viernes, 13 de noviembre de 2009

EL DERECHO A LA EDUCACIÓN EN LA AMÉRICA HISPÁNICA: A PROPÓSITO DE LA FUNDACIÓN DE UNA ESCUELA PRIMARIA EN SAN ISIDRO

Paisaje de San Isidro (por Prilidiano Pueyrredón).


Carlos III (por Mengs).
San Ignacio de Loyola.


Por Sandro Olaza Pallero




1. La enseñanza primaria durante la dominación hispánica en América


No es fácil sintetizar en esta introducción la historia de la educación en la América hispana, pero es, de igual modo, una propuesta tentadora cuando meditamos sobre aspectos relevantes del pasado remoto que nos permite discernir sobre problemas y contradicciones de la historia reciente[1]. El proyecto imperial castellano durante el siglo XVI fue seguido de un modelo educativo en el que se conjugaban tradiciones medievales con afanes de renovación renacentista.
Entre los comienzos del humanismo cristiano y la chispa esperanzada del siglo de las luces, transcurrió una época en la que se prodigaron ordenanzas, leyes y normas relativas a la educación de indios y españoles y en la que se erigieron instituciones orientadas a la formación de hombres y mujeres dentro de la normativa dictadas por la Iglesia y de la obediencia a la Corona española[2]. En ciertos casos el desconocimiento, pero en la mayoría de ellos un apriorismo mal disimulado, han llevado a no pocos escritores a afirmaciones tan infundadas como erróneas respecto a la instrucción pública colonial[3]. Un primer análisis objetivo que, en esta materia, hay que fijar es éste: España dio a sus provincias de ultramar todo lo que podía en materia de instrucción primaria; esto significa, todo lo que ella poseía, y, en segundo término, hemos de reconocer que, a lo menos durante todo el siglo XVI, y podría decirse otro tanto del siglo XVII, la madre patria poseía más, inmensurablemente más, en esta materia que país alguno de Europa. En el quehacer historiográfico se cometen equivocaciones frecuentemente con documentos espurios y juicios erróneos. También es usual hallar opiniones necias acerca de hechos y figuras del pasado, que encuentran favorable repercusión y perviven a través del tiempo, en detrimento del sentido común. Como aseveró el padre Furlong: “La América Hispana no llegó a ser, con anterioridad a 1810, y dejo librado a vuestro ilustrado y sereno criterio el juzgar si lo ha sido después de esa fecha, uno de los grandes centros directores del pensamiento y uno de los grandes talleres de la invención, pero hemos de afirmar sin temores y hemos de pregonar sin titubeos que abundan en la Era Hispana, y en todas las regiones de América, los hombres de ciencia, los hombres de letras y los hombres de arte”. [4]
El conquistador Hernán Cortés fundó escuelas y hospitales, dotándolos tanto en vida como en disposiciones especiales que figuran en su testamento. Hay que transitar detalladamente las descripciones de los pueblos de las Indias hechas a base del cuestionario general de principios del siglo XVII para tomar conciencia de la labor educadora de España aun para con las clases menos pudientes del Nuevo Mundo, en tiempos en que leer y escribir eran en Europa privilegio casi exclusivo de las clases adineradas.[5]
Respecto a la Corona, pese a los muchos errores fortuitos y aun sistemáticos cometidos a través de los siglos, típico de toda institución humana, sobran pruebas para establecer su esmero a favor de los países confiados a su dominio.[6]




2. Legislación referida a la educación inicial en las Indias


La organización de los estudios en la América hispánica siguió precisamente el orden inverso al que imaginaríamos desde nuestra perspectiva del siglo XXI: la primera preocupación de las autoridades fue establecer estudios universitarios, después se propició la apertura de escuelas para la enseñanza de las humanidades, que constituían el nivel medio, y finalmente, alboreando el siglo XVII, se fueron publicando ordenanzas reguladoras de la labor de los maestros.[7]
La cuestión de la enseñanza popular, como problema de gobierno, fue por primera vez tratada durante el Renacimiento y renovada más tarde por la Reforma. “La escuela –afirmaron los reformistas- debe ser para todos, nobles y plebeyos, ricos y pobres, niños y niñas.” Era deber del Estado costear la enseñanza y hacerla obligatoria; empleando la coacción, si era menester. “La Reforma fracasó al intentar producir durante los siglos XVI y XVII aquellos resultados intelectuales y educativos que estaban lógicamente envueltos en la postura de los reformistas.” [8]
Destaca Cháneton que si se prescinde de la perdida y olvidada ley de Partidas 2°, Tit. 31. Ley 1°, y de una cédula de Enrique II, de fecha y paternidad dudosa, toda la legislación escolar castellana no fue, hasta llegar a fines del siglo XVIII, “más que una reproducción de los acuerdos tomados por la Hermandad de San Casiano.”[9] En la ley de Partida mencionada, se concedían a los maestros exenciones y privilegios iguales a los que correspondían a los hijodalgos.[10] Muchas veces alguna real cédula recordaba el cumplimiento de esta disposición que no siempre se respetaba y que estaba estipulada en la Novísima Recopilación, Libro 8, tít. 1°.[11]
La Recopilación de las Leyes de Indias que, era el Código usual en estos reinos, contiene pocas disposiciones sobre colegios y universidades, y una o dos sobre escuelas de primeras letras para los hijos de españoles. Ciertamente abundan las que tratan de la enseñanza de los “naturales”.Se trata de disposiciones como la Ley 15° que ordena a los religiosos entiendan en la instrucción y conversión de los indígenas, destacando el modo de enseñar la doctrina.[12] Todas esas leyes obedecían pues tanto a una preocupación religiosa como a un propósito político. Se manda crear Universidades y Colegios “para servir a Dios nuestro Señor” y porque así “lo dispone el Santo Concilio de Trento.”La Ley 5° de la Recopilación norma sobre los recogimientos de niños, doncellas y casas de beatas. A esos efectos se crean colegios para aborígenes y se recomienda con insistencia su educación, como el medio más eficaz de propagar entre ellos la fe católica y relacionarlos de modo efectivo al imperio castellano. Sin embargo, se ha comprobado –sin menoscabar la obra de la Corona española- que dichas disposiciones quedaron casi siempre como letra muerta en los Códigos.




3. La enseñanza primaria en el Río de la Plata


La primera noticia que se posee de un maestro de primeras letras en nuestro país procede de la ciudad de Santa Fe, donde en el año 1577 Pedro de Vega “enseña la doctrina cristiana a los niños de poca edad y a leer y escribir a los demás”, pero parece que después de él, la ciudad estuvo un tiempo desamparada en materia de enseñanza.[13] Además del empeño del gobierno español por esta importante necesidad educacional de sus posesiones americanas, es también a la Iglesia y especialmente a la célebre orden de la Compañía de Jesús a quienes corresponde la gloria de la ilustración de la sociedad de América[14]. En las postrimerías del siglo XVI bajaron, en efecto, los religiosos jesuitas del reino del Perú, en su condición de misioneros, a evangelizar estas comarcas, que recibían los primeros toques de la conquista. Por los años de 1586, llegaron tras fatigoso camino a la ciudad de Salta, y pasaron a la de Santiago del Estero, que en aquel entonces era la capital de la provincia, formando allí lo que se llamó la misión del Tucumán, desde cuyo punto comenzaron a derramar los frutos de su apostolado haciéndose famosos por sus trabajos tan meritorios.
La instrucción primaria en la época hispánica fue obra principal de los vecindarios que por intermedio de los cabildos, establecieron escuelas o exigieron a los religiosos la obligación de enseñar como condición para la fundación de sus conventos. Sáenz Valiente afirma que, “un deber de justicia nos obliga a reivindicar para los cabildos coloniales una visible preocupación por difundir los beneficios de la enseñanza dentro de las ciudades y territorios de su jurisdicción. Su acción, ejercida dentro de los reducidos límites impuestos por la exigüedad de los recursos y las ideas de la época, no deja, sin embargo, de revelar el marcado interés de estas corporaciones por la extensión de la instrucción primaria”.[15]
La educación de la mujer argentina ha sido pintada por nuestros historiadores en un grado muy inferior al del varón, y a ambos, en el mismo marco angustioso de tiranía y de ignorancia. Vemos que esto es falso y antojadizo.
Así, ni un solo documento de nuestros archivos respaldará esta posición dogmática de los clásicos de la historia argentina. Por el contrario, se puede afirmar, que el nivel de la mujer en la educación de las primeras letras estuvo a la misma altura que la del hombre. Por de pronto, es necesario rectificar esta historia, reconstruyéndola y sobre todo luchar contra la repetición sistemática de estos errores, que algunos todavía creen que responden a información documental o científica. Es sabida la actuación de Doña Francisca de Bocanegra en el Paraguay que tenía a su cargo la educación de las doncellas pobres, a quienes educaba gratuitamente en el recogimiento y la devoción religiosa, bajo la orientación espiritual del Padre de la Compañía de Jesús, Manuel de Lorenzana.[16]
La iniciativa educativa de la Compañía de Jesús culminó con la expulsión de la Orden en 1767, de todos los dominios españoles.[17] Ocuparon su lugar entonces los franciscanos, abriendo también en sus conventos la escuela; pero en esto fracasaron acaso por no ser del oficio.[18] Por aquellos tiempos dominaba en Europa la máxima muy propia del despotismo de que la ilustración de los pueblos constituía el más grande y temeroso peligro para la estabilidad de los gobiernos absolutos y arbitrarios, como entonces dirigían. A pesar de esta afirmación, la realidad era que cuatro escuelas primarias eran sostenidas con los propios recursos del Ayuntamiento porteño, rentada una de ellas con 650 pesos y con 300 cada una de las restantes, destacaban al terminar la dominación española, la contribución capitular al desarrollo de la enseñanza primaria en la Ciudad de Buenos Aires, sin perjuicio de alguna que se levantaba en la zona rural inmediata e independientemente de la acción desplegada por el flamante Cabildo de Luján desde las postrimerías del siglo XVIII.[19] Como empresas privadas, las escuelas nunca fueron un gran negocio; como servicio público, al cuidado de las autoridades municipales o de instituciones eclesiásticas, alcanzaron mayor significación a partir de mediados del siglo XVIII, cuando la instrucción elemental comenzó a considerarse necesaria para lograr un mejor rendimiento en el trabajo.[20]
La educación comenzaba a desprenderse de la Iglesia para convertirse en responsabilidad de los gobiernos seculares.[21] Recordemos que desde la época medieval, la Iglesia había asumido la responsabilidad de la instrucción de los cristianos y de la evangelización de los infieles, aunque con frecuencia las órdenes regulares se quejaban de tan pesada carga e intentaban eludir el compromiso que recaía sobre ellas.




4. La primera escuela primaria en San Isidro


El primer establecimiento educativo de San Isidro funcionó en la casa ofrecida generosamente por el Capellán Fernando Ruiz Corredor, militar y sacerdote español, nacido en 1665 y fallecido en 1745.[22]. Fue recibido por miembro de la hermandad de la Santa Caridad de Buenos Aires, el 22 de febrero de 1741, y manifestó en aquel acto dos capellanías, de cuyos réditos disfrutaba, una de trescientos y otra de cien pesos de capital, para que luego de sus días lo percibiese la Hermandad. A pesar de que fue el primer capellán de San Isidro Labrador de los Montes Grandes, situada a cinco leguas de esta capital, entre los años 1706 y 1730, al ser creado el curato o parroquia, la ejerció en los años 1731 a 1732, puesto en que le sucedió el presbítero doctor Francisco Javier Rendón, pues el anciano fundador de la capellanía se hallaba achacoso para poder atender la parroquia y asistir a lo enfermos e imposibilitado para montar a caballo, contando con la colaboración de Francisco Silva, primer maestro autorizado a ejercer la docencia por el Cabildo de Buenos Aires como resultado de la solicitud elevada el 30 de mayo de 1730 por medio del Procurador General.[23] Dicha petitorio decía lo siguiente: “leyóse una petición presentada por dicho Procurador General –Juan Antonio Giles- en que refiere que en el pago de la Costa hay muchos niños de carecer de la educación de la doctrina cristiana y de saber leer y escribir y que el licenciado Don Fernando Ruiz Corredor ofrece en San Isidro dar de balde una casa competente para escuela y que Francisco Silva persona apta ofrecía enseñar los niños sin más estipendio que la pitanza que es costumbre” por lo que “mandaron se establezca dicha escuela en la capilla de San Isidro y por maestro al referido Francisco Silva, quien no ha de llevar más de tres reales por cada niño, y a los que fueren muy pobres los enseñaremos de balde”. [24] Del examen de este documento, apreciamos que el primer maestro de San Isidro fue Francisco Silva.[25] Fernando Ruiz Corredor fue capellán de esta localidad durante 24 años, hasta que el 23 de octubre de 1730, el Cabildo Eclesiástico de Buenos Aires por iniciativa del gobernador Bruno Mauricio de Zabala dio su acuerdo para la creación de los “nuevos curatos del campo” con el fin de “poner remedio en las campañas a los repetidos clamores por la feligresía de toda esta jurisdicción”, siendo causa de la fundación del Curato de la Costa o Monte Grande.[26]
Bajo el gobierno municipal, era parte esencial en todos los asuntos referentes a la cultura y adelantamiento de la población, el Síndico Procurador General de la ciudad.[27] Así no se despachaba solicitud, petición o memorial relacionado con las escuelas, sin su opinión y consejo. El Procurador Giles –también figura en muchos documentos como Jiles o Xiles- prestó juramento de su cargo el 7 de enero de 1730.[28] Siendo alcalde de segundo voto en 1734 le cupo tomar medidas respecto de la situación de los extranjeros en Buenos Aires y la implementación de los alcaldes de barrio.[29] El 14 de febrero de 1736 es nombrado diputado en los pagos de la Costa a fin de reclutar un contingente de tropa para el sitio de la Colonia en la guerra contra los portugueses.[30] Al año siguiente -1° de enero- es electo Alcalde de primer voto[31] y en 1738 es nombrado junto con Javier de Espinosa para levantar el padrón de vecindad.[32]
Como en todas las escuelas de la época se enseñaba a leer, escribir, contar e impartir la doctrina cristiana. Cháneton afirma que esta fue la primera escuela de San Isidro, refutando a Adrián Beccar Varela[33], quien sostuvo erróneamente que el primer establecimiento educativo en esa localidad fue fundado por el párroco Bartolomé Márquez en pleno siglo XIX: “Era justo demostrar –dice Cháneton-, en honor de los vecinos del pago, que en él se impartió enseñanza pública ochenta años antes de lo que el cronista supone.”[34]
El ajuar de esta escuela era de una modestia fácil de presumir: algunos escaños para los alumnos, un tablón con humos de mesa para el maestro y una palmeta.[35] En algunos casos, en una hornacina, se colocaba una imagen religiosa. La apertura de las clases se hacía, invariablemente, los miércoles de ceniza.
Para conocer lo que era un aula escolar en la época de referencia podemos examinar un documento de una escuela rural similar en Luján, donde se detallan los muebles y utensilios: bancos de madera para escribir; pendón de tafetán con sus cordones y una estampa de San José; cinco pautas para delinear papel; cuatro libros viejos; dos pocillos que sirven de tintero; varios papeles escritos para los niños; una silla de brazos de baqueta y una estampa de papel de Nuestra Señora de la Concepción.[36]
Se destacaba el rigor en la enseñanza de los niños, pero era el sistema pedagógico de universal aplicación en la época. Entre nosotros se empleó la palmeta como castigo a los alumnos y alguna vez, excepcionalmente, la bofetada. La palmeta era un utensilio infaltable en el ajuar de las escuelas[37]; aunque en ocasiones los inventarios nos la presentan en un mal estado de conservación que demostraría su escaso uso.
En algunas crónicas o tradiciones aparece la mención de un maestro famoso por su crueldad.[38] Pero se debe destacar que la palmeta y el látigo estuvieron en uso hasta cerca de 1880. En cuanto a los textos usados en la escuela sólo por deducción se pueden mencionar algunos de ellos, exceptuados los catecismos de Astete y de Ripalda, poco se sabe de los demás.[39] El cuidado de la educación pertenece a los progenitores, una de cuyas obligaciones será preocuparse por la instrucción de sus hijos, no sólo, naturalmente, formándolos en la doctrina cristiana, sino además dándoles estudios: Machado de Chaves, por ejemplo, indica que, “están obligados a enseñar a los hijos o procurar que aprendan todas las cosas que los demás de su calidad y estado enseñan a sus hijos para que en adelante tengan remedio y no queden perdidos y holgazanes por no tener oficio o modo de vida con que pasar después de muerto el padre …tienen obligación de dar estudio al hijo que teniendo las partes necesarias se inclinare a estudia y gastar con ello lo necesario conforme a la calidad de su hacienda y obligaciones”[40] Según Fray Antonio Arbiol llega a decir que: “Lo que los virtuosos padres han de enseñar a sus hijos después de la divina ley y devociones santas es el leer y escribir y contar porque éstas son prendas decentes de un hombre racional y es corrimiento vergonzoso que un hombre aunque sea pobre no sea firmarse y dar cuenta de su persona por escrito.”[41]
Por todo ello, es notable la falsedad de uno de los fundamentos de la Leyenda Negra, que afirmaba sobre la falta de educación en la familia, al extremo de presentarse a la época del gobierno español en Buenos Aires como un período de oscurantismo donde reinaban los analfabetos. Así se pueden ofrecer numerosas pruebas para demostrar el desarrollo de la instrucción pública durante la época hispánica.
Se debe indicar que desde el día de la fundación de nuestra ciudad fue constante preocupación del cuerpo capitular la instrucción del niño, en la vigilancia de su comportamiento y en la superintendencia de los maestros, ocupación que conserva casi durante un cuarto de siglo compartiéndola en muchas ocasiones con las autoridades ejecutivas. Destaca Molina que es un grave error mantener la creencia de que aquellos institutos escolares fueron escuelas municipales, pues, “la docencia fue libre, quedando reservado al cuerpo capitular solamente el otorgamiento de locales cuando el dueño de la escuela lo solicitaba, el discernimiento de las licencias, el precio o tarifa de la enseñanza y, la vigilancia general de la competencia, así como, la implantación del credo religioso y, no, otra cosa.”[42] Según menciona Luque Alcaide: “un sínodo celebrado en Alcalá de Henares el año 1480, establecía que en cada parroquia el cura tenga consigo otro clérigo o sacristán, persona de saber y honesta, que sepa y pueda y quiera mostrar leer o escribir y cantar a cualquier persona en especial a hijos de sus parroquianos y los instruyan y enseñen todas las buenas costumbres y los aparten de cualesquier vicios”.[43]




5. Conclusión


Podemos apreciar, que de acuerdo a las instrucciones del Cabildo de Buenos Aires, comienza a impartirse la enseñanza en la jurisdicción del actual Partido de San Isidro, otra cosa digna de destacar es que la educación se realiza en de espacios cedidos por la Iglesia, para cumplimentar tales fines.
Los distintos proyectos educativos puestos en práctica en América, también se aplicaron en este extremo del Imperio español; lo más importante en esa enseñanza consistía primero en formar buenos cristianos; en segundo lugar se encontraba la educación intelectual, formación que fue muy buena, puesto que muchos de los alumnos del siglo XVIII o sus descendientes directos fueron los protagonistas de los primeros conatos de Independencia de las naciones americanas.


Poca es la documentación que se ha logrado reunir para la realización de este trabajo: archivos dispersos, bibliografía escasa o casi inaccesible no han permitido quizás trabajar con mayor profundidad el tema de la primera escuela sanisidrense, pero con lo poco obtenido se ha puesto de manifiesto la misión evangelizadora y docente del reino español en estas Indias Occidentales.




________________________________________
[1] La enseñanza en la América hispana no estaba claramente delimitada, no había ningún organismo oficial –como los actuales Ministerios, Secretarías o Direcciones del área- para dirigir y controlar la educación. La enseñanza elemental estaba principalmente en manos de religiosos. Por lo general, en cada convento había una escuela de primeras letras, al cuidado de un religioso lego. Se enseñaba lectura, escritura, recitación, doctrina cristiana y algo de gramática. El sistema educativo era el memorístico, en el que los niños repetían en coro las lecciones. También habían escuelas elementales sostenidas por los cabildos, siendo los maestros laicos. Según las Leyes de Indias, el educador tenía que tener pureza de sangre, no haber desempeñado oficios serviles, ni haber soportado penas infamantes. En algunas casas de familias adineradas y numerosas, los párvulos no concurrían a la escuela, sino que el padre contrataba los servicios de un profesor particular que en el propio hogar les enseñaba a sus hijos.
[2] GONZALBO AIZPURU, Pilar, Educación y colonización en la Nueva España 1521-1821, México, 2001, p. 14.
[3] Decía Sarmiento: “La España no posee un solo escritor que pueda educarnos, ni tiene libros que nos sean útiles. Este es un punto capital. En nuestras escuelas, como en las de España, está adoptado el catecismo de Astete, que es traducido del francés el de Poussi que lo es igualmente; el de Caprara, el de Fleury, Fundamentos de fe; porque la nación en que hormiguean las beatas y donde reinaron los inquisidores, nunca supo escribir un catecismo para enseñar la doctrina a sus niños, viéndose forzada a traducir los libros que instruían en la religión, en nombre de la que se quedaron bárbaros y quemaban a los literatos.” (Obras de D.F. Sarmiento, París, 1909, T. IV, p. 38). A juicio de Barros Arana: “el espíritu de desconfianza había presidido a todas las disposiciones referentes a instrucción pública. Circunscripta a ciertas clases de la sociedad, la enseñanza hizo en América muy pocos progresos.” (BARROS ARANA, Diego, Historia de América, Buenos Aires, 1960, p. 261).
[4] FURLONG, Guillermo S.J., Los jesuitas en Mendoza, Buenos Aires, 1949, p. 5.
[5] MADARIAGA, Salvador de, El auge y el ocaso del Imperio español en América, Madrid, 1985, T. II, p. 346.
[6] Afirma José Vasconcelos que la vida en la Nueva España poseía un refinamiento que no se sospechaba en el norte: “El idioma de Castilla, suavizado con el matiz andaluz, se había defendido hasta en el seno de las tribus, gracias a la labor tenaz de la Iglesia. De un extremo a otro de la Nueva España había escuelas, bibliotecas, una Academia, una galería de pinturas, colegios, Universidades. La educación pública estuvo difundida en el siglo dieciocho como no ha vuelto a estarlo, pues hubo parroquia en cada aldea, y donde había parroquia había escuela. Y donde ya no había aldea, en las estaciones del desierto inmensurable la misión con su campana congregaba a las gentes para el trabajo civilizado y para el estudio y el rezo.” (VASCONCELOS, José, Breve Historia de México, México, 1950, p. 202).
[7] GONZALBO AIZPURU, Educación y colonización…, p. 106.
[8] MONROE, Paul, Historia de la Pedagogía, II, p. 73, citado por CHANETON, Abel, La instrucción primaria en la época colonial, Buenos Aires, 1942, p. 21.
[9] CHANETON, La instrucción…, p. 40.
[10] Según la cédula de 1370 antes de conceder “carta” de maestro, debían los justicias inquirir si el aspirante era “hijodalgo, cristiano viejo, que no ha de tener mezcla de otra mala sangre, como es de moro, turco o judío, que ha de ser de buena vida y costumbres.” (Ibídem., p. 41).
[11] En el siglo XVII tenemos el caso de un maestro de origen portugués, llamado Juan Cardozo Pardo, quien fue apresado el 16 de abril de 1614, por orden del Cabildo, por sospechárselo falto de fe cristiana comprobándose que ignoraba el credo, finalmente fue destituido. Molina afirma que fue Cardozo “el primer maestro hebreo de Buenos Aires.” El proceso a que dio lugar esta medida es muy interesante, porque habiéndosele ordenado que expresamente “lo rezen todos los días”, por el Capitán Sebastián de Orduña u Mondragón, éste no solamente no lo hacía, sino que lo desconocía. (MOLINA, Raúl A., "La enseñanza porteña en el siglo XVII. Los primeros maestros de Buenos Aires", p. 54, en Historia, n° 3, Buenos Aires, 1956).
[12] “Porque el fruto que va haciendo en los naturales de las nuestras Indias en cuanto á la publicación, y conversión de la Fe será mucho mayor si los religiosos de las ordenes de Santo Domingo, San Francisco, San Agustín, que en ellas están, y la que de nuevo fueren, se repartiesen por los pueblos de los Indios, y entendiesen en su instrucción y conversión: Rogamos y encargamos a los Provinciales de las dichas órdenes, que provean, como los religiosos de ellas se repartan por los dichos pueblos, y entiendan en la dicha instrucción; y que traten de dar y den orden precisa a los Arzobispos, y Obispos juntamente con nuestros Virreyes, y gobernadores, para que así los dichos frailes como los clérigos enseñen de una manera, y en una conformidad la doctrina cristiana a los dichos indios, por los inconvenientes, que de lo contrario se podrían seguir.” (Libro primero de la Recopilación de las Cédulas, Cartas, Provisiones y Ordenanzas Reales, Buenos Aires, 1945, T. I, p. 148, con noticia de Ricardo LEVENE).
[13] BABINI, José, La evolución del pensamiento científico en la Argentina, Buenos Aires, 1954, p. 25.
[14] FRIAS, Bernardo, Historia del general Martín Güemes y de la provincia de Salta, o sea de la independencia argentina, Buenos Aires, 1971, T. I, p. 227.
[15] SAENZ VALIENTE, José María, Bajo la campana del Cabildo, Buenos Aires, 1952, p. 293.
[16] MOLINA, Raúl A., "La educación de la mujer en el siglo XVII y comienzos del siguiente. La influencia de la beata española Da. Marina de Escobar", p. 12, en Historia, n° 5, Buenos Aires, 1956.
[17] Destaca Probst, “Los padres de la Compañía enseñaban en todos sus pueblos, a la juventud, primeras letras, música y oficios manuales. Con su expulsión se derrumbó toda su obra cultural y de ella no quedaron rastros, si exceptuamos las imponentes ruinas de sus iglesias en el seno de las selvas vírgenes” (PROBST, Juan, La instrucción primaria durante la dominación española en el territorio que forma actualmente la República Argentina, Buenos Aires, 1940, p. 9).
[18] FRIAS, Historia del general Martín Güemes…, p. 228.
[19] SAENZ VALIENTE, Bajo la campana…, p. 295.
[20] GONZALBO AIZPURU, Educación y colonización…, p. 107.
[21] Sostiene Levene que, “El estudio de los propios y arbitrios permite conocer el mecanismo interno de los cabildos y la acción desplegada en abastos, obras públicas, higiene, policía, justicia y enseñanza primaria. Cada una de estas materias era objeto de una función específica de los Cabildos, que desde los orígenes tenían una alta jerarquía, ni sólo como poder político, sino como poder social a favor del desarrollo, el bienestar, la justicia y la cultura de las ciudades y las campañas adyacentes” (LEVENE, Ricardo, Manual de Historia del Derecho Argentino, Buenos Aires, 1957, p. 89).
[22] Según consta en una anotación de un libro perteneciente al archivo de la iglesia de La Merced de Buenos Aires “vino de soldado de España” y se deduce que entró aquí de sacerdote y luego de consagrarse a la Iglesia, desempeñó el cargo de familiar del obispo de esta diócesis Antonio de Azcona Imberto, fallecido en 1700 (UDAONDO, Enrique, Diccionario biográfico colonial argentino, Buenos Aires, 1945, p.792).
[23] LOZIER ALMAZAN, Bernardo P., Reseña histórica de Partido de San Isidro, San isidro, 1986, p.228; LEVENE, Ricardo, Historia de la Provincia de Buenos Aires y formación de sus pueblos, La Plata, 1941, Vol. II, p. 624.
[24] Ibídem, p. 59. Asimismo se agradecía a Ruiz Corredor y se participaba de esta resolución al Alcalde de la Santa Hermandad, Don José de Valdivia, quien procuraría “celar y precisar con pena a los padres de dichos niños a que los envíen a dicha escuela” (Archivo General de la Nación, Acuerdos del Extinguido Cabildo, Buenos Aires, 1928, Libro XXI, fol. 186 vta. del libro original).
[25] Destaca Cháneton que los Ayuntamientos fueron durante casi dos siglos la sola autoridad en materia de enseñanza. Otorgaban el título, autorizando el ejercicio del magisterio a quienes lo solicitaban y fijaban el estipendio que podían cobrar (CHANETON, La instrucción primaria…, p. 56).
[26] LOZIER ALMAZAN, Reseña histórica…, p. 60.
[27] CHANETON, La instrucción primaria…, p. 57.
[28] Archivo General de la Nación, Acuerdos del Extinguido Cabildo, Libro XXI, fol 148 del libro original.
[29] SIERRA, Vicente D., Historia de la Argentina, Buenos Aires, 1981, T. III, p. 113. Jiles fue electo Alcalde de segundo voto en el Acuerdo del 1° de enero de 1734 (Archivo General de la Nación, Acuerdos del Extinguido Cabildo, Buenos Aires, 1929, Libro XXIII, fol. 84 vta. del libro original).
[30] Archivo General de la Nación, Acuerdos del Extinguido Cabildo, Buenos Aires, 1929, Libro XXIII, fol. 87 vta. del libro original.
[31] Ibídem, fol. 154 vta. del libro original.
[32] Ibídem, fol. 225 del libro original.
[33] BECCAR VARELA, Adrián, San Isidro, Reseña Histórica, Buenos Aires, 1906, p. 322.
[34] Cháneton, La instrucción primaria…, p. 208.
[35] Ibídem, p. 130.
[36] TORRE REVELLO, José, "El aula de la escuela de la Villa de Luján en 1797", en Boletín del Instituto de Investigaciones Históricas, Buenos Aires, 1942, T. XXVII, n° 93-96, p. 2.
[37] En el inventario de útiles efectuado el 4 de septiembre de 1797 al maestro Andrés José de Faneca en la Villa de Luján se destacan: un pendón de tafetán carmesí con una estampa de San José, cuatro mesas grandes de escribir de madera, cinco bancos del mismo material, una palmeta de palo y una cruz vieja de madera (Ibídem, p. 6).
[38] Dice Mariquita Sánchez, “Había una escuela en la que se daban azotes todo el día. El refrán era: la letra con sangre entra. Se le daba la lección; ¿no la sabía? Seis azotes y estudiarla, ¿no la sabía?, doce azotes; él la ha de saber. Este era el sistema de un Don Marcos Salsedo, que tenía tal placer en dar azotes, que se contaba como una gracia, que un día en que había la función de la Recoleta, con la que deliraban los muchachos, empezó por preguntar a cada uno si quería ir. Unos decían que sí y otros que no, de miedo; sólo a uno se le ocurrió decir: lo que el señor maestro quisiera. Dio la orden de dar seis azotes a los que querían ir; doce a los que habían dicho que no querían ir, porque habían mentido, y sólo fue exceptuado, el que se había sujetado a la voluntad del maestro. Se admira uno de pensar lo que pueden las ideas de un deber, equivocadas. ¡Que hubiera padres que tal toleraran!” (SANCHEZ, Mariquita, Recuerdos del Buenos Aires virreynal, Buenos Aires, 1953, p. 55).
[39] CHANETON, La instrucción primaria…, p. 132.
[40] MORGADO GARCIA, Arturo, "Teología moral y pensamiento educativo en la España moderna", en Revista de Historia Moderna n° 20, Alicante, 2002, p. 103.
[41] ARBIOL, Fray Antonio, La familia regulada con doctrina de la Sagrada Escritura, Zaragoza, 1715, p. 491, cit. por MORGADO GARCIA, Arturo, "Teología moral y pensamiento educativo en la España moderna", en Revista de Historia Moderna n° 20, Alicante, 2002, p. 104.
[42] MOLINA, Raúl A., La familia porteña en los siglos XVII y XVIII, Historia de los divorcios en el período hispánico, Buenos Aires, 1991, p. 55.
[43] LUQUE ALCAIDE, Elsa, "La educación en América colonial como experiencia evangelizadora", en Archivum, n° 19, Buenos Aires, 2000, p. 223.

martes, 10 de noviembre de 2009

EL FUSILAMIENTO DE CAMILA O´GORMAN: CONSIDERACIONES HISTÓRICO-JURÍDICAS

Miembros del Poder Judicial que juzgaron a Juan Manuel de Rosas.

Antonino Reyes.


Ejecución de Camila y Ladislao en Santos Lugares.


Por Sandro Olaza Pallero




1. Introducción


Afirman Víctor Tau Anzoátegui y Eduardo Martiré que el historiador debe aplicar un criterio histórico, es decir, la facultad de interpretar los hechos con la unidad de medida apropiada, y despojarse al mismo tiempo de todos los prejuicios que puedan oscurecer su libre reflexión e interpretación. Los hechos deben ser analizados a la luz del “ambiente histórico” en que ocurrieron, evitando el tan común trastrocamiento de sucesos, ambientes e ideas.
En el presente trabajo se abordará desde un criterio histórico-jurídico el análisis del caso del fusilamiento en 1848 de Camila O´Gorman y Ladislao Gutiérrez, párroco de Nuestra Señora del Socorro de la ciudad de Buenos Aires. Es oportuno aclarar, además, que en la decisión donde Rosas condenó a muerte a la infortunada pareja, aparentemente no existe sumario criminal.




2. Rosas, juez del crimen


Los nuevos principios en materia judicial introducidos después de la Revolución de Mayo fueron aplicados con carácter nacional en la primera década por los gobiernos patrios. Pese a la proclamada independencia del orden judicial y a la prohibición establecida en algunos textos de que interviniera el Poder Ejecutivo en el conocimiento de las causas judiciales, la realidad superó el sistema proyectado.
Además el Poder Ejecutivo conservó en algunas provincias efectivas facultades judiciales –entre ellas la provincia de Buenos Aires- para conocer en asuntos en grado de apelación, y en otras oportunidades el ejercicio de la suma del poder público lo autorizó para sentenciar en causas judiciales.
Entre las atribuciones judiciales de Rosas como Encargado nacional, a partir de 1837 y hasta su caída en 1852 se encuentran:



a) La interpretación y aplicación del pacto federal de 1831;



b) El juzgamiento de los delitos políticos contra el Estado nacional cometidos en cualquier lugar



del país, estableciéndose así una función judicial de orden federal;



c) La concesión del derecho de gracia y perdón.


Estas atribuciones no surgían de un ordenamiento sistemático, como ya se acostumbraba en esos tiempos, sino que fueron consecuencia de las delegaciones provinciales y de la jurisprudencia política sentada por el propio gobierno ejercitante. Durante esta época hubo una tendencia constante al incremento de esas atribuciones hasta el punto de configurar una magistratura con el alcance indicado.
Rosas intervino personalmente en diversas causas civiles, comerciales y criminales. Cuando intervenían jueces comisionados, debían instruir el sumario, dictar sentencia y dar cuenta, con los autos al Restaurador. La Legislatura había sancionado la primera concesión de “facultades extraordinarias” a Rosas, por ley del 6 de diciembre de 1829.
Posteriormente, el 2 de agosto de 1830, le autorizó para que haga uso de ellas “según le dicte su ciencia y conciencia”. El 7 de marzo de 1835 se le confiere la Suma del Poder Público por 5 años. Vencidos los 5 años, la Legislatura declaraba en abril de 1840 que continuaba en vigor la de 1835, y lo mismo en 1845.
Según Ricardo Levene el poder absoluto había nacido a iniciativa de Rosas en el pueblo, el “pueblo idólatra de la libertad”, como recordó él mismo. En principio el poder era absoluto, pero debía aplicarse en lo límites fijados por su propia naturaleza y fines, es decir, en el sentido histórico de la misión a cumplir.
Severidad y rapidez fueron los rasgos salientes de su actividad como Juez extraordinario. Muchas de sus condenas las pronunció sin forma alguna de proceso verbal ni escrito y constan en el Índice del Archivo de Policía.
En la vista fiscal ante el superior tribunal en su sala del Crimen, el fiscal Pablo Cárdenas acusaba a Rosas el 9 de octubre de 1861, de abuso del poder que ejercía como funcionario público:


"Sin que pudiera excepcionarse el reo tampoco, con las facultades extraordinarias, y la suma del Poder Público, que en los años 29 y 35, le fueron concedidas por la Legislatura, aparentemente ratificada por comicios populares en marzo del 35, tanto por que esa investidura no tuvo origen legítimo desde que era otorgada por corporaciones sin facultades para hacerlo, y por un pueblo oprimido, cuanto por que aun suponiendo legítima esa delegación, ella no podía pasar de la que legalmente era posible concederse, entre las que autoridades que la ejercían, y menos ese derecho de matar si forma alguna de juicio, y por supuestos delitos, que aun en caso de ser verdaderos, no llevaban por la ley la pena que se les imponía".
La decisión donde ordenó fusilar a Camila O´Gorman y Ladislao Gutiérrez, la pronunció aparentemente sin proceso escrito. No consta que haya visto o escuchado a los condenados.
Manuel Ibañez Frocham destacó la severidad de Rosas como supremo magistrado:


"Así era el hombre. Y así fueron las sentencias que por delitos comunes, y aun por simples faltas de conducta, pronunció como juez del crimen en uso de la suma del poder público que renovadas legislaturas y reiteradas leyes le habían otorgado".


En el Mensaje a la Vigésima-sexta Legislatura del 27 de diciembre de 1849, señalaba Rosas la protección de los derechos y la seguridad de las garantías:


"La suma del poder público que me confiasteis, protege los derechos, asegura las garantías, y no ha cesado de emplearse en actos de clemencia. La ha aplicado también el gobierno, justamente, contra los crímenes ordinarios que, por su gravedad y escándalo, atacan los primeros intereses de la sociedad, y de la patria".




3. Vélez Sarsfield y su vinculación con el fusilamiento de Camila O´Gorman


Dalmacio Vélez Sarsfield fue inculpado por algunos de haber aconsejado a Rosas la condena a muerte de la pareja ese castigo al gobernador. Los amantes se habían fugado de Buenos Aires para hacer vida en común la noche del 11 al 12 de diciembre de 1847. Con los supuestos nombres de Máximo Brandier y Valentina San se establecieron en Goya (Corrientes), donde fundaron una escuela y juntar medios para emigrar a Brasil. Aprehendidos ocho meses después, fueron devueltos a la capital para ser juzgados.
Por influencia de Manuelita Rosas, amiga de Camila, se les había preparado una morada decorosa y cómoda, a él en la cárcel del cabildo y a ella en la Casa de Ejercicios. El barco que los traía hace escala en San Pedro para arreglar unas averías.
Pedro Rivas -empleado del Departamento de Policía- declaró que: “Como en esta operación había que emplearse algunos días, el patrón del buque entregó los presos a las autoridades locales”. Inmediatamente la pareja fue llevada al cuartel de Santos Lugares y el jefe de aquel punto, Antonino Reyes informó a Rosas.
Llegaron los reos en carretas cerradas el 15 de agosto de 1848, entre las tres y cuatro de la tarde. Reyes destacó que Camila le expuso con franqueza los detalles de la fuga, y como le dio a entender Gutiérrez que “abrazaba la carrera eclesiástica por necesidad, no por vocación ni inclinación”.El cargo criminal contra el sacerdote Gutiérrez era de seducción de doncella, y, contra los dos, de unión sacrílega. Asimismo, con su conducta habían producido un escándalo mayúsculo en la sociedad porteña, lo que significó un baldón para la distinguida familia O´Gorman.
Tan es así que el propio padre de Camila pidió a Rosas que aplicara un castigo ejemplar como reparación. A esos factores se sumó la presión ejercida por el periodismo unitario de Montevideo, que presentó el hecho como un síntoma de la corrupción existente en Buenos Aires.
Manuel Bilbao destacaba en la introducción de las Memorias de Reyes, que éste último tenía en su poder los dictámenes de varios letrados que aconsejaron la ejecución de la infortunada pareja:


"Se decía por personas caracterizadas de la época de Rosas, que este había pedido a los doctores Vélez Sarsfield, Baldomero García, Lorenzo Torres y Eduardo Lahitte, una opinión fundada respecto a la pena en que habían incurrido Camila O´Gorman y Gutiérrez, y que los tres primeros habían condenado a muerte a los acusados, excepto el último que había negado al dictador la facultad de disponer de sus vidas. ¿Eran ciertos esos informes? Los tiene Antonio Reyes, se me dijo, y la razón que se daba para esa afirmación, era la siguiente: Preso D. Antonio Reyes en 1853 y sometido a juicio, la opinión predijo y los periódicos lo sostuvieron, que el resultado de la causa tenía que ser una sentencia de muerte. Conocido por Rosas, que se encontraba en Southampton, el peligro que amenazaba a Reyes, le envió un paquete bien cerrado y sellado, conteniendo papeles de tal importancia que basta para significarle la carta con que el ex-dictador lo acompañaba: Para el caso de que Reyes sea condenado a muerte y no quede otro remedio de salvarse, decía, que abra ese paquete y en él encontrara lo necesario para salvar su vida. Era con referencia a este incidente que se me decía: ese paquete contenía los informes que aconsejaban la ejecución de Camila O´Gorman".
Sin embargo en las Memorias de Reyes no están agregados estos supuestos informes comprometedores de Vélez Sarsfield, García, Torres y Lahitte. Cabe destacar que la esposa de Reyes antes de iniciarse la causa contra su marido, había pedido a Vélez Sarsfield y a Torres que fueran abogados defensores del acusado.
Ninguno de los juristas aceptó la defensa de Reyes en la causa contra los mazorqueros por los crímenes de 1840 y 1842:


"Entretanto, mi esposa mendigaba un defensor, sin encontrar quien quisiere serlo…Largo sería relatar la conversación del Dr. Vélez con mi esposa, que culpaba a D. Lorenzo de mi prisión y del carácter que iba tomando la causa, como a su vez D. Lorenzo culpaba al Dr. Vélez de todo y le atribuía una conducta tenebrosa".
Finalmente, el doctor Miguel Estévez Saguí aceptó defender a Reyes. Este abogado en la causa dijo que Reyes no tuvo ninguna parte directa en el fusilamiento de la pareja:


"Cuando él hizo apenas lo que podía hacer. Hacer sabedor a Rosas del estado avanzado de embarazo en que se encontraba la desgraciada joven ¿qué cargo puede formársele? Qué delito imputársele?"


En sus Memorias, Reyes otra vez hace mención de la consulta a los juristas en el capítulo dedicado a Camila O´Gorman. Dijo que el dictador solicitó a varios juristas un estudio sobre la cuestión presentada en tesis general:


"Los doctores que informaron estuvieron de acuerdo en la transcripción de las leyes del Fuero Juzgo, del código Gregoriano y de algunas leyes de la Recopilación; leyes dadas en tiempos tan remotos, que la mayor parte de sus disposiciones habían caído en desuso o habían sido modificadas por nuevos códigos; pero que trataban de la consulta que evacuaban. Todas esas disposiciones condenaban a muerte al sacrílego y a la sacrílega".
En 1879, Reyes insistía en vincular a Vélez Sarsfield con la ejecución de Camila, así le decía a Máximo Terrero:


"Tú sabes que en sus últimos tiempos el general Rosas había estrechado sus relaciones con el doctor Vélez Sarsfield y que le reconocía capacidad en todo lo concerniente en cánones. Bien, pues; en este incidente de Camila y el presbítero Gutiérrez fue el consejero más consultado, como también lo fue secundariamente el doctor Torres y García, no tengo noticias del doctor Lahitte".
La trayectoria de Vélez Sarsfield permite asegurar que, pese a la necesidad de convivir con el rosismo, jamás pudo recomendar la imposición de la última pena cuando las leyes, de las que siempre fue escrupuloso guardián, establecían penas menores, generalmente de reclusión o destierro. Abel Cháneton dijo que la acusación lanzada contra el jurista con su característica vehemencia “fue una patraña urdida por la pasión política –mucho tiempo después de la caída de Rosas y reeditada luego por la mala fe”.
Lo decisivo es que Rosas, asumió toda la responsabilidad por la sentencia que dictó, como se puede apreciar en dos cartas de 1869 y 1870:


"No es cierto, que el señor doctor don D. Vélez Sarsfield, ni alguna otra persona, me aconsejara la ejecución de Camila O´Gorman, y del cura Gutiérrez. Durante presidí el gobierno de la provincia bonaerense, encargado de las Relaciones Exteriores, con la suma del poder por la ley, goberné puramente según mi conciencia. Soy pues, el único responsable de todos mis actos, de mis hechos buenos como de los malos, de mis errores, y de mis aciertos. Pero la justicia para serlo debe tener dos orejas: aun no se me ha oído. El señor doctor Vélez fue siempre firme, a toda prueba, en sus vistas, y principios unitarios, según era bien sabido, y conocido, como también su ilustrado saber, práctica, y estudios, en los altos negocios de Estado".
"Ninguna persona me aconsejó la ejecución del cura Gutiérrez y Camila O´Gorman; ni persona alguna me habló ni escribió en su favor. Por el contrario, todas las primeras personas del clero, me hablaron o escribieron sobre ese atrevido crimen, y la urgente necesidad de un ejemplar castigo, para prevenir otros escándalos semejantes o parecidos. Yo creía lo mismo".
La redacción de esta carta se dio en tiempos donde se discutía la candidatura presidencial de Vélez Sarsfield:


"Los enemigos políticos de su candidatura buscaron todos los recursos imaginables para hacerle perder prestigio ante la opinión electoral y alguien que había sido persona allegada a Rosas, le escribió unas líneas, hábilmente disfrazadas, pretendiendo arrancarle epistolarmente una declaración que sería eje de las próximas contiendas cívicas".


Adolfo Saldías también sostuvo que Rosas consultó a juristas reputados, quienes le presentaron sendos dictámenes por escrito:


"Estudiaban la cuestión del punto de vista de los hechos y del carácter de los acusados ante el derecho criminal, y colacionándolos con las disposiciones de la antigua legislación desde el Fuero Juzgo hasta las Recopiladas, resumían las que condenaban a los sacrílegos a la pena ordinaria de muerte".




4. La pena de muerte


Aun cuando en esta época persiste a título especulativo la idea de que todo delito tiene una faz vinculada al pecado, reminiscencia del vínculo entre delito y pecado y entre pena y penitencia propia del Antiguo Régimen, la secularización ilustrada había restado repercusión técnica a este postulado del derecho penal absolutista. La doctrina argentina liberal lo consideraba un argumento superado, pese a su trascendencia en la despenalización de algunas figuras delictivas, tal como lo veía el letrado José Romualdo Gaete en su Tesis (1830).
Puede decirse sin exageración que entre el sistema penal de 1800 y el de 1820 o 1840 no había diferencias sensibles, antes buen, en algunos casos se advierten retrocesos. Por ejemplo, una mayor severidad de las penas por robos y de menores garantías procesales para los encausados sometidos a la jurisdicción de comisiones especiales.
Este es el elemento estático de este período, que obliga a recordar, una vez más, el hecho de la supervivencia del derecho castellano-indiano en la etapa patria precodificada, y aún el de su segunda vida por la incorporación de sus normas a los códigos. Es que el derecho argentino, no obstante la recepción de principios e instituciones de otros sistemas extranjeros –considerados como “derecho científico”-, guardó continuidad en lo vertebral, a lo largo del tiempo.
En la vista fiscal en primera instancia de la causa criminal contra Rosas del 24 de septiembre de 1859, se lee la acusación del fiscal Emilio A. Agrelo contra el ex gobernador por la ejecución de Camila O´Gorman, donde se menciona que estaba embarazada:


"Así Juan Manuel de Rosas ha inmolado millares de víctimas, pronunciando esta sola palabra fusílese o degüéllese encontrándose en el número de estos, sacerdotes, niños, y la desventurada Camila O´Gorman con el inocente fruto de su error en sus entrañas, cuyo asesinato ha asombrado al mundo, siendo este tal vez uno de los grandes crímenes que precipitaron la caída de este malvado, despertando a los hombres que permanecían postrados en el sueño de la indiferencia; y arrancando a las madres, a los esposos y a los hermanos gritos frenéticos de venganza que exacerbaron la opinión pública, haciendo empuñar a los pueblos la espada que debía hacer pedazos aquella sangrienta tiranía".


Cabe destacar que la situación de preñez estaba contemplada en las Partidas, inspirada por razones humanitarias: “Si alguna mujer preñada cometiese algún delito por el que debe morir, no la deben matar hasta que se parida”.
En su declaración, el imputado Antonino Reyes declaró que cuando llegaron al campamento Camila y Gutiérrez -según las instrucciones de Rosas-, les puso grillos, y que en virtud de esas instrucciones los hizo fusilar.


"Que se atrevió el declarante a dirigirse a Rosas, hacerle algunas observaciones, y manifestarle el estado avanzado de preñez en que se encontraba Camila, para ver si conseguía la revocación de la orden: pero tan lejos de conseguirlo se le intimó ejecutarla, reconviniéndolo el tirano y haciéndolo responsable con su vida".
El doctor Mariano Beascoechea prestó declaración sobre este suceso:


"Luego que el presbítero Gutiérrez y la joven Camila llegaron a dicho cuartel general, le dirigió Reyes a Rosas una carpeta en que le participaba el arribo de ellos, y le manifestaba que por la premura del tiempo no les había hecho formar las clasificaciones, pero que lo haría después y se las mandaría con la prontitud posible, advirtiéndole a la vez a Rosas, que aunque según estaba ordenado debía haberle puesto grillos a la joven, había por entonces omitido hacerlo, en razón de haber esta llegado algo indispuesta por el traqueo del carretón en que venía, y estar muy embarazada; y que si en esta omisión había él hecho mal se dignase perdonarlo. Esa carpeta en que así hablaba Reyes a Rosas, las tuve yo mismo en mis manos en borrador escrito por Reyes, y se las dicté antes, quien la puso en limpio".


Según el testimonio de Beascoechea, la carpeta contenía de puño y letra de Rosas instrucciones para Reyes:



1°) Que el cura de Santos Lugares, Pascual Rivas suministrara los auxilios espirituales a la pareja condenada.



2°) Que a las diez en punto de la mañana del día ordenado se los fusilara.



3°) Que si los reos a esa hora no se hubieran reconciliado con Dios, se llevase la ejecución sin dilaciones como se ordenaba.



4°) Que Reyes hiciera incomunicar al cuartel de Santos Lugares.



5°) Que se remitiera a Rosas la carpeta con las diligencias realizadas.


Concluía Agrelo su acusación con estas palabras:


"Que la última palabra que cierre esta acusación, sea un anatema contra el bandido que mató a una joven bella y a su inocente hijo antes de haber visto la, luz del día, no teniendo otro crimen que un amor ilegítimo que triunfó de todos los obstáculos, y que la llevó al cadalso en medio del llanto y de la consternación de aquellos mismos soldados, que en el campamento de Santos Lugares habían visto con indiferencia caer centenares de cabezas humanas al filo del puñal del tirano".
Los Derechos castellano-indiano y canónico no preveían en absoluto la pena de muerte para un exceso tal, mucho menos para la mujer, aun cuando no hubiera estado realmente embarazada, como se dijo estarlo. Ya en el siglo XVI, de acuerdo con el práctico Antonio de la Peña, el castigo para


"la mujer que fuere hallada ser manceba pública de clérigo, fraile o casado, siendo ella soltera, es de un marco de plata y destierro por un año de la ciudad, villa o lugar y de su tierra donde viviere, por la primera vez. Por la segunda, es de un marco de plata y destierro por dos años, y la tercera pena de un marco de plata, destierro por un año y que le sean dados cien azotes públicamente".


Joaquín Escriche establecía la definición de seductor:


"En general se llama seductor el que engaña con arte y maña y persuade suavemente al mal; pero se aplica mas particularmente esta voz al que abusando de la inesperiencia ó debilidad de una mujer le arranca favores que solo son lícitos en el matrimonio".
Las Partidas establecían que:


"facen muy grant maldat aquellos que sosacan con engaño, ó halago, ó de otra manera las mugeres vírgenes ó las viudas que son de buena fama et viven honestamente; et mayormente quanto son huéspedes en casa de sus padres ó dellas, ó de los otros que facen esto usando en casa de sus amigos. Et non se puede escusar el que yoguiere con alguna muger destas, que non fizo con su placer della, non le faciendo fuerza; ca según dicen los sabios antiguos, como en manera de fuerza es sosacar y falagar las mugeres sobredichas con prometimientos vanos, faciéndoles facer maldat de su cuerpo".
Sobre los castigos a los culpables de este delito, Escriche comentaba que su imposición se reservaba a los tribunales, pero dejando en claro que los nuevos tiempos habían atemperado las más rigurosas penas:


"La legislación recopilada prescribe las penas de muerte, de azotes, de vergüenza pública, prisión y destierro contra los que abusan de la confianza de las casas en que viven para seducir á las hijas, parientas y criadas de los dueños; leyes 2 y 3, tít. 29, lib. 12, Nov. Rec. Pero ni las leyes de la Recopilación ni las de las Partidas acerca de este punto se hallan ahora en observancia, porque se resienten demasiando de la ferocidad de los tiempos en que se establecieron; y así es que esté al arbitrio de los tribunales el imponer las penas que sean mas conformes á los casos y circunstancias".


Escriche definía a los amancebados como


"El hombre y la mujer que tienen entre si trato ilicito y habitual…Si el amancebado fuese clerigo o fraile, debe sufrir las penas impuestas por el derecho canónico, y su manceba debe ser hacha presa por la justicia, aunque se halle en casa del clérigo, y condenada por la primera vez á pena de un marco de plata que son ocho onzas, y destierro de un año del pueblo, por la segunda a la de otro marco y destierro de dos años, y por la tercera a la de otro marco y cien azotes y otro año de destierro".
Respecto a la pena, Escriche afirmaba: “En cuanto a las penas establecidas contra los amancebados, es necesario tener presente que en la práctica se ha mitigado mucho su rigor”.
El padre Nelson C. Dellaferrera ha estudiado los procesos canónicos de 1688 a 1888 en el obispado de Córdoba del Tucumán, donde existen causas criminales iniciadas por amancebamiento de sacerdotes, y la mayoría de las penas fueron leves: confinamiento de los reos en conventos, amonestaciones, exhortaciones, separación de sus cargos, etc.
Quizás el verdadero crimen de la pareja fue el haber burlado la autoridad de Rosas “y el aparecer burlada esta ante la faz de la sociedad”.




5. Conclusiones


La idea de Reyes de vincular a Vélez Sarsfield con el fusilamiento de Camila fue producto de algún odio que abrigaba contra él. Así como no existía el supuesto canon que impusiera la pena de muerte a la pareja.
Hubo quien sostuvo que Rosas habría llevado los dictámenes de los juristas consultados a Inglaterra o fueron sustraídos de los archivos públicos después de Caseros.
En 1892, Manuela Rosas le indica a Reyes que haga el uso que quiera sobre una carta de su padre donde asumía la responsabilidad sobre el fusilamiento de Camila:


"Aquí me tienes aprovechando la primera oportunidad para contestar tu pregunta sobre el asunto del fusilamiento de Camila O´Gorman en que le dan parte al finado Dr. Vélez Sarsfield. Tanto Máximo como yo, te aseguramos ser cierto que mi lamentado padre el general Rosas, escribió a una persona de nuestro país en Buenos Aires, con motivo de ese mismo asunto, expresando terminantemente que a nadie había pedido consejo y agregando que de todos los actos de su administración, buenos o malos, era él exclusivamente responsable. De esto Reyes, puedes hacer el uso que quieras".
Por otra parte, la prensa de Buenos Aires manifestó su encono contra Vélez Sarsfield por cuestiones políticas, y lo acusó de haber servido a Rosas y de haberle aconsejado el fusilamiento de Camila y de Gutiérrez. En la oportuna declaración de Rosas, donde asumió la responsabilidad de la condena, fue intermediaria Josefa Gómez, quien también mantuvo amistad con Vélez Sarsfield.


"Mucho fastidió al doctor la inoportunidad de tal acusación, tanto más cuanto que él no podía levantarla sino negando el hecho. Una dama de su relación y de la relación de Rosas, la señora doña Josefa Gómez, le escribió a este último invocando au antigua amistad a favor del doctor Vélez, maltratado por hechos que derivaban del gobierno que Rosas presidió y encareciéndole le escribiese la verdad sobre el particular".


Señaló el padre Cayetano Bruno que “en todo caso es ponderable la nobleza de Rosas al no comprometer al antiguo confidente que, después de su caída, se había pasado con armas y bagajes al otro bando”.
Camila y su amante fueron acusados de unión sacrílega, y en el caso de Gutiérrez de seducción de doncella. Como bien decía la doctrina, la pena de muerte por dichos delitos ya resultaba obsoleta para la época, pero se dejaba al arbitrio del tribunal.
En este caso Rosas aplicó la pena capital sin que exista aparentemente una sumaria, sabido es que en delitos menores el gobernador había condenado a muerte a los reos. Incluso en 1842 había fusilado a cuatro sacerdotes en las cárceles de Santos Lugares, dos de edad avanzada de apellido Frías. No se sabe la acusación de los delitos de estos sacerdotes y en 1851 el obispo Mariano de Escalada se refirió a este suceso “de cuatro infelices sacerdotes que, en años pasados, vinieron presos de las provincias interiores”.Esta ejecución desprestigió a Rosas, aun ante sus propios amigos y partidarios:


"Esta ejecución bárbara que no se excusa ni con los esfuerzos que hicieron los diaristas unitarios para provocarla, ni con nada, sublevó contra Rosas la indignación de sus mismos amigos y parciales, quienes vieron en ella el principio de los arbitrario atroz, en una época en que los antiguos enemigos estaban tranquilos en sus hogares, y en que el país entraba indudablemente en las vías normales y conducentes a su organización".


También el antiguo partidario del ex gobernador coincidía en estas apreciaciones al manifestar que más le valía a Rosas haber perdido una batalla que el haber hecho fusilar a la desgraciada pareja.


La sentencia del juez de primera instancia, doctor Sixto Villegas, del 17 de abril de 1861 en el juicio criminal seguido al Restaurador lo acusó en los considerandos 4° y 5° del homicidio de Camila, “joven víctima de la debilidad del sexo” y de infanticidio de su hijo “madurado hasta los últimos meses en sus entrañas”.
Rosas fue condenado a la pena ordinaria de muerte con calidad de aleve, decisión confirmada en tercera instancia por los jueces de las Carreras, Pico, Cárcova y Salas el 3 de abril de 1862, quienes dijeron en su tercer considerando que aun cuando el crimen de Camila y otros “horrorizan por su atrocidad y alevosía…no ha debido hacerse cargo a Rosas por ellos en esta causa, pues han servido de fundamento para la condenación que le impuso el cuerpo legislativo”.




Fuentes y bibliografía:


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Causa criminal seguida contra Juan Manuel de Rosas. Edición facsímil de la original de 1864, Buenos Aires, Editorial Freeland, 1975.
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RAED, José, Rosas. Cartas confidenciales a su embajadora Josefa Gómez 1853-1875, Buenos Aires, Humus, 1972.
VIZOSO GOROSTIAGA, Manuel, Camila O´Gorman y su época. La tragedia más dolorosa ocurrida durante el gobierno del “Restaurador de las Leyes” estudiada a base de documentación y con opiniones de sus contemporáneos, Santa Fe, Edición del autor, 1943.
SALDÍAS, Adolfo, Historia de la Confederación Argentina. Rozas y su época, Buenos Aires, Librería “La Facultad” de Juan Roldán, 1911.
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Manuelita Rosas y Antonino Reyes. El olvidado epistolario (1889-1897), Buenos Aires, Archivo General de la Nación, 1998.


lunes, 2 de noviembre de 2009

HISTORIA DE LA PARROQUIA DE SAN MIGUEL DEL MONTE (1774-1939)




SANDRO OLAZA PALLERO, Historia de la parroquia de San Miguel del Monte (1774-1939), Buenos Aires, Parroquia San Miguel Arcángel, 2007, 190 ps.






Por Ricardo Rabinovich-Berkman






Sandro Fabricio Olaza Pallero pertenece a esa camada de jóvenes latinoamericanos que se resisten a ser miembros de la cultura de la superficialidad y la decadencia. Aunque ello le duela y lo coloque en la contramano de gran parte de su generación, este inquieto docente de las Universidades de Buenos Aires y del Salvador se empeña en aferrarse a valores, principios e ideas. Desde temprana etapa, en sus estudios de derecho se le impuso la veta histórica, y quedó para siempre. Bibliotecario del Instituto de Investigaciones Históricas "Juan Manuel de Rosas", siempre dispuesto a atender y ayudar a los estudiantes y lectores que se acercan, dedicó sus afanes a la investigación y al aula.


Como historiador, Olaza es un enamorado de la búsqueda de la verdad. Yo no creo que la objetividad sea posible, y como meta tengo mis dudas que sea algo bueno. Pero Sandro se obsesiona con ella. Quizás porque es muy consciente de sus inclinaciones hacia Rosas, figura que le atrae y apasiona, así como su época. Así que, como centra gran parte de sus pesquisas en ese segmento espacio-temporal, se preocupa hasta el extremo en precaverse contra sus propias tendencias, para que no le nublen la visión que le surge del análisis crítico de los testimonios. Ello lo ha llevado, por ejemplo, a una consideración de la imagen de Domingo Sarmiento que asombra, por sus tintes respetuosos (y hasta admirados) en un escritor "rosista" (¿"rosiano"?)


Desde tiempo atrás, una nueva pasión apareció en su vida: la recuperación del archivo parroquial de San Miguel Arcángel, en San Miguel del Monte, localidad tradicional y antigua de la Provincia de Buenos Aires, muy vinculada a Rosas y muy presente en la era del Restaurador. Empezó a viajar periódica y permanentemente a esa tranquila localidad, tal vez aprovechando también para hurtarse a los fragores de la metrópoli porteña, y a sumergirse con avidez en los registros de aquella sede eclesiástica, cuyos descubrimientos lo iban hipnotizando en forma creciente. A la gente, religiosa y laica, de San Miguel del Monte, la imprevista aparición de este joven historiador talentoso, que evidenciaba un ferviente interés por el pasado de su tierra, les resultó tan auspiciosa como simpática. Le abrieron las puertas de par en par, y Sandro no tardó en convertirse en un personaje de la escena local.


Entonces, aparentemente, sobreviene la idea de hacer un libro. Los hallazgos se acumulaban, y eran de una riqueza notable. La embriaguez feliz de estar arando suelo virgen, de estar sacando a la luz una porción no trabajada de la historia bonaerense, le hizo sentir a Olaza Pallero la necesidad, que no tardó en contagiar a los vecinos del sitio, de plasmar tanto buen material en una obra concreta. Entonces, ya con esa reconstrucción como objetivo, puso manos a la obra con renovado ahínco, entregando al nuevo sueño sus horas de descanso, sus fines de semana, sus vacaciones. Hasta que, finalmente, las tareas se tornaron en papel, y nació este excelente libro, el primero (y vaya estreno) de este promisorio historiador.


Con un estilo ágil, sencillo y clarísimo, sin rebusques ni vueltas, y dotado de una frescura y un gracejo, a veces rayanos en alguna que otra ironía, Olaza Pallero nos conduce a lo largo de más de un siglo y medio de interesantísima vida de esta emblemática parroquia, y a través de ella nos asomamos a la existencia cotidiana de aquella comunidad plantada en el océano verde de las pampas, y en los avatares del devenir rioplatense, hispano primero, independiente después, argentino (y bonaerense) siempre. Las peculiaridades de la compleja sociedad virreinal, los cataclismos de la época de los caudillos, el vislumbre de los días fraudulentos de una república incierta... Como una sucesión de nutridas imágenes, cuidadosamente recreadas y llenas de aliento, van pasando por los ojos del lector las estaciones del recorrido rioplatense, vistas desde aquel templo modesto, de dos plantas y una torre de campana.


Exquisitamente ilustrada, con láminas e imágenes históricas, y con dibujos especialmente preparados por Javier Ulke, y una esmerada edición, esta deliciosa obra histórica se alimenta de las profundas pesquisas archivísticas de Olaza Pallero, realizadas en los registros de la parroquia, y también en otros repositorios, y asimismo de numerosas fuentes indirectas, que el autor se tomó el cuidado de compulsar. La reconstrucción ha sido crítica y escrupulosa, y la metodología científica impecable. El resultado es una joyita, que sin dudas marcará un hito en la historia de esa misma localidad de que se ocupa, en curiosa y borgiana paradoja.


Quien se interese por el pasado del Río de la Plata, bien hará de pertrechar su biblioteca con este delicioso trabajo de Sandro Olaza Pallero. Si no lo hace, tarde o temprano sentirá su ausencia.



domingo, 1 de noviembre de 2009

OTRA VEZ SARMIENTO Y ROSAS

Domingo Faustino Sarmiento.
Juan Manuel de Rosas.

Por Juan José Sebreli*


El debate suscitado por el proyecto legislativo sobre el cambio de nombre de un tramo de la avenida Sarmiento por Juan Manuel de Rosas revivió un viejo antagonismo que parecía olvidado. Estos dos nombres resultan emblemáticos para la interpretación de la historia argentina, reducida de manera simplista a las líneas liberal y nacionalista, pero la realidad es más compleja que esta dicotomía tan nítida.
La primera reivindicación de Rosas surgió del propio liberalismo, en la generación del ochenta, con Adolfo Saldías, quien, sin embargo, más que antagonismos buscaba una conciliación entre federales y unitarios.
Los orígenes del radicalismo (sus creadores, Alem, Yrigoyen y Alvear descendían de familias rosistas y en las filas del partido militaban viejos federales, marginados por los liberales) lo predispusieron a la temprana reivindicación de Rosas. Algunos radicales -Ricardo Caballero y Dardo Corvalán Mendilarzu- intentaron hacerlo con campañas públicas; otros -Diego Luis Molinari-, con debates históricos.
El hecho de que los radicales se anticiparan a los nacionalistas en el rescate de Rosas tuvo su compensación cuando, después de la caída de Yrigoyen, algunos nacionalistas, que habían sido acérrimos enemigos de éste, dieron un giro e iniciaron la rehabilitación de Yrigoyen antes que los propios radicales, entonces demasiado abrumados por la derrota. Los hermanos Rodolfo y Julio Irazusta vincularon además la figura de Yrigoyen con la de Rosas, cerrando de ese modo el círculo.
La apropiación de Rosas por los nacionalistas y las comparaciones que establecían con el fascismo, entonces en auge, suavizaron el rosismo temprano de los radicales haciendo que viraran hacia un cauteloso eclecticismo; ésa sería la posición de Emilio Ravignani y de Ricardo Rojas, quienes propugnaban conciliar a Rosas y Sarmiento, lograr la síntesis entre federales y unitarios, aunque con una tenue inclinación hacia los primeros.
Un nuevo avatar sufriría el mito rosista: del caudillo conservador y autoritario, defensor del orden y la jerarquía, restaurador de la tradición colonial, que alababan Carlos Ibarguren y los nacionalistas aristocráticos, se pasó a la interpretación, en clave populista, de Ernesto Palacio y Manuel Gálvez. Este último tomó ese camino en sus exitosas biografías, una denigratoria de Sarmiento, otra apologético de Rosas. En la biografía que escribió sobre Yrigoyen, de algún modo complementaria de la de Rosas, comparaba a éste con el caudillo federal.
La versión populista, destinada a perdurar, de Rosas como líder de masas, antiimperialista y enemigo de la oligarquía, no era más que un mito político sin ningún asidero en la historia real. Rosas nunca se había propuesto atacar los intereses de la burguesía ganadera de la pampa húmeda -a la que pertenecían él mismo y muchos de los participantes de su gobierno- y mantuvo cordiales relaciones con el capital inglés; los comerciantes y diplomáticos británicos eran habitúes de los saraos de Manuelita, la hija del Restaurador de las Leyes. No debe extrañar que Rosas, tras su derrota, haya elegido para refugiarse la embajada inglesa y huido en un barco inglés a la propia Inglaterra, como lugar definitivo de destierro.
Después de 1945, Gálvez, Palacio y los forjistas agregarían a las figuras populistas de Rosas e Yrigoyen, la de Perón, inventando la línea histórica tan exitosa en las siguientes décadas. Tanto Yrigoyen como Perón, sin embargo, habían mantenido un cauteloso silencio con respecto a la controvertida figura de Rosas.
La antinomia Sarmiento-Rosas difícilmente puede ser identificada linealmente con orientaciones de izquierda o de derecha. Tanto el liberalismo conservador como el socialismo democrático de la primera mitad del siglo optaban por Sarmiento contra Rosas, así coincidían el centro derecha y el centro izquierda democráticos. Fueron los populismos -el yrigoyenismo y después el peronismo- los que cambiaron el signo de ambos personajes, mostrando la coincidencia de los nacionalismos, fueran de izquierda o de derecha.
Tras la caída de Perón, la corriente desarrollista, de influencia intelectual, era amante de las síntesis integradoras e intentó superar la dicotomía de federales contra unitarios, Rosas versus Sarmiento, recurriendo, una vez más, a la vieja fórmula ecléctica de algunos historiadores radicales: Rosas más Sarmiento, aunque con una marcada inclinación por el primero.
Para el pensamiento de los últimos años sesenta y los setenta, esta conciliación resultaba demasiado débil y claudicante y reapareció la línea excluyente nacionalista de Rosas y Peron -Yrigoyen permanecía olvidado- contra los demonizados liberales. José María Rosas y John William Cooke, al frente del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, se encargaron de la peronización del rosismo y consiguieron que el líder federal se convirtiera en un insólito ídolo juvenil junto a Evita y el Che.
Sarmiento, por su parte, había sido estigmatizado como introductor de ideas exóticas, un cosmopolita, “cipayo”, según la jerga… Él, por cierto, no se hubiera sentido agraviado porque formaba parte de una corriente de intelectuales y políticos del siglo XIX, que se extendió hasta comienzos del XX en América latina, la Europa Oriental Y la Rusia zarista, para quienes el europeísmo u occidentalismo no eran mera frivolidad o esnobismo, sino un modo de luchar contra las tradiciones retrógradas, de superar el atraso cultural, social y económico, de integrarse al mundo avanzado y estar a la altura de los tiempos.



Demagogia o educación

Para el nacionalismo de izquierda setentista, Sarmiento había despreciado a las masas y masacrado a los gauchos, y Rosas dejaba de ser el terrateniente conservador para transformarse en el líder de una revolución nacional, apoyado por las masas populares, o un demócrata de “la democracia orgánica”, expresión que denunciaba la influencia del fascismo. Ya Juan Pablo Oliver había definido el rosismo como un “socialismo de Estado” categoría que años después divulgaría José María Rosa.
Las actitudes distintas con que Rosas y Sarmiento enfrentaban a las masas populares marcaban la distancia entre el populismo de derecha y el liberalismo democrático. Rosas las adulaba por razones demagógicas, como el patrón de estancia acostumbrado a tratar paternalmente a los peones. Pero, a la vez, no hacía nada por elevarlas socialmente; por el contrario, cerraba escuelas (como por ejemplo, la que cerró mediante el decreto de 1830 “por ser incompatible con las urgentes atenciones del erario publico y por no corresponder sus ventajas a las erogaciones que causa” para mantener a esos grupos sociales en estado de ignorancia, sumisos Y fáciles de manipular.
Sarmiento, en cambio, podía despreciar a las masas ignorantes, Pero dedicaba sus esfuerzos a educarlas, creando de ese modo las condiciones para una igualdad de oportunidades, base de toda democracia. Con frecuencia señalo la desidia de las clases dominantes respecto de la educación popular y denunció la injusticia que significaba una universidad gratuita para los hijos de las clases altas, mientras que las escuelas públicas, donde sólo iban los pobres, estaban libradas al abandono; tema que, por cierto, no ha perdido vigencia.


Sin retorno

En mi libro Crítica de las ideas políticas argentinas (Sudamericana, 2003), he analizado la búsqueda obsesiva entre intelectuales y políticos argentinos de líneas históricas unívocas e inalterables, cuyo desciframiento mostraría una continuidad y unidad proporcionaría las claves del supuesto “ser nacional”: morenistas y saavedristas, unitarios y federales, porteños y provincianos, radicales y conservadores, antiperonistas y peronistas, liberales y nacionalistas: unos y otros encarnarían visiones absolutas, aunque con distinto signo, negativo o positivo según la posición elegida. Eternamente contrapuestos, estos arquetipos se repetirían, a lo largo de la historia argentina, cambiando tan solo de nombre y de ropaje; se trataría de una historia teológica de lucha entre el Bien y el Mal, que acabaría con la derrota definitiva de éste en el “fin de la historia”. En un deliberado anacronismo se buscaban en el pasado las claves para explicar el presente, pero ese pasado era, a la vez, interpretado según los códigos del presente y se caía, de ese modo, en un círculo vicioso.
En esa cosmovisión atemporal, ahistórica y mágica de la realidad humana, el tiempo irreversible era sustituido por, el mito del eterno retorno. Los acontecimientos históricos se convertían en hierofanías fulgurantes que restituían el pasado en el presente, ceremonias de transfiguración bajo cuyas formas rituales y simbólicas revivía un momento liminar ocurrido en otra época, mientras que los personajes reales se transformaban en representaciones de ideas y símbolos eternos.
Con la democratización y el retorno de los restos de Rosas -que transcurrió, salvo para una minoría de adeptos, en medio de la mayor indiferencia- parecía que esta forma de concebir el pasado estaba definitivamente muerta. Sin embargo, la tentación de sustituir la historia real por el mito es irresistible, y algunos legisladores peronistas han vuelto a caer en ella.
Estos, sin duda, aducirán que quieren superar los antagonismos para lograr la “Unidad Nacional”, pero la nación no es un todo orgánico por encima de los grupos humanos, las clases sociales y los individuos que la componen. Esta concepción seria precisamente la de los movimientismos autoritarios y corporativos, en las antípodas de la democracia y del sistema de los partidos. El consenso que, efectivamente, debe lograrse para que una sociedad sea gobernable no significa la desaparición de las contradicciones, de la diversidad, ni de la disolución de los opuestos en una dudosa armonía. El conflicto no es un obstáculo por superar; por el contrario, en toda forma de sociabilidad, en toda interrelación humana, intervienen por igual el conflicto y el consenso, la competencia y la cooperación. El acuerdo político resuelve pacíficamente el conflicto pero no lo suprime, porque las partes que acuerdan deben conservar su autonomía y su singularidad.
Sarmiento y Rosas fueron enemigos, tuvieron proyectos antagónicos de la sociedad argentina y no es posible unirlos hoy en una falsa síntesis póstuma, neutralizándolos al ubicarlos, uno al lado del otro, en la vitrina del museo o en los carteles de las calles, convertidos en objetos culturales, despojados de todo su polémico contenido político. Recordar, por el contrario, las diferencias insalvables entre ambos no significa caer en el mito del eterno retorno antes criticado. En una situación bien actual y distinta de la de aquellos personajes, optar por uno y rechazar al otro es mostrar la incoherencia que representa, para una sociedad en busca de una dificultosa democratización, celebrar una dictadura que, como lo vio Karl Vossler cuando leyó el Facundo en 1932, preanunciaba el totalitarismo fascista.
Sarmiento y Rosas no encarnan arquetipos de una ontología nacional inmutable; el término “civilización”, opuesto a “barbarie”, podrá parecer anticuado, pero en su momento trataba de representar valores que hoy siguen tan vigentes y controvertidos como entonces -democracia, libertad, justicia, modernidad-, cuyo alcance es universal y trasciende, por lo tanto, los estrechos límites de lugares y épocas.




Juan José Sebreli.




* La Nación, 20 de abril de 2003.

miércoles, 21 de octubre de 2009

ANTECEDENTES FAMILIARES DEL GENERAL DON MARTÍN GÜEMES




Escudo de armas de Güemes.



                        Por Sergio Núñez y Ruiz-Díaz



      Antigua familia de Cantabria, cuya casa solar se ubicó en el lugar de su nombre, que tomó como apellido, Ayuntamiento de Bareyo, Partido Judicial de Santoña (Santander). Sus miembros probaron su nobleza diversas veces en las Órdenes Militares como Santiago, Calatrava y Carlos III.
De sus miembros peninsulares se destacaron: Juan Francisco Güemes y Horcasitas, (Reinosa, Cantabria, España. 1681 - † Madrid, España. Año de 1766).
      Habiéndose desempeñado como Capitán General de Cuba de 1734 a 1756, por sus servicios fue creado Conde de Revilla Gigedo en 1749 por S.M. Don Felipe V. Se destacó en dicho gobierno por crear la Compañía de Comercio de la Habana (1738-1740). Al terminar su mandato como Capitán General de Cuba fue nombrado 41º Virrey de Nueva España (México) por el período 1746-1756.
       El 1º Conde de Revilla Gigedo se ganó la buena reputación de un gobernante eficiente y honorable. Tomó medidas para que los empleados del gobierno cumplieran con sus cargos. Aumentó los réditos del gobierno, aumentando el tamaño de flota de protección mercante en la ruta naval de Veracruz y de La Habana.
       Con la expansión del comercio y el final de la piratería después del fin de la guerra contra Inglaterra en 1748 (a los que había expulsado de Cuba y Florida durante la Guerra de Sucesión Austríaca), se volvió a incrementar la producción de plata en la colonia.
      Reorganizó también la administración y gerencia de los documentos oficiales; y solicitó que los asuntos de índole civil y religioso fueran consideradas cada una independiente de la otra. La primera reforma es considerada como parte de la fundación del actual Archivo General de la Nación.
Después de entregar el gobierno a su sucesor, Agustín de Ahumada y Villalón, II Marqués de las Amarillas, Güemes volvió a España, en donde le dieron el mando de Capitán General del Ejército. Propuesto Virrey del Nueva Granada y de Navarra; llegó a ser Presidente del Consejo de Castilla y Presidente del Consejo de la Guerra.
      Su hijo, Juan Vicente de Güemes Pacheco de Padilla y Horcasitas nació en La Habana, Cuba en 1740 y murió en Madrid, en 1799, segundo conde de Revillagigedo, también ocupó el alto sitial de su padre al ser nombrado 51º Virrey de Nueva España en 1789 y hasta 1794.
Estimuló el establecimiento de las Intendencias y reorganizó los tribunales. Promovió el cultivo de plantas textiles (cáñamo, lino y algodón), reglamentó la explotación de maderas e impulsó las comunicaciones, construyendo una red de caminos entre los puertos de Veracruz, Acapulco y Mazatlán, y las ciudades de México y Toluca. Estableció el correo bimestral entre las capitales de las intendencias. Creó numerosas escuelas para indígenas y apoyó los estudios profesionales, sobre todo los de la Academia de San Carlos.    Durante su administración, arribó la expedición de Martín Sessé, discípulo del naturalista Carl von Linneo, encargado de recopilar la flora mexicana (y redactor de la obra del mismo título), a quien apoyó en la realización de sus trabajos. En 1790, ordenó que se excavara la plaza de armas, donde se encontró el denominado Calendario azteca. Inauguró el Museo de Historia Natural en 1793. Creó las cátedras de Botánica, Anatomía y Fisiología, y fundó el Archivo General. Preocupado por la validación pública de su administración, instaló un buzón para recoger comentarios y quejas de sus gobernados. Al fin de su gestión, el Ayuntamiento de México presentó acusaciones en su contra ante el Consejo de Indias, que le siguió un juicio de residencia. Fue absuelto al encontrársele inocente. Falleció en Madrid en 1799, siendo considerado uno de los mejores Virreyes del período de la Ilustración.
El hijo de éste último, Don Antonio de Güemes y Pacheco de Padilla, Teniente General de los Reales Ejércitos, Caballero de Santiago y de Carlos III, fue titulado con la Grandeza de España sobre su título de Conde de Revilla Gigedo, como Conde de Güemes por Don Carlos IV en 1781.
        Por su parte, nuestro biografiado era hijo de Don Gabriel de Güemes Montero y de la Bárcena Campero, santanderino, natural de Abionzo (nacido en 1748), quien en 1777 fuera nombrado Tesorero de las Reales Cajas de Jujuy, haciéndose cargo en 1778. El mismo año de su arribo casó con Doña Magdalena Goyechea y de la Corte, hija del Maestre de Campo, don Martín Miguel de Goyechea, Teniente de Gobernador de Jujuy, descendiente del Conquistador Don Francisco de Argañaraz y Murguía, y de Dª María Ignacia de la Corte y Palacios, de antigua familia jujeña.
El matrimonio tuvo nueve hijos: Juan Manuel, Martín Miguel, Gabriel José, Magdalena, Francisca, José Francisco, Benjamín, Isaac y Napoleón. Sólo el primero, Juan Manuel, nació en Jujuy; los otros lo hicieron en Salta.
         El padre de Don Martín Miguel de Güemes murió en Salta en noviembre de 1807, a los 59 años de edad. Doña Magdalena casó en segundas nupcias con el Sargento Mayor José Francisco de Tineo Escobar Castellanos, hijo del que había sido Gobernador del Tucumán y Presidente de la Real Audiencia de Charcas. Este casamiento se realiza en 1809, dos años después de la muerte del primer marido. Este matrimonio tuvo un hijo, Cupertino, que murió de niño.
      Cuando Don Gabriel de Güemes Montero y doña Magdalena se casaron, él según consta en su testamento, sólo aportó al matrimonio "la precisa decencia de su persona" y doña Magdalena, cuantiosos bienes que pasaremos a detallar.
       Al hacer doña Magdalena testamento, (muere casi centenaria en 1853) aclara tener una deuda de gratitud con su hijo Napoleón, quien durante 18 años la alimentó a su costa, la acompañó en sus amargas soledades, en el infortunio de su larga y penosa vida, por cuyo motivo lo mejoraba con el tercio de sus bienes.
Sus bienes principales eran las estancias del Bordo y del Paraíso. También fue dueña de la estancia del Palmar. La casa era la de la escuela Güemes.
En lo que respecta a las relaciones de Martín Miguel y su madre, se ha dicho que éste era un excelente hijo, y esto se traduce en el respetuoso amor y consideración que tenía para con su progenitora. No daba comienzo baile alguno de gala, en el cual Güemes no sacara a bailar a su madre el primer minuet de la fiesta.


Sus hermanos:


● Juan Manuel de Güemes, Hermano mayor de Martín Miguel, Jurisconsulto, nació en Salta el 15 de febrero de 1778, murió en la ciudad natal el 6 de febrero de 1831. Después de cursar estudios preparatorios en el colegio Monserrat, de Córdoba, se graduó en ambos derechos en Chuquisaca (1808).
De vuelta a Salta, se dedico a la propaganda revolucionaria con Moldes, Gorriti, Gurruchaga, etc. Contribuyó con sus bienes a equipar al ejército del norte en 1810 y en 1811 fue miembro del cabildo de Salta, sostuvo la política del Monteagudo.
Colaboró con su hermano, el Gobernador Güemes y fue cabildante nuevamente; habiendo sido elegido senador en 1819.
En 1826 presentó a la legislatura salteña un amplio informe sobre los derechos a la posesión de Tarija por parte de Salta.
Fue Teniente gobernador de Jujuy en 1827 y en 1828 volvió a ser miembro de la Sala de representantes de Salta. También integró la Cámara Judicial.
Había casado con Da. Bernardina Martínez de Iriarte Medina, de conocidas familias salteñas.

● Magdalena (Macacha) Güemes de Tejada. Hermana del general Martín Miguel de Güemes, de cuya acción en pro de la independencia fue eficaz colaboradora. Nació en Salta el 11 de diciembre de 1787. Recibió la educación habitual para las mujeres de su época y oposición, pero poseía cualidades propias que le permitieron descollar en un medio rico en mujeres de personalidad.
El 24 de octubre de 1803 se casó con Dn. Román Tejada Fernández, perteneciente a una antigua familia de Salta. Su acción poco después de la Revolución de Mayo, cuando convirtió su casa en taller para confeccionar ropa para los soldados de la partida de observación organizada por su hermano. A partir de entonces fue su más entusiasta colaboradora, y supo sacar partido de su inteligencia y su posición para desempeñar tareas arriesgadas, especialmente cuando los realistas ocupaban la ciudad de Salta y Güemes los combatía por todos los medios.
Dotada de habilidad política, la puso al servicio de su hermano en los momentos difíciles, como en 1815, cuando gracias a sus gestiones se llegó a la paz de los Cerrillos, luego de la delicada situación surgida entre Güemes y las fuerzas de Buenos Aires al mando del general Rondeau.
Güemes se encontraba con ella cuando una partida realista lo atacó e hirió, en Salta, el 7 de junio de 1821, causándole la muerte en pocos días después. Macacha continuó participando en los sucesos políticos de la provincia, con la audacia que la caracterizaba. Fue muy querida por el pueblo debido a la generosidad con que ayudaba a los necesitados. Falleció en Salta el 7 de junio de 1866.

● De su matrimonio con Don Román Tejada Fernández, hubo una sola hija, Eulogia, quien casó con Pío José Tedín Castro Zavala, siendo su hijo Virgilio Maria Tedín Tejada, quien al casar con Da. María Uriburu Arenales, de distinguidas familias salteñas tanto por su padre (descendiente de la Casa Infanzona de su apellido) como por su madre, hija del General Juan Antonio Álvarez de Arenales. Éste, gobernador de Salta Gobernador de Salta desde 1823 procuro establecer un gobierno liberal como el de Rivadavia en Buenos Aires.
De este matrimonio fue descendiente el conocido juez de la Nación Don Virgilio Tedín Uriburu, con dilatada descendencia en la actualidad.

● Cnel. José de Güemes. Nació en Salta en 1803, hermano menor del General Martín Miguel de Güemes, intervino desde muy niño en la guerra de la Independencia, lucho junto a su hermano, Belgrano y Pueyrredón hasta la finalización de la misma. Acompañó al que fuera Gobernador de Salta José Ignacio de Gorriti en su exilio, en 1830 cuando invadió con las fuerzas de Salta las Provincias de la Rioja y Catamarca. En 1831 se levantó en armas en los distritos, del valle de Jujuy, desconociendo la autoridad del Gobernador Rudecindo Alvarado. Ejerció la Gobernación de Salta desde el 6 de diciembre de 1831 al 8 de febrero de 1832, después del triunfo de Quiroga contra La Madrid en la Ciudadela; fue su ministro Amancio Alcorta. Fue derrotado en Los Cerrillos el 8 de febrero de 1832 por fuerzas comandadas por el Cnel. Pablo de la Torre. Emigró un tiempo a Bolivia, regresando luego a Salta donde falleció el 13 de diciembre de 1840. Del mismo no se tiene descendencia conocida.


Descendientes directos:

● Del matrimonio de Don Martín Miguel de Güemes con Da. María del Carmen Puch de la Vega Velarde (por parte de madre emparentada con la misma familia de su cónyuge, por los de la Corte), celebrado en Salta en el año 1815. De los tres hijos sólo dos sobrevivieron al matrimonio: Martín y Luis, nacido el 21 de junio de 1819. Ignacio, nacido en Julio de 1820, falleció antes de cumplir el año. Martín María falleció en Salta el 26 de diciembre de 1862, a los 45 años.
El primogénito:

● Martín María del Milagro Güemes , nacido en salta en el 8 de setiembre de 1817. Martín María tenía 3 años cuando perdió a su padre (en junio de 1821) y 4 cuando falleció su madre (abril de 1822). Valentín Delgadillo recordaba años después que "Güemes murió pobre y dejando a sus hijos en mendicidad y a los que, para alimentarlos, fue necesario que el abuelo recurra al Gobierno varias veces, pidiendo una ración de hambre".
Casó con su prima hermana Adela Güemes Nadal, hija de su tío Napoléon Güemes Goyechea y de Da. Benedicta Nadal Morel.
El matrimonio se efectuó el 20 de diciembre de 1856. Fue dos veces gobernador de la Provincia. En su gestión se concluyó la realización del Censo Nacional comenzado en 1855, se dictó la Ley de Dominio Privado de Montes exceptuándose de minas por ser propiedad del Estado y la Ley reglamentando el pastoreo de ganado. Se destinaron fondos para la construcción de la Catedral iniciada en 1856. Se estableció por ley la creación del Colegio de Educación Pública para varones. Falleció en Salta en 1860 por causas cardíacas. Su hijo:

● Martín Gabriel de Güemes Gobernador de Salta 1886–1889. Nieto del héroe gaucho, fue un gobierno agitado puesto que tuvo que afrontar la epidemia de cólera. Durante su gestión se fundó Se fundó el Banco Provincial de Salta y el Registro Civil. El Poder Ejecutivo quedó autorizado a vender el terreno y el edificio del Cabildo – dichos fondos fueron destinados a la construcción de oficinas públicas para la provincia. Se dispuso la construcción del asilo “Buen Pastor”.


● El hijo menor de nuestro biografiado, Don Luis, de su matrimonio en 1850 con Da. Rosaura Castro Sansetenea tuvo por hijos a: Domingo, Carmen, Martín Miguel, Luis, Francisca, Rosaura, Hortensia, Julio y Adolfo. Hay que destacar que la mayoría de ellos casaron con señoritas de antiguas familias porteñas.
De los mismos se destacaron:


● Dr. Domingo Güemes Castro, quien nació en Salta en 1854, fue el hijo mayor de Luis Güemes Puch, habiendo nacido en Salta en 1854.En Buenos Aires se graduó de doctor en leyes. El general Dionisio Puch, cuñado del general Güemes, consiguió entre 1870 y 1871, le remitieran desde Salta gran parte de la documentación del héroe, para componer y publicar una biografía.
En 1872 desistió de este propósito y encomendó a su sobrino nieto que recogiera la documentación que estaba en poder del doctor Dalmacio Vélez Sársfield.
Regresó a Salta donde fue legislador provincial, intendente de la capital y ministro de gobierno. En 1883 fue elegido diputado nacional.
Hallándose entre los fundadores de la Unión Cívica junto a los doctores Outes, Ortiz y Latorre. Debido a los hechos de 1893, debió huir del país, refugiándose en Montevideo-
Persona de enorme cultura y destacado abogado, el Dr. Güemes dedicó sus últimos años a organizar su enorme e importante archivo sobre la vida y acción de su abuelo, el General Martín Miguel de Güemes.
Casó con da. Francisca Torino Solá, de distinguida familia salteña, con descendencia en la actualidad. Murió en la ciudad de Buenos Aires el 2 de noviembre de 1923.


● Dr. Luis Güemes Castro, nació en la ciudad de Salta el 6 de febrero de 1856. Cursó sus estudios secundarios en el Colegio Nacional de su ciudad natal. En 1873 se inscribió en la Facultad de Medicina de Buenos Aires para terminar sus estudios en 1879. Su tesis versó sobre Medicina Moral, la que se ocupa de la necesidad del médico de "conocer al hombre entero, en su doble esencia física y moral", es decir psíquica y anímica.
Hacia 1880, partió hacia Europa, inscribiéndose como simple estudiante en la Facultad de Medicina para cursar, paso a paso, la Carrera a nivel elevado que podía cursarse allí en ese momento. Terminado por segunda vez el curso escribió su tesis de graduado sobre Hematosalpine.
Regresa al país en el año 1889 precedido por un buen logrado renombre, ocupando en 1897 la cátedra de Clínica Médica a la cual consagraría su talento, su sexto sentido clínico, la sabiduría, la bondad y el señorío que conformaban su personalidad.
En 1895, fue designado Académico de Medicina en el sitial Nº 6, continuando en el mismo hasta el día de su muerte. Al incorporarse leyó su discurso, que tituló Exactitud en Medicina.
En 1907 sus comprovincianos lo eligieron para una banca en el Senado de la Nación. Fue Vice-Presidente del Alto Cuerpo varios años y alguna vez también Presidente.
En 1912 fue Consejero de la Facultad de Medicina y su actuación fue de armonía, justicia, progreso y de creación de nuevos Institutos que contribuyeron al progreso de la Escuela.
Clásico ha quedado, en los principios hipocráticos, su discurso de incorporación a la Academia cuando expresó su juicio sobre: la Medicina es una ciencia difícil, un arte delicado, un humilde oficio, una noble misión.
En 1921 el profesor Güemes se retiró de la Cátedra, falleciendo en diciembre de 1927.
Un Monumento sobre la pared de la calle Córdoba de la antigua Facultad de Medicina perpetúa su Memoria. Fue descubierto con extraordinaria pompa el 7 de diciembre de 1935 (Obra del escultor Agustín Riganelli).
Había contraído matrimonio con da. Marta Ramos Mexía Lavalle, de conocida familia porteña, y sobrina nieta materna del Gral. Unitario Juan Galo de Lavalle. Con descendencia en la actualidad.


● El menor de los hijos del matrimonio Güemes Castro, Adolfo, Nació en Salta el 10 de septiembre de 1873. También en Salta realizó sus estudios primarios y secundarios, egresando como bachiller del Colegio Nacional. Posteriormente se trasladó a Buenos Aires a estudiar medicina. Allí se doctoró en 1898, con la tesis “Contribución al estudio de la policerosis tuberculosa”Quiso perfeccionarse, conocer más. Con su diploma recién obtenido viajó a Europa. En París logra otro doctorado. Regresado al país en 1904 se aboca de pleno a la profesión, incorporándose al Hospital Rivadavia en donde ejerció con mucho prestigio durante muchos años. Sin embargo, la política lo atraía muy fuertemente, seguramente porque a los propios genes se sumaban los acontecimientos del país, y en especial los de su provincia natal.
Como era un verdadero ciudadano respetuoso de la Constitución y de las leyes, demócrata, enemigo de las prebendas y de los acomodos, defensor de la libertad y de la igualdad de oportunidades, valores estos que por tradición de sus mayores formaban parte de su personalidad, se había incorporado a las filas políticas que, por ese entonces para él, más se ajustaban a sus ideales: la Unión Cívica Radical.
Vuelve a Salta. Colabora intensamente con sus correligionarios en el gobierno provincial. Más tarde es elegido Gobernador de la Provincia, cumpliendo su mandato desde el 1º de mayo de 1922 hasta la misma fecha de 1925.
Se llevaron a cabo en educación y en salud pública especialmente, de manera de rigurosa economía, de responsable desempeño en la administración, de eficiencia y ejecutividad en los actos y por el estilo de sencillez, austeridad y dedicación al trabajo que él imponía en todos los estamentos. Ocurría que él era el ejemplo.
La revolución del 6 de septiembre de 1930 coloca al Dr. Adolfo Güemes en la vereda del frente de la ruptura del sistema constitucional. El gobierno de facto había resuelto llamar a elecciones presidenciales. A modo de prueba se realizan solamente en la provincia de Buenos Aires, donde en abril de 1931, los radicales ganan las elecciones para gobernador. Ante esa situación, el gobierno de José Félix Uriburu decide desconocer el resultado y anularlas. Así y todo, la Convención Nacional del Radicalismo proclama una fórmula para los comicios presidenciales de noviembre: la integraban el ex presidente Marcelo T. de Alvear y el ex gobernador de Salta, Adolfo Güemes. El gobierno de Uriburu veta a los dos integrantes de la fórmula: a Alvear, argumentando que no se había cumplido aún el plazo de seis años para que volviera a aspirar a la presidencia - curioso prurito constitucional en un gobierno de facto; a Güemes, por su reconocida militancia irigoyenista que lo hacía un representante del régimen depuesto. Con sus candidatos proscriptos, la Unión Cívica Radical, entonces, decidió abstenerse.
Como consecuencia de la lucha política sobreviene la persecución, y en 1933 el Dr. Adolfo Güemes es apresado; junto con él parten confinados a prisión en Ushuaia los dirigentes radicales Ricardo Rojas, Enrique Mosca, Federico Álvarez de Toledo, Mario Guido, Honorio Pueyrredón y José Luis Cantilo, entre otros. También le acompaña su fiel servidor, Pepe Casanz, quien simuló ser otro conspicuo dirigente para no ser separado de su querido patrón.
Al año siguiente, de regreso de su confinamiento, ocupa la presidencia del Comité Nacional de su partido: “... La Sociología, que busca en los acontecimientos de la historia las leyes que rigen la vida de la humanidad, enseña que solo hay progreso real y positivo en aquellos países en que, la gran mayoría de sus habitantes lleva arraigada en la conciencia la verdadera cultura cívica, que consiste, precisamente, en el acatamiento de los dictados de la ley. (...) desde la tribu salvaje a la compleja estructura de la sociedad moderna exigen comando y obediencia; (...) no basta poseer energías; para triunfar se requiere que la inteligencia, la voluntad las pongan en juego armoniosamente, facultad directriz que se obtiene y perfecciona por el ejercicio. Se llama entrenamiento en el deporte, técnica en el arte y en la ciencia..” Tal fue el pensamiento político del Dr. Adolfo Güemes.
Queriendo retribuir de alguna manera a la confianza y a la estima que la sociedad le había brindado, hizo donación de la histórica Chacra “El Carmen de Güemes” que había pertenecido a su abuelo el General Güemes, de alrededor de 300 hectáreas, a la Nación, con cargo de ser destinada a Escuela Granja. Su estructura edilicia fue realizada por el Ministerio de Obras Públicas de la Nación y entregado al Ministerio de Agricultura y Granja de la Nación el 17 de mayo de 1952, año en que comienza a funcionar en el mes de Abril el primer ciclo lectivo.
En 1945 hizo donación al Museo Colonial, Histórico y de Bellas Artes de varias obras artísticas de su propiedad.
El 4 de Octubre de 1947 muere en Buenos Aires, sin descendencia.


Conclusión:


La familia del Gobernador y Brigadier General don Martín Miguel, de Güemes se encuentra representada en la actualidad por las familias: Güemes Usandivaras, Güemes Ayerza, Güemes Torino y Güemes Bengolea.
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