viernes, 9 de noviembre de 2018

ACTUACIÓN MILITAR DEL BRIGADIER GENERAL TOMÁS DE IRIARTE




Por Roberto Azaretto*

Son muchas los aspectos para referirse a la vida del Brigadier Tomás de Iriarte, pues, como muchos de los hombres que consideramos los padres fundadores de nuestra nación, fue una personalidad polifacética. Hay un Iriarte militar, un historiador, un escritor, un político, un diplomático.
En esta sesión académica nos referiremos a parte de su actuación militar, desde su formación como oficial de artillería.

El Brigadier General Tomás de Iriarte nació en Buenos Aires, en una familia de militares. Lo eran su padre, sus abuelos paterno y materno y sus tíos. En marzo de 1794 y teniendo un año, conoció la vida del cuartel, pues su padre, fue designado jefe de la Fortaleza de Santa Teresa, cercana a la frontera con el virreinato del Brasil, pues se había declarado una nueva guerra entre España y Portugal.

Finalizado el conflicto, el nuevo destino del coronel Iriarte, fue Montevideo, base de la flota española en el Atlántico sur.
A los 10 años  fue enviado a España para educarse y seguir la carrera militar, dos años antes, había partido hacia la península su hermano mayor, con igual propósito. Tomás de Iriarte partió en la flota de cuatro fragatas, que transportaba caudales de plata, acuñada en Potosí, con destino a España En ella viajaba don Diego de Alvear y su familia.

El niño Iriarte, confiado a la tutela del capitán de Fragata Don Diego Alesson, comandante de la fragata Clara, tuvo, acercándose a las costas europeas su primera experiencia de combate, cuando fueron atacados por una escuadrilla naval británico. Los pasajeros de los buques de guerra

tenían que colaborar en la defensa de las embarcaciones y  Tomás de Iriarte, con 10 años de edad,  tuvo la tarea de llevar munición de la Santa Bárbara a las piezas de artillería  En esa fragata, viajaba, Don Diego de Alvear y su hijo Carlos, que se había trasladado de la embarcación donde compartía el viaje con su madre y hermanos; esto salvó la vida del futuro jefe del ejército vendedor en Ituzaingó, porque sólo la Clara no fue hundida.  Luego de una feroz resistencia y estando rodeada por los barcos ingleses, que contaban con más velocidad, capacidad de maniobra y superior artillería el capitán Alesson se rindió.

Junto al resto de los oficiales y pasajeros, Tomás de Iriarte fue embarcado para Inglaterra donde permaneció, con el resto de los apresaos varios meses.
En esta exposición nos referiremos a parte de la carrera militar de Iriarte, por eso, dejaremos de lado los hechos ocurridos hasta su ingreso en el Real Colegio de Artillería, sito, en el Alcázar de Segovia. Aprobado el examen de ingreso, pagado los aranceles correspondientes a los 12 años ingresa un 17 de marzo de1806, el adolescente Iriarte al Colegio fundado el 17 de mayo de 1764 por Carlos III a instancias de Gazzala, que fue su primer  Director.

Cuenta Iriarte que el Colegio estaba muy bien servido y que imperaba un orden que participaba por  la clausura y repartimiento de horas del establecido en un Monasterio de una orden rígida, y del sistema militar,, como que en estas dos profesiones, tan opuestas en su medios y objetos, prosigue Iriarte,  hay sin embargo algunos puntos de contacto, la disciplina, la ciega obediencia.
Los cadetes de primer año debían soportar las bromas pesadas y ritos de iniciación que le infligían los mayores, la presencia de su hermano mayor, le facilitó esos  primeros pasos en la vida militar.
La compañía de cadetes estaba a cargo del Mariscal de Campo don Cevallos y el segundo era el Coronel  Don Ignacio Vázquez y Somosa.

Los tres tenientes eran los capitanes Don Pedro Ferrau, Don Mariano Osorio y Fernando Saravia. También había dos subtenientes y brigadieres y subrigadieres, que eran cadetes del último año. En total los cadetes eran cien y compartían dormitorios a razón de quince cadetes por habitación. El Colegio contaba con un personal de servicio para atender las necesidades de alimentación, limpieza, vestuario, etc.
Además había un cuerpo de profesores que eran también oficiales del ejército. Dos cirujanos, dos capellanes, un maestro de equitación, otro de esgrima y otro de baile.

El plan de estudios se desarrollaba en cuatro años y se egresaba como subteniente de artillería. En el primer año se enseñaba aritmética y álgebra, en el segundo geometría, rectilínea, superficial, sólida y práctica con operaciones sobre el terreno, secciones cónicas, trigonometría plana y aplicación del álgebra a la geometría; en el tercera año cálculo diferencial e integral, física experimental, estática,  hidrostática, dinámica, hidrodinámica, fortificación y  dibujo militar y en el cuarto año artillería con el tratado de Marlo, fortificación y dibujo militar. Los exámenes se celebraban en junio y diciembre.
Las clases accesorias eran en primer año de religión y baile; en segundo de historia, geografía, baile y francés, En tercero esgrima y Francés. En cuarto esgrima y equitación.

Los exámenes finales eran presenciados por miembros de la Corte, incluso por el príncipe de la Paz. Afirma Iriarte “la vida en el colegio era dura, exigente, pero sin duda apta para formar hombres para la guerra”.  A las pocas semanas de ingresar recibió, con su hermano la noticia de la muerte, en Montevideo de su padre. Su madre de 42 años quedaba viuda a cargo de ocho hijos.
Un par de años después, en 1808 la vida de Iriarte como militar se acelera, se produce la invasión francesa y Segovia es ocupada. Los oficiales abandonan el Colegio y, algunos cadetes, huyen, para sumarse a la


resistencia. El joven porteño con algunos compañeros, lo intentan pero no tienen éxito y afrontando algunos incidentes, regresan al Colegio.  El Director resuelve quedarse con los cadetes, por eso, cuando estalla la sublevación popular lo toman como traidor y lo mandan detenido a Valladolid junto con los oficiales. Son tiempos tormentosos, y las turbas confunden a las personas más notorias con los afrancesados. Así fue como algunos de los altos oficiales de la Escuela de Artillería, soportaron situaciones enojosas; recordemos que experiencias similares, sufrió de las turbas el entonces teniente coronel José de San Martín. 

Iriarte con 14 años está sólo, su familia vive en Montevideo,  un tío está en  Génova, su hermano se ha incorporado al ejército de Castilla.
Luego de Bailén los franceses dejan Segovia, pero la llegada de Napoleón da un vuelco a la guerra y lleva al coronel Francisco Datoli, que permaneció en el Colegio,  a iniciar  una sacrificada marcha con los cadetes para sumarse al ejército que creía, estaría defendiendo Madrid.
La marcha fue a pie, sin armas ni animales, por caminos intransitables por las lluvias y las nevadas, sin comida ni descanso, soportando nevadas y teniendo por cama el suelo. Llegaron a la unidad del general San Juan y por fin comieron el rancho que le sirvieron. Así conocieron la vida en campaña, de una unidad que está en guerra.

Enterados que los franceses se aproximaban a Madrid, desviaron el camino y se internaron en Portugal, para, por fin llegar a Andalucía
Iriarte como los otros cadetes a los estudios teóricos, que se siguen cursando, unen, con estos acontecimientos imprevistos, la experiencia de participar en las operaciones militares. Ya no se trata de entrenamientos ni simulacros de combate, ahora participan de una guerra. En Sevilla en 1809 recibirá los despachos de subteniente de artillería, luego de obtener notas sobresalientes.
Escribirá Iriarte, que en Sevilla estudia la artillería con mayor ventaja que en Segovia porque tuvo lecciones prácticas como las visitas a las

fundiciones de cañones y la maestranza, a la fábrica de salitre o a prácticas de construcción de baterías. Como Director General del cuerpo estaba el Mariscal de Campo  Don José María Maturana que había creado en Buenos Aires, la artillería  a caballo para contener los ataques de los indios Pampa, innovación que, también, hizo la fama de Federico II de Prusia, pues con esa novedad, derrotó a los austríacos en la batalla de Rostock Como subteniente, Iriarte se incorpora al regimiento 3 de artillería, acuartelado en Sevilla y inicia una carrera que lo llevará al grado de teniente coronel a los 22 años por su desempeño en numerosas batallas en la guerra contra Napoleón. Será en el sitio de Sevilla donde al mando de catorce baterías con 100 piezas tiene su bautismo de fuego.
Ituzaingó.

Hay dos batallas en las guerras exteriores de nuestro país en  que la artillería tuvo un rol decisivo, una fue en la guerra de la independencia, Maipú, la  otra Ituzaingó en la guerra con el Brasil.
Iriarte no tenía en gran estima las condiciones de Alvear, para comandar el ejército en la guerra con el Imperio del Brasil. Su actuación en España no había sido significativa y la toma de Montevideo era el resultado del bloqueo de Brown de esa ciudad. Pero también, sostiene, que no había otro disponible y le reconoció que convocó a jefes aptos para mandar los regimientos. En el caso de su ascenso a coronel y la oferta de formar y comandar el regimiento de artillería ligera le sorprendió, porque la relación con el general Alvear, se había deteriorado cuando actuó como secretario de la misión a Londres y Washington que encabezara aquél.

“ Usted es el mejor oficial de artillería, por eso le hago este ofrecimiento” le dijo Alvear a Iriarte.
El ejército estaba bien abastecido, de eso se había ocupado Alvear  como ministro de guerra de Rivadavia , presumiendo que comandaría esa fuerza. Según cuenta Iriarte en sus memorias,  tanto su designación como ministro, como luego, como jefe del, llamado, ejército republicano,  fueron resistidos, por varios allegados al presidente. Rivadavia, también dudaba,  porque sospechaba de las relaciones que había establecido con Bolívar en su misión en el Alto Perú y su plan de establecer presidencias vitalicias. Muchos, sospechaban, que Alvear buscaba  el comando, como, una manera de alcanzar el poder, si salía triunfante, en la guerra.

Una parte de las fuerzas estaba en Entre Ríos,  habían pertenecido al llamado ejército de observación. En la Banda Oriental unos dos mil seiscientos hombres formaban la fuerza de caballería de Lavalleja con sus dos jefes de regimiento, Manuel e Ignacio Oribe. Habían vencido en Sarandí a milicias brasileñas, eran efectivos valientes pero sin la disciplina y eficacia de un ejército.
El fue llamado ejército republicano alcanzó los 5.150 hombres, de ellos  3.116 eran de caballería, los infantes alcanzaban a 1500 efectivos y la artillería del regimiento comandado por Iriarte a 500 plazas y contaba con 16 piezas.
Iriarte tuvo que formar su regimiento casi desde cero con reclutas a los que había que disciplinar y evitar el mal de los ejércitos de ese tiempo que era la deserción. Sus segundos eran el comandante de escuadrón Luis Argerich y el Sargento mayor Don Arturo Vázquez.  Para cuidar el parque, contó, con el Teniente Coronel Luis Beltrán, el fraile que estuvo a cargo del arsenal del ejército de los Andes.

Iriarte entrenó primero a sus hombres en maniobras de caballería, había resuelto destinar una parte de sus efectivos a servir las piezas y la otra a proteger a sus artilleros.
Numerosos oficiales que represaban de la campaña por la independencia se incorporaron al ejército. Los jefes de la caballería fueron el Coronel
Federico Brandsen, el coronel José María Paz,, el teniente Coronel Angel Pacheco, el teniente coronel Juan Zufriategui,  el coronel Juan Lavalle, el coronel José Olavarría, el Coronel Nicolás Videla y el comandante Anacleto Medina. Los zapadores  tenían de jefe a al teniente coronel Eduardo Frolé.

En cuanto a la infantería sus jefes eran el comandante Manuel Correa, el coronel Alegre, el coronel Eugenio Garzón y el coronel  Félix Olazábal.
Relata Iriarte que sin la colaboración del teniente Coronel Luis Beltrán, sus problemas hubieran sido muy graves;  ya que el mando e instrucción del regimiento le llevaba todo el tiempo. El tren venido de Buenos Aires era viejo y en el viaje a La Calera, primer asiento del regimiento en el Uruguay, lo había deteriorado casi hasta la destrucción. Beltrán lo refaccionó sólidamente y lo puso en muy buen estado de servicio. Afirma Iriarte “su actividad en el servicio del parque y maestranza nada me dejaba que desear: en muy pocos días, los talleres que estableció, atendían ampliamente a todas las necesidades del ejército”.

En sus memorias  cuenta la relación entre los jefes, la antipatía de Alvear hacia los veteranos del ejército de Los Andes. Asunto del que San Martín tuvo noticias y que lo llevó a escribir, en carta al general Guido, que la antipatía la provocaba  que los oficiales del ejército de los Andes, percibían,  la escasa formación de su comandante. Opinión compartida por Iriarte que estaba en el terreno.
El ejército penetró en territorio  de Río Grande y avanzó en el mismo. Hubo combates con las milicias  de Bentos Manuel.  Al tomarse  conocimiento de la cercanía del ejército del marqués de Barbacena y que este, buscaba, juntarse con el cuerpo del general Brown se buscó evitar ese encuentro. Alvear decidió un repliegue hasta que los jefes de los regimientos reclamaron librar la batalla, además el río Santa María estaba crecido y cruzarlo podía facilitar un ataque de Barbacena.

El Marqués de Barbacena contaba con más efectivos; había equilibrio en caballería y artillería pero su infantería tenía mucho entrenamiento y era superior en números, unos cuatro mil soldados de esa arma frente a los mil quinientos de Alvear.
Escribe Iriarte:”Recibí órdenes de Alvear, trasmitidas por su jefe de estado mayor, el general Soler, de poner a pie la artillería y que evitara avances. Me di cuenta que Alvear no conocía nada de artillería ligera o volante.

Soler quedó a cargo de la infantería; el coronel Deheza era como segundo jefe de estado mayor, quien trasmitía las ordenes de Alvear. Nuestro jefe había leído y admiraba mucho a Napoleón, por eso ordenaba cargas de caballería contra los cuadros de la infantería brasileña. La caballería nuestra dispersó rápidamente a la caballería brasileña, pero tuvieron pérdidas considerables contra la infantería”. En Waterloo se había demostrado que una infantería bien entrenada, combinada, con la artillería, era difícil de derrotar por las cargas de caballería. El que más sufrió esta orden de Alvear fue el regimiento del coronel Paz, su segundo jefe, Besares fue muerto junto a numeroso oficiales y soldados”.
“La infantería brasileña avanzó contra nuestra línea y tuve que repeler con el fuego de mis cañones. Uno de los inconvenientes afrontados fue que un grupo de soldados de Lavalleja que huían luego de una carga fracasada se interpusieron entre mis piezas y las líneas brasileñas. Me vi obligado a un disparo para que se dispersaran y facilitar mis fuegos”. “El fuego de mi regimiento contuvo el avance brasileño, era el momento de adelantar mis piezas y solicité el acompañamiento de nuestra infantería para proteger nuestra operación, pero Soler no se movió y Alvear que estaba cerca tampoco dio orden para que los  infantes avanzaran”.
“Después de muchas horas de combate el ejército brasileño cedió el campo, los jefes de regimiento queríamos perseguirlos pero la orden de Alvear fue ocupar el campo de batalla, esto posibilitó que el enemigo perdiera solo una pieza de artillería en el campo”.

Las Guerras Civiles

Iriarte  estará vinculado a los federales constitucionalistas. Fue jefe de la artillería del gobernador Dorrego y tuvo que exiliarse cuando este gobernador fue derrocado.

Al estallar las hostilidades entre las provincias signatarias del Pacto Federal, con la Liga Unitaria del general Paz, el jefe del ejército de Buenos Aires el general Juan Ramón Balcarce, lo designó jefe de su artillería.
Luego del derrocamiento de Balcarce, del cargo de gobernador de Buenos Aires, volvió a emigrar y participó de los planes para derrocar al gobierno de Juan Manuel de Rosas. Es así como se incorpora a las fuerzas que manda Lavalle. No tiene una posición determinada en ese ejército. Prepara un plan de operaciones que no es tenido en cuenta por Lavalle. Iriarte consideraba que había que atacar por el sur, apoyando la revolución de los libres del sur y otra columna debía operar por el norte de la provincia. Se demoró una decisión y cuando fue autorizado a desembarcar en el Tuyú, ya era tarde, la rebelión de los Hacendados había sido derrotada y sólo, pudo, limitarse a evacuar a los fugitivos.

Reincorporado al ejército de Lavalle participa de la batalla de Sauce Grande, contra el general Pascual Echague y del cruce a Buenos Aires.
Lavalle, formado como oficial de ejército de línea por San Martín, había sido granadero a caballo, y se destacó en las campañas de Chile, Perú y Ecuador.  Luego de su derrota por Estanislao López, se había convencido, que tenía que adoptar modos similares a los caudillos de provincia,  esto se vio tanto en su vestimenta como en la poca disciplina imperante, algo insoportable para un oficial como Iriarte con su formación en una academia militar prestigiosa y amplia experiencia de combate en la guerra contra Napoleón. Por el contrario, Rosas enviará, para combatir a Lavalle y a la Coalición del Norte  del general Aráoz de Lamadrid ejércitos disciplinados.
Una de las principales discrepancias con Lavalle, fue, su retirada de Buenos Aires y sobre todo, la falta de un plan operacional.  Iriarte creía que había que librar batalla y si eso se evitaba, o se producía un contraste, había que replegarse al sur, pero permanecer en la provincia y después sitiar a Rosas en la ciudad, como se había hecho contra el propio Lavalle, una década antes.
No estuvo de acuerdo con el repliegue a Santa Fe, creía que era preferible internarse en Córdoba. En Santa Fe le fue encomendada la toma de la ciudad, operación en la que derrota a Eugenio Garzón, camarada en Ituzaingó y al que le respeta la vida.

Acompaña a Lavalle en Quebracho Herrada y a su retirada por Catamarca y la Rioja.  En esta provincia decide retirarse de los restos del ejército de Lavalle, ya que ve la inutilidad de seguir esa lucha. Cruza a Chile para intentar volver a Montevideo, lo que superando muchas dificultades concreta.
Llega, a la capital uruguaya, cuando se acercan las fuerzas de Oribe a iniciar  el sitio que durará hasta 1851 y colabora con el general Paz, en la fortificación de la ciudad. Paz le confía la artillería y meses después, ante un ataque al perímetro defensivo por parte de Oribe, hace una salida mandando tres mil hombres que a la bayoneta calada, rechazan a los atacantes y los desalojan, incluso, de sus propias avanzadas.

Su último combate será junto a otro camarada de Ituzaingó, el general Ángel Pacheco, también será la última batalla de este oficial de San Martín. Es la batalla de San José de Flores, en la que derrotan, al coronel Hilario Lagos que está sitiando a Buenos Aires. Iriarte seguirá prestando servicios al ejército argentino, en distintos asuntos, de la organización que se requería, para convertirlo, en una fuerza actualizada y propia de un estado que se estaba construyendo.

Iriarte y el Ejército de la Segunda Mitad del Siglo XIX

El brigadier General Iriarte había traducido del francés, para formar a los oficiales del regimiento que comandará, unas “Maniobras de las Baterías de Campaña”,  sus oficiales ya habían sido artilleros pero no tenían instrucción académica. En 1832 propone al brigadier general Enrique Martínez, Inspector general de armas su trabajo ”Instrucción  para el manejo y servicio de la Artillería Ligera”.

En 1852 escribe una Memoria sobre la Línea de Fronteras, sobre los problemas con los indios y el Proyecto de reglamento provisorio para el Campo de Inválidos  de la Confederación Argentina, para cuidar de los heridos y desamparados que han servido a la patria en el ejército.
En 1863 redacta el Reglamento de la Sociedad de Socorros Mutuos y entre 1856 y 1859 junto a Bartolomé Mitre, otro artillero, el Código de Justicia Militar y en 1860  concluye su proyecto de Reglamento para la organización de una Academia Militar.

Su última actuación es como presidente del Consejo de Guerra que juzga a los sublevados en 1874 contra el gobierno constitucional. Uno de ellos es el general Mitre, que ha colaborado con Iriarte en la redacción del Código de Justicia Militar. Iriarte se lo recuerda y le dice “usted sabe bien general la pena que le corresponde”, “la de muerte” le contesta Mitre y el tribunal,  presidido, por Iriarte  lo condena a muerte, pero, el presidente Avellaneda, lo indulta. En 1876 el viejo guerrero fallece en la ciudad en la que naciera, 82 años antes. Así culminó una vida consagrada a su patria, en la que sobraron los sacrificios, la pobreza, el pan del exilio, la soledad, el alejamiento de la familia.
El ejército nacional que se organiza con la unificación del país, el de la segunda mitad del siglo XIX,  es el resultado del trabajo de Iriarte y Mitre ambos artilleros, así como otro artillero, el general Richieri, el ministro de guerra en la segunda presidencia del general Roca, será el artífice del ejército del siglo XX. A ellos se suma Sarmiento con la creación del Colegio Militar en 1869 y que toma en su reglamento muchas de las propuestas de Iriarte y Roca en 1881 cuando termina con las milicias provinciales.

Sabemos que las operaciones militares de estos días no son comparables con las guerras actuales, y para la preparación de los oficiales de esta época poco aportan en lo técnico. Pero el conocimiento de la actuación de estos jefes y oficiales de los tiempos fundadores de la patria dejan lecciones, porque hay valores permanentes que son inherentes a un ejército, como la disciplina, el coraje, el sacrificio, la austeridad, el amor y compromiso por el suelo patrio.
Un ejército es el instrumento armado del estado para su defensa y de ser necesario para el ataque, y lo que lo distingue de una banda armada, de un conjunto de condotieris, son las tradiciones, el respeto a las leyes, la disciplina, la historia de la hazañas del pasado y el culto de sus héroes. Esa es su riqueza y su espíritu y esos ejemplos deben a su vez ser trasmitidos a los que vendrán porque esos valores y tradiciones es lo que vincula al ejército con la sociedad a la que está comprometido a defender.

* Disertación pronunciada en la sesión académica del Instituto Brigadier General Tomás de Iriarte.

jueves, 27 de septiembre de 2018

NUEVO NÚMERO DE UNA PUBLICACIÓN ESPECIALIZADA: REVISTA DE HISTORIA MILITAR





La «Revista de Historia Militar», que dirige el Dr. Isidoro J. Ruiz Moreno, desde su número inicial aparecido en octubre de 2013 ha publicado más de 2.000 páginas, en su formato de revista-libro, en las cuales se han dado a conocer valiosos trabajos y comentarios.
En las 180 páginas de su reciente N° 11 (Buenos Aires 2018) editado por Ediciones Argentinidad (Galería del Sol, Florida 860, local 101, Buenos Aires, teléfono (5411) 4894-0169; mail: ediciones@argentinidad.com), ofrece un importante material de consulta en sus cuatro secciones: Investigaciones, Notas, Documentos y Comentarios Bibliográficos.
La sección Investigaciones incluye tres trabajos:
Guillermo Palombo, en «Apogeo y ocaso de la lanza en la caballería argentina», (páginas 5 a 72) ofrece un panorama completo de la evolución de esta arma en el Río de la Plata, desde principios del siglo XVII  hasta 1930. Con gran acopio de datos, en muchos casos inéditos y provenientes de diversos archivos, brinda precisiones (que incluyen abundantes y específicas referencias al material empleado en sus astas) sobre la lanza usada por los primeros Blandengues, la que San Martín impuso en la caballería, la utilizada en la guerra del Brasil, en la época de Rosas y período siguiente, las empleadas por los aborígenes del norte y del sur argentino,  la metálica de modelo alemán que se impuso al finalizar el siglo XIX, y finalmente la introducción reglamentaria de la de caña colihue en el siglo siguiente.
José Luis Alonso y Juan Manuel Peña, en  «El asedio y ataque a Talcahuano», (páginas 73-101), evidencian cómo después de la batalla de Chacabuco, el puerto y ciudad amurallada de Talcahuano se convirtió en el foco de la resistencia realista en Chile, y como el ejército combinado argentino chileno intentó forzar sus defensas en un ataque frustrado realizado el 6 de diciembre de 1817. La llegada de un fuerte contingente de Lima al mando del general Osorio motivó el levantamiento del sitio, y el repliegue patriota, que sufrió un descalabro  en Cancha Rayada, pero casi enseguida se alzó con el triunfo en Maipú. En septiembre de 1818 los realistas abandonaron Talcahuano dirigiéndose a Lima.
Isidoro J. Ruiz Moreno, en «La campaña fluvial unitaria de 1829» (páginas 103 a 131), valido de  la documentación inédita existente en un legajo del Archivo General de la Nación y  de papeles del Archivo Ruiz Moreno que conserva en su poder, analiza una campaña fluvial realizada en 1829 y no considerada en detalle por los historiadores navales tradicionales, como Ángel J. Carranza y Teodoro Caillet-Bois, y confundida con otra anterior por Héctor R. Ratto,  que contribuyó, por sus consecuencias, a entronizar a Juan Manuel de Rosas en la provincia de Buenos Aires. Se trataba de aliviar el asedio a la Buenos Aires gobernada por Juan Lavalle, por las fuerzas federales de Estanislao López que habían invadido el norte de la provincia. Con elementos de la escuadra  al mando de Brown se intentó llevar la guerra a la provincia de Santa Fe mediante una expedición fluvial para que su caudillo se replegara. Se destaca, en esos sucesos, el combate de San Pedro, a fines de junio de 1829: las fuerzas unitarias de desembarco, 200 hombres al mando del teniente coronel Isaac Thompson, con el objeto de reprimir un grupo de fuerzas formadas por ingleses sublevados que asolaban dicho pueblo bonaerense, enfrentaron la resistencia federal local encabezada por el Comandante del punto, teniente coronel José Ramón Ruiz Moreno. Pero dificultades logísticas motivaron el reembarco y retiro de Thompson. El autor pone de relieve que si bien se logró el objetivo inmediato de que las fuerzas santafesinas se retiraran de la provincia,  quedó Rosas al frente  de las fuerzas federales locales, y como después de las convenciones de Cañuelas y Barracas, Lavalle licenció su ejército y se retiró, dejó vencedor al enemigo, en el caso Rosas, que tuvo campo libre para el acceso al poder.
En la sección Notas, Jorge G. Olarte y Luis A. Raffo, en su contribución «El depósito de prisioneros Las Bruscas» (páginas 135-150), ofrecen noticias del campamento destinado a la concentración de prisioneros realistas, situado al este de la ciudad de Dolores, en paraje denominado Sol de Mayo, a la vera de la ruta 63, propiedad de la familia Rubianes.
La sección Documentos, contiene «Testimonios de Mitre sobre la guerra de la Triple Alianza» (páginas 153-159) por Isidoro Ruiz Moreno. De los manuscritos del Museo de Luján sobre la guerra del Paraguay, no incorporados en recopilaciones recientes, el autor rescata del material reunido por Zeballos para un libro que preparaba y no concluyó, una carta suya y la respuesta de Mitre del 6 de abril de 1896, el borrador de  otra  nota de Zeballos a Mitre,  del 17 de marzo de 1898, y un memorándum o relación que Zeballos redactó el 5 de febrero de 1898 de  lo conversado en una comida realizada el 5 de septiembre de 1891 en casa de Mauricio Peirano, en la que participaron Zeballos, Roca, Mitre, el Dr. Ramón B. Muñiz y el cónsul italiano cav.  Quicco, con interesantísimas revelaciones de Mitre sobre la entrevista de Yataity-Corá, y sobre el ingreso del ejército aliado al territorio paraguayo; manifestaciones que Mitre reconoció como ciertas el 28 de marzo de 1898.
En la sección Comentarios Bibliográficos, se reseñan los libros «Vida de Urquiza», de Isidoro Ruiz Moreno, por Pedro León Cornet (páginas 163-165), valiosa, novedosa y reciente contribución documentada en la cual se resaltan los esfuerzos de Urquiza por la concordia  y la unidad nacional. José Luis Alonso, en páginas 166-168  da noticia de la reedición de las memorias del marino inglés Robert W. Eastwick («A master mariner. Being the life and adventures of captain»), en que dicho capitán mercante llegado a Montevideo con un grupo de comerciantes después de la primera invasión británica de 1806, que fue testigo de la preparación de la expedición a Buenos Aires por el general Whitelocke, y evidencia el desconcierto final de los comerciantes y su retirada y regreso a las Islas Británicas. Cierra el volumen, la cumplida reseña que el Director de la Revista realiza (páginas 169-170) de la tesis doctoral de Ezequiel Abásolo sobre  «El Derecho Penal Militar en la Historia Argentina», obra de singular valía.

lunes, 2 de abril de 2018

PRESENTACIÓN DEL LIBRO "MAIPÚ, UN ABRAZO PARA LA HISTORIA"












El pasado 27 de marzo fue presentado en el Regimiento de Granaderos a Caballo General San Martín el libro "Maipú, un abrazo para la historia". Así, en el marco de las conmemoraciones por el bicentenario de la Batalla de Maipú, el acto fue presidido por el jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas, teniente general (VGM) Bari del Valle Sosa, y el jefe del Ejército, general de brigada Claudio Ernesto Pasqualini. El libro consta de cuatro capítulos con mapas e ilustraciones y presenta los hechos desde el nacimiento del Ejército de los Andes hasta la Batalla de Cancha Rayada. Asimismo, contiene semblanzas de los comandantes que protagonizaron la guerra, la descripción de la Batalla de Maipú, su desenlace y repercusiones. En la presentación, el general de brigada (R) Rafael Barni -coordinador del libro- mencionó que en sus páginas hay "mucho del comportamiento humano" y remarcó la importancia de la historia "que permite comprender la realidad del presente analizando el pasado" Por su parte, el general de brigada (VGM) Diego Soria -ex presidente del Instituto Nacional Sanmartiniano- dijo que se tendrá en las manos un "testimonio de la integración argentino chilena". Los autores argentinos fueron el doctor Guillermo Palombo, el general Diego Soria y el doctor Julio Luqui Lagleyse. A su vez, los autores chilenos fueron el general de división Roberto Arancibia Clavel y el doctor Valentín Ferrada Walker. En los mapas e ilustraciones colaboraron además del doctor Luqui Lagleyse, el coronel (VGM) Alfredo Stahlschmidt -ingeniero militar geógrafo argentino- y el general chileno Marcos López Ardiles.




Archivo del blog