sábado, 29 de agosto de 2009

JAIME ORTEGA, EL LIBERAL QUE MURIÓ CARLISTA

Caballería carlista (por Augusto Dalmau Ferrer).
Jaime Ortega y Olleta.




Por Sandro Olaza Pallero




El general Jaime Ortega y Olleta, caballero de la orden militar de Calatrava y condecorado con la gran cruz de Isabel la Católica, nació en Tauste (Zaragoza) en 1816. Era hijo de una familia noble, aunque empobrecida. Por inclinación y por carácter prefirió la carrera militar, donde llegó a teniente en 1838.
Su guarnición fue Zaragoza y contrajo matrimonio con la rica sobrina y única heredera del general Francisco Ballesteros y por la posición acomodada que esta unión le proporcionó se retiró de la milicia en 1839. Las relaciones que le proporcionaba su familia le condujeron a la política y fue electo diputado provincial en 1840 por el partido progresista, figurando en sus círculos con el conde de Quinto, Lasala, José Morales y otros personajes liberales zaragozanos. En 1843 se dividió el partido progresista, y Ortega se convierte en partidario de la coalición. Tomó parte en el pronunciamiento y con su natural vehemencia recorrió los partidos de Calatayud, Tarazona, Borja, Daroca y Cinco Villas.
Con paisanos de estas localidades formó una gran partida, con la cual se atrevió a presentarse frente a las murallas de Zaragoza y efectuó un simulacro de asalto con 2000 hombres de infantería y caballería. Ortega se retiró a Almunia y otras villas cercanas a Zaragoza, donde continuó sublevando el país y aguardó a servir de auxiliar al ejército que se envió contra esta última ciudad.
Entonces se presentó a la cabeza de sus tropas, ostentando las insignias de coronel, empleo que le otorgó el Ministerio de Guerra, aunque no había llegado a capitán. Con este ascenso fue premiado este joven militar que encabezó el movimiento.
Obtuvo el mando de un regimiento y poco después se los ascendió a brigadier. Fue elegido varias veces diputado a Cortes por los distritos de Calatayud y Cinco Villas, y se lo consideraba uno de los legisladores más influyentes.
Participó de la expedición a Portugal, lo que le valió la faja de mariscal de campo, grandes cruces y la llave de gentilhombre. Partidario del general Leopoldo O´Donnell, se lo desterró a Francia, donde evolucionó en sus ideas.
Contrajo una gran amistad con la infanta Luisa Carlota en Zaragoza, quien le hizo varias en su posición política. Parece que la infanta le hizo revelaciones referentes a los últimos actos de Fernando VII y a otros de Isabel II.
Estas noticias le impresionaron desfavorablemente contra el partido liberal, o al menos en perjuicio de la reina. Esto unido al desfavorable recuerdo del fusilamiento de la madre del general Ramón Cabrera, le hicieron nacer simpatías hacia la causa carlista, considerándola más pura.
Ortega favoreció muchas veces a los prisioneros carlistas, y exiliado en territorio francés, se relacionó bastante con la familia del pretendiente Don Carlos. De regreso en España, se unió al partido carlista, y juró ejecutar un “acto grande, atrevido, en el que perdiera la vida o diera mucho que hablar”.
Cuando Isabel II viajó a Asturias y Galicia, varios partidarios de Ortega reunidos en su casa pensaron realizar una sublevación para destronar a la reina en el camino. El plan no se efectuó porque los jefes de Castilla dijeron que carecían de medios para obtener un resultado favorable.
Cuando en 1857 los carlistas comenzaron a preparar un movimiento favorable a Don Carlos, Ortega fue el primero en participar y estando en París trató este tema con la emperatriz Eugenia. España declara la guerra a Marruecos, y Ortega intenta formar parte del ejército destinado a ese país, donde confiaba en ganar prestigio y autoridad.
O´Donnell no lo convocó, y esto lo disgustó bastante, pero no fue la causa de su pronunciamiento favorable a los carlistas. Hacía bastante tiempo que Ortega abrigaba aquél propósito, y esto lo demuestra su correspondencia con Carlos Luis de Borbón.
En tal sentido aceptó la capitanía general de Baleares, a pesar de oponerse O´Donnell a concederle la de Valladolid y Pamplona, plaza en la que se pensó iniciar el alzamiento carlista, combinándolo con el de Huesca. Así por real decreto del 13 de mayo de 1859, fue nombrado capitán general de las islas Baleares. Ortega contaba con la colaboración del joven abogado Pablo Morales, quien le prestó grandes servicios.
Según Antonio Pirala: “Era el general hombre resuelto, de acción, de un valor temerario y de una audacia sin límites, pero no pensador; en él todo era corazón; necesitaba una cabeza, y ésta la halló en Morales”. Viendo la resolución de Ortega, Morales se atrevió a decirle que aunque colocara en el trono al pretendiente, igual quedaría mal parado y siempre sería el Maroto de Isabel II, por lo que le parecía poco conveniente que se aprovechara de la posición que tenía con la reina.
A lo que respondió Ortega: “Yo se todos los manejos que se hicieron en los últimos momentos de la vida de Fernando VII y por boca de la infanta doña Carlota, y el que a hierro mata a hierro muere: hago una justa reparación. En cuanto a mi situación personal, como no pienso lucrarme en nada con este movimiento, sino que me propongo al día siguiente romper mi espada y tirar mi faja, quedándome Jaime Ortega a secas, yo no tengo que dar cuenta más que a mi conciencia convencido de que habré hecho una rehabilitación y un grande acto de patriotismo; con esta señora no se puede seguir; esto lo dicen los más moderados; ni tampoco con ninguna monarquía de este género, pues no son más que un expediente”.Morales le replicó: “Pero general, usted ha figurado en el partido liberal”. A lo que contestó Ortega: “Yo procuraré obtener del conde de Montemolín que no haga un gobierno absoluto y que el país intervenga en la gestión de los negocios”.El general Ortega, con el apoyo expreso del cardenal y arzobispo de Toledo, Cirilo Alameda y Brea, el pretendiente Carlos Luis de Borbón y su hermano Fernando de Borbón, así como algunos militares y funcionarios, embarcó tres mil hombres de las guarniciones ubicadas en Baleares con destino a las cercanías del Delta del Ebro con la intención de provocar la rebelión de varios cuarteles en Cataluña y forzar la abdicación de Isabel II. La pequeña escuadra estaba compuesta por cinco vapores y dos buques de vela y había zarpado para San Carlos de la Rápita el 1º de abril de 1860.
Previamente, el general había sido aleccionado por elementos carlistas de que la reina abdicaría en el momento en que varias unidades se unieran a la sublevación. Don Carlos le concedió el título nobiliario de conde de Ortega. La proclama del pretendiente decía: "A nadie considero como enemigo mío, a nadie rechazo, a todos llamo y todos los españoles honrados y de buena fe caben bajo la bandera de vuestro rey legítimo".
Ramón Cabrera había desaconsejado a Carlos VI su participación por considerar que no tenía ninguna posibilidad de éxito y porque era una acción no dirigida por el carlismo. Sin informar a la tropa y con el conocimiento de muy pocos oficiales, la expedición llegó a las cercanías de San Carlos de la Rápita el 2 de abril, no sin antes haber sufrido un intento de amotinamiento por parte de los soldados que sospechaban de las intenciones del general Ortega.
El mismo día, tras el desembarco, se arengó a la tropa a marchar sobre la ciudad de Tortosa sin informarle sobre los motivos. El descontento creciente hizo que al amanecer del día 3, varios oficiales indicaran su negativa a continuar la expedición si no se les daban explicaciones.
El coronel Rodríguez Vera dio vivas a la reina y al gobierno, a lo que la tropa respondió de forma casi unánime. Entonces Ortega creyó necesario realizar una arenga en favor del pretendiente carlista que estaba presente y oculto.
La animadversión de los oficiales y la tropa a las pretensiones del general fueron inmediatas, lo que obligó al pretendiente carlista a huir camino de Ulldecona para evitar las iras del ejército. Sólo algunos suboficiales apoyaron a Ortega, pero la mayoría del ejército se negó a marchar sobre Tortosa, dando vítores a Isabel II.
Ortega exclamó: "¡Me han vendido!", pues conoce entonces de primera mano que su acción no ha merecido mucho interés por el gobierno y que, al contrario de lo que le habían prometido, Isabel II no había abdicado.Tras la huida, el general Ortega fue capturado cerca de Calanda.
Juzgado por un tribunal militar en consejo de guerra el 17 de abril es condenado ilegalmente a muerte por alta traición y fusilado en la mañana siguiente. Ortega cumplió con su juramento de hacer algo grande o morir en su intento, no delató a ninguno de sus cómplices en la patriada. Murió cristianamente, con hidalguía y fiel a la causa de Dios, Patria y Rey.
El pretendiente Carlos y su hermano Fernando fueron también apresados por la Guardia Civil el 21 de abril, pero fueron amnistiados después por el gobierno a cambio de que ambos firmaran su renuncia al trono de España y sus derechos dinásticos, cosa que hicieron, siendo deportados a Francia. Fracasado el movimiento, sólo algunas partidas fieles se levantaron, pero pronto fueron aniquiladas y se fusiló a muchachos en las minas de Baracaldo y en Carrión (Palencia).
Un importante testimonio de 1866 recoge este episodio titulado Memorias de un zaragozano, copian un fragmento de otro texto más amplio hasta ahora no identificado. El relato arranca de las notas redactadas por Francisco Cavero, hijo de los condes de Sobradiel, ayudante de campo del general Ortega en el momento de la sublevación.
Esta es la parte más interesante de la fuente documental por provenir de un testigo directo de los acontecimientos. Continúa la narración puramente histórica de lo sucedido durante el alzamiento militar, que el autor compone a partir de los relatos periodísticos de la época: “Cabrera, que había faltado a su palabra al no venir con nosotros, coronó su obra diciendo en público que el movimiento no era carlista y que por eso no lo había secundado. El final de nuestro viaje fue que cuando vieron los que con nosotros se hallaban que nadie respondía al llamamiento hecho y que en la península no esperaba ninguna fuerza de paisanos dispuesta a tomar las armas que traíamos a bordo, comenzaron a desmayar y algunos de los que habían tomado parte principal en el complot conspiraron contra Ortega. Procuramos hacer saber al país la llegada del rey, pero hubo poco tiempo para todo. Antes que nuestros planes tomasen cuerpo, el teniente coronel del Provincial de Tarragona nº 51: Sr. Rodríguez Vera, inició el contra movimiento en un instante en que el general Ortega se hallaba con todos nosotros separado del núcleo de las tropas. El fusilamiento del general Ortega fue el desgraciado final de aquellos acontecimientos. Probar que este hecho fue una especie de asesinato jurídico, es muy fácil. Su causa fue fallada y concluida sin evacuar una sola cita. El viaje a la península y todos los actos del general realizados después del desembarco, estaban justificados con órdenes del ministro de la guerra y capitanes generales de provincias, pero nadie se tomó el trabajo de ver si estas órdenes, que difícilmente podían diferenciarse de las verdaderas, eran o no exactas. Ortega recusó al fiscal por haber tenido con él cuestiones personales y tampoco se tuvo en cuenta dicha recusación. Descanse en paz el mártir de la honradez que por no querer hablar de sus cómplices fue más pronto que todos ellos a gozar del premio que Dios reserva a los justos. Ahora que he escrito estos apuntes, comprenderás lo difícil que era para mí el darlos; todavía recuerdo muchos detalles que harían más novelesca la historia pero no digo más por hoy. A tu insistencia se debe que yo haya consignado por escrito todo esto. Puedo asegurarte que son los primeros apuntes que he hecho de lo ocurrido en aquella memorable jornada. La circunstancia de ser Ortega aragonés, hijo de la villa de Tauste y descendiente de una linajuda familia de gran arraigo en el país, contribuyó a que el levantamiento hiciera mucho ruido en toda nuestra región. No cuenta Cavero detalladamente cómo se frustró el alzamiento y es necesario que lo digamos nosotros. Desembarcadas las tropas en San Carlos de la Rápita, tomaron al amanecer del día siguiente el camino de Ulldecona, descansando, después de una larga jornada, en el punto conocido por Coll de Creu. Al darse de nuevo el toque de marcha, los jefes y oficiales puestos ya de acuerdo para no seguir a Ortega, se negaron a obedecer resueltamente y entonces el coronel Rodríguez Vera gritó: “¡Soldados, viva la reina! ¡Viva el gobierno constituido!” Las tropas contestaron con vivas unánimes y entusiastas. Ortega al ver tan inesperado accidente, montó a caballo, picó espuelas y se lanzó a escape seguido de sus ayudantes Francisco Cavero, Antonio Moreno y Tomás Ortega, primo hermano del general y magistrado de la Audiencia de Mallorca. También les siguió el ordenanza Zacarías Aznar. Tomaron la dirección de Figuenels y Mas de Barberán y por el puesto de Beceite llegaron a Caltelserás, donde pidieron refugio en una casa, pero con tan mala fortuna que, siendo el dueño de ella uno de los pocos liberales de aquel pueblo, debió delatar a las autoridades la presencia de los fugitivos. El resultado fue la prisión de éstos por fuerzas de la Guardia Civil cuando se hallaban descansando junto a las tapias del cementerio de Calanda, mandadas por el comandante del puesto de dicho pueblo, D. José Muñoz y Conejo y el cabo Tabajas. Ortega y sus amigos cayeron en poder de los guardias cuando huían camino de Alcorisa a ocultarse, sin duda, en la casa que poseía en aquel pueblo el Barón de la Linde, D. Enrique Muñoz, cuñado de D. Francisco Cavero. Conducidos al castillo de Alcañiz, fueron luego trasladados a Tortosa juntamente con D. Mariano Montaner, D. Ramón Edo y D. Epifanio Pérez Portillo, comprometidos también en el alzamiento y escapados desde Coll de Creu. El gobierno ordenó al entonces capitán general de Cataluña, D. Domingo Dulce que procurase el riguroso castigo de los culpables. Al enterarse la aristocrática familia de Sobradiel del riesgo que corría la
vida de su hijo, puso en juego todas sus valiosas influencias. Su respetable señora doña María Teresa Álvarez de Toledo y Palafox, madre de Paco Cavero, salió a escape para Madrid en un coche de postas, matando caballos en el viaje para llegar pronto a la Corte. Recibida por la reina doña Isabel, imploró el perdón de su hijo y el de todos los prisioneros. Para conseguir el indulto intercedieron también todos los parientes de la casa de Sobradiel, condesa de la Romana, condesa de Montijo, la emperatriz Eugenia, Medina Sidonia, marqueses de Lazán, duque de Bivona, Fernán Núñez, Xiquena y otras linajudas personalidades que vivían en íntimo trato con la reina. Cavero y sus compañeros se salvaron, pero no pudo lograrse el indulto del mariscal de campo, D. Jaime Ortega, que fue puesto en capilla en Tortosa, donde permaneció tres días sin perder ni por un momento la presencia de ánimo, suponiendo que el perdón vendría en atención a los poderosos personajes que se hallaban comprometidos. Perdida ya la esperanza, el general dijo a su confesor momentos antes de la ejecución: “Sentiría que viniera el indulto porque estoy muy
bien preparado para morir. Y murió fusilado en efecto el día 18 de Abril a las tres de la tarde. No hizo ninguna revelación, y si las hizo tuvieron carácter confidencial y secreto. Tal vez desahogase su corazón con su confesor D. Benito Sanz y Foret, canónigo de la catedral de Tortosa, que muy pronto fue consagrado Obispo, pero éste se las llevó al sepulcro cuando murió hace siete años ocupando el arzobispado de Sevilla. D. Jaime Ortega era un militar de brillante historia, de reconocido valor personal y de gallarda figura. En la fecha de su fusilamiento, contaba 42 años de edad y hallábase casado con doña Francisca Ballesteros. De este matrimonio habían nacido dos hijos: D. Leopoldo, ayudante de su padre, que no pudo acompañarle en la expedición a S. Carlos de la Rápita por encontrarse en cama, a causa de una dislocación en un pie, y doña Julia, casada con el conde de S. Simón. Aún vive hoy en su casa solariega de Tauste y pasa algunas temporadas en Zaragoza, la venerable señora doña Ventura Ortega, de 86 años de edad, hermana del general, que recuerda con precisa exactitud todos aquellos tristes sucesos que rodearon a la muerte de su malogrado hermano. Ella conserva como sagradas reliquias, el pañuelo de seda con que le vendaron los ojos a Ortega para fusilarle y otro de bolsillo con las iniciales J. O. que recogió del ataúd al ser trasladados los restos mortuorios desde Tortosa al panteón de Tauste hace tres años. Doña Ventura hallábase casada con D. Jacobo Olleta, rector de
esta Universidad en la época a que se refieren estas memorias. El Sr. Olleta sufrió también las consecuencias de la persecución de que fue objeto toda la familia. Poco después fue trasladado con igual cargo a la Universidad de Oviedo y más tarde repuesto en la de Zaragoza. Murió en Tauste el año de 1877. Todos los parientes se interesaron mucho por la suerte del general, a quien profesaban extraordinario cariño. En la capilla le acompañó hasta los últimos instantes D. Pedro Olleta, hermano de D. Jacobo, presidente que fue de la Diputación de esta provincia y don Ramón Brasé, digno magistrado de la Audiencia de este territorio. También personas extrañas a la familia de Ortega pusieron gran empeño en salvarlo o en consolarlo. Recuerdo que por aquella
fecha se contaba que una dama de extraordinaria belleza que simpatizaba con la Causa había hecho un viaje a Tortosa y visitado a Ortega en la capilla proponiéndole a éste la fuga mediante el teatral e inocente recurso del cambio de trajes. Como es de suponer, el general no aceptó el descabellado ofrecimiento. Ya esto demuestra los afectos que inspiraba el desgraciado general. Hoy, al contemplar el retrato que guarda su hermana doña Ventura, me explico perfectamente que causara inmenso duelo la muerte de aquel hombre de arrogante figura y noble aspecto. Vivía el general Ortega algunas temporadas en Zaragoza, alojándose en la casa señalada con el nº seis de la plaza de la Constitución, casa que aún se llama de Ortega y cuyo solar heredó de su suegro Ballesteros, hermano del general del mismo apellido, ambos descendientes de ricos hacendados del pueblo de Brea. Para terminar, la Historia, con haberse ocupado mucho del pronunciamiento de San Carlos de la Rápita, no ha conseguido poner en claro las causas de la sublevación ni los móviles ocultos que impulsaron a [ilegible] la realizaron. La única consecuencia [ilegible] mes, hicieron en Tortosa solemne renu[nunciación] [ilegible] el llamado Conde de Monte Molín, D. Carlos Luis de Borbón y de Braganza y su hermano D. Fernando, hechos prisioneros en Ulldecona, juntamente con Elío cuando seguían de lejos, metidos en dos tartanas, el movimiento
de las fuerzas de Ortega”.


Bibliografía:


El Faro Nacional. Revista de jurisprudencia, de administración, de tribunales, de notariado y de instrucción pública, Madrid, Martes 24/V/1859.
GALÉ CASAJÚS, Enrique, “Un texto desconocido sobre la muerte del general Ortega”, en Boletín informativo Grupo de Historia de Tauste n° 3, Tauste, Agosto del 2002.
INSTITUTO SALAZAR Y CASTRO, Suplemento al elenco de grandezas y títulos nobiliarios españoles. Apéndice II: Títulos vacantes y títulos extranjeros cuyo uso fue autorizado en España, Ediciones de la revista Hidalguía, Madrid, 1991.
PIRALA, Antonio, Historia Contemporánea. Anales desde 1843 hasta la conclusión de la última guerra civil, Imprenta de Manuel Tello, Madrid, 1876, II.




Isabel II (por Federico Madrazo).

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