jueves, 19 de enero de 2012

LOS HERMANOS IRAZUSTA Y EL PUNTAPIÉ INICIAL DEL REVISIONISMO HISTÓRICO



Julio Irazusta.
Rodolfo Irazusta.

Por Julián Otal Landi




El mismo año en que moría Hipólito Yrigoyen, aislado e incomunicado, se firmaba en Londres el Pacto Roca-Runciman, que regulaba el comercio de carnes entre la Argentina y Gran Bretaña con importantes beneficios para este último, mientras que por el lado argentino los grupos invernadores eran los únicos privilegiados del acuerdo. Figuras vinculadas a la ganadería y perjudicados del escandaloso acuerdo como Lisandro de la Torre salieron a la denuncia pública.
             También los Irazusta se veían perjudicados: siendo dueños del Frigorífico Gualeguaychú, se encontrarían en inferior condiciones por los beneficios otorgados a los frigoríficos extranjeros en el suscripto Pacto. En 1934 daría a la luz uno de los libros fundacionales del revisionismo histórico argentino: La Argentina y el imperialismo británico. Los eslabones de una cadena, 1806–1933, escrito por Rodolfo y Julio Irazusta: “La crisis mundial y las revoluciones que conmovieron a la Argentina en las décadas subsiguientes fueron mejor campo de cultivo para la influencia británica que todas las vicisitudes nacionales anteriores, excepto la que siguió a la disolución del gobierno central en 1820. Mientras la mayoría de los gobiernos civilizados, sin tener en cuenta su mayor o menor fuerza, enfrentaban las circunstancias con espíritu renovador, entre nosotros ocurrió al revés. A la conservación del mercado tradicional para nuestras exportaciones, se sacrificó el desarrollo por medio del tratado Roca–Runciman, que prohibió al capital argentino perseguir fines de lucro privado en la industria elaborada de la ganadería, y prometió mayor benevolencia para los capitales británicos (Rodolfo y Julio Irazusta, La Argentina y el imperialismo británico)”.
             El libro en cuestión fue producto de la crisis que acongojaba al país desde la segunda presidencia yrigoyenista, significando definitivamente el detonante que había provocado el mencionado acuerdo argentino–británico. El propio Irazusta confesaba que “hasta 1930 mi interés por la historia patria no había sobrepasado el que puede tener todo joven en trance de formarse una cultura y examinar o enjuiciar la realidad que lo circunda. Había acompañado a Ernesto Palacio, a Juan E. Carulla y a mi hermano Rodolfo Irazusta en una empresa política, lo que comportaba cierta presunción de conocer del pasado nacional, lo preciso para ubicarme en el presente y orientarme hacia el porvenir. Pero no había hecho de la historia un estudio especializado, como el que haría más tarde”.
            De esta forma, la revisión historiográfica se da a partir de la convulsión económica. Hasta entonces, referentes del nacionalismo, como eran los hermanos Irazusta, no se habían planteado la incidencia de Gran Bretaña sobre la historia nacional; es más, tampoco se creían necesaria la revisión hacia la figura de Rosas. En sus Ensayos históricos, Julio Irazusta planteaba su reserva incluso hacia la publicación por los años treinta de la obra del mexicano Carlos Pereyra con su Rosas y Thiers: “...mi hermano Rodolfo propuso que publicáramos el Rosas y Thiers... Ernesto Palacio y yo fuimos de opinión contraria. Recuerdo que me basaba en este criterio: que si bien podíamos ser osados al exhumar textos comprometedores de teoría política, desde que ya teníamos criterio formado sobre las ideas generales de la materia, no convenía desafiar la opinión imperante provocando la discusión sobre Rosas...”
             Finalmente, la crisis del treinta, la decepción uriburista había provocado en Julio Irazusta la necesidad de abordar la problemática de la historia; y el descubrimiento de la obra de Adolfo Saldías fue fundamental para él al momento de entablar la conexión de los intereses británicos en el Plata y la oprobiosa alianza que tuvo con los unitarios. De esta forma, La Argentina y el imperialismo británico, significó en primer medida una denuncia hacia el llamado estatuto legal del coloniaje que sufría el país, además de emprender el puntapié oficial para el cuestionamiento hacia la historia oficial fundada por el mitrismo. Irazusta plantea la problemática y la falta de integración que habían llevado a cabo los intelectuales que le habían dado rienda a la historiografía hegemónica, y su crítica iba dirigida tanto los oficialistas como para los primeros revisionistas surgidos a finales del siglo XIX (Saldías, Quesada) encontrando su origen en el carácter liberal: “La tradición unitaria, aún dueña de la enseñanza oficial, en el afán de estancar el juicio histórico donde lo dejaron sus antepasados, entorpeció el desarrollo nacional en todos sus aspectos, anquilosando su diplomacia, ahogando su economía, puerilizando su arte, haciendo refleja su filosofía, salvo excepciones rarísimas en todos los campos del espíritu nacional. Por su parte la opinión revisionista, se extravió también, añorando restauraciones imposibles, reproduciendo métodos de guerra civil en épocas de profunda paz interna y externa. Y por su tendencia a tomar del gran caudillo, en torno al cual debe racionalmente centrarse la revisión, las recetas de violencia, antes de ductilidad, dificulta el planteo científico del problema, único que puede y debe reconciliar a los argentinos por encima de sus trasnochadas banderías. Entre la servil imitación de un ejemplo histórico y el aprovechamiento de sus enseñanzas en condiciones diversas, hay una enorme diferencia. Lo operable, a inspiración de una buena escuela del interés nacional, cuando las circunstancias han variado, puede consistir en hacer no lo mismo sino a veces lo contrario del maestro.(...)Imposible ofrecer aquí todas las pruebas que voy acumulando en volúmenes sobre la flexibilidad de Rosas para evolucionar ante las vicisitudes de su época. (...)Tomemos su política económica, la más relacionada al problema constitucional argentino, como lo sostengo en mi examen de la suma del poder...de todas las evoluciones lo interesante no son los detalles por sí mismos, sino su adecuación al proceso en cada caso, y la cualidad espiritual de quien los adoptaba...la conducta de Rosas no por ser la de un teórico de la ciencia económica y financiera, sino la de un gobernante responsable, es un modelo en las dos”.
              Cuando el referido libro fundacional salía a luz en 1934 fue bien recibido por el grupo intelectual. En una carta felicitándolo, Ravignani le decía que la obra en cuestión le parecía “muy bien intuida y acertadamente encarada”. En definitiva, lo destacable de La Argentina y el imperialismo británico son diversos factores que estarán presentes a partir de ahí en la bibliografía revisionista:

*La ingerencia de Gran Bretaña dentro de la historia nacional y la suscripta dependencia económica.
*La traición de la oligarquía que anteponía sus intereses frente a los intereses de la patria.
*La figura de los caudillos y particularmente la de Juan Manuel de Rosas, como defensores de la tradición hispánica, la unión de los pueblos ante la prepotencia extranjera, su posición antiliberal y la defensa de la soberanía.
*La obra de los Irazusta concitó el apoyo de jóvenes provenientes de otros sectores políticos, como el caso de Ramón Doll, militante por entonces socialista, que desde Claridad en mayo de 1934, aplaudía la aparición del libro y refiriéndose a la oligarquía manifestaba: “Los autores observan cómo nuestras clases dirigentes a lo largo de la historia y ahora, especialmente, representan al país en su aspecto de mercado, y como la necesidad sentida por esas clases de enriquecer y enriquecerse, han subordinado siempre la autarquía y la soberanía nacional” .
              Es interesante mencionar que la época estuvo signada también por la búsqueda del ser nacional, hecho no desdeñable y que está intrínsecamente vinculado al momento de necesidad de identificación, de explicar necesariamente el pasado y el porvenir. Desde distintos ámbitos y posturas cada uno emprendían esa empresa: así Scalabrini Ortiz postulaba su búsqueda del Espíritu de la tierra en  El hombre que está solo y espera que salía en 1931 y a lo largo de sus reediciones iba a acompañar la evolución política de su autor ; Eduardo Mallea postulaba lo suyo en Historia de una pasión argentina, Ezequiel Martínez Estrada establecía su escéptica y decadente determinismo con Radiografía de la Pampa; el escritor nacionalista Manuel Gálvez, publicaba en 1933 Este pueblo necesita... que planteaba la necesidad histórica de la aparición de un caudillo que lidere y conduzca el pueblo, una idea para nada foránea pues el tipo de paternalismo que efectuaba el caudillo era de tradición hispánica pero venía a la luz a partir de lo que acontecía en Europa: había solo dos caminos que transitar o Moscú o Roma; y para evitar “el horror comunista con sus crímenes, con su satánico poder destructor, con su aniquilamiento del hombre, con su ateísmo militante” es necesario interponer otra fuerza que se le oponga “la mano de hierro del fascismo, violenta, justiciera, salvadora”.

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