viernes, 15 de abril de 2011

COMIENZO DE LA DESORGANIZACIÓN NACIONAL

Tomás de Iriarte.



                                         Por Tomás de Iriarte*


"El partido caído se había lanzado en la arena de una lucha encarnizada contra el gobierno por medio de la prensa. Aquellos hombres intolerantes y exclusivos olvidaron sus doctrinas moderadas cuando se encontraron separados y a distancia de la silla del poder y no perdonaron ni los medios que ellos mismos habían reprobado en sus antagonistas, cuando, en posesión del mando, designaban a los que los atacaban. Ahora, para ellos, ningún medio encontraban vedado y daban así una prueba bien patente de su inconsecuencia e iliberalismo. Dorrego tenía un carácter fogoso. Sus antecedentes habían sido tumultuarios, bulliciosos y marcados con el sello de la insubordinación y la imprudencia. Los unitarios querían precipitarlo lastimando su susceptibilidad con diarias filípicas en las que no perdonaban ni el sagrado de la vida privada. Le llamaron mulato muchas veces y agotaron el diccionario de los improperios para exasperarlo y conducirlo a un abuso estrepitoso de la fuerza. Pero Dorrego los comprendió y estuvo muy sobre aviso para abstenerse de violar las garantías legales en sus adversarios. Recuerdo que a este propósito me dijo un día: "¡Qué chasco se llevan los unitarios! Ellos se proponen precipitarme. Me creen hombre capaz de un gran golpe de autoridad, de un escándalo, y por eso me improperan para exasperarme y conducirme a una violación inaudita. Se equivocan. Ellos hacen alarde de la liberalidad de principios de su maestro, don Bernardino Rivadavia. Pues bien: yo me he propuesto excederlo en tolerancia". Y Dorrego fue constantemente fiel durante su mando a esta regla de conducta. Jamás la prensa había estado tan desencadenada contra el gobierno. Era la licencia más desenfrenada y, sin embargo, fueron muy pocos los casos de juicio de imprenta. Al partido federal pertenecía Juan Manuel de Rosas, comandante general de las milicias de campaña. Este caudillo, como creemos haber ya indicado, estaba en constante acecho, no cesaba de trabajar sordamente en la campaña para aprovechar la primera oportunidad favorable de satisfacer sus altas miras de ambición personal. Desde que Dorrego subió al gobierno, Rosas y su círculo, al que pertenecían los hermanos Anchorena (don Juan José, Tomás y Nicolás), manifestaron sin rebozo sus pretensiones de dirigir la marcha de los negocios públicos, pero Dorrego no era hombre para soportar semejante dependencia. Incitó a don Tomás de Anchorena para que aceptase el ministerio de gobierno, pero Anchorena lo rehusó, porque la pretensión de este hombre de ideas rancias, y antisociales era mandar desde su casa sin revestir carácter público para evitar toda responsabilidad. Dorrego se condujo con dignidad señalando a los Anchorena el lugar que les correspondía: el de no tomar parte directa en la marcha de la administración. De modo que esto produjo como era consiguiente, una división en el partido federal, que no hizo su explosión entonces por el interés común a las dos fracciones de luchar contra la oposición del partido unitario. Hacía tiempo que Rosas aspiraba a obtener el destino de comandante general de campaña como el medio más eficaz para ir preparando el camino que debía conducirlo al mando supremo: un empleo que ejercido por un hombre ambicioso, inmoral y sin patriotismo debía necesariamente imponer al gobierno, por el uso siniestro que podía hacer de los campesinos armados, y Rosas tenía la astucia suficiente para haberse muy popular entre ellos. El no era más que comandante general de las milicias, las atribuciones de este destino no eran tan altas que pudiera con gran ventaja y facilidad consumar sus siniestros designios. Así es que durante la época de la presidencia no consiguió obtenerlo. Pero Dorrego, que debió cortar los vuelos a Rosas, cuyas tendencias anárquicas y predominio absoluto eran tan conocidos, tuvo la debilidad, por temor, sin duda, de conferirle el título de comandante general de campaña y, desde entonces, quedó entregado cuerpo y bienes en manos del gaucho feroz.Este iba gradualmente saturando su plan, preparando en silencio y al abrigo de la soledad y despoblación de los campos los elementos combustibles que más tarde debían producir un incendio, un gran desorden de que él solo sacase buen partido, y para hacer la explosión esperaba sin duda la terminación de la guerra con el Brasil. No creía al menos que hubiera llegado el momento de levantar el grito de rebelión, porque mucho le importaba que continuase la discordia encarnizada entre el partido de Dorrego y el unitario. Detestaba ambos círculos y esperaba con increíble calma, con paciencia y disimulo, que tuviese lugar una conflagración para presentarse en la palestra dando la ley a entrambos partidos a favor del poder que le daba su popularidad en la campaña y la preponderancia de ésta sobre la ciudad. Más tarde lo veremos aparecer en la escena y ser aclamado como el iris de la paz por un pueblo cansado y abrumado bajo el peso mortífero y destructor de una prolongada contienda civil, amén de dos guerras exteriores que habían acabado de aniquilarlo y de hacer general el deseo de la paz aun a costa de sufrir un pesado yugo para conquistarla. Veremos cómo el infame Rosas supo aprovecharse de las calamidades públicas para subyugar a sus compatriotas bajo un cetro de hierro y por medio del terror".


* IRIARTE, Tomás de, Memorias del general Iriarte. Textos fundamentales, Selección y comentarios por Enrique de Gandía, Buenos Aires, Compañía General Fabril Editora, 1962, t. II.


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