sábado, 23 de mayo de 2009

GUILLERMO PALOMBO: HISTORIADOR DE LAS INVASIONES INGLESAS

La Organización militar en el Plata Indiano. La Guarnición de Buenos Aires 1680-1810.






Invasiones Inglesas (1806-1807).



Por Andrés Pont




Guillermo Palombo es un historiador conocido en los ámbitos académicos y universitarios. El público lo conoce a través de sus colaboraciones en la prensa periódica.
Miembro de número del Instituto de Historia Militar Argentina y correspondiente, en la provincia de Buenos Aires, del Instituto Nacional Belgraniano, participa en las reuniones de estudio que mensualmente realiza el Grupo de Estudios a Investigaciones de Procesos Políticos (GEIPP) del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires. En una separata especial de la “Revista Militar” nº 703, del año 1981, aparece como recopilador del “Diario del coronel Richard Bourke, Cuartel Maestre de Whitelocke, 1807”, cuyo texto exhumó de la colección de copias obtenidas en Londres por Carlos Roberts en 1928, y tradujo María Susana Ricci.
Al año siguiente, apenas concluida la Guerra de Malvinas, en el local que la Editorial Kapelusz tenía en Av. Corrientes y Carlos Pellegrini, pronunció una conferencia sobre “Rendición de las tropas británicas en la casa de la virreina viuda, 5 de julio de 1807”. Disertación destinada a presentar una maqueta que reconstruía el hecho, cuya edificación, soldados de plomo, luciendo los uniformes originales de Patricios y del Batallón Ligero inglés, y banderas, fueron obra de Joaquín Miralles, maestro miniaturista militar.
Maqueta que actualmente se exhibe en el Museo del Regimiento de Infantería Nº 1 “Patricios”, en su cuartel de Palermo. Con motivo de otra conferencia, pronunciada el 14 de abril de 1989 sobre la actuación del Tercio de Gallegos en la Defensa de Buenos Aires (1807), auspiciada por el Instituto Argentino de Cultura Gallega, en 1990 fue publicado su trabajo “Cuerpo de Gallegos 1806-1807” en la revista “Galicia” nº 653, editada por el Centro Gallego de Buenos Aires.
Texto pionero en el tema, que con otro de Carlos Sixirei Paredes y la antigua recopilación documental realizada por Manuel de Castro López en la primera década del siglo XX, fue reeditado en el volumen intitulado “El Cuerpo de Voluntarios Gallegos en la Defensa de Buenos Aires, 1807”, publicado en 1996 en Santiago de Compostela, por la Xunta de Galicia. Otro trabajo de Palombo, más extenso y con el título “El Cuerpo de Voluntarios de Galicia en Buenos Aires, 1806-1809” puede leerse en el nº 3, correspondiente a 1988, de la “Revista da Comision Galega do Quinto Centenario” (págs. 97-113) publicada en La Coruña.
Ambos estudios precursores actualizaron el interés por los milicianos gallegos, retomado poco después por un joven cadete de la Escuela Nacional de Náutica, que navegaría tras su estela. Sobre otros cuerpos militares que actuaron en las invasiones inglesas, no podemos omitir los datos aportados en “La organización militar en el Plata Indiano”, un volumen de 296 págs. que, con el subtítulo “La Guarnición militar de Buenos Aires 1680-1810” publicó en 2005 el Instituto de Historia Militar Argentina, y fue presentado en el aula magna de la Escuela Superior de Guerra.
Si bien Palombo aparece compartiendo la autoría con otra persona, es dable advertir que, aunque no se haya dejado constancia, se trata, en gran parte, de una recopilación de trabajos suyos muy anteriores. Por ello, como es obvio, la redacción del texto responde íntegramente a su personal estilo. Puede constatarse, en tal sentido, que los capítulos I, II, III y IV de la Primera Parte (págs.15-31) y I y II de la Segunda Parte (págs. 35-52) son reproducción, con tal o cual añadido o supresión, de su estudio sobre “Los Regimientos Fijos de Infantería y Dragones de Buenos Aires”, aparecido en el vol. VI de las “Publicaciones del Instituto de Estudios Iberoamericanos” (págs. 119-146), de 1989.
El capítulo III de la Segunda Pate es el mismo texto de su estudio sobre “El Real Cuerpo de Artillería en el Río de la Plata”, de 1995, que circuló en mímeo entre los especialistas en historia militar. En el capítulo I de la Cuarta Parte, sobre las armas portátiles (págs. 115-129) reproduce textos de su investigación sobre “Caballeros y arneses en el Plata Indiano”, aparecido en el Boletín Nº 31 del Instituto Genealógico-Heráldico de Rosario, publicado en 1997 (págs. 44 a 58). Y el capítulo II de la Cuarta Parte, sobre artillería (págs. 131-134) contiene materiales ya dados a conocer en su reseña bibliográfica de la “Historia de la Artillería Argentina” de Pedro Martí Garro, publicada en “Historiografía Rioplatense” nº 3 (págs. 221-229) del año 1985. Finalmente, de las cien piezas que se reproducen en el Apéndice Documental de págs. 135 a 277, las números 1 a 6, 8 a 12, 14 a 17, 24 a 26 y 32 fueron dadas a conocer en su fuente y citadas en “Los Regimientos Fijos…”.
Las números 28 a 30, 34, 36 a 45, 47 a 49, 52, 59, 60 a 66, 73, 76,78, 79, 80, 84-85 y 92 fueron reproducidas en el mímeo citado. Las números 54 a 56, 77, 81-82, y 92 a 94 fueron íntegramente publicadas en “Documentos para la historia de la Bandera Argentina” (Buenos Aires, Dunken, 2001) y la nº 53 en “Historia de la Bandera Argentina con una relación cronológica de disposiciones legales y reglamentarias” (Bs. As., Dunken, 1999, pág. 28, nota 39); sendos libros cuya autoría Palombo compartió con Valentín Espinosa.
En febrero de 2007, impreso por Dunken, apareció el volumen “Las Invasiones Inglesas (1806-1807). Estudio Documentado”. En apenas 230 págs., con láminas de Luis de Beaufort en su tapa y contratapa, el texto, tan nutrido como abigarrado, y con muchos subtítulos orientativos para el lector, resume mucha información documental inédita, consultada en el Archivo General de la Nación y referenciada en los ocho centenares de notas al pie de página o en las 261 fichas que incluye la bibliografía.
En el Apéndice Documental transcribió el índice del contenido de 232 actas de las sesiones celebradas por la Junta de Guerra, organismo que dispuso, entre el 28 de octubre de 1806 y el 11 de junio de 1808, las erogaciones para levantar nuevos cuerpos militares, pagar sus sueldos o gratificaciones, vestirlos, alimentarlos, equiparlos, armarlos y velar por su salud. Simultáneamente, el autor dio a conocer fuentes testimoniales poco conocidas o inéditas: el “Diario anónimo de la toma de Buenos Aires por los ingleses” (en “El Tradicional”, a. X, nº 70, sep. 2006), y el “Diario de la Defensa de Buenos Aires desde el 21 de junio de 1807 hasta el 15 de julio del mismo por un testigo presencial” (“El Tradicional”, a. X, nº 73 a 76, dic. 2006 a mar. 2007).
Mención especial merecen los trabajos de su completa serie sobre Iconografía de los Uniformes Militares, publicada en “El Tradicional”. Comenzó con las 16 láminas de un álbum existente en el Museo Mitre (a. X, nº 69, ago. 2006), que ya había utilizado en sus trabajos de 1988-1990, y prosiguió con los estudios dedicados a los cuatro escuadrones de Húsares (nº 79, jul. 2007); Labradores, Migueletes y Carabineros de Carlos IV (nº 80, ago. 2007); Granaderos de Infantería, Vizcaínos o Cántabros de la Amistad, Patricios, Andaluces, Gallegos, Arribeños y Cántabros Montañeses (nº 81, sep. 2007); Naturales, Pardos, Catalanes, Cazadores Correntinos, Morenos, Patriotas de la Unión, Artilleros Provinciales y Maestranza (nº 82, oct. 2007); Regimientos Fijos de Infantería y Dragones de Buenos Aires (nº 83, nov. 2007), Milicias Urbanas de Montevideo (nº 84, ene. 2008 y nº 85, abr. 2008) e Infantería Ligera de Montevideo y Voluntarios del Río de la Plata (nº 87, sep. 2008).
Palombo restableció el verdadero uniforme de esos cuerpos, combinando las fuentes iconográficas coetáneas con datos que tomó de cuentas o presupuestos existentes en legajos de las salas IX y XIII del Archivo General de la Nación, y disposiciones reglamentarias. La serie, ilustrada con acuarelas de Luis de Beaufort, por su técnica reconstructiva y fuentes empleadas ha venido a reemplazar con ventaja las precursoras anotaciones de Enrique Williams Alzaga al álbum publicado por Emecé en 1967.
Por eso considero que Palombo tiene bien ganado el título de académico de número, si existiera una academia de uniformología, junto con Enrique Udaondo, Luis de Beaufort, José Luis Salinas, Alfredo Villegas, Jorge Fernández Rivas y José Balaguer. Otros estudios, sintéticos, dedicó en “El Tradicional” a los cuerpos de caballería: Labradores, Migueletes y Blandengues, y a las montura de silla y de recado por ellos usadas (nº 66, may. 2006).
A los de infantería se refirió en sus conferencias sobre “Juan Bautista Bustos y el Cuerpo de Arribeños” y en sus trabajos “El Tercio de Cántabros Montañeses” (con un cuadro clasificatorio de las ocupaciones civiles de sus integrantes) y en “Un desconocido héroe de los Cántabros Montañeses: el cadete Manuel Pernía”, publicados en la página web de la asociación recreacionista “Granaderos del Tercio de Montañeses” (www.granaderos.com.ar), A Manuela Pedraza dedicó su artículo “La Tucumanesa, heroína de la Defensa”, en el suplemento literario de “La Gaceta” de Tucumán (23 sep. 2007), y a Manuel de Guzmán, esclavo del Convento de Santo Domingo, su documentado estudio “El Cuerpo de Esclavos en la Defensa de Buenos Aires”, aparecido en la revista “Historias de la Ciudad”, dirigida por Arnaldo Cunietti Ferrando (a. VIII, nº 46, oct. 2007).
Los aficionados a la vexilología, encontrarán material de su interés en sendos artículos ilustrados aparecidos en “El Tradicional”, sobre las banderas británicas tomadas en Buenos Aires el 12 de agosto de 1806 (nº 77, abr. 2007) y el 5 de julio del año siguiente (nº 78, may. 2007), trabajo éste último reproducido, con el agregado de citas documentales, en la revista “Historia de la Ciudad”, nº 41 (jun.2007). Tuvo singular relevancia la nota que, si bien con advertibles erratas, dedicó a “La vera imagen de la Virgen en el estandarte real de la Villa de Luján” (nº 64, feb. 2006), redactada con motivo de una consulta formulada por el Círculo Criollo “El Rodeo” respecto de un estandarte que poseía en su Museo. Sobre esa base, y estudios ampliatorios posteriores, el autor redactó un informe que fue considerado por el Ejército Argentino para conceder el uso de aquel estandarte como bandera histórica al Regimiento de Caballería de Tanques 10 “Húsares de Pueyrredon”, con asiento en Azul, Provincia de Buenos Aires.
En oportunidad de la entrega de la bandera histórica a esa unidad militar, en la guarnición Azul, el 8 de diciembre de 2007 (día de Nuestra Señora), Palombo fue distinguido como “húsar honorario” del Regimiento. La remisión a la Corte por Liniers de tres dibujos para su impresión, dieron base a su artículo “Una desconocida iconografía sobre las Invasiones Inglesas”, en la citada revista “Historias de la ciudad” nº 46 (jun. 2008).
En julio de 2008 apareció en Buenos Aires, nuevamente la clásica obra del coronel Juan Beverina sobre “Las Invasiones Inglesas al Río de la Plata (1806-1807), cuya primera y única edición, en dos volúmenes data de 1939. Esta reedición, en tres vols., con un total de 1127 páginas, por la Biblioteca del Oficial (vols. 796, 797 y 798) del Círculo Militar, tiene estudio preliminar y notas de Guillermo Palombo. El estudio preliminar y notas del vol. 1 ocupan las págs. 9-17 y [373]-410, las notas del vol. 2 las págs. [335]-369 y las del vol. 3 las págs. [323]-335. La obra fue objeto de un despacho de la Comisión de Cultura de la Cámara de Diputados de la Nación (Orden del Día n° 1419 del 9 dic. 2008) declarándola de interés legislativo, con mención de la destacada labor de su prologuista y anotador.




domingo, 3 de mayo de 2009

LA MUERTE DEL GENERAL JUAN LAVALLE

Juan Galo de Lavalle.


Mausoleo que guarda los restos de Juan Lavalle (Cementerio de La Recoleta).



                                                                                  Por Sandro Olaza Pallero




        El Dr. Ricardo Quirno Lavalle, descendiente del general Juan Galo de Lavalle, pronunció una conferencia sobre la muerte del prócer en el Instituto Popular de Conferencias, en el Salón del diario La Prensa, el 9 de octubre de 1981. En esa ocasión se opuso a la tesis del suicidio de su antepasado esgrimiendo varias razones, entre ellas que no había fuentes documentales o testimoniales que expresaran el suicidio del general:
          “Durante 126 años se tuvo por verdad inconcusa, con arreglo a los documentos históricos disponibles, que el Gral. Lavalle había sido muerto por una bala federal, la cual habría atravesado por el ojo de la cerradura o perforado la puerta, cuando, súbitamente, en el año 1967, aparece un opúsculo titulado: “El cóndor ciego”, donde su autor, el Sr. José Maria Rosa, sostiene que el Gral. Lavalle se suicidó. Textualmente dice allí “que Lavalle se eliminó a sí mismo para cumplir su juramento de vencer o morir en la demanda, y no caer vivo en poder del enemigo”. 
           “La leyenda de su muerte accidental –sigue sosteniéndose en la obra precitada- la crearon sus amigos que se juramentaron en los Tapiales de Castañeda para guardar el secreto de la verdad de su muerte, y todos guardaron celosamente el juramento, y la apoyó con firmeza Juan Manuel de Rosas, amigo de su familia”. Como queda dicho se efectúa, por consiguiente, en “El cóndor ciego”, una triple aseveración: 1°) La de que Lavalle se suicidó; 2°) La de que sus amigos se juramentaron para ocultar la verdad del suicidio; 3°) La de que Juan Manuel de Rosas apoyó la versión de la muerte accidental, y encubrió la del suicidio, por amistad con la familia de Lavalle. No hay más, pues sino que analizar la triple sobredicha aseveración; y proyectamos verificarla a la luz de los preceptos pertenecientes a ciertas y determinadas ciencias que, a buen seguro, nos allanarán la ruta para esclarecer el enigma planteado. Para entrar en materia, conviene dejar registrados algunos hechos incluidos en la psicología que gravitan sustancialmente en este problema. Y a primera vista, el carácter peculiar del Gral. Lavalle, luchador, impulsivo, intrépido, temerario y romántico, rasgos que lo hacían sobremanera poco proclive a confesarse vencido, y a eludir, consecuentemente, la lucha eliminándose por propia mano. De esta suerte, viene a resultar asaz inconcebible la presunción del suicidio, cuando Lavalle era considerado, al unísono, hombre de morir peleando, como lo probó en múltiples batallas, pero señaladamente, en Famaillá, donde conduciendo personalmente a la caballería correntina al combate, expuso su vida una y mil veces. Súmese a esto otro detalle singularmente importante: el hondo sentimiento católico de Lavalle, su acendrada fe, que le vedaba concluyentemente, tomar en sí y por sí, la tremenda determinación, anatomizada por la Iglesia, de quitarse el preciado don de la vida dado por Dios, y que, para un católico, solo Dios puede quitar…¡En esto no hay excepción! Añádase que a la inversa es, igualmente cierta ya que no se conoce ningún escrito, ni unitario ni federal, contemporáneo o algo posterior al suceso, que afirme la realidad del suicidio”. 
         El doctor Quirno Lavalle agrega a su fundamento una fuente científica: la Medicina Legal, donde diferencia el suicidio del homicidio de fuego. "Pero hete aquí que ha llegado hasta nosotros un testimonio más preciso, más fidedigno, y por eso, más valioso: el del doctor Gabriel Cuñado, médico español que había combatido con los ejércitos realistas durante nuestra independencia, y que se había radicado, luego, en Jujuy. Este facultativo entró en la casa por la puerta delantera, y contempló el cadáver tendido en el zaguán. Dejó asentado, antre otros pormenores, "que luego de pisar el umbral de la puerta de calle, notó cerca de ésta tres gotas de sangre y un gran charco de la misma al llegar al arco del zaguán, donde estaba el cadáver en decúbito dorsal, con una herida, al parecer de bala, en la base del esternón. Este testimonio cobra insuitado valor, porque el doctor Cuñado no intervino en las guerra civiles, y por eso, no revistaba ni como unitario ni como federal. Además era médico, y tampoco pudo participar en el supuesto juramento formulado por los amigos de Lavalle, ya que ni conocía a éste ni a sus compañeros. Por esa causa, su referencia -localizando el orificio de entrada del proyectil- posee singular valía, puesto que de ella una inferencia capital puede ser extraída...Procurando suministrar sustento científico a cuanto antecede requerimos la opinión del profesor titular a cargo de la cátedra de Medicina Legal de la Universidad de Buenos Aires médico forense de la Justicia Nacional doctor Víctor Luis Poggi, quien, accediendo con gentileza a nuestro requerimiento, nos informó que nunca hasta hoy en su ya dilatada experiencia, le ha tocado ver un suicida con orificio de entrada del proyectil adosado a la horquilla esternal. En resolución, la situación del orificio de entrada del proyectil que dio muerte a Lavalle se revela incompatible con la presunción del suicidio. Adiciónese a esto otro detalle, igualmente señalado por el profesor Poggi: la particularidad de que todo disparo perpetrado a muy corta distancia -como lo habría sido en este caso, si hubiera ocurrido, efectivamente, suicidio- y aún más con las pólvoras negras, ricas en carbón, azufre y salitre que en esa época se usaban, habría originado, indefectiblemente, un extenso chamuscamiento y tatuaje de la piel circunvecina, contingencia que si hubiera existido, el doctor Cuñado, por ser médico, y por lo llamativo, no hubiera omitido seguramente señalar...Tercera contradicción de El cóndor ciego".
          El acta médica de los restos de Lavalle firmada por Juan José Montes de Oca, Francisco Javier Muñiz y Alejandro Araujo en Buenos Aires el 25 de enero de 1861, -cuando retornaron de Potosí- certificó que “el esqueleto contenido era de adulto, y los huesos, deficientes en número, por su longitud, solidez y buena proporción, así como por las asperezas que dieron implantación a los músculos y tendones de ciertas regiones, denotan haber pertenecido a un hombre de alta talla y de fuerte constitución. El cráneo elevado y el ángulo facial de 80 grados; traducen la majestad y la belleza antigua, que tuvo en su cabeza y cara el general Lavalle”.
       Según el historiador Julio A. Benencia, el general Lavalle en plena retirada, el 8 de octubre de 1841, acampaba sobre la ciudad de Jujuy llevando unos escasos doscientos hombres, último resto de la Legión Libertadora con la cual había iniciado la campaña de 1840. Enfermo, acompañado de su secretario Félix Frías, el teniente Celedonio Álvarez y ocho hombres de su escolta, se aposentó en una casa de la ciudad que antes había ocupado Elías Bedoya. Poco después se le unía el comandante Lacasa, descansando allí todos hasta las primeras horas de la madrugada del día 9 de octubre. La voz del centinela hizo salir al comandante quien al observar una partida detenida frente al alojamiento, a unas veinte varas, dio orden para el apresto de los suyos. “Lavalle se asomó en ese instante y al entrever el peligro apresuró el de las cabalgaduras, dispuesto a abrirse paso a viva fuerza. Varios tiros partieron del grupo enemigo y el guerrero, respetado por la muerte en cien combates, cayó atravesada la garganta de un balazo”.
       El ayudante Pedro Lacasa, dijo que una bala atravesó la garganta de Lavalle poco después que éste ordenara ensillar para abrirse paso frente a las partidas federales: “el tiro de un cobarde al través de una puerta vino a robar a la patria una de sus más bellas esperanzas; no podía ser de otro modo”. Este relato coincide con lo afirmado por el historiador Benencia. La versión oficial de la muerte de Lavalle menciona que fue ultimado después de haber sido intimado a rendirse por las tropas federales: “Corrió este salvaje unitario para adentro de la casa, y en el acto salió el traidor salvaje unitario Lavalle, abrochándose la cartera de la camiseta, y habiéndole gritado el señor comandante Blanco“Date a preso salvaje unitario y ríndete” cerró dicho salvaje unitario de golpe la puerta, y en el acto mandó el enunciado señor comandante que echasen la puerta, lo que efectuaron los cuatro tiradores a balazos, errando fuego una tercerola de uno de ellos, pero que él tuvo la sin igual gloria de haber dirigido su tiro por la cerradura de la puerta con cuya bala hirió mortalmente al salvaje pegándole por debajo de la barba en el pescuezo” (Clasificación del soldado José Bracho, Santos Lugares de Rosas, 14/XI/1842).




José María Rosa.




Bibliografía:


Academia Nacional de la Historia, Partes de batalla de las guerras civiles 1840-1852, Buenos Aires, 1977, t. III.
BENENCIA, Julio A., “Los restos del general D. Juan Galo de Lavalle”, en Historia n° 39, Buenos Aires, 1965.
QUIRNO LAVALLE, Ricardo, “La muerte del general Lavalle”, en Publicaciones del Instituto de Estudios Iberoamericanos, Buenos Aires, 1981, vol. II.
QUIRNO LAVALLE, Ricardo, “La muerte del general Lavalle”, en Investigaciones y Ensayos n° 31, Academia Nacional de la Historia, Buenos Aires, Julio-Diciembre 1981.

UNA HISTÓRICA FAMILIA SANTIAGUEÑA: LOS TABOADA



Escudo de armas de la familia Taboada.
Manuel Taboada.


Antonino Taboada.

Por Sandro Olaza Pallero


           Según los genealogistas el apellido Taboada es antiguo y su origen es de Lugo (Galicia), donde existe un municipio llamado Taboada, casa solariega desde tiempos de Alfonso VII de Castilla. Posteriormente el apellido se extendió por otras regiones de la Península. Derivado de táboa ("tabla"; lat. tabula), equivalente al castellano tablada (cada uno de los espacios en que se divide una huerta para su riego). Las armas principales del escudo de armas de este noble apellido son: en campo de gules, cuatro tablas de oro, puestas en palo y bordura de plata con ocho calderas de sable.
El título de condesa de Taboada fue otorgado por Carlos II el 20 de septiembre de 1683, a María Teresa de Taboada y Castro. Felipe Antonio Gil Taboada (1668-1722), prelado español nacido en Lugo, se distinguió por sus virtudes y fidelidad a Felipe V, quien lo nombró gobernador del Consejo Supremo de Castilla. Francisca Luisa de Paz y Figueroa, hija del general Juan José de Paz y Figueroa, contrajo nupcias con Ramón Antonio Gil de Taboada en 1775. Fue este el primer Taboada que arribó al Tucumán a fines de 1768, desde su villa de Vivero (Galicia). Los tres hijos varones nacidos de este matrimonio, forjarán la primera etapa del predominio familiar, en las primeras décadas del siglo XIX.
Una de las hijas, en cambio, alcanzará si no la fama, con seguridad la gloria. Fue la reverenda madre Ana María del Niño Jesús Taboada de Paz y Figueroa (1788-1852), ilustre mujer santiagueña que se distinguió por ayudar a los pobres e indígenas. Fundó el convento de Belén el 25 de diciembre de 1821 en homenaje al Niño Jesús que tanto amaba.
Su hermana, Sebastiana de Taboada Paz y Figueroa, se casó en Santiago del Estero con José Antonio de Gorostiaga y Urrejola. Su hijo fue el doctor Luciano de Gorostiaga Taboada Paz y Figueroa, aquél que por sus relevantes méritos mereció del general Bartolomé Mitre el siguiente elogio: “Su memoria debe ser honrada por los argentinos”. Fue comandante general del Resguardo, diputado a la legislatura varias veces, secretario, miembro de la comisión de redactores de la primera Constitución de Santiago del Estero y gobernador delegado.
Por su parte los Paz y Figueroa descendían del rey San Fernando de Castilla. La familia Taboada-Paz y Figueroa constituyó parte importante del patriciado de la provincia norteña de esa época. Su fuerza fue política y social: fueron propietarios de ingentes leguas de tierras. 
Desde poco antes de Caseros y hasta bien entrada la administración del presidente Nicolás Avellaneda, Santiago del Estero fue sometida a un régimen político personalizado por la familia Taboada, clan que durante casi un cuarto de siglo ejerció una gran influencia sobre todo el Norte y Noroeste argentino. Sobrinos del general Juan Felipe de Ibarra Paz y Figueroa, fundador de la autonomía santiagueña en el año 1820 y el más fiel intérprete del sentimiento federal de sus paisanos.
 Eran hijos de Leandro Taboada, quien formó parte del batallón Patricios Santiagueños reclutado por Juan Francisco Borges en 1810, al paso del ejército libertador por la ciudad norteña. Sin embargo la vida militar no le sedujo, y sin participar en la guerra emancipadora, volvió a su lugar de origen para formar su hogar en Matará. Hacendado y custodio de las fronteras en Matará, fue esposo de Agueda Ibarra, hermana menor del caudillo Juan Felipe Ibarra. Hasta su estancia recurrió el coronel Borges, su antiguo jefe, al huir derrotado por Gregorio Aráoz de Lamadrid en el combate de Pitambalá, en diciembre de 1816. Taboada, en lugar de ocultar al prófugo, lo entregó a sus perseguidores y de allí fue traído Borges para ser fusilado sin proceso, en la chacra de Santo Domingo el 1° de enero de 1817.
Militares, gobernantes, empresarios, los Taboada ejercieron el poder con energía y exclusivismo, pero también con un innegable amor a su tierra. Fueron auténticos caudillos del liberalismo, voceros del progreso –tal como lo entendían ellos-.
El general Antonino Taboada (1814-1883) derrotó al tucumano Celedonio Gutiérrez en Tacanitas, Laureles y Ceibal. Acabó con las fuerzas de Ángel Vicente Peñaloza en Mal Paso y con las montoneras de Felipe Varela en Pozo de Vargas. Los Taboada en la batalla de Pozo de Vargas mandaban sus escuadrones “Río Hondo”, “Salavina”, “Libertad”, “Choya”, “Laureles”, batallones de Tucumán y Catamarca, y la caballería al mando del mayor Pablo Irrazábal –asesino del Chacho-, cuyas sugestiones tácticas dieron el triunfo a las fuerzas nacionales. Inicialmente los riojanos desbordaron a los santiagueños, sobre todo en el flanco izquierdo y en el frente del batallón chileno, obligando a los hombres de Taboada a replegarse y al mismo convoy de mando a retroceder y ubicarse sobre la derecha, para evitar que lo atacaran por detrás. Sin embargo los bravos santiagueños se recuperaron a medida que las armas de fuego iban aumentando las bajas entre la caballería riojana, que llegó a efectuar diez cargas, en tanto que el terreno y las trincheras limitaban la peligrosidad de los jinetes y sus lanzas.
Uno de los versos recopilados de la "Zamba de Vargas" utiliza con acierto la expresión "lanzas contra fusiles" para definir la característica esencial que adoptó la batalla. El propio Varela salvó su vida, luego de que su caballo cayera muerto y fuera rescatado por la montonera Dolores Díaz, apodada la “la Tigra”. Al anochecer dio orden de retirada con sólo 180 hombres de los 4.000 con que había llegado. En el campo quedaron muertos 1200 montoneros y 200 nacionales. Antonino fue el brazo armado del régimen.
Su hermano Manuel Taboada (1817-1872) fue gobernador de 1851 a 1871 y fue llamado por Domingo F. Sarmiento “el presidente del Norte”. El 10 de octubre de 1851, Manuel Taboada comunicó a Juan Manuel de Rosas su ascensión al mando, repudiando el “funesto grito del loco traidor, salvaje unitario Urquiza”. 
Recibió las noticias del triunfo del general Urquiza en Caseros y el mismo día sancionó la ley de reasunción “del poder conferido al opresor Juan Manuel de Rosas”, y reconoció “al Libertador de la República en la persona del general en jefe del Ejército Aliado brigadier don Justo José de Urquiza”. 
Otro hermano, Gaspar Taboada, financista, fue dueño de comercios, estancias y barracas y sostuvo económicamente las luchas de sus hermanos y la administración provincial.


Bibliografía:

ALÉN LASCANO Luis C., “Los Taboada”, en Todo es Historia n° 47, Buenos Aires, marzo 1971.
CASTRO PAZ, Aldo Marcos de, “La sangre real y santa de las fundadoras religiosas argentinas”, en Publicaciones del Instituto de Estudios Iberoamericanos, Buenos Aires, 1981, vol. II.
GONZÁLEZ DORIA, Fernando, Diccionario heráldico y nobiliario de los reinos de España, Editorial Bitácora, Madrid, 1987.

martes, 28 de abril de 2009

LOS CARGOS PÚBLICOS VEDADOS A LOS CRIOLLOS A FINES DE LA DOMINACIÓN HISPÁNICA


Fernando VII, rey de España e Indias.

                                          
                                            

 Por Sandro Olaza Pallero



Uno de los pilares de la justicia en Indias era el desarraigo de los jueces, que sólo podían mantenerse firmes si se contenían dentro de límites estrictos las vinculaciones de los magistrados con su entorno social, para evitar una mala imagen de la justicia. Esta circunstancia obligaba a mantener una política de nombramientos muy cuidadosa, que, en la medida que tendía a excluir a los criollos, pronto empezó a ser discutida.
Esta cuestión no se planteó con virulencia hasta la fundación de las primeras universidades en suelo americano, porque desde entonces se facilitó la graduación de letrados criollos: gentes que pudieron acceder a los cargos y que, en su condición de naturales, profesaron “amor a la patria”. Garriga se pregunta ¿cómo justifican quienes lo defienden, llegado el caso, que el arraigo de los magistrados no es inconveniente para la buena administración de la justicia?
Enderezados al Rey para que modifique su política de nombramientos, los argumentos empleados giraban más en torno a sus deberes para con los letrados criollos –derivados de los derechos que les corresponden por el hecho de serlo-, que solo la obligación que tiene de realizar la justicia en sus reinos, esto es, de administrarla rectamente a todos los habitantes de aquellas tierras; o lo que es igual, atienden más a los oficios como premio y remuneración a sus naturales, que como instrumentos para la administración de justicia. Cuando se entra en este último terreno, lo que sólo algunos hacen, suelen seguirse estas líneas argumentales: o se trata de hacer de la necesidad virtud, justificando de uno u otro modo la inclinación a favor de los suyos que inevitablemente comporta la judicatura de los naturales.
O bien se procura obviarla proponiendo que los letrados criollos sean preferidos para las plazas de las Indias, aunque no vivan en su propia patria. Pero habían otras perspectivas, lógicas distintas, que cobraron un peso creciente en el seno de la monarquía católica. La impuesta por las necesidades de la Real Hacienda, resultó ser la más determinante de ellos, pues se llegó a admitir el beneficio de oficios con jurisdicción, que fue puesto en práctica no menos de una treintena de veces para la designación de magistrados entre 1687 y el final de siglo, siempre a favor de letrados criollos.[1]
Señala Garriga que el discurso criollo que se cultivó y reprodujo a lo largo del tiempo y en todo el espacio americano con una sustancial unidad argumental, fue un discurso eminentemente jurídico. Identidad y derecho propio se confundieron en el Antiguo Régimen, aunque sólo sea porque en un mundo corporativo éste había de aportar los elementos necesarios para la construcción de aquélla.
En la real cédula del 7 de abril de 1716 dirigida a la Audiencia de Charcas se ordenaba al virrey que examinara las circunstancias que debían concurrir en los sujetos que hubieren de ejercer los empleos de aquel reino: “Concurrir en los nombrados todas las circunstancias, buena fama, obras, y costumbres, hábiles, y aptos para el ejercicio, sin la menor nota, ni reparo, y que lo contrario me sería de sumo desagrado”.[2]
Hacia 1725 el abogado novohispano Juan Antonio de Ahumada redactó a modo de epígono su “Representación político legal a nuestro señor soberano...Rey poderoso de las Españas, y emperador siempre augusto de las Indias, para que se sirva declarar y no tienen los españoles indianos óbice para obtener los empleos políticos y militares de la América; y quedaba ser preferidos en todos”; un discurso que resuena en las reivindicaciones políticas de los cabildos y otras instancias durante la segunda mitad del siglo XVIII y no en vano fue reimpreso en México en 1820. Tal como se formuló, la tesis de los empleos de América para los americanos comportó a este respecto el derecho de prelación que implicó la consideración de América como entidad definitoria de la condición de naturaleza –americana- y titular por tanto de los oficios y beneficios –los cargos o empleos- que se pretendieron.[3]
Felipe V en cédula del 18 de julio de 1745, estableció que en la provisión de empleos para los naturales de América, los virreyes, presidentes y gobernadores le informasen sobre las prendas y calidades de los candidatos:
"Es siempre mi ánimo que los ejerzan sujetos en quienes concurran las circunstancias de buena fama, decencia, acreditada conducta, y demás que estén prevenidos por leyes, órdenes y costumbres y, que se requiera, para servir empleos de administración de justicia, o de mi Real Hacienda, y gobierno de mis pueblos, y que estos sean mantenidos en paz, y justicia; y como las personas que ofrecen por ellos los beneficios, son naturales de esos reinos de América, e igualmente los sujetos que proponen sucesivamente para entrar en su posesión, y se carece aquí de la puntual, y puntual noticia de sus calidades, se previene en los despachos que se les expide, haya de proceder a su posesión, la comprobación del virrey, presidente, o gobernador, en cuya jurisdicción hubiesen de ejercer los empleos".[4]
Si bien en el reinado de Carlos III, en especial durante el ministerio de Indias de José de Gálvez, fue cuando se advirtió claramente la segregación de los criollos de los cargos públicos en América que dio irritante preeminencia a los europeos, la política adversa a la ubicación de los criollos en cargos oficiales del gobierno de las Indias por ser “gente de poco fiar”, no fue nueva, ni afloró por vez primera durante la segunda parte del siglo XVIII.[5] Cuando el comisario de guerra Manuel J. Fernández, que fuera luego primer Superintendente del Virreinato, llegó a Buenos Aires con la expedición de Pedro de Cevallos, trajo consigo un considerable número de dependientes, nombrados a veces por su idoneidad para el cargo, otras por relaciones de amistad o parentesco con quienes proveían los empleos, muy codiciados por los peninsulares y americanos. En varios casos, el origen regional fue un factor importante: la posición tan influyente del ministro Gálvez, oriundo de Málaga, puede explicar el crecido número de funcionarios andaluces que arribó a Buenos Aires en los primeros años del virreinato.[6]
Las peleas entre los criollos cordobeses y los peninsulares fueron descriptas por Antonio Arriaga a Carlos III en el año 1777, donde se señaló que los oficios concejiles y el ramo de sisa que se recaudó en Córdoba fueron las dos causas de las discordias que se experimentaron:
"El regidor don José de Allende azotó privadamente en su casa a un español europeo solo porque no le compuso unos zapatos tan pronto como quería; consta de autos que pasaron ante mí; y para no experimentar la pena que merecía se compuso con el injuriado en cuatrocientos pesos que le satisfizo por el agravio...Pueden contarse también como principio de estas discordias la enemistad que profesa esta familia -Arrascaeta- y parcialidad a los europeos avecinados...Acredita más superabundantemente esta enemiga, la instancia que promoviera ante nuestro virrey de Lima solicitando que ningún europeo avecinado en esta provincia obtuviese cargos concejiles, ni otros empleos en las repúblicas, alegando que como los más venían a Indias sin licencia de nuestra Majestad debían ser restituidos a España con todas sus familias, cumpliéndose lo demás que previenen las leyes que lo prescriben".[7]
Del lado criollo se desarrolló durante los siglos indianos una hipersensibilidad, natural en un grupo de personas que dudaban de sí mismos, que no sabían donde pertenecían y que, viviendo entre dos mundos, no se encasillaron exactamente en moldes sociales tradicionales. Durante el siglo XVI, la oposición todavía no es de criollos versus peninsulares, sino más bien de primeros conquistadores, además de pobladores subsecuentes, todos ya arraigados y conscientes de su heroico pasado versus cómodos advenedizos, además encontramos varios conflictos entre grupos, procedentes de regiones diversas de la península española. En el siglo XVII, esto cambió y en el escrito La Apología por todos los criollos de la América, hijos de Españoles por fray Buenaventura Salinas, de Lima, publicada en Madrid en 1645, contra la discriminación de la que este meritorio fraile fue víctima dentro de su orden, constituyó una protesta contra los privilegios de los peninsulares. El Siglo de las Luces agravó la ruptura entre el criollo culto y España. A pesar de que la economía indiana en el siglo XVIII, en una nueva sed de prosperidad hizo sentir más aún la injusticia de ciertos monopolios comerciales, disfrutados por grupos peninsulares. Además, una nueva forma de inmigración española, desde el norte de la península y Cataluña, con personas austeras, sencillas, y ambiciosas, llegaron a ser competidores serios de los criollos quienes se amargaron.[8]
Examinando la lista de los gobernadores de Malvinas, es importante señalar que dos de esos funcionarios fueron criollos: Jacinto de Altolaguirre, porteño, que ejerció el mando de 1781 a 1783 y Francisco Javier de Viana y Alzaibar, montevideano que lo hizo de 1798 a 1799 y de 1800 a 1801.[9]
En una instrucción dada por el virrey Loreto al nuevo presidente-intendente de La Plata, Vicente Gálvez, le hizo saber sus prevenciones o recomendaciones.[10] Estaba relacionada con el pleito con el ex presidente Ignacio Flores y la sublevación “de la plebe” de julio de 1785 en Charcas. El inesperado nombramiento del coronel Flores, nativo de Quito, por el virrey Vértiz, como presidente interino de la audiencia de Charcas e intendente de La Plata, en recompensa de sus brillantes servicios en la reciente sublevación de Túpac Amaru, se consideró como una abierta afrenta a los elementos europeos del Alto Perú, y ese resentimiento aumentó cuando Flores nombró a otro criollo nacido en Tacna, Juan José de Segovia, como teniente asesor. En la noche del 21 de julio de 1785 un soldado del 2º batallón de Extremadura mató a un mestizo en una riña, incidente que causó un tumulto popular en que la multitud llenó las calles durante dos días y trató de realizar justicia sumaria con las tropas. Flores y Segovia actuaron con sangre fría; acompañados por el fiscal de la audiencia se enfrentaron con los tumultuarios y consiguieron dispersarlos sin recurrir a las armas. Pero como medida de seguridad Flores resolvió volver a poner en pie y armar a la compañía de milicias mestiza que, posteriormente envió a patrullar las calles.
La situación se encauzó así nuevamente, pero el desgraciado Flores tuvo que soportar un torrente de críticas. Por una parte, se lo atacó porque no actuó con suficiente vigor contra los revoltosos y no consultó a las autoridades locales; por otra, su política de rearmar a los criollos enfadó gravemente a la audiencia y a la opinión de los europeos en general. El resentimiento de La Plata tuvo su eco en Buenos Aires, donde el virrey Loreto deploró “el mal ejemplo, que causaría en el reino poner las armas en manos, de quienes sobraban motivos de desconfianza en aquellas circunstancias”. La demostración de que circulaba literatura subversiva en La Plata aumentó la preocupación general y el intendente tuvo que someterse a las órdenes de Loreto y disolver la compañía de mestizos y convocar otra compañía de tropas regulares de Potosí.[11] El marqués de Loreto le hizo dos aclaraciones a Gálvez: una con referencia a la “idiosincrasia de aquellos naturales, que de tanto tiempo no tuvo freno, podrá muy bien haberse empeorado o convertido de menos bien inclinados o perversamente indómitos por la tolerancia misma”. La segunda, que más fue una recomendación: que mantuviera en disciplina estricta a la tropa de Extremadura. Loreto le aconsejaba llevar “la buena administración de justicia y el curso de los expedientes con igualdad y sin preferencias”. Toda prevención, que “no exceda de los deberes propios”, lo llevaría a lograr que no perdiera más, allí, el fuero de sediciones, alborotos o asonadas.[12]
Cuando se ordenó el cese en el cargo a Segovia, Flores escribió que la tristeza producida en el asesor era “ya general para estos hombres de letras” quienes conjeturaban que no tendrán la salida que tenían trazada en las ocho asesorías del Virreinato, único consuelo de sus tareas. Estos hombres penetran que les están negados mayores empleos y estaban muy alegres y satisfechos de estos subalternos.[13]
Entre las acusaciones a Flores se destacaba su supuesta animosidad contra los andaluces:
Qué más quieren mis émulos? ¿Pretenderán que yo ame los delincuentes de España o venere sus gitanos? La verdad es que no pudiendo acusarme de impuro, ladino o fatuo quieren hacerme descontento, para que esta calumnia solape sus crímenes y designios, así como otros hicieron hereje al venerable Palafox y alzado al ilustre don José de Antequera. No me detendré mucho en satisfacer a la invectiva de que aborrezco principalmente a los andaluces, estando claro que con ellos se ha querido picar más que instruir a vuestra excelencia.[14]
En el juicio seguido al doctor Segovia por sus “excesos personales en su gestión”, el fiscal Márquez de Plata destacaba que "este sujeto ha sido parte y directa en la sediciosa invención de figurarse ofendidos varios vecinos de Chuquisaca, dándole a este pernicioso el nombre de vecindario para ofuscar, como consiguió la atención de aquel tribunal, tomándose bajo esta ficción, y pretexto la libertad de hacerse parte, no así como quería de su procedimiento, sino con la misma real audiencia, y su fiscal, interpolándola en una causa de tumulto que estaba en sumaria a la voluntaria sombra, y oficiosidad de agitarla...¿Pues de dónde se sacó este delirio de la persecución, y enemigos del vecindario? Ese es el delito, y en esto está la faccionaria inventiva de cuyo origen, objeto, y consecuencias se tratará en la acusación".[15]
Era evidente la rivalidad siempre latente entre los criollos santiagueños y españoles. En 1789 el alférez real de Santiago del Estero expuso con singular violencia: "Que se hacían muchas iniquidades, y que solo los hijos de España querían y gobernaban estos parajes sin atender a que los criollos, y patricios eran más beneméritos y debían ser mucho más atendidos, pues tenían más lealtad y amor a sus tierras, por ser naturales de ellas".[16]
Zorraquín Becú señaló las divisiones dentro de la clase superior del virreinato, que habrían de manifestarse en los movimientos que precedieron a la revolución. Destacó que surgieron a principios del siglo XIX ciertos grupos ciudadanos o burgueses que se consideraron relegados a una posición secundaria, a pesar de sus merecimientos y su capacidad. Los que no habían podido sobresalir en el plano político, social o económico, ya fuera por las trabas que les eran impuestas, ya por falta de suerte o habilidad, formaron esa nueva burguesía que trataba de incorporarse. Los criollos aspiraban a la libertad; los burgueses defendían la igualdad, aquéllos suspiraban por el gobierno propio; éstos pretendieron simplemente llegar al gobierno, cualquiera fuese su forma o titular. Unos y otros se unieron en 1810 porque llegó a producirse una coincidencia de aspiraciones, favorecida por las circunstancias internacionales de la época.[17]
En 1794, el autor anónimo de las Noticias de los Campos de Buenos Aires y Montevideo para su arreglo expuso los medios más seguros de dar ocupación a los vasallos:
"Esta misma providencia de acotar el comercio y de equilibrar las clases del estado daría nuevo aumento a nuestra población si se uniese con el cuidado de no conferir a los españoles muchos de los subalternos que no se hacen incompatibles para su buen servicio en los oriundos de aquella tierras... Todos estos empleos se hallan servidos en el día por naturales de nuestra península, a excepción de una y otra plaza de los inferiores; y los de la primera clase todos han sido nombrados por nuestra corte y remitidos a las Indias muchos de ellos con toda su familia a costa de la Real Hacienda".[18]
Las reformas borbónicas requirieron para su implementación de cierto número de funcionarios reclutados en la Península, que a menudo recortaron espacios de poder a los que encontraron en las Indias. En el ámbito económico fue destacable la particular preponderancia ejercida por los inmigrantes españoles en el comercio cordobés a fines del siglo XVIII. En efecto, a partir de los años ochenta, su afluencia a Córdoba fue numerosa. Posiblemente la crisis desencadenada en España a lo largo de los últimos cuarenta años del período colonial americano, acicateó las necesidades y acrecentó los anhelos de emigrar en los hispanos. Este grupo de comerciantes españoles apoyó a aquellos compatriotas recientemente arribados, con intención de dedicarse a la actividad comercial.
En tanto, comparativamente se encontraron pocos comerciantes americanos que manejaron la actividad mercantil con las mismas pautas impuestas por aquéllos. Los Allende, los Usandivaras o los Quintana, enlazados familiarmente, también lo estuvieron en la administración de la ciudad de Córdoba, antes y después de la gobernación intendencia del marqués de Sobre Monte, protagonizando innumerables rencillas siempre tendientes a posesionarse en forma predominante del poder lugareño, atribuyéndoles, los testigos de la época “la enemistad que profesan estas familias y parcialidad a los europeos avecindados”.[19]
En un documento sin firma fechado en 1809, se comentó la situación en América, así como la intención en España de enviar funcionarios de la mayor probidad, cuidando que ningún criollo ocupe cargos en América, pues aspiraban a la independencia:
"En circunstancias que el gobierno debía esmerarse en mandar a las Américas los hombres de la mayor probidad para manifestar que ha desaparecido el despotismo de Godoy, y negociación de otros en beneficiar empleos, se ve con dolor colocar a gentes que aun en presidio no debían tener lugar. Uno es don León de Altolaguirre[20] provisto administrador de la Aduana de Buenos Aires conocido públicamente por estafador de la Real Hacienda, y particulares cuando fue comandante de aquel resguardo. Se le frustró el viaje en la fragata de guerra Proserpina con el nuevo virrey Cisneros; y ahora subrepticiamente intenta embarcarse a su destino en Sanlúcar en un buque anglo-americano, en consorcio de sus satélites dos sobrinos Sarrateas y don Hilarión Quintana, conductor de los pliegos de Liniers...hoy no conviene que ningún criollo pase a América con destino por que naturalmente aspiran a la independencia".[21]
La provisión de empleos públicos a peninsulares seguía siendo criticada por los criollos, quienes sentían que se los dejara de lado y se nombrasen funcionarios y obispos de España para mandarlos y robarlos:
"Es verdad incontrastable que debe mirarse como perjudicial la falta de una buena administración de justicia; pero se niega abiertamente el que por que falten uno, dos o más individuos en las audiencias de menor número de dotación de ellos se carezca de la Administración de justicia si se quiere por que además de que no es la concurrencia de negocios tan general y grande como en los de la península; antes bien suelen pasar el tiempo en el despacho de frioleras no faltan letrados muy dignos de ser nombrados con jueces para algún pleito o negocio que exija determinado número por la ley; mas no es este el caso del día sino que de dos males debe preferirse el menor según principio: tiempo sereno mas que ahora ha sido el objeto de las conversaciones y murmuraciones de aquellos naturales instruidos en la llegada o arribo del togado no sólo de su persona o figura que suelen ir bien ridículos en el todo sino mas principalmente por la envidia que es causada considerándose acreedores y capaces (y que los hay) al desempeño de aquel destino y empleos y así prorrumpen en execraciones diciendo de España, los gobernadores de España, los oidores de España, los oficiales reales de España, los obispos, etc. etc. y así a este tenor para mandarnos y robarnos".[22]
Francisco Bruno de Rivarola, abogado y vecino de Buenos Aires, asesor del Real Consulado, quien se consideró acreedor a mejores puestos administrativos y cuyos reclamos no fueron escuchados por la Corona, escribió en 1809 sobre la felicidad de las provincias del Río de la Plata si tuviesen voz y voto en las Cortes.
"¡Qué distinto aspecto de pública felicidad brillaría en las provincias del Río de la Plata si se adoptase el pensamiento de que sus ciudades capitales tuviesen voz y voto en las Cortes!...Reinaría la justicia y la equidad. Florecerán las ciencias y las artes, la agricultura, el comercio y navegación tomarían incremento y saldrían de un sinnúmero de trabas que oprimen a estas ocupaciones útiles".[23]
La opinión pública peninsular frente al problema americano estuvo en la línea de conducta de la Junta Central, la que realizó una consulta al país. Del examen de las respuestas conviene destacar que, aunque muy pocos, no faltan quienes desconfiaron de los beneficios que pudieran reportar la participación americana. El ayuntamiento de Córdoba señaló que “el gusto a la libertad, la memoria de su conquista, y los tratamientos que como colonias están sufriendo, han de despertar en aquellos naturales el deseo de la independencia”.[24] Sin embargo, la inmensa mayoría, expresó eterno agradecimiento al gesto generoso de ayuda de la América y se manifestó en el sentido de admitir en el Congreso a los hermanos de Ultramar. Pero la mayor parte de las respuestas se inclinaron por la desigualdad de representación de los españoles americanos. Ramón Lázaro de Dou afirmó que "parece claro que no deben tener preponderancia las Américas y que el número de sus vocales en las Cortes puede ahora ser en la razón, en que están en la Junta Central, si esta es, como parece ser, la una cuarta parte, y que para lo venidero el adoptar el medio de admitir vocales en razón de la población puede ser título para impedir indirectamente la preponderancia que nunca deben tener las colonias respecto de su Metrópoli".[25]
En gran número de informes se reconocieron los “graves errores y abusos” cometidos en América por las administraciones anteriores y se manifestó un arrepentimiento que se tradujo en la proposición de reformas en cuanto al régimen de empleos. Esa creencia fue rubricada por personas de distinto pensamiento y no se meditó que se otorgó a los americanos un precioso argumento para su futura revolución. El general Guillermo Miller, crítico del sistema colonial español, en sus Memorias señaló que sin duda se exageró en cuanto a diferencias entre españoles y criollos: "¿No recuerdan los americanos que sus padres, sus abuelos o antepasados fueron españoles, y que sus acusaciones recaen sobre la memoria de los que deben mirar con respetuosa veneración?...Si con efecto muy pocos americanos tuvieron los primeros puestos de la magistratura civil en América, y muy pocos militares americanos han mandado en ella; ¿cuántos ministros del despacho, presidente de los consejos, capitanes generales de las provincias y departamentos de marina, inspectores, virreyes, gobernadores, etc. no ha habido en España? No; antes al contrario, su viveza natural y dulzura de carácter y maneras, les abría el camino para ser bien admitidos en la sociedad, y adelantar en la carrera que abrazaban".[26]


Notas:

[1] Hasta 1700 fueron provistas mediante beneficio 31 plazas de oidor en las Audiencias de las Indias, la tercera parte en nativos de la jurisdicción correspondiente. CARLOS GARRIGA, “Sobre el gobierno de la justicia en Indias (siglos XVI-XVII)”, en Revista de Historia del Derecho Nº 34, Instituto de Investigaciones de Historia del Derecho, Buenos Aires, 2006, pp. 154-156.
[2] A.G.N. VII, 25-9-218. Reales Cédulas (Manuscritos). Pieza Nº 2759, f.69.
[3] CARLOS GARRIGA, “Patrias criollas y plazas militares: sobre la América de Carlos IV” en EDUARDO MARTIRE (Coordinador), La América de Carlos IV. Cuadernos de investigaciones y documentos, Instituto de Investigaciones de Historia del Derecho, Buenos Aires, 2006, vol I, pp. 72-76.
[4] A.G.N. VII, 25-9-218. Reales Cédulas (Manuscritos). Pieza Nº 2805, f.87.
[5] EDUARDO MARTIRE, 1808. La clave de la emancipación hispanoamericana (Ensayo histórico-jurídico), El Elefante Blanco, Buenos Aires, 2002, p. 66.
[6] JOSE M. MARILUZ URQUIJO, Origen de la burocracia rioplatense. La secretaría del virreinato, Cabargón, Buenos Aires, 1974, p. 30.
[7] Carta del gobernador interino del Tucumán Antonio de Arriaga a Carlos III, Córdoba del Tucumán, 6 de noviembre de 1777, cit. en CARLOS S.A. SEGRETI, Córdoba ciudad y provincia (siglos XVI-XX) según relatos de viajeros y otros testimonios, Centro de Estudios Históricos, Córdoba, 1998, pp. 157-158.
[8] GUILLERMO FLORIS MARGADANT S., “Protesta criolla contra privilegios de peninsulares en las Indias”, en Revista de la Facultad de Derecho de México, Universidad Nacional Autónoma de México, Nº 101-102, t. XXVI, Enero-junio 1976, pp. 362-366.
[9] LAURIO H. DESTEFANI, “Jacinto de Altolaguirre, primer gobernador criollo de las islas Malvinas (1781-1783)”, en Investigaciones y Ensayos Nº 14, Academia Nacional de la Historia, Buenos Aires, enero-junio 1973, p. 208.
[10] EDBERTO OSCAR ACEVEDO, Las intendencias altoperuanas en el Virreinato del Río de la Plata, Academia Nacional de la Historia, Buenos Aires, 1992, p. 53.
[11] JOHN LYNCH, Administración colonial española 1782-1810. El sistema de intendencias en el Virreinato del Río de la Plata, Eudeba, Buenos Aires, 1967, p. 226-227.
[12] Carta de Nicolás del Campo, marqués de Loreto a Vicente Gálvez, Buenos Aires, 26 de septiembre de 1785, cit. por ACEVEDO, Las intendencias altoperuanas..., pp. 54-55.
[13] EDBERTO OSCAR ACEVEDO, Funcionamiento y quiebra del sistema virreinal, Ciudad Argentina, Buenos Aires, 2004, p. 43.
[14] MANUEL DE GUZMAN Y POLANCO, “Un quiteño en el virreynato del Río de la Plata. Ignacio Flores, presidente de la audiencia de Charcas”, en Boletín de la Academia Nacional de la Historia, Academia Nacional de la Historia, Buenos Aires, 1980, vol. LIII, pp.177-178.
[15] ABELARDO LEVAGGI, El virreinato rioplatense en las vistas fiscales de José Márquez de la Plata, Universidad del Museo Social Argentino, Buenos Aires, 1988, vol I, p. 277.
[16] Actas capitulares de Santiago del Estero, Academia Nacional de la Historia, Buenos Aires, 1946, t. IV, p. 462.
[17] RICARDO ZORRAQUIN BECU, La organización política argentina en el período hispánico, Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, Instituto de Historia del Derecho Ricardo Levene, Buenos Aires, 1962, pp. 288-289.
[18] ANÓNIMO, Noticias sobre el Río de la Plata: Montevideo en el siglo XVIII , Historia 16, Madrid, 1988, p. 203.
[19] FELIX E. CONVERSO, “Españoles y americanos, agentes de un mercado regional”, en Anuario de Estudios Americanos, Escuela de Estudios Hispano-Americanos, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Sevilla, 1990, p. 284.
[20] León Pedro José de Altolaguirre fue funcionario y comerciante. Nació en Buenos Aires el 28 de junio de 1752. En 1790 fue miembro de la Hermandad de la Caridad de Buenos Aires y en 1793 conciliario de la misma. En 1801 fue designado comandante general de los resguardos reunidos de rentas del Virreinato, dependencia que en esa época se halló desquiciada, envuelta en el mayor desorden y tan escasa de elementos que el contrabando se ejecutó de una manera descarada, hasta el extremo que en una ocasión a plena luz del mediodía un buque extranjero descargó mercaderías, en la ensenada de Barragán, mientras sus tripulantes rechazaban a balazos a los empleados que pretendieran impedirlo (ENRIQUE UDAONDO, Diccionario biográfico colonial argentino, Huarpes, Buenos Aires, 1945, p. 60).
[21] “Borrador del oficio que da cuenta del estado de cosas en América, así como el esfuerzo que se realiza en España para mandar hombres de la mayor probidad, cuidando que ningún criollo ocupe cargos en América, pues aspiran a la independencia”, Archivo Histórico Nacional, Madrid, cit. en Mayo documental, Universidad de Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letras, 1963, t. VII, pp. 22-23.
[22] “Copia del oficio que critica el decreto del gobierno aparecido en la Gazeta el día 8 de agosto de 1809, relativo a la provisión de empleos para América”, ibídem, p. 24.
[23] FRANCISCO BRUNO DE RIVAROLA, Religión y fidelidad argentina (1809), Prólogo de JOSE MARIA MARILUZ URQUIJO, Instituto de Investigaciones de Historia del Derecho, Buenos Aires, 1983, p. 152.
[24] DARDO PEREZ GUILHOU, “1809. La opinión pública peninsular y la Junta Central ante el problema americano”, en Tercer Congreso Internacional de Historia de América celebrado en Buenos Aires del 11 al 17 de octubre de 1960, Academia Nacional de la Historia, Buenos Aires, 1961, t. II, p. 202.
[25] Ídem, p. 204.
[26] GUILLERMO MILLER, Memoria del General Miller escrita por John Miller, Emecé, Buenos Aires, 1997, pp. 31-32.




Deán Gregorio Funes.

Guillermo Miller.

sábado, 14 de marzo de 2009

EL SALADERO DE LAS HIGUERITAS

Juan Manuel de Rosas toca un gato y su hermano Prudencio baila, al lado un Colorado del Monte.

Juan Martín de Pueyrredón.


Gaucho arriando ganado.







Por Sandro Olaza Pallero






Los saladeros contribuyeron a la economía rioplatense, pues permitieron aprovechar íntegramente al ganado vacuno y producir carne destinada a la exportación. El tasajo era exportado a las Antillas y a Brasil para el consumo de los esclavos. En los saladeros fueron contratados trabajadores asalariados que tenían a su cargo una etapa de la producción. Luego de matar a los animales elegidos, se les extraía el cuero y se trozaba su carne en tiras que se apilaban con abundante sal entre capa y capa. La carne se asoleaba cada diez días y se la apilaba nuevamente. 
El tasajo estaba listo después de cuarenta días. El primer saladero de Buenos Aires fue fundado en 1810 por los ingleses Roberto Staples y Juan Mc Neil y el oriental Pedro Trápani, ubicado en Ensenada, sobre el Río de la Plata. Desde entonces hasta 1815 no se instaló ningún otro saladero. En 1815 Juan Manuel de Rosas, Juan Nepomuceno Terrero y Luis Dorrego, hermano del coronel Manuel Dorrego, establecieron el saladero Las Higueritas en Quilmes. 
Según Carlos Ibarguren esta sociedad “fue próspera y se benefició explotando diversas faenas: ganadería, acopio de frutos del país, saladero de pescados y de carne en Las Higueritas, próximo a la reducción de los Quilmes, y exportación de esos productos a Río de Janeiro y a La Habana. Las ganancias se multiplicaron enriqueciendo a la razón social y convirtiéndola en un peligroso competidor del gremio de abastecedores de Buenos Aires. Se inició, entonces, una recia lucha económica contra los saladeros, acusados de haber provocado la escasez de la carne”. 
En 1819 el gobierno del general Juan Martín de Pueyrredón prohibió “las faenas de carnes saladas en todos los establecimientos de esta ciudad [Buenos Aires] y su jurisdicción”. Pueyrredón hizo llamar por bando a los abastecedores preguntándoles: “Si teniendo la exclusiva del abasto, creen siempre serles contrarios los establecimientos de saladeros”, y ordenaba se oyera a los saladores “quienes deben ser convocados haciéndoseles la misma proposición e instruyendo, a unos y otros, que serán preferidos aquellos que hiciesen mayor beneficio al público”. 
A fines de la década del veinte existían más de veinte saladeros en la provincia de Buenos Aires. Años después, el antiguo ministro de Rosas, José María Roxas y Patrón en carta al ex gobernador bonaerense, fechada en Buenos Aires el 29 de marzo de 1861, le comentaba sobre el comercio de las carnes saladas y le recordaba la fundación del antiguo establecimiento saladeril de Las Higueritas: “Creo que la marina inglesa, y otras, consumen mucha carne salada de Norte América. Dándole el beneficio que se quiera, de ninguna parte puede llevarse tan barato como de aquí…a V.E. que fue el primero en establecer un saladero en Buenos Aires, cuando era joven; fundando así el ramo principal de la riqueza actual, pues que de él depende la cría de ganados en su mayor parte; es a quien corresponde estudiar este negocio en Europa, haciendo conocer su importancia, a los hombres de influencia pública con quienes tenga relación”. 
El propio Rosas en carta a su amiga Josefa Gómez, del 2 de mayo de 1869, se acordaba de la sociedad que formó con Terrero y Dorrego, después de dejar la administración de las estancias de sus padres: “Cuando entregué las estancias a mis padres recién casado, y salí a trabajar por mi cuenta, fue mi primer paso dar aviso a mi primer amigo, pobre también como yo, Juan Nepomuceno Terrero. Le propuse trabajar en compañía, encargándose él de lo que debiera hacerse en la ciudad, y yo de los trabajos del campo. Esta amistad con él, con mi muy amada comadre, y con sus buenos hijos, dura hasta hoy, y será siempre ejemplar y eterna. ¿Porqué el señor [Manuel] Bilbao -ya que habla de nuestro socio, en algunos de los negocios de campo, el señor don Luis Dorrego, mi buen amigo, y hermano digno de la ilustre víctima, jefe supremo del Estado- guarda silencio respecto de la sociedad Rosas, y Terrero, que tantos y tan valiosos servicios rindió a la patria, y a los hombres?”.


Bibliografía:

IBARGUREN, Carlos, Juan Manuel de Rosas, su vida, su drama, su tiempo, Buenos Aires, Ediciones Frontispicio, 1948.
RAED, José, Rosas. Cartas inéditas de Rosas, Roxas y Patrón. I. 1852-1862 Monarquía republicana, Buenos Aires, Platero, 1972.
RAED, José, Cartas confidenciales a su embajadora Josefa Gómez 1853-1875, Buenos Aires, Humus, 1980.

miércoles, 11 de marzo de 2009

SERAPIO BORCHES DE LA QUINTANA

Serapio Borches de la Quintana.




Cabildo y sede de la Policía porteña (1870).




Bolsa de Comercio (1866).






Por Sandro Olaza Pallero






El 1° de febrero de 1873, en la segunda entrega del tomo I de la Revista Criminal, editada en Buenos Aires, con el título de “Serapio Borches de la Quintana. Sus crímenes y aventuras”, se editó la primera entrega sobre las andanzas de este célebre ladrón y estafador. La publicación lo calificaba como un criminal famoso entre los más famosos criminales y se preguntaba. “¿Quién es, en efecto, Serapio B. de la Quintana? ¿Acaso un asesino? No! Un ladrón? Sí!”. 
Afirmaba que era un ladrón en el cual concurrían todas las condiciones para serlo sobresaliente, un delincuente de quien el mismo “Jorobado Parodi”, quedaría admirado. “Cinismo, perspicacia, resolución, firmeza, sangre fría, discreción, habilidad; todo lo reúne, todo lo posee...Por el año de 1863, se hallaba establecido en el partido de la Mar Chiquita Serapio B. de la Quintana, en sociedad con dos hermanos”. Estafó a varios hacendados de esa localidad dando en garantía capital de sus hermanos y éstos últimos tuvieron que cancelar la deuda de la cual eran fiadores, por lo cual quedaron arruinados. 
Un año después, el 1° de febrero, la policía al mando del comisario Patricio Igarzábal, descubrió una importante falsificación de onzas de oro, así como de otras monedas y cuños. Se capturaron a los dos falsificadores y de los mismos sobresalía un joven de distinguida educación. 
“Era Serapio Borches de la Quintana, que después de dilapidar fuera del país todo el dinero que consiguiera por medio de la más indigna estafa, había vuelto para lanzarse resueltamente en las corrientes del crimen”. Los delincuentes confesaron en el sumario que habían estafado a varias casas de Buenos Aires y Montevideo. Las piezas eran de gran perfección y se llegaron a confundir con las legítimas. Los reos fueron condenados al presidio de Patagones y al poco tiempo, Quintana se escabulló de la cárcel. Nadie supo donde estaba y las autoridades locales mucho menos. 
Tiempo después se disfrazó de mercachifle para estafar a la gente desprevenida. Un día el comisario Francisco Wright caminando por la calle Reconquista, creyó ver en un mercachifle a este delincuente. Le dijo a Quintana donde vivía, pero el astuto estafador sostuvo que vivía en una fonda y que era la primera vez que arribaba a Buenos Aires. “Puesto bajo la acción de la justicia, fue enviado nuevamente al presidio de Patagones, después de comprobarse legal y plenamente, que don Pedro García, el honrado buhonero, era Serapio Borches de la Quintana, el célebre criminal, cuyas aventuras y hechos vamos narrando”. 
En 1870 el acaudalado comerciante Lorenzo Otero se hizo amigo de dos caballeros elegantemente vestidos y que tenían un lujoso carruaje, fue con ellos a un baile de máscaras en el Carnaval. Poco después se dio cuenta que estaba solo sin sus amigos. Éstos robaron su caja fuerte con una gran suma de dinero y varios cupones de la deuda oriental por valor de más de 24.000 pesos fuertes. Otero hizo la denuncia y la policía le preguntó de quien podría sospechar. La víctima respondió que sospechaba de los dos individuos que habían desaparecido. 
Poco después los estafadores se embarcaron ocultamente para Buenos Aires y cambiaron los cupones en la Bolsa de Comercio. Serapio de la Quintana tenía noble porte, su paso marcial, los guantes que calzaba, la varita lo hacían ver como un caballero distinguido. Pero en realidad era uno de los criminales más famosos de la galería publicada por la Revista Criminal.




Fuente:


Revista Criminal, Buenos Aires, 1873.

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