sábado, 15 de abril de 2017

LOS CIENTÍFICOS DEL CONICET SE EQUIVOCAN, EL COLOR DE LA BANDERA ES CELESTE Y ESTAS SON LAS PRUEBAS

Bandera de San Francisco antes de ser restaurada.
Recreación de la bandera de San Francisco.



Bandera de la época de Rosas, que flameó en la Vuelta de Obligado.



                                                            Por Juan Pablo Bustos Thames*

En esta semana, y obteniendo una gran repercusión mediática, investigadores del Conicet han afirmado, sin rigor histórico, que la bandera argentina más antigua era de color "azul de ultramar" y no celeste, como se creía.
No podría estar más en desacuerdo. ¿Por qué digo esto? En 2015, publiqué La bandera del Templo de San Francisco: la insignia argentina más antigua. Es la obra más completa sobre el origen de este emblema que se guarda en el Convento de San Francisco, en San Miguel de Tucumán. Mide 1,72 m de alto y 2,90 m de largo. Conserva una proporción de 2:3, habitual en los pabellones de la época. Esta bandera fue donada por el primer gobernador de Tucumán, Bernabé Aráoz, a la Escuela de San Francisco y lleva pintadas, en dorado, estas leyendas: "A la Escuela de San Francisco", "Tucumán 1814", "Donó" y "Don Bernabé Aráoz gobernador".
Su franja superior celeste mide 71 cm de altura; la central blanca, 50 cm; y la inferior celeste, 51 cm. Es decir, la superior tiene unos 20 cm más de alto que las otras dos. La leyenda pintada podría llevarnos a pensar que esta bandera data de 1814. Las enseñas patrias anteriores a 1814, que han llegado a nosotros, son cuatro: la Bandera Nacional de nuestra Libertad Civil, donada por Manuel Belgrano al Cabildo de Jujuy en mayo de 1813, y tres banderas supuestamente enarboladas por el Ejército del Norte durante la batalla de Ayohúma, 14 de noviembre de 1813, que se resguardan: una en Sucre, Bolivia, llamada Bandera de Macha; otra en el Museo Histórico Nacional, reputada como Bandera de Ayohúma; y la última, en el Museo Histórico Provincial Juan Galo Lavalle de Jujuy, que se denomina Estandarte de Ayohúma, traído por el capitán Marcos Estopiñán luego de la derrota.
En 1928, monseñor Pablo Cabrera encontró en el archivo franciscano de Buenos Aires una carta de 1812 del guardián del Convento de San Francisco de Tucumán al provincial de la orden, donde informaba: "Se había hecho una bandera de tafetán celeste y blanco, con sus borlas, y dos cintas de más de cuatro dedos de ancho, una blanca y otra celeste". Es la misma bandera que los científicos del Conicet dicen haber analizado.
Compulsando el Libro de Ingresos (1780-1845, tomo II) del convento de Tucumán, encontré un asiento de fecha 7 de octubre de 1813 que reza: "En la Escuela se ha puesto una bandera de tafetán celeste y blanco con sus borlas de lo mismo y dos cintas de más de cuatro dedos de ancho, una blanca y otra celeste que penden de la lanza; esta es de latas, con su asta de dos varas, y tres cuartas, que la costeó el Gobierno para los paseos de los jueves por la plaza y otras festividades que se hagan por orden del Gobierno".
Es decir que para el 7 de octubre de 1813, más de un mes antes de que tuviera lugar la batalla de Ayohúma, la Escuela de San Francisco ya tenía una bandera "de tafetán celeste y blanco". El tafetán es una tela de lujo, generalmente de seda. La bandera de San Francisco que vi antes de su restauración es de seda. El mismo estudio del Conicet lo confirma.
Expresa el documento que "la costeó el Gobierno para los paseos de los jueves por la plaza y otras festividades que se hagan por orden del Gobierno". La bandera de San Francisco, entonces, fue pagada por el Gobierno y no por los frailes del convento.
Entre 1812 y 1813 Aráoz no era gobernador de la provincia de Tucumán, entidad que recién se creó en 1814. Entonces, la bandera fue costeada por el Cabildo de Tucumán, a instancias del propio Bernabé Aráoz y donada a la antigua Escuela de San Francisco hacia 1812. Sin embargo, se registró su presencia en los libros franciscanos de Tucumán recién en octubre de 1813. Al consignar su origen, los frailes aludieron al Gobierno como referencia al Cabildo. Por eso, hacia 1814 y a fin de inmortalizar quién había sido el gestor de esta donación, Aráoz hizo grabar en la bandera su propio nombre, pero ya en el carácter de flamante gobernador de la recientemente creada provincia de Tucumán. Es muy probable que Aráoz hubiera jurado como gobernador frente a esta misma bandera, a fines de 1814, oportunidad en la cual tal vez hizo pintar la leyenda que vemos hoy.
Todos los jueves se realizaban paseos en la actual Plaza Independencia. Pudieron haber sido desfiles, actos patrióticos o procesiones, donde se sacaba la bandera. También se la prestaba para presidir otros festejos o actos organizados por el Cabildo. Así, Bernabé Aráoz, de un solo tiro, solucionó la falta de bandera en la única escuela de la provincia y en el Cabildo.
Las banderas de seda son robustas y resistentes. La bandera de San Francisco no era una insignia de guerra ni estuvo sometida a las inclemencias del tiempo. Era principalmente un emblema de interiores, que se sacaba a pasear semanalmente. Se han conservado banderas de guerra de la época, de manufactura similar (de seda) en bastante buenas condiciones.
Es poco probable, ante la escasez de materiales para confeccionar banderas celestes y blancas en la época, que la modesta Escuela de San Francisco se hubiera dado el lujo de renovar su bandera escolar todos los años como para tener una en 1812 y otra nueva al año siguiente u otra en 1814. Por lo tanto, se debe tratar de la misma bandera, registrada primero en 1812 y pintada luego en 1814. No se explica de otra manera que una misma bandera fuera compartida entre la escuela y el Cabildo.
Pero hay más: en el Libro de Disposiciones del Convento (período 1748 a 1826), página 8, existe una disposición del 28 de junio de 1814. En ella figura inventariada: "It. Una bandera de tafetán celeste y blanco con sus borlas y dos cintas de más de cuatro dedos de ancho, una blanca y otra celeste que pende de la lanza, esta es de lata con sus astas de dos varas y tres cuartas, que la costeó el Gobierno para los paseos de los jueves por la plaza y otras festividades que se hagan por orden del otro Gobierno".
Es decir, en las tres oportunidades en que la bandera de San Francisco es aludida en los registros franciscanos, en 1812, 1813 y 1814, siempre es descrita como "una bandera de tafetán celeste y blanco". En ningún momento se la menciona como de color azul. Su factura es celeste y lo confirman los documentos de la época. No creo que los frailes de entonces hayan sufrido alguna afección que les impidiera distinguir el azul del celeste, y mucho menos en tres oportunidades sucesivas.
Cuando tuve la oportunidad de ver la bandera, el color uniforme en toda la superficie de las alas superior e inferior era celeste. No se observa ningún tipo de decoloración o de deterioro del azul por el supuesto paso del tiempo. Además, como señala el vexilólogo Francisco Gregoric, conclusión que comparto: "Las banderas azul oscuro no decoloran al celeste. Todas las banderas de la época de Rosas que se conservan siguen siendo azules hoy y las banderas antiguas del siglo XIX que eran celestes se ponen a veces medio verdosas (ésta está medio verdosa). Si esta bandera fue azul originalmente, sería el único caso conocido (y milagroso) de una bandera que se vuelve celeste. O, caso contrario, que me muestren otros ejemplos históricos. Se conservan banderas de Estados Unidos, Francia o de Gran Bretaña antiguas y el azul sigue siendo azul".
En efecto, es claro que el azul no destiñe a celeste. Y es claro también que la bandera de San Francisco fue siempre celeste. Celeste fue el color que vieron los frailes y como se la registró en la historia; y celeste es el color que conserva hasta el día de hoy.
Además, todas las fuentes históricas documentales y gráficas coinciden en que las primeras enseñas patrias eran celestes. La más antigua es el oficio que, el 27 de febrero de 1812, Manuel Belgrano remitió al Primer Triunvirato, donde describe a la primera bandera argentina: "Blanca y celeste, conforme a los colores de la escarapela nacional".
Las primeras banderas eran claramente celestes: tanto la de Macha como la de Ayohúma. En cuanto al Estandarte de Ayohúma, rescatado del campo de batalla por Estopiñán, expresa el profesor Guillermo Brocchini: "De la bandera enarbolada en Rosario, no quedan dudas: Belgrano indicó claramente 'blanca y celeste'. Hay ejemplares de la época (como la bandera de Estopiñán, en Jujuy) en que se utiliza el azul… Las diferencias de color deben atribuirse a la disponibilidad de materiales al confeccionar cada ejemplar. La única referencia al azul es el decreto de Pueyrredón para el pabellón naval, del 7 de marzo de 1818. La razón es puramente práctica: el azul resiste más la inclemencia marina, pero solamente por esta razón (incluso se indica estrellas rodeando el sol y en los dos campos azules)".
En efecto, el estandarte de Estopiñán, contemporáneo de la bandera de San Francisco, era una insignia de combate, fue sometida a las inclemencias del tiempo y aún conserva agujeros de bala. Su color es celeste oscuro y no ha sufrido decoloraciones por el tiempo. ¿Cómo se explica, entonces, que una bandera de combate no se haya deteriorado y que una bandera de interior, de escuela, haya decolorado en forma homogénea y uniforme de azul a un color celeste cielo? Evidentemente, las conclusiones de los investigadores del Conicet no tienen asidero alguno y no revisten el menor análisis ni el más mínimo rigor histórico.
Finalmente, tenemos un documento gráfico irrefutable. Cuando Belgrano se hizo retratar en Londres, el pintor francés que lo inmortalizó incluyó en su cuadro la imagen de un ejército pronto a entrar en batalla. Hoy podemos apreciar que ese mismo ejército enarbola banderas blancas y celestes (no azules). Esta inclusión obedece seguramente a instrucciones del propio Belgrano. Este registro gráfico es categórico para desvirtuar este burdo intento de pretender alterar, sin documentación alguna, un aspecto de nuestra historia, que se encuentra debidamente comprobado.
* Infobae, Buenos Aires, 15/04/2017. 
http://www.infobae.com/opinion/2017/04/15/los-cientificos-del-conicet-se-equivocan-el-color-de-la-bandera-es-celeste-y-estas-son-las-pruebas/

lunes, 9 de enero de 2017

ALAIN ROUQUIÉ: "CUANDO LA HERENCIA DEJE DE SER UN PROBLEMA EL PERONISMO HALLARÁ UN LÍDER"



Por Alain Rouquié



En su último libro, el politólogo francés -experto en la historia argentina- analiza el peronismo, "una democracia hegemónica" con rasgos que hoy encuentra en América Latina, Rusia y Turquía.

París.- Hace 53 años que Alain Rouquié sigue con la paciencia de un benedictino la evolución de la Argentina. Más de medio siglo durante el cual sus análisis, artículos y publicaciones lo consagraron como el mejor especialista francés de nuestro país y de América Latina. Pero no es sólo esa prolongada asiduidad académica la que otorga precisión a su extensa obra. Lo que hace la diferencia es su empecinada objetividad. Esa imparcialidad se vuelve a manifestar en su último libro, Le siècle de Perón (El siglo de Perón), recientemente publicado en Francia por Seuil. En 403 páginas, el actual director de la Maison de l'Amérique Latine en París analiza con distancia histórica la experiencia peronista, sus errores, sus ambigüedades, sus aciertos y leyendas. Siguiendo paso a paso ese fenómeno político singular, Rouquié describe un tipo de régimen al que califica de "democracia hegemónica", que se reduce, esencialmente, a la consulta electoral. La mayor originalidad de Le siècle de Perón reside, sin embargo, en el enfoque globalizador del autor, convencido de que esa "autocracia electiva" que caracteriza la vida política argentina desde hace más de 70 años generó en el siglo XXI numerosas imitaciones, no sólo en América Latina, sino también en Europa e incluso en Asia.
Hace medio siglo que trabaja sobre la Argentina y, sin embargo, sigue sorprendiéndose ante la longevidad, la perennidad del peronismo. Recuerdo que hace varios años me dijo: "En Brasil, ¿quién se acuerda de Getulio Vargas?". Ahora lo repite en su libro.
Así es. En Brasil no existe un partido getulista. En Francia no hay más partido gaullista. En la Argentina, 70 años después sigue existiendo el peronismo, aunque esté dividido. Es único en el mundo. Ese fenómeno merecía ser estudiado. Una razón suplementaria fue el hecho de que aparecieron en América Latina varios regímenes que tenían características comunes con el peronismo. Pensé entonces que, para comprender esos nuevos regímenes, que son una suerte de manifestación de la democracia en un contexto particular, era necesario reflexionar a partir de una experiencia que duró casi un siglo, y que permite distinguir los factores, las condiciones de emergencia y las modalidades de funcionamiento de esos fenómenos.
¿Cuáles son esas características comunes entre el Perón del siglo pasado y esos nuevos líderes del siglo XXI?
La más importante es la de haber nacido de elecciones democráticas y pluralistas y, una vez en el poder, considerar que deben permanecer y tener el monopolio de la representación popular. Para todos ellos, los demás son ilegítimos.
¿Cuáles son los elementos comunes que encuentra entre el peronismo y, por ejemplo, la Rusia de Putin o la Turquía de Erdogan?
Hay elementos comunes en la emergencia de cada uno de esos regímenes, aunque a veces parezcan muy diferentes unos de otros. Me refiero a coyunturas en las cuales grupos sociales importantes son excluidos, rechazados, no representados. Donde se producen crisis económicas graves que afectan sobre todo a esos grupos, pero también a los demás. Y por fin, donde aparece un hombre que puede y que termina representando a esos grupos excluidos, que se apoya en ellos y consigue llegar al poder. En la Argentina era la clase media. La base del poder peronista estaba constituida por los sindicatos estatizados y por el ejército. Si miramos bien, en el caso venezolano también fue el ejército.
Pero no los sindicatos...
No, en Venezuela no fueron los sindicatos, que están en manos del partido socialdemócrata, sino el sector informal: las villas, los sectores que no tienen protección social. Me refiero a esos grupos sociales marginalizados por los dos gobiernos precedentes, que aplicaron recetas más bien liberales de ajuste que habían agravado la situación. Resultó el Caracazo, que fue el momento en que muchos sectores de la sociedad -en particular los militares- entendieron que había que cambiar el sistema.
Y en el caso de Rusia...
Puede parecer raro decir que Vladimir Putin tiene puntos comunes con Perón. Pero Putin fue primer ministro de Boris Yeltsin. Y con Yeltsin los rusos vivían en la miseria. Rusia era humillada por el resto del mundo. No sólo por la conducta de Yeltsin, sino también porque el fin de la Unión Soviética llegó acompañado de una gravísima crisis económica. Un grupo de predadores -los llamados oligarcas- se apoderaron de las empresas y la gente perdió todo. ¿Qué hizo Putin? Reactivó la economía, recuperó el control estatal de los principales recursos y, mediante una política ambiciosa y brutal, devolvió la dignidad internacional a su país y al conjunto de las clases sociales que se beneficiaron con la prosperidad. Porque no basta con llegar al poder diciendo "voy a refundar la república" y permitir a los excluidos, a los pobres, acceder a una vida digna y vivir en un país que funciona. También hay que tener los medios de una buena redistribución. Y para eso es necesaria la prosperidad.
Perón pudo hacerlo en la posguerra.
Exactamente, aunque no duró demasiado, del 47 al 50, más o menos. Cuando Chávez fue elegido en 1998 a la presidencia se presentó como un socialdemócrata, como un defensor de la tercera vía, tipo Blair o Clinton. Nunca habló de socialismo ni de revolución. ¿Por qué? Porque en 1998 el barril de petróleo estaba a menos de diez dólares. Si el petróleo no hubiese aumentado brutalmente, Chávez no habría permanecido tanto tiempo en el poder. Lo mismo sucedió en Rusia, gran productor de petróleo.
Usted señala otro elemento común: la voluntad de permanecer en el poder.
Esos gobiernos, que yo llamo "democracias hegemónicas", son de origen democrático y practican la democracia porque no suprimen el pluralismo. Pero controlan todos los contrapoderes. Y con el argumento de que son gobiernos reparadores, refundadores, consiguen convencer a la gente de que que no pueden ser reemplazados.
Y cuando no se puede conseguir la presidencia vitalicia se opta por la dinastía...
O se utiliza una especie de bricolaje que permite perdurar. Putin pasa la mano a Dimitri Medvedev, que lo reemplaza siendo alternativamente su primer ministro o presidente, y así gobernará quizás hasta 2025. En la Argentina era más bien familiar: Perón, Isabel, los Kirchner. En este último caso, el problema que tuvieron fue la muerte de Néstor. De lo contrario, estarían aún en el poder, pues él tenía una experiencia política que no poseía su esposa. Ese tipo de paso de posta no estaba prevista con Chávez, que había conseguido reformar la Constitución para ser elegido en forma ilimitada. Eso acaba de hacer Daniel Ortega en Nicaragua. No sólo eso, sino que además su mujer, Rosario Murillo, vicepresidenta, puede sucederlo en caso necesario. Y se necesita sólo 35% de los votos para ser elegido.
Usted dice en el libro que conoció a Perón. ¿Cuándo?
Lo conocí en Madrid, no me acuerdo del día, pero fue en enero de 1969, antes de que regresara a la Argentina. Yo pedí la entrevista.
¿Qué recuerdo conserva?
Tengo dos recuerdos. El primero es que me sentía bastante intimidado. Para el joven investigador que yo era, se trataba de un monumento histórico. Yo tenía un pequeño grabador que no conseguía hacer funcionar. Perón me dijo: "Démelo". Pero él era más torpe que yo, las manos le temblaban un poco. Entonces llamó: "Lopecito, vení aquí y arreglale el grabador al señor". Lopecito era López Rega. El segundo recuerdo es que estábamos los dos solos, pero él hablaba como si delante de él hubiese una multitud. Con los brazos abiertos, me hizo un discurso público. Yo le hacía preguntas que evidentemente no le gustaban. Se lo veía molesto. Por último, me hizo un elogio ditirámbico de Benito Mussolini. Estuvimos juntos unas dos horas. Una experiencia formidable que nunca había utilizado hasta ahora.
En su libro es extremadamente duro con las élites liberales argentinas. A su juicio, si éstas hubiesen comprendido el mensaje de Perón cuando llegó al poder y les dijo: "Yo terminaré con el comunismo, nuestro enemigo común", probablemente el fenómeno peronista no se hubiera desarrollado así.
Ése fue el primer error de las clases dirigentes. Pero hubo otro enorme error. La revancha social que nunca tendría que haberse producido. Si querían terminar con el peronismo era necesario que hicieran la política social del peronismo en una democracia. Fueron incapaces.
¿Cree que, con el tiempo, esos demócratas terminaron comprendiendo esos errores?
Creo... (dubitativo). Es verdad que pasaron tantas cosas en ese país desde entonces. El presidente Mauricio Macri no hizo una campaña antiperonista. Es por eso que fue elegido. Incluso fue a inaugurar una estatua de Perón en vísperas de su elección. Alguien como Macri, rodeado de gente que piensa, comprendió que podía ir contra los Kirchner, pero que Perón era intocable. Raúl Alfonsín hizo lo mismo. Nunca hizo antiperonismo. Denunció el pacto sindical-militar, pero el blanco no era Perón. Era la gente que había hecho ese pacto.
Hablemos de Europa. Usted menciona en su libro los peligros que pesan sobre el continente y sugiere que esas "democracias hegemónicas" podrían llegar incluso aquí. ¿Cree que existe también un extravío de las élites políticas europeas?
Hay sin duda cierta ceguera e incomprensión. Es difícil de entender que en Europa, la mayor alianza de democracias del mundo, cada vez que hay elecciones la gente se siente sumergida en la angustia. Están convencidos de que algo terrible sucederá. Lo vimos en Italia, lo vimos en Gran Bretaña. Es evidente que hay un problema. Lo que hay que preguntarse -y constato que las cosas no van en esa dirección- es si esos partidos contestatarios, nacionalistas, xenófobos, no responden a verdaderos problemas, desafíos e interrogantes.
En otras palabras, los partidos tradicionales no consiguen responder a los miedos de la gente.
En Estados Unidos, Hillary Clinton no respondió a los miedos de los electores, incluso en algún momento los insultó, menospreciándolos. Y cuando en Francia, ante el Frente Nacional (FN) tenemos un candidato (el conservador François Fillon) que presenta una plataforma ultraliberal, antiestatista y antisocial, uno se dice que es lo mismo que agitar un paño rojo delante de los electores de extrema derecha. En todo caso, muchos electores que apoyan al FN son iguales que los que votaron por Trump. Hay que darles respuestas. Es imposible tratarlos con desprecio porque son xenófobos, nacionalistas o porque "no comprenden nada". Por otra parte, los países europeos tienen instituciones sólidas. El Brexit no creó una crisis espantosa e incluso aquellos que lo promovieron se sorprendieron del resultado y hasta decidieron renunciar. Las instituciones pueden impedir o al menos canalizar esas corrientes antiinstitucionales y antipolíticas que proponen malas respuestas a cuestiones que no han sido resueltas.
¿Cómo ve el peronismo del siglo XXI?
Ese peronismo fue la familia Kirchner. Ahora, el peronismo está totalmente dividido, lo cual da fuerza a Macri. Cuando Cristina Kirchner dejó el poder tenía una tasa de popularidad muy alta. Después, de golpe, todo se derrumbó con las revelaciones de corrupción. Por otra parte hay un peronismo que trata de liberarse del control mortífero de los Kirchner, trabajando con Macri. ¿Cuánto durará? Ésa es la verdadera cuestión. A partir del momento en que la herencia del liderazgo deje de ser un problema, el peronismo se reunificará y hallará un líder, como siempre lo hizo, creando un serio problema para Macri. Una política de ajuste es siempre dolorosa, sobre todo después de un período en el cual había profusión de subvenciones. La modificación de todas esas anomalías provoca resistencias. En todo caso, creo que Macri es suficientemente hábil como para acompañar esos cambios indispensables con una política social. Pero estoy convencido de que el peronismo está al acecho, como lo ha estado siempre, desde hace casi un siglo.
Biografía
Alain Rouquié nació en Francia en 1939. Desde 2003 es presidente de la Maison de l'Amerique Latine en Francia. Entre sus obras se encuentran Poder militar y sociedad política en la Argentina, ¿Cómo renacen las democracias?, A la sombra de las dictaduras. En su país acaba de publicar Le siècle de Perón (El siglo de Perón).
Por qué lo entrevistamos
Porque sigue desde hace 53 años el derrotero político de la Argentina, y acaba de sumar un nuevo libro a su producción.
Fuente:
La Nación, Buenos Aires, Domingo 08/01/2017

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