viernes, 25 de diciembre de 2009

SARMIENTO, QUIROGA Y EL DÍA DE LOS MUERTOS

Mausoleo que guarda los restos de Facundo Quiroga.


Domingo Faustino Sarmiento.



Asesinato de Facundo Quiroga.
                                         


            Por Sandro Olaza Pallero


     
      Afirma Ernesto Romano que “el periodismo es fenómeno moderno, simpatiza y atenta contra el arte a un mismo tiempo; una nueva e híbrida forma de escribir y leer: premura, improvisación, citas erradas, cifras que se inventan, eco y ecolalia”. El periodismo es el género degenerado de Domingo Faustino Sarmiento, y su Facundo, por partida doble, la primera obra maestra de la literatura y periodismo americano. Para Sarmiento el culto de los muertos el origen de la civilización. 
       Los ancestros, sacralizados por la muerte, protegen desde su magra tumba la ciudad, son sus jefes y sus dueños. Hace suyo el oráculo de la Pitia: “Honra con culto á los jefes del país, los muertos que moran bajo la tierra”.
       Según Ricardo Rojas, Sarmiento “sentía la devoción de los camposantos y en sus viajes visitaba los cementerios”. Iba a la Recoleta todos los años –ahí se encontraba su hijo Dominguito caído en combate en la guerra contra los paraguayos-, el día de los muertos y escribió artículos sobre ello, donde se puede apreciar un fondo religioso cristiano con reminiscencias egipcias y una cierta idea pagana de la gloria. 

      Hay en el sanjuanino una concepción geológica del desenvolvimiento del espíritu en la historia, que abarca por analogía la estructura de la mente humana. Historia y alma crecen por sedimentación, por acumulación de capas sucesivas. Nada muere de manera absoluta, y todo perdura latente y dispuesto a ser invocado desde su oscuro sustrato. Tierra, hombre e historia comparten idéntica estructura terrena: la patria.   El 4 de noviembre de 1885, en el periódico El Debate, Sarmiento escribió un artículo titulado “El Día de los Muertos”, interesante pieza literaria. Realiza una serie de meditaciones con ironías y se refiere a la diferencia de estaciones con Europa –allí es primavera cuando aquí es otoño- y dice: “Y entre las flores y los perfumes de la primavera, el día que vuelven alborozadas las ausentes golondrinas quisiéramos por tradición llorar a los muertos: pero la naturaleza que es nuestra guía, nos invita a sonreír y enjugar las lágrimas, como niño a quien los besos de su madre distrae de la efímera pena del momento. Honramos pues la memoria de los nuestros a la manera de los griegos, cuyo Dios Supremo sonreía y siempre jovialmente, es decir, divinamente, como Aquiles lloraba el cadáver de su amigo bailando desnudo en torno de la pira de Patroclo…Sabed que ese cementerio es la patria con cuerpo y alma, la patria de ahora, la patria de entonces, la patria de mañana. Allí volvemos a estar todos juntos…Por ahora los árboles dejan ver la galería que da entrada a la mansión de los muertos y cuya arquitectura nos lleva a los mejores tiempos de las Bellas Artes. Por entre sus columnas se divisan ya, antes de entrar, urnas cinerarias, sepulcros, columnas y sarcófagos y la bella estatua del Dolor, que vela gimiendo sobre la tumba de Facundo, a quien el arte literario más que el puñal del tirano, que lo atravesó en Barranco Yaco, ha condenado a sobrevivirse a si mismo y a los suyos, a quienes no transmiten las responsabilidades de la sangre. El Dante puede mostrar a Virgilio este león encadenado, convertido en mármol de Paros y en estatua griega, porque del otro lado de la tumba, todo lo que sobrevive debe ser bello y arreglado a los tipos divinos, cuyas formas revestirá el hombre que viene. He aquí, me decía un joven Arce, pariente de Quiroga, como yo llevo la toga y la clámide del griego y no la túnica ni dalmática del bárbaro. Podría decirle a mi vez que mi sangre corre ahora confundida en sus hijos con la de Facundo y no se han repelido sus corpúsculos rojos, porque eran afines. Quiroga ha pasado a la historia y revista las formas esculturales de os héroes primitivos, de Ayax y Aquiles”.



Bibliografía:


“El Día de los Muertos. Un artículo periodístico de Sarmiento con reflexiones sobre el mausoleo de Quiroga en la Recoleta”, en Ambas Américas. Revista de Educación, Bibliografía y Agricultura n° 7, Buenos Aires, Septiembre de 1995.
ROJAS, Ricardo, El profeta de la pampa. Vida de Sarmiento, Buenos Aires, Editorial Losada, 1945.
ROMANO, Ernesto, “La commedia argentina”, en Proyecto Sarmiento. Obras Completas en Internet (http://www.proyectosarmiento.com.ar/ )

sábado, 19 de diciembre de 2009

EL PROYECTO DE MONARQUÍA INCAICA DE MANUEL BELGRANO

Niño Jesús Inca (autor anónimo S. XVIII).
Los funerales de Atahualpa (por Luis Montero).


Manuel Belgrano y la jura de la bandera.



Por Sandro Olaza Pallero



      Juan Bautista Alberdi criticó a la clásica obra de Bartolomé Mitre sobre Manuel Belgrano. Sin embargo, la palabra de Mitre tenía demasiada autoridad para ser puesta en duda. Alberdi expuso una suerte de revisión en la historia argentina en su libro sobre la monarquía en América.
     No era hombre de archivos, pero, como recordó en esta publicación, de niño se había sentado en las rodillas del general Belgrano. El prócer era amigo de su padre y entretenía al niño Juan Bautista con los cañoncitos de juguete que servían para planear las maniobras sobre una mesa.
      Señala el tucumano que Mitre había tratado de quitar importancia a las ideas monárquicas de Belgrano, y llamó errores pasajeros o desvíos intrascendentes a los esfuerzos de éste a favor de una monarquía. Alberdi explicaba como había dos maneras de escribir historia. Una era una especie de mitología política, una historia forjada por la vanidad, y otra según los documentos. Era indudable que en la Argentina no podía cultivarse una historia de verdades y sólo debía difundirse una historia de glorificaciones. La doble leyenda negra americana y europea en contra de España había alcanzado su máxima expresión.
    Alberdi entró de lleno en el tema de las ideas monárquicas. Durante mucho tiempo se presentó a los notorios monárquicos como unos hábiles simuladores. Todo había sido en ellos una simulación: fidelidad a Fernando VII, monarquismo, búsqueda de príncipes o reyes en Europa, etc. Señalaba Alberdi que Belgrano luchó por la Independencia y por la monarquía.
    En 1808 trató de imponer a la infanta Carlota Joaquina, hermana de Fernando; por 1814 quiso traer a reinar a Francisco de Paula, y en 1816 pensó en un descendiente de los Incas. Belgrano y José de San Martín no pudieron instalar una monarquía por la oposición de la Europa realista.
    La república se inauguró por sí misma, como resultado de ese hecho. Las palabras con que Mitre juzgaba el monarquismo de Belgrano eran “fluctuación de las ideas políticas sobre la forma de gobierno”, “extravío momentáneo en sus convicciones políticas”, “error pasajero”, etc.
    Según Alberdi, Belgrano pensaba como el conde de Aranda en tiempos de Carlos III y como lo practicó Brasil, que había llegado a ser el estado más poderoso de América después de los Estados Unidos. No era un crimen el monarquismo de los padres de la patria.
  Belgrano fue un fervoroso monárquico. Quería una independencia que había consistido en un país inmensamente más extenso que la actual República Argentina.
   Mitre dijo que San Martín no era contrario al establecimiento de un régimen monárquico: “Y aunque republicano por inclinación y por principios, consideraba muy difícil y poco fructífero, ya que no imposible, el establecimiento de un orden democrático; porque pensaba con Belgrano, que faltaban elementos sociales y materiales para constituir una república, y que con un monarca era más fácil consolidar el orden, fundar la independencia y asegurar la libertad, conquistando por el hecho alianzas poderosas en el mundo, y neutralizar a la vez el antagonismo del Brasil. Así es que, no estaba distante de captar la combinación de la aceptación de la restauración de la casa de los Incas; pero no como un fin, sino como un medio, organizando bajo sus auspicios una regencia unipersonal, que rodease a la autoridad de más facultades y de más prestigio, por manera que no importara la innovación otra cosa sino el cambiar la denominación de Director Supremo, por la de Regente del reino”. El imperio habría abarcado seis repúblicas actuales: Argentina, Bolivia, Uruguay, Paraguay, Chile y Perú.
    Ricardo Levene afirmó que “el Congreso de Tucumán se ocupó del problema fundamental de la organización nacional, pero desde sus comienzos no pocos de sus miembros revelaron su preferencia monarquista, explicable por las razones imperantes entonces en Europa”.
    La caída del director Carlos María de Alvear puso fin a la vida de la logia Lautaro, ahogada por las turbulencias internas que vivía desde la separación de San Martín. Tomás Guido, poco después echó los cimientos de la segunda logia Lautaro, cuyo miembros constituían el partido “congresista”, sostenedor del gobierno que surgiera del Congreso de Tucumán. En una carta de Guido a San Martín del 6/IV/1816, le decía: “Dígame con franqueza cómo va el Establecimiento de Educación en esa, pues yo temo que si no se dirige bien, no prospere ese utilísimo establecimiento”. 

   Según Martín V. Lazcano, “la nueva logia Lautaro (a) “Establecimiento de Educación”, o de “Educación Pública”, o de “Matemáticas”, estaba ya funcionando desde antes del 6 de abril; o sea: con un mes de anterioridad al nombramiento de Pueyrredón (3 de mayo)”. Cabe destacar que el salteño José de Moldes compitió en la candidatura a director con Juan Martín de Pueyrredón.
    Moldes había integrado la Junta de Diputados de los pueblos y provincias de la América Meridional (1793), creada por el ilustrado Pablo de Olavide. Integrada por otros patriotas americanos como José y Francisco Gurruchaga, Servando T. de Mier, Juan P. de Montúfar, Antonio Nariño, etc., tuvo como objetivo cooperar a los esfuerzos del general Francisco de Miranda a fin de acabar con la opresión española.
     No se debe olvidar que el masón Miranda, no creía compatible el estado social de sus compatriotas con el planteamiento de una democracia pura. En su plan de independencia de las colonias españolas americanas presentado a Guillermo Pitt en 1790 y reiterado en 1798, proponía un gobierno incaico constitucional.
     Algunas de sus cláusulas eran: “El Poder Ejecutivo sería delegado a un Inca hereditario, con el título de Emperador…La Alta Cámara compuesta de senadores o caciques vitalicios, nombrados por el Inca, y la Cámara de los Comunes escogida, por todos los ciudadanos del Imperio, había de tener atribuciones semejantes a la del Parlamento Inglés…El Inca nombra a los ministros del Poder Judicial, cuyos cargos son vitalicios…Dos censores, elegidos por el pueblo, confirmados por el Emperador, y encargados de velar por las costumbres de los senadores y de la juventud”.
   Guillermo Furlong vierte un juicio elogioso sobre el Congreso de Tucumán: “Hoy nadie pone en tela de juicio la inmensa superioridad de ese Congreso sobre la Asamblea de año 13, por el temple político, por la fijeza de propósitos y por la claridad de vista de aquellos congresales sobre los desorbitados asambleístas, desconocedores en un todo del país en que se vivía y de las exigencias de la revolución”.         Destaca Dardo Pérez Guilhou que para algunos historiadores, las ideas políticas de los congresales fueron  errores sobre el cual hay que echar un indulgente manto de olvido en aras del gran mérito que tuvieron al declarar la independencia.

    Así se han querido resaltar personajes que han sido considerados como “republicanos”, es decir Santa María de Oro, Tomás Godoy Cruz y Tomás de Anchorena. La visita que hizo Belgrano a los congresales el día 6 de julio de 1816, invitado con el objeto de informar en la sesión secreta sobre lo observado en Europa en cuanto a formas de gobierno y su opinión al respecto, es la que sirve de punto de partida para el debate del espinoso problema vinculado a la solución política que el país requería.
     La exposición del general abarcaba el siguiente temario:
   1º) Que toda la revolución de América había perdido prestigio y toda posibilidad de apoyo entre los poderes de Europa por “su declinación en el desorden y anarquía continuada por tan dilatado tiempo”.
    2º) “Que había acaecido una mutación completa de ideas en Europa en los respectivo a forma de gobierno. Que como el espíritu general de las naciones, en años anteriores, era republicarlo todo, en el día se trataba de monarquizarlo todo”.
    3º) Que “en su concepto la forma de gobierno más conveniente para estas provincias sería la de una monarquía temperada; llamando la dinastía de los Incas por la justicia que en sí envuelve la restitución de esta Casa tan inicuamente despojada del trono” y el entusiasmo general con que sería acogida por los habitantes del interior.
    El 21 de julio, el diputado Medrano hizo notar que en el acta de emancipación del día 9 donde decía “independiente de los reyes de España, sus sucesores y metrópoli”, debía agregarse “y de toda otra dominación extranjera, hasta con la vida, haberes y fortuna”, para acabar con las calumnias que se decía de entregarse el Río de la Plata al rey de Portugal. Destaca Vicente Fidel López que el Congreso adoptó la indicación “porque aunque había muchos diputados (la mayor parte) decididos a seguir las insinuaciones del general Belgrano en favor de la monarquía incana, se creyó que esa adición no contrariaba el proyecto de erigir como casa reinante a la familia de los incas, de la que se decía que andaba por el Perú un indio viejo que era vástago genuino y notorio de Túpac-Amaru, aquel que en 1782 había sido destrozado a cuatro caballos en el Cuzco”.
      En esos tiempos críticos, la causa de la Independencia estaba casi perdida en el continente americano. Así habían sido reconquistadas para la causa realista: Chile (1814), México (1815), Nueva Granada y Venezuela (1816), asimismo había fracasado una revolución encabezada en el Perú por el cacique brigadier Mateo Pumacahua quien fue ajusticiado.
       Volvía Fernando VII a restaurar su dominio a sangre y fuego, tanto en la península como en sus dominios americanos. En una carta de Belgrano a Martín de Güemes fechada en Tucumán el 9/IX/1816 le expresaba: “Tiempos ha que sabía yo el proyecto de la venida de las tropas españolas para Lima y precisamente en el correo anterior he recibido una carta de Bordeaux en que se me avisa la salida de dos mil hombres de Cádiz con aquel intento pero no me dicen si van por Portobello o por el Cabo; por el primero fue el pensamiento de Goyeneche, y a la verdad es el más fácil. Aseguro a Ud. que si lograra aumentar el ejército y los arbitrios que me prometo para el sustento y cabalgaduras, prevendría los movimientos de los enemigos y excusaría la sangre que después nos ha de costar echarlos del Perú”.
A los pocos días de realizado el trascendental acto de la declaración de la independencia, comienza el debate “sobre el más interesante punto de cuantos pueden ofrecerse al Soberano Congreso”. El diputado por Catamarca, Azevedo, dio principio la controversia el 12 de julio, sosteniendo la forma “monárquica temperada en la dinastía de los Incas y sus legítimos sucesores, designándose desde que las circunstancias lo permitiesen para sede del gobierno la misma ciudad del Cuzco".
       Esta moción fue apoyada en principio, pero se propone se debata más explícitamente en sesiones futuras. Los días 15, 19, y 31 de julio y 5 y 6 de agosto discutieron los diputados Oro, Serrano, Pacheco, Castro Barros, Rivera, Loria, Thames, Godoy Cruz, Malabia y Anchorena.

        Los representantes que sostenían la monarquía inca eran: Azevedo, Pacheco, Castro Barros, Rivera, Loria, Thames y Malabia. Afirma Pérez Guilhou que la mayoría de ellos se adhiere a la forma monárquica temperada, sosteniendo unos la candidatura del Inca y otros combatiéndola, sin especificar la posible casa reinante.
         Se destaca entre los partidarios de la monarquía incaica el diputado Castro Barros que: “pronuncia un prolijo razonamiento a favor del gobierno monárquico constitucional, por haber sido el que dio el Señor a su antiguo pueblo, el que Jesucristo instituyó en su Iglesia, el más favorable a la conservación y progreso de la religión católica y el menos sujeto a los males políticos que afectan ordinariamente a los otros; sostiene las ventajas del hereditario sobre el electivo, y las razones de política que había para llamar a los incas al trono de sus mayores, despojados de él por la usurpación de los reyes de España”. Corresponde señalar las fundadas exposiciones de Serrano, que al mismo tiempo que niega la dinastía incaica, se pronuncia en contra del régimen federal.
       Dice que: “habiendo analizado las ventajas e inconvenientes de un gobierno federal que había deseado para estas provincias, creyéndole el más a propósito para su felicidad y progreso, en la actualidad, después de una seria reflexión sobre las circunstancias del país, la necesidad del orden y la unión, la rápida ejecución de las providencias de la autoridad que preside la Nación, y otras consideraciones, creía conveniente la monarquía temperada, que conciliando la libertad de los ciudadanos y el goce de los derechos principales que se reclaman por los hombres en todo país libre con la salvación del territorio en lo lamentable de la presente crisis, traía envuelta en sí una medida convenientísima al mismo objeto”.
       El padre Oro a quien se le atribuye un pensamiento republicano, en la sesión del 15 de julio, al ver inclinados los votos de los representantes a adoptar el sistema monárquico constitucional, expuso que para proceder a declarar la forma de gobierno era preciso consultar previamente a los pueblos, y que en caso de resolverse sin ese requisito se le permitiera retirarse del Congreso. Se afirma en la idea del dudoso republicanismo del sacerdote sanjuanino la circunstancia de que, en la oportunidad de su designación como diputado al Congreso, se manifestó dispuesto a cumplir con las insinuaciones y órdenes de San Martín, siendo éste uno de los que más influyó para imponer la monarquía en el Plata.
         En segundo lugar, su presumible republicanismo se ve desvirtuado por sus actuaciones posteriores. Así, el 4 de septiembre adhirió a la entronización de la monarquía en el Río de la Plata, en las instrucciones reservadas que llevó el representante del Congreso, Miguel Irigoyen, para tratar con el jefe de la expedición portuguesa general Federico Lecor.
        Respecto del diputado Anchorena sus opiniones sobre el proyecto incaico diferirán treinta años después. En carta a su hermano del 12/VII/1816 le manifiesta: “Recibo muchas expresiones de Belgrano que llegó a ésta hace días. Ayer ha marchado Pueyrredón que debe verse con San Martín en Córdoba…Ya sabrás que se acordó publicar nuestra independencia por medio de un manifiesto que se ha encargado a Bustamante, Medrano y Serrano. Se trata de la forma de gobierno, y está muy bien recibida en el Congreso y pueblo la monarquía constitucional, restituyendo la casa de los Incas. Las tres ideas han sido sugeridas y agitadas por Belgrano, y los que están impuestos de las relaciones exteriores las consideran muy importantes. Lo que no tiene duda es que, si se realiza el pensamiento, todo el Perú se conmueve, y la grandeza de Lima tomará partido en nuestra causa, libre ya de los temotes que le infundía el atolondramiento democrático”.
          Tres décadas más tarde, con un miraje distinto y despectivo respecto de la persona del candidato nativo y de las provincias, el federal Anchorena en carta a Juan Manuel de Rosas del año 1846, dirá: “Nadie se ocupaba del sistema republicano federal, porque todas las provincias estaban en tal estado de atraso, de pobreza, de ignorancia y de desunión entre sí, y todas juntas profesaban tal odio a Buenos Aires, que era como hablar de una quimera discurrir sobre el establecimiento de un sistema federal…Los diputados de Buenos Aires y algunos otros más nos quedamos atónitos, en lo ridículo y extravagante de la idea de proclamar por rey a un vástago del Inca; idea que entusiasmó a toda la cuicada, y una multitud considerable de provincianos congresales y no congresales: monarca de la casta de los chocolotes, cuya persona, si existía, probablemente tendríamos que sacarla borracha y cubierta de andrajos de alguna chichería”.
             Manifiesta Adolfo Saldías que lo de color de chocolate a que se refería Anchorena “no condecía con la fantasía monárquica que llegó hasta hermosear al presunto monarca Incano, divagando acerca de la belleza que distinguía a los de su estirpe. Conversando yo un día con el malogrado peruano Montero, autor del soberbio cuadro de los Funerales de Atahuallpa, quien sobre los estudios que había emprendido tuvo ocasión de seleccionar sus modelos en los descendientes de las viejas familias de indios del Perú, manifestóme que había tropezado con grandes dificultades para terminar su cuadro en Roma, porque le faltaba un modelo indispensable. Paseando por Civitavechia dio con una joven esbelta y bien contorneada, de ojos negros, nariz fina y recta, óvalo casi perfecto y tez achocolatada, la cual encuadraba en un todo con la fisonomía de los que había adoptado como modelos. Fue ella la que sirvió para pintar la india que pugnando entre los soldados por llegar al ataúd del Inca, ha caído sobre una de sus rodillas contenida de los cabellos por un oficial español. Los habitantes de Buenos Aires pudieron juzgar de lo apropiado del vocablo de Anchorena, por trivial que sea la observación, en presencia de Juan Bautista Túpac Amaru, descendiente del Inca, que llegó a Buenos Aires en el año de 1822, y quien como una gota de agua a otra, era igual a cualquier gaucho de las campañas de Santiago del Estero ribereños del Salado, donde se conservan todos los perfiles de esa raza”.
     Hay que recordar que el general Güemes en su proclama a sus compañeros de armas, reproducida por “El Censor”, el 12/IX/1816 decía entre otras cosas: “En todos los ángulos de la tierra no se oye más voz que el grito unísono de la venganza y exterminio de nuestros liberticidas. ¿Si estos son los sentimientos generales que nos animan, con cuanta más razón lo serán cuando, restablecida muy en breve la dinastía de los Incas, veamos sentado en el trono y antigua corte del Cuzco al legítimo sucesor de la corona? Pelead, pues, guerreros intrépidos, animados de tan santo principio; desplegad todo vuestro entusiasmo y virtuoso patriotismo, que la provincia de Salta y su jefe vela incesantemente sobre vuestra existencia y conservación”.

      Un problema para los partidarios de la monarquía inca fue que Juan Bautista Condorcanqui, el principal candidato a ocupar el trono, estaba preso en Ceuta desde 1782. Otros miembros de la familia real fueron masacrados como consecuencia de la derrota revolucionaria. Razón no les faltaba a los diputados monárquicos que no sostenían la candidatura incaica. A pesar de que había otros patriotas americanos que llevaban la sangre imperial: José Miguel, Juan José y Luis Carrera –octavos nietos del Inca por su antepasada Barbola Coya Inca esposa de Garci Díaz de Castro-; José de Artigas –séptimo nieto del Inca, por línea de Beatriz Túpac Yupanqui, mujer de Pedro Álvarez Holguín-.
       Otros descendientes de los emperadores del Perú eran: Valentín Gómez –octavo nieto del Inca, por línea de Beatriz Túpac Yupanqui y Pedro Álvarez Holguín-. Sin embargo su condición de sacerdote le impedía tener descendencia. Lamentablemente la idea no alcanzó a concretarse y según Adolfo Saldías, únicamente el Sol –Inti- de los antiguos soberanos quechuas quedó estampado en la bandera de Belgrano.
     A fines de 1816 la candidatura inca fue reemplazada por la entronización de un miembro de la familia portuguesa. Desde 1818 otros candidatos fueron el príncipe de Luca y el duque de Orleáns.
Bernardino Rivadavia, a raíz de las noticias que le remitió Belgrano sobre el proyecto monárquico, le escribió a Pueyrredón expresándole su punto de vista al respecto, y éste a su vez se lo retransmitió a San Martín en carta del 8/III/1817: “Ayer he tenido comunicaciones de Rivadavia de 22 de febrero último en París. Dice que ha sido recibida con extraordinario aprecio la noticia de que pensábamos declarar por forma de gobierno la monarquía constitucional; pero que ha sido en proporción ridiculizada la idea de fijarnos en la dinastía de los Incas. Discurre con juicio sobre esto, y me insta para que apresure la declaración de la primera parte. Éste ha sido mi sentir, pero no sé si los doctores pensarán de un modo igual”.
    No se realizó la consulta a los pueblos y las discusiones continuaron, pero definitivamente la forma monárquica de gobierno no se aprobó de inmediato. Pero cuando se adoptó como recurso diplomático y como medio para dominar la anarquía, la batalla de Cepeda dio por tierra con el intento de implantar la monarquía, y triunfaron los caudillos con sus ideas republicanas y federales.


Bibliografía:


ALBERDI, Juan Bautista, La monarquía como mejor forma del gobierno en Sud-América, Buenos Aires, A. Peña Lillo, 1970.
GONZÁLEZ ARZAC, Alberto, Manuel Belgrano y las ideas monárquicas en el Río de la Plata, Buenos Aires, 2007. Trabajo inédito.
IBARGUREN, Carlos, “Tomás Manuel de Anchorena comenta el Congreso de Tucumán y los sucesos políticos de 1816”, en Historia n° 44, Buenos Aires, 1966.
LAZCANO, Martín V., Las sociedades secretas, políticas y masónicas en Buenos Aires, Buenos Aires, Edición del autor, 1927.
LEVENE, Ricardo, Manual de historia del derecho argentino, Buenos Aires, Kraft, 1952.
LÓPEZ, Vicente Fidel, Historia de la República Argentina, Buenos Aires, Kraft, 1913, V.
MITRE, Bartolomé, Historia de Belgrano, Buenos Aires, Suelo argentino, 1945.
PÉREZ GUILHOU, Dardo, Las ideas monárquicas en el Congreso de Tucumán, Buenos Aires, Ediciones Depalma, 1966.
RAVIGNANI, Emilio, Asambleas Constituyentes Argentinas, Buenos Aires, Peuser, 1937, I.
SALDÍAS, Adolfo, La evolución republicana durante la revolución argentina, Buenos Aires, Arnoldo Moen y Hno., 1906.

viernes, 18 de diciembre de 2009

INVASIONES INGLESAS: UN DIARIO ANÓNIMO DE LA TOMA DE BUENOS AIRES POR LOS INGLESES Y DE SU RECONQUISTA

Tercio de Gallegos y Voluntarios de la Unión (por Luis Beaufort).


Benito Lué y Riega.


Por Guillermo Palombo




Oficial de Artilleros de la Unión.
        
El Diario de la toma de esta ciudad por los ingleses y de su Reconquista (MUSEO MITRE: Armario E, Cajón 2, Pieza 1, Nº 13), que publicamos, está citado por ALBERTO MARIO SALAS en la bibliografía de su Diario de Buenos Aires, 1806-1807 (Buenos Aires, 1981, pág. 666). Ya lo había publicado PAUL GROUSSAC en la revista La Biblioteca, Año II, Tomo VI, Buenos Aires, 1897, págs. [460]-463. Pero la originalidad de su texto justifica su reimpresión. Dentro de su brevedad contiene datos interesantes sobre actos delictivos por parte de los soldados ingleses, el apresamiento en Perdriel de un desertor inglés de origen alemán, el apresamiento de inductores a la deserción, el juramento de fidelidad a S.M.B., la banda de música inglesa, la bandera y escarapela de los Voluntarios Patriotas de la Unión, el apresamiento del traidor Vicente Capelo y lo relativo al incidente sobre el presunto levantamiento de los prisioneros ingleses.




Diario de la toma de esta ciudad por los ingleses y de su Reconquista


AÑO 1806

JUNIO
El 21 de junio, vino Peña el Piloto a avisar que se avistaban diez buques por las inmediaciones de la Ensenada.
El 24 a la noche se presentaron enfrente de Buenos aires, en cuyo estado amanecieron el 25. Este día al mediodía se fueron aproximando a los Quilmes en donde se desembarcaron. A las cinco y media de este mismo día, partió la gente con el tren al mando del Inspector don Pedro Arce [sic], y durmieron del otro lado del puente de Gálvez.
26. La batalla de los Quilmes por la mañana y a la noche un choque los del Puente con un trozo de ingleses.
Día 27. Combate a las siete y media y a las tres y media o cuatro de la tarde, entraron al Fuerte. Esta noche, quitaron el reloj al doctor Molino Torres, un inglés que mandó castigar el inglés Beresford.
28. Esta noche hirieron a don Nicolás del Campo unos ingleses en el zaguán de su casa. A las 9 de la mañana se había izado la bandera inglesa en el Fuerte y salva en el Fuerte y barcos.
29. Se recibieron los ingleses del Parque y Almacenes de Pólvora.

JULIO
Día 5. Hizo el juramento la ciudad de guardar fidelidad al Rey de la Gran Bretaña. En este mismo día se pasó oficio al Obispo, Cabildo Eclesiástico, Colegios y demás comunidades por el conducto del Cabildo, quien convocaba a dichos cuerpos al expresado fin. Esta noche se sacramentó al Dr. Montero.
Día 6. Este día pasó el Obispo al Fuerte, a hacerle presente los inconvenientes que había para dicha diligencia. Sobre ese mismo asunto se hizo una junta en la tarde en casa del Obispo, a que concurrieron las cabezas de las comunidades y curas de la ciudad. A las oraciones murió el doctor Montero en la Recoleta adonde se acogió el día de la toma de la Plaza. Llegó la plata de Luján, y el tren que sacó el virrey y se había abandonado en el Monte de Castro.
12. Prendieron a San Ginés, cadete, y otros porque auxiliaban a los desertores ingleses.
19. Este día también tomaron un místico que entró en este puerto, en la persuasión que estaba por España: su principal cargamento constaba de aceite.
20. Se hizo en el Fuerte una salva general pero se ignora su motivo.
26. Se entregó la correspondencia del místico, que venía para los particulares.
27. Me vino a convidar a comer Campbell.
29. En este día salieron seiscientos ingleses con la música, de la Ranchería, bajaron formados por el Retiro, subieron por la Recoleta y se pusieron a hacer ejercicio en los Corrales de Miserere, de donde se retiraron a las once del día para el cuartel.
Es misma tarde hicieron la parada en la Plaza.

AGOSTO
Día 1. A las dos y media o tres de la mañana salió Beresford con setecientos hombres para el campo de Perdriel y seis piezas de tren. Amaneció el dicho ejército en las inmediaciones y a las 7 ú 8 de la mañana se rompió el fuego, que duró una hora, de cuyas resultas quedaron heridos tres o cuatro ingleses y uno nuestro que no entró en la refriega pero le tocó una bala por casualidad. El ejército se retiró a la tarde con seis o siete prisioneros y entre ellos un alemán, artillero desertor, que no se escapó por estar algo tomado.
2. Cortaron la pierna al español herido en la pantorrilla, por la gangrena.
4. Llegaron los nuestros a las Conchas por la mañana con Liniers.
5. 6. 7. Temporal de aguas en San Isidro en el cual salieron a tierra dos cañoneras de los ingleses.
8. Recogieron los cañones de dichos buques.
9. Caminó nuestro ejército desde San Isidro a pie hasta el potrero de la Chacarita del Colegio, adonde llegó a las oraciones en cuya hora disparó una pieza de artillería.
10. Se dijo misa en dicho sitio y concluida ésta se partieron para los Corrales de Miserere de donde expidieron a don Hilarión Quintana con la embajada al fuerte a las doce y media, a que no se contestó por hallarse Beresford inculcando al Obispo para que pusiese excomunión a los que tomasen las armas del pueblo. Luego al poco tiempo volvió y se le contestó que la suerte de las armas decidiría la empresa. A las cuatro y media de la tarde avanzaron al Retiro, rindiendo la guardia y a Beresford que se puso en fuga para el Fuerte cuando venía a atacar al enemigo. Luego se puso la bandera española en la plaza de Toros. Un oficial inglés que había puesto el general en la torre de la Compañía le avisó que eran tres mil los del Retiro, cuando no eran ni mil quinientos.
11. Prosiguieron las avanzadas de los nuestros. A las ocho de la mañana llegó Manuel Gaona conduciendo en dos carretas dos cañones de a 18 reforzados que se montaron en dos cureñas del Parque para las que formaron ejes nuevos por habérselos con precaución aserrado los días antes los ingleses.
A las once de la mañana empezaron a hacer fuego con uno de dichos cañones a una fragata inglesa que se hallaba en balizas, la cual contestó con balas de a 12 y una de las cañoneras inglesas. Este día por la mañana se incorporó el trozo de Blandengues que venía al cargo de Martínez y un cuerpo de voluntarios con una bandera blanca y colorada, con cuyo matiz se componía la escarapela de dichos soldados llamados de la Unión, con sus armas correspondientes. Siguió el fuego del Río hasta por la tarde. Esta noche se empezaron a formar los sacos a tierra para el avance del Fuerte, que quedaron formados el día del asalto.
12. Se tocó la generala a las 7 y a las 8 ½ segunda vez que fue la del asalto. A las doce la bandera parlamentaria. A la una de la tarde empezaron a rendir las armas en el Cabildo, quedando cuartel de prisioneros.
13. Pasaron los ingleses prisioneros, esto es la mitad al Retiro y la otra al corralón de la Cárcel. Se prendió a don Vicente Capelo.
14. Se enterraron los dos oficiales ingleses muertos en el Retiro, en el Parque de Artillería. Se hizo la Junta pública en cabildo para el Virrey y a la tarde se cantó el Te Deum, con salvas de todo el tren repartido en la plaza.
15. Misa de gracias en la Catedral.
23. El alboroto que se habían levantado los ingleses en el Retiro y entierro del Deán a la tarde. Este alboroto fue originado de las camaretas que se tiraron en el Socorro con una función que se hizo en acción de gracias las oyó un borracho, y fue alborotando el pueblo.

viernes, 11 de diciembre de 2009

OTAÑO

Guipuzcoanos (1843).


Escudo de armas del apellido Otaño.




Por Sandro Olaza Pallero






Apellido vasco originario de Guipúzcoa, significa ota (ote): argoma. También este apellido da nombre a un monte de la sierra de Aitzgorri, situado en Legazpi (Guipúzcoa). Escudo de armas: En azur, una banda de plata; otros en gules, dos manzanas de oro, puestas en faja.
Sus miembros probaron repetidas veces nobleza en San Sebastián (1478), Donostia (1764), Beasain (1794 y 1806). En 1545 Pedro de Otaño inició un pleito judicial al concejo y pecheros de Arnedo y Tudelilla (La Rioja).
La filiación seguida en Arama (1769) consta de 9 folios:


I. Ignacio de Otaño, natural de Beasain. Casado con Francisca de Ayesta, natural de Goiatz. Fueron padres de:
II. Eugenio de Otaño y Ayesta, casado con Ana de Arregui. Vecinos de Beizama. Fueron padres de:
III. Martín de Otaño y Arregui, natural de Beizama. Casado con María Micaela de Eleicegui y Arruebarrena, natural de Arama, hija de Martín de Eleicegui, natural de Gaintza, y de María de Arruebarrena, natural de Zaldibia. Fueron padres de:
1. Gregorio de Otaño y Eleicegui, natural de Arama.
2. Domingo de Otaño y Eleicegui, natural de Arama, vecino de Andoain.


Sus solares estaban ubicados en:
Otaño, en Beasain; Eleicegui, en Zaldibia; Arregui, en Azpeitia; Arruebarrena, en Zaldibia.


Otros miembros de esta familia fueron:
Gabriel de Otaño e Iduri, natural de Arnedo, bachiller en leyes por la Universidad de Oviedo, solicitó examen de abogado en 1798.
José Martín Otaño, científico español, fue autor de Del método en las ciencias físicas. Discurso leído en la Universidad central, tesis de doctorado de la Facultad de Ciencias de Madrid (1859), quien afirmó que: “Galileo y Newton marcando en el siglo científico dos puntos de los que el uno señala el principio y el otro el fin del todo del espacio que ha reconocido el método experimental y racional, han hecho pasar al hombre de la ignorancia mas profunda al conocimiento de las leyes de la naturaleza”.
Camilo Otaño, valiente soldado del batallón de Segorbe, fue herido en combate contra los marroquíes en Castilleja (1860).
Pedro Mari Otaño provenía, precisamente, de una familia de "bertsolaris" muy renombrada en Guipuzcoa. Nació el 26 de enero de 1857, mellizo con su hermana María Josefa, en Zizurquil, Guipuzcoa, y casó en San Sebastián con María Magdalena Alberdi.
Sus padres Juan Pedro Otaño y Juana Bautista Barriola; y sus bisabuelos Pedro Mari Otaño (llamado Errekalde Zarra) y Micaela Lasa, ambos bertsolaris. El hermano del bisabuelo, Don José Bernardo Otaño, era también bertsolari de renombre. Los Otaño de Errecalde constituían una nueva generación de bertsolaris, que surge al terminar la segunda guerra carlista (1876). Otaño militó en el partido liberal y se negó a combatir en la guerra carlista. De Errekalde Zarra, se conoce poco pero se conservan bastantes estrofas que él cantó en sitios públicos, recopilados por su pariente el sacerdote José Loinaz Otaño. Se estableció en Pehuajó (Provincia de Buenos Aires), murió en 1910.
Magdalena Louján Otaño, escritora de ciencia ficción, doctora en matemáticas y profesora en la Universidad Católica de La Plata. Fue una participante asidua en numerosos actos culturales vascos, mediante conferencias y charlas. Entre sus obras, se destaca Gu ta Gutarrak, un original cuento de ciencia ficción sobre el origen de la identidad vasca que le mereció el primer premio de la Segunda Convención de Ciencia Ficción de la República Argentina (1968). Mouján Otaño era nieta del conocido bertsolari vasco argentino Pedro Mari Otaño.
El padre José María Nemesio Otaño y Eguino, nació en Azcoitia en 1880 y falleció en San Sebastián en 1956. Compositor y musicólogo español, una de las figuras esenciales en la reforma de la música sagrada en España durante la primera mitad del siglo XX. A partir de 1939 fue nombrado director del Conservatorio Superior de Música de Madrid, al que aportó sus ideas pedagógicas renovadoras.
Celedonio Otaño, nació en Bilbao en 1912 y falleció en San Sebastián en 2003. Autor polifacético, él prefirió definirse como caricaturista, exiliado y olvidado tras su regreso a España a comienzo de los 80, su obra gozó del aprecio del público en Venezuela y en buena parte del continente sudamericano.
Luis Otaño Arcelus, nació en Rentería, el 25 de enero de 1934, ex ciclista español de la década de 1960. Ganador de 2 campeonatos en España y de 2º en la Vuelta ciclista a España (1964). Tras retirarse del ciclismo montó en 1969 una ferretería en su localidad natal.
Julio Otaño, abogado, profesor de historia e investigador, miembro del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas de San Martín (Provincia de Buenos Aires).


Fuentes:


Archivo del Ayuntamiento de Ordizia. Leg. 22. Exp. 6.
Archivo de la Real Chancillería de Valladolid, Sala de Hijosdalgo, Caja 166, 7. “Pleito de Pedro de Otaño, vecino de Tudelilla (La Rioja), con el concejo y pecheros de Arnedo y Tudelilla (La Rioja)”.
Archivo Histórico Nacional. Sección Consejos: Consejo de Castilla. Inventario de abogados de los Reales Consejos. Madrid, s.f. 8 tomos mecanografiados. “Gabriel de Otaño e Iduri, natural de Arnedo, bachiller en leyes por la Universidad de Oviedo, solicita examen de abogado”.
OTAÑO, José María, Del método en las ciencias físicas. Discurso leído en la Universidad Central por D. José María Otaño, al recibir la investidura de doctor de la Facultad de Ciencias, Madrid, 1859.
ZAVALA, Antonio, Bosquejo de la Historia del Bertsolarismo, San Sebastián, 1964.

domingo, 29 de noviembre de 2009

LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA Y EL SANGRIENTO EPISODIO DEL AÑO 1833 EN MALVINAS

Gaucho.


Ernesto Fitte, Raúl A. Molina, Félix Luna y Vicente D. Sierra.




Por Sandro Olaza Pallero






Antonio Rivero.




En una comunicación histórica leída en sesión privada en el recinto histórico de la Academia Nacional de la Historia, el 8 de agosto de 1972, por el Académico de Número Ernesto Fitte titulada “La Academia Nacional de la Historia y el sangriento episodio del año 1833 en Malvinas”, este historiador basándose en fuentes documentales y bibliográficas llegó a la conclusión de que los hechos del 26 de agosto de 1833 fueron sucesos policiales y no con un sentido político. “En la mañana del 26 de agosto de 1833, el establecimiento de Puerto Luis, emplazado en la isla Soledad de Malvinas, fue escenario de un episodio que revistió contornos trágicos; ocho peones de a caballo, atacan a mansalva y le quitaban la vida a cinco pobladores. Ahora bien; ¿tuvo el desborde apuntado sentido político, o bien se redujo a un sangriento hecho policial?”.
Fitte dijo que tiempo antes una prédica sistemática orientada a exaltar el suceso, apoyada en una campaña periodística, “todo ello a cargo de un entusiasta núcleo de personas ajenas a las disciplinas históricas”, derivó en una presentación ante el Ministerio de Relaciones Exteriores para asignar al acto un contendido de reivindicación histórica. La Academia Nacional de la Historia emitió un dictamen solicitado por la Cancillería, “oponiéndose a lo solicitado por los recurrentes, en razón de no haberse hallado ningún móvil patriótico en las actuaciones que originaban el pedido”.
El historiador menciona la contribución testimonial para demostrar la verdad histórica, constituida por documentos conservados en los repositorios británicos, sumadas a un acopio de notas y originales provenientes del Archivo General de la Nación y de la Biblioteca Nacional, recopilación editada por la Academia Nacional de la Historia bajo el nombre de El episodio ocurrido en Puerto de La Soledad de Malvinas el 26 de agosto de 1833. Testimonios Documentales (Buenos Aires, 1967), obra acogida favorablemente por la crítica. “Es obvio decir que ha configurado un aporte serio, además de imparcial y objetivo, como no podía menos de serlo. No es tampoco una antología de antecedentes reunidos para sostener una posición preconcebida; en ese volumen se encuentran virtualmente incluidas las referencias de mayor relieve que tratan, aluden, mencionan, señalan o ponen en evidencia algunas de las tantas facetas que estructuran el complejo drama ocurrido en Puerto Luis. Nada quedó fuera que por su contenido valiese la pena de ser traído a colación, o bien fuese capaz de influir en la evaluación del panorama general, ya sea en un sentido u otro; la autoridad moral de la Academia afianza la honradez de esta afirmación, la cual no tiene nada de jactanciosa”.
Fitte critica a los reivindicadores de Antonio Rivero y afirma que ninguno de sus miembros tuvo la precaución de incurrir previamente en el terreno de la investigación “mucho se habló del asunto, abundando las disertaciones pomposas y los discursos grandilocuentes, pero no se apreció ni un solo trabajo escrito, ni siquiera medianamente fundado, en abono de la tesis revisionista que se intentaba propalar a los cuatro vientos”. Califica a esto como la creación de un mito sin consistencia y que el esquema ideológico de una acontecimiento apodado no debe fabricarse con conjeturas manejadas discrecionalmente, “a fin de acomodarlas a una postura elegida de antemano, por grata que aparezca en el espíritu nacional. Frente a una de esas desviaciones, originadas en un exceso de pasión argentinista, es que se vio precisada a alzar su voz la Academia Nacional de la Historia, velando por la rigurosa veracidad de los acontecimientos expuestos públicamente, en una tarea que a todos nos resulta ingrata, como lo son siempre aquellas en que se echan por tierra ilusiones y esperanzas; el pronunciamiento de la Academia emitido a su hora a instancia gubernamental y no de oficio, dejó sin embargo entreabierta la puerta a una eventual rectificación del concepto emitido, en caso de surgir posteriormente novedosos aportes que contradijesen la verdad tenida por válida hasta ese momento”.
Tras el atropello extranjero no había ningún civil que defendiera la ley o resistiera a los invasores -afirma Fitte-. “Los hombres al servicio de Vernet –criollos de a caballo en su gran mayoría- prefieren no entrometerse en las violentas conmociones. En ocasión de las tropelías que comete en tierra la tripulación de la Lexington, muchos de aquellos pobladores confiesan que de miedo…dispararon todos al campo (Archivo General de la Nación, S. VII 2-3-6, doc. 242/244); más tarde, cuando Mestivier cae mortalmente herido, no figuran al parecer implicados en la revuelta, que se circunscribió a los soldados de la guarnición, pero tampoco colaboran para restablecer el orden, y por último, en las circunstancias apremiantes en que Pinedo cuenta y recuenta a las fuerzas que tiene disponibles para repeler el ataque de la Clío, ni uno de esos gauchos se ofrece para formar una partida de milicias montadas. Se manifiestan insensibles a la soberanía en peligro; indiferentes, miran de lejos toda otra cosa que no sea la paga. Pero de golpe aprenden que las vacas y los caballos salvajes que amansan para Vernet, ya no son como antes, de propiedad indiscutida de ese patrón distante, que no viene a cuidar lo suyo”.
Los complotados eran ocho y su director era Antonio Rivero, alias Antuco “no sabe leer ni escribir, es oriundo de Buenos Aires, tiene 26 años, hace 6 que está radicado en Puerto Luis, le adeuda 214 pesos metálicos con 4 reales a Vernet por adelantos de salarios, y es un gaucho que se ocupa en faenas de campo”. Junto a este actuarán José María Luna y Juan Brasido –alias Rubio-, gauchos también. El primero puntano que combatió en la guerra contra el Brasil, conchabado por el hermano de Vernet y cinco indios –Manuel González, Luciano Flores, Manuel Godoy, Felipe Salazar y M. Latorre-, “criminales convictos condenados a la deportación, completan la nómina de los responsables del acto del 26 de agosto”.
Temprano en la mañana del 26 de agosto, el capitán Low partía en una ballenera acompañado de cuatro individuos de su equipaje con el objetivo de cazar focas. “En cuanto los loberos se hubieran perdido de vista, siendo alrededor de las diez horas, surgieron de improviso los ochos individuos de que hemos hablado, corriendo armados hacia la casa de Mateo Brisbane, a quien le dispararon por la espalda mientras procuraba tomar sus pistolas; de ahí pasaron al alojamiento del poblador alemán Antonio Wagner, que a su vez sucumbió a tiros de fusil”.Este autor señala una serie de considerandos para desvirtuar la tesis revisionista, siendo los principales: 1) Que no existiendo autoridades inglesas en las islas, mal pueden catalogarse de revolucionarios los actos del 26 de agosto, pues no había mandatario a quien deponer; 2) Que los amotinados ni siquiera produjeron una declaración verbal de propósitos, anunciando que reasumían la soberanía sojuzgada; 3) Que no intentaron formar gobierno propio; 4) Que si solo hubieron querido retomar el perdido dominio de las Malvinas, no necesitaban emplear tanta violencia; les bastaba con proclamar dicho objetivo, intimar acatamiento al resto de los pobladores, y quitarles las armas a aquellos que se negaban a acompañarlos en la empresa. 5) Que el capataz Simón, una de las víctimas, tenía nombramiento de gobernador argentino, otorgado por el comandante Pinedo, aunque no actuase como tal. 6) Que Mateo Brisbane había dado antes pruebas de lealtad a las Provincias Unidas, en ocasión de su encarcelamiento a bordo de la Lexington, y al ofrecerse luego a Pinedo como piloto para maniobrar la Sarandí en el caso de un ataque por parte de la Clío. 7) Que no se apoderaron de la bandera inglesa para quemarla o destruirla, la cual fue llevada consigo por los que escaparon a la pequeña isla Hog. 8) Que una vez encarcelados por el teniente Smith, los implicados no alegaron su condición de presos políticos ante los sumariantes.
Otro miembro de la Academia Nacional de la Historia, Laurio H. Destéfani coincide con Fitte y dice que fue un crimen: “Dos gauchos y cinco indios charrúas mandados por Antonio Rivero, que trabajaban el ganado en el campo, llegaron a Puerto Soledad y porque Juan Simón, les había negado el cambio de dinero metálico, en lugar de los vales que cobraban, realizaron un asesinato a mansalva de los hombres de Vernet a saber: el capataz Juan Simón, encargado permanente del gobierno argentino, Brisbane, hombre de confianza de Vernet, un alemán, un español y un escocés Dickson”.




Bibliografía:


DESTÉFANI, Laurio H., Malvinas, Georgias y Sándwich del Sur, ante el conflicto con Gran Bretaña, Edipress S.A., Buenos Aires, 1982.
FITTE, Ernesto, “La Academia Nacional de la Historia y el sangriento episodio del año 1833 en Malvinas”, en Boletín de la Academia Nacional de la Historia nº XLV, Buenos Aires, 1972.

viernes, 13 de noviembre de 2009

EL DERECHO A LA EDUCACIÓN EN LA AMÉRICA HISPÁNICA: A PROPÓSITO DE LA FUNDACIÓN DE UNA ESCUELA PRIMARIA EN SAN ISIDRO

Paisaje de San Isidro (por Prilidiano Pueyrredón).


Carlos III (por Mengs).
San Ignacio de Loyola.


Por Sandro Olaza Pallero




1. La enseñanza primaria durante la dominación hispánica en América


No es fácil sintetizar en esta introducción la historia de la educación en la América hispana, pero es, de igual modo, una propuesta tentadora cuando meditamos sobre aspectos relevantes del pasado remoto que nos permite discernir sobre problemas y contradicciones de la historia reciente[1]. El proyecto imperial castellano durante el siglo XVI fue seguido de un modelo educativo en el que se conjugaban tradiciones medievales con afanes de renovación renacentista.
Entre los comienzos del humanismo cristiano y la chispa esperanzada del siglo de las luces, transcurrió una época en la que se prodigaron ordenanzas, leyes y normas relativas a la educación de indios y españoles y en la que se erigieron instituciones orientadas a la formación de hombres y mujeres dentro de la normativa dictadas por la Iglesia y de la obediencia a la Corona española[2]. En ciertos casos el desconocimiento, pero en la mayoría de ellos un apriorismo mal disimulado, han llevado a no pocos escritores a afirmaciones tan infundadas como erróneas respecto a la instrucción pública colonial[3]. Un primer análisis objetivo que, en esta materia, hay que fijar es éste: España dio a sus provincias de ultramar todo lo que podía en materia de instrucción primaria; esto significa, todo lo que ella poseía, y, en segundo término, hemos de reconocer que, a lo menos durante todo el siglo XVI, y podría decirse otro tanto del siglo XVII, la madre patria poseía más, inmensurablemente más, en esta materia que país alguno de Europa. En el quehacer historiográfico se cometen equivocaciones frecuentemente con documentos espurios y juicios erróneos. También es usual hallar opiniones necias acerca de hechos y figuras del pasado, que encuentran favorable repercusión y perviven a través del tiempo, en detrimento del sentido común. Como aseveró el padre Furlong: “La América Hispana no llegó a ser, con anterioridad a 1810, y dejo librado a vuestro ilustrado y sereno criterio el juzgar si lo ha sido después de esa fecha, uno de los grandes centros directores del pensamiento y uno de los grandes talleres de la invención, pero hemos de afirmar sin temores y hemos de pregonar sin titubeos que abundan en la Era Hispana, y en todas las regiones de América, los hombres de ciencia, los hombres de letras y los hombres de arte”. [4]
El conquistador Hernán Cortés fundó escuelas y hospitales, dotándolos tanto en vida como en disposiciones especiales que figuran en su testamento. Hay que transitar detalladamente las descripciones de los pueblos de las Indias hechas a base del cuestionario general de principios del siglo XVII para tomar conciencia de la labor educadora de España aun para con las clases menos pudientes del Nuevo Mundo, en tiempos en que leer y escribir eran en Europa privilegio casi exclusivo de las clases adineradas.[5]
Respecto a la Corona, pese a los muchos errores fortuitos y aun sistemáticos cometidos a través de los siglos, típico de toda institución humana, sobran pruebas para establecer su esmero a favor de los países confiados a su dominio.[6]




2. Legislación referida a la educación inicial en las Indias


La organización de los estudios en la América hispánica siguió precisamente el orden inverso al que imaginaríamos desde nuestra perspectiva del siglo XXI: la primera preocupación de las autoridades fue establecer estudios universitarios, después se propició la apertura de escuelas para la enseñanza de las humanidades, que constituían el nivel medio, y finalmente, alboreando el siglo XVII, se fueron publicando ordenanzas reguladoras de la labor de los maestros.[7]
La cuestión de la enseñanza popular, como problema de gobierno, fue por primera vez tratada durante el Renacimiento y renovada más tarde por la Reforma. “La escuela –afirmaron los reformistas- debe ser para todos, nobles y plebeyos, ricos y pobres, niños y niñas.” Era deber del Estado costear la enseñanza y hacerla obligatoria; empleando la coacción, si era menester. “La Reforma fracasó al intentar producir durante los siglos XVI y XVII aquellos resultados intelectuales y educativos que estaban lógicamente envueltos en la postura de los reformistas.” [8]
Destaca Cháneton que si se prescinde de la perdida y olvidada ley de Partidas 2°, Tit. 31. Ley 1°, y de una cédula de Enrique II, de fecha y paternidad dudosa, toda la legislación escolar castellana no fue, hasta llegar a fines del siglo XVIII, “más que una reproducción de los acuerdos tomados por la Hermandad de San Casiano.”[9] En la ley de Partida mencionada, se concedían a los maestros exenciones y privilegios iguales a los que correspondían a los hijodalgos.[10] Muchas veces alguna real cédula recordaba el cumplimiento de esta disposición que no siempre se respetaba y que estaba estipulada en la Novísima Recopilación, Libro 8, tít. 1°.[11]
La Recopilación de las Leyes de Indias que, era el Código usual en estos reinos, contiene pocas disposiciones sobre colegios y universidades, y una o dos sobre escuelas de primeras letras para los hijos de españoles. Ciertamente abundan las que tratan de la enseñanza de los “naturales”.Se trata de disposiciones como la Ley 15° que ordena a los religiosos entiendan en la instrucción y conversión de los indígenas, destacando el modo de enseñar la doctrina.[12] Todas esas leyes obedecían pues tanto a una preocupación religiosa como a un propósito político. Se manda crear Universidades y Colegios “para servir a Dios nuestro Señor” y porque así “lo dispone el Santo Concilio de Trento.”La Ley 5° de la Recopilación norma sobre los recogimientos de niños, doncellas y casas de beatas. A esos efectos se crean colegios para aborígenes y se recomienda con insistencia su educación, como el medio más eficaz de propagar entre ellos la fe católica y relacionarlos de modo efectivo al imperio castellano. Sin embargo, se ha comprobado –sin menoscabar la obra de la Corona española- que dichas disposiciones quedaron casi siempre como letra muerta en los Códigos.




3. La enseñanza primaria en el Río de la Plata


La primera noticia que se posee de un maestro de primeras letras en nuestro país procede de la ciudad de Santa Fe, donde en el año 1577 Pedro de Vega “enseña la doctrina cristiana a los niños de poca edad y a leer y escribir a los demás”, pero parece que después de él, la ciudad estuvo un tiempo desamparada en materia de enseñanza.[13] Además del empeño del gobierno español por esta importante necesidad educacional de sus posesiones americanas, es también a la Iglesia y especialmente a la célebre orden de la Compañía de Jesús a quienes corresponde la gloria de la ilustración de la sociedad de América[14]. En las postrimerías del siglo XVI bajaron, en efecto, los religiosos jesuitas del reino del Perú, en su condición de misioneros, a evangelizar estas comarcas, que recibían los primeros toques de la conquista. Por los años de 1586, llegaron tras fatigoso camino a la ciudad de Salta, y pasaron a la de Santiago del Estero, que en aquel entonces era la capital de la provincia, formando allí lo que se llamó la misión del Tucumán, desde cuyo punto comenzaron a derramar los frutos de su apostolado haciéndose famosos por sus trabajos tan meritorios.
La instrucción primaria en la época hispánica fue obra principal de los vecindarios que por intermedio de los cabildos, establecieron escuelas o exigieron a los religiosos la obligación de enseñar como condición para la fundación de sus conventos. Sáenz Valiente afirma que, “un deber de justicia nos obliga a reivindicar para los cabildos coloniales una visible preocupación por difundir los beneficios de la enseñanza dentro de las ciudades y territorios de su jurisdicción. Su acción, ejercida dentro de los reducidos límites impuestos por la exigüedad de los recursos y las ideas de la época, no deja, sin embargo, de revelar el marcado interés de estas corporaciones por la extensión de la instrucción primaria”.[15]
La educación de la mujer argentina ha sido pintada por nuestros historiadores en un grado muy inferior al del varón, y a ambos, en el mismo marco angustioso de tiranía y de ignorancia. Vemos que esto es falso y antojadizo.
Así, ni un solo documento de nuestros archivos respaldará esta posición dogmática de los clásicos de la historia argentina. Por el contrario, se puede afirmar, que el nivel de la mujer en la educación de las primeras letras estuvo a la misma altura que la del hombre. Por de pronto, es necesario rectificar esta historia, reconstruyéndola y sobre todo luchar contra la repetición sistemática de estos errores, que algunos todavía creen que responden a información documental o científica. Es sabida la actuación de Doña Francisca de Bocanegra en el Paraguay que tenía a su cargo la educación de las doncellas pobres, a quienes educaba gratuitamente en el recogimiento y la devoción religiosa, bajo la orientación espiritual del Padre de la Compañía de Jesús, Manuel de Lorenzana.[16]
La iniciativa educativa de la Compañía de Jesús culminó con la expulsión de la Orden en 1767, de todos los dominios españoles.[17] Ocuparon su lugar entonces los franciscanos, abriendo también en sus conventos la escuela; pero en esto fracasaron acaso por no ser del oficio.[18] Por aquellos tiempos dominaba en Europa la máxima muy propia del despotismo de que la ilustración de los pueblos constituía el más grande y temeroso peligro para la estabilidad de los gobiernos absolutos y arbitrarios, como entonces dirigían. A pesar de esta afirmación, la realidad era que cuatro escuelas primarias eran sostenidas con los propios recursos del Ayuntamiento porteño, rentada una de ellas con 650 pesos y con 300 cada una de las restantes, destacaban al terminar la dominación española, la contribución capitular al desarrollo de la enseñanza primaria en la Ciudad de Buenos Aires, sin perjuicio de alguna que se levantaba en la zona rural inmediata e independientemente de la acción desplegada por el flamante Cabildo de Luján desde las postrimerías del siglo XVIII.[19] Como empresas privadas, las escuelas nunca fueron un gran negocio; como servicio público, al cuidado de las autoridades municipales o de instituciones eclesiásticas, alcanzaron mayor significación a partir de mediados del siglo XVIII, cuando la instrucción elemental comenzó a considerarse necesaria para lograr un mejor rendimiento en el trabajo.[20]
La educación comenzaba a desprenderse de la Iglesia para convertirse en responsabilidad de los gobiernos seculares.[21] Recordemos que desde la época medieval, la Iglesia había asumido la responsabilidad de la instrucción de los cristianos y de la evangelización de los infieles, aunque con frecuencia las órdenes regulares se quejaban de tan pesada carga e intentaban eludir el compromiso que recaía sobre ellas.




4. La primera escuela primaria en San Isidro


El primer establecimiento educativo de San Isidro funcionó en la casa ofrecida generosamente por el Capellán Fernando Ruiz Corredor, militar y sacerdote español, nacido en 1665 y fallecido en 1745.[22]. Fue recibido por miembro de la hermandad de la Santa Caridad de Buenos Aires, el 22 de febrero de 1741, y manifestó en aquel acto dos capellanías, de cuyos réditos disfrutaba, una de trescientos y otra de cien pesos de capital, para que luego de sus días lo percibiese la Hermandad. A pesar de que fue el primer capellán de San Isidro Labrador de los Montes Grandes, situada a cinco leguas de esta capital, entre los años 1706 y 1730, al ser creado el curato o parroquia, la ejerció en los años 1731 a 1732, puesto en que le sucedió el presbítero doctor Francisco Javier Rendón, pues el anciano fundador de la capellanía se hallaba achacoso para poder atender la parroquia y asistir a lo enfermos e imposibilitado para montar a caballo, contando con la colaboración de Francisco Silva, primer maestro autorizado a ejercer la docencia por el Cabildo de Buenos Aires como resultado de la solicitud elevada el 30 de mayo de 1730 por medio del Procurador General.[23] Dicha petitorio decía lo siguiente: “leyóse una petición presentada por dicho Procurador General –Juan Antonio Giles- en que refiere que en el pago de la Costa hay muchos niños de carecer de la educación de la doctrina cristiana y de saber leer y escribir y que el licenciado Don Fernando Ruiz Corredor ofrece en San Isidro dar de balde una casa competente para escuela y que Francisco Silva persona apta ofrecía enseñar los niños sin más estipendio que la pitanza que es costumbre” por lo que “mandaron se establezca dicha escuela en la capilla de San Isidro y por maestro al referido Francisco Silva, quien no ha de llevar más de tres reales por cada niño, y a los que fueren muy pobres los enseñaremos de balde”. [24] Del examen de este documento, apreciamos que el primer maestro de San Isidro fue Francisco Silva.[25] Fernando Ruiz Corredor fue capellán de esta localidad durante 24 años, hasta que el 23 de octubre de 1730, el Cabildo Eclesiástico de Buenos Aires por iniciativa del gobernador Bruno Mauricio de Zabala dio su acuerdo para la creación de los “nuevos curatos del campo” con el fin de “poner remedio en las campañas a los repetidos clamores por la feligresía de toda esta jurisdicción”, siendo causa de la fundación del Curato de la Costa o Monte Grande.[26]
Bajo el gobierno municipal, era parte esencial en todos los asuntos referentes a la cultura y adelantamiento de la población, el Síndico Procurador General de la ciudad.[27] Así no se despachaba solicitud, petición o memorial relacionado con las escuelas, sin su opinión y consejo. El Procurador Giles –también figura en muchos documentos como Jiles o Xiles- prestó juramento de su cargo el 7 de enero de 1730.[28] Siendo alcalde de segundo voto en 1734 le cupo tomar medidas respecto de la situación de los extranjeros en Buenos Aires y la implementación de los alcaldes de barrio.[29] El 14 de febrero de 1736 es nombrado diputado en los pagos de la Costa a fin de reclutar un contingente de tropa para el sitio de la Colonia en la guerra contra los portugueses.[30] Al año siguiente -1° de enero- es electo Alcalde de primer voto[31] y en 1738 es nombrado junto con Javier de Espinosa para levantar el padrón de vecindad.[32]
Como en todas las escuelas de la época se enseñaba a leer, escribir, contar e impartir la doctrina cristiana. Cháneton afirma que esta fue la primera escuela de San Isidro, refutando a Adrián Beccar Varela[33], quien sostuvo erróneamente que el primer establecimiento educativo en esa localidad fue fundado por el párroco Bartolomé Márquez en pleno siglo XIX: “Era justo demostrar –dice Cháneton-, en honor de los vecinos del pago, que en él se impartió enseñanza pública ochenta años antes de lo que el cronista supone.”[34]
El ajuar de esta escuela era de una modestia fácil de presumir: algunos escaños para los alumnos, un tablón con humos de mesa para el maestro y una palmeta.[35] En algunos casos, en una hornacina, se colocaba una imagen religiosa. La apertura de las clases se hacía, invariablemente, los miércoles de ceniza.
Para conocer lo que era un aula escolar en la época de referencia podemos examinar un documento de una escuela rural similar en Luján, donde se detallan los muebles y utensilios: bancos de madera para escribir; pendón de tafetán con sus cordones y una estampa de San José; cinco pautas para delinear papel; cuatro libros viejos; dos pocillos que sirven de tintero; varios papeles escritos para los niños; una silla de brazos de baqueta y una estampa de papel de Nuestra Señora de la Concepción.[36]
Se destacaba el rigor en la enseñanza de los niños, pero era el sistema pedagógico de universal aplicación en la época. Entre nosotros se empleó la palmeta como castigo a los alumnos y alguna vez, excepcionalmente, la bofetada. La palmeta era un utensilio infaltable en el ajuar de las escuelas[37]; aunque en ocasiones los inventarios nos la presentan en un mal estado de conservación que demostraría su escaso uso.
En algunas crónicas o tradiciones aparece la mención de un maestro famoso por su crueldad.[38] Pero se debe destacar que la palmeta y el látigo estuvieron en uso hasta cerca de 1880. En cuanto a los textos usados en la escuela sólo por deducción se pueden mencionar algunos de ellos, exceptuados los catecismos de Astete y de Ripalda, poco se sabe de los demás.[39] El cuidado de la educación pertenece a los progenitores, una de cuyas obligaciones será preocuparse por la instrucción de sus hijos, no sólo, naturalmente, formándolos en la doctrina cristiana, sino además dándoles estudios: Machado de Chaves, por ejemplo, indica que, “están obligados a enseñar a los hijos o procurar que aprendan todas las cosas que los demás de su calidad y estado enseñan a sus hijos para que en adelante tengan remedio y no queden perdidos y holgazanes por no tener oficio o modo de vida con que pasar después de muerto el padre …tienen obligación de dar estudio al hijo que teniendo las partes necesarias se inclinare a estudia y gastar con ello lo necesario conforme a la calidad de su hacienda y obligaciones”[40] Según Fray Antonio Arbiol llega a decir que: “Lo que los virtuosos padres han de enseñar a sus hijos después de la divina ley y devociones santas es el leer y escribir y contar porque éstas son prendas decentes de un hombre racional y es corrimiento vergonzoso que un hombre aunque sea pobre no sea firmarse y dar cuenta de su persona por escrito.”[41]
Por todo ello, es notable la falsedad de uno de los fundamentos de la Leyenda Negra, que afirmaba sobre la falta de educación en la familia, al extremo de presentarse a la época del gobierno español en Buenos Aires como un período de oscurantismo donde reinaban los analfabetos. Así se pueden ofrecer numerosas pruebas para demostrar el desarrollo de la instrucción pública durante la época hispánica.
Se debe indicar que desde el día de la fundación de nuestra ciudad fue constante preocupación del cuerpo capitular la instrucción del niño, en la vigilancia de su comportamiento y en la superintendencia de los maestros, ocupación que conserva casi durante un cuarto de siglo compartiéndola en muchas ocasiones con las autoridades ejecutivas. Destaca Molina que es un grave error mantener la creencia de que aquellos institutos escolares fueron escuelas municipales, pues, “la docencia fue libre, quedando reservado al cuerpo capitular solamente el otorgamiento de locales cuando el dueño de la escuela lo solicitaba, el discernimiento de las licencias, el precio o tarifa de la enseñanza y, la vigilancia general de la competencia, así como, la implantación del credo religioso y, no, otra cosa.”[42] Según menciona Luque Alcaide: “un sínodo celebrado en Alcalá de Henares el año 1480, establecía que en cada parroquia el cura tenga consigo otro clérigo o sacristán, persona de saber y honesta, que sepa y pueda y quiera mostrar leer o escribir y cantar a cualquier persona en especial a hijos de sus parroquianos y los instruyan y enseñen todas las buenas costumbres y los aparten de cualesquier vicios”.[43]




5. Conclusión


Podemos apreciar, que de acuerdo a las instrucciones del Cabildo de Buenos Aires, comienza a impartirse la enseñanza en la jurisdicción del actual Partido de San Isidro, otra cosa digna de destacar es que la educación se realiza en de espacios cedidos por la Iglesia, para cumplimentar tales fines.
Los distintos proyectos educativos puestos en práctica en América, también se aplicaron en este extremo del Imperio español; lo más importante en esa enseñanza consistía primero en formar buenos cristianos; en segundo lugar se encontraba la educación intelectual, formación que fue muy buena, puesto que muchos de los alumnos del siglo XVIII o sus descendientes directos fueron los protagonistas de los primeros conatos de Independencia de las naciones americanas.


Poca es la documentación que se ha logrado reunir para la realización de este trabajo: archivos dispersos, bibliografía escasa o casi inaccesible no han permitido quizás trabajar con mayor profundidad el tema de la primera escuela sanisidrense, pero con lo poco obtenido se ha puesto de manifiesto la misión evangelizadora y docente del reino español en estas Indias Occidentales.




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[1] La enseñanza en la América hispana no estaba claramente delimitada, no había ningún organismo oficial –como los actuales Ministerios, Secretarías o Direcciones del área- para dirigir y controlar la educación. La enseñanza elemental estaba principalmente en manos de religiosos. Por lo general, en cada convento había una escuela de primeras letras, al cuidado de un religioso lego. Se enseñaba lectura, escritura, recitación, doctrina cristiana y algo de gramática. El sistema educativo era el memorístico, en el que los niños repetían en coro las lecciones. También habían escuelas elementales sostenidas por los cabildos, siendo los maestros laicos. Según las Leyes de Indias, el educador tenía que tener pureza de sangre, no haber desempeñado oficios serviles, ni haber soportado penas infamantes. En algunas casas de familias adineradas y numerosas, los párvulos no concurrían a la escuela, sino que el padre contrataba los servicios de un profesor particular que en el propio hogar les enseñaba a sus hijos.
[2] GONZALBO AIZPURU, Pilar, Educación y colonización en la Nueva España 1521-1821, México, 2001, p. 14.
[3] Decía Sarmiento: “La España no posee un solo escritor que pueda educarnos, ni tiene libros que nos sean útiles. Este es un punto capital. En nuestras escuelas, como en las de España, está adoptado el catecismo de Astete, que es traducido del francés el de Poussi que lo es igualmente; el de Caprara, el de Fleury, Fundamentos de fe; porque la nación en que hormiguean las beatas y donde reinaron los inquisidores, nunca supo escribir un catecismo para enseñar la doctrina a sus niños, viéndose forzada a traducir los libros que instruían en la religión, en nombre de la que se quedaron bárbaros y quemaban a los literatos.” (Obras de D.F. Sarmiento, París, 1909, T. IV, p. 38). A juicio de Barros Arana: “el espíritu de desconfianza había presidido a todas las disposiciones referentes a instrucción pública. Circunscripta a ciertas clases de la sociedad, la enseñanza hizo en América muy pocos progresos.” (BARROS ARANA, Diego, Historia de América, Buenos Aires, 1960, p. 261).
[4] FURLONG, Guillermo S.J., Los jesuitas en Mendoza, Buenos Aires, 1949, p. 5.
[5] MADARIAGA, Salvador de, El auge y el ocaso del Imperio español en América, Madrid, 1985, T. II, p. 346.
[6] Afirma José Vasconcelos que la vida en la Nueva España poseía un refinamiento que no se sospechaba en el norte: “El idioma de Castilla, suavizado con el matiz andaluz, se había defendido hasta en el seno de las tribus, gracias a la labor tenaz de la Iglesia. De un extremo a otro de la Nueva España había escuelas, bibliotecas, una Academia, una galería de pinturas, colegios, Universidades. La educación pública estuvo difundida en el siglo dieciocho como no ha vuelto a estarlo, pues hubo parroquia en cada aldea, y donde había parroquia había escuela. Y donde ya no había aldea, en las estaciones del desierto inmensurable la misión con su campana congregaba a las gentes para el trabajo civilizado y para el estudio y el rezo.” (VASCONCELOS, José, Breve Historia de México, México, 1950, p. 202).
[7] GONZALBO AIZPURU, Educación y colonización…, p. 106.
[8] MONROE, Paul, Historia de la Pedagogía, II, p. 73, citado por CHANETON, Abel, La instrucción primaria en la época colonial, Buenos Aires, 1942, p. 21.
[9] CHANETON, La instrucción…, p. 40.
[10] Según la cédula de 1370 antes de conceder “carta” de maestro, debían los justicias inquirir si el aspirante era “hijodalgo, cristiano viejo, que no ha de tener mezcla de otra mala sangre, como es de moro, turco o judío, que ha de ser de buena vida y costumbres.” (Ibídem., p. 41).
[11] En el siglo XVII tenemos el caso de un maestro de origen portugués, llamado Juan Cardozo Pardo, quien fue apresado el 16 de abril de 1614, por orden del Cabildo, por sospechárselo falto de fe cristiana comprobándose que ignoraba el credo, finalmente fue destituido. Molina afirma que fue Cardozo “el primer maestro hebreo de Buenos Aires.” El proceso a que dio lugar esta medida es muy interesante, porque habiéndosele ordenado que expresamente “lo rezen todos los días”, por el Capitán Sebastián de Orduña u Mondragón, éste no solamente no lo hacía, sino que lo desconocía. (MOLINA, Raúl A., "La enseñanza porteña en el siglo XVII. Los primeros maestros de Buenos Aires", p. 54, en Historia, n° 3, Buenos Aires, 1956).
[12] “Porque el fruto que va haciendo en los naturales de las nuestras Indias en cuanto á la publicación, y conversión de la Fe será mucho mayor si los religiosos de las ordenes de Santo Domingo, San Francisco, San Agustín, que en ellas están, y la que de nuevo fueren, se repartiesen por los pueblos de los Indios, y entendiesen en su instrucción y conversión: Rogamos y encargamos a los Provinciales de las dichas órdenes, que provean, como los religiosos de ellas se repartan por los dichos pueblos, y entiendan en la dicha instrucción; y que traten de dar y den orden precisa a los Arzobispos, y Obispos juntamente con nuestros Virreyes, y gobernadores, para que así los dichos frailes como los clérigos enseñen de una manera, y en una conformidad la doctrina cristiana a los dichos indios, por los inconvenientes, que de lo contrario se podrían seguir.” (Libro primero de la Recopilación de las Cédulas, Cartas, Provisiones y Ordenanzas Reales, Buenos Aires, 1945, T. I, p. 148, con noticia de Ricardo LEVENE).
[13] BABINI, José, La evolución del pensamiento científico en la Argentina, Buenos Aires, 1954, p. 25.
[14] FRIAS, Bernardo, Historia del general Martín Güemes y de la provincia de Salta, o sea de la independencia argentina, Buenos Aires, 1971, T. I, p. 227.
[15] SAENZ VALIENTE, José María, Bajo la campana del Cabildo, Buenos Aires, 1952, p. 293.
[16] MOLINA, Raúl A., "La educación de la mujer en el siglo XVII y comienzos del siguiente. La influencia de la beata española Da. Marina de Escobar", p. 12, en Historia, n° 5, Buenos Aires, 1956.
[17] Destaca Probst, “Los padres de la Compañía enseñaban en todos sus pueblos, a la juventud, primeras letras, música y oficios manuales. Con su expulsión se derrumbó toda su obra cultural y de ella no quedaron rastros, si exceptuamos las imponentes ruinas de sus iglesias en el seno de las selvas vírgenes” (PROBST, Juan, La instrucción primaria durante la dominación española en el territorio que forma actualmente la República Argentina, Buenos Aires, 1940, p. 9).
[18] FRIAS, Historia del general Martín Güemes…, p. 228.
[19] SAENZ VALIENTE, Bajo la campana…, p. 295.
[20] GONZALBO AIZPURU, Educación y colonización…, p. 107.
[21] Sostiene Levene que, “El estudio de los propios y arbitrios permite conocer el mecanismo interno de los cabildos y la acción desplegada en abastos, obras públicas, higiene, policía, justicia y enseñanza primaria. Cada una de estas materias era objeto de una función específica de los Cabildos, que desde los orígenes tenían una alta jerarquía, ni sólo como poder político, sino como poder social a favor del desarrollo, el bienestar, la justicia y la cultura de las ciudades y las campañas adyacentes” (LEVENE, Ricardo, Manual de Historia del Derecho Argentino, Buenos Aires, 1957, p. 89).
[22] Según consta en una anotación de un libro perteneciente al archivo de la iglesia de La Merced de Buenos Aires “vino de soldado de España” y se deduce que entró aquí de sacerdote y luego de consagrarse a la Iglesia, desempeñó el cargo de familiar del obispo de esta diócesis Antonio de Azcona Imberto, fallecido en 1700 (UDAONDO, Enrique, Diccionario biográfico colonial argentino, Buenos Aires, 1945, p.792).
[23] LOZIER ALMAZAN, Bernardo P., Reseña histórica de Partido de San Isidro, San isidro, 1986, p.228; LEVENE, Ricardo, Historia de la Provincia de Buenos Aires y formación de sus pueblos, La Plata, 1941, Vol. II, p. 624.
[24] Ibídem, p. 59. Asimismo se agradecía a Ruiz Corredor y se participaba de esta resolución al Alcalde de la Santa Hermandad, Don José de Valdivia, quien procuraría “celar y precisar con pena a los padres de dichos niños a que los envíen a dicha escuela” (Archivo General de la Nación, Acuerdos del Extinguido Cabildo, Buenos Aires, 1928, Libro XXI, fol. 186 vta. del libro original).
[25] Destaca Cháneton que los Ayuntamientos fueron durante casi dos siglos la sola autoridad en materia de enseñanza. Otorgaban el título, autorizando el ejercicio del magisterio a quienes lo solicitaban y fijaban el estipendio que podían cobrar (CHANETON, La instrucción primaria…, p. 56).
[26] LOZIER ALMAZAN, Reseña histórica…, p. 60.
[27] CHANETON, La instrucción primaria…, p. 57.
[28] Archivo General de la Nación, Acuerdos del Extinguido Cabildo, Libro XXI, fol 148 del libro original.
[29] SIERRA, Vicente D., Historia de la Argentina, Buenos Aires, 1981, T. III, p. 113. Jiles fue electo Alcalde de segundo voto en el Acuerdo del 1° de enero de 1734 (Archivo General de la Nación, Acuerdos del Extinguido Cabildo, Buenos Aires, 1929, Libro XXIII, fol. 84 vta. del libro original).
[30] Archivo General de la Nación, Acuerdos del Extinguido Cabildo, Buenos Aires, 1929, Libro XXIII, fol. 87 vta. del libro original.
[31] Ibídem, fol. 154 vta. del libro original.
[32] Ibídem, fol. 225 del libro original.
[33] BECCAR VARELA, Adrián, San Isidro, Reseña Histórica, Buenos Aires, 1906, p. 322.
[34] Cháneton, La instrucción primaria…, p. 208.
[35] Ibídem, p. 130.
[36] TORRE REVELLO, José, "El aula de la escuela de la Villa de Luján en 1797", en Boletín del Instituto de Investigaciones Históricas, Buenos Aires, 1942, T. XXVII, n° 93-96, p. 2.
[37] En el inventario de útiles efectuado el 4 de septiembre de 1797 al maestro Andrés José de Faneca en la Villa de Luján se destacan: un pendón de tafetán carmesí con una estampa de San José, cuatro mesas grandes de escribir de madera, cinco bancos del mismo material, una palmeta de palo y una cruz vieja de madera (Ibídem, p. 6).
[38] Dice Mariquita Sánchez, “Había una escuela en la que se daban azotes todo el día. El refrán era: la letra con sangre entra. Se le daba la lección; ¿no la sabía? Seis azotes y estudiarla, ¿no la sabía?, doce azotes; él la ha de saber. Este era el sistema de un Don Marcos Salsedo, que tenía tal placer en dar azotes, que se contaba como una gracia, que un día en que había la función de la Recoleta, con la que deliraban los muchachos, empezó por preguntar a cada uno si quería ir. Unos decían que sí y otros que no, de miedo; sólo a uno se le ocurrió decir: lo que el señor maestro quisiera. Dio la orden de dar seis azotes a los que querían ir; doce a los que habían dicho que no querían ir, porque habían mentido, y sólo fue exceptuado, el que se había sujetado a la voluntad del maestro. Se admira uno de pensar lo que pueden las ideas de un deber, equivocadas. ¡Que hubiera padres que tal toleraran!” (SANCHEZ, Mariquita, Recuerdos del Buenos Aires virreynal, Buenos Aires, 1953, p. 55).
[39] CHANETON, La instrucción primaria…, p. 132.
[40] MORGADO GARCIA, Arturo, "Teología moral y pensamiento educativo en la España moderna", en Revista de Historia Moderna n° 20, Alicante, 2002, p. 103.
[41] ARBIOL, Fray Antonio, La familia regulada con doctrina de la Sagrada Escritura, Zaragoza, 1715, p. 491, cit. por MORGADO GARCIA, Arturo, "Teología moral y pensamiento educativo en la España moderna", en Revista de Historia Moderna n° 20, Alicante, 2002, p. 104.
[42] MOLINA, Raúl A., La familia porteña en los siglos XVII y XVIII, Historia de los divorcios en el período hispánico, Buenos Aires, 1991, p. 55.
[43] LUQUE ALCAIDE, Elsa, "La educación en América colonial como experiencia evangelizadora", en Archivum, n° 19, Buenos Aires, 2000, p. 223.

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