miércoles, 21 de septiembre de 2016

PERONISMO, LA EMULACIÓN DEL FASCISMO


Juan Domingo Perón y Carlos Ibáñez del Campo en el desfile del 9 de julio de 1949.


Benito Mussolini.


El peronismo tuvo, como se sabe, orígenes fascistas. Fascista fue la revolución militar de 1943 de la que emergió a la política nacional. La concepción de Benito Mussolini de que es un movimiento y no un partido lo que está en la esencia del fascismo penetró en las bases teóricas y prácticas sobre las que se asentó el primer gobierno del general Juan Perón. Si no se quisiera menear la política del cachiporrazo, a la que fueron tan adictos los elementos de choque del nacionalismo peronista de los días iniciales, podría invocarse en su defecto el calco existente entre la legislación argentina de entidades gremiales, de 1945, y la famosa Carta del Lavoro (1927), que la precedió en Italia. Los primeros fueron los tiempos del fascismo de derecha, el que se cultivó aquí en medio de la ambigüedad que la prudencia recomendaba frente a los malos augurios bélicos que perseguían como sombra al eje formado entre Berlín y Roma. La subversión y el terrorismo que despuntaron a fines de los años 60 a sangre y fuego con los asesinatos de dirigentes sindicales como Augusto Vandor y José Alonso y del ex presidente militar Pedro E. Aramburu abrieron en la Argentina el turno de un peronismo de nueva generación, travestido en fascismo de izquierda. Uno de sus más enconados enemigos fue el otro fascismo, el de derecha, atrincherado en filas parapoliciales con el nombre de la Triple A. Ninguna de esas expresiones de criminalidad política fue mejor, ni podía serlo, que el respectivo reverso. Los iguales no son distintos: la nota dominante de ambos fascismos locales estuvo en la apelación a la fuerza, no a las ideas o al debate, para doblegar contrincantes o para imponer supremacías. El fascismo nació al cabo de la Primera Guerra Mundial como una extraña facturación de nacionalismo tribal y socialismo antimarxista. Así lo definieron, en la década del 30, intelectuales como Gentile, Primo de Rivera, Mosley, Degüelle y La Rochelle. Mussolini había militado en el Partido Socialista italiano hasta 1914. Rompió por diferencias insalvables entre un partido de tibios y él, que se consideraba "el más tenaz creyente en la guerra". Con ese precedente nació el fascismo. Respuesta siniestra de una Italia decepcionada por haber estado entre los países victoriosos en la guerra de 1914-1918 y haber perdido, sin embargo, en la mesa de negociaciones diplomáticas lo que pedía para estabilizar las fronteras entre los Alpes y el Adriático y consumar la anexión, entre otros territorios, de la Dalmacia que sería parte de la nueva Yugoslavia. Nadie podría decir que la política exterior del peronismo, ni antes ni ahora, ha sido más clara y precisa que aquella de Mussolini. Tampoco ha sido diferente en orden a algunas cuestiones de política interna, como esa comunión de métodos para resolver con intemperancia, y hasta con manipulación desenfadada, las controversias naturales en la marcha de un gobierno. Se puede trazar, en ese sentido, una larga lista de temas de viva actualidad, imputables al ala gobernante del peronismo, en la que nidifican sus más persistentes complejos y arrogancias. Las manifestaciones de prepotencia reiterada del secretario de Comercio, sin que la Presidenta lo ponga en quicio. La falsificación abierta de cifras y estadísticas oficiales. Los ataques constantes a la prensa ajena a los dictados oficialistas. La regulación de los contenidos de los medios de comunicación, cuya genealogía se remonta al decreto 23.408 de la dictadura de 1943 y, de allí, al código mussoliniano sobre radiodifusión, de 1924. Los enfrentamientos con el agro y el dictado de medidas para perjudicarlo. La sobreactuación institucional de los gremios afines a la Casa Rosada. El exagerado culto de la personalidad y la sumisión de legisladores y gobernadores a lo que dispone el poder central. El abuso del poder de policía administrativo. El tendido de redes clientelares a través de favores prebendarios. La persecución de figuras independientes u opositoras a través del aparato de inteligencia del Estado. La exaltación de las corporaciones en detrimento de los partidos políticos. El avasallamiento de poderes independientes, sobre todo el Judicial. El alineamiento con regímenes autoritarios como el de Hugo Chávez. El fascismo luchó, es cierto, contra el marxismo, pero con aun mayor convicción y aptitudes naturales lo hizo contra el liberalismo. Por haber sido profundamente intervencionista y corporativista, postuló que las libertades individuales se deben ejercer sólo dentro de las pautas determinadas por el Estado omnipotente, encarnado en un liderazgo infalible. En el campo de esa interpretación de fenómenos sociales y políticos, no hay lugar para una genuina libertad de prensa, sino para un periodismo genuflexo y complaciente. Por lo que se observa de éste, su funcionamiento deficitario cuesta ingentes sumas al erario. Pero qué importa, si pagan los contribuyentes.
Fuente:
“Editorial”, en La Nación, Buenos Aires, 13 de febrero de 2011.

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