domingo, 20 de enero de 2013

DESDE SANTIAGO DEL ESTERO: EL TEJIDO DE LA IDENTIDAD NACIONAL




Por Hebe Luz Ávila*


Para encarar nuestro relato histórico es menester determinar un comienzo de la historia argentina haciendo un corte en el devenir de los acontecimientos. Como todo ser que se origina, nuestro país “viene siendo” desde antes; ha ido configurándose en innumerables antecedentes. En efecto, su territorio ya existía desde tiempo inmemorial, lo mismo que su población aborigen. Pero así como es necesaria la unión de los padres para que se geste el nuevo ser, el encuentro de dos mundos fue punto de partida definitorio de lo que hoy es nuestra nación, por lo que a partir del 1492 se precipitan los acontecimientos que lo irán consolidando. Las primeras entradas de los conquistadores españoles –como la de Diego de Rojas en 1543- van prefigurando el inminente nacimiento, hasta la creación de la primera ciudad que perdure. De allí saldrán luego los fundadores y los recursos para la formación de otros pueblos y se establecerán las instituciones fundamentales para constituir lo que luego devendrá en una nueva nación. Y será la Ciudad de Barco la primera de lo que es hoy la República Argentina, fundada el 29 de junio de 1550 por el Capitán Juan Núñez de Prado y asentada definitivamente el 25 de julio de 1553, cuando Francisco de Aguirre la traslade con el nombre de Santiago del Estero.

Hacia una trama con todos los hilos

Entendemos que se hace necesario rescribir una historia más ecuánime, más cercana a los hechos, con todos los actores. Un texto –tejido- donde se muestren en su justo lugar los hilos que forman la trama, principalmente por eso de que “la historia es maestra de la vida”. Nuestro objetivo en la limitación de estas páginas será comenzar la urdimbre (1) o basamento de la historia argentina, es decir el principio que entendemos evidente, y señalar especialmente los “hilos” que hoy le faltan a la trama, concentrándonos en el protagonismo femenino y en el del sustrato popular, que contribuyeran en la conformación de nuestra actual identidad.

La urdimbre: mujeres de mundos encontrados

Obviamente, las primeras mujeres que habitaron el territorio de lo que hoy es nuestro país fueron las aborígenes. Casi no nos han llegado noticias de ellas, pues en las crónicas de entonces figuraban solo accidentalmente y despersonalizadas, y en especial las que pertenecían a niveles sociales privilegiados, o las emparentadas con los conquistadores. Del estudio de las cosmogonías y cosmovisiones contenidas en los códices, crónicas coloniales, y de las contribuciones arqueológicas, concluimos la tesis mayormente sustentada de las relaciones no jerárquicas entre sexos de las culturas prehispánicas. Así, no sólo hay una valoración equivalente del trabajo de ambos sexos en las sociedades campesinas originarias, sino que también se ha determinado un poder social compartido. De esta situación original se sale abruptamente y se ingresa al patriarcado español, con sus fuertes mecanismos de imposición colonial de orden legal, político y especialmente religioso. Ello provocó una total sumisión que derivó en la explotación económica, mayor en las mujeres indias que en los hombres, pues debían cubrir todas las tareas de los servicios domésticos, a la par que la humillación del abuso sexual, todo lo cual las colocaba en una situación de extrema vulnerabilidad. A las mujeres indias que ya habitaban lo que sería nuestro territorio, se les suman las traídas por los españoles en las primeras entradas y luego en la conquista y fundaciones. Se ha estipulado –con algunas diferencias en los registros- que los españoles de la primera entrada, con Diego de Rojas, eran aproximada ciento noventa, en tres columnas. Numerosos trabajos históricos indican hasta los nombres de los primeros conquistadores. Lo que no se ha podido establecer es cuántos aborígenes los acompañaban. En un documentado trabajo de Ricardo J. Nardi (2), leemos que venían “muy bien aderezados y apercibidos de armas y caballos y (…) había gran servicio de negros, negras, indios, indias, y muchos indios amigos”. Lo cierto es que, en 1573, en carta al rey de España, Jerónimo Luis de Cabrera informa de la existencia de más de seiscientas poblaciones que debían albergar a unos treinta mil indígenas, los que se extinguieron en breve lapso debido al esclavizante trabajo en las encomiendas. En el primer periodo de la conquista, la mujer española fue muy escasa. Los hombres se amancebaban con nativas de diverso origen étnico y social, aunque a veces se elegían princesas autóctonas, o hijas de caciques, como una manera de establecer relaciones de paz y cooperación con sus pueblos. En poco tiempo tenemos noticias de la presencia de mestizos, incluso ya en las primeras entradas desde el Perú en el territorio que luego sería argentino. Como ejemplo de lo que ocurría en todo el nuevo mundo, destaquemos que Asunción, establecida en 1537, fue llamada “El Paraíso de Mahoma”, pues como lo atestigua el capellán González Paniagua en una carta al rey en 1545 “acá tienen algunos a setenta [mujeres]; si no es algún pobre, no hay quien baje de cinco o de seis; la mayor parte de quince y de veinte, de treinta y cuarenta”. Las crónicas estipulan 500 mestizos en la Asunción de 1545 –a solo ocho años de sus comienzos- y en 1570, López de Velasco hace referencia a dos mil mestizos y otras tantas mestizas. Parte de estos “mancebos de la tierra” integrarían luego las expediciones para la fundación de nuevas ciudades en nuestro territorio, como Santa Fe en 1573, cuando setenta y cinco de ellos, cinco españoles y numerosos guaraníes acompañaron a Garay en la empresa. No conocemos referencias de que con Diego de Rojas entraran mestizos, pero Lucía Gálvez presenta el interesante dato de que “en la nómina de los hombres que acuden desde Santiago en 1567 convocados por Diego Pacheco para poblar la ciudad de Talavera del Esteco figuran once “mancebos de la tierra” (3). Diez años después, en la rendición de gastos del viaje del mismo Diego Pacheco para castigar a quienes participaron de la prisión de Francisco de Aguirre, se registran los nombres de también once “mancebos de la tierra” (4). Asimismo, del listado de los ciento once fundadores de la ciudad de Córdoba, el 6 de julio de 1573, veintitrés eran nacidos en América y eran blancos mestizos y un indio, de los
cuales Moyano Aliaga (5) destaca dos santiagueños. Mancebos de la tierra, mestizos de la tierra, o hijos de la tierra es la fórmula elíptica de callar a la madre india y a esta realidad del concubinato o amancebamiento -cuando no de adulterios- que termina justificándose: “Se hace más servicio a Dios en hacer mestizos que en el pecado que con ello se hace”. La expresión, que se atribuye a Francisco de Aguirre, no está exenta de dramaticidad, al intentar disimular el origen pecaminoso de los mismos. Doblemente marginada - como mujer y como india- sólo en contadas ocasiones la mujer indígena adquiere protagonismo. Ocurre así con algunos matrimonios entre español e india, generalmente cuando representaba una ventaja considerable para el blanco. Y es que los primeros colonizadores muy pronto tuvieron la aprobación de las autoridades para casarse con nativas. Es el caso, en nuestro territorio, de doña Teresa de Ascencio, hija del cacique de Angaco, que se uniera en matrimonio con el capitán don Juan de Mallea cuando se fundó la ciudad de San Juan. “Fue la primera mujer del valle de Tulum que unió su sangre a la raza blanca”, nos dice Elsa Jascalevich (6). Una historia similar nos llega de los Michilingües, que habitaban el Valle del Chorrillo y el sur de lo que hoy es la ciudad de San Luis. Desde su llegada, los conquistadores establecieron una alianza con un importante cacique llamado Koslay. Su bella hija Arocena, que luego fuera bautizada Juana, se casó con el oficial español Gómez Isleño, el que recibió la merced de las tierras de Río V, hasta el límite con Córdoba. A su vez, Juana fue condecorada con el honroso título de Señora de Primera Clase por una real cédula del rey de España. En la provincia de San Luis hay una importante localidad con el nombre de Juana Koslay, y una hermosa escultura de esta mujer, que se considera antecesora de notables familias puntanas y personajes reconocidos de la historia de esta provincia, como el Coronel Juan Pascual Pringles. No quedaron en las primeras entradas mujeres españolas en los pueblos fundados. Sí las aborígenes peruanas, araucanas y del Alto Perú que venían como compañeras o servidoras de esos hombres. Ellas cumplieron una valiosa función cultural, al armonizar con las de estas tierras su arte del hilado y el tejido y otras técnicas que traían de sus civilizaciones. Fueron estas mujeres – indudablemente numerosas a pesar del manto de silencio que hubo sobre ellas- las que contribuyeron a la vida social y doméstica, al inicio de la actividad económica y a que la vida se perpetuara en estas ciudades que estaban fundando la patria. Aunque casi no podemos identificar a las mujeres originarias, si conocemos los nombres de las tres primeras españolas que pisaron estas tierras, con la entrada de Diego de Rojas en 1543: Catalina de Enciso, María López y Leonor Guzmán. A partir de los intentos en estas últimas décadas de cubrir las oquedades de la historia, varios libros las erigen en protagonistas (7), sobre todo a la primera, compañera de Felipe Gutiérrez, por su vida novelesca. No quedaron a vivir en nuestro territorio, pero de los padecimientos sufridos en la expedición derivamos que deberían ser por lo menos decididas, abnegadas y valientes, pues los testimonios dan cuenta de que realizaron verdaderas hazañas. En Catalina de Enciso reconocemos una función muy propia de las mujeres en todos los tiempos: la de curar, atender heridos y enfermos. Sabemos que fue la que atendió a Diego de Rojas en su terrible padecimiento luego de que fuera herido con una flecha envenenada por los aborígenes y, al parecer, habría seguido a uno de ellos hasta descubrir las hierbas que empleaban como antídoto. A María López parece haberla distinguido su ferviente religiosidad. Desde el comienzo de la expedición se ocupa de preparar el altar para que el padre Francisco Galán, de la Orden de los Comendadores de San Juan, oficie sus misas. Cuando se acaban las hostias que cargaron al partir, ella fabricará nuevas con harina de maíz, nos cuenta Fina Moreno Saravia (1990). Luego de la muerte de Rojas, Francisco de Mendoza queda al mando de la expedición, y en Soconcho, a la orilla del actual río Dulce, funda Medellín. Se trata del primer asentamiento español del Noroeste, erigido con las formalidades de rigor, pero que no perduró. Allí el padre Galán, con especial ayuda de María López, levanta la primera capilla, con su altar y rústicos bancos de algarrobo. En ella se realizará “el primer casamiento ante un altar por Ley de Dios”(8), el de María López con Bernardino de Balboa. Recién cuando el poder estuvo consolidado llegaron las españolas en calidad de esposas, hijas y hermanas. La gran mayoría hoy nos son desconocidas, mujeres anónimas, que tras sus hombres – aunque muchas veces solas- se lanzaron a lo desconocido, al peligro de las lejanas Indias. Allí dejaron huellas, algunas dando carácter heroico a la gesta, y todas asentando las bases de un nuevo mundo, que más que el descubierto sería el creado por ellas, principalmente desde el ámbito de la familia y los hijos. La mujer española que vino a estas tierras tuvo desde un primer momento un papel importante, si se atiende a los objetivos de la colonización de América que, como postulaba Isabel I de Castilla, serían de evangelización y establecimiento de un modelo de familia cristiana, a fin de conformar una sociedad similar a la de la península. La reina hizo suyo el pensamiento de Nebrija (“Su alteza, la lengua es el instrumento del Imperio”) y pensó que este nuevo mundo siempre sería español si hablaba y rezaba en español. La evangelización fue el motor inicial de la empresa, y por ello afirmó que nuestra Santa Fe sería acrecentada y su real señorío ensanchado. Para evangelizar era necesario colonizar, y para ello se promovió la llegada de un número suficiente de mujeres como para instaurar en los nuevos territorios el modo de vida español y lograr que perdurase. En las primeras ciudades fundadas en lo que luego sería la República Argentina, los pocos nombres que toman relieve son los de señoras principales, como Doña María de Torres y Meneses, esposa de Francisco de Aguirre, quien luego de quince años en el nuevo mundo la mandó a traer de su Talavera natal, o doña Catalina de Plasencia, esposa del capitán Juan Gregorio Bazán, camarada de Aguirre en sus campañas. Luego de veinte años sin ver a su marido, esta última atravesó el océano acompañada de su hija, María, el marido de ésta y sus tres nietos. En el camino hacia Santiago del Estero, cerca del pueblo de Purmamarca, murieron en un feroz ataque de los indios el capitán Bazán y su yerno. Las primeras mujeres españolas que se instalaron en la época inaugural de la patria traen “los implementos de la cultura y la técnica europea”, “las telas para vestirse, los libros con qué enseñar, y la semilla o el animal destinados a dar vida a nuevas especies hasta entonces desconocidas en el nuevo mundo”(9).

Los hilos de la trama se entrecruzan

De entre estas mujeres españolas rescatamos algunos casos paradigmáticos con nombre propio, como el de la esposa de Jerónimo Luis de Cabrera, Luisa Martel de los Ríos, “la primera gobernadora que conoció Santiago y le ayudó con eficacia en su labor oficial y pobladora” (10). Abrevando en la Genealogía (11) encontramos datos muy interesantes de esta noble señora, como que fue hija de Gonzalo Martel de la Puente, Señor de Almonaster, Regidor de Panamá, y de doña Francisca Lasso de Mendoza Gutiérrez de Los Ríos. A los catorce años sus padres, trasladados al Cuzco, la casaron con el Capitán conquistador Sebastián Garcilaso de la Vega y Vargas, de alrededor de 50 años. Éste había convivido con la Ñusta Isabel Chimpú Ocllo -nieta del último soberano del Tahuantinsuyo Huayna Capac- con la que engendró al que luego sería el famoso escritor Inca Garcilaso, del cual la joven Luisa se convertiría en madrastra. Con el veterano primer esposo Luisa tiene una hija, Blanca de la Vega y Martel, que fallece “en tierna edad”. También fallece el capitán Sebastián, por lo que su joven viuda, a los veinte años, se casa en segundas nupcias con Jerónimo Luis de Cabrera, en la ciudad de Lima, donde residen el primer tiempo y luego en la villa de Ica, fundada por Cabrera en el Perú. Allí irán naciendo sus hijos. En 1571, el Virrey Francisco de Toledo nombra a Jerónimo Luis de Cabrera Gobernador de la provincia del Tucumán, Juríes y Diaguitas, en lugar de Francisco de Aguirre, que había sido encarcelado en Lima por la Inquisición. De este matrimonio principal nos interesa destacar que, en pocas generaciones, su descendencia fue entrecruzándose con la de importantes protagonistas de la conquista y colonización, y en breve tiempo encontramos que las más ilustres personalidades se entroncan en ellos. Así, su hijo Gonzalo Martel de Cabrera se casó con doña María de Garay, hija de Juan de Garay, fundador de Santa Fe y Buenos Aires. De este matrimonio nacería Jerónimo Luis de Cabrera y Garay, el que en 1641 fue nombrado Gobernador del Río de la Plata, en 1646 se trasladó también como Gobernador de Chucuito, en el Perú y finalmente retornó a Tucumán, en 1659, como Gobernador y Capitán General de esa provincia, encargado de liquidar la guerra calchaquí. Este nieto de doña Luisa Martel de los Ríos y Jerónimo Luis de Cabrera contrajo matrimonio con Isabel de Saavedra Becerra, hija de Hernando Arias de Saavedra – Hernandarias-, cuatro veces Gobernador del Río de la Plata. A su vez, otro hijo de la pareja original, Pedro Luis de Cabrera Martel, fue Alguacil Mayor del Santo Oficio entre 1586-1587 y en distintas oportunidades, entre 1592 y 1619, Alcalde en el Cabildo cordobés, Alférez Real, Teniente de Gobernador, Regidor, Mayordomo del Hospital y Procurador General de la ciudad. En Córdoba se casó con Catalina de Villarroel, hija de Diego de Villarroel, fundador de Tucumán. De entre sus diez hijos, nos interesa nombrar a Luisa Martel de los Ríos, que casó con el General Sancho de Paz y Figueroa. Ellos dieron origen a los Paz y Figueroa, distinguida familia de la que desciende la beata Antonia de la Paz y Figueroa– “Mama Antula”, como la nombraban cariñosamente los aborígenes-, una de las personalidades más luminosas de América. El matrimonio será la base para componer el tejido social por medio del parentesco y –consecuentemente- reforzar la posición social de la familia y de los individuos que la constituían. Para los españoles que se establecían en las nuevas tierras, estas redes familiares comenzaron a planificarse en el siglo XVI y se desarrollaron en los siglos siguientes. De esta manera, la extensa e importante descendencia de este matrimonio - de la que solo mencionamos una mínima parte- va a desembocar, en 1816, en Jerónimo Salguero de Cabrera, Diputado por Córdoba al Congreso que declaró la Independencia Argentina en 1816 y casi un siglo después en el presidente argentino José  Figueroa Alcorta.

Un núcleo familiar paradigmático

Si hay un protagonista de esta gesta cuyo accionar de conquistador y colonizador abarca casi medio siglo de trajinar con reconocida intrepidez la mayor cantidad de territorio de América del Sur, desde Panamá hasta el sur de Córdoba, y desde La Serena en Chile, hasta la por fundar Santa Fe, éste es el Capitán Hernán Mexía de Miraval. Este sevillano, que a la edad de dieciocho años llega a las tierras de Tucma, a comienzos de 1550, acompañando a Núñez del Prado quien venía desde el Perú con la orden de “poblar un pueblo”, participará activamente de la fundación de al menos diez ciudades en la región. También cruzará los Andes para traer desde la Serena, en Chile, un sacerdote y las primeras semillas de trigo, cebada, algodón y árboles frutales para la recién fundada Santiago del Estero, y pacificará -combatiendo a los más beligerantes o aliándose con los más pacíficos- a los pueblos indígenas de todo el territorio por él recorrido. Este denodado conquistador y prudente colonizador será el que presentemos como fi gura paradigmática de la constitución de la familia y la procreación de la primera generación de criollos en nuestro país. Ya señalamos que las etapas iniciales de descubrimiento y conquista, por ser años de nomadismo y de inestabilidad, no quedaron mujeres españolas establecidas en la ciudad inaugural. Por otra parte, si bien no desconocemos los numerosos casos de violencia y arrebato de nativas, los pueblos originarios solían ofrecer sus mujeres a los conquistadores en prueba de amistad, lo que contribuyó en algunos lugares a establecer alianzas y una convivencia pacífica. Este parece ser el caso de la india bautizada María cuyo padre, un cacique jurí señor del Mancho, en Santiago del Estero, habría entregado a Hernán Mexía de Miraval allá por 1553. El testamento que medio siglo después hará María del Mancho o María Mexía, como también se la conoce, manifiesta una amorosa relación larga y fructífera de más de quince años (12). De la unión nacerían cuatro hijos: tres mujeres y un varón. Diversos estudios han demostrado de qué manera, en esta etapa marcada por la permisividad, la trasgresión a la normativa moral y legal caracterizó las relaciones de género en la sociedad colonial. La estructura familiar, heredera de la tradición hispánica, se definía por su carácter patriarcal determinante, lo que suponía una extensa red de parentescos dentro de la cual se inscribía una fuerte modalidad de nacimientos fuera del matrimonio. Consecuentemente, a partir de la naturaleza jerárquica de los vínculos, se daban como algo natural las relaciones de servidumbre. Recordemos que la instalación de los europeos en sus avances imperialistas siguió dos modelos: por un lado, el anglosajón, de sustitución étnica y marginación de los aborígenes, y por el otro el español, de apropiación de los recursos y el trabajo, el que implicó una fuerte mestización. A partir del nacimiento de los hijos mestizos, los conquistadores actuaron de diversas maneras, desde legitimándolos ante la Corona, hasta desconociéndolos con absoluta negligencia. Intermedia fue la actitud de Mexía Miraval, que los reconoció formalmente, convirtiéndolos de hijos ilegítimos en naturales, con responsabilidades directas en su crianza (13). De los detalles de la convivencia con la india María muy poco se sabe, aunque del testamento que ésta hiciera se conocen numerosos datos que echan luz sobre aquéllos. Guiándose por sus declaraciones y los documentos de la época, algunas autoras han escrito la historia de María con bastante verosimilitud (14). De esta manera, su fi gura termina apasionándonos, aunque dada la brevedad de este trabajo, no será el caso detenernos más en ella. Sabemos por su declaración que María no hablaba castellano, que era católica y pertenecía a varias cofradías, que el padre de sus hijos le dio un pasar holgado, pues tiene objetos valiosos, animales, indios a su servicio y trajes a la usanza española, que sus hijos y nietos la respetan y que seguramente amaba a Mexía Miraval porque encarga misas para su alma y acepta sumisa la situación de que éste se haya casado con una española. Pero si bien los primeros “hijos de la tierra” fueron fruto de las uniones entre españoles y aborígenes, muchos de ellos reconocidos como hijos legítimos, en el momento de educarlos fueron entregados a las esposas españolas que llegaron poco después. En efecto, en esta historia aparecerá años después la española (aunque tal vez nacida en América) Isabel de Salazar, la tercera no en discordia, sino para este caso en perfecta concordia. Isabel de Salazar había llegado a la capital del Tucumán desde Chile, con la comitiva del conquistador Gaspar de Medina, quien -además de un refuerzo de veintidós soldados para Francisco de Aguirre- traía a su familia (15) y a “nueve doncellas huérfanas con el propósito de casarlas con conquistadores”. Al poco tiempo de su llegada, se casó con Hernán Mexía de Miraval y se trasladaron al Perú a donde llevaron a las dos hijas mayores del conquistador, a fin de casarlas con personajes encumbrados. La joven Isabel es la encargada de españolizar las costumbres y modales de estas mestizas que tendrán entre sus descendencias las familias más encumbradas de Córdoba, entre ellos los Tejeda y los Cámara. De esta otra red familiar, ahora de base mestiza, descenderá el General Román Antonio Deheza (1781-1850), que como su antecesor de la conquista, blandiera su espada durante cincuenta años en pos de la emancipación primero y de la organización nacional después, y contribuyera también a la liberación de Chile y de Perú. A su vez, Isabel tendrá con Mexía Miraval cinco hijos, tres varones y dos mujeres. Una de ellas, Bernardina, casada con Francisco de Argañaraz y Murguía, será cofundadora de la ciudad de Jujuy y colaborará activamente en su sustento. De este matrimonio descenderá, varias generaciones después, Martín Miguel de Güemes, héroe de la independencia y gobernador de Salta. Y serán mujeres españolas como Isabel de Salazar las que, con su silencioso accionar en el seno del hogar, amalgamen esta nueva sociedad hasta lograr que se arraigue en estas tierras. Ellas establecieron modelos para los detalles de la vida cotidiana, como la vestimenta, la gastronomía, el cuidado de los niños. Trasmisoras de la cultura material y doméstica, serán las que implanten aquí el amplio bagaje traído de la península, que comprendía desde las técnicas para la producción de materias primas y manufacturas para abastecer la casa, pasando por las tradiciones, las costumbres y el idioma, hasta las normas morales y los valores sociales y religiosos. Como dato significativo de la valiosa función de la mujer española en estos primeros tiempos, relatemos que el Obispo Fernando de Trejo y Sanabria (segundo Obispo de la Diócesis, después de Victoria), al autorizar en 1604 la fundación de un convento dominicano en Córdoba, impuso la condición de “restaurar” el convento de Santiago del Estero, es decir fundarlo de nuevo en esta ciudad (16). Recién en 1614 se concretó la refundación, con la llegada del padre Hernando Mexía, hijo de Isabel de Salazar, quien le inculcó la fe y tuvo oportunidad de ayudarlo a levantar “el primer convento establecido en territorio argentino”, como lo atestigua Hernandarias, cuando informa al Rey en carta del 4 de agosto de 1615 que Mejía “deja fundado un convento en Santiago del Estero (...) con el favor de su madre y deudos” (17). Se ha establecido que la familia es el sistema primario más poderoso al que pertenece una persona. Y así, el fundamento de esta nueva sociedad que viene a cubrir el espacio inicial de lo que será la República Argentina lo constituirá la familia, desde donde la mujer española y la criolla transmitirán los valores que durante siglos sustenten la vida de la nación.

Los trabajos y los días

“Los Dioses y los hombres odian igualmente al que vive sin hacer nada, semejante a los zánganos, que carecen de aguijón y que, sin trabajar por su cuenta, devoran el trabajo de las abejas.” Hesíodo

Algo más de tres décadas han pasado desde su fundación, y aparte del descomunal esfuerzo de fundar nuevas ciudades, poblarlas y dotarlas de los recursos y estructuras básicas para su defensa y funcionamiento, la capital del Tucumán ha ido tomando la envergadura de “un inmenso taller que utilizaba sus recursos materiales para alcanzar un armónico desarrollo agrario-artesanal autosuficiente” (18). De sus bosques se extraían más de 14.000 arrobas de miel y cera para luminarias, y maderas fuertes con los que se construían carretas, muebles y viviendas. Debido a la bondad del clima, su territorio servía para “la invernada de equinos, mulares y ganado de toda clase”, que se traían a sus campos antes de venderse en las ferias de Salta y el Alto Perú. El algodón, considerado “la plata desta tierra” se empleaba en “la confección de la ropa destinada para la población virreinal. Sus beneficios superaban los 100.000 pesos plata que incluían las industrias del añil y del tejido.” Sin embargo, cuando llegaron los españoles, la tierra no estaba improductiva. La visión de los campos sembrados de maíz y los algodonales fue la razón por la que Francisco de Aguirre denominara a la ciudad fundada “Santiago del Estero, Tierra de Promisión”. Debido a que los suelos estaban fértiles y protegidos por los bosques, se pudo desarrollar una economía agraria, pero también ganadera y de producción de manufacturas. No era solamente de subsistencia, puesto que, mediante el sistema de encomienda, los españoles conseguían excedentes de producción de los aborígenes, lo que llevó a comerciar con Potosí y a la vez obtener productos importados. Esto permitió que la vida en ese poblado precario, tan `a lo indio´, fuera españolizándose, pues sus chozas de barro y madera de los bosques nativos, se iban “vistiendo por dentro con alfombras, tapices, espejos, cuadros e imágenes religiosas, arcones, instrumentos musicales, muebles, platería.” (19). A este bienestar material se agregan consecuentemente las inquietudes culturales, que van desde la instalación de las primeras bibliotecas a partir de 1578, a la presencia en estas tierras de tres poetas de reconocido prestigio. En efecto, Mateo Rojas de Oquendo llega acompañando al gobernador Ramírez de Velasco, participa de la fundación de La Rioja, en 1591, y es encomendero de indios en Santiago del Estero, donde escribe un poema hoy perdido titulado “El Famatina”, con una “descripción, conquista y allanamiento” de la región. El otro es Martín del Barco Centenera, que participó como protagonista en la fundación de Jujuy (1561) y vivió un tiempo en Santiago del Estero (1581), cuyo extenso poema Argentina y Conquista del Río de la Plata y Tucumán y otros sucesos del Perú es el primer antecedente del nombre de nuestro país, que él llama “el argentino reino”. El tercero será Ruy Díaz de Guzmán, considerado el primer escritor, narrador y cronista criollo nacido en el Río de la Plata (20), que entre 1606 y 1607 fue Tesorero de la Real Hacienda en Santiago del Estero, luego de participar en la fundación de la ciudad de Salta, en 1582. Coincidentemente, su poema que comprende una crónica de la conquista del Paraguay y del Río de la Plata, se titula también La Argentina. Y si de manifestaciones culturales se trata, no podemos dejar de mencionar a doña Ana de Córdoba, que desde 1575 organizaba tertulias sociales animadas por su talento y su cultura” (21), y que por tener una de las mejores casas de la ciudad, alojó en ella al Obispo Victoria en los primeros tiempos de su Vicaría. A partir de 1580, con la fundación de Buenos Aires, los asentamientos hispanos irán conformando un arco entre el Alto Perú y el Río de la Plata. En el primero, Potosí con la explotación de sus minas de plata dominaba la economía de la región; en el último, se comerciaba y se recaudaba de la aduana (y del contrabando, agregamos). Serán las ciudades que permanecen en el medio las que produzcan y desarrollen industrias, lo que hará decir a Mariquita Sánchez de Thompson: “En las provincias había industrias; en Buenos Aires, ninguna” (22). Destaquemos que los obrajes textiles establecidos por el Obispo Victoria lograron en muy poco tiempo que su producción fuera una de las principales actividades económicas, tan cuantiosa que el primer cargamento que partió para su exportación al Brasil ocupaba treinta carretas. Llamados también obrajes de paños, pasaron a ser después de la conquista la forma productiva del territorio ocupado, como una variante del sistema de encomiendas, a manera de recompensa que se le otorgaba al conquistador, quien se comprometía a convertir al cristianismo a los aborígenes a su cargo. Eran verdaderas fábricas, que alrededor de 1585 abastecían a la colonia de ropa, calcetas, frazadas, sobrecamas, sombreros, cinchas, aparejos y hasta trigo y maíz.

La trama del mestizaje
Recordemos que, a la llegada de los españoles, el arte textil estaba muy desarrollado, pues algunas piezas de cerámica encontradas en estos territorios determinaron su existencia ya en el siglo X. Se trata de unos pequeños discos llamados torteros o muyunas, usados como contrapeso del huso de hilar, aparecidos junto a unos instrumentos de hueso que servían para ajustar la trama del tejido. Los arqueólogos admiten un auge de la industria textil durante esa época, no solo en el área del río Dulce, sino también en las poblaciones cercanas al Salado. El tejido había sido la principal y hasta sagrada actividad de las mujeres entre los incas, y el tejido seguirá siendo por siglos la actividad central de millares de aborígenes en este territorio inicial de la Argentina. De nuestros ancestros indios quedará en Santiago del Estero, “cuna de la tradición”, y en todo el Noroeste argentino, el rústico telar que hoy usan nuestras teleras, apoyado en dos horcones clavados en la tierra. En él tejerán con hilos del algodón, alpaca o vicuña, originarios de estas regiones, o de lana de las ovejas que alguna vez trajeron los españoles, tan naturalizadas ya y asimiladas a nuestra cultura. Y del telar saldrán los ponchos, esa prenda que comenzaron usando los indios (23), continuaron los criollos, y que representó y representa a los gauchos y hoy es símbolo de argentinidad en todos los ámbitos. Con los trabajos de hombres y mujeres y el pasar de los días fecundos, se dio en esta urdimbre de lo que sería el tejido de la patria, una dialéctica de la reciprocidad, pues factores relevantes de las culturas aborígenes se integraron con los hispánicos, y se conformó una nueva forma de vida: la criolla de base mestiza y afianzada a la tierra. Así, en un primer momento la mujer indígena, al unirse a estos conquistadores que habían llegado solos les proporcionó aliados, intérpretes y cuidado personal. Luego serán ellas las servidoras, amas y niñeras de las primeras generaciones de criollos (24), que con el trato diario y en la temprana edad, pasaron a ser las mediadoras entre ambas culturas. A su vez, la mujer indígena será algunas veces agente de cambio entre los suyos -como en la implantación de la religión católica que asumieron fervientemente-, y otras –especialmente las campesinas- de resistencia a lo hispánico. Este es el caso principal de la supervivencia de la lengua quechua – `la quichua´- hoy hablada únicamente en Santiago del Estero. Y de estas cosmovisiones que se entrecruzan en la trama de la identidad van a derivar nuestras fi estas populares –la Pachamama, San Esteban, San Gil y tantas otras- el complejo culto de los muertos, los mitos y creencias que perduran como el de la Salamanca, todo lo cual nos remite a un sincretismo entre lo cristiano y lo pagano. Siguiendo con nuestro enfoque de la vida cotidiana, en la que la mujer juega un rol primordial, atendamos a la alimentación, con sus dos núcleos encontrados: el maíz originario y el trigo llegado de Europa. Sabemos que el maíz, junto con la algarroba, son los dos grandes alimentos de los pueblos originarios del noroeste argentino. Los españoles, desconocedores de las ventajas del maíz para la alimentación humana, desde un primer momento intentaron sembrar trigo, al que estaban acostumbrados Por otra parte, el trigo y los cultivos europeos tuvieron muy baja repercusión dentro de la alimentación de los nativos, especialmente por el gran poder simbólico en su cosmogonía religiosa, donde el maíz era objeto de rituales y ceremonias. Paralelamente, el trigo representaba para los españoles el ingrediente básico del pan, fundamental en la mesa de los españoles y relacionado con la fe católica. Sin embargo, con el paso de los tiempos la harina de trigo ha perdido hoy toda connotación de hispanidad y resulta elemento primordial de la alimentación en casi todo el territorio argentino, al punto de que con ella se preparan los platos típicamente regionales, como las empanadas, las tortas fritas, chipacos, moroncitos, para no hablar de los reconocidos alfajores regionales.

La tierra como soporte

En todo proceso de construcción social de identidad, el territorio constituye una categoría central, en cuanto soporte material y a la vez entorno ambiental. Este marco y a la vez piso de sostén, es asociado a la madre tierra -la Pachamama- en las culturas originarias, al concebirse como un segundo seno que nutre, madre común de sus moradores. A la vez, el paisaje configura, de alguna forma, aspectos básicos de la cultura -recordemos su sentido etimológico de cultivar- local. Desde un comienzo, los conquistadores debieron adaptarse a las características del territorio y aprender a valerse de la novedad que contenía. Por estas razones, muy pronto aprendieron a confeccionarse “zapatos de la tierra”, a valerse de las “ovejas de la tierra”, como llamaban a la llama, a comercializar en la “moneda de la tierra”, que eran los textiles de algodón, la “plata desta tierra” y a acostumbrase a convivir con los hijos mestizos que habían engendrado: los “mestizos de la tierra”, o más significativamente los “hijos de la tierra”. Y, literalmente, hicieron sus viviendas de tierra, al adoptar el adobe de los aborígenes, es decir el ladrillo de barro. La tierra y todo lo que ella implica irá configurando una nueva identidad común, y aunque los primeros españoles sentían la falta de los elementos que conformaban el modo hispánico de vida, muy pronto las generaciones siguientes de mestizos y criollos consideraron que naturalmente formaban parte de ella. Así, los nuevos santiagueños, mendocinos, sanjuaninos, tucumanos, cordobeses, santafesinos, bonaerenses, salteños, correntinos, riojanos, jujeños, puntanos -por hacer referencia solo a las ciudades fundadas en los primeros cincuenta años- sintieron su arraigo definitivo, empezaron a amar su terruño y a tratar de engrandecerlo. En la historia que nos acostumbraron a leer no entra el accionar del pueblo sino de sus conductores; tampoco el de los soldados, sino el de los generales; apenas se nombran acontecimientos de los pueblos originarios, y se ocultan los de negros y mestizos. Sin embargo, si hubiera faltado alguno de estos elementos determinantes, hoy la realidad del país no sería la misma.

1) Urdimbre. f. Conjunto de hilos que se colocan en el telar paralelamente unos a otros para formar una tela. (DRAE)
2) “El quichua de Catamarca y La Rioja”, por: Ricardo L. J. Nardi, consultado en: http://www.adilq.com.ar/Nardi-CLR-05.html , el 17-10-09.
3) GÁLVEZ, Lucía (1990). Mujeres de la conquista. Buenos Aires: Planeta, 23.
4) Idem.
5) MOYANO ALIAGA, Alejandro (1990). Los fundadores de Córdoba: su origen y radicación en el medio. Córdoba: Instituto de Estudios Históricos Roberto Levillier.
6) JASCALEVICH, Elsa (noviembre 1971) “Las mujeres argentinas” en Todo es historia nº 55.
7) Consecuentes con nuestro intento de rescatar lo que queda `al margen´ de esa centralidad que desatiende lo que no está en el ámbito de su miope mirada, destacamos dos libros de escritores santiagueños: Historia de mujeres (1990), de Fina Moreno Saravia y Casas enterradas (1997, Faja de honor de la SADE, de Carlos Manuel Fernández Loza.
8) MORENO SARAVIA, Fina (1990). Historia de mujeres. Edic. de la autora, 15.
9) ALÉN LASCANO, Luis C. (2006), 59.
10) ALÉN LASCANO, Luis C. (2006), 61.
11) IBARGUREN AGUIRRE, Carlos F. Los Antepasados, A lo largo y más allá de la
Historia Argentina. Trabajo inédito, consultado en http://genealogiafamiliar.com/ getperson.php?personID=I10395&tree=BVCZ) el 14-10-09.
12) Del análisis de variados documentos inferimos este lapso, puesto que Isabel de Salazar, la que será luego legítima esposa del Capitán, llega a Santiago del Estero en 1566. Además, inmediatamente a la boda, el matrimonio se lleva las hijas mestizas para casarlas en el Perú.
13) Recordemos que en el título anterior ya vimos una situación similar con el Capitán Garcilaso de la Vega – primer esposo de Luisa Martel de los Ríos, que previamente conviviera con una ñusta inca- y su famoso hijo homónimo, autor de los Comentarios reales.
14) Además de las ya mencionada Mujeres de la conquista de Lucía Gálvez e Historia de mujeres de Fina Moreno Saravia, encontramos El perfume del amor (1994), de la salteña Zulema Usandivaras, donde recrea la historia en el cuento “La india jurí”.
15) Resultará significativo recalcar el hecho de que la esposa de Medina, Catalina de Castro, era hija del Capitán Garcí Díaz de Castro, Tesorero de la Real Hacienda de Chile, y de Barbóla Coya “sobrina del Rey Inga del Pirú”. Otra mestiza, aunque con sangre real.
16) “Historia de la Casa Santa Inés de Montepulciano, Santiago del Estero”, por Fr. Rubén González OP, en: http://www.op.org.ar/convento_santiago_01.php, consultado el 15-10-09.
17) Idem.
18) ALÉN LASCANO, Luis C. (2006), 13.
19) GÁLVEZ, Lucía. “Santiago, madre de ciudades”, en La Nación, 25-07-03.
20) Relacionado con lo tratado en títulos anteriores, resultará significativo señalar que Díaz de Guzmán nació en Asunción, hijo del capitán Alonso Riquelme de Guzmán y de Úrsula, una de las hijas mestizas de Irala.
21) ALÉN LASCANO, Luis C. (2006), 60.
22) O´DONNELL, Pacho. La historia que no nos contaron EL REY BLANCO, consultado el 18-10-09 en http://www.odonnell-historia.com.ar/anecdotario/EL%20REY%20BLANCO%20parte%20VIII.htm
23)  Al parecer, la primera vez que se registra la palabra poncho en nuestro país sería en San Luis, alrededor de 1600, cuando en un documento se consigna la presencia de tres tipos de vestidos entre los indios: “la camiseta, la manta y el poncho”.
24) Recordemos la niñera india de San Martín, Juana Cristaldo - más allá de las especulaciones de que sería su madre-, de quien doña Gregoria recordaba que lo consentía demasiado.

* Publicado en Producción Académica 2011, Santiago del Estero, Academia de Ciencias y Artes de Santiago del Estero, 2012.

3 comentarios:

  1. Excelente trabajo de mi estimada comprovinciana.
    Edgardo Atilio Moreno

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  2. ¡Muy bueno! Excelente obra de mi querida profe Hebe.

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  3. Hola deseo conseguir la obra la casada imperfecta de Fina Moreno Saravia. Cualquier novedad comunicarse a este correo josejuarez33@hotmail apreciaré mucho la ayuda

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