sábado, 30 de junio de 2012

EVA PERON: ENTRE LA SACRALIZACION Y EL MITO



Eva Perón y José Espejo.


Por Francisco José Pestanha

            “El futuro que, sin lugar a duda recordará y juzgará el destino admirable de esta mujer, advertirá que no usufructuó ella de las circunstancias, sino que las circunstancias usufructuaron de ella como lo hace invariablemente la Historia con las vocaciones (o llamados) individuales que la misma historia usa, y con los cuales realiza o pone “en acto” sus acontecimientos posibles. Eva Perón escuchó ese llamado y respondió a él con heroica fidelidad ¿Y qué provecho sacó de las circunstancias? La vigilia, el cansancio, la enfermedad y la muerte” (Leopoldo Marechal).


La vida, la obra y la muerte de Eva María Duarte, así figura en la fe de bautismo datada el 21 de noviembre de 1919 bajo el folio 495 emitida por la Capellanía Vicaria de Nuestra Señora del Pilar, Partido de General Viamonte[1], estuvieron y aún están sujetas a una serie manifestaciones socioculturales, sobre las cuales, bien vale hacer breve referencia a pocos días de conmemorarse un nuevo aniversario de su precoz agonía.

- Evita sacralizada -

Mientras una acepción corriente del vocablo “sacralizar” nos remite a un procedimiento mediante el cual suele asignarse o atribuirse carácter sagrado a un elemento o individuo, para nuestro devenir indo-afro-ibero-americano, la sacralización constituye a la vez de un fenómeno frecuente, una forma de expresión profundamente arraigada en el sentir y en el obrar popular que, reconocemos, adquiere ribetes complejos. 
Numerosos autores vinculados a esa matriz epistemológica que en el país constituye el “Pensamiento Nacional” nos han enseñado que en nuestra región, la sacralización constituye un instrumento a través del cual los sectores populares no solamente suelen volcar sus devociones, sino también ciertas  expectativas, y en cierto sentido además, sus peculiares derroteros. Rodolfo Kusch, uno de los pensadores argentinos más originales, sentenciaba al respecto en su valiosísima obra “América Profunda” que "...cuando un pueblo crea sus adoratorios, traza en cierto modo en el ídolo, en la piedra, en el llano o en el cerro su itinerario interior..."[2]. 
Así esas circunstancias a las que refiere Marechal en el encabezado y que según él “se aprovecharon de Eva”, no hacen más que ratificar que la sacralización en nuestra América no solo contribuye a reforzar el sentido histórico del sujeto sacralizado, sino que además, lo instituye en presente y en futuro viviente. Arturo Jauretche, en plena sintonía, sostendrá en alguna oportunidad  respecto a Evita que “… hay seres en los que se mete la historia y se expresa a través de ellos como si quisiera símbolos vivos que inútilmente la inteligencia trata de explicar.[3]
          
- Evita mitificada  -

Sobre la abanderada de los humildes ha recaído, además, otro tipo de dispositivo de características no tan originales e imperecederas como el descrito precedentemente, y que supone, en alguno de sus de sus sentidos, el despliegue de una operación intelectual tendiente a transformar hechos acontecidos efectivamente o inventados, en relato creíble o plausible aunque la veracidad de tales circunstancias no pueda ser comprobada”.´ Me refiero especialmente a la mitificación.
Entre otros aspectos mitificados del transcurrir de Evita hay cuanto  menos dos a los que suele apelarse con cierta frecuencia y que a nuestro criterio, han contribuido a desnaturalizar la realidad acontecida.
El primero nos vincula a la afirmación que Evita encarnó per-se la efervescencia justicialista, y que su pasión revolucionaria la llevó a ejercer una especie de jacobinismo contrastante con el conservadurismo de quien fuera en vida el conductor del justicialismo. El segundo, que su predica y acción pueden ser perfectamente separadas o disociadas de las del mismísimo Perón, con quien habría mantenido diferencias inconciliables.
El primero, llevado a extremos, ha llevado a compañeros de fuste como Roberto Surra a sostener que ante la imposibilidad de negar a Evita, ciertos sectores que en su tiempo la repudiaron y la combatieron, empezaron a exaltarla “… llegando al colmo de presentarla como a una dama que látigo en mano, dominaba a su macho (Perón) quien es presentado por esta particular y pintoresca visión de la historia, como un timorato dominado por su miedo de perder el poder y temeroso del carácter de su mujer”[4] .
He aquí uno de las formas que ha asumido el evitismo un verdadero “artilugio intelectual de manual”, cuyo fin último estuvo orientado a minusvalidar y opacar la obra y la figura de Perón, recurriendo al enaltecimiento acrítico de Eva. 
Sobre la vida de la Jefa espiritual del peronismo mucho se ha escrito. Alguno de los textos han aportado valiosísima información y rectificado otra que durante un tiempo fue aceptada sin constatación alguna. Otros constituyen simplemente un verdadero sancocho. 
Pero de la simple lectura de las obras más serias escritas sobre ella, como del testimonio de los hombres y mujeres que la acompañaron de cerca hasta su muerte, como de sus propios textos que constituyen su herencia como la comprobada “La razón de mi vida” o el otrora cuestionado “Mi mensaje”, surge incontrastablemente que Evita encarnó la revolución “…no como un acto propio o un gesto individual, sino en el contexto de Juan Perón, su doctrina y su pueblo en marcha hacia la liberación”[5]. Ella misma afirmará tajantemente al respecto, tal vez recurriendo a una voz excesiva, pero plenamente sentida que: “todo lo que soy, todo lo que tengo, todo lo que pienso y todo lo que siento es de Perón”.
 No existe así testimonio o prueba alguna que Eva Perón hubiese concebido la revolución peronista sin Perón.


El segundo de los artilugios está orientado a obliterar ese verdadero lazo amoroso que unió a la pareja y la admiración mutua que se prodigaron. Desde facciones provenientes especialmente del materialismo, se intentó presentar a la pareja como el producto de una relación de medios a fines, donde ella, en oportunidades, aparecerá como uno de los instrumentos a los que apeló Perón para concretar alguna de sus inconfesables intenciones, y en otras, en menor medida, donde él será presa de las ambiciones extremas de “esa mujer”.
Nada más alejado de la realidad. Más allá de las naturales y lógicas desavenencias que toda pareja sufre en su devenir, y de las cuales casi ningún vestigio comprobable ha quedado, todos los relatos coinciden que su relación fue próspera e indestructible, aún a pesar de complejísimas circunstancias históricas y personales que les tocó compartir. 
En “Mi Mensaje”,[6] obra póstuma afortunadamente autenticada judicialmente gracias a los ingentes oficios de Fermín Chávez, entre las previsiones conspirativas respecto a sectores de la jerarquía eclesiástica y sospechas similares respecto a militares, Evita ilustrará al lector sobre su lealtad a Perón y reafirmará el proyecto de vida que eligió vivir junto al conductor del justicialismo. Sostendrá allí taxativamente:Quiero vivir eternamente con Perón y con mi Pueblo. Esta es mi voluntad absoluta y permanente y será también por lo tanto cuando llegue mi hora, la última voluntad de mi corazón. Donde esté Perón y donde estén mis descamisados allí estará siempre mi corazón para quererlos con todas las tuerzas de mi vida y con todo el fanatismo de mi alma. Si Dios lo llevase del mundo a Perón antes que a mí yo me iría con él, porque no sería capaz de sobrevivir sin él, pero mi corazón se quedaría con mis descamisados, con mis mujeres, con mis obreros, con mis ancianos, con mis niños…”
            Algunos traficantes de la intelligentzia han recurrido a otras artimañas  para transfigurar el sentido histórico de Eva Perón. El ocultamiento de cierta información vital para comprender integralmente a Evita se convirtió en otro de los artificios preferidos. Entre otros tantos datos obliterados, se encuentra la profunda fe que nutrió su pensar y accionar.
Afortunadamente, registros documentales y testimonios escritos y audiovisuales de, entre otros, su confesor y Director espiritual Hernán Benítez y del poeta y amigo José María Castiñeira de Dios, permiten resguardar esa y otra información para las nuevas generaciones.
            Nadie seriamente puede dudar hoy que sus creencias religiosas y la espiritualidad profesada por Eva fueron decisivas, y que su vida estuvo plagada de jirones vinculados a tales circunstancias.
Eva, según coinciden sus principales biógrafos, mantuvo siempre una profunda fe, y promediando su vida, llego a profesar oración diaria. Valentín Thiebaut, director del legendario periódico oficialista “Democracia” declarará oportunamente que, entrevistada respecto a las circunstancias de su viaje a Europa, Eva expresó que su encuentro con el Papa fue la etapa más impactante del viaje[7]. La influencia de tal encuentro, y en especial la de Hernán Benítez, fueron decisivas en la concepción de esa fundación modelo que adquirió virtualidad categórica  con posterioridad  a aquel derrotero.
            Roberto Surra en el texto precitado sostendrá enfática e irónicamente, que el “Evitismo es uno de los inventos más inteligentes y perversos que concibió la oligarquía para alimentar al antiperonismo. No hay nada más antiperonista que el Evitismo, ya que supone una actitud independiente y hasta contrapuesta de los ideales de Perón. Y culmina: Quienes digan amar a Evita, pero no a Perón deberían leer más, estudiar más, hacer memoria, o ¡hacer terapia!
            Sin llegar al extremo, las recomendaciones de Surra resultan oportunas para advertir a los lectores respecto algunos libelos que seguramente  circundarán en estos tiempos, probablemente emergidos de algunos cenáculos donde suele recalar cierta vulgata revisionista.







[1] En “Eva Perón sin mitos”, obra de Fermín Chávez publicada por editorial Theoría en el mes de febrero de 1996, se halla incorporada luego de la página 49, copia de la partida original.
[2] Kusch Rodolfo: “América Profunda” . Editorial BIBLOS  Buenos Aires, 1999.
[3] Jauretche Arturo Martín: “Juicios y testimonios”. Suplemento especial de la revista Dinamis. Año 1969.
[4] Surra, Roberto: “Algunas consideraciones en torno al evitismo y una anécdota: Evita ante Franco”. En www.nomeolvidesorg.com.ar .
[5] Castiñeira de Dios,  José María: “El esfuerzo de Evita, era antes que una misión, una forma de realización personal.” Diario la Opinión 26 de julio de 1972. página 16
[6]   Perón Eva, Mi mensaje, Ediciones del Mundo, Buenos Aires, 1987.
[7] Chávez Fermín: “Eva Perón sin mitos”. Editorial Teoría. Febrero de 1996. Página 188.

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