sábado, 4 de julio de 2009

LAS NAVAS DE TOLOSA O EL TRIUNFO DE LA SANTA CRUZ

Pendón tomado a los moros (Abadía de Las Huelgas).



Batalla de las Navas de Tolosa (miniatura de las Cantigas de Santa María).


Por Sandro Olaza Pallero



La caída de Salvatierra (1211), la principal fortaleza de la orden de Calatrava, que había sido entregada al ejército almohade, sin que Alfonso VIII se hubiera atrevido a socorrerla, causó una gran impresión tanto en España como fuera de ella. El papa conminó a los reyes cristianos, que tenían cuestiones pendientes con el castellano, a guardar, durante el tiempo de la misma, las treguas en vigor, bajo pena de excomunión.
Embajadores castellanos, entre los que se contaban varios prelados y el médico francés del rey, propagaron las breves del Papa por Francia y la promesa de Alfonso VIII de pagar sueldo y avituallar a los caballeros que viniesen a España, y a sus gentes de armas. Fijaba como plazo para la concentración la octava de Pentecostés -31 de mayo- y como punto de reunión la ciudad de Toledo, al cuidado de su arzobispo Rodrigo Jiménez de Rada, que había de ser a la vez actor e historiador de la campaña.
Los ultramontanos -extranjeros- empezaron a llegar ya en el mes de febrero, y acamparon bajo los árboles de la Huerta del Rey, que se extendían más allá del puente de Alcántara, abrazada por un meandro del Tajo. Entre los señores extranjeros que acudieron, casi todos franceses, figuraban como más destacados los arzobispos de Narbona y Burdeos y el obispo de Nantes, según el testimonio del propio Alfonso VIII, en la carta que dio cuenta de su victoria a Inocencio III, 2.000 caballeros con sus pajes de lanza, hasta 10.000 soldados a caballo y 50.000 peones.
El 21 de junio se pusieron en marcha los ejércitos cristianos. Eran tres: los cruzados ultramontanos, que capitaneaba Diego López de Haro, el del rey de Aragón y el de los castellanos, mandado por Alfonso VIII.
Tomaron Malagón y se encaminaron a Calatrava, castillo fuerte y defendido que rindieron los moros al rey castellano. Disminuido el ejército cristiano por la deserción de muchos extranjeros, de lo que pronto fueron enterados los musulmanes por sus espías, siguieron los católicos hasta Alarcos, tomando algunos castillos de sus alrededores, Caracuel y Almodóvar entre ellos.
Mientras tanto, en el campamento de los cruzados, se discutía el modo de vencer las dificultades del paso de Losa, cuando inesperadamente un pastor y cazador de conejos llamado Martín Halaja, pidió á los centinelas permiso para hablar con los reyes cristianos, a los que tenia que dar noticias de importancia, y una vez en su presencia, les manifestó que conocía senderos y encrucijadas, por los cuales las tropas podían llegar a la cumbre sin ser vistas de los enemigos. Se consideró al pastor como un enviado providencial, y el Señor de Vizcaya y Álava, con algunos tercios de montañeses vascongados, salieron a cerciorarse del aviso, treparon sigilosos, y se encontraron en la llanura de las Navas de Tolosa, campo a propósito para una gran batalla. Conservaron la posición, avisaron y subieron los ejércitos cristianos, y al observar los moros silencioso y solitario el campamento cruzado, juzgaron que éstos rehuyeron la batalla y se habían retirado, por lo que al mirarlos dueños de posiciones que conceptuaban inconquistables, si su asombro fue grande, les sobrepujó la rabia, y provocaron la batalla que rehúsaban los cristianos fatigados. Acreció la soberbia musulmana, pues lo achacaban a cobardía, e insistieron en combatir el siguiente día, pero siendo domingo, también lo evitaron los cristianos, quienes lo dedicaron a oraciones religiosas, confesiones y comuniones.
Los sermones y pláticas de los religiosos, entusiasmaron a jefes y soldados, que ardían en deseos de cruzar sus armas con los enemigos de la fe. Antes que rayara el alba del lunes 16 de julio de 1212, los guerreros cristianos divididos en cuatro cuerpos, esperaban la señal de combatir.
Seguía Diego López de Haro, mandando la vanguardia formada de los tercios vascongados, las cuatro órdenes militares y las compañías de los Concejos de Madrid y otras nueve villas. Sancho el Fuerte dirigía su ejército navarro, tres concejos castellanos, y los voluntarios de los reinos de Portugal, Galicia, Asturias y León. El rey de Aragón y conde de Barcelona, capitanea los aragoneses y catalanes.
Y la retaguardia era dirigida por el rey de Castilla con el grueso de sus tropas y fuerzas de cuatro villas y ciudades. Aparecieron por tercera vez los moros en orden de batalla, en cinco grandes cuerpos de ejército en forma de media luna para envolver a los enemigos.
El emir de los infieles dirige sus huestes desde su magnífica tienda de campaña, colocada en un cerro que domina la comarca y el campo de pelea, teniendo a su lado, el caballo y las armas y en las manos el Al-Corán, alternando las órdenes de mando con la lectura de algunos versículos guerreros. Rodean y defienden la tienda del emir, en primera línea diez mil negros, amarrados como demonios, que apoyan en el suelo largos lanzones, en la segunda fuertes y aferradas cadenas, y en la tercera tres mil camellos.
Impacientes los dos bandos, apenas la luz crepuscular de la mañana les permite verse, se lanzan el uno sobre el otro con igual denuedo, entre el estrépito de los tambores, clarines y demás instrumentos bélicos y los gritos estridentes de los combatientes, luchando los mahometanos como tigres y como leones los cristianos. El primer choque de las dos vanguardias fue horrible, y los vascongados, las órdenes militares, y las tropas de algunos concejos castellanos, resistieron heroicamente el empuje de los 160.000 africanos, división escogida para que, cual huracán furioso deshiciera la vanguardia cristiana, y facilitara un triunfo completo.
Pronto se generalizó la batalla en ambos bandos, y todos se conducían valerosamente. Mohammed Aben Jacub insistía en combatir, pues sabía que los soldados de López de Haro se defendían con ardor, y arrojó sobre ellos otro cuerpo de ejército. Tanta muchedumbre creyó imposible resistir el contingente madrileño, y se declaró en retirada.
Corre esta noticia en los dos campos exagerándose en ambos, pues se añade que se retiran los tercios vascongados y toda la vanguardia, dando al hecho cierto colorido de verdad, por la semejanza de los escudos de Vizcaya y de Madrid, luciendo en ambos en el centro un árbol verde. El peligro enardeció más al señor de Álava y Vizcaya, a los guerreros vascos, a las órdenes militares y a los concejos que permanecieron firmes, embistieron y destrozaron a sus contrarios. Entretanto la división que manda el monarca navarro, retrocede, aunque en orden, algún poco de terreno y llegan los moros hasta el rey de Castilla, con lo que y las malas nuevas de la vanguardia, sin temor, pero juzgando perdida la batalla exclama: “Arzobispo, yo e vos aquí muramos”. A lo que contestó el primado de Toledo: “Nonquiera Dios que aqui marades, antes aquí habedes de triunfar del enemigo”.
El rey replicó: "Pues vayamos aprisa á acorrer a los de la primera haz, que están en grande aficamiento". Y picando los dos a sus caballos pusieron en obra su proyecto, pues consiguieron detener a los fugitivos y llevarlos de nuevo al campo de batalla, con lo cual y los repetidos gigantescos esfuerzos de los del señor de Álava y Vizcaya, cambió de aspecto la pelea.
Piden los moros africanos que avance en su ayuda la caballería de los andaluces, pero estos vuelven grupas y huyen, llevando el desorden a su propio campo. Entre tanto que los vascongados hacen aun mayores destrozos en la retirada de los infieles, se declara el triunfo y degüello general y llegan los cristianos a la tienda de campaña del emir de los musulmanes.
Éstos heroicamente lo defienden y mueren miles de asaltantes hasta que el rey de Navarra, con sus gentes, rompe la triple línea y entra en la tienda y tras los navarros fuerzas aragonesas, catalanas y castellanas. El emir monta su cabalgadura y huye a Jaén con los restos de sus destrozadas huestes.
Se ordena a los castellanos el degüello general de los moros y se prohibió hacer ni un solo cautivo o prisionero. Dura la matanza hasta después de haber anochecido, muriendo en la batalla y en la retirada 200 mil moros y 25 mil cristianos.
Sobre aquel campo cubierto de cadáveres entonó el arzobispo de Toledo el TeDeum Laudamus que cantaron con el, los tres reyes, los prelados, el clero y los jefes y soldados, en acción de gracias por tan importante victoria, que por sus peripecias extraordinarias se consideró debida a la protección manifiesta de Dios. La batalla de las Navas de Tolosa, denominada también de la Santa Cruz, fue una de las glorias más preciadas del cristianismo, de toda España, y fue a la vez una gloria eminentemente vasco-navarra.
Don Rodrigo, arzobispo de Toledo, hijo de Navarra, había inspirado la idea de la cruzada, al monarca de Castilla, y pasó a Roma como su embajador, donde obtuvo la declaración apostólica, para predicar la cruzada en Italia, Alemania y Francia. Trajo consigo un ejército de voluntarios cruzados, y animaba a los castellanos en sus momentos de desaliento.
López de Haro fue la primera figura militar de la campaña y con los tercios de las tres actuales provincias vascongadas, sostuvo lo más recio del combate e inició la victoria en la vanguardia. Sancho VII Garcés, el Fuerte, y su ejército reanimaron el campo cristiano incorporándose a él, en los momentos que desertaban los cruzados extranjeros, pues decidieron y completaron la victoria, con el asalto a las triples fortificaciones de la tienda del emir. De Sancho se dice que medía más de dos metros veinte de estatura y que manejaba con una mano un enorme mandoble que era el terror de los infieles.
El monarca navarro erguido en su corcel, blandiendo su enrojecido mandoble, y solo en aquel círculo de hierro con sus doscientos caballeros navarros, fue la personificación del triunfo, del valor guerrero y se hizo perdonar y olvidar sus extravíos en África cuando había servido a los moros. En resumen la participación que en la batalla de las Navas de Tolosa les cupo a los cuatro pueblos vascos, es una de las páginas más heroicas y brillantes de su historia.
Los despojos de la batalla fueron de suma importancia en armas, caballos, camellos, alhajas y piedras preciosas, ropas, almacenes, carros, acémilas, y tesoros en metálico, pues los mahometanos habían desplegado en esta ocasión un lujo ostentoso y vano que contrastaba con la sencillez de los cristianos. Pero el trofeo de mayor estima fue la rica tienda de Mohammed, que se regaló al Sumo Pontífice y se envió a Roma.
Los demás despojos se distribuyeron entre los que habían concurrido a la batalla, haciéndolo por encargo del castellano, López de Haro y cumplió su cometido con tanta justicia y generosidad que dio menos á sus mas allegados, y no se reservó nada para sí. Admirado de ello Alfonso VIII, le preguntó, cuál era su parte, y contestó: “la más preciosa y de más valía, la parte de honra que me corresponde en esta gloriosa empresa”.
Otro trofeo fue un tapiz musulmán conservado actualmente en la abadía de las Huelgas Reales de Burgos. Es llamado pendón de las Navas de Tolosa, muy ricamente decorado, las bandas superior e inferior llevan escritas frases de significado religioso.
A los lados, las escrituras están hechas de tal modo que puedan ser leídas por el revés del tapiz. En el centro, una estrella de ocho puntas evoluciona en formas diversas hasta morir en un círculo, conforme al gusto musulmán por la geometría, donde predominan los colores dorados y rojos.
El monarca navarro, recogió también su porción gloriosa, las cadenas que rompió tan bravamente y una esmeralda del turbante del rey moro, que llevó a la catedral de Pamplona, y se dice que adoptó por emblema de su escudo. Se regocijó la cristiandad al tener noticia de la derrota de los infieles, y la Iglesia la celebra en España anualmente, con el título de Triunfo de la Santa Cruz, el día 16 de Julio.
Como consecuencia de la victoria de las Navas de Tolosa, ganaron los cristianos, para Castilla, todo el país que habían recorrido antes de la batalla, el difícil paso de Despeñaperros, antemural de Andalucía, y después los pueblos y territorios de Ferral, Bilches, Baños, Tolosa y Úbeda. Desde ahí regresaron a sus respectivos estados y se disolvió la cruzada, como siempre prematuramente y sin sacar todo el partido que se debiera en aquellas favorables circunstancias. Con la batalla de las Navas, cambia de la situación y adviene la preponderancia católica sobre los moros, y comienza la decadencia de los almohades, que terminará en 1248 con la reconquista de Sevilla por San Fernando, para ser sustituida por la de los moros andaluces. Castilla sobresale ya, no solo entre los estados cristianos, sino sobre los infieles, y a estas trasformaciones han contribuido notablemente las cuatro provincias vasco-navarras.
Los historiadores árabes, la llaman batalla de al-Ikab y la consideran como “la primera señal de debilidad que se manifestó entre los almohades, sin que en adelante las gentes magrebíes se encuentren ya en disposición de hacer expediciones”. Entre los linajes vascos que se encontraron en la batalla de las Navas de Tolosa se destacaron: Abad, Aldabalde, Arcay, Bernal, Casares, Echaniz, Elorza, Gavira, Góngora, Mendoza, Ocaranza, Ugarte, Zamora, Zuazo. También se distinguió por su denuedo y bizarría Pedro de Lavalle, alférez del rey de Aragón y antepasado del ilustre general argentino Juan Galo de Lavalle, héroe de la independencia.



Bibliografía:

BLEIBERG, Germán (Dir.), Diccionario de Historia de España, Revista de Occidente, Madrid, 1969, III.
ORTIZ DE ZÁRATE, Ramón, “Los vasco-navarros en las Navas de Tolosa. Páginas de un libro inédito”, en Revista Euskara (1878-1883), Eusko Ikaskuntza, Donostía, 1997, IV.


Batalla de las Navas de Tolosa.

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