968. El destacado, en el original.
[54]Cfr. Hernández, Pablo J.: Conversaciones con José María Rosa, citado, pp. 150 y 151.

[55] Ver Terán, Oscar: Nuestros años sesentas. La formación de la nueva izquierda intelectual en la Argentina 1956-1966, Bs.As., Puntosur, 1991, p. 64.

[56] Cfr. Terán, O, Nuestros años sesentas, citado, p. 76.

[57] Todavía en 1982, el peronismo, lanzado a la campaña electoral, celebraba una de sus mayores concentraciones en Rosario, el 20 de noviembre.
[58] No desconocemos, desde ya, la multitud de tendencias que poblaban el peronismo de la época; no obstante, la reivindicación de Rosas, o de algún conjunto de caudillos federales, fue patrimonio de prácticamente todas ellas. Algunos ejemplos de las actividades mencionadas, en el Boletín del Instituto Rosas, Segunda Época, número 3,  octubre-noviembre de 1968, p. 17,  número 5, mayo de 1969, p. 17; número 8, marzo de 1970, p. 20. Esa imagen de Rosas, por otra parte, era bosquejada por algunos de los historiadores del revisionismo en libros de divulgación; un ejemplo en Rosa, José maría, Rosas, nuestro contemporáneo, Bs.As., 1974. Acerca de lo que ha denominado “memoria larga”, ver Baczko, Bronislaw, Los imaginarios sociales. Memorias y esperanzas colectivas, citado, p. 191, pp. 186 y ss.
[59] Cfr. Terán, O., Nuestros años sesenta, citado, páginas 64 y 63, respectivamente.
[60] Para el clima cultural de los sesenta, sugerimos el texto ya citado de Oscar Terán, así como Sigal, Silvia, Intelectuales y poder en la década de 1960, Bs.As., Puntosur, 1991; Tarcus, Horacio, El marxismo olvidado en la Argentina: Silvio Frondizi y Milcíades Peña, Bs.As., El Cielo por Asalto, 1996. Sigue siendo útil e interesante, acerca de la situación internacional, la consulta de Hobsbawm, Eric, Revolucionarios, Barcelona, Ariel, 1978
[61] Cfr. Rosa, J. M., El revisionismo responde, citado. páginas 160, 164 y 166 respectivamente. Los artículos correspondientes se titulan “¿Rosas fue derechista o izquierdista?”-, y “¿Rosas fue regresista o progresista?”.

[62] Acerca de la izquierda nacional, remitimos a Galasso, Norberto, La izquierda nacional y el FIP, Bs.As., CEAL, 1983, (en p. 111 el dato sobre Laclau) y La corriente historiográfica socialista, federal-provinciana o latinoamericana, Bs.As., Centro Cultural “E.S. Discépolo”, 1999. Los debates con otros sectores de la izquierda fueron analizados por Horacio Tarcus, en El marxismo olvidado en la Argentina, citado.
[63] Sobre estos grupos de la renovación, ver Halperin Donghi, Tulio, “Un cuarto de siglo de Un cuarto de siglo de historiografía argentina (1960-1985)", en Desarrollo Económico, Bs.As., vol. 25, núm. 100, enero-marzo 1986; Hourcade, Eduardo, “La historia como ciencia social, en Rosario, entre 1955 y 1966”, en La historiografía argentina en el siglo XX (II), CEAL, Bs. As., 1994;  Devoto, Fernando, “Itinerario de un problema: Annales y la historiografía argentina (1929-1965)”, en Anuario, IHES, número 10, 1995 y Romero, Luis Alberto,  “La historiografía argentina en la democracia. Los problemas de la construcción de un campo profesional”, en Entrepasados,  número 10, 1996.


[64] Ver lrazusta, Julio, Las dificultades de la historia científica, Bs.As, Alpe. 1955, en particular páginas 24, 25, 35, 72 , y 135 y ss. Las observaciones de Rosa, en  Historia del revisionismo y otros ensayos, Bs.As., Merlín, 1968, p. 70 y pp. 8 y 9, respectivamente.





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