martes, 14 de julio de 2015

EL 9 DE JULIO SEGÚN JUAN MANUEL DE ROSAS


Juan Manuel de Rosas y Facundo Quiroga.




Por Sandro Olaza Pallero



1.  Introducción

En el presente trabajo se ofrece una aproximación a lo que significó el 9 de julio de 1816 para Juan Manuel de Rosas, no sólo como festividad sino como una reafirmación en los hechos de la Independencia argentina.
Uno de los fundadores de la historiografía argentina e hijo de uno de los protagonistas del movimiento emancipador, Vicente Fidel López afirmó con respecto al Congreso de Tucumán que “fue la única de nuestras primeras asambleas que alcanzó a ver resuelto el arduo problema de los tiempos en que había sido convocada la consolidación de la Independencia por la ley y por las armas” y que sancionó la “Constitución Patricia y Conservadora de 1819, que no pudo vivir, pero que es la más sensata y la mejor adaptada a nuestras libertades políticas de cuantas se han ensayado antes y después entre nosotros”. López decía que el fracaso del Congreso se debió entre otros factores al “alzamiento tumultuario de las masas incultas y menesterosas en el litoral” que “amenazaba envolverlo todo en el desafuero de la barbarie”.[1]
Desde la historiografía uruguaya, Alberto Demicheli, señaló la instalación en Argentina de dos congresos diferentes “uno republicano y federalista –el de Oriente-, en Concepción del Uruguay, bajo la presidencia de Artigas […] otro unitario y monárquico –en Tucumán-, integrado por Buenos Aires y algunas provincias”. Ambos declararon la Independencia, “pero, mientras el primero desaparece pronto, absorbido por graves acontecimientos militares; el otro funciona durante cuatro años, y sanciona en Buenos Aires la Constitución de 1819, de corte netamente unitario”.[2]
Vicente D. Sierra destacó el fortalecimiento de los sentimientos patrióticos durante el segundo gobierno rosista: “Rosas declara el 9 de julio día festivo, o sea día de fiesta; Rivadavia lo declara feriado, o sea  día de feria, día de trabajos, para que el comercio y la industria no se perjudiquen. La actual costumbre de llamar feriado a los días festivos determina que muchos autores, poco duchos en filología y en historia informen que Rivadavia declaró día de fiesta al 9 de julio. Lo hizo Rosas, quien, además, días antes de dicho decreto encomendó al ingeniero D. C. H. Pellegrini dos cuadros: uno con el Acta de la Independencia y otro con el Tratado Preliminar de paz con el Brasil, por lo que se pagaron 538 pesos fuertes metálicos, encomendándose a F. Foucard que los encuadrara en marcos revestidos de plata labrada soldada”.[3]
Sin embargo, cabe preguntarse si hubo antes del segundo gobierno de Rosas festejos por el aniversario de la Independencia. La respuesta puede surgir de una importante fuente directa como lo fue The British Packet, periódico de la comunidad británica, publicado semanalmente entre 1826 y 1858.
El 9 de julio de 1832 la plaza de la Victoria estuvo adornada con plantas y la pirámide lucía inscripciones alusivas y banderas del país “junto con la británica, americana, francesa y brasileña, colocadas en la verja”. Además, el frente del cabildo y de varias casas adyacentes estuvieron decoradas con telas de seda y “varios rompecabezas y tíos vivos habían sido colocados en la plaza, para diversión de los muchachos por la noche”. Las condiciones desfavorables del tiempo hicieron que se postergara la celebración de Corpus Christi, por lo que esta festividad y el aniversario de la independencia “fueron honrados conjuntamente en este día, y uno o dos espléndidos altares habían sido erigidos en la plaza, cerca del Cabildo”. Una procesión donde estaba el gobernador Rosas, el obispo y otros funcionarios civiles, militares y eclesiásticos, pasaron por la catedral y luego marcharon a paso lento alrededor de la plaza, deteniéndose frente a los altares. Sigue diciendo The British Packet: “Por la noche se repitieron las iluminaciones, y las luces colocadas en la pirámide de la plaza presentaban un aspecto agradable […] El teatro estuvo lleno, iluminado fuera de lo común y se cantó el Himno Nacional, mientras el auditorio permanecía de pie”.[4]


2.  Rosas y el 9 de Julio: Reafirmación de la Independencia argentina

El 11 de junio de 1835, el gobernador Juan Manuel de Rosas dispuso en un decreto que el 9 de julio fuese una fiesta nacional: “Considerando el gobierno que el día 9 de Julio de 1816, debe ser no menos célebre que el 25 de Mayo de 1810;  porque si en éste el pueblo argentino hizo valer el grito de la libertad, en aquél se cimentó de un modo solemne nuestra independencia, constituyéndose la República Argentina en nación libre e independiente del dominio de los reyes de España, y de toda otra dominación extranjera”. Por lo que “siendo justo tributar al Ser Supremo las debidas gracias en el aniversario del 25 de Mayo, lo es del mismo modo y con motivos igualmente poderosos, manifestarle también nuestro reconocimiento en el aniversario del 9 de Julio, pues que con el auxilio de la Divina Providencia, se halla la república en el goce de esa libertad e independencia que ha conquistado a esfuerzos de grandes e inmensurables sacrificios”. En primer lugar “el día 9 de Julio será reputado como festivo de ambos preceptos, del mismo modo que el 25 de Mayo; y se celebrará en aquel misa solemne con Te Deum en acción de gracias al Ser Supremo por los favores que nos ha dispensado en el sostén y defensa de nuestra independencia política: en la que pontificará, siempre que fuese posible, el muy Reverendo Obispo Diocesano; pronunciándose también un sermón análogo a este memorable día”.  En segundo lugar, en “la víspera y el mismo día 9 de Julio, se iluminará la ciudad, la Casa del Gobierno y demás edificios públicos; haciéndose tres salvas en la Fortaleza y busques del Estado, según costumbre”.  Por último, quedaba “sin ningún valor ni efecto el decreto de 6 de julio de 1826, en la parte que estuviese en oposición con el presente”.[5]
A principios de 1834, había llegado a Buenos Aires un informe remitido por Manuel Moreno desde Londres y que estaba fechado el 24 de octubre de 1834. Se reproducía una versión que demostraba que un representante de Fernando VII se había contactado con Bernardino Rivadavia en Europa, con el objetivo de reunir representantes hispanoamericanos y delegados reales. Así, se acordaría el reconocimiento de la Independencia por España y la coronación de príncipes españoles, entre ellos los infantes don Carlos y don Francisco de Paula. Según Moreno los unitarios de Montevideo estaban implicados en este plan, de acuerdo con informes “muy auténticos e indudables” recibidos por él. Consistía en provocar una guerra entre Buenos Aires y Uruguay a causa de la isla Martín García, por la actividad del general Lavalleja o por cualquier otro motivo. Los unitarios confiaban en que Buenos Aires armaría un ejército para resistir a los orientales y lo pondría bajo las órdenes de Carlos María de Alvear, quien se levantaría con él y se declararía por la revolución. Expresaba Moreno que “es parte principal y preparatoria de este plan que el Sr. [Estanislao López] rompa con el señor Rosas y Quiroga, halagándolo con pérfidas sugestiones, pero con la mira de sacrificarlo luego, a su vez, y se jactan de que tienen mucho ya adelantado”. Agregaba: “Este plan, todo de sangre y de escándalo lo ha ajustado y convenido D. Julián Agüero en Montevideo con Rivera, Obes y los españoles y unitarios de uno y otro lado”.[6]
José María Mariluz Urquijo ha estudiado los planes de invasión española al Río de la Plata entre 1820 y 1833. Entre los personajes que idearon planes de reconquista llamó su atención el Vizconde de Venancourt, quien participó en la restauración de Fernando VII en la España liberal de 1823. Se lo recuerda por apoderarse sorpresivamente de la escuadra argentina en la noche del 21 de mayo de 1829. En su estadía en el Plata realizó una inspección ocular de los buques y el lugar, haciendo un informe sobre el estado defensivo de la población y de sus alrededores. Vuelto a Francia utilizó esa información para ponerlas en manos del gobierno español en julio de 1830. Mariluz Urquijo destaca sobre este episodio: “Venancourt pensaba que podría convencerse al rey de Francia para que ayudase a reconquistar Buenos Aires y Chile si se otorgaban a Francia algunas concesiones comerciales y se le cedía el territorio de la Patagonia. El momento era propicio para atacar a Buenos Aires, pues las guerras civiles habían disminuido las fortunas y el número de los defensores, y la ciudad sólo estaba guarnecida por un fuerte dotado de escasa artillería”. También se tomaría el Uruguay que atravesaba momentos igualmente críticos y los portugueses se habían llevado los cañones al evacuar Montevideo, bastarían ocho mil hombres para tomar Maldonado, Montevideo, Colonia, Buenos Aires y Santa Fe. Especulando con la muerte del doctor Gaspar Rodríguez de Francia, de edad avanzada, se podría recuperar el Paraguay o quizá antes, por medio de negociaciones hábiles.[7]
Un contemporáneo de Rosas, el doctor Adeodato de Gondra, ministro de Juan Felipe Ibarra, escribió en 1844 una oración al 9 de julio y que según Julio Irazusta, fue una “indisputable cumbre de la oratoria política argentina” donde “desarrolló admirablemente la singularidad excepcional de la emancipación argentina, entre todas las empresas del mismo tipo, como la única que se cumplió sin ayuda extranjera”.[8] En esta pieza oratoria Gondra destacaba que herederos de la gloria de José de San Martín y Manuel Belgrano “hemos aumentado su brillo con los laureles de nuevas victorias que han consolidado la grande obra de aquellos ilustres americanos”. Elogiaba a Rosas, quien con su firme conducción reafirmaba la independencia de la Confederación Argentina: “Al expresar estas verdades, un sentimiento de justicia y un vivo entusiasmo por las glorias de mi patria me impelen a alzar la voz para proclamar las heroicas virtudes del hombre extraordinario que la Divina Providencia nos ha dado por guía en el camino que conduce a la verdadera felicidad de los pueblos; él es el que durante una larga carrera pública no ha dado un solo paso que no sea un servicio hecho a sus compatriotas, y un ejemplo digno de ser imitado por todos los hombres libres; él es el que ha demostrado a la Europa que la independencia de los americanos merece el mismo respeto que la de todas las naciones de la Tierra”.[9]
Desde las páginas del Archivo Americano, la pluma de Pedro de Angelis contestaba a un artículo de la Revista de los dos Mundos, injuriante para la Confederación Argentina. Respondía el Archivo Americano: “Cuando la guerra por nuestra independencia termine de un modo feliz; cuando los hombres de las provincias lleguen sin tumulto ni efusión de sangre a formar la constitución especial de cada una de ellas; cuando la calma y la moderación reflexiva hayan borrado los vestigios que en hondos surcos han dejado los excesos crueles y alevosía de los salvajes unitarios; cuando sazonen los frutos de una experiencia sabia, adquirida por sacrificios inmensos, lucirá el suspirado día de nuestra sólida y duradera constitución nacional. Las habitudes, las pasiones, las rivalidades locales, todo se refundirá en una masa compacta; un solo pensamiento la animará; y el código constitucional representará entonces, no una creación sobre el papel que pueda al menor soplo ser consumido en el fuego de la discordia, sino un hecho consumado e inconmovible”. Todo esto se lograría con la noble defensa de la Independencia y “fijando preliminares indispensables, reposa con seguridad y confianza plena en el testimonio de sus actos, en la prudencia, lealtad y sabiduría del Gobierno Encargado de sus Relaciones Exteriores”.[10]
El historiador norteamericano John F. Cady ha planteado que el fracaso de la intromisión política británica en el Río de la Plata no favorecía sus intereses comerciales. Pero también se ocupó de Francia, nación que “sentía que tenía una humillación que reparar, y un prestigio disminuido que recuperar; un grupo influyente de este país seguía aún enamorado de la idea de restablecer su influencia política, si no territorial, en el nuevo mundo”. El fracaso sufrido en el Plata entre 1848 y 1851 “tuvo indudablemente, una década después, influencia decisiva sobre la política de Napoleón en Méjico, donde el triunfo había sido tan fácil en 1838 y donde no habría de luchar con el porfiado gaucho”.[11]
Para el político y publicista unitario Florencio Varela la intromisión militar extranjera en el Río de la Plata tenía un fundamento en el derecho de gentes, con el objetivo de restaurar la paz: “Por eso intervino Europa en la guerra de Turquía contra Grecia; por eso procuró contener las atrocidades de una guerra igual a la que Rosas sostiene. El derecho de gentes ha consagrado algunas normas para proteger a la humanidad aún en el caso de guerra: la ley común de las naciones impone deberes a toda la familia humana, y a toda ella da derechos recíprocos. El que atropella esa ley común, el que hace de ella un escándalo, ofende a todas las naciones y a todas autoriza a castigarlo”.[12]
El festejo más espectacular del 9 de julio se dio en 1851, en circunstancias muy especiales causadas por el pronunciamiento de Justo José de Urquiza y la segunda guerra con Brasil. Adolfo Saldías quien trabajó con documentos y testimonios de la época lo ha relatado: “Ni en 1835, ni en 1845, recibió Rosas demostraciones más grandes que las que le prodigaron en 1851, cuando mayores eran los peligros que favorecían a los que no quisiesen tomar parte en ellas. Una de las que llamó justamente la atención, fue la que tuvo lugar el 9 de julio con motivo de la tradicional solemnización del aniversario de la Independencia. Contra su costumbre desde que subió al gobierno, Rosas resolvió mandar en jefe ese día la parada militar de las fuerzas de línea y milicias de la capital. A las once de la mañana, y bajo una lluvia torrencial, estaban formados en el cuadro de la plaza de la Victoria y prolongación de la calleFederación (hoy Rivadavia) en dirección al Paseo de Julio, los batallones de patricios con las armas que los ciudadanos guardaban en sus casas, los batallones de línea, fuertes todos de 8,000 hombres, más el regimiento 1° de artillería ligera al mando del coronel Chilavert y las baterías correspondientes a aquellos batallones, componiendo 43 piezas. Poco después apareció Rosas por el Paseo de Julio. Al frente de la división Palermo. El pueblo nacional y extranjero corrió a su encuentro. Una enorme masa humana cubrió el ancho espacio, y lanzó esos ecos que conmueven el suelo con la fuerza de un cataclismo, y vibran en los aires entre ondas que sustenta el entusiasmo”. Ante esa masa que lo aclamaba, el Restaurador exclamó: “¡A la tierra argentina, salud! ¡Gloria perdurable a los patriotas ilustres que acordaron virtuosos el juramento santo de nuestra independencia de los reyes de España y de toda otra dominación extranjera”. Recordaba Saldías que el pueblo aclamó este recuerdo patrio con verdadero entusiasmo “y las manifestaciones se sucedieron en todo ese día recorriendo las calles o dirigiéndose a Palermo y a los teatros”.[13]


3. Visiones revisionistas sobre la declaración de la Independencia

El revisionismo argentino tuvo una particular visión de la Independencia. Así, Ricardo Font Ezcurra, destacó que la nacionalidad fue el producto de un largo proceso histórico, con un basamento fundamental en el acta capitular del 25 de mayo de 1810, Pero la independencia definitiva, “la unidad territorial y política y la soberanía conquistadas más tarde, lo fueron al pie del cañón”. Font Ezcurra dividió los primeros cincuenta años de vida independiente argentina en tres ciclos. En el primero que abarca desde el 25 de mayo de 1810 al 8 de diciembre de 1829, lo titula La Independencia, período “anárquico o de disociación; dispersión de las provincias que formaron el antiguo Virreinato del Río de la Plata; diversas formas de gobierno y cambio frecuente de gobernantes. Campaña de la independencia; guerra civil permanente; declaración de la independencia por el Congreso de Tucumán; fracaso de las tentativas constitucionales; omnipotencia de los caudillos; ausencia del instrumento necesario para dar cohesión a los elementos dispersos”.[14]
José María Rosa al mencionar el término “Santa Causa” empleado por los federales, resaltaba la expresión del Restaurador: “La causa de la Federación es tan nacional como la de la Independencia dijo Rosas en su circular a los gobernadores del 20 de abril, y repitió en muchas cartas a [Estanislao] López y los gobernantes del interior: la Santa Causa se presentaba como un complemento de la libertad política iniciada en 1810 y exteriorizada en 1816. Había que enseñar a todos a vivir y morir por la soberanía popular y no bastaba con las divisas llevadas por el pueblo por entusiasmo partidario o por los empleados por deber burocrático. Toda nota o pedido formulado a las autoridades debería encabezarse con la aspiración ¡Viva la Federación! Los documentos fecharse con el año de la Libertad, de la Independencia y de la Confederación”.[15]
Un estudioso de la historia de las relaciones exteriores, José Luis Muñoz Azpiri, al evocar en 1963 el centenario del tratado de paz entre Argentina y España, resaltó la gestión del gobierno de Rosas para reanudar relaciones con la madre patria en 1831: “Hasta ahora Rosas, el dictador argentino, solía ser presentado como un vengador del 25 de Mayo, como un argentino que había abjurado de la independencia nacional y la libertad. Los poetas románticos censuraron su pasión por la amada España. Como Restaurador de las Leyes, título en que se complajo, restauró, esto es cierto, las leyes españolas […] Lo cierto es que la reanudación de las relaciones entre las provincias del Río de la Plata y España preocupó a Rosas en la misma forma que a los gobernantes que le sucedieron”.[16]
Para Antonio Caponnetto el festejo del Día de la Independencia no fue una ocurrencia de Rosas, sino de los gobiernos contemporáneos y posteriores a ese suceso. “Pero ocurrió –dice Caponnetto- que Rivadavia, por decreto del 6 de julio de 1826, ordenó conmemorar juntas las celebraciones mayas y julias pues consideraba que la repetición de estas fiestas irroga perjuicios de consideración al comercio e industria. Tosco criterio materialista en todo concorde con la mentalidad de Don Bernardino, quien en aras del progreso o del ahorro podía llegar a declarar una sola festividad la de Corpus y la de la Natividad del Señor […] No sólo como días de festejo, sino conceptualmente hablando, no eran lo mismo para Rosas el 25 de mayo que el 9 de julio”.[17]
En efecto, el famoso discurso de Rosas del 25 de mayo de 1836, fue analizado por Luis C. Alén Lascano, quien señaló la influencia ideológica de Tomás Manuel de Anchorena –uno de los congresales de Tucumán- en esa arenga: “Rosas exaltó este día consagrado por la nación para festejar el primer acto de soberanía popular que ejerció este gran pueblo. Pero los patriotas lo cumplieron no para sublevarnos contra las autoridades legítimamente constituidas, sino para suplir la falta de las que, acéfala la Nación, habían caducado de hecho y de derecho. No para rebelarnos contra nuestro soberano, sino para conservarle la posesión de su autoridad, de la que había sido despojado por un acto de perfidia […] Ahora –dice Alén Lascano- esa independencia peligraba, y quienes se aliaban al extranjero para vulnerarla eran precisamente los que habían inventado un Mayo afrancesado y un mito librecambista motivador del hecho, encarnado en Moreno y suRepresentación de los Hacendados”.[18]




[1] Vicente F. López, Historia de la República Argentina. Su origen, su revolución y su desarrollo político, Buenos Aires, G. Kraft, 1913, t. V, pp. 348 y 351.
[2] Alberto Demicheli, Origen federal argentino: Sus bases iniciales definitivas, Buenos Aires, Depalma, 1962, pp. 20-22.
[3] Vicente D. Sierra, Historia de la Argentina, Buenos Aires, Editorial Científica Argentina, 1984, t. VIII, p. 377.
[4] The British Packet n° 308, Buenos Aires 14 de julio de 1832, enThe British Packet. De Rivadavia a Rosas 1826-1832, estudio preliminar de Graciela Lápido y Beatriz Spota de Lapieza Elli, Buenos Aires, Solar-Hachette, 1976, pp. 409-410.
[5] Registro Oficial del gobierno de Buenos Aires, Buenos Aires, Imprenta del Estado, 1835, p. 145.
[6] Antonio J. Pérez Amuchástegui, Crónica Argentina Histórica, Buenos Aires, Codex, 1979, t.III, pp. 139-140.
[7] José M. Mariluz Urquijo, Los proyectos españoles para reconquistar el Río de la Plata (1820-1833), Buenos Aires, Perrot, 1958, pp. 179-180.
[8] Julio Irazusta, Vida política de Juan Manuel de Rosas a través de su correspondencia, Buenos Aires, Jorge E. Llopis, 1975, t. II, pp. 160-161.
[9] “Alocución del Sr. Ministro General D. Adeodato de Gondra, al pueblo Tucumano, en el día 9 de Julio de 1844, vigésimo nono aniversario de la Independencia”, Archivo Americano n° 16, Diciembre 11 de 1844, en Archivo Americano y espíritu de la prensa del mundo. Primera reimpresión del texto español conforme a la edición original 1843-1851, Buenos Aires, Editorial Americana, 1947, t. II. pp. 13-14.
[10] “Contestación a un artículo inserto en la Revista de los dos Mundos”, Archivo Americano n° 16, Diciembre 11 de 1844, enArchivo Americano y espíritu de la prensa del mundo. Primera reimpresión del texto español conforme a la edición original 1843-1851, Buenos Aires, Editorial Americana, 1947, t. II. pp. 238-239.
[11] John F. Cady, La intervención extranjera en el Río de la Plata 1838-1850, Buenos Aires, Losada, 1943, p. 282.
[12] El Comercio del Plata n° 30, Montevideo, 4 de noviembre de 1845, p. 2, cit. por Alicia R. Bóo, “La realidad argentina a través de Varela y Sarmiento”, en Félix Weinberg (coord.), Florencio Varela y el Comercio del Plata, Bahía Blanca, Instituto de Humanidades-Universidad Nacional del Sur, 1970, pp. 98-99.
[13] Adolfo Saldías, Historia de la Confederación Argentina, Buenos Aires, La Facultad, 1911, t. V, pp. 230-231.
[14] Ricardo Font Ezcurra, La Unidad Nacional, Buenos Aires, La Mazorca, 1941, pp. 153-154.
[15] José María Rosa, Historia Argentina, Buenos Aires, Oriente, 1976, t. IV, pp. 232-233.
[16] José Luis Muñoz Azpiri, “El centenario del tratado de paz entre la Argentina y España”, en Historia n° 35, Buenos Aires, 1964, p. 80.
[17] Antonio Caponnetto, Notas sobre Juan Manuel de Rosas, Buenos Aires, Katejon, 2013, p. 77.
[18] Luis C. Alén Lascano, Rosas, Buenos Aires, Crisis, 1975, pp. 48-49.

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