sábado, 28 de noviembre de 2015

DE COALICIONES Y ACUERDOS

Julio A. Roca (caricatura, 1904).


                                                                    Por Roberto Azaretto*

Se presume que el próximo gobierno debe gobernar con una coalición amplia, respaldada en acuerdos en el Congreso y eventualmente con cuadros gubernativos que expresen esos acuerdos.
También es necesario, para el mejor soporte institucional, una reconstitución del sistema político que evite las intenciones destituyentes de los sectores desplazados del poder, como lo anticipan palabras de algunos voceros del gobierno y de la propia Cristina Fernández. 
La democracia requiere de la existencia de partidos capaces de alternarse en el poder y de convivir con reglas civilizadas. 

La historia constitucional del país permite evaluar resultados de acuerdos y de exclusivismos e intransigencias. 
El país pudo poner las bases de su organización institucional luego de casi medio siglo de intentos frustrados gracias a la política del consenso. El primero fue el Acuerdo de San Nicolás, promovido por el vencedor de Caseros, Justo José de Urquiza, con los gobernadores de la confederación rosista y que fue la piedra basal de la Constitución Nacional.
Sarmiento, opositor al Acuerdo, reconoce, un cuarto de siglo después, que Urquiza “demostró genialidad política” y “que el único camino posible” era acordar con los gobernadores, a pesar de que los calificaba como semibárbaros y a algunos de “ladrones y asesinos” 
Una década después, el entendimiento entre Urquiza y Mitre posibilitó la unidad nacional, afrontar una guerra internacional y sofocar los intentos disgregadores en las provincias andinas.

En los tiempos del presidente Avellaneda se armó una coalición entre las dirigencias provinciales con sectores del autonomismo porteño como el alsinismo, que concluyó el proceso de la organización nacional y logró casi triplicar el territorio nacional, iniciando el mayor proceso de modernización y construcción en un desierto, de una Nación moderna en una sola generación. Proceso consolidado en 1891 con el acuerdo Roca-Mitre, que le dio veinte años de estabilidad política al país y así logró dos décadas de crecimiento a las tasas más altas de la historia.
Tuvo mala prensa la política del acuerdo o la coalición en el siglo pasado. Yrigoyen los calificaba de contubernios. 
El problema que se plantea a partir de la Ley Sáenz Peña es que el caudillo radical no consideraba a su fuerza como un partido sino como la encarnación de la patria; era un “movimiento” y lo que no estaba ahí era el “régimen”, por eso se vulneraban las autonomías provinciales y municipales o se menospreciaba al Congreso y no se toleraban las diferencias en la propia agrupación gobernante.
En la década del treinta se arma una coalición entre los partidos conservadores reorganizados como Partido Demócrata Nacional, el radicalismo Antipersonalista y el socialismo Independiente. Compartieron el gabinete y formaron una “Concordancia” legislativa. Si bien el fraude no había desaparecido antes de 1930, en las elecciones de 1936, al retornar a los comicios el radicalismo, se acentúa en algunas provincias como la de Buenos Aires.
En 1940, Federico Pinedo, al hacerse cargo del gobierno Ramón Castillo, propone un programa económico social basado en industrializar el país, formación de un mercado común con el Brasil y Chile, plan de viviendas obreras. Para eso propone un acuerdo político a Marcelo Torcuato de Alvear para terminar con el fraude. La intemperancia de dirigentes radicales y del gobierno lo impide, cambiando el curso de la historia nacional.
Con Perón vuelve la idea del movimiento sustituyendo a los partidos. Ahí pueden convivir distintos orígenes y tendencias en la medida que se acepte la jefatura del líder. Por sobre la idea de las libertades individuales se promociona la justicia social amparada por un Estado que evita el conflicto de las clases. Conviven, en el peronismo, conservadores, socialistas, radicales, nacionalistas, pero se impone el silencio a los opositores.
Luego se suceden gobiernos civiles, elegidos, con el peronismo proscripto y desplazados por golpes militares.
Frondizi incorporará a sus gabinetes a figuras con actuación en los gobiernos conservadores anteriores a 1943, pero no arma una coalición formal con la dirigencias conservadoras contemporáneas a su gobierno.

Arturo Illia obtiene sólo el 25 % de los sufragios, es elegido en el Colegio Electoral gracias a los electores demócratas, socialistas y fuerzas provinciales, pero tampoco atina a formar una coalición que refleje el resultado del Colegio electoral y que forme una mayoría en el Congreso.
Alfonsín intentó ampliar su base luego de las derrotas de 1987 en vez de formar una coalición en el momento de mayor fortaleza.
Menem, como Frondizi, buscó figuras extrapartidarias pero tampoco concretó una coalición formal. En realidad retornaba la idea del movimiento, el hegemonismo y la perdurabilidad en el poder, que fue impedida por alguien de su propia agrupación, el gobernador Duhalde.

La experiencia de estos doce años indica que hemos estado a punto de perder la democracia iniciada en 1983, ante la actitud sumisa de gran parte de la dirigencia del peronismo. La reacción de la población de los distritos donde se produce la riqueza del país y cuenta con los mejores índices educativos lo ha impedido con manifestaciones masivas y las decisivas elecciones del 2013 en que una coalición electoral que integró a peronistas, macristas e independientes, ganó en Buenos Aires.
Ahora se imponen acuerdos mínimos para evitar zozobras futuras, hay que poner más frenos institucionales para asegurar la independencia de los poderes y la plena vigencia de las libertades civiles y políticas de los argentinos.

Los Andes, Mendoza, 26 de noviembre de 2015. 
http://www.losandes.com.ar/article/-de-coaliciones-y-acuerdos [Citado el 28 de noviembre de 2015].



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