domingo, 7 de agosto de 2011

LOS LOCOS DE JUAN MANUEL DE ROSAS

Don Eusebio de la Santa Federación.


Por Sandro Olaza Pallero



Los alienados en la época de Juan Manuel de Rosas estaban recluidos en el Hospital General de Hombres, donde su Cuadro de Dementes era, de hecho, el manicomio de la ciudad. En 1830 sobre 200 enfermos había 120 alienados y en 1854 -dos años después de la caída del gobernador- figuraban 131 dementes sobre un total inferior a 200 enfermos. [1]
Se puede afirmar que en ese tiempo los alienados constituyeron la mayoría de los enfermos allí hospitalizados. En el Hospital de Hombres los alienados vivían en completa aglomeración, muchos de ellos sin otra cama que el desnudo y frío suelo, en calabozos húmedos, oscuros y pestíferos. Los cepos para sujetar y calmar a los furiosos, y los cepos que contenían las mismas camas, eran de uso frecuente para calmar la agitación. De los médicos que asistían a los alienados, el único que seguía una terapéutica más racional, era el doctor Claudio Mamerto Cuenca. [2] 
Rosas como era frecuente en los gobernantes, tenía marcada afición a rodearse de locos bufones. Se cuenta que en su juventud gustaba de frecuentar los puestos de las recovas de la plaza de la Victoria, armando juerga en torno de algún negro o mulato extraviado de juicio, que mezclaba las procacidades de su delirio con risueñas retóricas de exaltado patriotismo.
En la década de 1820 contaba entre sus amigos de confianza al profesor italiano de retórica Vicente Virgil, que arribó a nuestro país en 1813 y quien le interesaba más bien por sus locuras que por sus humanidades. Cuatro locos vivieron durante muchos años en la residencia del Restaurador en Palermo, con la singularidad de ser mulatos tres de ellos -el Gran Mariscal Don Eusebio, el Reverendo Padre Biguá y el Loco Bautista- y negro el más joven, conocido por el negro Marcelino. Los dos primeros eran muy populares en el vecindario y muy temidos, por la bastante picardía de que eran aún capaces. [3] Merece leerse, por ser histórica, la aventura de Eusebio en el baile de María Josefa Ezcurra, cuando Rosas lo mandó para que bailara un minué con su propia cuñada, y la burla a Estanislao López, obligado a que se diera al loco el tratamiento de obispo, en circunstancias de tramitarse la designación de obispo para Santa Fe. El loco Bautista era menos gracioso, por hallarse próximo al estado demencial. Rosas lo empleó como víctima pasiva de sus diversiones. Se ha escrito que era el preferido para que “le insuflaran los intestinos por medio de fuelles y hacerlo luego montar con espuelas”, o bien para “hacerle arrancar los pelos del periné por medio de pinzas”, en lo que parece haber una exageración. El negrito Marcelino completaba la tetrarquía de los bufones familiares. El padre Biguá acostumbraba valerse de Marcelino para ejecutar pequeñas estafas, de las cuales nadie reclamaba temiendo el enojo del Restaurador. [4]
Entre los locos propagandistas inducidos por Rosas para que circularan por la ciudad para anunciar sus victorias y difundir sus amenazas se encontraban  Camilo Palomeque, el padre Cardoso, Ramos, etc. José María Ramos Mejía destacaba entre los locos propagandistas al famoso coronel Vicente González, “más conocido por Carancho del Monte, a quien Rosas le escribía cartas dándole el título de Conde de la Calavera y Majestad Caranchísima; este desgraciado hizo testamento encomendado su alma a San Vicente Ferrer y al Restaurador de las Leyes. Cual sucede con todos estos bribones, la religión servíale de instrumento de disimulación”. [5]

El Negro Biguá (por Carlos E. Pellegrini, 1841).

Otros locos propagandistas pertenecían al famoso “clero federal”, y no tenían respeto alguno por el hábito que vestían. Entre ellos se distinguía el cura Gaete, párroco de La Piedad –cruel personaje de la novela Amalia de José Mármol-, que en sus orgías de alcohol y de prostitutas predicaba el exterminio de los locos unitarios “y de sus inmundas crías”, a la vez que colocaba el retrato del Restaurador en los altares y vestía las imágenes de los santos con las rojas divisas del partido federal.   
Según Ramos Mejía la muerte de Juan Lavalle fue mandada festejar por Rosas y el cura Gaete organizó una borrachera en la Piedad en octubre de 1841. También se ordenó a Ciriaco Cuitiño y Julián González Salomón que hicieran lo mismo en la plaza de la Concepción. “Todos, a cual más, bebían con delirante entusiasmo, dice un folleto que tengo a la vista –señala Ramos Mejía-, describiendo estas orgías, cuyas consecuencias hacían temblar a Buenos Aires. En todas ellas los que se manifestaban tibios, es decir, los que no bebían en abundancia, eran considerados sospechosos y debían ser tratados con rigor”. [6]

Las nobles distracciones del Restaurador (El Grito Argentino, 1839).

Cuando murió Encarnación Ezcurra, su marido se encerró en una habitación a lamentar su desaparición con Biguá y Don Eusebio. En algunos momentos se detenía ante el dolor y pegaba una bofetada a uno de sus locos y con voz triste les preguntaba: “-¿Dónde está la heroína?- Está sentada a la diestra de Dios Padre Todopoderoso, -respondía Biguá, y volvían a llorar. Ramos Mejía siguiendo al positivismo biológico describe a los bufones con sus perfiles grotescos y fisonomías deformes. Los llama imbéciles abofeteados por Rosas en sus horas de recreo, y “cuyos intestinos hacía insuflar por medio de fuelles” para montarlos con espuelas. El loco Eusebio asistía de noche a los cuarteles vestido con uniforme y condecoraciones, donde le hacían la guardia y también el centinela del cabildo, quien le saludaba con toque de tambor: “Cabo de guardia, el señor gobernador”. [7]
El Grito Argentino, diario opositor a Rosas, publicaba en Montevideo en 1839 caricaturas con leyendas críticas al gobierno rosista y en varias de ellas se puede apreciar a Eusebio con un fuelle. En el n° 5 relata cuando Rosas recibe la cabeza de Zelarrayán: “y con la costumbre que tiene de divertirse con la vida de los hombres, se puso a jugar con ella; a empinarse botellas, y a soplar con el fuelle al mulato loco Eusebio, plantándole después su pata de caballo en la barriga con riesgo de matarlo, como mató antes al otro mulato Biguá”. [8]  
Refiere Ingenieros que “Juan Lavalle en su juventud, era familiarmente conocido en Buenos Aires por el loco Lavalle, reputación que expresaba su carácter indisciplinado y levantisco; en el mismo sentido fue usual hablar de el loco Alvear, el loco Dorrego y el loco Rosas, sin que esas denominaciones tuvieran fundamento médico”. [9]
En un curioso documento del Archivo de Policía, reproducido en La Revista Criminal, fechado el 14 de marzo de 1850, firmado por Pedro R. Rodríguez, capitán escribiente de la Secretaría de Rosas y dirigida al jefe interino de Policía, se le comunicaba que “el infrascripto ha recibido orden del Excmo. Señor Gobernador de la Provincia, Brigadier Don Juan Manuel de Rosas, para decir a V.S. que habiendo sabido S.E. que el loco Don Eusebio anda con una pistola cargada, lo llame V.S. y le diga de orden de S.E. que ni por las leyes de Colón, ni por ningunas otras, pueden los grandes Mariscales, ni los Gobernadores andar con pistolas, exponiéndose así a una desgracia: que por esto el Señor Mariscal jamás habrá visto a su padre, ni en poblado ni en campaña, cargar armas de ninguna clase; y que en su virtud habiéndolo así representado al Excmo. Señor Gobernador Don Juan Manuel de Rosas los señores jueces de justicia, para satisfacerlos, ordena S.E. al Señor Mariscal le mande la pistola a efecto de mandarla S.E. con el correspondiente oficio a los señores jueces de justicia”. [10]
Ramos Mejía conoció al loco Eusebio, muerto en 1873, en la sala del viejo Hospital de Hombres, de donde fue él practicante de primer año de medicina, e interrogó a este personaje que poseía una verbosidad informativa y le gustaba recibir propinas por contar sus anécdotas: “reproducía las clásicas escenas en que fue actor, bien a su pesar algunas veces: la monta del potro bravío con espuelas nazarenas, los llantos y oraciones en el velorio de la ilustre heroína, versadas y discursos cuyos detalles la fiel memoria conservaba respetuosamente”. [11]
No hay ninguna duda que el loco Eusebio fue el más hábil de los bufones de Rosas, quien con gran perspicacia, descubría enseguida cuál de las personas presentes era la más antipática para su amo, y sobre ella comenzaba sus burlas, señalando elementos de su vestuario o haciendo comparaciones ridículas con algunas partes de la anatomía. El burlado no podía hacer otra cosa que soportar las “atenciones” del mulato. [12]
José M. Roxas y Patrón en carta a Rosas del 27 de julio de 1860 le decía que don Eusebio había estado hablando con él y le había dicho que se volvía al Asilo de Mendigos, por no estar sujeto con un tal Mendoza y por consejo de las señoras Ezcurra: “Efectivamente, le han aconsejado bien porque el Asilo ahora está mejor organizado, y allí se verá bien atendido. Hemos acordado el modo en que he de remitirle los socorros”. Cuatro meses antes don Eusebio se había escapado del Asilo y también Roxas se lo había hecho saber al Restaurador: “El pobre don Eusebio se ha aparecido otra vez huyendo del Asilo de Mendigos. Ha vuelto a hospedarse en lo de Mendoza. Su salud está bastante decaída: me visita todas las tardes”. Un año antes don Eusebio se encontraba bien tratado en el Asilo y Roxas destaca la picardía del bufón: “Yo le había asignado 20 pesos cada 15 días para sus gastos menores. Los mandaba buscar con un ciego de su confianza que venía a la ciudad. Pero el otro día me mandó decir, que el ciego estaría sin duda en el hospital, porque hacía dos meses que no aparecía por allá; lo cual no es así, pues ha pocos días que entregué los últimos 20 pesos correspondientes a la quincena. Espero a este bribón para hacerlo agarrar”. [13]
En una ocasión Roxas envía a Rosas un autógrafo escrito para él por Eusebio, lleno de incoherencias pero demostrativo de su lealtad. Mario César Gras menciona la lealtad del loco al exiliado Restaurador: “El infeliz tarado, al revés de muchos cuerdos eminentes, guardaba gratitud a quien él como éstos, rindieron similar pleitesía en horas de esplendor y omnipotencia”. [14]
Manuel Gálvez destaca que la afición del Restaurador a los bufones demuestra su buen humor. Se pregunta: “¿resucitan en Rosas sus antepasados medievales?” Y responde Gálvez que en la Edad Media y aún en los tiempos modernos, los monarcas, los príncipes, los grandes señores y hasta los obispos tenían bufones: “En los mismos años que Rosas, los tiene Diego Portales, el genial dictador chileno. La Buenos Aires del siglo XX ha conocido a un hombre de talento que cultivaba las bufonerías. José Ingenieros descansaba de sus intensos trabajos médicos, sociológicos e históricos, reuniendo a sus amigos para burlarse de algún pobre diablo”. [15]
Guillermo Enrique Hudson conoció de niño al bufón Eusebio con su traje de general y su tricornio escarlata coronado con un inmenso penacho de plumas escarlatas: “Marchaba con tremenda dignidad, cola espada colgándole al costado, y doce soldados, también en escarlata, caminaban, seis a cada lado de don Eusebio, con las espadas desnudas en sus manos…Al propio gran Rosas no lo pude ver, pero algo fue poder echar ese momentáneamente vistazo al general Eusebio, su bufón en la víspera de la caída de aquél”. [16]
Juan Agustín García en Sombras del pasado describe el ambiente de Palermo en los tiempos del Restaurador a quien describe de buen humor y jovial: “A su derecha se sientan los generales, Rolón y Pinedo; a su izquierda el mulato Eusebio, gobernador de farándula, serio, grave, que habla dentro de su papel, con sus ojos puestos en el amo que lo observa, y que cambia con una gran facilidad entre la risa y la furia”. [17] Un contemporáneo describe el papel de los bufones en la corte rosista: "De sus bufones se servía para prevenir a los empleados de sus faltas, para imponer a sus subalternos, para humillar a los que pretendían tener conciencia de su personalidad". [18] 

Notas:


[1] Ingenieros, José, La locura en la Argentina, Buenos Aires, Elmer, 1957, p. 69.
[2] Ídem, p. 70.
[3] Ibídem, p. 73.
[4]  Dice Ingenieros que cuando se aproximó el día de la ejecución de los asesinos de Facundo Quiroga, Rosas envió a Biguá a la celda donde estaba Guillermo Reynafé y que le ofrecía el perdón con la intención real de burlarse de él: “En un momento que lo tuvo a tiro, Guillermo Reynafé, que desde el principio espiaba aquella oportunidad, le dio tal bofetada que lo dejó sin aliento”. Ibídem, pp. 74-76.
[5] Sobre estos locos del Restaurador nos dice Ramos Mejía: “Dentro de la ménagerie tenía un cierto número de bufones, que a fuerza de azotes aprendieron grandes tiradas de versos, de discursos y documentos públicos que él quería divulgar en oídos unitarios vergonzantes. Los desgraciados carecían, por supuesto, de intención y hasta del vulgar talento del juglar para animarlos con la música y el gesto zurdo de don Eusebio”. Ramos Mejía, José María, Rosas y su tiempo, Buenos Aires, Emecé, 2001, pp. 368-371.
[6] Relata Ramos Mejía: El cura Gaete, de tan horrible recuerdo y que en medio de su asquerosa embriaguez, brindaba por las tres santas, la santa Federación, la santa verga y la santa cuchilla, hacía que las señoras que se confesaban con él, se persignaran diciendo: Por la señal de la santa Federación”. Ramos Mejía, José M., Las Neurosis de los hombres célebres en la historia argentina, Buenos Aires, La Cultura Popular, 1932, pp. 200 y 211.
[7] Ídem, pp. 166-167.
[8] Pradére, Juan A., Juan Manuel de Rosas. Su iconografía, Buenos Aires, Casa Editora J. Mendesjy, 1914, p. 172.
[9] Ingenieros, La locura…, p. 79.
[10] La Revista Criminal, Buenos Aires, 1873, pp. 79-80.  
[11] Ramos Mejía, Rosas…, pp. 26-27.
[12] Barsky, Julián, “Balada para el negro Raúl”, en Todo es Historia n° 485, Diciembre 2007, p. 28.
[13] Raed, José, El general Rosas tiene la palabra. Cartas inéditas de Rosas, Roxas y Patrón, Buenos Aires, Platero, 1980, pp. 109, 118 y 121.
[14] Gras, Mario César, Rosas y Urquiza: Sus relaciones después de Caseros, Buenos Aires, Edición del autor, 1948, p. 236.
[15] Señala Gálvez que las diversiones en Rosas son escasas: “En los primeros tiempos, alguna vez, en las solemnidades, va al teatro o al circo…En ocasiones excepcionales, come con dos o tres amigos, en la Fonda de los Tres Reyes, en una pieza donde nadie entra, a no ser don Eusebio, que sirve la mesa. Su diversión preferida es hacer bromas a sus amigos y parientes, casi siempre muy pesadas, o fechorías a don Eusebio”.  Gálvez, Manuel, Vida de don Juan Manuel de Rosas, Buenos Aires, El Ateneo, 1940, pp. 269 y 284.
[16] Hudson, Guillermo Enrique, La tierra purpúrea. Allá lejos y hace tiempo, Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1980, p. 252.
[17] García, Juan Agustín, Obras completas, Buenos Aires, Ediciones Antonio Zamora, 1955, II, p. 1149.
[18]  Gálvez, Víctor [Quesada, Vicente G.], Memorias de un viejo, Buenos Aires, Solar, 1942, p. 106.


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